Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 1

Chapter 13,356 wordsPublic domain

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formatear, el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), y las versalitas se representan en mayúsculas como en VERSALITAS.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

La cubierta del libro fue modificada por el transcriptor y ha sido añadida al dominio publico.

El Índice ha sido reposicionado al principio de la obra.

Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores de imprenta y ortografía.

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OBRAS COMPLETAS DE FÍGARO

PARIS.--ÉDOUARD BLOT, IMPRIMEUR, RUE BLEUE, 7

OBRAS COMPLETAS DE FÍGARO

DON MARIANO JOSÉ DE LARRA

NUEVA EDICIÓN PRECEDIDA DE LA VIDA DEL AUTOR Y ADORNADA CON SU RETRATO

TOMO II

PARÍS LIBRERÍA DE GARNIER HERMANOS CALLE DES SAINTS-PÈRES, 6 1870

COLECCIÓN DE ARTÍCULOS

...On me dit qu'il s'est établi dans Madrid un système de liberté qu s'étend même à la presse; et pourvu que je ne parle en mes écrits, ni de l'autorité, ni du culte, ni de la politique, ni de la morale, ni des gens en place, ni des corps en crédit, ni de l'opéra, ni des autres spectacles, ni de personne qui tienne à quelque chose, je puis tout imprimer librement, sous l'inspection de deux ou trois censeurs. Pour profiter de cette douce liberté, j'annonce un écrit...

BEAUMARCHAIS. _Le Mariage de Figaro_, 1784.

ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO

Pág.

COLECCIÓN DE ARTÍCULOS DRAMÁTICOS, LITERARIOS, POLÍTICOS Y DE COSTUMBRES 3

--Mi nombre y mis propósitos 5

--Representación de _los Zelos infundados_ 10

--Yo quiero ser cómico 14

--Ya soy redactor 21

--Don Cándido Buenafé, ó el camino de la gloria 26

--En este país 34

--Representación de _Contigo pan y cebolla_ 42

--Don Timoteo ó el literato 48

--La polémica literaria 58

--La fonda nueva 64

--Poesías de don Francisco Martínez de la Rosa 70

--Las casas nuevas 74

--Representación de _La fonda ó la prisión de Rochester_ y de _las Aceitunas_ 82

--Varios caracteres 86

--Nadie pase sin hablar al portero 91

--La planta nueva, ó el faccioso 98

--La junta de Castel-o-branco 103

--Las circunstancias 112

--Representación de _Un tercero en discordia_ 118

--_Ídem_ de _la Mojigata_ 124

--_Ídem_ de _el Sí de la niñas_ 128

--Los tres no son más que dos 131

--_El Siglo_ en blanco 139

--Ventajas de las cosas á medio hacer 144

--Hernán Pérez del Pulgar 148

--Representación de _Un novio para la niña_ 151

--El hombre pone y Dios dispone 156

--Vidas de españoles célebres 159

--Representación de _La niña en casa y la madre en la máscara_ 164

--Espagne poétique 170

--Representación de _la Conjuración de Venecia_ 177

--Las palabras 184

--Representación de _Numancia_ 188

--Jardines públicos 190

--Representación de _Tanto vales cuanto tienes_ 194

--Carta de Fígaro á un su corresponsal 200

--Segunda _ídem_ 206

--Modas 210

--La gran verdad descubierta 213

--El ministerial 215

--Segunda carta de un liberal de acá á un liberal de allá 220

--Primera contestación de un liberal de allá á un liberal de acá 224

--La cuestión transparente 228

--¿Entre qué gentes estamos? 230

--Dos liberales, ó lo que es entenderse (art. 1.º) 237

--_Ídem_ (art. 2.º) 243

--La vida de Madrid 247

--Baile de máscaras. Billetes por embargo 252

--La calamidad europea 256

--Tercera carta de un liberal de acá á un liberal de allá 262

--Lo que no se puede decir no se debe decir 266

--Revista del año de 1834 269

--La sociedad 273

--Un periódico nuevo 281

--La policía 289

--Por ahora 295

--Literatura. Poesías de don Juan Bautista Alonso 299

--Carta de Fígaro á su antiguo corresponsal 306

--El hombre-globo 310

--La alabanza, ó Que me prohíban éste 318

--Un reo de muerte 325

--Una primera representación 332

--La diligencia 342

--El duelo 350

--El álbum 358

--Las antigüedades de Mérida (art. 1.º) 365

--_Ídem_ (art. 2.º) 370

--Los calaveras (art. 1.º) 378

--_Ídem_ (art. 2.º y conclusión) 384

--Modos de vivir que no dan de vivir 393

--La caza 404

--Impresiones de un viaje 412

--Cuasi, pesadilla política 419

--Fígaro de vuelta, carta á un su amigo 425

--Buenas noches 433

--Dios nos asista 447

COLECCIÓN DE ARTÍCULOS DRAMÁTICOS, LITERARIOS, POLÍTICOS Y DE COSTUMBRES

Publicados EN LOS AÑOS 1832, 1833 Y 1834 EN LA REVISTA ESPAÑOLA Y EL OBSERVADOR

Ignoro qué especie de interés puede tener para el público la colección que le ofrezco. Sea el que fuere, mis lectores conocerán fácilmente que si esa consideración hubiese de entrar en la publicación de los libros, apenas se imprimiría. Personas harto indulgentes acaso con mi corto talento, ó demasiado amigas mías para conocer los defectos de mis escritos, me han asegurado que esta idea no carecía de oportunidad. No se mire, pues, bajo el punto de vista de su mérito ó su demérito: no se le dé otra importancia que la que debe tener para el observador una serie de artículos que, habiéndose publicado durante épocas tan fecundas en variaciones políticas, puede servir de medida para compararlas. Con la publicación del _Pobrecito Hablador_ empecé á cultivar este género arriesgado bajo el ministerio Calomarde; la _Revista española_ me abrió sus columnas en tiempo de Cea, y he escrito en el _Observador_ durante Martínez de la Rosa. Esta colección será, pues, cuando menos un documento histórico, una elocuente crónica de nuestra llamada libertad de imprenta.

He aquí la razón por que no he seguido en ella otro orden que el de las fechas. Esto presenta además cierta variedad al lector que quisiera leerla de seguido, pues encontrará un artículo grave de literatura entre otro de costumbres, y otro de política.

La precipitación con que se escribe en un periódico, y la influencia que ejercen las circunstancias en los redactores y en los lectores, son causa de que no pocas veces adquieran cierta efímera aceptación, en el momento de ver la luz, algunos artículos, que, examinados detenidamente á sangre fría algún tiempo después, mal pudieran resistir la critica más indulgente. Por eso he desechado sin piedad varios de aquellos mismos que habían parecido agradar, y que en el día ni aun á mí mismo me agradan ya.

He escogido los que presentan un interés general, los que aluden á circunstancias muy notables, los que pueden, en una palabra, dar una idea del estado de nuestras costumbres, de nuestra literatura, de nuestros teatros, y por fin de nuestras vicisitudes y parcialidades políticas durante los años 32, 33 y 34.

Los demás, al escribirse con destino á un periódico, obra que nace y muere en el mismo día, llevaban ya en su mismo objeto el castigo de su poca importancia.

Al formar esta serie he tratado de acrecentar su interés añadiéndole algunos artículos nuevos é inéditos, que someto como los demás al juicio de mis lectores.

Por último, he pensado que si existen efectivamente personas que dispensen alguna predilección á mis escritos, siempre les ofrece esta colección suficiente interés, en el hecho de tener en ella reunidos los artículos de Fígaro que han visto la luz, diseminados entres obras periódicas distintas, y cuyas colecciones es difícil que posea todas é íntegras una persona misma.

Nada me queda que añadir. Si no he acabado de escribir, si nuevos artículos de esta misma especie salen de mi pluma en lo sucesivo, y si el público, con la acogida que dé á esta colección, me prueba que no me he equivocado en creerlo siempre indulgente para mí, acaso se añada con el tiempo algún otro tomo á los que en el día con la mayor desconfianza le presento.

MI NOMBRE Y MIS PROPÓSITOS

_Figaro._.... Ennuyé de moi, dégoûté des autres.... supérieur aux événements, loué par ceux-ci, blâmé par ceux-là; aidant au bon temps, supportant le mauvais; me moquant des sots, bravant les méchants.... vous me voyez enfin....

_Le comte._ ¿Qui t'a donné une philosophie aussi gaie?

_Figaro._ L'habitude du malheur. Je me presse de rire de tout, de peur d'être obligé d'en pleurer.

BEAUMARCHAIS. _Le Barbier de Séville_, act. I.

Mucho tiempo hace que tenía yo vehementísimos deseos de escribir acerca de nuestro teatro, no precisamente porque más que otros le entienda, sino porque más que otros quisiera que llegasen todos á entenderle. Helo dejado siempre, porque dudaba las unas veces de que tuviésemos teatro, y las otras de que tuviese yo habilidad: cosas ambas á dos que creía necesarias para hablar de la una con la otra.

Otras dudillas tenía además: la primera, si me querrían oir: la segunda, si me querrían entender; la tercera, si habría quien me agradeciese mi cristiana intención, y el evidente riesgo en que claramente me pusiera de no gustar bastante á los unos y disgustar á los otros más de lo preciso.

En esta no interrumpida lucha de afectos y de ideas me hallaba, cuando uno de mis amigos (que algún nombre le he de dar) me quiso convencer no sólo de que tenemos teatro, sino también de que tengo habilidad: más fácilmente hubiera creído lo primero que lo segundo, pero él me concluyó diciendo: que en lo de si tenemos teatro, yo era quien debía de decírselo al público; y en lo de si tengo habilidad para ello, que el público era quien me lo había de decir á mí. Acerca del miedo de que no me quieran oir, aseguróme muy seriamente que no sería yo el primero que hablase sin ser oído, y que como en esto más se trataba de hablar que de escuchar, más preciso era yo que mi auditorio. Ridículo es hablar, me añadió, no habiendo quien oiga; pero todavía sería peor oir sin haber quien hable. Acerca de si me querrían entender, me tranquilizó afirmándome que en los más no estaría el daño en que no quisiesen, sino en que no pudiesen. Y en lo del riesgo de gustar poco á unos, y disgustar mucho á otros, «¡pardiez! me dijo, que os embarazáis en cosas de poca monta. Si hubieren cuantos escriben de pararse en esas bicocas, no veríamos tantos autores que viven de fastidiar á sus lectores: á más de quedaros siempre el simple recurso de disgustar á los unos y á los otros, dejándolos á todos iguales; y si os motejan de torpe, no os han de motejar de injusto».

Desvanecidas de esta manera mis dudas, quedábame aún que elegir un nombre muy desconocido que no fuese mío, por el cual supiese todo el mundo que era yo el que estos artículos escribía; porque esto de decir _yo soy fulano_ tiene el inconveniente de ser claro, entenderlo todo el mundo y tener visos de pedante; y aunque uno lo sea, bueno es y muy bueno no parecerlo. Díjome el amigo que debía de llamarme Fígaro, nombre á la par sonoro y significativo de mis hazañas, porque aunque ni soy barbero, ni de Sevilla, soy, como si lo fuera, charlatán, enredador y curioso además, si los hay. Me llamo, pues, Fígaro; suelo hallarme en todas partes; tirando siempre de la manta y sacando á la luz del día defectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en la gracia de ser ingenuo y decir á todo trance mi sentir, me llaman por todas partes mordaz y satírico; todo porque no quiero imitar al vulgo de las gentes, que ó no dicen lo que piensan, ó piensan demasiado lo que dicen.

Paréceme que por hoy habré hecho lo bastante si me doy á conocer al público yo y mis intenciones. El teatro será uno de mis objetos principales, sin que por eso reconozca límites ni mojones determinados mi inocente malicia, y para que se vea que no soy tan satírico como dan en suponerlo, mil pequeñeces habrá que deje á un lado continuamente, y que muy de tarde en tarde haré entrar en la jurisdicción de mi crítica.

Con respecto por ejemplo á los actores, y sobre todo á los nuevos que nos van dando continuamente, y los cuales todos daría el público de buena gana por uno solo mediano, ya me guardaría yo muy bien de fundar sobre ellos una sola crítica contra nuestro ilustrado ayuntamiento. Acaso rija en los teatros la idea de aquel famoso general, de cuyo nombre no me acuerdo, si bien he de contar el lance que los actores, muchos, pero malos, me recuerdan.

Hallábase con su gente este general en su posición, y recibió aviso de que se acercaba á más andar el enemigo.--Mi general, le dijo su edecán, ¡el enemigo!--¿El enemigo, eh? preguntó el general. Déjele usted que se acerque.--¡Señor, que ya se le ve!, dijo de allí á un rato el edecán.--Cierto ¡ya se le ve!--¿Y qué hacemos, mi general?, añadió el edecán.--Mire usted, contestó el general, como hombre resuelto, mande usted que le tiren un cañonazo, veremos cómo lo toma.--¿Un cañonazo, mi general?, dijo el edecán. Están muy lejos aún.--No importa, un cañonazo he dicho, repuso el general.--Pero, señor, contestó el edecán despechado, un cañonazo no alcanza.--¿No alcanza?, interrumpió furioso el general con tono de hombre que desata la dificultad, ¿no alcanza un cañonazo?--No, señor, no alcanza, dijo con firmeza el edecán.--Pues bien, concluyó su excelencia, que tiren dos.

Eso decimos por acá. Darle un actor malo al público á ver cómo lo toma. ¿No alcanza, no gusta?, darle dos.

Menos diré por consiguiente que tanto los nuevos como los viejos creen que su oficio es oficio de memoria, y que puede asegurarse sin escrúpulo de conciencia que los más dicen sus papeles, pero no los hacen, porque acaso nuestros actores se lleven la idea de un loco que vivía en Madrid no hace mucho, solo en su cuarto y sin consentir comunicación con su familia. Movido de los ruegos de ésta, fuéle á visitar un amigo, y en el desorden de su cuarto notó entre otras cosas que no debía de hacer nunca su cama; tal estaba ella de mal parada. ¿Pero es posible, señor don Braulio, le dijo el amigo al loco, es posible que ni ha de consentir usted que hagan su cama, ni la ha de hacer usted, ni?...--No, amigo, no; es mi sistema.--¿Pero qué sistema?--Tengo razones.--¿Razones?--No, amigo, respondió el loco, no haré mi cama, no la haré; y acercándosele al oído, añadió con aire misterioso: «no la hagas y no la temas». Á este refrán se atienen sin duda nuestros cómicos cuando no hacen una comedia. No hacemos la comedia, dicen como el loco, porque: _no la hagas y no la temas_.

Pues tan comedido como con los teatros, he de ser poco más ó menos con todas las demás cosas. Ni pudiera ser de otra suerte: en política sobre todo, y en puntos que atañen al gobierno ¿qué pudiera hacer un periodista sino alabar? Como suelen decir, esto se hace sin gana, y si ya desde hoy no nos soltamos á encomiarlo todo de una vez, es porque somos como cierto sujeto de Úbeda, cuyo caso no he de callar por vida mía, más que en cuentos y relatos me llame el lector pesado.--Había llamado el tal á un pintor, y mandádole hacer un cuadro de las once mil vírgenes, y el contrato había sido darle un ducado por virgen, que por cierto no fué caro. Llevó el pintor el cuadro al cabo de cierto tiempo, pero era claro que ni cupieran once mil cuerpos en un lienzo, ni había para qué ponerlas todas: había, pues, imaginado el pintor de Úbeda figurar un templo de donde iban saliendo, y así sólo podrían contarse alguna docena en primer término, dos ó tres docenas en segundo, é infinidad de cabezas que de las puertas salían; contó callandito el aficionado á vírgenes las que alcanzaba á ver, y preguntóle en seguida al artista cuánto valía el cuadro conforme al contrato. Respondióle aquél, que claro estaba; que once mil ducados.--¿Cómo puede ser eso?, le repuso el que había de pagar, si aquí no cuento yo arriba de cien cabezas.--¿No ve vuestra merced, contestó el pintor, que las demás están en el templo y por eso no se ven? Pero...--¡Ah! pues entonces, concluyó el aficionado, tome vuestra merced por hoy esos cien ducados que corresponden á las que han salido, y con respecto á las demás yo se las iré pagando á vuestra merced conforme vayan saliendo.

Vaya, pues, haciendo nuestro ilustrado gobierno de las suyas, que conforme ellas vayan saliendo, nosotros se las iremos alabando.

Así que, me iré muy á la mano en éstas y en todas las materias, y antes de pronunciar que hay una sola cosa reprensible, veré cómo y cuándo, y á quién lo digo, asegurando desde ahora que no sé qué ángel malo me inspira esta maldita tentación de reformar, y que entro en esta obligación con la misma disposición de ánimo que tiene el soldado que va á tomar una batería.

REPRESENTACIÓN DE LOS ZELOS INFUNDADOS, Ó EL MARIDO EN LA CHIMENEA

COMEDIA EN DOS ACTOS Y EN VERSO DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

La pasión de los zelos, tratada ya por otros en el teatro con más ó menos felicidad, ha sugerido al señor Martínez de la Rosa esta producción, de que presentamos á nuestros lectores un rápido análisis.

Don Anselmo, hombre entrado ya en la edad madura y enlazado en matrimonio con doña Francisca, joven y hermosa, sufre el tormento de los zelos, y como dice el autor en su bella exposición:

Marido entrado en edad Y mujer de pocos años, ¿Qué había de suceder?

Don Eugenio, hermano de ésta, que acaba de llegar de la Habana, acompañado de su primo Carlos, intenta, á instancia de este joven atolondrado, corregir á don Anselmo de su manía, que alimenta diariamente con chismes y enredos un bribón de criado de éstos que

Son como perros de puerta; Á una sombra, á un espantajo Le ladran, se avanzan, muerden: Viene un ladrón disfrazado, Les echa un poco de pan, Y le dejan libre el paso.

Don Anselmo no conoce á los recién llegados, y así es muy fácil hacer pasar al primo por el hermano; pónese el plan en ejecución, y don Anselmo cree tener en su casa en el amigo de su cuñado, que se finge sordo para poder ejecutar su parte más á la libertad, al seductor más perfecto de la tierra. Inútil es advertir que un hombre, ya por sí zeloso, no puede vivir tranquilo con semejante huésped, y más si á esto se agregan los continuos avisos del redomado sirviente. Préstase, pues, á una infinidad de ridiculeces que pone en práctica para averiguar las intenciones de su natural enemigo, y desciende hasta el extremo de esconderse en la chimenea para oir sus galanteos á su propia esposa.

Don Eugenio, como es de esperar, carga la mano en sus requiebros, y el marido sale de la chimenea cubierto de hollín, y decidido á echar de su casa al que, según él, intenta deshonrarle, lo cual pone en práctica por medio de una esquela.

Pero el seductor fingido, fuera ya de la casa, soborna fácilmente al criado, y se hace introducir en la habitación de doña Francisca durante la ausencia de su esposo: es de presumir que ha de dejarse sorprender para la realización de su plan. Vuelve don Anselmo, escóndese en una despensa á don Eugenio: de allí á poco un ruido extraordinario alarma al marido: su mujer tiembla las consecuencias de su inocente intriga, y se arroja á sus pies toda turbada. Don Anselmo corre en busca del escondido, y en el momento en que una trágica aventura hubiera podido desgraciar todas las benéficas intenciones de nuestros intrigantes, don Carlos descubre apresuradamente el enredo: le pone ante la vista la inocencia de su esposa, la identidad de sus personas, como hermano y primo, la índole del criado en que ponía su confianza, y que tantas veces ha dado lugar con falsas sugestiones á sus infundados zelos, y lo ridículo, en fin, de la posición de un marido que cree ver un seductor en todo hombre, y de la manía que le expuso á tener zelos de su mismo cuñado. El zeloso queda convencido, reconocidos los parientes, despedido el tunante del criado; y más enamorado don Anselmo que nunca de su virtuosa consorte, promete no volver á importunarla con nuevas sospechas injustas.