Obras completas de Fígaro, Tomo 2
Part 4
Cuando oímos á un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer á un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca, si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles sobre todo que no conocen más país que este mismo suyo que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.
Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra á este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos; sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.
Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye á aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor ó justicia á nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: _¡Cosas de España!_, contribuya cada cual á las mejoras posibles; entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, á cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.
REPRESENTACIÓN DE LA COMEDIA NUEVA
de
DON MANUEL EDUARDO GOROSTIZA
TITULADA CONTIGO PAN Y CEBOLLA
Es un error en nuestro entender bastante general creer que las novelas tienen la culpa de las locas bodas y desatinados enlaces que en el mundo se hacen y se han hecho. No está todo el daño en las novelas: la mayor parte está en el corazón humano; el amor, ora le llamemos como nuestros abuelos, que no veían más que el lado hermoso de las cosas, una noble pasión; ora le llamemos como nuestros despreocupados del día, que sólo ven el lado feo de las cosas, una vil necesidad rebozada, el amor existe en la naturaleza, y mientras exista, podrá ocurrir en la vida frecuentemente que no se halle de acuerdo con el interés. Desde los tiempos fabulosos que se remontan á la más atrasada antigüedad, desde Píramo y Tisbe, desde Leandro y Hero, que ciertamente no habían leído ninguna novela moderna, son conocidos estos desastrados amores. La organización de una mujer es la verdadera novela perniciosa, y por desgracia es la que no se le puede quitar; éste es el libro donde aprende á amar: á una belleza fría, de quien nada reclame su insensible corazón, dénsele todas las novelas del mundo, y dénselas sin cuidado; nosotros respondemos de su inalterable tranquilidad y de su eterna sensatez: aquélla empero, que ha recibido de la naturaleza el funesto don de una extrema sensibilidad, quítensele las novelas y será en balde; mientras no se le quiten los ojos respondemos de que hará todas las locuras del mundo por seguir el objeto que una vez la haya deslumbrado; por este estilo creemos que son la mayor parte de las locuras que hacen los hombres miserables; imperiosas leyes que impone la naturaleza y que paga el hombre. Los autores dramáticos van sin embargo con los tiempos: la recogida educación de los jóvenes del siglo pasado autorizaba la tiranía de los padres, y Moratín creyó hacer un señalado servicio á su país dando _el Sí de las Niñas_. De entonces acá hemos andado con pasos agigantados: y las costumbres del día, más que de la tiranía de los padres, resiéntense de la licencia é insubordinación de los hijos. Esto no es debido tampoco únicamente á las novelas. Otros muchos libros ha sido preciso escribir; muchas revoluciones de todas especies han debido pasar por los pueblos; otros hombres, á más de los novelistas, habían tenido que nacer antes para dar este impulso extraordinario en poco más de medio siglo al entendimiento humano. El hecho es con todo positivo; el abuso existe y reclama urgentemente la férula del poeta cómico. En el siglo actual se pueden contar tantas desgraciadas víctimas de los enlaces poco meditados, como en el pasado de las obligadas reclusiones de entonces. Era, pues, preciso sacar á la plaza toda la ridiculez de aquellos jóvenes irreflexivos que todo lo abandonan por el amor, las más veces sin considerar si se hallan verdaderamente enamorados, ó si sólo creen estarlo cuando exclaman: _Contigo pan y cebolla_.
El señor de Gorostiza, poeta ya conocido en nuestro teatro moderno, se ha apoderado de una idea feliz y ha escogido un asunto de la mayor importancia. ¿Halo desempeñado como de su talento nos debíamos prometer? Oiga el lector el argumento, y podrá responder á tan atrevida pregunta.
Matilde, hija de un padre que, según de la comedia resulta, no conoce sus inclinaciones ni su carácter, ama á don Eduardo de Contreras, joven de talento, rico, y que ocupa un puesto distinguido en la sociedad; pero ignora estas circunstancias sin embargo de que entra en su casa con frecuencia. Anímase don Eduardo á pedir la mano de Matilde á don Pedro, quien gustosísimo se la concede; pero en el momento de convenir en tan deseado enlace, sabe la heroína que don Eduardo no es pobre, nota que no hay en esta boda los obstáculos que en las de sus novelas ha leído, desama de pronto á quien tanto amó y despide á don Eduardo. Éste, que conoce de donde le viene el golpe, propone al padre, aturdido de tal mudanza, una ingeniosa ficción que ha de llevar á cabo sus deseos. Fíngese desheredado de un tío suyo, y desairado por don Pedro: aparenta la novelesca desesperación de un amante despedido, y estos extraordinarios medios hacen renacer el acomodaticio cariño de Matilde, que por lo visto sólo ama en casos dados. El padre sigue haciendo del negado y cuando vienen segunda vez entrambos á importunarle, se lleva la niña de un brazo y despide para siempre al amador. Con esto por fuerza ha de subir de punto la frenética pasión de Matilde: inténtase una escapatoria, la cual se verifica sin maldita la oposición del padre, que está él mismo en el complot que se le arma, y cooperando á ella un pobre criado á quien no le vale su honradez. El padre no ha querido oirle por no verse comprometido á impedir el rapto, y le amenaza por una parte don Eduardo con tirarse un pistoletazo, y por otra Matilde con tragarse un veneno que posee, si no abre una reja, por donde se escapa nuestra deslumbrada, sin embargo de hallarse la puerta libre y desembarazada; y en atención, según dice ella misma, á ser de rigor el salir en semejantes casos por la ventana.
En el cuarto acto, que parece un acto de otra comedia, Matilde se halla el día de tornaboda en una miserable boardilla, pero en compañía de su constante esposo; no han comido la víspera, no se han desayunado aquel día: medios, Dios los dé; dinero, por las nubes: en una palabra, pobres de solemnidad y solemnes pobres; la infeliz Matilde tendrá que levantar la cama, que por más señas está á la vista del espectador en un estado de desorden propio del día; tendrá que barrer, que jabonar, que pasar hambres, que estar sola, porque su marido habrá de salir á buscar dinero. Matilde comienza ya á padecer los inconvenientes de su posición: humíllala el casero, humíllala una antigua compañera de colegio, marquesa, que vive en la misma casa, y que dice que una cosa es casarse, y otra enamorarse; en lo cual nos parece su señoría un sí es no es verde y alegre de cascos: humíllala, en fin, una vecinilla ordinaria entre cotorra y contrabandista: llora Matilde y conoce su yerro. Vuelve entonces su esposo, y vienen impacientes papá y el criado honrado, descúbrese la ficción, y se van todos muy convencidos de que para quererse mucho es indispensable por lo menos haber comido algo; verdad indisputable de todos los tiempos y países, y que no bastarán á echar por tierra todas las pasiones reunidas que pueden agitar á un mísero mortal.
Ya puede inferir el lector qué de escenas cómicas ha tenido el autor á su disposición. El señor Gorostiza no las ha desperdiciado; rasgos hemos visto en su linda comedia que Molière no repugnaría, escenas enteras que honrarían á Moratín. El carácter del criado y las situaciones todas en que se encuentra son excelentes y pertenecen á la buena comedia; del padre pudiéramos decir lo que dice la marquesa de su marido: ni es feo, ni es bonito: es un hombre pasivo, es un instrumento no más del astuto don Eduardo. Éste es un bello carácter: la carta que escribe es del mayor efecto y pertenece á la alta comedia. El lenguaje es castizo y puro; el diálogo bien sostenido y chispeando gracias, si bien no quisiéramos que le desluciesen algunas demasiado chocarreras, como la de los malhadados _fetos_ por _efectos_, la de la _cebolla_ que _repite_, etc., y otras que no queremos citar porque no se nos tache de rigorosos. Estas gracias son de mal tono, de no muy buen gusto, y de baja sociedad, por más que el público las ría y las aplauda en el primer momento.
Después de haber tributado el debido homenaje de elogios que de nuestra pluma reclamaba imperiosamente la divertida comedia del señor Gorostiza, ¿nos será permitido indicar algunos de los defectos de que rara obra humana consigue verse completamente purgada? ¿Se dirá que nos ensangrentamos, que somos parciales, si ponemos al lado del elogio el grito de nuestra conciencia literaria? Quisiéramos equivocarnos, pero el carácter de la protagonista nos parece por lo menos llevado á un punto de exageración tal, que sería imposible hallar en el mundo un original siquiera que se le aproximase. Estas niñas románticas, cuya cabeza ha podido exaltar la lectura de las novelas, no reparan en clases ni en dinero; éste podrá ser su yerro; enamóranse de un hombre sin preguntarle quién es; ésta es su imprudencia: si sale pobre, verdad es, nada les arredra, y en las aras del amor sacrifican su porvenir; mas si sale rico, como ya están enamoradas, por esta sola circunstancia no se desenamoran. Por la misma razón, si tratan de escaparse, y no tienen otro recurso, se arrojan por una ventana; mas si tienen la puerta franca, aquel paso ya no es ni medio verosímil. Esta exageración hace aparecer á Matilde loca las más veces; quiere ser el don Quijote de las novelas. Pero acordémonos de que Cervantes, para huir de la inverosimilitud que de la exageración debía resultar, hizo loco realmente y enfermo á su héroe, y una enfermedad no es un carácter. Si la comedia pedía un carácter, era preciso no haber pasado los límites de la verosimilitud, pues pasándolos, Matilde no resulta enamorada sino maniática; por eso en varias ocasiones parece que ella misma se burla de sus desatinos: lo mismo hubiera sucedido con don Quijote si no nos hubiera dicho Cervantes desde el principio: _miren ustedes que está loco_. Peca además el plan por donde los más del mismo poeta: ya en otra ocasión hemos dicho que estos planes en que varios personajes fingen una intriga para escarmiento de otro, son incompletos y conspiran contra la convicción, que debe ser el resultado del arte.
En Molière y en Moratín no se encuentra un solo plan de esta especie: el poeta cómico no debe hacer hipótesis; debe sorprender y retratar á la naturaleza tal cual es: esta comedia hubiera requerido una mujer realmente enamorada, y que realmente hubiera hecho una locura, como en _el Viejo y la Niña_ sucede; verdad es que entonces no hubiera podido ser dichoso el desenlace, y acaso habrá huido de esto el señor Gorostiza; éste era defecto del asunto, así como lo es también la aglomeración en horas de tantas cosas distintas, importantes, y regularmente más apartadas entre sí en el discurso de la vida. Si Matilde no se ha de casar más de una vez con Eduardo, si esa vez que se ha casado no ha hecho realmente locura alguna, supuesto que Eduardo es rico, ¿de qué puede servirle el escarmiento y el ver lo que le hubiera sucedido si hubiera hecho lo que no ha hecho? Á ella no, nos contestarán, á los demás que ven la comedia. Tampoco, responderemos, porque las que crean en novelas al pie de la letra, creerán al pie de la letra en la comedia, que es otra nueva novela para ellas; en la novela leen que aquél que se presentó incógnito se descubre ser luego hijo de algún señorón oculto, y en la comedia se descubre ser rico luego el pobre. Se enamorarán, pues, sin cuidado, seguras de que hacia el fin de su boda se ha de descubrir la riqueza del marido, así como creían que debían salir por la ventana por decirlo las novelas.
Á pesar de estas observaciones, que no podemos menos de hacer, nos complacemos en repetir que es mayor la suma de las bellezas que la de los defectos de la comedia. El señor de Gorostiza ha adquirido un nuevo laurel, y nosotros quisiéramos que la obligación de periodista se limitara á alabar: mucho nos daría que hacer aun en este caso esta composición dramática.
En cuanto á la representación, podemos asegurar que no nos acordamos de haber visto en Madrid nada mejor desempeñado en este género.
Sepan los actores que ningún placer podemos tener mayor que el que nos proporcionan el día en que sólo elogios tenemos que escribir de ellos. Para el elogio corre nuestra pluma rápidamente. Cuando se trata empero de vituperar, sólo á fuerza de horas podemos dar concluido á la prensa el artículo más conciso.
DON TIMOTEO Ó EL LITERATO
_Genus irritabile vatum_ ha dicho un poeta latino. Esta expresión bastaría á probarnos que el amor propio ha sido en todos tiempos el primer amor de los literatos, si hubiésemos menester más pruebas de esta incontestable verdad que la simple vista de los más de esos hombres que viven entre nosotros de literatura. No queremos decir por esto que sea el amor propio defecto exclusivo de los que por su talento se distinguen: generalmente se puede asegurar que no hay nada más temible en la sociedad que el trato de las personas que se sienten con alguna superioridad sobre sus semejantes. ¿Hay cosa más insoportable que la conversación y los dengues de la hermosa que lo es á sabiendas? Mírela usted á la cara tres veces seguidas; diríjala usted la palabra con aquella educación, deferencia ó placer que difícilmente pueden dejar de tenerse hablando con una hermosa; ya le cree á usted su _don Amadeo_, ya le mira á usted como quien le perdona la vida. Ella sí, es amable, es un modelo de dulzura; pero su amabilidad es la afectada mansedumbre del león, que hace sentir de vez en cuando el peso de sus garras; es pura compasión que nos dispensa.
Pasemos de la aristocracia de la belleza á la de la cuna. ¡Qué amable es el señor marqués, qué despreocupado, qué llano! Vedle con el sombrero en la mano, sobre todo para sus inferiores. Aquella llaneza, aquella deferencia, si ahondamos en su corazón, es una honra que cree dispensar, una limosna que cree hacer al plebeyo. Trate éste diariamente con él, y al fin de la jornada nos dará noticias de su amabilidad: ocasiones habrá en que algún manoplazo feudal le haga recordar con quién se las ha.
No hablemos de la aristocracia del dinero, porque si alguna hay falta de fundamento es ésta: la que se funda en la riqueza, que todos pueden tener: en el oro, de que solemos ver henchidos los bolsillos de éste ó de aquél alternativamente, y no siempre de los hombres de más mérito; en el dinero, que se adquiere muchas veces por medios ilícitos, y que la fortuna reparte á ciegas sobre sus favoritos de capricho.
Si algún orgullo hay, pues, disculpable, es el que se funda en la aristocracia del talento, y más disculpable ciertamente donde es á toda luz más fácil nacer hermosa, de noble cuna, ó adquirir riqueza, que lucir el talento que nace entre abrojos cuando nace, que sólo acarrea sinsabores; y que se encuentra aisladamente encerrado en la cabeza de su dueño como en callejón sin salida. El estado de la literatura entre nosotros, y el heroísmo que en cierto modo se necesita para dedicarse á las improductivas letras, es la causa que hace á muchos de nuestros literatos más insoportables que los de cualquiera otro país: añádese á éste el poco saber de la generalidad, y de aquí se podrá inferir que entre nosotros el literato es una especie de oráculo que, poseedor único de su secreto y solo iniciado en sus misterios recónditos, emite su opinión oscura con voz retumbante y hueca, subido en el trípode que la general ignorancia le fabrica. Charlatán por naturaleza, se rodea del aparato ostentoso de las apariencias, y es un cuerpo más impenetrable que la célebre cuña de la milicia romana. Las bellas letras, en una palabra, el saber escribir es un oficio particular que sólo profesan algunos, cuando debiera constituir una pequeñísima parte de la educación general de todos.
Pero, si atendidas estas breves consideraciones es el orgullo del talento disculpable porque es el único modo que tiene el literato de cobrarse el premio de su afán, no por eso autoriza á nadie á ser en sociedad ridículo, y éste es el extremo por donde peca don Timoteo.
No hace muchos días que yo, que no me precio de gran literato, yo que de buena gana prescindiría de esta especie de apodo, si no fuese preciso que en sociedad tenga cada cual el suyo, y si pudiese tener otro mejor, me vi en la precisión de consultar á algunos literatos con el objeto de reunir sus diversos votos y saber qué podrían valer unos opúsculos que me habían traído para que diese yo sobre ellos mi opinión. Esto era harto difícil en verdad, porque, si he de decir lo que siento, no tengo fijada mi opinión todavía acerca de ninguna cosa, y me siento medianamente inclinado á no fijarla jamás: tengo mis razones para creer que éste es el único camino del acierto en materias opinables: en mi entender todas las opiniones son peores; permítaseme esta manera de hablar antigramatical y antilógica.
Fuíme, pues, con mis manuscritos debajo del brazo (circunstancia que no le importará gran cosa al lector) deseoso de ver á un literato, y me pareció deber salir para esto de la atmósfera inferior donde pululan los poetas noveles y lampiños, y dirigirme á uno de esos literatazos abrumados de años y de laureles.
Acerté á dar con uno de los que tienen más sentada su reputación. Por supuesto que tuve que hacer una antesala digna de un pretendiente, porque una de las cosas que mejor se saben hacer aquí es esto de antesala. Por fin tuve el placer de ser introducido en el oscuro santuario.
Cualquiera me hubiera hecho sentar; pero don Timoteo me recibió en pie, atendida sin duda la diferencia que hay entre el literato y el hombre. Figúrense ustedes un ser enteramente parecido á una persona; algo más encorvado hacia el suelo que el género humano, merced sin duda al hábito de vivir inclinado sobre el bufete; mitad sillón, mitad hombre; entrecejo arrugado; la voz más hueca y campanuda que la de las personas; las manos _mijt_ y _mijt_, como dicen los chuferos y valencianos, de tinta y tabaco; gran autoridad en el decir; mesurado compás de frases; vista insultantemente curiosa, y que oculta á su interlocutor por una rendija que le dejan libres los párpados fruncidos y casi cerrados, que es manera de mirar sumamente importante y como de quien tiene graves cuidados; los anteojos encaramados á la frente; calva, hija de la fuerza del talento, y gran balumba de papeles revueltos y libros confundidos que bastaran á dar una muestra de lo coordinadas que podía tener en la cabeza sus ideas; una caja de rapé y una petaca: los demás vicios no se veían. Se me olvidaba decir que la ropa era adrede mal hecha, afectando desprecio de las cosas terrenas, y todo el conjunto no de los más limpios, porque éste era de los literatos rezagados del siglo pasado, que tanto más profundos se imaginaban cuanto menos aseados vestían. Llegué, le vi, dije: éste es un sabio.
Saludé á don Timoteo y saqué mis manuscritos.
--¡Hola! me dijo ahuecando mucho la voz para pronunciar.
--Son de un amigo mío.
--¿Sí? me respondió. ¡Bueno! ¡Muy bien! Y me echó una mirada de arriba abajo por ver si descubría en mi rostro que fuesen míos.
--¡Gracias! repuse, y empezó á hojearlos.
--«Memoria sobre las aplicaciones del vapor».
--¡Ah! esto es acerca del vapor, ¿eh? Aquí encuentro ya... Vea usted... aquí falta una coma: en esto soy muy delicado. No hallará usted en Cervantes usada la voz _memoria_ en este sentido; el estilo es duro, y la frase es poco robusta... ¿Qué quiere decir _presión_ y...?
--Sí; pero acerca del vapor... porque el asunto es saber si...
--Yo le diré á usted; en una oda que yo hice allá cuando muchacho, cuando uno andaba en esas cosas de literatura... dije... cosas buenas...
--Pero ¿qué tiene que ver?
--¡Oh! ciertamente ¡oh! Bien, me parece bien. Ya se ve; estas ciencias exactas son las que han destruido los placeres de la imaginación: ya no hay poesía.
--¿Y qué falta hace la poesía cuando se trata de mover un barco, señor don Timoteo?
--¡Oh! cierto... pero la poesía... amigo... ¡oh! aquellos tiempos se acabaron. Esto... ya se ve... estará bien, pero debe usted llevarlo á un físico, á uno de ésos...
--Señor don Timoteo, un literato de la fama de usted tendrá siquiera ideas generales de todo, demasiado sabrá usted...
--Sin embargo... ahora estoy escribiendo un tratado completo con notas y comentarios, míos también, acerca de quien fué el primero que usó el asonante castellano.
--¡Hola¡ Debe usted darse prisa á averiguarlo: esto urge mucho á la felicidad de España y á las luces... Si usted llega á morirse, nos quedamos á buenas noches en punto á asonantes... y...
--Sí, y tengo aquí una porción de cosillas que me traen á leer; no puedo dar salida á los que... ¡Me abruman á consultas!... ¡Oh! estos muchachos del día salen todos tan... ¡Oh! ¿Usted habrá leído mis poesías? Allí hay algunas cosillas...
--Sí; pero un sabio de la reputación de don Timoteo habrá publicado además obras de fondo y...
--¡Oh! no se puede... no saben apreciar... ya sabe usted... á salir del día... Sólo la maldita afición que uno tiene á estas cosas...
--Quisiera leer con todo lo que usted ha publicado: el género humano debe estar agradecido á la ciencia de don Timoteo... Dícteme usted los títulos de sus obras. Quiero llevarme una apuntación.
--¡Oh! ¡Oh!
--¿Qué especie de animal es éste, iba yo diciendo ya para mí, que no hace más que lanzar monosílabos y hablar despacio, alargando los vocablos y pronunciando más abiertas las _aes_ y las _oes_?
Cogí sin embargo una pluma y un gran pliego de papel presumiendo que se llenaría con los títulos de las luminosas obras que habría publicado durante su vida el célebre literato don Timoteo.
--Yo hice, empezó, una oda á la _Continencia_... ya la conocerá usted... allí hay algunos versecillos.
--_Continencia_, dije yo repitiendo. Adelante.
--En los periódicos de entonces puse algunas anacreónticas; pero no con mi nombre.
--_Anacreónticas_; siga usted; vamos á lo gordo.
--Cuando los Franceses escribí un folletito que no llegó á publicarse... ¡como ellos mandaban!...
--_Folletito_ que no llegó á publicarse.
--He hecho una oda al Huracán, y una silva á Filis.
--_Huracán_, _Filis_.
--Y una comedia que medio traduje de cualquier modo; pero como en aquel tiempo nadie sabía francés, pasó por mía: me dió mucha fama. Una novelita traduje también...
--¿Qué más?