Obras completas de Fígaro, Tomo 2
Part 3
Don Cándido Buenafé es un excelente sujeto, de éstos de quienes solemos decir con envidiable conmiseración: «Es un infeliz». Empleado desde pequeño en un ramo de no mucha importancia, es todo lo más si sabe leer la Gaceta, y redactar, con mala sintaxis y peor ortografía, algún oficio sobrecargado de fórmulas y traslados, ó hacer un extracto largo de algún expediente corto; pero en medio de su escasa ciencia, es bastante modesto para desear que su hijo Tomasito sepa más que él, para lo cual no le es necesario felizmente extraordinarios esfuerzos ni sacrificios. En el tiempo de la libertad de la imprenta, leía ó devoraba don Cándido los muchos papeles públicos que veían la luz, y llegó á formar alta idea de todo hombre capaz de escribir para el público; cosa que él vea por consiguiente en letra de molde, tiene para él una autoridad irrecusable, porque cuando ve que hay quien se toma la pena de imprimirla, mecanismo de que no tiene idea alguna, dice para sí: ¡sabido se lo tendrá! Por lo tanto era de buena fe liberal en los años nulos, porque acababa de leer y exclamaba: tiene razón; y después ha sido realista de buena fe en los años válidos, porque lee la Gaceta y exclama: ¡ya se ve! que dicen bien. Un partidario de este temple es una alhaja impagable para toda especie de gobiernos mientras haya imprenta; y más si añadimos que cree como en su salvación en los partes de los encuentros y escaramuzas que en los papeles públicos suelen venir consignados, y se extasía de placer cuando se encuentra con aquello de que: «de los enemigos murieron tantos centenares de hombres, y nosotros no hemos tenido más que un contuso y algún sargento desmayado», ó cosa semejante. «Daría yo, dice algunas veces, la mitad de mi sueldo por poder escribir un artículo de esos retumbantes de política. ¡Voto va!, ¡qué hombres ésos, y qué talentos! ¡Y cómo le convencen á uno con sus discursos! ¡Media vida diera yo, y la mitad de la otra media porque mi hijo Tomasito pudiera el día de mañana hacer otro tanto!». Llevado de esta idea ha hecho aprender latín al muchacho, y en el día le ha dado un maestro de francés, porque dice que en sabiendo francés ya se sabe todo lo que hay que saber; y que él conoce á no pocos sabios de campanillas en esta tierra que no saben otra cosa. Como dos meses llevaría el angelito, que tiene á la sazón catorce años, de traducir mal y leer peor el _Calypso se trouvait inconsolable du départ d'Ulysse_, cuando me lo trajo una mañana su papá, y ambos á dos me hicieron una visita, cuyos interesantes detalles no quiero en ninguna manera perdonar á mis curiosos lectores.
«Señor Fígaro, me dijo don Cándido abrazándome, aquí le presento á usted á mi hijo Tomás, el que sabe latín; usted no ignora que yo le crío para literato; ya que yo no pueda serlo, que lo sea él y saque de la oscuridad á su familia. ¡Ay, señor Fígaro, como yo le vea famoso, muero contento!» Hízome á esta sazón Tomasito una cortesía tan zurda que no pude menos de fundar grandes esperanzas en sus disposiciones literarias. Su exterior y sus palabras estaban en armonía con las de casi todos los jóvenes del día; díjome que era verdad que no tenía sino catorce años; pero que él conocía el mundo y el corazón humano, _comme ma poche_; que todas las mujeres eran iguales, que estaba muy escarmentado, y que á él no le engañaba nadie; que Voltaire era mucho hombre, y que con nada se había reído más que con el _compère Mathieu_, porque su papá, deseoso de su ilustración, le dejaba leer cuanto libro en sus manos caía. En cuanto á política me añadió: «Yo y Chateaubriand pensamos de un mismo modo»; y á renglón seguido me habló de los pueblos y de las revoluciones como pudiera de sus amigos de la escuela. Confieso que se me figuró el muchacho esa fruta que suelen vender en Madrid, que arrancada verde aún del árbol, y madurada por el traqueteo y la prisa del viaje, tiene todo el exterior de la pasada madurez, sin haber tenido nunca la lozanía ni el sabor de la juventud y de la sazón. «Los muchachos del ilustrado siglo XIX, dije para mí, llegan á viejos sin haber sido nunca jóvenes». Sentáronse mis amigos, el viejo joven y el joven viejo, y sacó don Cándido de su faltriquera un legajo abultado:
--Dos objetos tiene esta visita, me dijo: primero, para que Tomasito se vaya soltando en el francés, le he dicho que traduzca una comedia; hala traducido, y aquí se la traigo á usted.
--¡Hola!
--Sí, señor: algunas cosillas ha dejado en blanco, porque no tiene allí más diccionario que el de Sobrino... y...
--Sí...
--Usted tendrá la bondad de enmendar lo que no le parezca bien; y como usted entiende eso de darla al teatro... y las diligencias que hay que practicar...
--¡Ah! ¿Usted quiere que se represente?
--Sin duda... le diré á usted: el dinerillo que saque es para él...
--Sí, señor, dijo el muchacho, y papá me ha prometido hacerme un vestido negro para cuando acabe una tragedia excelente que estoy haciendo...
--¡Tragedia!
--Sí, señor, en once cuadros... ya sabe usted que en París no se hacen ya esas obras en actos... sino en cuadros...
--Es una tragedia romántica. El clasicismo es la muerte del genio, como usted sabe... ¿Le parece á usted que se podrá representar?
--¿Y qué inconveniente ha de haber?
--Le diré á usted, interrumpió don Cándido, tiene dada ya una comedia de costumbres.
--Con perdón de usted, se apresuró á decir Tomasito: cuando la hice no había leído á Víctor Hugo: ni tenía los conocimientos que tengo en el día...
--¡Ay! ya.
--Pues mi hijo dió esa comedia, y verá usted lo que sucedió, á mi entender. Entregámosla á un sujeto que corre con recibir las comedias: dijo que era corriente; y que la enviaría á la censura: la envió, pues.
--Papá, perdone usted, primero se perdió...
--Cierto... se perdió, y nunca se pudo encontrar, y hubo que sacar otra copia, y pasó á censura.
--Papá, perdone usted; que antes fué al corregimiento.
--Es verdad: fué al corregimiento, y de allí... pasó después á la censura eclesiástica; por más señas que fué á un excelente padre, y en un momento, esto es, en un par de meses, la despachó: volvió al corregimiento y fué de allí á la censura política: en una palabra, ello es que en menos de medio año salió prohibida.
--¡Prohibida!
--Sí, señor, y yo no sé á la verdad... porque mi comedia...
--Diga usted que hicieron bien, señor Fígaro: ¡¡¡éste escribe siempre con una intención!!! lo que ha mamado en sus libros... baste con decirle á usted que su madre se moría de risa al leerla, y yo lloraba de gozo... hubo que rehacerla... y por fin se logró que pasara la nueva.
--¡Hola!
--Pero aguarde usted: como los señores que dirigen la cosa no están muy allá que digamos en eso de comedias, la hubieron de enviar á un cómico que dicen que es hombre que lo entiende, y tiene gran mano en las compañías: éste dijo que no valía cosa, y todo fué, según yo pude averiguar, porque no tenía él un buen papel para lucirse: recogimos la comedia, y éste le puso un papel que era lo que había que ver; volvió y dijo que tampoco valía nada, y fué, según me dijeron, porque el papel era muy largo y él no debe de tener muchas ganas de trabajar. Dímosla al otro teatro, mas allí contestaron que ellos no eran menos que los del otro coliseo, y que no tomaban sobras: á fuerza, sin embargo, de emplear más empeños que para lograr una prebenda, se consiguió una orden á rajatabla de los señores que estaban á la cabeza del teatro; pero ya era tema: una actriz, sobre si la habían dado el papel de segunda siendo ella la primera, se puso mala la víspera; otro actor, también por etiquetas y rencillas, armó una intriga de todos los diablos: se pagó gente para el efecto, y si una noche se representó, una noche se silbó...
--¡Se silbó!
--¡Ya ve usted!, intrigas.
--¡Picardía!
--Conque yo quisiera que no sucediese otro tanto con la traducción ésta y la tragedia. El segundo objeto que nos trae es el de que usted le dirija, dándole algunos consejos á mi Tomasito, porque yo ya le he dicho que no debe limitarse al teatro... que el campo de la literatura es muy vasto, y que el templo de la fama tiene muchas puertas.
--Dice usted muy bien, señor don Cándido. Aquí recapacité, coordiné mis ideas un momento, y de la manera que el lector va á ver, enderecé poco más ó menos á mi joven cliente por la vía de la gloria literaria, á la cual, si él sigue y observa mi reglamento, temprano ó tarde debe sin duda llegar. Supongo, dije por último, dirigiéndome á mi Tomasito, que usted no querrá abarcar honra y provecho: esas estupendas rarezas que por acá nos vienen contando los viajeros de los Walter Scott, los Casimir Delavigne, los Lamartine, los Scribe y los Víctor Hugo, de los cuales el que menos tiene, amén de su correspondiente gloria, su palacio donde se da la vida de un príncipe, son cosas de por allá y extravagancias que sólo suceden en Francia y en Inglaterra: verdad es que no tenemos tampoco hombres de aquel temple, pero si los hubiera sucedería probablemente lo mismo.
No habiendo usted de reunir, pues, honra y provecho, querrá uno ú otro. Si quiere honra paréceme que está en camino de lograrla: en primer lugar usted no tiene sino catorce años; ésa es la edad en el día, ó poco más: _la valeur n'attend pas le nombre des années_. En cuanto á saber, usted no sabe sino francés, y como dice muy bien el señor don Cándido, tiene usted sólo con eso andada ya la mitad del camino. Haga usted unas cuantas poesías fugitivas; tal cual soneto, muy sonoro y lleno de pámpanos poéticos; no se apure usted si no dice nada en él: corra entre los amigos, saque usted mismo copias furtivas, y repártalas como pan bendito; sean destinadas sobre todo sus poesías á las mujeres, que son las que dan fama: haga usted correr la voz de que está haciendo una obra grande, cuyo título se sabrá con el tiempo: procure usted á fuerza de transposiciones y de palabras desenterradas del diccionario, no sabidas de nadie, que digan de él: ¡Cómo maneja la lengua! ¡es hombre que sabe el castellano! Porque aunque lo menos que puede saber un literato es su lengua, éste es, sin embargo, al ápice de la ciencia en el país: y en cuanto usted vea que pasa por muchacho de esperanzas, vaya usted á viajar: esté usted fuera diez ó doce años, en los cuales puede vivir seguro de que se hablará de usted más de lo que sea menester. Vuelva usted entonces: reúna usted en un tomo alguna comedia, media docena de odas y un romancito: diga usted en el prólogo que las hizo en los ratos perdidos que sus desgracias le dejaron libres; que los publica por haber sabido que algunas composiciones de ellas se han impreso en Amberes ó en América, sin su licencia y con faltas, hijas de la incuria de los copiantes, y que dedica usted á su cara patria aquel corto obsequio, y déjelas usted correr. No vuelva usted á escribir nada: silencio y aristocracia literaria, y yo le respondo á usted de que llegará á una edad provecta oyendo repetir á los pájaros: _don Tomás, don Tomás, don Tomás es un sabio_; y entonces ya puede usted con seguridad darle al público comedias, folletos, comentarios: todo será bueno, ¡que es de don Tomás!
Si usted no quiere honra, y si sólo el corto provecho que de aquí puede sacarse, es preciso tomar otro camino: póngase usted bien con los cómicos; mantenga usted un corresponsal en París, y cada correo una comedia de Scribe, que aquí las reciben con los brazos abiertos: busque usted medios de ingerirse en las columnas de un periódico, y diga usted que todo va bien, y que todos somos unos santos; ajústese usted con un par de libreros, los cuales le darán á usted cuatro ó cinco duros por cada tomo de las novelas de Walter Scott, que usted en horas les traduzca; y aunque vayan mal traducidas, usted no se apure, que ni el librero lo entiende, ni ningún cristiano tampoco. _Sic itur ad astra_, señor don Tomás.
Aquí se arrojó don Cándido en mis brazos; y tomando la mano á Tomasito: Ya se ve que dice bien el señor; ¡llega, hijo mío, le decía, y da las gracias á tu protector: ya lo ves, nada necesitas saber más de lo que sabes ya!, ¡qué fortuna, señor Fígaro!, ¡ya tiene hecha mi hijo su carrera! Folletos; comedias, novelas, traducciones... ¡y todo con sólo saber francés! ¡Oh francés, francés! ¡Ah! ¿Y periódicos? ¿No es verdad, señor Fígaro, que también ha dicho usted periódicos?--Sí, amigo mío, lo he dicho; concluí conduciéndolos hasta la puerta y despidiéndolos; pero le aconsejaría de buena gana que en eso de los periódicos no se fijase mucho, porque ya sabe usted que aquí no los hay siempre...--Sí, es verdad, es una casualidad el haberlos.--Así lo mejor será que se atenga á mis demás consejos. Éste es el camino.
EN ESTE PAÍS
Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquéllas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escenas y en cambios de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo ansioso de palabras la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es á veces palanca suficiente á levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.
Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como sonido vago, que son, perderse en la lontananza, conforme se apartan de la causa que las hizo nacer. Una frase empero sobrevive siempre entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir cuanto que no es de la naturaleza de ésas de que acabamos de hablar; éstas sirven en las revoluciones á lisonjear á los partidos, y á humillar á los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto padrón de ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen; así la repiten los vencidos como los vencedores, los que pueden como los que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.
_En este país_... ésta es la frase que todos repetimos á porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que á nuestros ojos choque en mal sentido. ¿Qué quiere usted?, decimos, ¡en este país! Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: _¡cosas de este país!_ que con vanidad pronunciamos, y sin pudor alguno repetimos.
¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente atrasados. ¿Es la pereza de imaginación ó de raciocinio que nos impide investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una muletilla siempre á mano con que responderse á sus propios argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que cierto.
Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca á una transición, y en que saliendo de las tinieblas comienza á brillar á sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que á una joven bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía ni sus goces; su corazón sin embargo, ó la naturaleza por mejor decir, le empieza á revelar una necesidad que pronto será urgente para ella, y cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien los desconoce todavía; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansía, sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del anterior en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante existencia.
Éste es acaso nuestro estado, y éste á nuestro entender el origen de la fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar á poseerle, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos para dar á entender á los que nos oyen que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos á otros, estando todos en el mismo caso.
Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso del que teniendo apetito desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza de un suntuoso convite incierto, que se verificará ó no se verificará más tarde. Sustituyamos sabiamente á la esperanza de mañana el recuerdo de ayer, y veamos si tenemos razón en decir á propósito de todo: _¡Cosas de este país!_
Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones puedo comprender el carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país, fué no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.
Encontréle en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden de que hubo de avergonzarse al verme entrar.
--Este cuarto está hecho una leonera, me dijo. ¿Qué quiere usted? en este país...--Y quedó muy satisfecho de la excusa que á su natural descuido había encontrado.
Empeñóse en que había de almorzar con él, y no pude resistir á sus instancias; un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:--Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo á nadie; hay que recurrir á los platos comunes y al chocolate.
Vive Dios, dije yo para mí, que cuando en este país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede almorzar un excelente beefstek con todos los adherentes de un almuerzo á _la fourchette_; y que en París los que pagan ocho ó diez reales por un _appartement garni_, ó una mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos trufados ni con champagne.
Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó á que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya á estudiar sobre aquella máquina, como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.
Don Periquito es pretendiente á pesar de su notoria inutilidad. Llevóme, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.--¡Cosas de España! me salió diciendo, al referirme su desgracia.--Ciertamente, le respondí, sonriéndome de su injusticia, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.
El segundo empleo que pretendía había sido dado á un hombre de más luces que él.--¡Cosas de España! me repitió.
Sí, porque en otras partes colocan á los necios, dije yo para mí.
Llevóme en seguida á una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero respondió: ni uno.
--¿Lo ve usted, Fígaro? me dijo: ¿lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España no se puede escribir. En París hubiera vendido diez ediciones.
--Ciertamente, le contesté yo, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.
En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se mueran de hambre.
Desengáñese usted: en este país no se lee, prosiguió diciendo.--Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted, ¿qué lee? le hubiera podido preguntar. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.
--¿Lee usted los periódicos? le pregunté sin embargo.
--No, señor, en este país no se sabe escribir periódicos. ¡¡¡Lea usted ese _Diario de los Debates_, ese _Times_!!!
Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto á periódicos, buenos ó malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.
Pasábamos al lado de una obra de ésas que hermosean continuamente este país y clamaba: ¡Qué basura!, en este país no hay policía.
En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.
Metió el pie torpemente en un charco. ¡No hay limpieza en España!, exclamaba.
En el extranjero no hay lodo.
Se hablaba de un robo.--¡Ah!, ¡país de ladrones!, vociferaba indignado. Porque en Londres no se roba; en Londres donde en la calle acometen los malhechores á la mitad de un día de niebla á los transeúntes.
Nos pedía limosna un pobre.--¡En este país no hay más que miseria!, exclamaba horripilado. Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.
Íbamos al teatro, y--¡Oh qué horror!, decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida. ¡Aquí no hay teatros!
Pasábamos por un café.--No entremos. ¡Qué cafés los de este país!, gritaba.
Se hablaba de viajes.--¡Oh! Dios me libre; ¡en España no se puede viajar!, ¡qué posadas!, ¡qué caminos!
¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos años á esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!
¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33 no vuelven los ojos á mirar atrás, ó no preguntan á sus papás acerca del tiempo que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en la corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada; en que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían más posadas que las descritas por Moratín en _el Sí de las Niñas_, con las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo Pródigo, ó las malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los _chorizos_ y _polacos_ repartían á naranjazos los premios al talento dramático, y llevaba el público al teatro la bota y la merienda para pasar á tragos la representación de las comedias de figurón y dramas de Comella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (ó Mambruc, como dice el vulgo) cantado á la guitarra; en que no se leía más periódico que el _Diario de Avisos_, y en fin... en que...
Pero acabemos este artículo, demasiado largo para nuestro propósito: no vuelven á mirar atrás porque habría de poner un término á su maledicencia, y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este país se ha verificado en tan breve espacio.
Concluyamos sin embargo de explicar nuestra idea claramente, más que á los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.