Obras completas de Fígaro, Tomo 2
Part 2
Un lenguaje puro, y hábilmente manejado, un estilo decoroso, un diálogo bien cortado, lleno de viveza y donaire, una versificación robusta, un conocimiento extremado de los recursos dramáticos, y de los efectos teatrales, y el hombre reducido á la convicción por medio del ridículo nos revelan al filósofo, al autor cómico, al poeta. Nuestra posición nos impone, sin embargo, el deber de entrar en pormenores mal nuestro grado. Primeramente, estos planes, como éste (y como el de la _Indulgencia para todos_ por ejemplo), en que no nacen los incidentes y la convicción de la naturaleza de las cosas y de los acontecimientos que ocurren diariamente al protagonista, sino en que los demás personajes producen los sucesos á placer por medio de disfraces ó ficciones, no nos parecen los más seguros, porque de su naturaleza ha de resultar necesariamente que al descubrir al sujeto á quien se quiere corregir que todo ha sido un artificio, su convicción se ha de debilitar y se ha de volver en contra precisamente del fin que se desea. Un zeloso, que duda de la virtud de su mujer, y que escondido la oyó quedar triunfante, se tranquiliza; pero si se le descubre que el seductor era hermano de su mujer, y que ésta lo sabía, el hombre dará por nula esta prueba, y querrá justamente recurrir á otra: el demostrarle que su criado era capaz de soborno, no sólo no puede tranquilizarle sino que debe hacer renacer en él mil dudas antiguas acaso ya desvanecidas. Este zeloso, por otra parte, á quien se le presenta una nueva seducción de su mujer para hacerle ver que sus zelos son infundados, no es ningún visionario, no tiene tales infundados zelos, supuesto que él mismo la oye requebrar. El único medio de corregir á un zeloso, si hay alguno, es demostrarle hasta la evidencia que su mujer es virtuosa, y al zeloso de Martínez de la Rosa sólo se le demuestra que el que galanteaba á su esposa es su hermano. Así que, sólo quedara para corregirle el cuadro fuertemente coloreado de las ridiculeces á que se entrega el que vive de esta manera dominado de una manía de semejante especie. Barón en su zeloso incurrió, si mal no nos acordamos, en el mismo defecto de hacer galantear á su esposa por un su hermano: el zeloso dirá siempre una vez descubierto el estrecho parentesco, ¿era su hermano? cierto: soñé ofensas, ¿pero y cuándo no lo sea?
Nos parece algo traído por los cabellos el modo de enterarse el criado de la conversación de los dos hermanos, y el señor Martínez de la Rosa hubiera podido encontrar un medio más dramático y motivado. ¿No podría haberse justificado algo más la mudanza repentina del criado, á quien vemos en el primer acto tan adicto á su amo? No basta siempre el soborno, es preciso antes que el espectador esté convencido de que es sobornable el criado. Hemos creído notar algún trozo en que el autor ha remedado algún otro del _Viejo y la Niña_, sobre todo en el papel de Juan.
Algunas otras observaciones haríamos, si no nos detuviese una reflexión que no podemos desechar, cuando se trata de un autor como el señor Martínez de la Rosa. ¿Serán éstos que nos parecen defectos realmente defectos, ó nos lo harán parecer tales nuestros cortos conocimientos? Mucha fuerza nos hace esta consideración, y más si recordamos las bellezas de _los Zelos infundados_: la exposición, la escena cómica de la chimenea y la cinta, la sordera tan oportunamente imaginada, de que ha sacado el autor tanto partido, el empeño de don Anselmo de hacer borracho al criado, su cojera supuesta y la manera original con que en esta escena aclara sus dudas el zeloso, etc., y el final, en fin, tan rápida como aguda y delicadamente concluido.
YO QUIERO SER CÓMICO
Anch' io son pittore.
No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara á luz pública cierta visita que no ha muchos días tuve en mi propia casa.
Columpiábame en mi mullido sillón, de éstos que dan vueltas sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo á muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que me correspondía ingerir aquel día en la Revista. Quería yo que fuese interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen humor, ó de buen talante para comunicar el suyo á los demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias por una sátira más ó menos.
Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó felizmente la casualidad materia sobrada para un artículo, al anunciarme mi criado á un joven que me quería hablar indispensablemente.
Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como de hombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de favorecer sus gustos é inclinaciones, ó su humor del momento, para conformarse prudentemente con él; y dando tormento á los tirantes y rudos músculos de su fisonomía para adoptar una especie de careta que desplegase á mi vista sentimientos mezclados de afecto y de deferencia, me dijo con voz forzadamente sumisa y cariñosa:
--¿Es usted el redactor llamado Fígaro?...
--¿Qué tiene usted que mandarme?
--Vengo á pedirle un favor... ¡Cómo me gustan sus artículos de usted!
--Es claro... Si usted me necesita...
--Un favor de que depende mi vida acaso... ¡Soy un apasionado, un amigo de usted!
--Por supuesto... siendo el favor de tanto interés para usted...
--Yo soy un joven...
--Lo presumo.
--Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro...
--¿Al teatro?
--Sí, señor... como el teatro está cerrado ahora...
--Es la mejor ocasión.
--Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próxima temporada cómica, desearía que usted me recomendase...
--¡Bravo empeño!--¿Á quién?
--Al ayuntamiento.
--¡Hola! ¿Ajusta el ayuntamiento?
--Es decir, á la empresa.
--¡Ah! ¿Ajusta la empresa?
--Le diré á usted... según algunos, esto no se sabe... pero... para cuando se sepa.
--En ese caso no tiene usted prisa, porque nadie la tiene...
--Sin embargo, como yo quiero ser cómico...
--Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?
--¿Cómo?, ¿se necesita saber algo?
--No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...
--Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con pie en una corporación.
--Ya le entiendo á usted: usted quisiera ser cómico aquí, y así será preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted el castellano?
--Lo que usted ve... para hablar, las gentes me entienden...
--Pero la gramática, y la propiedad, y...
--No, señor, no.
--Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras...
--Perdone usted.
--Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.
--Perdone usted, señor. Nada, nada. ¡Tan poco favor me hace usted! Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco... mire usted...
--No jure usted. ¿Sabe usted pronunciar con afectación todas las letras de una palabra, y decir unas voces por otras, _actitud_ por _aptitud_, y _aptitud_ por _actitud_, _diferiencia_ por _diferencia_, _háyamos_ por _hayamos_, _dracmático_ por _dramático_, y otras semejantes?
--Sí, señor, sí, todo eso digo yo.
--Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso.
--¿Aprendió usted historia?
--No, señor; no sé lo que es.
--Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni caracteres históricos...
--Nada, nada, no, señor.
--Perfectamente.
--Le diré á usted... en cuanto á trajes, ya sé que en siendo muy antiguo siempre á la romana.
--Esto es: aunque sea griego el asunto.
--Sí, señor: si no es tan antiguo, á la antigua francesa ó á la antigua española: según... ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es más moderno ó del día, levita á la Utrilla en los calaveras, y polvos, casacón y media en los padres.
--¡Ah!, ¡ah! Muy bien.
--Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán ó á la dama, según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme á lo que ellos tienen en sus arcas, así...
--¡Bravo!
--Porque ellos suelen saberlo.
--¿Y cómo presentará usted un carácter histórico?
--Mire usted: el papel lo dirá, y luego como el muerto no se ha de tomar el trabajo de resucitar sólo para desmentirle á uno... además que gran parte del público suele estar tan enterado como nosotros...
--¡Ah! ya... usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no...
--No es gran cosa; pero eso no es esencial.
--¿Y de educación, de modales y usos de sociedad? ¿á qué altura se halla usted?
--Mal; porque si va á decir verdad, yo soy pobrecillo: yo era escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me quiero meter cómico, porque se me figura á mí que es oficio en que no hay nada que hacer...
--Y tiene usted razón.
--Todo lo hace el apunte, y... por consiguiente no conozco esos señores usos de sociedad que usted dice, ni nunca traté ninguno de ellos.
--Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano.
--Escasamente.
--¿Y cómo representará usted tantos caracteres distintos?
--Le diré á usted: si hago de rey, de príncipe ó de magnate, ahuecaré la voz, miraré por encima del hombro á mis compañeros, mandaré con mucho imperio...
--Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, á ser obedecidos á la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos...
--Sí, pero ¡ya ve usted! en el teatro es otra cosa.
--Ya me hago cargo.
--Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras ó en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el tablado con mi bastón de borlas, y pondré cara de caballo, como si los jueces no tuviesen entrañas...
--No se puede hacer más.
--Si hago de delincuente, me haré el perseguido, porque en el teatro todos los reos son inocentes.
--Muy bien.
--Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos... Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera... Si hago un barba, andaré á compás, como un juego de escarpias, me temblarán siempre las manos como perlático ó descoyuntado; y aunque el papel no apunte más de cincuenta años, haré del tarato y decrépito, y apoyaré mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice á los espectadores: «allá va esto para ustedes».
--¿Tiene usted grandes calvas para los barbas?
--¡Oh! disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el colodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades. Pero aun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.
--¿Y los graciosos?
--Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas contorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequín...
--Usted hará furor.
--¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa á aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de intención ó lucimiento que en mi parte se presenten.
--¿Y memoria?
--No es cosa la que tengo; y aun ésa no la aprovecho, porque no me gusta el estudio. Además que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida se le lanzan de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al público: ¡Ven ustedes qué hombre!
--Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una carreta, y sacándole á usted la relación del cuerpo como una cinta. De esa manera, y hablando él altito, tiene el público el placer de oir á un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.
--Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación se dice cualquier tontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público! ¡si usted viera!
--Ya sé ¡ya!
--Vez hay que en una comedia en verso se añade un párrafo en prosa: pues ni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común que añadir...
--¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, usted es cómico, y bueno. ¿Usted ha representado anteriormente?
--¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el _García_ y el _Delincuente honrado_.
--No más, no más; le digo á usted que usted será cómico. Dígame usted, ¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es, ó por el verso más que no entienda siquiera lo que es prosa?
--¿Pues no tengo de saber, señor? eso lo hace cualquiera.
--¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva á decir en letras de molde que usted no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿sabrá usted decir de los periodistas que quién son ellos para?...
--Vaya si sabré; precisamente ése es el tema nuestro de todos los días. Mande usted otra cosa.
Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado: «Venga usted acá, mancebo generoso, exclamé todo alborozado; venga usted acá, flor y nata de la andante comiquería: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían á su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico en fin, ó se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio».
Diciendo éstas y otras razones, despedí á mi candidato prometiéndole las más eficaces recomendaciones.
YA SOY REDACTOR
¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar el hombre siempre lo que no tiene? Preguntémosle á un joven barbilucio qué desea. ¿Cuándo tendré barbas?, exclama en su interior. Nácenle las barbas, y hele allí maldiciendo ya del barbero y de la navaja. ¿Cuándo hallaré en mi Filis correspondencia, le grita en el fondo de su corazón un deseo innato de amor y de ser amado? Ya oyó el sí. ¡Gozó el bien que deseaba! Y ya maldice del amor y sus espinas. ¿Le prefiere Laura? Pues todo su deseo se cifra en conquistar á Amira que le desprecia. ¿De qué nace esta sed insaciable, este deseo vividor, reemplazado por otros y otros deseos que rápidamente se suceden sin encontrar jamás sino imperfecta satisfacción? El padre Almeida, si mal no me acuerdo, dice entre otras cosas curiosas, y aun lo afianza, que la Providencia quiso poner en nosotros este deseo implacable, para que nos atestiguase eternamente que no hacemos en este mundo transitorio sino una corta peregrinación, y que la satisfacción de nuestros deseos no está en esta vida, sino en otra más perfecta y duradera. Así debe de ser, y cierto, que vivimos de todas suertes agradecidos á la previsión y ardiente caridad con que el reverendo padre nos quiso sacar de esta peregrina duda. Yo que no tengo un ápice de metafísico, y que dejo la resolución de estos problemas á aquéllos que tienen más noticias ciertas que yo de nuestro destino, me ciño á decir que el deseo existe, y esto basta para mi propósito.
Yo Fígaro, soy de ello una viva prueba: no bien me había tentado el enemigo malo, y sentí los primeros pujos de escritor público, cuando dieron en írseme los ojos tras cada periódico que veía, y era mi pío por mañana y noche: «¿Cuándo seré redactor de periódico?». Figurábaseme, sí, desde luego obra de romanos el llenar y embutir con verdades luminosas las largas columnas de un papel público; pero en cambio era para mí de la mayor consideración el imaginarme á la cabeza de una sección literaria, recibiendo comunicados atentos y decorosos, viendo diariamente consignadas en indelebles caracteres de imprenta mis propias ideas y las de mis amigos, y sin más trabajo, á mi parecer, que el haber de contar y recontar al fin del mes los sonantes doblones que el público desinteresado tiene la bondad de depositar en cambio de papel en los arcones periodísticos de una empresa, luz y antorcha de la patria, y órgano de la civilización del país.
Dejemos aparte las causas y concausas felices ó desgraciadas que de vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de periodista: lo uno porque al público no le importarán probablemente, y lo otro porque á mí mismo podría serme acaso más difícil de lo que á primera vista parece el designarlas. El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas, y amanecí periodista: miréme de alto abajo, sorteando un espejo que á la sazón tenía, no tan grande como mi persona, que es hacer el elogio de su pequeñez, y dime á escudriñar detenidamente si alguna alteración notable se habría verificado en mi físico; pero por fortuna eché de ver que como no fuese en la parte moral, lo que es en la exterior y palpable, tan persona es un periodista como un autor de folletos. _Ya soy redactor_, exclamé alborozado, y echéme á fraguar artículos, bien determinado á triturar en el mortero de mi crítica cuanto malandrín literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdicción. Pero ¡ay de mí! insensato, que chasco sobre chasco, vivo hoy tan desengañado de periodista como de autor de comedias. Diré brevemente lo que me aconteció, sin descubrir por otra parte los recursos ocultos que mueven la gran máquina de un periódico, ni romper el velo del prestigio que cubre nuestros altares, que eso fuera sobrado é inoportuno desinterés; y juzgue el lector si no es preferible vivir tranquilamente suscrito á un periódico, que haberle sabia y precipitadamente de componer.
¡Señor Fígaro! un artículo de teatros.--¿De teatros? Voy allá.--Yo escribo para el público, y el público, digo para mí, merece la verdad: el teatro, pues, no es teatro: la comedia es ridícula: el actor A. es malo, y la actriz H. es peor. ¡Santo cielo! Nunca hubiera pensado en abrir mi boca para hablar de teatros. Comunicado á renglón seguido en mi papel y en todos los contemporáneos, en que el autor de la comedia dice que es excelente, y el articulista un _acéfalo_: se conjuran los actores, cierran la puerta del teatro á mis comedias para lo sucesivo, y ponen el grito en los cielos. ¿Quién es el fatuo que nos critica? ¡¡¡Pícaro traductor, ladrón, pedante!!! ¿Y esto logra el pobre amigo de la verdad y de la ilustración? ¡Oh qué placer el de ser redactor!
Precipítome huyendo del teatro en la literatura. Un señorón encopetado acaba de publicar una obra indigesta. «Señor redactor, me dice en una carta seductora, confío en el talento de usted y en nuestra amistad, de que le tengo dadas bastantes pruebas (por desgracia suele ser verdad), que hará un juicio crítico de mi obra, imparcial (imparcial llama él á un juicio que le alabe), y espero á usted á comer para que juntos departamos acerca de algunas ideas que convendría indicar, etc., etc». Resista usted á estas indirectas, y opte usted entre la ingratitud y la mentira. Ambos vicios tienen sus acerbos detractores, y unos ú otros se han de ensangrentar en el triste Fígaro. ¡Oh qué placer el de ser redactor!
¡Bueno! Traduciré noticias; al trabajo; corto mi pluma, desenvuelvo el inmenso papel extranjero; ahí van tres columnas.--¿Tres columnas he dicho? Al día siguiente las busco en la Revista, pero inútilmente.--Señor director, ¿qué se hicieron mis columnas?--¡Calle usted, me responde, ahí están; no han servido: esta noticia es inoportuna; es arriesgada: la otra no conviene; aquella de más allá es insignificante; estotra es buena, pero está mal traducida!--Considere usted que es preciso hacer ese trabajo en horas, replico lleno de entusiasmo; el hombre llega á cansarse...--Si usted es hombre que se cansa alguna vez, no sirve usted para periódicos...--Me dolía ya la cabeza...--Al buen periodista nunca le debe doler la cabeza...--¡Oh qué placer el de ser redactor!
Dejémonos de fárrago, yo no sirvo para él. Vaya un artículo profundo; ojeo el Say y el Smith; de economía política será. «Grande artículo, me dice el editor, pero, amigo Fígaro, no vuelva usted á hacer otro.--¿Por qué?--Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que le lea, si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial? Si tiene además cinco columnas... todos se me han quejado; nada de artículos científicos, porque nadie los lee. Perderá usted su trabajo.--¡Oh qué placer el de ser redactor!
--Encárguese usted de revisar los artículos comunicados, y sobre todo las composiciones poéticas de circunstancias...--Ay, señor editor, pero habrá que leerlas...--Preciso, señor Fígaro...--Ay, señor editor, mejor quiero rezar diez rosarios de quince dieces...--¡Señor Fígaro!...--¡Oh qué placer el de ser redactor!
Política y más política. ¿Qué otro recurso me queda? Verdad es que de política no entiendo una palabra. ¿Pero en qué niñerías me paro? ¡Si seré yo el primero que escriba política sin saberla! Manos á la obra; junto palabras y digo: conferencias, protocolos, derechos, representación, monarquía, legitimidad, notas, usurpación, cámaras, cortes, centralizar, naciones, felicidad, paz, ilusos, incautos, seducción, tranquilidad, guerra, beligerantes, armisticio, contraproyecto, adhesión, borrascas políticas, fuerzas, unidad, gobernantes, máximas, sistemas, desquiciadores, revolución, orden, centros, izquierda, modificación, bill, reformas, etc., etc. Ya hice mi artículo, pero ¡oh cielos! El editor me llama.--Señor Fígaro, usted trata de comprometerme con las ideas que propala en ese artículo...--¿Yo propalo ideas, señor editor? Crea usted que es sin saberlo. ¿Conque tanta malicia tiene?...--Si usted no tiene pulso...--Perdone usted; yo no creí que mi sistema político era tan... yo lo hice jugando...--Pues si nos para perjuicio, usted será el responsable...--¿Yo, señor editor? ¡Oh qué placer el de ser redactor!
¡Oh, si esto fuese todo, y si sólo fuera uno responsable, pobre Fígaro, de lo que escribe! Pero, ¡ah!, tocamos á otro inconveniente; supongo yo que no apareció el autor necio, ni el actor ofendido, ni disgustó el artículo, sino que todo fué dicha en él. ¿Quién me responde de que algún maldito yerro de imprenta no me hará decir disparate sobre disparate? ¿Quién me dice que no se pondrá _Camellos_ donde yo puse _Comellas_, _torner_ donde escribí yo _Forner_, _ritómico_ donde _rítmico_, y otros de la misma familia? ¿Será preciso imprimir yo mismo mis artículos? ¡Oh qué placer el de ser redactor! ¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil, lector mío, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento de mis infortunios periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y debo con sobrada razón exclamar ahora que ya lo soy: ¡Oh qué placer el de ser redactor!
DON CÁNDIDO BUENAFÉ ó EL CAMINO DE LA GLORIA