Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 5

Chapter 54,029 wordsPublic domain

--Ahí tengo un prólogo empezado para una obra que pienso escribir, en el cual trato de decir modestamente que no aspiro al título de sabio: que las largas convulsiones políticas que han conmovido á la Europa y á mí á un mismo tiempo, las intrigas de mis émulos, enemigos y envidiosos, y la larga carrera de infortunios y sinsabores en que me he visto envuelto y arrastrado juntamente con mi patria, han impedido que dedicara mis ocios al cultivo de las musas; que habiéndose luego el gobierno acordado y servídose de mi poca aptitud en circunstancias críticas, tuve que dar de mano á los estudios amenos que reclaman soledad y quietud de espíritu, como dice Cicerón; y en fin, que en la retirada de Vitoria perdí mis papeles y manuscritos más importantes; y sigo por ese estilo...

--Cierto... Ese prólogo debe darle á usted extraordinaria importancia.

--Por lo demás, no he publicado otras cosas...

--Conque una oda y otra oda, dije yo recapitulando, y una silva, anacreónticas, una traducción original, un folletito que no llegó á publicarse, y un prólogo que se publicará...

--Eso es. Precisamente.

Al oir esto no estuvo en mí tener más la risa, despedíme cuanto antes pude del sabio don Timoteo, y fuíme á soltar la carcajada al medio del arroyo á todo mi placer.

--¡Por vida de Apolo! salí diciendo. ¿Y es éste don Timoteo? ¿Y cree que la sabiduría está reducida á hacer anacreónticas? ¿Y porque ha hecho una oda le llaman sabio? ¡Oh reputaciones fáciles! ¡Oh pueblo bondadoso!

¿Para qué he de entretener á mis lectores con la poca diversidad que ofrece la enumeración de las demás consultas que en aquella mañana pasé? Apenas encontré uno de esos célebres literatos, que así pudiera dar su voto en poesía como en legislación, en historia como en medicina, en ciencias exactas como en... Los literatos aquí no hacen más que versos, y si algunas excepciones hay, y si existen entre ellos algunos de mérito verdadero que de él hayan dado pruebas positivas, no son excepciones suficientes para variar la regla general.

¿Hasta cuándo, pues, esa necia adoración á las reputaciones usurpadas? Nuestro país ha caminado más de prisa que esos literatos rezagados; recordamos sus nombres que hicieron ruido cuando, más ignorantes, éramos los primeros á aplaudirlos; y seguimos repitiendo siempre como papagayos: _Don Timoteo es un sabio_. ¿Hasta cuándo? Presenten sus títulos á la gloria y los respetaremos y pondremos sus obras sobre nuestra cabeza. ¿Y al paso que nadie se atreve á tocar á esos sagrados nombres que sólo por antiguos tienen mérito, son juzgados los jóvenes que empiezan con toda la severidad que aquéllos merecerían? El más leve descuido corre de boca en boca; una reminiscencia es llamada robo; una imitación plagio, y un plagio verdadero intolerable desvergüenza. Esto en tierra donde hace siglos que otra cosa no han hecho sino traducir nuestros más originales hombres de letras.

Pero volvamos á nuestro don Timoteo. Háblesele de algún joven que haya dado alguna obra. No lo he leído... ¡Como no leo esas cosas! exclama. Hable usted de teatros á don Timoteo.--No voy al teatro; eso está perdido... porque quieren persuadirnos de que estaba mejor en su tiempo; nunca verá usted la cara del literato en el teatro. Nada conoce, nada lee nuevo; pero de todo juzga, de todo hace ascos.

Veamos á don Timoteo en el Prado; rodeado de una pequeña corte que á nadie conoce cuando va con él: vean ustedes cómo le oyen con la boca abierta; parece que le han sacado entre todos á paseo para que no se acabe entre sus investigaciones acerca de la ruina que á nadie le importa. ¿Habló don Timoteo? ¡Qué algazara y qué aplausos! ¿Se sonrió don Timoteo? ¿Quién fué el dichoso que le hizo desplegar los labios? ¿Lo dijo don Timoteo, el sabio autor de una oda olvidada ó de un ignorado romance? Tuvo razón don Timoteo.

Haga usted una visita á don Timoteo; en buena hora; pero no espere usted que se la pague. Don Timoteo no visita á nadie. ¡Está tan ocupado! El estado de su salud no le permite usar de cumplimientos; en una palabra, no es para don Timoteo la buena crianza.

Veámosle en sociedad. ¡Qué aire de suficiencia, de autoridad, de supremacía! Nada le divierte á don Timoteo. ¡Todo es malo! Por supuesto que no baila don Timoteo, ni habla don Timoteo, ni ríe don Timoteo, ni hace nada don Timoteo de lo que hacen las personas. Es un eslabón roto en la cadena de la sociedad.

¡Oh sabio don Timoteo! ¿Quién me diera á mí hacer una mala oda para echarme á dormir sobre el colchón de mis laureles; para hablar de mis afanes literarios, de mis persecuciones y de las intrigas y revueltas de los tiempos; para hacer ascos de la literatura; para recibir á las gentes sentado; para no devolver visitas; para vestir mal; para no tener que leer; para decir del alumno de las musas que más haga: «es un mancebo de dotes muy recomendables, es mozo que promete»; para mirarle á la cara con aire de protección y darle alguna suave palmadita en la mejilla, como para comunicarle por medio del contacto mi saber; para pensar que el que hace versos, ó sabe donde han de ponerse las comas, y cuál palabra se halla en Cervantes, y cuál no, ha llegado al _summum_ del saber humano; para llorar sobre los adelantos de las ciencias útiles; para tener orgullo y amor propio; para hablar pedantesco y ahuecado; para vivir en contradicción con los usos sociales; para ser en fin ridículo en sociedad sin parecérselo á nadie?

LA POLÉMICA LITERARIA

...à Madrid la république des lettres était celle des loups, toujours armés les uns contre les autres; et livrés au mépris où ce visible acharnement les conduit, tous les insectes, les moustiques, les cousins, les critiques, les maringouins, les envieux, les feuillistes, les libraires, les censeurs, et tout ce qui s'attache à la peau des malheureux gens de lettres, achevait de déchiqueter et de sucer le peu de substance qui leur restait.

BEAUMARCHAIS. _Le Barbier de Séville_, act. I.

Muchos son los obstáculos que para escribir encuentra entre nosotros el escritor, y el escritor sobre todo de costumbres que funda sus artículos en la observación de los diversos caracteres que andan por la sociedad revueltos y desparramados: si hace un artículo malo, ¿quién es él, dicen, para hacerle bueno? Y si le hace bueno, _será traducido_, gritan á una voz sus amigos. Si huyó de ofender á nadie, son pálidos sus escritos, no hay chiste en ellos ni originalidad; si observó bien, si hizo resaltar los colores, y si logra sacar á los labios de su lector tal cual picante sonrisa, «es un payaso», exclaman, como si el toque del escribir consistiera en escribir serio; si le ofenden los vicios, si rebosa en sus renglones la indignación contra los necios, si los malos escritores le merecen tal cual varapalo, «es un hombre feroz, á nadie perdona. ¡Jesús, qué entrañas!» ¡Habrá pícaro que no quiere que escribamos disparates! ¿Dibujó un carácter, y tomó para ello toques de éste y de aquél, formando su bello ideal de las calidades de todos? ¡Qué picarillo, gritan, cómo ha puesto á don fulano! ¿Pintó un avaro como hay ciento? Pues ése es don Cosme, gritan todos, el que vive aquí á la vuelta.--Y no se desgañite para decirle al público:--«Señores, que no hago retratos personales, que no critico á uno, que critico á todos. Que no conozco siquiera á ese don Cosme».--¡Tiempo perdido!--Que el artículo está hecho hace dos meses, y don Cosme vino ayer.--Nada.--Que mi avaro tiene peluca y don Cosme no la gasta.--¡Ni por ésas! Púsole peluca, dicen, para desorientar; pero es él.--Que no se parece á don Cosme en nada.--No importa; es don Cosme, y se lo hacen creer todos á don Cosme por ver si don Cosme le mata; y don Cosme, que es caviloso, es el primero á decir: «ése soy yo». Para esto de entender alusiones nadie como nosotros.

¿Consistirá esto en que los criticados que se reconocen en el cuadro de costumbres se apresuran á echar el muerto al vecino para descartarse de la parte que á ellos les toca? ¡Quién sabe! Confesemos de todos modos que es pícaro oficio el de escritor de costumbres.

Con estas reflexiones encabezamos nuestro artículo de hoy, porque, no nos perdone Dios nuestros pecados, si no creemos que antes de llegar al último renglón han de haber encontrado nuestros perspicaces lectores el original del retrato que no hacemos. Como cosa de las doce serían cuando cavilaba yo ayer acerca del modo de urdir un artículo bueno que gustase á todos los que le leyesen, y encomendábame á toda priesa, con más fe que esperanza, á santa Rita, abogada de imposibles, para que me deparara alguna musa acomodaticia, la cual me enviase inspiraciones cortadas á medida de todo el mundo. Pedíale un modo de escribir que ni fuese serio, ni jocoso, ni general, ni personal, ni largo, ni corto, ni profundo, ni superficial, ni alusivo, ni indeterminado, ni sabio, ni ignorante, ni culto, ni trivial; una quimera, en fin, y pedíale de paso un buen original francés de donde poder robar aquellas ideas que buenamente no suelen ocurrirme, que son las más, y una baraja completa de transposiciones felices, de éstas que el diablo mismo que las inventó no entiende, y que por consiguiente no comprometen al que las escribe... Pero estoy para mí que no debía de hacer más caso de mis oraciones la santa que el que hacen los cómicos de los artículos de teatros, porque ni venía musa, ni yo acertaba á escribir un mal disparate que pudiese dar contento á necios y á discretos. Mesábame las barbas, y renegaba de mi mal cortada pluma, que siempre ha de pinchar, y de mi lengua que siempre ha de maldecir, cuando un cariacontecido mozalbete con cara de literato, es decir, de envidia, se me presentó, y mirándome zaino y torcido, como quien no camina derecho ni piensa hacer cosa buena, díjome entre uno y otro piropo, que yo eché en saco roto, como tenía que consultarme y pedirme consejos en materias graves.

Invitéle á que se sentara, lo cual hizo en la punta de una silla, como aquél que no quería abusar de mi buena crianza, poniendo su sombrero debajo de una mesa á modo de florero ó de escupidera.

--¿Y qué es el caso? le pregunté; porque ha de advertir el lector que yo me perezco por los diálogos.

--¿Qué ha de ser, señor Fígaro, sino que yo he puesto un artículo en un periódico, y no bien le había leído impreso, cuando zas, ya me han contestado?

--¡Oh! Son muy bien criados los periodistas, le dije: no saben lo que es dejar á un hombre sin contestación.

--Sí, señor; pero de buenas á primeras, y sin pedirme mi parecer, dan en la flor de decirme que es mi artículo un puro disparate. Es el caso que yo también quiero contestar, porque ¿qué dirá el mundo, y sobre todo la Europa, si yo no contesto?

--Cierto: no se piensa en otra cosa en el día sino en Portugal y en su artículo de usted.

--Ya se ve: y como usted entiende de achaque de contestaciones, y de cómo se lleva por aquí eso de polémica literaria, vengo á que me endilgue usted, sobre poco más ó menos, cuatro consejos oportunos, de modo que la materia en cuestión se dilucide, se entere el público de quién tiene razón, y quede yo encima, que es el objeto.

--¿Y de qué habla el artículo?

--Le diré á usted: de nada: el hecho es que en la cuestión no nos entendemos ni él ni yo, porque como la mitad de las cosas que podrían decirse en la materia, uno y otro las ignoramos, y la otra mitad no se puede decir...

--Sí... pues eso es muy fácil... ¿pero trata de?...

--De tabacos, sí, señor. Conque yo quisiera que usted me indicase todos los hombres que han tenido que ver con tabacos desde Nicot que los descubrió hasta Tissot, por lo menos, que está contra su uso. Con la vasta erudición que usted me va á proporcionar yo haré trizas á mi contrario...

--¡Ay, amigo!, le interrumpí, ¡y qué poco entiende usted de polémica literaria! En primer lugar, para disputar de una materia lo primero que usted debe procurar es ignorarla de pe á pa. ¿Qué quiere usted?, así corren los tiempos. En segundo lugar, ¿usted sabe quién es el autor del artículo contra usted?

--¿Y qué falta hace para aclarar la cuestión al público saber quién sea el autor del artículo?

--¡Hombre, usted está en el cristus de la polémica literaria del país! ¿De dónde viene usted? Usted no lee. En vez de buscar libros que confirmen la opinión de usted, la primera diligencia que ha de hacer es saber quién es el autor del artículo contrario.

--Bueno: pues ya lo sé. Pero el caso no es ése, sino que un periódico dice que mi artículo es malo.

--Calle usted. Somos felices.

--Yo pensaba dar razones y probar...

--No, señor, no pruebe usted nada. ¿Usted se quiere perder? Diga usted, ¿qué señas tiene el adversario de usted? ¿Es alto?

--Mucho; se pierde de vista.

--¿Tendrá seis pies?

--Más, más: hágale usted más favor... pero ¿qué tiene que ver eso con la cuestión de tabacos?

--¿No ha de tener? Empiece usted diciendo que su artículo de usted es bueno: primero porque él es alto.

--¡Hombre!

--Calle usted. ¿Ha escrito algunas obras?

--Sí, señor: en el año 97 escribió una comedia que no valía gran cosa.

--Bravo: añada usted que usted entiende mucho de tabacos, fundado en que él hizo el año 97 una comedia...

--Pero, señor, haremos reir al público...

--No tenga usted cuidado: el público se morirá de risa, y la palestra queda por el que hace reir. ¿Qué más tiene el adversario? ¿Tiene alguna verruga en las narices, tiene moza, debe á alguien, ha estado en la cárcel alguna vez, gasta peluca, ha tenido opinión nula?...

--Algo, algo hay de eso.

--Pues bien: á él: la opinión, la verruga: duro en sus defectos. ¿Qué entenderá él de achaque de tabacos, si escribió en los periódicos de entonces, y si el año 8 jugaba á la pipirijaina ó á la pata coja?

--¿Pero adónde vamos á parar?...

--Á la tetilla izquierda, señor: usted no se desanime: ¿le coge usted en un plagio? El testo en los hocicos, el original, y ande. ¿Sabe usted algún cuento? á contársele.

--¿Y si no vienen á pelo los cuentos que yo sé.

--No importa; usted hará reir, y ése es el caso. ¿Dice él que usted se equivoca una vez? Dígale usted qué él se equivoca ciento, y pata. Usted es una tal; y usted es más: éste el modo.

--Pero, señor Fígaro, ¿y dónde dejamos ya la cuestión de tabacos?

--¿Y á usted qué le importa ni á nadie tampoco? Déjela usted que viaje. Por fin luego que usted haya agotado todos los recursos de la personalidad, concluya usted apelando al público y diciendo que él sabrá apreciar la moderación de usted en la cuestión presente: que se retira usted de la polémica; en primer lugar, porque ha probado suficientemente su opinión acerca de tabacos con las poderosas razones antedichas de la estatura, de la verruga, de la comedia del año 97, de las deudas y de la opinión del adversario: y en segundo lugar porque habiendo usado el contrario de mala fe y de indecorosas personalidades (y eso dígalo usted aunque sea mentira), de que usted no se siente capaz en atención á que usted respeta mucho al público respetable, la polémica se ha hecho asquerosa é interminable. Aquí dice usted una gracia ó dos si puede acerca del mayor número de suscriciones que reúne el periódico en que usted escribe, que es razón concluyente, y que le piquen á usted moscas.

--Señor Fígaro, ese plan será bueno; mas yo le encuentro el inconveniente de que si en un país en que tan poco prestigio tienen la literatura y los literatos, en vez de darnos honor unos á otros nos damos mutuamente en espectáculo, derribamos nosotros mismos nuestros altares, y nos hacemos el hazmereir del público... y á mí me da vergüenza...

--¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¿Ahora salimos con que tiene usted vergüenza?... y... ¡voto ya! Dijéralo usted al principio. Usted es incorregible. Pues, amigo, voy á concluir: hace muchos años que ando por este mundo, y las más de las polémicas que he visto se han decidido por ese estilo. Fuera, pues, razones, señor mío: látigo y más látigo: no sé qué sabio ha dicho que las más de las cuestiones son cuestiones de nombre: aquí, amigo mío, las más son cuestiones de personas.--Y con esto despedí á mi cliente, quien no sé si habrá aprovechado mis consejos. Una cosa tan sólo le supliqué al salir por el umbral de mi puerta.--Si acaso, le dije, oye usted decir á las gentes cuando le vean por el mundo: «ahí va el cliente de Fígaro: ése es el del artículo».--No lo creo, responda usted: el cliente de Fígaro es un ente ideal que tiene muchos retratos en esta sociedad, pero que no tiene original en ninguna.

LA FONDA NUEVA

Preciso es confesar que no es nuestra patria el país donde viven los hombres para comer: gracias por el contrario si se come para vivir: verdad es que no es éste el único punto en que manifestamos lo mal que nos queremos: no hay género de diversión que no nos falte: no hay especie de comodidad de que no carezcamos. «¿Qué país es éste?», me decía no hace un mes un extranjero que vino á estudiar nuestras costumbres. Es de advertir, en obsequio de la verdad, que era francés el extranjero, y que el francés es el hombre del mundo que menos concibe el monótono y sepulcral silencio de nuestra existencia española.--Grandes carreras de caballos habrá aquí, me decía desde el amanecer: no faltaremos.--Perdone usted, le respondía yo; aquí no hay carreras.--¿No gustan de correr los jóvenes de las primeras casas? ¿No corren aquí siquiera los caballos?...--Ni siquiera los caballos.--Iremos á caza.--Aquí no se caza: no hay dónde, ni qué.--Iremos al paseo de coches.--No hay coches.--Bien: á una casa de campo á pasar el día.--No hay casas de campo, no se pasa el día.--Pero habrá juegos de mil suertes diferentes, como en toda Europa... habrá jardines públicos donde se baile; más en pequeño, pero habrá sus _tívolis_, sus _ranelagh_, sus _campos elíseos_... habrá algún juego para el público.--No hay nada para el público: el público no juega.--Es de ver la cara de los extranjeros cuando se les dice francamente que el público español, ó no siente la necesidad interior de divertirse, ó se divierte como los sabios (que en eso todos lo parecen) con sus propios pensamientos: creía mi extranjero que yo quería abusar de su credulidad, y con rostro entre desconfiado y resignado, «Paciencia, me decía por fin: nos contentaremos con ir á los bailes que den las casas del buen tono y las suarés...».--Paso, señor mío, le interrumpí yo: ¿conque es bueno que le dije que no había gallinas y se me viene pidiendo?... En Madrid no hay bailes, no hay suarés. Cada uno habla ó reza, ó hace lo que quiere en su casa con cuatro amigos muy de confianza, y basta.

Nada más cierto sin embargo que este tristísimo cuadro de nuestras costumbres. Un día sólo en la semana, y eso no todo el año, se divierten mis compatriotas: el lunes, y no necesito decir en qué: los demás días examinemos cuál es el público recreo. Para el pueblo bajo el día más alegre del año redúcese su diversión á calzarse las castañuelas (digo calzarse porque en ciertas gentes las manos parecen pies), y agitarse violentamente en medio de la calle, en corro, al desapacible son de la agria voz y del desigual pandero. Para los elegantes todas las corridas de caballos, las partidas de caza, las casas de campo, todo se encierra en dos ó tres tiendas de la calle de la Montera. Allí se pasa alegremente la mañana en contar las horas que faltan para irse á comer, si no hay sobre todo gordas noticias de Lisboa, ó si no dan en pasar muchos lindos talles de quien murmurar, y cuya opinión se pueda comprometer, en cuyos casos varía mucho la cuestión y nunca falta que hacer.--¿Qué se hace por la tarde en Madrid?--Dormir la siesta.--¿Y el que no duerme, qué hace?--Estar despierto; nada más. Por la noche, es verdad, hay un poco de teatro, y tiene un elegante el desahogo inocente de venir á silbar un rato la mala voz del bufo caricato, ó á aplaudir la linda cara de la _altra prima donna_; pero ni se proporciona tampoco todos los días, ni se divierte en esto sino un muy reducido número de personas, las cuales, entre paréntesis, son siempre las mismas, y forman un pueblo chico de costumbres extranjeras, embutido dentro de otro grande de costumbres patrias, como un cucurucho menor metido en un cucurucho mayor.

En cuanto á la pobre clase media, cuyos límites van perdiéndose y desvaneciéndose cada vez más, por arriba en la alta sociedad, en que hay de ella no pocos intrusos, y por abajo en la capa inferior del pueblo, que va conquistando sus usos, ésa sólo de una manera se divierte. ¿Llegó un día de días? ¿Hubo boda? ¿Nació un niño? ¿Diéronle un empleo al amo de la casa?, que en España ése es el grande alegrón que hay que recibir. Sólo de un modo se solemniza. Gran coche de alquiler, decentemente regateado; pero más gran familia: seis personas coge el coche á lo más. Pues entra papá, entra mamá, las dos hijas, dos amigos íntimos convidados, una prima que se apareció allí casualmente, el cuñado, la doncella, un niño de dos años y el abuelo: la abuela no entra porque murió el mes anterior. Ciérrase la portezuela entonces con la misma dificultad que la tapa de un cofre apretado para un largo viaje, y á la fonda. La esperanza de la gran comida, á que se va aproximando el coche mal que bien, aquello de andar en alto, el rubor de las jóvenes que van sentadas sobre los convidados, y la ausencia sobre todo del diurno puchero alborotan á nuestra gente en tal disposición, que desde media legua se conoce el coche que lleva á la fonda á una familia de enhorabuena.

Tres años seguidos he tenido la desgracia de comer de fonda en Madrid, y en el día sólo el deseo de observar las variaciones que en nuestras costumbres se verifican con más rapidez de lo que algunos piensan, ó el deseo de pasar un rato con amigos, pueden obligarme á semejante despropósito. No hace mucho sin embargo que un conocido mío me quiso arrastrar fuera de mi casa á la hora de comer.--Vamos á comer á la fonda.--Gracias; mejor quiero no comer.--Comeremos bien; iremos á Genyeis: es la mejor fonda.--Linda fonda: es preciso comer de seis ó siete duros para no comer mal. ¿Qué aliciente hay allí para ese precio? Las salas son bien feas: el adorno ninguno: ni una alfombra, ni un mueble elegante, ni un criado decente, ni un servicio de lujo, ni un espejo, ni una chimenea, ni una estufa en invierno, ni agua de nieve en verano, ni... ni burdeos, ni champagne... Porque no es burdeos el valdepeñas, por más raíz de lirio que se le eche.--Iremos á los _Dos Amigos_.--Tendremos que salirnos á la calle á comer, ó á la escalera, ó llevar una cerilla en el bolsillo para vernos las caras en la sala larga.--Á cualquiera otra parte. Crea usted que hoy nos van á dar bien de comer.--¿Quiere usted que le diga yo lo que nos darán en cualquier fonda adonde vayamos? Mire usted, nos darán en primer lugar mantel y servilletas puercas, vasos puercos, platos puercos y mozos puercos: sacarán las cucharas del bolsillo, donde están con las puntas de los cigarros; nos darán luego una sopa que llaman de yerbas, y que no podría acertar á tener nombre más alusivo; estofado de vaca á la italiana, que es cosa nueva; ternera mechada, que es cosa de todos los días; vino de la fuente; aceitunas magulladas; frito de sesos y manos de carnero, hechos aquéllos y éstas á fuerza de pan: una polla que se dejaron otros ayer, y unos postres que nos dejaremos nosotros para mañana.--Y también nos llevarán poco dinero, que aquí se come barato.--Pero mucha paciencia, amigo mío, que aquí se aguanta mucho.