Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 12

Chapter 123,472 wordsPublic domain

Después de largos años de asedio, por fin ha tomado una empresa posesión de los teatros de esta corte. No queremos decir con esto que el ayuntamiento, que primero los ha dirigido, no sacase de ellos el partido posible, ni que... nosotros nunca queremos decir más de lo que decimos; antes si por algo pecamos, es precisamente por decir lo que queremos. En este particular nos bastará contar un caso, que alude á la circunstancia de haber tenido primero los teatros la municipalidad y de tenerlos después una empresa particular, y le contaremos sin perjuicio del respeto que tenemos al excelentísimo ayuntamiento.

Había en Barcelona, no podemos decir en qué época, un corregidor zeloso del bien público, si los ha habido nunca: y debía haber al mismo tiempo que corregidor bailes de máscaras, porque se acercaba el carnaval. Sabido es que en Barcelona nunca han sido cosa mala las máscaras como en Madrid. Era el tal corregidor hombre sagaz, y había notado en el año precedente, primero de su corregimiento, que el primer baile de máscaras no había sido concurrido ni brillante. Llevado, pues, del deseo de que la cosa empezase bien, publicó en un bando la siguiente cláusula:

«Habiendo notado la autoridad en el año anterior que el primer baile que en la Lonja de esta ciudad se dió no fué brillante ni concurrido, y no habiendo podido averiguar la causa de esta extrañeza, ha dispuesto que este año se empiece por el segundo baile».

He aquí precisamente lo que encontramos nosotros aplicable al presente caso. Nada hubiera quedado que desear en materia de teatros, si se hubiera empezado hace muchos años por el segundo baile, es decir, por tener una empresa particular los teatros de esta corte.

Antes de ayer se dió principio á la nueva temporada cómica: es fuerza confesar que es grande el zelo de la nueva empresa. Dejando aparte la compañía de ópera que nos tiene preparada, acerca de la cual guardaremos silencio hasta que la experiencia, confirmando nuestras buenas esperanzas, autorice nuestros elogios, diremos desde luego que empezar dando al público en el primer día tres novedades dramáticas en sólo dos teatros, es empezar con muy buenos auspicios.

El autor de la novedad del Príncipe ha callado en los anuncios su nombre, y nosotros no nos creemos con derecho á revelarle. Parécenos sin embargo modestia inútil y excusada diligencia, porque su fácil versificación y el género á que pertenece, y el sello que lleva, delatan al autor aun á los menos inteligentes, á los menos versados y peritos en el arte, con sólo que hayan oído otra producción del mismo ingenio.

El título nos anunciaba un argumento nuevo original, interesante. El amor mal entendido de una madre que establece una casa de huéspedes con el interesado objeto de hallar un novio para su hija, exponiéndola á los riesgos y humillaciones de tan falsa posición, bien merecía una comedia, y una comedia buena sobre todo. Don Donato, hombre original, viejo y achacoso, pero rico y pagado, no de su persona precisamente, sino de su dinero, es uno de los huéspedes de doña Liboria y de los amantes de su hija Concha; hombre intolerable, porque tiene dinero, que insulta, porque paga, y que reconvenido de grosero responde: «Hago bien, tengo dinero». Este rasgo maestro es la mejor definición que se puede hacer de su carácter. Don Fulgencio, fatuo, con sus puntas de caballero de industria, es otro huésped y otro amante; es la manía de éste la de rozarse con grandes, la de vender protección, la de comer en todas partes; en una palabra, el convidado de piedra. Don Manuel, pasante de abogado, pobre, pero honrado, á pesar de Cervantes, que dice en cierta parte: _Si es que el pobre puede ser honrado_, es el tercer huésped y pretendiente; éste es modesto, vive de dar lecciones, y tan corto de genio como de recursos metálicos, que lo uno suele ir en el mundo con lo otro. Concha es una niña á quien el viejo rico fastidia, á quien el fatuo incomoda, y que sólo del pasante se enamora. Doña Liboria es una madre cariñosa, viuda, con pocos recursos, que llora la ausencia de un hijo, de quien no tiene noticia: busca novio para su niña, y en esto está dicho todo, y aun disculpado su carácter. El primer acto es un acto por consiguiente de exposición en que harto tenía que hacer el poeta con presentar al público la galería de caracteres sobre que gira su obra, y en honor de la verdad no podemos menos de decir que están esos caracteres pintados con pincel maestro. Éste es el género de este autor, y es difícil en él aventajarle. En el segundo acto, la niña, hostigada por doña Liboria, se ve precisada á elegir, y anduviera mal su amor y el de don Manuel si no llegara un nuevo huésped joven, rico, que viene de América después de largos años de expatriación. Tiene su familia en Madrid, pero no dando con ella se ve precisado á tomar habitación en una casa de huéspedes hasta encontrarla. Fácilmente conoce el que haya visto comedias que el recién llegado don Diego es el hijo de doña Liboria: ha hecho fortuna en América, lo cual es de tradición: sabedor del estado de su familia, él se encarga de despedir á los recién pretendientes: consíguelo en el tercer acto desengañando á doña Liboria acerca de la fatuidad de don Fulgencio, de la loca pretensión del viejo, y de los riesgos á que ha expuesto á su hija. El honrado y modesto don Manuel es finalmente el premiado con la mano de Conchita, después de haberse atrevido los dos enamorados á declararse su tierno pensamiento en unas endechas, harto más poéticas de lo que la verosimilitud exigía.

Por este sucinto análisis habrá comprendido el lector el argumento y plan de la comedia. Con respecto al juicio crítico de ella, confesamos ingenuamente que cuando la amistad nos une con el autor de una comedia, tememos que este sentimiento nos ofusque, y así nos oculte los defectos como nos abulte las bellezas. Sólo diremos, con respecto á _Un novio para la niña_, que tanto las bellezas como los defectos que quiera encontrar en ella el crítico severo son los mismos que en las más obras de su autor se encuentran. ¿Ofenderíamos la amistad si aconsejásemos al autor que meditase algún tanto más sus planes? Éste es generalmente el escollo de la abundancia de genio. El autor se deja llevar de su facilidad: en ésta no le conocemos rival, así como tampoco en el chiste y la agudeza: sus descripciones, así de los bailes como de las casas de huéspedes, son un espejo fiel de las costumbres: su diálogo está lleno de gracias y de viveza. Su versificación es un modelo; pero donde se prueba cuánto puede el ingenio es en una circunstancia notable. Tres comedias consecutivas nos ha dado este poeta, en las cuales ha sabido hacer tres obras diferentes, repitiéndose á sí mismo. Una joven sencilla y virtuosa y tres pretendientes de diversos caracteres forman el argumento de todas ellas. Otro se hubiera visto apurado para hacer de él una sola comedia. El autor de _Un novio para la niña_ ha hecho sin embargo con él tres dramas diferentes.

EL HOMBRE PONE Y DIOS DISPONE

ó

LO QUE HA DE SER EL PERIODISTA

Gran cosa dijo el primero que anunció este proverbio, hoy tan trillado. Si hay proverbios que envejecen y caducan, éste toma por el contrario más fuerza cada día. Yo por mi parte confieso que á haber tenido la desgracia de nacer pagano, sería ese proverbio una de las cosas que más me retraerían de adoptar la existencia de muchos dioses; porque soy de mío tan indómito é independiente, que me asustaría la idea de proponer yo, y de que dispusiesen de mis propósitos millares de dioses, ya que desdichadamente ha de ser hombre un periodista, y, lo que es peor, hombre débil y quebradizo. Ello no se puede negar que un periodista es un ser bien criado, si se atiende á que no tiene voluntad propia; pues sobre ser bien criado, debe participar también de calidades de los más de los seres existentes: ha menester, si ha de ser bueno y de dura, la pasta del asno y su seguridad en el pisar, para caminar sin caer en un sendero estrecho, y como de esas veces fofo y mal seguro; y agachar como él las orejas cuando zumba en derredor de ellas el garrote. Necesita saberse pasar sin alimento semanas enteras como el camello, y caminar la frente erguida por medio del desierto. Ha de tener la velocidad del gamo en el huir para un apuro, para un día en que Dios disponga lo que él no haya puesto. Ha de tener del perro el olfato, para oler con tiempo dónde está la fiera, y el ladrar á los pobres; y ha de saber dónde hace presa, y dónde quiere Dios que hinque el diente. Le es indispensable la vista perspicaz del lince para conocer en la cara del que ha de disponer, lo que él debe poner; el oído del jabalí para barruntar el run run de la asonada; se ha de hacer, como el topo, el mortecino, mientras pasa la tormenta; ha de saber andar cuando va delante con el paso de la tortuga, tan menudo y lento que nadie se lo note, que no hay cosa que más espante que el ver andar al periodista; ha de saber, como el cangrejo, desandar lo andado, cuando lo ha andado de más, y cómo de esas veces ha de irse sesgando por entre las matas á guisa de serpiente; ha de mudar camisa en tiempo y lugar como la culebra; ha de tener cabeza fuerte como el buey, y cierta amable inconsecuencia como la mujer; ha de estar en continua atalaya como el ciervo, y dispuesto como la sanguijuela á recibir el tijeretazo del mismo á quien salva la vida; ha de ser, como el músico, inteligente en las fugas, y no ha de cantar de contralto más que escriba con trabajo; y á todo, en fin, ha de poner cara de risa como la mona. Esto con respecto al reino animal.

Con respecto al vegetal parécese el periodista á las plantas en acabar con ellas un huracán sin servirles de mérito el fruto que hayan dado anteriormente: como la caña ha de doblar la cerviz al viento, pero sin murmurar como ella; ha de medrar como el junco y la espadaña en el pantano; ha de dejarse podar como y cuando Dios disponga, y tomar la dirección que le dé el jardinero; ha de pinchar como el espino y la zarza los pies de los caminantes desvalidos, dejándose hollar de la rueda del poderoso; en días oscuros ha de cerrar el cáliz y no dejar coger sus pistilos como la flor del azafrán; ha de tomar color según le den los rayos del sol; ha de hacer sombra, en ocasiones dañina, como el nogal; ha de volver la cara al astro que más calienta como el girasol, y es planta muerta si no; seméjase á las palmas en que mueren las compañeras empezando á morir una; así ha de servir para comer como para quemar, á guisa de piña; ha de oler á rosa para los altos, y á espliego para los bajos; ha de matar halagando como la hiedra.

Por lo que hace al mineral, parece el periodista á la piedra en que no hay picapedrero que no le quite una esquirla y que no le dé un porrazo; ha de tener tantos colores como el jaspe, si ha de parecer bien á todos; ha de ser frío como el mármol debajo del pie del magnate; ha de ser dúctil como el oro: de plata no ha de tener ni aun el hablar en ella; ha de tener los pies de plomo; ha de servir como el bronce para inmortalizar hasta los dislates de los próceres; lo ha de soldar todo como el estaño; ha de tener más vetas que una mina, y más virtudes que un agua termal. Y después de tanto trabajo y de tantas calidades ha de saltar, por fin, como el acero en dando con cosa dura.

En una palabra, ha de ser el periodista un imposible: no ha de contar sobre todo jamás con el día de mañana: ¡dichoso el que puede contar con el de ayer! No debe por consiguiente decir nunca como _el Universal_: «Este periódico sale todos los días excepto los lunes»; sino decir: «De este periódico sólo se sabe de cierto que no sale los lunes». Porque el hombre pone y Dios dispone.

VIDAS DE ESPAÑOLES CÉLEBRES POR DON JOSÉ QUINTANA

TOMO III

DON ÁLVARO DE LUNA, CONDESTABLE DE CASTILLA, Y FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, OBISPO DE CHIAPA Y PROTECTOR DE LOS INDIOS

Triste es por cierto considerar que donde son tan pocas las obras que pueden llamar fundadamente la atención de los literatos, se atreviesen aun los acontecimientos y las circunstancias á estorbar ó retardar la publicación de tal cual libro científico, luminoso ó bien escrito. La obra que anunciamos fué comenzada ha muchos años por el señor don Manuel José Quintana, poeta y literato bien conocido y apreciado entre nosotros, bajo un plan perfectamente concebido, y que llevado á cabo con la diligencia que el señor Quintana se prometía emplear en ella, hubiera dado gloria á su autor y lustre á su patria.

Desgraciadamente, los tristes acontecimientos y las revueltas políticas que vinieron poco después de la publicación de las cinco primeras vidas á conmover violentamente nuestra patria, y que envolvieron en su torbellino al autor, fueron causa de que se suspendiese este importante trabajo. Restituido á sus hogares, como él mismo dice en el prólogo de este su tercer tomo, lo primero á que atendió fué á revisar los estudios que en esta parte tenía hechos, y poner en orden los más adelantados para su publicación. Fruto de estas tareas continuas fueron las dos vidas de Vasco Núñez de Balboa y de Francisco Pizarro, que se dieron á luz en el año de 30, y las dos que ahora publica de don Álvaro de Luna y fray Bartolomé de las Casas.

No es esta ocasión de hablar ni del primer tomo, ni del segundo de esta obra, que ya en distintas ocasiones han sido juzgados y apreciados justamente por los periódicos y por el público. La diversidad de épocas, empero, en que se han publicado los tomos de las _Vidas célebres_, han debido dar un carácter particular á cada uno, ora por la influencia que ejercen siempre en el escritor las circunstancias que le rodean, ora por el sello que las diversas edades del autor no han podido menos de imprimir á trabajos interrumpidos por muchos lustros. Nótese consiguientemente en las primeras vidas, para servirnos de una expresión del mismo poeta que analizamos, el _hervir vividor_ de la juventud, el entusiasmo, el encanto, el color de heroísmo con que suele complacerse la primera edad del hombre en revestir todos los objetos que se presentan á su vista. La materia de ellas contribuía también en verdad á prestar una tinta más poética á aquellos hombres cuya historia, perdiéndose en la oscuridad de los tiempos remotos, se clasifica naturalmente entre las tradiciones fabulosas que presiden á la formación de las sociedades. Por el contrario, conforme se acerca la historia á los tiempos modernos, la multiplicidad de datos que se acumulan en comprobación ó contradicción de los hechos, y la mayor importancia que naturalmente damos á los que por más recientes se enlazan con los nuestros, ó han podido tener influencia en ellos, atan al historiador y tórnanle más circunspecto, dejando á la par menos libertad á su imaginación para campear libre y osadamente. Así que, en el primer tomo leemos continuamente al poeta. En el segundo, y aun más en el tercero, leemos al historiador, si menos galano, más filósofo. Vemos al hombre que ha pasado por el tamiz de las revoluciones, que ha sufrido, que ha aprendido á conocer á los hombres. El primer tomo descubre en todas sus páginas la expresión noble y generosa de una alma joven y poética, que no ve más allá de la exterioridad aparente en las acciones. El tercero respira la amargura del desengaño, la triste verdad de la experiencia. Las dos vidas que encierra este tomo ofrecían á su cronista más que medianas dificultades, que ni ha desconocido, ni le han arredrado. Don Álvaro de Luna, juguete de los caprichos de la fortuna, víctima de su propia elevación, y escarmiento de favoritos, es uno de los hombres que más celebridad han obtenido en nuestra patria; de esa celebridad empero estéril, hija de una existencia tan improductiva como ruidosa. Triste es reflexionar que entre los muchos hombres que han inmortalizado su nombre en las páginas de nuestra historia, es contado el número de los que han influido en su prosperidad. De aquí ha nacido sin duda que la nación ha permanecido estancada, cuando sus hijos adelantaban su fama particularmente. Harto débiles para sobreponerse á su siglo y á su país, en vez de prestarles su influencia, la han recibido de ellos: han sucumbido á las circunstancias que los han rodeado, casi siempre, en vez de dominarlas. Considerados políticamente nuestros grandes hombres, han sido bien pequeños. En este número no puede menos de colocarse el condestable; su paso, semejante al de la tempestad, fué ruidoso, sí, pero nada fecundo. La reflexión política que parece deducirse de la narración de la vida del condestable, es aquélla que cita el mismo autor del cronista Pero de Guzmán, y en que nos asegura abundar gustosísimo: «La mi gruesa é material opinión es esta: que ni buenos temporales ni salud son tan provechosos é necesarios al reino como justo é discreto rey».

Fray Bartolomé de las Casas, este hombre tan extraordinario, por las opiniones que osó, casi temerariamente, adoptar en unos tiempos en que creían sus compatriotas que el Hacedor supremo había hecho á la raza india para uso particular de la Europa, y que no dudó en ver hombres donde sólo veían siervos los demás; tan locamente encomiado por los extraños, como injustamente vilipendiado por los propios, es el objeto de la segunda parte del tercer tomo. La vida de Fray Bartolomé pertenece más bien á la humanidad entera que á la España sola. Las Casas no fué un hombre de un talento superior: fué sí un hombre extraordinario por su fanatismo filantrópico, digámoslo así. Éste es el juicio que de la lectura de su vida resulta. Arrebatado en sus opiniones exclusivas, si bien justas, su exaltación inutilizó y malogró casi siempre la pureza de sus intenciones. No bastan éstas empero para constituir grande al hombre: es preciso saberlas llevar á cabo y hacerlas triunfar. Dirásenos que la fortuna pudo influir en el mal éxito de los afanes de las Casas: ésta es una vulgaridad que nunca entenderemos: el hombre superior hace la fortuna: conocedor de las circunstancias que se oponen al logro de sus planes, las esquiva ó las dirige, y las domina. El que sucumbe á ellas es el hombre vulgar; por más que haya vencimientos más gloriosos que la misma victoria, nunca será grande el guerrero constantemente vencido. Todo el mérito, pues, que á las Casas podemos conceder es el de haberse adelantado á su siglo en la manera de considerar á los Indios, el de un tesón á prueba de todo desaire, el de un zelo ejemplar, y el de haber tenido alguna influencia, si bien indirectísima é imperceptible casi, en mejorar la existencia de algunas tribus americanas.--El señor Quintana ha respondido victoriosamente en su prólogo á la acusación que se le podía hacer de poco afecto al honor de su país, cuando adopta tan francamente los sentimientos y principios del protector de los Indios. «¿Se negará uno, dice en su prólogo, á las impresiones que recibe, y repelerá el fallo que dictan la humanidad y la justicia por no comprometer lo que se llama el honor de su país? Pero el honor de un país consiste en las acciones verdaderamente grandes, nobles y virtuosas de sus habitantes: no en dorar con justificaciones ó disculpas insuficientes las que ya por desgracia llevan en sí mismas el sello de inicuas é inhumanas». Si la noble Independencia del señor Quintana, con la cual nosotros simpatizamos, hubiera menester defensa, ¿qué podríamos añadir á tan enérgicos renglones? El escritor no es el hombre de una nación: el filósofo pertenece á todos los países: á sus ojos no hay límites, no hay términos divisorios: la humanidad es y debe ser para él una gran familia.

El señor Quintana, al continuar la vida de los españoles célebres, hace un servicio señalado á su patria, á la literatura. Su narración clara y elegante, su estilo conciso y fluido, su lenguaje castizo y correcto pueden presentarse en este género como modelos: y el criterio y la imparcialidad del historiador dan á su obra un lenguaje distinguido entre esta clase de libros. Es de desear que este Plutarco español continúe una obra que redunda tanto en honor de su pluma como en gloria de nuestra patria.

REPRESENTACIÓN DE LA NIÑA EN CASA Y LA MADRE EN LA MÁSCARA

COMEDIA ORIGINAL DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA