Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 13

Chapter 133,730 wordsPublic domain

Uno es el objeto del poeta cómico: la corrección del vicio que se propone por asunto de su obra. Los medios que pueden conducirle á su único fin son, en nuestro entender, diversos, porque no creemos en la exclusión de género alguno. Si la ironía ó la parodia de las situaciones de la vida y de las manías del hombre le presentan el cuadro de su error y le conducen, avergonzándole de sí mismo, al convencimiento y la corrección, también la pintura fiel de las desgracias á que pueden arrastrarle sus vicios le llevan, moviendo su corazón, al mismo resultado. Molière, jugando locamente con los extravíos y presentándonos el lado ridículo de nuestras preocupaciones, puede haber corregido á los más pundonorosos. Kotzebue, desarrollando á nuestra vista las circunstancias de las pasiones, y arrancando lágrimas al corazón, puede haber corregido á los más sensibles. Si Regnard puede haber hecho sonrojarse á un jugador, Ducange puede haberle hecho arrepentirse. Para esto basta con que el poeta (adopte el camino que quiera) presente siempre la verdad y no transija en punto con la inverosimilitud. Este principio general, que dicta la misma naturaleza, y que, sancionado por el simple sentido común, mal puede ser recusado ni aun por el clásico más rígido, parece haber sido reconocido hace ya tiempo por los poetas modernos; muchos de ellos le han llevado hasta un punto tal, que no han vacilado en adoptar á un tiempo ambos caminos: refundiendo en uno los dos géneros encontrados, dirigieron contra el vicio moral que se proponían corregir todos los recursos del arte. El primero que entre nosotros ha dado el ejemplo de esta novedad dramática ha sido el mismo Moratín, en quien encontramos esta diferencia esencial si le comparamos con Molière, como creemos haber dicho ya en otra ocasión. En la Comedia nueva aquel poeta no se contenta con hacer ver á los espectadores cuán ridículo es un don Eleuterio, sino que escarmienta crudamente á su protagonista, como desconfiando de que bastase el ridículo á corregirlo. En _el Viejo y la Niña_ no se satisface con escarnecer la manía de un viejo que se cree capaz de hacer por fuerza la felicidad de una joven: esle necesario cebarse además en la desdicha de esta víctima inocente. En _el Sí de las Niñas_, al paso que libra á la pública diversión el error de una madre que profesa á su hija un amor mal entendido, mueve el corazón con los lamentos de doña Paquita, y se complace en ponerla á dos dedos del principio, por si, no bastando á las madres imprudentes la representación de su ridiculez, han menester además que se les descorra el velo del funesto porvenir que preparan á sus hijas, violentadas por su indiscreto cariño. Entre los dramáticos que han sucedido á Moratín, con más ó menos fortuna, unos han seguido la escuela de Molière, otros la de Moratín. En la comedia que da motivo á este artículo ha probado el señor Martínez de la Rosa, como ya se traslucía en otras obras suyas, que no es la _vis cómica_ del primero su mérito principal. Los escritos de este autor descubren en él, por lo general, un fondo de sensibilidad que debía hacerle adoptar este género, que de buena gana llamaríamos misto, si nos creyésemos con derecho y autoridad para poner nombres á las cosas. Admitida esta observación, ¿cuál era el vicio ó el extravío que se proponía combatir el poeta cómico en _la Niña en casa y la Madre en la máscara_? No era una pasión en general, uno de esos vicios que tienen un nombre y un carácter circunscrito, y que suelen ser el mejor asunto de la comedia. El objeto es convencer á las madres locas, á las viejas verdes, del riesgo á que exponen á sus hijas cuando descuidan su educación por el torbellino del mundo, de que no bastan á hacerlas prescindir ni su edad, ni su responsabilidad doméstica y social. Objeto era éste profundamente moral. El refinamiento de la cultura y sociabilidad moderna no excluyen del mundo edad ni circunstancia alguna; pero si el mundo no arroja de sí á las madres, si no las encierra en sus casas, la moral y el interés de sus familias ponen ciertos cotos á su disipación. Para lograr su fin y presentarnos el cuadro del escarmiento, ya que no había adoptado de todo punto el arma del ridículo, debía pintar á una niña inocente y candorosa, porque ésta era la única á quien podía traer funestas consecuencias el abandono de su madre, y esas consecuencias del tal abandono debían ser tales que la misma madre se avergonzase de ellas y llorase lágrimas amargas de arrepentimiento. Esto es justamente lo que ha hecho el señor don Francisco Martínez de la Rosa: de suerte que fuera injusticia negarle que su plan está bien concebido. Teodoro, joven de perdidas costumbres, solicita á un tiempo á la madre y á la hija: esto tiene la doble ventaja de probar que cuando una niña sin experiencia se halla sola en el mundo, es más fácil que haga una elección poco acertada, y de hacer ver á la madre que una vieja loca nunca puede ser sinceramente querida. Hasta aquí sólo encontramos que admirar en _la Niña en casa_. No nos sucede lo mismo con respecto á los personajes accesorios del tío y de don Luis. El primero es uno de esos personajes que, sin estar precisamente de más en el argumento, están sin embargo poco enlazados con él: así es, que en el tío no hay acción, no hay movimiento. De estos viejos, echados como un libro en una comedia para presentar el contraste, no con su carácter, sino con sus máximas, tiene Moratín algunos. Nosotros entendemos que la moral de una comedia no la ha de poner el autor en boca de este ó de aquel personaje: ha de resultar entera de la misma acción, y la ha de deducir forzosa é insensiblemente el espectador del propio desenlace. El tío no sirve en _la Niña en casa_ sino para hacer la exposición, que en este supuesto resulta no ser muy ingeniosa ni muy nueva, y para el desenlace, que también en rigor pudiera haberse llevado á cabo sin él. Si es episódico el tío por no tener gran parte en la acción de la comedia, ¿qué diremos de don Luis? De éste sentimos, no sólo que está poco enlazado con el argumento, sino que está completamente de más, y que perjudica para el desenlace sobre todo. Es inútil, porque nada hace sino precisamente lo que no debiera ni pudiera hacer nadie. Es inverosímil que este hombre, testigo de la pasión de Inés, esté siempre dispuesto á tomarla por esposa. Con respecto al argumento, sólo una observación nos queda que hacer.

Es lástima por cierto que el señor Martínez de la Rosa, que maneja el amor y el sentimiento en toda la comedia con tal tino, que sorprende á la naturaleza y hace suyos los secretos de ella, suponga á Inés, que nos pinta tan joven, tan inexperta, tan apasionada, desimpresionada sólo porque encuentra á su amante en su casa. Esto, á sus ojos, no teniendo otros antecedentes de su carácter, no puede ser nunca más que una falta suficientemente disculpada por el amor. Era preciso que para desengañarse Inés tuviese pruebas de la bajeza de Teodoro, que supiese de él lo que sabe el tío, y que se le hiciese conocer su doble y baja conducta. Y aun en este caso, si podía renunciar á él, no por eso podría tolerar siquiera en el momento del desengaño la perspectiva de otro hombre y otra boda. Ese mismo escarmiento del hombre en quien más había confiado debía llevarla á desconfiar doblemente de los otros que le hubiesen sido indiferentes. Ésta es la naturaleza; por otra parte no era el objeto de la comedia casar á la niña, sino corregir á la madre; de suerte que desde el momento en que ésta se desengaña queda concluida la comedia: _qui ne sait se borner ne sut jamais écrire_, ha dicho un famoso crítico. Sin que queramos hacer una aplicación exacta de este axioma al señor Martínez, confesamos que es sensible que se haya dejado llevar de la antigua tradición de que han de acabar con boda todas las comedias.

La misma inculpación pudiera hacerse con respecto á alguna escena harto prolongada: las pasiones tienen un límite, una expresión última, después de la cual nada se puede escribir que no sea para descender. Por ejemplo, después de haberse arrojado Inés á los pies de su amante, después de hacerle locamente dueño de su albedrío, ¿qué les quedaba que hacer?, ¿qué les quedaba que decir? Aquella escena pudiera haberse cortado allí en obsequio del mayor efecto. En el desenlace se olvida el poeta de que tiene esperando á la puerta á la madre, y prolonga igualmente demasiado la escena del descubrimiento del amante y del desmayo de Inés.

Sensible nos es haber de encontrar defectos; pero en primer lugar es sabido que el crítico no puede dejarse alucinar como el espectador por las impresiones fugitivas; su deber es escudriñar, su primera obligación la imparcialidad. En segundo lugar, si en esto puede haber algún riesgo para el escritor, no será seguramente cuando recae en un hombre del talento y el buen juicio del señor Martínez. Sólo se ofende de la crítica severa el que no es capaz de dejarla de merecer nunca. El talento superior la desprecia cuando es injusta ó parcial, caso de que nos parece estar muy distantes; y sabe darle su valor, y aun apreciarla, cuando es sincera, noble y de buena fe.

Después de esta breve indicación de los lunares que, á nuestro modo de entender, oscurecen el mérito de _la Niña en casa_, y que apuntamos con harta desconfianza de nosotros mismos, entraremos con más placer á encomiar lo mucho que en ella encontramos superior. El carácter de la madre es excelente y sostenido: el de Inés es delicado, tierno, profundo, está tocado con una maestría encantadora: el de Teodoro era el más fácil de escribir, y sin embargo nosotros nos contentáramos con que el actor encargado de él le hubiese representado con igual tino que el autor le ha escrito. Los medios de seducción empleados por el criado de Teodoro, y sobre todo por la criada de Inés, son un modelo en su género. Del lenguaje nada diremos, porque el elogiarle como un mérito extraordinario en el señor Martínez, sería suponer que podía no haber sido excelente: esto sería hacer una ofensa á este poeta, uno de nuestros mejores hablistas, delante de quien hablaremos y escribiremos siempre, en este particular, con respeto y con envidia. La versificación difícilmente pudiera ser mejor, y el diálogo, generalmente animado y cómico, está salpicado de chistes del mayor gusto. Presiden á él siempre la cultura y el conocimiento de la fina sociedad. En toda la comedia se descubre al filósofo, al poeta cómico, al conocedor del hombre, en fin, á quien pocos pueden igualar en ese tino con que se apodera del corazón y le conmueve con una palabra sola á veces, con un solo ¡ay! El público, al aplaudir esta comedia, no hace más que tributar una justicia de que ya había dado pruebas en otras ocasiones.

ESPAGNE POÉTIQUE

CHOIX DE POÉSIES CASTILLANES DEPUIS CHARLES-QUINT JUSQU'À NOS JOURS MISES EN VERS FRANÇAIS

Avec une dissertation comparée sur la langue et la versification espagnoles, une introduction en vers et des articles typographiques, historiques et littéraires

PAR DON JUAN MARÍA MAURY

Ouvrage orné de plusieurs portraits.

Hubo un tiempo feliz para nuestra patria, en que supo en armas, en política, en letras, dar la ley al mundo. Cuando es llegada para una nación la hora de la gloria, parece que se complace el cielo en acumular lauros de todas especies sobre su generosa frente. Tocóle á la España esta época, y sublimóse á un grado de esplendor que ya difícilmente alcanzará ni ella ni pueblo alguno. En un mismo siglo expulsaba heroicamente de su profanado suelo los restos de la opresión dominadora que, por espacio de ocho largos siglos, la avasallara, y hacía ondear el estandarte de la cruz sobre las mezquitas de la media luna: extendía el poder de sus armas victoriosas por gran parte de la Europa: no contenta con tremolar el pabellón español en las tres partes del mundo conocido, vínole éste estrecho á su gloria, y lanzóse al vago inmenso del Océano, buscando mundos nuevos que conquistar. Roma, Méjico, Lepanto inclinaron sucesivamente la cerviz humillada bajo su poderoso cetro: no le bastaba tampoco el dominio de la fuerza; no le satisfacía que el sol no se pusiese nunca en sus dilatados términos, era preciso que el ingenio español desplegase también su poderío, y concluyese la conquista de las armas. Á la sombra de los ganados laureles nacieron y crecieron hombres que previnieron é inutilizaron para la patria los posibles rigores del olvido. Lope y Calderón no fueron efectivamente nuestras glorias menores. Si cuando circunstancias de doloroso recuerdo hicieron degenerar después á la España, quedaron sus grandes hechos consignados en la historia, para servir de eterna reconvención á las degradadas generaciones posteriores, los escritos de nuestros grandes hombres permanecieron como blanco perpetuo de envidia para los que después de ellos habían de venir.

Olvidada luego la antigua influencia nuestra, levantadas otras naciones á ocupar el puesto privilegiado que vergonzosamente les cedíamos en el rango de los pueblos, la literatura no podía menos de resentirse de nuestra decadencia política y militar: callaron los cisnes de España; una nación vecina, de quien atinadamente dice el señor Maury: _Le goût naquit français_, creó una literatura nueva, que debía adolecer sin embargo de la influencia regularizadora, acompasada, filosófica del siglo en que aquélla prosperaba. Millares de preceptistas creyeron leer en Horacio lo que nunca acaso había pensado decir; Shakespeare y Lope fueron sacrificados en las aras de la nueva escuela, y el gusto se asentó sobre las ruinas del genio; el corto número de sus apasionados hubo de contentarse con admirarlos en silencio; nadie osó alabarlos sin rubor. Entronizada la nueva escuela, que nada debía en verdad á la España, ésta debía quedar borrada del mundo literario, y un célebre crítico pudo decir de ella impunemente: _un rimeur sans péril delà les Pyrénées_, etc., y llamarla bárbara, sin que nadie se atreviese á sospechar que se podría volver por ella algún día victoriosamente. Las épocas y los gustos se suceden sin embargo rápidamente, y el hombre debía volver á conocer que no había nacido sólo para un mundo de amarga y disecada realidad; escritores osados intentaron sacudir el yugo impuesto por los preceptistas; el mundo debía encontrar al fin, en política como en literatura, la libertad para que nació; la literatura española debía surgir desde este momento y aparecer más radiante que nunca, como un inmenso fanal oscurecido largo tiempo por una espesa niebla. Los Alemanes fueron los primeros que desenterraron nuestras bellezas, y Calderón vino á serles un objeto de culto. Había falta sin embargo todavía de una obra que hiciese conocer á la nación exclusiva que los españoles son hombres también y poetas. Tan grande empresa debía arredrar al más osado. No bastaba decir: «Aprendan ustedes á leer el castellano». Esto hubiera sido acaso reproducir la Casandra de Troya, y era preciso decir: «Aprendan ustedes en francés á leer el castellano». Don Juan María Maury, nuestro compatriota, tomó sobre sí la arrojada empresa de convencer al sordo que se negaba á oir, y si es cierto que _in magnis audisse sat est_, la idea sola del señor Maury constituye el mayor elogio de su obra.

Esta idea llevaba empero en sí misma un escollo inevitable: la índole de la lengua y de la poesía francesa, tan opuesta á la española, debía ser un obstáculo invencible. El intentar la perfección hubiera, pues, sido desatino: en acercarse á ella estaba la victoria; admitido este principio, creemos que la ha alcanzado muchas veces el señor Maury. El plan de su obra es el más á propósito para el objeto que se propone: la colección de poesías escogidas hubiera sido incompleta sin una reseña histórica de nuestra literatura; este vacío ha tratado de llenar su introducción. Convenimos con _el Monitor francés_ que al analizar la _España poética_ siente que el autor se haya dejado llevar de su inclinación y aun de tal cual parte de amor propio al escribirla en verso; amor propio disculpable en un español que ha podido desplegar tales fuerzas en el difícil empeño de poetizar en una lengua extraña. Este plan envuelve el inconveniente que abraza el punto mismo: una historia de literatura llena de fechas y nombres propios es argumento harto estéril para las musas: al quererlo tratar poéticamente le ha sido forzoso al autor embarazar su lectura con notas históricas, si bien importantes, prolijas, y á veces minuciosas. Una disculpa encontramos con todo á su introducción poética. Acaso necesitaba el autor captarse la benevolencia de sus lectores creando en ellos hacia él una prevención favorable de su suficiencia. Si tal fué su objeto, hale conseguido sobradamente. Las noticias biográficas de nuestros poetas era otro punto importante que no podía olvidarse en semejante trabajo.

Con respecto al desempeño de la obra en general, varios críticos franceses se apresuraron á admitir en la literatura francesa al señor Maury, que se había adquirido indudablemente no pocos títulos á ocupar en ella un lugar distinguido.

«La expresión de don Juan Maury, dijo un periódico francés haciendo el juicio de esta obra, siempre elegante, anuncia un estudio profundo de la lengua francesa». Tacháronle otros de una concisión harto incorrecta, de licencias inútiles, y de haber españolizado demasiado la poesía francesa. Esto, á nuestro entender, sobre ser lo más atrevido que ha podido hacer, nos parece un bien hecho á la lengua francesa, harto poco libre y desembarazada, y esta verdad la han confirmado escritores modernos de aquel país que después del señor Maury han roto las antiguas cadenas de la sintaxis francesa. Después de haber leído _Notre-Dame de Paris_, obra que ha hecho indudablemente una revolución en la lengua del Sena, la inculpación hecha á Maury cae por sí sola.

Más fundado nos parece el reproche que se le ha hecho de poca fidelidad al texto que traduce: abrevia y suprime á veces con notable perjuicio del original: ejemplo de esto puede ser la égloga de Garcilaso, _Salicio y Nemoroso_; otras amplifica, desliendo un pensamiento enérgico en más versos franceses de los necesarios. Puédele obligar á lo primero el miedo de verter al francés ideas propiamente españolas, cuya osada energía no consiente la índole de la poesía francesa, y en el segundo la precisión de rimar y redondear los pensamientos en una poesía que apenas admite _les enjambements_. Hay en cambio traducciones bellísimas, y en algunas creemos que ha mejorado el original. Ejemplo de las primeras puede ser la fábula de _El caballo y la ardilla_ de Iriarte. Lo mismo puede decirse de la oda _Á las estrellas_ de Meléndez, de la _Rosa_ de Rioja, etc.

Interminable empeño sería el de presentar en un artículo de periódico, acaso ya demasiado largo, los muchos trozos que pueden servir de modelo á traductores, y en que ha sabido vencer el señor Maury la inmensa dificultad que le oponían la diversidad de índoles de las lenguas, de poesías, de giros, de locuciones, etc. Contentémonos con que haya dado una idea ventajosa, si á veces incompleta, de nuestros poetas á los extranjeros, y reconozcamos francamente en honor de Maury que los más de los defectos no son culpa del autor, y que las más de las bellezas son propias suyas.

Garcilaso, santa Teresa, Luis de León, Herrera, Cervantes, Góngora, Lope de Vega, los Argensolas, Quevedo, Rioja, Villegas, Luzán, Cadalso, Iriarte, Meléndez, Iglesias, Noroña, Cienfuegos, Moratín, Quintana y Arriaza son los poetas que el autor ha puesto á contribución para formar esta colección escogida: no ha olvidado por eso que poseemos una inmensa riqueza literaria de autores desconocidos, en nuestros romanceros sobre todo: al coger de ellos los mejores y más afamados, ha creído deber dar una idea de este género puramente español, en que se hallan consignados los hechos principales de nuestra historia, y que es el verdadero depósito de la tradición fabulosa é histórica de nuestros tiempos primitivos.

Alguna reconvención pudiera hacerse al señor Maury acerca de la elección de algunas piezas; pero es difícil desnudarse de toda prevención y parcialidad amistosa, sobre todo cuando ha de hablarse de poetas contemporáneos: desde la dedicatoria se observa una predilección, que no llamaremos precisamente injusta, hacia las poesías del señor Arriaza; pero con la cual no convenimos del todo, sin que esto sea negar el sello de picante originalidad y de estro poético que casi siempre caracterizan á este escritor.

Generalmente hallamos mejor traducido el género heroico y el de las fábulas. Quevedo, por ejemplo, era intraducible, y el señor Maury, en una sola composición jocosa que de él escoge, lo ha probado. No habiéndole traducido él victoriosamente, creemos que puede cualquiera renunciar á este empeño. Rioja, Quintana y los romances son los que han encontrado más simpatías en la índole de la lengua francesa; la tendencia filosófica de los primeros, y el vigor varonil y sabor anticuado de los segundos, pueden haber contribuido á esto.

Mucho sentimos no poder citar largamente los elogios que diversos periódicos franceses tributaron á la _España poética_ á la sazón de su publicación.

«Si don Juan Maury, dijo uno de ellos, es español de nacimiento, diríasele francés por el talento con que escribe la lengua de Racine, ora en prosa, ora en verso, y cosmopolita por lo bien que sabe apreciar todas las lenguas de Europa». Nosotros diremos más. Don Juan Maury ha sabido hacerse con dos patrias: ha conquistado con su _España poética_ su naturalización en la literatura francesa: no sabemos cuál le debe más, si esta que ha enriquecido con una noticia que no podía sin vergüenza ignorar, ó la española, cuyo mérito ha sabido hacer valer entre los extranjeros.

Sabemos que el señor Maury piensa en introducir y poner en venta en su patria esta obra impresa en París, que sólo conocen hasta la presente los más afectos á la literatura: deseamos ardientemente que la aprobación de nuestros compatriotas confirme nuestro débil juicio y dé realce al voto que en su favor han emitido los diarios extranjeros. Entre tanto no podemos menos, como españoles, de felicitar al señor Maury por su importante trabajo y su acertado desempeño en general. Y la literatura española que había tenido un intérprete para los Italianos en Conti, y para los Ingleses en la _Antología española_ de M. Wiffen y en el informe de lord Holland sobre Lope de Vega, debe igual servicio con respecto á los Franceses al señor Maury. Sería, pues, imperdonable ingratitud en nosotros criticar con más rigorosa severidad una obra á quien tanto debemos por todos respectos los literatos zelosos de la gloria de las letras españolas.

REPRESENTACIÓN DE LA CONJURACIÓN DE VENECIA

año 1310

DRAMA HISTÓRICO EN CINCO ACTOS Y EN PROSA DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA