Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 7

Chapter 74,146 wordsPublic domain

Era tiempo de peste en Cádiz, y daba su parte á la autoridad un sargento que estaba de facción en Puerta de tierra, diciendo en los términos siguientes: «Sin novedad: hoy han salido por esta puerta veinte muertos con sus respectivos cadáveres. Sargento fulano».--Eso mismo decimos hoy nosotros al público al darle parte de las dos funciones nuevas que acabamos de ver desaprobadas con tanta razón por el auditorio. «Sin novedad: se han representado en este teatro dos comedias con sus respectivas silbas:» que silbas y comedias son cosas ya tan inseparables como cadáver y muerto.

Pero vamos á la primera cosa que se representó en esta funesta noche. Casóse un labrador, y proponíase tener muchos hijos; tantos que le pareció venir allí de molde un libro de memorias, donde pudiera ir apuntando sus nombres y no confundirse él, ni confundirlos jamás. Encuadernó, pues, su libro en blanco, é iba apuntando así: «Hijos del labrador Antón Antúnez: el primer hijo no fué hijo sino hija».

Lo mismo decimos nosotros: comedias del 24: la primera comedia, no fué comedia, sino farsa. Júzguelo sino el lector. El caso ocurre en Londres en tiempo de no sé qué príncipe, que acaba de desterrar á su favorito el conde de Rochester, por ciertas sátiras que el señor conde se ha tomado la libertad de escribir en mala hora, en peor sazón, y en aciago día. El conde, que es hombre taimado, así se cuida de cumplir su destierro como de adorar el zancarrón de Mahoma. El príncipe le destierra; pero él no se da por desterrado. Todo lo contrario; quédase el conde escondido; y ¿dónde les parece á ustedes que se esconde? En alguna guardilla ó sótano, en algún... nada de eso: escóndese en medio de una fonda pública que ha arrendado y beneficia en persona: ¿quién le ha de conocer allí? En las fondas de Londres no se conoce á nadie. Esto parece una paradoja; pero el hecho es que un constable encargado de prender al desterrado, y que lleva sobre sí todas sus señas, le ve, le habla, y no le conoce. Entre tanto el príncipe, que está cansado de los pesados cargos del gobierno, ó que acaso ha encontrado alguna mosca en la sopa y anda torcido con su cocinero, coge la capa y el sombrero, y vase á comer á la fonda como si fueran los días de su mujer. ¿Y á qué fonda ha de ir el príncipe? á la misma que ha arrendado Rochester. El príncipe acaba de comer, y como había de tomar café para despejarse la cabeza, se pone á hacer versos, como chico que acaba su plana, porque el príncipe es poeta, por más que parezca imposible. Acaba su composición éste, que deberá ser alguna anacreóntica, y consulta á un muchacho de paja y cebada de la fonda, que hace también versos. En tanto Rochester soborna al ayuda de cámara del príncipe, el cual no hace versos, pero hace cuanto le mandan, que es mucho mejor. De allí á poco viene el constable y quiere prender al príncipe creyéndole Rochester. El príncipe, temblando que le lleven á la cárcel y le den azotes por haber hecho novillos de su oficio de gobernar y haber traído la vida del hombre malo comiendo de figón en figón, imagina la idea de darle al constable un papel con su firma, donde está el perdón del conde. Éste, que anda á caza de descuidos por este estilo, atrapa el papel, y con esta superchería queda perdonado. En celebridad se casa la muchacha de la fonda con el mancebo de los versos, porque ya hemos dicho que en esta farsa todos son poetas menos el autor. Casada la chica, perdonado el conde, se acaba la comedia y empieza la silba.

Seguía la apuntación del labrador Antón Antúnez, y decía: «El segundo hijo murió al nacer, por lo cual no fué hijo ni hija». La segunda comedia, pues, fué todo mentira: ni fué cierta ni verosímil. Federico de Prusia acaba de ser derrotado por los Rusos, gente descomunal ya desde aquellos tiempos, y se echa á buscar solo y de incógnito casa de huéspedes por los pueblos de la comarca. Llega á uno donde meten mucho ruido un pleito sobre unas aceitunas (que por lo malas deben de ser de la fonda de Rochester arriba expresada). Un sargento prusiano dejó al partir para la guerra, ocho años antes, un barril de aceitunas en depósito á un vecino del pueblo, pero dejó también oculta en el barril una suma de dinero. El taimado depositario le vuelve á su regreso las aceitunas, mas no las monedas. En el momento en que acaba de llegar Federico, ha sentenciado el pleito en favor del infiel depositario un majadero, es decir, un alcalde del pueblo. El rey, que está desocupado, ya que no pudo ganar la batalla, se empeña en ganar el pleito: un muchacho que es muchacha, y á quien le sucede lo mismo que al hijo de Antón Antúnez, porque le representa la señora Castillo vestida de hombre, da en conocer la falsedad del depositario al notar que las aceitunas son frescas, cosa imposible llevando ocho años de depósito; lo cual es una prueba convincente de que anduvo en las aceitunas la mano del gato, ó la del depositario, que galos y depositarios se van allá. El rey, pues, hace justicia seca, entre polvo y polvo, porque Federico tomaba mucho tabaco; y castigado el vicio, y recompensada la virtud, y dicha la moraleja, de la cual se deduce que es muy peligroso cambiar las aceitunas cuando se trata de robar, y comenzada de nuevo la batalla, que suena en el teatro á vejigas reventadas, y descubierto el rey, y quedándose sólo en majadero el que era antes majadero y alcalde todo junto, cae la cortina; lo que comunicamos al público para su satisfacción. Aquí vuelve á empezar el estribillo de la silba con que rematan ahora todas las piezas.

¿Dónde hemos leído nosotros que poseía el teatro tantas comedias nuevas para la próxima temporada cómica? Por la cruz que tenemos á cuestas con este teatro, no lo creemos, y no lo creemos porque recordamos cierto caso que queremos contar á nuestros lectores, ya que con tanta comezón de contar nos encontramos hoy. Reñían un andaluz y otro andaluz, el uno más feo que el otro, y echábanse á la cara mil denuestos, cuando cansado ya el uno del mucho vocear, y del no decirse nada en limpio, empínase en las puntas de los pies, y dícele á su adversario:--Pero ¿qué habla usted ahí, compadre?, si todo el mundo sabe que usted es hombre de dos caras. Á lo que repuso el menos feo, no bien lo hubo oído:--Amigo, siento mucho no poder decir á usted otro tanto.--¿Y por qué?, diga usted, preguntó el feo.--Porque si usted tuviera otra cara, repuso el chulo, no le veríamos nunca ésa que trae hoy.

Si tuviera el teatro buenas comedias, ¿cómo le habíamos de ver nunca esos harapos de farsa que nos enseña?

VARIOS CARACTERES

No siempre está en mano del hombre el coordinar sus ideas y formar con ellas una obra arreglada, con principio, medio y fin. ¿Á quién no le habrá sucedido repetidas veces abrir un libro, leer maquinalmente y no poder establecer entre lo escrito y su cabeza ninguna especie de comunicación, cerrar el libro y no poderse dar cuenta de lo que ha leído? En estos casos, que muy á menudo me suceden, suelo echar mano del sombrero y la capa, y no pudiendo fijar mi atención en una sola cosa trato de fijarla en todas: sálgome á la calle, éntrome por los cafés, voyme á la Puerta del Sol, á Correos, al Museo de pinturas, á todas partes, en fin, y en ninguna puedo decir que estoy en realidad. Cualquiera me conocerá en estos días en que el fastidio se apodera de mi alma, y en que no hay cosa que tenga á mis ojos color, y menos, color agradable. En estos días llevo cara de filósofo, es decir, de mal humor; una sonrisa amarga de indiferencia y despego á cuanto veo se dibuja en mis labios; llevo conmigo un lente, no porque me sirva, pues veo mejor sin él, sino para poder clavar fijamente el objeto que más me choca, que un corto de vista tiene licencia para ser desvergonzado; no saludo á ningún amigo ni conocido que encuentro, porque esto sería hacer yo también un papel en la comedia de que pretendo ser únicamente espectador, y que sólo para divertirme á mí creo por entonces que representa el mundo entero. Mala crianza será, pero me acerco á escuchar conversaciones de corrillos: es de advertir que cuando el tedio me abruma con su peso, no puedo tener más que tedio. Recibo insensible las impresiones de cuanto pasa á mi alrededor; á todas me dejo amoldar con indiferencia y abandono; en semejantes días no hay hermosas para mí, no hay feas, no hay amor, no hay odio.

Ésta es la razón por que me fuera imposible hacer hoy un artículo de costumbres medianamente coordinado: si ha menester plan, si necesita reflexión la cosa que hoy emprenda inútil me es emprenderla; conozco que no he de poder llevarla á cabo.--Acaso encontraría, investigando metafísicamente mi corazón, la causa que ha podido ponerme hoy en esta extraña disposición de ánimo; pero este trabajo me cansaría, y he dicho que no quiero hacer hoy impresiones sino recibirlas. En estos días es, sin embargo, cuando colocado detrás de mi lente, que es entonces para mí el vidrio de la linterna mágica, veo pasar el mundo todo delante de mis ojos; é imparcial, ajeno de consideración que á él me ligue véole tal cual se presenta en cada fisonomía, en cada acción que observo indolentemente.

--¿Qué hace don Julián en ese café? Todos los días viene al dar las cuatro: el mozo no ha menester que le hablen una palabra: apenas se ha colocado aquél en su silla, ya tiene la cafetera encima de la mesa. Toma, paga, y se duerme. Ésa es la principal ocupación de don Julián. Tomar café una vez cada día.

--¿Y qué hace en el café aquel viejo? Treinta años ha que viene: todas las tardes juega su partida de ajedrez: todas las tardes se la ven jugar aquellos cuatro originales que tiene en derredor: ni él hace más en la vida, ni ellos ven otra cosa. Eso es lo que se llama aislarse en medio del mundo.

--¿Quién es aquél que cruza por aquella esquina? ¡Bello muchacho! Pero no; conforme se acerca cuento las arrugas del rostro. ¡Ah! es un joven de sesenta años. Á las ocho de la mañana sale vestido ya y ceñido, prendido y ajustado: ni una mota, ni una arruga lleva el frac: la bota es un espejo: el guante blanco como la nieve: la corbata no hace un pliegue: el pelo rizado, mejor diremos pintado: en todos los conciertos, en todos los bailes, en el paseo, en la luneta, erguido siempre, bailando, coqueteando. ¿Nunca se descompone, nunca se ensucia? ¿Qué secreto posee? ¿No le crece nunca la barba? Jamás. Es sólo de extrañar que vaya solo; ó acaba de dejar algunas señoras, ó va á buscarlas. Las hablará de la ópera, del figurín, de lo mal que bailó el solo Gasparito; ésta es la existencia del viejo verde: miradle contraerse y revolcarse en su vanidad al lado de una hermosa: ¿es una serpiente que se roza contra un árbol? No; el viejo verde al lado de las bellas es una oruga que se desliza por entre las rosas.

--¿Han visto ustedes unas caras paradas, unos ojos mudos, unos corbatines siempre iguales, un vestido regular y uniforme, unos cuerpos ni elegantes ni mal vestidos, unos brazos que se balancean monótonos, siempre con la regularidad y compás de las aspas de un molino? ¿Saben ustedes que los hombres de esas señas hablen nunca nada que pueda ser referido, escriban nada que deba ser leído, hagan una acción digna de ser imitada? No; ésos son oficinistas ó propietarios. Se levantan, fuman, dicen palabras, dan pasos, saludan, entran, salen, se ríen (éstos nunca lloran), son hombres entre otros hombres. En una palabra, duermen despiertos.

--¿Cómo hace aquel original para llevar hace diez años el mismo frac, abrochado siempre del mismo modo, los mismos guantes, el mismo pañuelo blanco al cuello con el mismo lazo, el mismo pantalón, la misma postura de sombrero?... ¿No se desnuda ese hombre? ¿No envejece? Ése es el judío errante.

--¿De qué habla don Cosme? Lo diré: don Cosme viene de la calle de la Paz: allí acude todos los días á las ocho de la mañana: alarga una mano á la banasta de los periódicos: es un parroquiano á la lectura de papeles á cuarto. Hoy la Revista, mañana el _Boletín_... Gran noticioso. Ése sabe siempre á punto fijo, de muy buena tinta, los pormenores de la última batalla: sabe si don Miguel está en Coimbra, en Lisboa ó en Badajoz: entiende muy bien la marcha de Nicolás, que así llama él con franqueza al autócrata ruso. Suele sucederle luego que los que él supuso entrar vencedores en un punto, entraron en él prisioneros; pero todo es entrar. Estos hombres hablan siempre al oído: contraen la costumbre de suponerse espiados por las grandes cosas que creen decir: de resultas, si le encuentran á usted, le dirá al oído muy secretamente: «Buenos días; beso á usted la mano».

--¿Hay nada más torpe en estos hombres amigos de usted que le ven parado en una calle, y no conocen que cuando está usted parado es que no quiere andar, que cuando está callado es que no quiere hablar?

--¡Dios me libre de un hombre amable! No iré á su casa, porque me convidará. No le encontraré en la calle, porque vendrá á mí con los brazos abiertos aunque me haya visto ayer; se enganchará de mí, me preguntará de mi salud, de mis hijos, de mis comedias, de mis artículos, de mis... Pero líbreme, aunque sea el diablo, de una mujer amable; nunca sabré si me quiere ó si me estima, si es bien criada ó tierna, si... ¡Válgame Dios! y líbreme, aunque sea el diablo, de una mujer amable: ésa me volvería loco.

--Oigan ustedes á don Lucas Mentirola. Ése viene siempre de donde sucede algo. ¿Ha habido fuego? «Vengo de allí: hace estragos horrorosos».--¿Ha llegado el tenor nuevo? «Sí, responde, le acabo de dar un abrazo: viene gordo, y su voz es un portento; le hice entrar en un portal y cantar un rato... por mí lo hizo. Es gran muchachón, rubio, alto, ¡extranjero!» Al otro día se sabe que el tenor no ha llegado, y si ha llegado es chiquito, negro, bizco...--¿Está malo algún sujeto marcado? «Hoy está mejor, dice; se ha reído mucho conmigo; una hora he estado con él». Luego se averigua que el que tanto se ha reído estaba ya enterrado.--¿Quién es aquel botarate?--¿Aquél?: un monstruo; aquél se prevale de la bondad, del candor de la casa donde le reciben; hay una mujer hermosa; nada la dice; sin embargo afecta ir á la casa á horas de franqueza; la acompaña al Prado; en baile ó sarao donde está ella está él; siempre al lado de la hermosa, siempre baila con ella; cuando ella no le ve, finge mirarla con zelos de algún otro; afecta disimulo, que en realidad no puede existir, pues nada hay que disimular. ¿Se retiran? Siempre da el brazo á la hermosa. Ella en tanto, á quien nada dice, que nada nota en él de galanteo, está bien lejos de creer que el público malicioso no habla de otra cosa sino de sus amores con fulanito. Fulanito tiene amor propio, no amor. Se contenta con que las gentes crean que es feliz; para él no hay otro modo de serlo. ¡Qué horrible carácter! ¡Qué triste buena fe la de su víctima que no lo conoce!

NADIE PASE SIN HABLAR AL PORTERO

ó

LOS VIAJEROS EN VITORIA

¿Por qué no ha de tener España su portero, cuando no hay casa medianamente grande que no tenga el suyo? En Francia eran antiguamente los suizos los que se encargaban de esta comisión; en España parece que la toman sobre sí algunos vizcaínos. Y efectivamente, si nadie ha de pasar hasta hablar con el portero, ¿cuándo pasarán los de allende si se han de entender con un vizcaíno? El hecho es, que desde París á Madrid no había antes más inconveniente que vencer que 365 leguas, las landas de Burdeos y el registro de la puerta de Fuencarral. Pero hete aquí que una mañana se levantan unos cuantos alaveses (Dios los perdone) con humor de discurrir, caen en la cuenta de que están en la mitad del camino de París á Madrid, como si dijéramos estorbando, y hete que exclaman:--Pues qué, ¿no hay más que venir y pasar? _Nadie pase sin hablar al portero._ De entonces acá cada alavés de aquéllos es un portero, y Vitoria es un cucurucho tumbado en medio del camino de Francia: todo el que viene entra; pero hacia la parte de acá está el fondo del cucurucho, y fuerza es romperle para pasar.

Pero no ocupemos á nuestros lectores con inútiles digresiones. Amaneció en Vitoria y en Álava uno de los primeros días del corriente, y amanecía poco más ó menos como en los demás países del mundo; es decir, que se empezaba á ver claro, digámoslo así, por aquellas provincias, cuando una nubecilla de ligero polvo anunció en la carrera de Francia la precipitada carrera de algún carruaje procedente de la vecina nación. Dos importantes viajeros, francés el uno, español el otro, envuelto éste en su capa, y aquél en su capote, venían dentro. El primero hacía castillos en España, y el segundo los hacía en el aire, porque venían echando cuentas acerca del día y hora en que llegar debían á la villa de Madrid, leal y coronada (sea dicho con permiso del padre Vaca). Llegó el veloz carruaje á las puertas de Vitoria, y una voz estentórea, de éstas que salen de un cuerpo bien nutrido, intimó la orden de detener á los ilusos viajeros.--¡Hola!, ¡eh!, dijo la voz, nadie pase.--¡Nadie pase!, repitió el español.--_¿Son ladrones?_, dijo el francés.--No, señor, repuso el español asomándose, _son de la aduana_. Pero ¿cuál fué su admiración cuando sacando la cabeza del empolvado carruaje, echó la vista sobre un corpulento religioso, que era el que toda aquella bulla metía? Dudoso todavía el viajero, extendía la vista por el horizonte por ver si descubría alguno del resguardo; pero sólo vió otro padre al lado y otro más allá, y ciento más, repartidos aquí y allí como los árboles en un paseo.--¡Santo Dios!, exclamó: ¡cochero! este hombre ha equivocado el camino; ¿nos ha traído usted al yermo ó á España?--Señor, dijo el cochero, si Álava está en España, en España debemos estar.--Vaya, poca conversación, dijo el padre, cansado ya de admiraciones y asombros: conmigo es con quien se las ha de haber usted, señor viajero.--¡Con usted, padre! ¿Y qué puede tener que mandarme su reverencia? Mire que yo vengo confesado desde Bayona, y de allá aquí maldito si tuvimos ocasión de pecar, ni aun venialmente, mi compañero y yo, como no sea pecado viajar por estas tierras.--Calle, dijo el padre, y mejor para su alma. En nombre del Padre, y del Hijo...--¡Ay Dios mío! exclamó el viajero, erizados los cabellos, que han creído en este pueblo que traemos los malos y nos conjuran.--Y del Espíritu Santo, prosiguió el padre; apéense, y hablaremos.--Aquí empezaron á aparecerse algunos facciosos y alborotados, con un Carlos V cada uno en el sombrero por escarapela.

Nada entendía á todo esto el francés del diálogo; pero bien presumía que podía ser negocio de puertas. Apeáronse, pues, y no bien hubo visto el francés á los padres interrogadores,--¡Cáspita!, dijo en su lengua, que no sé cómo lo dijo, y ¡qué uniforme tan incómodo traen en España las gentes del resguardo, y qué sanos están, y qué bien portados! Nunca hubiera hablado en su lengua el pobre francés.--¡Contrabando!, clamó el uno; contrabando, clamó otro; y contrabando fué repitiéndose de fila en fila. Bien como cuando cae una gota de agua en el aceite hirviendo de una sartén puesta á la lumbre, álzase el líquido hervidor, y bulle, y salta, y levanta llama, y chilla, y chisporrotea, y cae en el hogar, y alborota la lumbre, y subleva la ceniza, espelúznase el gato inmediato que descansando junto al rescoldo dormía, quémanse los chicos, y la casa es un infierno; así se alborotó, y quemó, y se espeluznó y chilló la retahíla de aquel resguardo de nueva especie, compuesto de facciosos y de padres, al caer entre ellos la primera palabra francesa del extranjero desdichado.

--Mejor es ahorcarle, decía uno, y servía el español al francés de truchimán.--¡Cómo ha de ser mejor!, exclamaba el infeliz.--Conforme, reponía uno, veremos.--¿Qué hemos de ver, clamaba otra voz, sino que es francés?

Calmóse, en fin, la zalagarda; metiéronlos con los equipajes en una casa, y el español creía que soñaba y que luchaba con una de aquellas pesadillas en que uno se figura haber caído en poder de osos, ó en el país de los caballos, ó Houinboins, como Gulliver.

Figúrese el lector una sala llena de cofres y maletas, provisiones de comer, barriles de escabeche y botellas, repartidas aquí y allí, como suelen verse en las muestras de las lonjas de ultramarinos. ¡Ya se ve!, era la intendencia. Dos monacillos hacían en la antesala con dos voluntarios facciosos el servicio que suelen hacer los porteros de estrado en ciertas casas, y un robusto sacristán, que debía ser el portero de golpe, los introdujo. Varios carlistas y padres registraban allí las maletas, que no parecía sino que buscaban pecados por entre los pliegues de las camisas, y otros varios viajeros, tan asombrados como los nuestros, se hacían cruces como si vieran al diablo. Allá en un bufete, un padre más reverendo que los demás, comenzó á interrogar á los recién llegados.

--¿Quién es usted?, le dijo al francés, y el francés, callado, que no entendía. Pidiósele entonces el pasaporte.

--¡Pues! francés, dijo el padre. ¿Quién ha dado este pasaporte?

--Su majestad Luis Felipe, rey de los Franceses.

--¿Quién es ese rey? Nosotros no conocemos á la Francia, ni á ese don Luis. Por consiguiente, este papel no vale. ¡¡¡Mire usted, añadió entre dientes, si no habrá algún sacerdote en todo París que pueda dar un pasaporte, y no que nos vienen ahora con papeles mojados!!!

--¿Á qué viene usted?

--Á estudiar este hermoso país, contestó el francés con aquella afabilidad tan natural en el que está debajo.

--¿Á estudiar?, ¿eh? Apunte usted, secretario: estas gentes vienen á estudiar: me parece que los enviaremos al tribunal de Logroño...

--¿Qué trae usted en la maleta? Libros... pues... _Recherches sur... al sur_, ¿eh?, este _Recherches_ será algún autor de marina: algún herejote. Vayan los libros á la lumbre. ¿Qué más? ¡Ahí una partida de relojes, á ver... _London_... ése será el nombre del autor. ¿Qué es esto?

--Relojes para un amigo relojero que tengo en Madrid.

--_De comiso_, dijo el padre, y al decir _de comiso_, cada circunstante cogió un reloj, y metiósele en la faltriquera. Es fama que hubo alguno que adelantó la hora del suyo para que llegase más pronto la del refectorio.

--Pero, señor, dijo el francés, yo no los traía para usted...

--Pues nosotros los tomamos para nosotros.

--¿Está prohibido en España el saber la hora que es?, preguntó el francés al español.

--Calle, dijo el padre, si no quiere que se le exorcice; y aquí le echó la bendición por si acaso. Aturdido estaba el francés, y más aturdido el español.

Habíanle entre tanto desvalijado á éste dos de los facciosos, que con los padres estaban, hasta del bolsillo, con más de tres mil reales que en él traía.

--¿Y usted, señor de acá?, le preguntaron de allí á poco, ¿qué es?, ¿quién es?

--Soy español y me llamo don Juan Fernández.

--Para servir á Dios, dijo el padre.

--Y á su majestad la reina nuestra señora, añadió muy complacido y satisfecho el español.

--_Á la cárcel_, gritó una voz; _á la cárcel_, gritaron mil.

--¿Pero, señor, ¿por qué?

--¿No sabe usted, señor revolucionario, que aquí no hay más reina que el señor don Carlos V, que felizmente gobierna la monarquía sin oposición ninguna?

--¡Ah!, yo no sabía...

--Pues sépalo, y confiéselo, y...

--Sé y confieso, y... dijo el amedrentado dando diente con diente.

--¿Y qué pasaporte trae? También francés... Repare usted, padre secretario, que estos pasaportes traen la fecha del año 1833. ¡Qué de prisa han vivido estas gentes!

--¿Pues no es el año en que estamos? ¡Pesi á mí!, dijo Fernández, que ya estaba á punto de volverse loco.

--En Vitoria, dijo enfadado el padre, dando un porrazo en la mesa, estamos en el año 1.º de la cristiandad, y cuidado con pasarme de aquí.

--¡Santo Dios!, en el año 1.º de la cristiandad. ¿Conque todavía no hemos nacido ninguno de los que aquí estamos?, exclamó para sí el español. ¡Pues vive Dios que esto va largo!--Aquí se acabó de convencer, así como el francés, de que se había vuelto loco, y lloraba el hombre y andaba pidiendo su juicio á todos los santos del Paraíso.