Obras completas de Fígaro, Tomo 2
Part 6
No hubo sin embargo remedio: mi amigo no daba cuartel, y estaba visto que tenía capricho de comer mal un día. Fué preciso, pues, acompañarle, é íbamos á entrar en los _Dos Amigos_, cuando llamó nuestra atención un gran letrero nuevo que en la misma calle de Alcalá y sobre las ruinas del antiguo figón de Perona dice: _Fonda del Comercio_.--¿Fonda nueva?--Vamos á ver. En cuanto al local, no les da el naipe á los fondistas para escoger local; en cuanto al adorno, nos cogen acostumbrados á no pagarnos de apariencias; nosotros decimos: ¡como haya que comer, aunque sea en el suelo! Por consiguiente nada nuevo en este punto en la fonda nueva.
Choconos sin embargo la diferencia de las caras de ahora, y que hace medio año se veían en aquella casa. Vimos elegantes, y diónos esto excelente idea. Realmente hubimos de confesar que la fonda nueva es la mejor; pero es preciso acordarnos de que la Fontana era también la mejor cuando se instaló: ésta será, pues, otra Fontana dentro de un par de meses. La variedad que hoy en platos se encuentra cederá á la fuerza de las circunstancias; lo que nunca podrá perder será el servicio: la fonda nueva no reducirá nunca el número de sus mozos, porque es difícil reducir lo poco; se ha adoptado en ella el principio admitido en todas: un mozo para cada sala, y una sala para cada veinte mesas.
Por lo demás no deja de ofrecer un cuadro divertido para el observador oscuro el aspecto de una fonda. Si á su entrada hay ya una familia en los postres, ¿qué efecto le hace al que entra frío y sereno el ruido y la algazara de aquella gente toda alborotada porque ha comido? ¡Qué miserable es el hombre! ¿De qué se ríen tanto? ¿Han dicho alguna gracia? No, señor; se ríen de que han comido, y la parte física del hombro triunfa de la moral, de la sublime; que no debiera estar tan alegre sólo por haber comido.--Allí está la familia que trajo el coche... ¡¡¡Apartemos la vista y tapemos los oídos por no ver, por no oir!!!
Aquel joven que entra venía á comer de medio duro; pero se encontró con veinte conocidos en una mesa inmediata: dejóse coger también por la negra honrilla, y sólo por los testigos pide de á duro. Si como son conocidos fuera una mujer á quien quisiera conquistar, la que en otra mesa comiera, hubiera pedido de á doblón: á pocos amigos que encuentre, el infeliz se arruina. ¡Necio rubor de no ser rico! ¡Mal entendida vergüenza de no ser calavera!
¿Y aquél otro? Aquél recorre todos los días á una misma hora varias fondas: aparenta buscar á alguien: en efecto, algo busca; ya lo encontró; allí hay conocidos suyos: á ellos derecho: primera frase suya:--¡Hombre! ¿Ustedes por aquí?--Coma usted con nosotros, le responden todos.--Excúsase al principio; pero si había de comer solo... un amigo á quien esperaba no viene... Vaya, comeré con ustedes, dice por fin, y se sienta. ¡Cuán ajenos estaban sus convidadores de creer que habían de comer con él! Él sin embargo sabía desde la víspera que había de comer con ellos: les oyó convenir en la hora, y es hombre que come los más días de oídas, y algunos por haber oído.
¿Qué pareja es la que sin mirar á un lado ni á otro pide un cuarto al mozo y?... Pero es preciso marcharnos, mi amigo y yo hemos concluido de comer: cierta curiosidad nos lleva á pasar por delante de la puerta entornada donde ha entrado á comer sin testigos aquel oscuro matrimonio... sí; duda... Una pequeña parada que hacemos alarma á los que no quieren ser oídos, y un portazo dado con todo el mal humor propio de un misántropo nos advierte nuestra indiscreción y nuestra impertinencia. Paciencia, salgo diciendo: todo no se puede observar en este mundo; algo ha de quedar oscuro en un cuadro: sea esto lo que quede en negro en este artículo de costumbres de la _Revista española_.
POESÍAS DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA
Es tan conocido el mérito del autor de esta nueva colección poética, son tan justamente apreciados en España y fuera de ella los varios ensayos didácticos y composiciones dramáticas que en anteriores tomos ha publicado, que no es mucho que entremos con respeto y miedo á juzgar al que puede juzgar á los demás. El justo criterio, el gusto depurado son las dotes que más brillan en sus escritos; pero no contento el señor Martínez de la Rosa con haber indicado el camino que deben trillar los que á la gloria inmortal de poetas aspiren, nos quiere dar el ejemplo al lado de la admonición. Harta empresa es ésa para un solo hombre. No presta el cielo al mismo tiempo la fría severidad del crítico y la ardiente imaginación del vate, y mal pudiera prestarlas sin contradecir sus propias leyes. Si alguna vez, pues, se ven ambas calidades reunidas puede reputarse fenómeno. Recorramos la lista de los primeros poetas; no hallaremos en ésa á los grandes didácticos: preceptos será lo que en sus obras encontraremos, preceptos de inspiración; rara vez preceptistas. Homero, Virgilio, Anacreonte, Píndaro, Taso, Millón, etc., etc., se contentaron con la parte que les tocó; verdad es que les tocó lo más, porque nunca harán los preceptos un poeta. Recorramos por otra parte las obras de los grandes maestros del arte. Aristóteles hubiera probado á entonar la trompa épica; en balde hubiera ensayado á observar sus mismas reglas. Longino, que tan bien entendió el sublime, no hubiera dado nunca con él. El severo Boileau quiso pulsar la lira, y Apolo la rompió en sus débiles manos; toda su oda á la toma de Namor puede darse por el peor concepto de su arte poética. La Harpe dió modelos; pero modelos de escuela. En una palabra, la cabeza puede aventajarse en el hombre, pero es por lo regular á costa del corazón. Dos nombres colosales, que son los que más acaso á la perfección en distintos géneros se han acercado, pudieran citarse como poderosas excepciones de nuestro aserto: Horacio y Voltaire. Esto sin embargo podría ser objeto de larga discusión en que no podemos entrar ahora; en ella aparecería tal vez que el Horacio del arte poética y de las sátiras no es el Horacio de las odas, que el Voltaire prosista es infinitamente superior al Voltaire autor cómico, trágico y épico.
En beneficio del señor don Francisco Martínez pueden sólo resultar estas breves observaciones, á que la lectura grata de su libro da lugar. Nadie puede dudar del alto puesto que entre los preceptistas ocupa; y de su talento poético no seremos ciertamente nosotros los que dudemos. Y no decimos tampoco que el señor Martínez es poeta porque creamos que otros lo duden, sino porque en decirlo gozamos y en repetirlo, nosotros sobre todo, que juzgaremos al autor con sus mismas leyes, y que abundamos afortunadamente en sentadas opiniones suyas. Sentimiento, intención, es lo que buscamos en el poeta: sentimiento, intención, encontramos en el señor Martínez de la Rosa, «No remontemos, dice el autor en su prólogo, tan desacordadamente el concepto y la frase que cueste trasudores el entendernos». «No recuerdo un solo rasgo sublime, dice en otra parte, en cualquiera lengua que sea, que no esté expresado con sencillez». Esta idea, adoptada por nuestro poeta y tan bien seguida en su _Edipo_; esta imitación de la griega sencillez es la que distingue sus obras poéticas de las demás de su época: la oscura ampulosidad es una montaña que abruma nuestra poesía, nada más necesario que el que se resuelvan los jóvenes en fin á segregar del fruto precioso el lujurioso pámpano que le ahoga. No es la palabra lo sublime; séalo el pensamiento; parta derecho al corazón; apodérese de él, y la palabra lo será también. «Hágase la luz, dijo Dios, y fué la luz». Nada hay escrito más sublime, nada sin embargo menos ampuloso. Oigamos otra expresión grande y sencilla. Muere una mujer, y exclama su amiga: «¡Conque ésta es la primera noche que vas á pasar en la tierra!» ¡Qué apostrofe hay más enérgico! ¡Qué formas sin embargo más sencillas! Todas las palabras son sublimes cuando la pasión las emplea. Siguiendo estos principios, es difícil ser á veces más poeta que el autor de esta colección. Hay ternura en sus composiciones, sentimiento en sus versos, profundidad á veces, dulce y melancólica filosofía. Bien quisiéramos citar algunos trozos de los que han señoreado en su lectura nuestro corazón. Pero el público se hará con estas poesías, y citar fragmentos fuera imponernos la difícil tarea de la elección. Respondemos que serán leídas con placer por los que abriguen sentimiento; con entusiasmo por los que recibieron del cielo la sensibilidad como primera condición de su existencia.
Una cosa confesaremos á nuestro pesar: uno de los géneros á que más lugar ha dado en su tomo el señor Martínez de la Rosa ha sido un género desgastado ya; un género en que tanto y tan bueno se ha escrito, que es harto difícil sobresalir en él. No es decir esto que sus composiciones ligeras no puedan competir con las de Anacreonte, con las de Gesner, con las de Meléndez; pero la tendencia del siglo es otra: si las sociedades nacientes alimentan su imaginación con composiciones ligeras, las sociedades gastadas necesitan sensaciones más fuertes. Acaso en esto lleve el poeta ventaja á la sociedad en que vive; acaso las causas de la decadencia de este género no hacen favor á los adelantos de la civilización; pero no por eso es menos cierto que buscamos más bien en el día la importante y profunda inspiración de Lamartine, y hasta la desconsoladora filosofía de Byron que la ligera y fugitiva impresión de Anacreonte.
Los versificadores que sólo hacer versos saben, mas no sentirlos, podrán tachar de poco robustos algunos del autor; nosotros, aunque conocemos la necesaria cooperación de la más completa armonía posible en la poesía, pasamos ligeramente sobre ese reproche, y siempre daremos la preferencia en todo caso á las ideas.
Concluiremos dando el parabién al señor Martínez de la Rosa por su nueva publicación, y deseando que la juventud estudiosa saque tanto partido de su ejemplo como de las lecciones con que en sus obras anteriores ha sabido hacerse el órgano del buen gusto, y el honor de su patria, que colocará su nombre en la corta lista de los que en el día pueden retribuirla gloria sólida é imperecedera.
LAS CASAS NUEVAS
«La constancia es el recurso de los feos, dice la célebre Ninon de Lenclos en sus lindas cartas al marqués de Sévigné; las personas de mérito, que saben por donde quiera han de encontrar ojos que se prenden de ellas, no se curan de conservar la prenda conquistada; los feos, los necios, los que viven seguros de que difícilmente podrán encontrar quien llene el vacío de su corazón, se adhieren al amor, que una vez por acaso encontraron, como las ostras á las peñas que en el mar las sostienen y alimentan.
»Éstos son generalmente los que temerosos de perder el bien, que conocen no merecer, preconizan la constancia, la erigen en virtud, y hacen con ella el tormento de una vida que deben llenar la variedad y la sucesión de sensaciones tan vivas como diferentes».
Aquella máxima de coqueta, al parecer ligera, si no es siempre cierta, porque no á todos les es dado el poder ser inconstantes, es sin embargo profunda y filosófica, y aun puede, fuera del amor, encontrar más de una exacta aplicación. Pero mi propósito no es hundirme en consideraciones metafísicas acerca del amor; tengamos lástima al que le ha dejado tomar incremento en su corazón, y pasemos como sobre ascuas sobre tan quisquilloso argumento. El hecho es que no tenía yo la edad todavía de querer ni de ser querido, cuando entre otras varias obras francesas que en mis manos cayeron, hacía ya un papel muy principal la de la famosa cortesana citada. Chocóme aquella máxima, y fuese pueril vanidad, fuese temor de que por apocado me tuviesen, adoptéla por regla general de mis aficiones. Tuve que luchar en un principio con la costumbre, que es en el hombre hija de la pereza y madre de la constancia. El hombre efectivamente se contenta muchas veces con las cosas tales cuales las encuentra, por no darse á buscar otras, como se figura acaso difícil encontrarlas; una vez resignado por pereza, se aficiona por costumbre á lo que tiene y le rodea; y una vez acostumbrado, tiene la bondad de llamar constancia á lo que es en él casi naturaleza. Pero yo luché, y al cabo de poco tiempo de ese empeño en cerrar mi corazón á las aficiones que pudieran llegar á dominarle, agregado esto á la necesidad de viajar y variar de objetos, en que las revoluciones del principio del siglo habían puesto á mi familia, lograron hacer de mí el ser más veleidoso que ha nacido. Pesándome de ver á las mismas gentes todos los días, no hay amigo que me dure una semana; no hay tertulia adonde pueda concurrir un mes entero; no hay hermosa que me lo parezca todos los días, ni fea que no me encante una vez siquiera al mes: esto me hace disfrutar de inmensas ventajas, porque sólo se puede soportar á las gentes los quince primeros días que se las conoce. ¡Qué de atenciones en ellas! ¡Qué de sinceros ofrecimientos! ¿Pasaron aquéllos? ¿Se intimó la amistad? ¡Á Dios!, como ya de cualquier modo tienen cumplido con usted; todos son desaires, todas crudas y acedas respuestas. Pesándome de comer siempre los mismos alimentos, hoy como á la francesa, mañana á la inglesa, un día ceno y otro meriendo; ni tengo horas fijas, ni hago comida con concierto. Y esto tiene la ventaja de predisponerme para el cólera. Pesándome de hablar siempre en español, tengo amigos franceses sólo para hablar en francés una hora al día: me trato con los operistas para hablar una vez á la semana en italiano: aprendí griego por conocer una lengua que no habla nadie; y sufro las impertinencias de un inglés, á quien trato, por darme á entender en el idioma en que decía Carlos V que hablaría á los pájaros. Pesándome de que me llamen todos los días desde el año 9 en que nací, por el mismo apellido, cien veces dejé aquél con que vine al mundo, y ora fuí el _Duende satírico_, ora el _Pobrecito hablador_, ora el _Bachiller Munguía_, ora _Andrés Niporesas_, ora _Fígaro_, ora... y qué sé yo los muchos nombres que me quedarán aún que tomar en los muchos años que, Dios mediante, tengo hecho propósito de vivir en este bajo suelo; porque si alguna cosa hay que no me canse es el vivir; y si he de decir la verdad, consiste esto en que á fuerza de meditar he venido á conocer que sólo viviendo podré seguir variando. Por último, y vengamos al asunto, pesándome de vivir todos los días en una misma casa, la vista de un cuarto desalquilado hace en mi ánimo el mismo efecto que produce la picadura del pez en el corazón del anhelante pescador que le tiende el cebo. Corro á mí casa, pongo en movimiento á mi familia, hágome la ilusión de que emprendo un viaje, y de cuartel en cuartel, de calle en calle, de manzana en manzana, y hasta de piso en piso, recorro alegremente y reconozco los más recónditos escondrijos y rincones de esta populosa ciudad. Si la casa es grande: «¡Qué hermosura!, exclamo; esto es vivir con desahogo, esto es hijo y magnificencia». Si es chica: «Gracias á Dios, me digo, que salí de esos eternos caserones que nunca bastan muebles para ellos; ésta es á lo menos recogida, reducida, propia, en fin, del hombre tan reducido también y limitado». Si es cuarto bajo: «No tiene escalera, digo, y el hombre no ha nacido para vivir en las estrellas». Si es alto el piso: «¡Bendito sea Dios, qué claridad, qué ventilación, y qué pureza de aires!» Si es caro: «¿Qué importa?, lo primero es tener buena habitación». Si es barato: «Mejor; con eso emplearé en galas lo que había de invertir en mi vivienda».
Nadie, pues, más feliz que yo, porque en cuanto á las habladurías y murmuraciones del mundo perecedero, así me cuido de ellas como de ir á la Meca. Pero es el caso que tengo un amigo que es de esos hombres que se dejan impresionar fácilmente por la última persona que oyen, de esos caracteres débiles, flojos, apáticos, irresolutos, de reata, en fin, que componen el mayor número en este mundo, que nacieron por consiguiente para obedecer, callar y ser constantemente víctimas, y cuya debilidad es la más firme columna de los fuertes.
Oyóme este amigo las reflexiones que anteceden, y vean ustedes á mi hombre descontento ya con cuanto le rodea: ya que no lo puede mudar todo, quiere cuando menos mudar de casa, y hetele buscando conmigo papeles en los balcones de barrio en barrio, porque ésta es muy de antiguo la señal que distingue las habitaciones alquilables de esta capital, sin que yo haya podido dar hasta ahora con el origen de esta conocida costumbre, ni menos con la de poner los papeles en las esquinas de los balcones cuando la casa es sólo alquilable para huéspedes.
Las casas antiguas, dijimos, que van desapareciendo de Madrid rapidísimamente, están reducidas á una ó dos enormes piezas y muchos callejones interminables; son demasiado grandes; son oscuras por lo general á causa de su mala repartición y combinación de entradas, salidas, puertas y ventanas.
Dirigímonos, pues, á ver las casas nuevas; ésas que surgen de la noche á la mañana por todas las calles de Madrid; ésas que tienen más balcones que ladrillos, y más pisos que balcones; ésas por medio de las cuales se agrupa la población de esta coronada villa, se apiña, se sobrepone y se aleja de Madrid, no por las puertas, sino por arriba, como se marcha el chocolate de una chocolatera olvidada sobre las brasas. La población que se va colocando sobre los límites que encerraron á nuestros abuelos, me hace el efecto del helado que se eleva fuera de la copa de los sorbetes. El caso es el mismo: la copa es pequeña y el contenido mucho.
Muchas casas y muy lindas vimos. Mi amigo observó con razón que se sigue en todas el método antiguo de construcción: sala, gabinete y alcoba pegada á cualquiera de estas dos piezas; y siempre en la misma cocina, donde se preparan los manjares, colocado inoportuna y puercamente el sitio más desaseado de la casa. ¿No pudiera darse otra forma de construcción á las casas, de suerte que este sitio quedase separado de la vivienda, como en otros países lo hemos visto constantemente observado? ¿No pudieran llegarse á desusar esos vidrios horribles, desiguales, pequeños, unidos por plomos, generalmente invertidos en las vidrieras? ¿No se les podrían sustituir vidrios de mejor calidad, de más tamaño, y unidos entre sí con sutiles listones de madera, que harían siempre mejor efecto á la vista y darían más entrada á la luz? ¿No convendría desterrar esas pesadas maderas que cierran los balcones, llenas de inútiles rebajos y costosas labores, sustituyéndoles puertas ventanas de hojas más delgadas y lisas? ¿No pudiera introducirse el uso de las comodísimas chimeneas para las casas sobre todo más espaciosas, como se hallan adoptadas en toda Europa? ¿Tanto perderíamos en olvidar los mezquinos y miserables braseros que nos abrasan las piernas, dejándonos frío el cuerpo y atufándonos con el pestífero carbón, y que son restos de los sahumadores orientales introducidos en nuestro país por los Moros? ¿Qué mal haríamos en desterrar los canalones salientes, cuyo objeto parece ser el de reunir sobre el pobre transeúnte, además del agua que debía naturalmente caerle del cielo, toda la que no debía caerle, y en sustituirles los conductos vertederos semejantes á los de Correos, pegados á la pared?
Los caseros más que al interés público consultan el suyo propio: _aprovechemos terreno_; ése es su principio: _apiñemos gente en estas diligencias paradas, y vivan todos como de viaje_: cada habitación es en el día un baúl en que están las personas empaquetadas de pie, y las cosas en la posición que requiere su naturaleza: tan apretado está todo, que en caso de apuro todo podría viajar junto sin romperse. Las escaleras son cerbatanas, por donde pasa la persona como la culebra que se roza entre dos piedras para soltar su piel. Un poco más de hombre ó un poco menos de escalera, y serán una sola cosa hombre y escalera.
Pero sigamos la historia de mi amigo. No bien hubo visto la blancura de una de las casas nuevas, la monería de las acomodadas piececitas, el estado de novedad de las habitaciones del piso tercero, alborózase y: _¡este cuarto es mío!_, exclama.--Pero acabemos de ver.--Nada; inútil, quiero casa nueva, casa nueva; no hay remedio.--De allí á media hora estábamos ya en casa del casero. Inútil es decir que el casero tenía mala cara; todos la tienen: es la primera cosa que hacen en comprando casa; á lo menos tal nos parece siempre á los inquilinos, sin que esto sea decir que no pueda ser ilusión de óptica.--¿Qué tiene usted que mandarme?...--¿Usted es el dueño de la casa que se está haciendo?...--Sí, señor.--Hay varios cuartos en la casa.--Están dados.--¡Cómo!, si no están hechos...--Ahí verá usted.--¿Pero no habría?...--Un tercero queda.--Bueno; he dicho que quiero casa nueva.--No es tampoco de los más altos, caballero: no tiene más que noventa y tres escalones y un tramito.--Ya se ve que no es mucho: se baja uno á Madrid en un momento; quiero casa nueva.--¿Pagará usted adelantado?--Hombre, ¿adelantado? Á mí nadie me paga adelantado.--Pues déjelo usted.--¡Ah! no, eso no; bien; pagaré; ¿un mes?--Tres meses ó seis.--Pero, hombre...--Dejarlo.--No; bien, bien; ¿cuánto renta? Es tercero y tiene pocas piezas y estrechas, y...--Diez reales diarios; dé usted gracias que no se le pone en doce.--¡Diez reales!--Si no acomoda...--Sí, señor, sí. ¡Cómo ha de ser! ¡Casa nueva!--Fiador.--¿Fiador?--Y abonado.--Bueno; ¡paciencia! Tengo amigos; el marqués de...--¿Marqués? no, no, señor.--El coronel de...--¿Militar?, menos.--Un mayordomo de semana.--¿Tiene fuero?, no, señor.--Pero, hombre, ¿adónde he de ir á buscar?--Ha de tener casa abierta.--Pero si yo no me trato con taberneros, ni...--Pues dejarlo.--¡Voto va!
No hubo más remedio que buscar el fiador: ya daba mi amigo la mudanza á todos los diablos. Venciéronse por fin las dificultades; ya cogió las llaves, y cogió al celador, y cogió el padrón, y cogió... ¿qué había de coger por último?, el cielo con las manos, lectores míos. Comenzó la mudanza: el sofá no cupo por la escalera; fué preciso izarle por el balcón, y en el camino rompió los cristales del cuarto principal, los tiestos del segundo, y al llegar al tercero, una de sus propias patas, que era precisamente la que le había estorbado; si se hubiera roto al principio, pleito por menos; fué preciso pagar los daños: el bufete entró como taco en escopeta, haciendo más allá la pared á fuerza de rascarle el yeso con las esquinas: la cama del matrimonio tuvo que quedarse en la sala, porque fué imposible meterla en la alcoba; el hermano de mi amigo, que es tan alto como toda la casa, se levantó un chichón, en vez de levantar la cabeza, con el techo que estaba hombre en medio con el piso. En fin, mal que bien, estuvo ya la casa adornada; pero ¡oh desgracia!, mi amigo tiene un suegro sumamente gordo: verdad es que es monstruoso; y es hombre que ha menester dos billetes en la diligencia para viajar: como á éste no se le podía romper pata como al sofá, no hubo forma de meterlo en casa. ¿Qué medió en este conflicto? ¿Reñir con él y separarse porque no cabe en casa?, no es decente.--¿Meterlo por el balcón?, no es para todos los días. ¡Santo Dios!, ¡que no se hagan las casas en el día para los hombres gordos! En una palabra, desde ayer están los trastos dentro: mi amigo en la escalera mesándose los cabellos, luchando entre la casa nueva y el amor filial; y el viejo en la calle esperando, ó á perder carnes, ó á ganar casa.
REPRESENTACIÓN DE
LA FONDA, Ó LA PRISIÓN DE ROCHESTER
Y DE
LAS ACEITUNAS Ó UNA DESGRACIA DE FEDERICO II
Comedias en un acto