Obras completas de Fígaro, Tomo 2
Part 8
Tuvieron su club secreto los facciosos y los padres, y decidiéronse por dejar pasar á los viajeros: no dice la historia por qué; pero se susurra que hubo quien dijo, que si bien ellos no reconocían á Luis Felipe, ni le reconocerían jamás, podría ocurrir que quisiera Luis Felipe venir á reconocerlos á ellos, y por quitarse de encima la molestia de esta visita, dijeron que pasasen, mas no con sus pasaportes, que eran nulos evidentemente por las razones dichas.
Díjoles, pues, el que hacía cabeza sin tenerla: Supuesto que ustedes van á la revolucionaria villa de Madrid, la cual se ha sublevado contra Álava, vayan en buen hora, y cárguenlo sobre su conciencia: el gobierno de esta gran nación no quiere detener á nadie; pero les daremos pasaportes válidos. Extendióseles en seguida un pasaporte en la forma siguiente:
☨ AÑO PRIMERO DE LA CRISTIANDAD
NOS fray Pedro Jiménez Vaca.=Concedo libre y seguro pasaporte á don Juan Fernández, de profesión católico, apostólico y romano, que pasa á la villa revolucionaria de Madrid á diligencias propias: deja asegurada su conducta de catolicismo.
--Yo, además, que soy padre intendente, habilitado por la Junta suprema de Vitoria, en nombre de su majestad el emperador Carlos V, y el padre administrador de correos que está ahí aguardando el correo de Madrid, para despacharlo á su modo, y el padre capitán del resguardo, y el padre gobierno que está allí durmiendo en aquel rincón, por quitarnos de quebraderos de cabeza con la Francia, quedamos fiadores de la conducta de catolicismo de ustedes; y como no somos capaces de robar á nadie, tome usted, señor Fernández, sus tres mil reales en esas doce onzas de oro, que es la cuenta cabal: y se las dió el padre efectivamente.
Tomó Fernández las doce onzas, y no extrañó que en un país donde cada 1833 años no hacen más que uno, doce onzas hagan tres mil reales.
Dicho esto, y hecha la despedida del padre prior, y del desgobernador gobierno que dormía, llegó la mala de Francia, y en expurgar la pública correspondencia, y en hacernos el favor de leer por nosotros nuestras cartas, quedaba aquella nación poderosa y monástica ocupada á la salida de entrambos viajeros, que hacia Madrid se venían, no acabando de comprender si estaban real y efectivamente en este mundo, ó si habían muerto en la última posada sin haberlo echado de ver; que así lo contaron en llegando á la revolucionaria villa de Madrid, añadiendo que por allí _nadie pasa sin hablar al portero_.
LA PLANTA NUEVA
ó
EL FACCIOSO
HISTORIA NATURAL
Razón han tenido los que han atribuido al clima influencia directa en las acciones de los hombres; duros guerreros ha producido siempre el norte, tiernos amadores el mediodía, hombres crueles, fanáticos y holgazanes el Asia, héroes la Grecia, esclavos el África: seres alegres é imaginativos el risueño cielo de Francia, meditabundos aburridos el nebuloso Albión. Cada país tiene sus producciones particulares: he aquí por qué son famosos los melocotones de Aragón, la fresa de Aranjuez, los pimientos de Valencia y los facciosos de Roa y de Vizcaya.
Verdad es que hay en España muchos terrenos que producen ricos facciosos con maravillosa fecundidad; país hay que da en un solo año dos ó tres cosechas; puntos conocemos donde basta dar una patada en el suelo, y á un volver de cabeza nace un faccioso. Nada debe admirar por otra parte esta rara fertilidad, si se tiene presente que el faccioso es fruto que se cría sin cultivo, que nace solo y silvestre entre los matorrales, y que así se aclimata en los llanos como en los altos: que se transplanta con facilidad y que es tanto más robusto y rozagante cuanto más lejos está de población: esto no es decir que no sea también en ocasiones planta doméstica: en muchas casas los hemos visto y los vemos diariamente, como los tiestos, en los balcones, y aun sirven de dar olor fuerte y cabezudo en cafés y paseos; el hecho es que en todas partes se crían; sólo el orden y el esmero perjudican mucho á la cría del faccioso, y la limpieza, y el olor de la pólvora sobre todo, le matan: el faccioso participa de las propiedades de muchas plantas; huye, por ejemplo, como la sensitiva al irle á echar mano; se encierra y esconde como la capuchina á la luz del sol, y se desparrama de noche; carcome y destruye como la ingrata hiedra el árbol á que se arrima, tiende sus brazos como toda planta parásita para buscar puntos de apoyo; gústanle sobre todo las tapias de los conventos, y se mantiene, como esos frutos, de lo que coge á los demás; produce lluvia de sangre como el polvo germinante de muchas plantas, cuando lo mezclan las auras á una leve lluvia de otoño; tiene el olor de la asafétida, y es vano como la caña; nace como el cedro en la tempestad, y suele criarse escondido en la tierra como la patata; pelecha en las ruinas como el jaramago; pica como la cebolla, y tiene más dientes que el ajo, pero sin tener cabeza; cría, en fin, mucho pelo como el coco, cuyas veces hace en ocasiones.
Es planta peculiar de España, y eso moderna, que en lo antiguo ó se conocía poco, ó no se conocía por ese nombre: la verdad es que ni habla de ella Estrabón, ni Aristóteles, ni Dioscórides, ni Plinio el Joven, ni ningún geógrafo, filósofo ni naturalista, en fin, de algunos siglos de fecha.
En cuanto á su figura y organización, el faccioso es en el reino vegetal la línea divisoria con el animal, y así como la mona es en éste el ser que se parece al hombre, así el faccioso en aquél es la producción que más se parece á la persona; en una palabra, es al hombre y á la planta lo que el murciélago al ave y al bruto; no siendo, pues, muy experto, cualquiera lo confunde; pondré un ejemplo: cuando el viento pasa por entre las cañas silba; pues cuando pasa por entre facciosos habla: he aquí el origen del órgano de la voz entre aquella especie. El faccioso echa también, á manera de ramas, dos piernas y dos brazos uno á cada lado, que tienen sus manojos de dedos, como púas una espiga; presenta faz y rostro, y al verle cualquiera diría que tiene ojos en la cara, pero sería grave error; distínguese esencialmente de los demás seres en estar dotado de sinrazón.
Admirable es la naturaleza y sabia en todas sus cosas: el que recuerde esta verdad y considere las diversas calidades del hombre que andan repartidas en los demás seres, no extrañará cuanto de otras propiedades del faccioso maravillosas vamos á decir. ¿Hay nada más singular que la existencia de un enjambre de abejas, la república de un hormiguero, la sociedad de los castores? ¿No parece que hay inteligencia en la africana palma, que ha de vivir precisamente en la inmediación de su macho, y que arrancado éste, y viuda ella, dobla su alta cerviz, se marchita, y perece como pudiera una amante tórtola? Por eso no se puede decir que el faccioso tenga inteligencia, sólo porque se le vean hacer cosas que parezcan indicarlo; lo más que se puede deducir es que es sabia, admirable, incomprensible la naturaleza.
Los facciosos, por ejemplo, sin embargo de su gusto por el despoblado, júntanse, como los lobos, en tropas, por instinto de conservación, se agarran con todas sus ramas al perdido caminante ó al descarriado caballo; le chupan el jugo y absorben su sangre, que es su verdadero riego, como las demás plantas el rocío. Otra cosa más particular. Es planta enemiga nata de la correspondencia pública; dondequiera que aparece un correo, nacen en el acto de las mismas piedras facciosos por todas partes; rodéanle, enrédanle sus ramas entre las piernas, súbensele por el cuerpo como la serpentaria, y le ahogan; si no suelta la valija muere como Laomedonte, sin poderse rebullir; si ha lugar á soltarla, sálvase acaso. Diránme ahora, ¿y para qué quieren la valija, si no saben leer? Ahí verán ustedes, respondo yo, si es incomprensible la naturaleza; toda la explicación que puedo dar es que se vuelven siempre á la valija como el heliótropo al sol.
Notan también graves naturalistas de peso y autoridad en la materia, que así como el feo pulpo gusta de agarrarse á la hermosa pierna de una mujer, y así como esas desagradables florecillas, llenas de púas y en forma de erizos, que llamamos comúnmente amores, suelen agarrarse á la ropa, así los facciosos, sobre todo los más talludos y los vástagos principales, se agarran á las cajas de fondos de las administraciones; y plata que tiene roce con facciosos pierde toda su virtud, porque desaparece. ¡Rara afinidad química! Así que, en tiempos revueltos suélese ver una violenta ráfaga de aire que da con un gran manojo de facciosos, arrancados de su tierra natural, en algún pueblo, el cual dejan exhausto, desolado y lleno de pavor y espanto. Meten por las calles un ruido furioso á manera de proclama, y es niñería querer desembarazarse de ellos, teniendo dinero, sin dejársele; bien así como fuera locura querer salir de un zarzal una persona vestida de seda sino desnuda y arañada.
Muchas de las calidades de esta estrambótica planta pasamos en silencio, que pueden fácilmente de las ya dichas inferirse, como son las de albergarse en tiempos pacíficos entre plantas mejores, como la zizaña entre los trigos, y pasar por buenas, y tomar sus jugos de donde aquéllas los toman, y otras.
Planta es, pues, perjudicial, y aun perjudicialísima, el faccioso; pero también la naturaleza, sabia en esto como en todo, que al criar los venenos crió de paso los antídotos, dispuso que se supiesen remedios especiales á los cuales no hay mata de facciosos que resista. Gran vigilancia sobre todo, y, donde quiera que se vea descollar uno tamaño como un cardillo, arrancarle: hacer ahumadas de pólvora en los puntos de Castilla, que como Roa y otros los producen tan exquisitos, es providencia especial: no se ha probado á quemarlos como los rastrojos, y aunque este remedio es más bien contra brujas, podría no ser inoportuno, y aun tengo para mí que había de ser más eficaz contra aquéllos que contra éstas. El promover un verdadero amor al país en todos sus habitantes, abriéndoles los ojos para que vean á los facciosos claros como son y los distingan, sería el mejor antídoto; pero esto es más largo y para más adelante, y ya no sirve para lo pasado. Por lo demás podemos concluir que ningún cuidado puede dar á un labrador bien intencionado la acumulación del faccioso, pues es cosa muy experimentada que en el último apuro la planta es también de invierno, como si dijéramos de cuelga; y es evidente y sabido que una vez colgado este pernicioso arbusto y altamente separado de la tierra natal que le presta el jugo, pierde como todas las plantas su virtud, es decir, su malignidad. Tiene de malo este último remedio que para proceder á él es necesario colgarlos uno á uno, y es operación larga. Somos enemigos además de los arbitrios desesperados, y así en nuestro entender, de todos medios contra facciosos parécenos el mejor el de la pólvora, y más eficaz aún la aplicación de luces que los agostan, y ante las cuales perecen corridos y deslumbrados.
LA JUNTA
DE CASTEL-O-BRANCO
No hay cosa como una junta, si se trata sobre todo de juntarse aquéllos á quienes Dios crió. Podrán no hacer nada las gentes en una junta, podrán no tener nada que hacer tampoco, pero nada es más necesario que una junta; así que, lo mismo es nacer un partido, pónenle al momento en junta como lo habían de poner en nodriza, y no bien abre los ojos á la luz se encuentra ya juntado, que no es poca ventaja. La junta, pues, es el precursor de un partido por lo regular, y esta clase de juntas andan siempre por esos caminos interceptando, ó interceptadas, cuando no están fuera del reino tomando aires, ó tomando las de Villadiego, que de todo toman las juntas.
La que en el día llama nuestra atención es la de Castel-o-Branco. Empezaría á anochecer en Castel-o-Branco, y poníase por consiguiente oscuro el horizonte, cuando acertó á pasar por allí un español de estos sanos de los del siglo pasado, y que poco ó nada se curan del gobierno; de éstos que dicen: á mí siempre me han de gobernar, tómelo por donde quiera. Á qué iba el español á Castel-o-Branco, eso sería averiguación para más despacio. Basta saber que iba y que ya llegaba, cuando se halló detenido en medio de su camino por un portugués, que con voz descompuesta y cara de causa perdida: «Casteçao, le dijo, ¿es vasallo deu senhor emperante Carlos V? ¿Vien de Castella?»--Entendíasele un poco más al castellano de gallego que de achaque de gobiernos, y con voz reposada y tranquilo continente: «Yo no sé de quién soy vasallo, contestó, ni me urge saberlo, sino que voy á mis negocios: yo ni pongo rey ni quito rey: quien anda el camino tenga cuidado...». Enfadábase ya el portugués, y era cosa temible. Conociólo el labriego, y antes que echase la casa por la ventana, si bien allí no había casa ni ventana: «No se enfade vuestra merced, señor portugués, le dijo, que yo siempre seré vasallo de quien mande; sabido es que yo y los míos nunca descomponemos partido. ¿Pero quién es mi rey en esta tierra?--Eu senhor Carlos V.--Vaya, sea en hora buena, contestó el Castellano, porque yo por ahí atrás me dejaba reinando á mi señora la reina...--¡Casteçao!--No se enfade vuestra merced...», y de allí á poco entraban ya compadres por el pueblo el portugués de la mala cara y el español de las buenas palabras.
Pocos pasos habrían andado, cuando se esparció la noticia por todo Castel-o-Branco de cómo había llegado un vasallo de su majestad imperial. Es de advertir que como todos los días no tiene su majestad imperial proporción de ver un vasallo suyo, porque andan para él los vasallos por las nubes, decidióse lo que era natural y estaba en el orden de las cosas; y fué que así como un pueblo de vasallos suele solemnizar la entrada de un rey, así pareció justo que un pueblo de reyes solemnizase la entrada de un vasallo. Echáronse, pues, á vuelo las campanas: con este motivo hubo quien dijo: _principio quieren las cosas_, y quien añadió: _que el reinar no quiere más que empezar_. Digo, pues, que se echaron á vuelo las campanas, y el labriego se aturdía; verdad es que el ruido no era para menos.
--¿Qué fiesta es mañana?, preguntaba el buen hombre.
--Festéjase la llegada de vuestra merced, señor Casteçao.
--¿Mi llegada? ¡Vea usted qué diferencia! Allá en España nunca festejó nadie mis idas y mis venidas, y eso que siempre anduve de ceca en meca; ya veo que en este país se ocupan más en cada uno.
En estos y otros propósitos entretenidos llegaron á una casa que tenía una gran muestra, donde en letras gordas decía:
JUNTA SUPREMA DE GOBIERNO De todas las Españas, con sus Indias.
No quisiera entrar el labrador; pero hízole fuerza el portugués. Agachó, pues, la cabeza, y hallóse de escalón en escalón en una sala grande como un reino, si se tiene presente que allí los reinos son como salas.
Hallábase la tal sala alhajada á la espartana, porque estaba desnuda: en torno yacían los señores de la junta sentados, pero mal sentados, sea dicho en honor de la verdad. Luces había pocas y mortecinas. Un mal espejo les servía para dos fines; para verse muchos siendo pocos, y consolar de esta manera el ánimo afligido, y para decirse de cuando en cuando unos á otros: «Mírese su excelencia en ese espejo». Porque es de advertir que se daban todos unos á otros dos cosas, á saber: las buenas noches y la excelencia.
Portero no había; verdad es que tampoco había puertas, por ser la casa de estas malas de lugar que, ó no las tienen, ó las tienen que no cierran. Una mala mesa en medio, y un mal secretario, eran los muebles que componían todo el ajuar.
No sé dónde he leído yo que en cierta tierra de Indios el congreso supremo de la tribu se reúne para deliberar en grandes cántaros de agua fresca, donde se sumergen desnudos sus individuos, dejando sólo fuera del cántaro la cabeza para deliberar. No se puede negar que existe gran semejanza entre la junta de Castel-o-Branco y el congreso de los cántaros, y que los carlistas que componen la una y los salvajes que forman el otro están igualmente frescos.
Dominaba en el testero de la sala de Juntas el tesorero general del pretendiente, don Matías Jarana, porque en tiempos de apuro el que tiene el dinero es el empleado principal; el cual, si no era gran tesorero, era gran canónigo. Dicho esto, me parece excusado detenernos mucho en describirle; estamos seguros de que el inteligente lector se lo habrá figurado ya tal como era. Oprimía á su lado el ministro de hacienda una mala banqueta, que gemía no tanto por el noble peso que sostenía, como por el mal estado en que se encontraba. Tambaleábase por consiguiente su excelencia á cada momento: figurósele al labriego temblor el movimiento oscilante de su excelencia; pero está averiguado que era el mal asiento. Flaco, seco, y con cara de contradicción, hacía de notario de reinos don Jorge Ganzúa, que lo había sido de Coria.
Veíase á otra parte de pie, y en actitud de huir á la primera orden, á un cabo del resguardo, partidario que fué del año 23. Representaba éste al ministro de la guerra, y llamábase Cuadrado, además de serlo.
Un dependiente del cabildo de Coria y dos personajes más, en calidad de consejeros supremos de la Junta, hacían como que meditaban, por el buen parecer, en un rincón de la sala.
Indecible fué la alegría de la Junta suprema cuando el portugués hubo presentado á nuestro pobre labriego en calidad de vasallo de su majestad imperial.
--Excelentísimos señores, exclamó el señor tesorero en altas voces, reconozcamos en ese vasallo el dedo del Señor: ya ha llegado el día del triunfo de su majestad imperial, y ha llegado ya al mismo tiempo un vasallo: todo ha llegado. Opino que en vista de esta novedad deliberemos.
--En cuanto á lo de deliberar, dijo entonces el señor notario, recuerdo al señor presidente que esto es una junta.
--No me acordaba, dijo entonces el presidente; nótese que ésta es la primera junta de que tengo el honor de ser individuo.
--Se conoce, dijo el notario; y lo apuntó en el acta.--Hable, pues, si sabe y si tiene de qué el excelentísimo señor ministro de hacienda.
--Dispiértele usted, dijo entonces el presidente al portugués que hacía de ujier, dispiértele usted, pues parece que su excelencia duerme.
Llegóse el portugués á su excelencia, que efectivamente dormía, y díjole en su lengua:--No haga caso su excelencia de que está en junta, que es llegado el momento de hablar.--Soñaba á la sazón su excelencia que se le venían encima todos los ejércitos de la reina, y volviendo en sí de su pesadilla con dificultad:
--¿Hablo yo?, dijo; vamos á ver. Las mejoras, pues, aunque no nos toque el decirlo, las mejoras...
--Al orden, al orden, interrumpió el presidente: ¿qué es eso de mejoras?
--Soñaba que estábamos en España, contestó su excelencia turbado. Perdone la Junta. Por consiguiente hable otro, que yo no estoy para el paso. Mi intermisión por otra parte no urge. Mi ministerio...
--Excelentísimo señor, dijo el presidente, cierto; pero acaba de llegar...
--¿Ha llegado la hacienda, ha llegado mi ministerio?, preguntó azorado el señor Tallarín, buscando con los ojos por todas partes si llegaría á ver un peso duro...
--Todavía no, pero...
--¡Ah!, pues entonces, repuso el ministro, repito que no corro prisa; y volviéndose en la banqueta y hacia el portugués: Avíseme usted, señor don Ambrosio de Castro y Pajarez, Almendrudo, Oliveira y Caraballo de Alburquerque y Santaren, en cuanto llegue la hacienda. Dicho esto, volvió su excelencia á anudar el roto hilo de su feliz ensueño, donde es fama que soñó que era efectivamente ministro.
--Yo hab... b... blaré, dijo entonces uno de los consejeros supremos que era tartamudo, yo hablaré, que he s... s... s... ido por... pr... pr... pro... curador...
--Mejor será que no hable nadie, dijo entonces el notario al oído del presidente, si ha de hablar el señor...
--Di... di... dice bien el señor not... notario, dijo entonces el consejero sentándose, p... p... por... porque no acabaríamos nunca...
--Pido la palabra, dijo el que estaba á su lado.
--¿Quién diablos se la ha de dar á vuestra excelencia, dijo entonces el presidente amoscado, si nadie la tiene?
--Recuerdo á su excelencia, dijo el notario, que en el orden del gobierno de su majestad imperial no se puede pedir la palabra, y que es frase mal sonante: ó hablar de pronto, ó no hablar.
--Si el señor Cuadrado no está para hablar, dijo entonces el presidente, nos iremos á casa.
--Más estoy para obrar que para hablar, contestó su excelencia; pero fuerza será, pues no hay quien hable. Digo en primer lugar que yo no doy un paso más adelante si no se conviene en presentar mañana á la firma de su majestad imperial un decreto... ¿Eh?
--Adelante.
--Bueno. Y declaro como fiel y obediente vasallo de su majestad imperial el señor Carlos V, por quien derramaré desinteresadamente hasta la primera gota de mi sangre, que no sigo en el partido si su majestad no lo firma.
--Mal pudiera oponerse la Junta á tanta generosidad.
--Propongo, pues, continuó el excelentísimo señor cabo, ministro de la guerra, el siguiente decreto que traigo para la firma. «Yo, don Carlos V, por la gracia del reverendísimo padre Vaca, y del excelentísimo señor Cuadrado, emperador de, etc., etc. (Aquí los reinos todos.) Sin entrar en razones quiero y mando que queden suprimidos los carabineros de costas y fronteras, y se reorganice el antiguo resguardo: quedando todos los fondos á disposición del excelentísimo señor Cuadrado.--Yo el emperador.--Al ministro de la guerra Cuadrado». Y por el pronto será del resguardo el señor vasallo que está presente, encargado por ahora, y hasta que haya más, de obedecer las órdenes del gobierno.
--Alto, dijo al llegar aquí el señor canónigo presidente, que yo traigo también mi decreto, y dice así el borrón _mutatis mutandis_.
(No hemos podido haber á las manos ninguna copia de este borrón por más exquisitas diligencias que hemos practicado; pero ya se deja inferir poco más ó menos su tenor. ¡Válgame Dios, y qué cosas se pierden en este mundo!)
Anotó el notario en el acta el segundo decreto, y pasó á proponer el siguiente que acababa de redactar como ministro de gracia y justicia, dejando aparte la gracia y la justicia: decía así el borrón:
«Artículo 1.º. En atención á la tranquilidad con que posee y gobierna su majestad imperial el señor don Carlos V estos sus reinos, todos los que las presentes vieren y entendieren, se entusiasmarán espontáneamente y se llenarán de sincera y voluntaria alegría, pena de la vida, en cuanto llegue á su noticia este decreto: debiendo durar el entusiasmo tres días consecutivos sin intermisión, desde las seis de la mañana en punto, en que empezará, hasta las diez de la noche por lo menos, en que podrá quedarse cada cual sereno.
Art. 2.º. No pudiendo concebir la Junta suprema de Castel-o-Branco el abuso de las luces introducido en estos reinos de algún tiempo á esta parte, suprime y da por nulas todas las iluminaciones encendidas y por encender, en atención á que sólo sirven para deslumbrar las más veces á sus amados vasallos, y manda que no se solemnice ninguna victoria, aunque la llegara á lograr algún día casualmente, con esa especie de regocijo, en que nadie se divierte sino los cosecheros de aceite.
Art. 3.º. Quedan prohibidas como perjudiciales todas las mejoras hechas, debiendo considerarse nula cualquiera que se hiciese sin querer, pues queriendo no se hará.
Art. 4.º. Convencida la Junta de que nada se saca de las escuelas sino ruido, y que se calienten la cabeza los hijos de los amados vasallos del señor don Carlos V, quedan cerradas las que hubiese abiertas: debiendo olvidar cada vecino en el término improrrogable de tres días, contados desde la fecha, lo poco ó mucho que supiese, so pena de tenerlo que olvidar donde menos le convenga.