Obras completas de Fígaro, Tomo 2
Part 11
--¿Yo juzgar?, dijo el mediador. No lo permita el cielo. Si fuera conciliar...
--Mira que si no quieres ser nuestro juez, serás su reo. ¡Esos hipócritas!...
--¡Oh!, no hipócritas, precisamente, no... seductores..., dijo el mediador.
--¡Revolucionario!, gritaron los viejos.
--Revolucionarios, precisamente... no... fautores de asonadas..., interrumpió el justo medio.
--¡Fanáticos!, gritaron los jóvenes.
--No, fanáticos, no... ilusos, incautos...
--¡Ignorantes!
--¡Incrédulos!
--Señores, todos tienen ustedes razón; la unión, la cultura, un justo medio... ni uno ni otro... las dos cosas...
--¡Nosotros queremos todo nuevo!
--No, nuevo no, dijo el justo medio.
--¡Nosotros todo viejo!
--No, viejo no, repuso el atornasolado.
--¡Nosotros lo negro!
--¡Nosotros lo blanco!
--Todo, bien, todo; si se puede todo: está entendido; daremos un blanco que tire á negro, y un negro que tire á blanco.
--¿Conque sí?
--No digo que sí, precisamente;... mas...
--¿Conque no?
--No digo que no, precisamente;... pero...
--Eso, eso es ponerse en la razón, dijo á este punto levantándose pausadamente la mayoría hasta entonces inmóvil: nosotros estamos por ese señor de la antigua española y moderna francesa. No somos partido, pero somos los más. Venga cualquiera cosa, llámenlo como quieran, y vamos viviendo. De cualquier modo hemos vivido hasta ahora, de cualquier modo moriremos.
--La verdadera diversión, señores, si me atrevo llamarlo así, dijo entonces animado con su inmensa fuerza el atornasolado de no conocido color, es tomar, permítaseme la frase, de los juegos venerandos antiguos lo preciso, modificándolo según el humor de los que han de divertirse. Y á propósito de esto diré para convencer á ustedes lo siguiente: «Las necesidades y las reformas, las instituciones y garantías, así como la antigua monarquía de las ideas nuevas, la discordia, la hidra de las revoluciones, y la bondad de arriba abajo, y no de abajo arriba, la legitimidad, los malévolos seducidos, un campo de horror y dulce fraternidad, los sucesos retrógrados y las masas progresivas...».--Otras cosas podría decir;... pero... ¡Cuán dulce es la paz, señores! Y por fin el talento es mío, mía la experiencia, el tacto mío, y la nación mía, porque no es de nadie, porque es pasiva: al que se oponga á mi justa conciliación, añadió riéndose con la más amable y cariñosa sonrisa, al que no quiera ser feliz, como yo entiendo la felicidad, harásele feliz, mal que le pese.
Un prolongado clamor de la multitud inmensa, tan callada toda la noche, pero un clamor no de entusiasmo pasajero, sino tranquilo, sereno, como la voz del poder que no ha menester esforzarse para hacerse oir, aplaudió sordamente la alocución ambilátera, que, traducida al lenguaje inteligible, quería decir á unos: _Ya es tarde_; y á otros: _Es temprano todavía_.
Restablecida la paz y el silencio, desapareció á mis ojos el baile y ambos partidos con él: halléme en medio de Madrid repitiendo para mí: _Los tres no son más que dos_, y _El que no es nada vale por tres_.
EL SIGLO EN BLANCO[1]
No sé qué profeta ha dicho que el gran talento no consiste precisamente en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar: porque en esto de profetas no soy muy fuerte, según la expresión de aquél que miraba detenidamente al Neptuno de la fuente del Prado, y añadía de buena fe enseñándosele á un amigo suyo: Aquí tiene usted á Jonás conforme salió del vientre de la ballena.--¿Hombre, á Jonás?, le replicó el amigo, si éste es Neptuno...--Ó Neptuno, como usted quiera, replicó el _cicerone_, que en esto de profetas no soy muy fuerte.--El hecho es que la cosa se ha dicho, y haya sido padre de la Iglesia, filósofo ó dios del paganismo, no es menos cierta ni verosímil, ni más digna tampoco de ser averiguada en tiempos en que dice cada cual sus cosas y las ajenas como y cuando puede.
Platón, que era hombre que sabía dónde le apretaba el zapato, si bien no los gastaba, y que sabía asimismo cuánto tenía adelantado para hablar el que no ha hablado nada todavía, había adoptado por sistema enseñar á sus discípulos á callar antes de pasar á enseñarles materias más hondas, y en esa enseñanza invertía cinco años, lo cual prueba evidentemente dos cosas: primera, que Platón estaba, como nuestras universidades, por los estudios largos: segunda, que no es cosa tan fácil como parece enseñar á callar al hombre, el cual nació para hablar, según han creído erróneamente algunos autores mal informados, dejándose deslumbrar sin duda por las apariencias de verosimilitud que le da á esta opinión el don de la palabra, que nos diferencia tan funestamente de los más seres que crió de suyo callados y taciturnos la sabia naturaleza.
De cuanto se pueda callar en cinco años podráse formar una idea aproximada con sólo repasar por la memoria cuánto hemos callado nosotros, mis lectores y yo, en diez años, esto es, en dos cursos completos de Platón que hemos hecho pacíficamente desde el año 23 hasta el 33 inclusive, de feliz recuerdo, en los cuales nos sucedía precisamente lo mismo que en la cátedra de Platón, á saber, que sólo hablaba el maestro, y eso para enseñar á callar á los demás, y perdónenos el filósofo griego la comparación. Esto con respecto á dar una idea de lo mucho que se puede callar en cinco ó en diez años; ahora bien, con respecto á lo que se puede callar en un solo día, basta para formar una idea leer, si es posible, _el Siglo_, periódico que no se ofenderá si aseguramos de él que trae cosas que no están escritas; periódico enteramente platónico, pero que no puede haber sacado tanto provecho como honra de su ciencia en el callar.
Confesemos sin embargo que lo que hay que leer es un artículo que no está escrito. Leer palabras y más palabras lo hace cualquiera, y toda la dificultad, si puede cifrarse en alguna cosa, se cifra evidentemente en leer un papel blanco.
Un artículo en blanco es susceptible de las interpretaciones más favorables: un artículo en blanco es un artículo en el sentido de todos los partidos: es cera blanda, á la cual puede darse á voluntad la forma más adaptada al gusto de cada uno. Un artículo en blanco es además picante, porque excita la curiosidad hasta un punto difícil de pintar. ¿Qué dirá? ¿Qué no dirá? En un mundo como éste de ilusión y fantasmagoría, donde no se goza sino en cuanto se espera, es indudable que el hacer esperar es hacer gozar. Las cosas una vez tocadas y poseídas pierden su mérito; desvanécese el prestigio, rómpese el velo con que nuestra imaginación las embellecía, y exclama el hombre desengañado: _¿Es esto lo que anhelaba?_ Este sistema de hacer gozar haciendo esperar, del cual pudiéramos citar en el día algún sectario famoso, es evidente, y por él nunca podrá entrar en competencia con un artículo en blanco un artículo en negro. Éste ya sabemos lo que puede querer decir, aunque no sea más que haciendo deducciones del color.
De esta facilidad con que puede leerse un artículo en blanco se deduce un principio que desgraciadamente ha sido fin para _El Siglo_; á saber, que se pueden comparar con las cosas escritas en tinta simpática y con esas pantallas elegantes que toman más ó menos color según se acercan más ó menos á la lumbre; leídos en un gabinete ministerial naturalmente resguardado de toda intemperie, y en que suele estar alto el termómetro, toman un calorcito subido que ofende la vista; y leídos al aire libre se revisten de una tinta suave que da gozo á la multitud. Pero siempre hacen fortuna, porque en el primer caso, y cuando dan con un lector amigo del silencio, suelen dar por gusto al periodista, y en tal caso se da un privilegio exclusivo al autor de un artículo en blanco, para que puedan también quedar en blanco los números sucesivos.
Bien conocerá el lector, aun sin haber leído _El Siglo_, como probablemente no le habrá leído por aficionado que sea á leer, que no es mi intención defender ni acriminar los artículos en blanco, ni mucho menos á los gobiernos, que temo á Dios gracias.
Es únicamente mi objeto apuntar unas cuantas ideas acerca de la teoría de los artículos en blanco, género nuevo en nuestro país, y para el cual debió decir Malherbe aquellos versos:
Et rose elle a vécu ce que vivent les roses, L'espace d'un matin.
_Quod scripsi scripsi_, dijo un antiguo y famoso magistrado. He aquí otra de las ventajas de un artículo en blanco; y si hay quien culpe todavía de poco carácter á la _Revista_, desafiamos por esta vez al _Siglo_ á que tenga más que nosotros. No dirá por esta vez _quod scripsi scripsi_. En tiempo en que es tan de primera necesidad no contradecirse nunca, he aquí otra ventaja de los escritores en blanco. Ni se crea que es fácil tampoco sobresalir en este género: yo confieso en verdad que si es cierto aquello de que _principio quieren las cosas_, al ponerme á escribir un artículo en blanco, no sabría por dónde empezar, y en cuanto á lo de prohibirlos, confieso que me había de ver más apurado todavía.
_El Siglo es más grande que los hombres_; he aquí una verdad que ha echado por tierra el tiempo. Nosotros en realidad, al condolernos sinceramente de la suerte de nuestro colega, inferimos: ó es el siglo más chico de lo que habíamos pensado, ó no es este siglo que alcanzamos el que habíamos menester.
Inferimos que no está bastante ilustrado el país para leer artículos en blanco, y que es más acertado meter las cosas con cuchara, como lo entiende el _Boletín_: adoptamos el agüero que nos ofrece nuestro silencioso cofrade. Á catorce _Siglos_ nos ha dejado este periódico; es decir, en la edad media; confesemos francamente que no podemos pasar de aquí, y quedémonos en blanco en hora buena. Muchos son efectivamente los puntos que ha dejado en blanco nuestro buen _Siglo_ en punto á amnistía, en punto á política interior, en punto á honor y patriotismo de no sé qué hazaña, y en punto, en fin, á Cortés; pero más creemos que hubieran sido aún los puntos en blanco, si conforme era el 14 el siglo, hubiera sido el 19. Y por último, deducimos de todo lo dicho y de la muerte que alcanza á nuestro buen _Siglo_, á pesar de toda su ilustración y grandeza, que el siglo es chico como son los hombres, y que en tiempos como éstos los hombres prudentes no deben hablar, ni mucho menos callar.
NOTAS:
[1] Antes de ayer apareció en esta corte el número 14 del periódico _El Siglo_ con varios artículos en blanco, cuyos epígrafes eran: _De la amnistía; Política interior; carta de don Miguel y don Manuel María Hazaña en defensa de su honor y patriotismo; sobre Cortés, y canción á la muerte de don Joaquín de Pablo Chapalangarra._ Posteriormente hemos sabido que se ha suprimido la publicación de este periódico.
VENTAJAS DE LAS COSAS Á MEDIO HACER
Suele decirse que nadie tiene más edad que la que representa, y ésta es una de las muchas mentiras que corren acreditadas y recibidas en el mundo con cierto agradable barniz de verdad, y que entran en el círculo de todo aquello que sin ser _vero_, es sin embargo _ben trovato_. Si una mentira pudiese probar algo, ésta probaría una verdad, á saber, que no hay nada positivo, que no hay nada tal cual es, sino tal cual parece. Por el mismo estilo podría decirse que ciertos pueblos no envejecen, porque para envejecer es preciso vivir. He aquí la razón por qué siempre que yo me paro á mirar con reflexión nuestra España (que Dios guarde de sí misma sobre todo) suelo dirigirle mentalmente aquel cumplimiento tan usual entre gentes que se ven de tarde en tarde: «¡Hombre, por usted no pasan días!» Por nuestra patria efectivamente no pasan días; bien es verdad que por ella no pasa nada: ella es por el contrario la que suele pasar por todo. Así es que después de sus años mil, vésela de temporada en temporada aparecer joven y rozagante, como quien empieza á vivir de nuevo. Si la hubiésemos de comparar con algo, la compararíamos con esas viejas verdes que unos días se tiñen las canas y otros no; ó con esos seres que pasan el invierno entre dos piedras en una aparente muerte, y que necesitan todo el sol del mes de julio para empezar á rebullirse; ó con la comparsa del célebre Robinson, silbado años pasados en esta corte, que andaba dos pasos adelante y uno atrás; ó con la casta Penélope, que deshacía de noche la tela que tramaba por el día; ó con los galos en fin, de los cuales se dice que tienen mil vidas; si bien con una notable diferencia: éstos siempre caen de pie, y de la España no nos atreveríamos á decir claramente cómo cae siempre. En una palabra, se la puede comparar con todo y exactamente con nada.
No es esto que queramos hablar mal de España: mala ocasión escogeríamos, sobre todo cuando está casualmente en el día en que se tiñe las canas, en que se despereza y se rebulle, en que da el paso adelante, en que teje la tela, y en que se levanta renqueando de la última caída. Dios nos libre de semejante intención como de un manifiesto; nuestro objeto es retratarla, y aun hacerla favor si cabe. Es el mal que se escapa á la observación como el agua á la presión: piensa usted cogerlo por un lado, deslízase por otro; como esos calidoscopios fantasmagóricos que á cada movimiento presentan una figura distinta á la vista divertida; así nuestra patria ofrece unas veces encima unos colores y otras veces otros.
El año 8, según decía su gobierno, no podía ser feliz sino bajo la ilustrada dominación del dispensador supremo de la dicha de los pueblos. Poco después, toda su bienandanza debía consistir en manejarse por sí sola, rechazando la citada ilustrada dominación. El año 14 era indudable que sólo su legítimo rey y su legítima libertad la podían conducir á la dicha estable y duradera. Á mitades del mismo año pendía su salvación de su legítimo rey, pero sin auxilio ya de la tal libertad, ni maldita la ayuda de vecino. Hecha ya la casa, abajo los andamios. Hasta el año 19 inclusive, el orden y la paz, la gloria y la ventura sólo podían apoyarse en la santa inquisición. El año 20 ya se averiguó que aquella dicha de que había gozado por tan santo medio no era la verdadera; la verdadera era la que iba á tener, fundada en la igualdad y en la libertad: entonces se supo á ciencia cierta que iba á ser venturosa. El año 23 sin embargo se vió felizmente restituida á la felicidad verdadera; entonces sólo podía esperarla de aquellos mismos franceses, los únicos que el año de 8 podían hacerla feliz, y que el año 9 sólo podían hacerla desgraciada. En aquel año 23 recibió, pues, su verdadera dicha del absolutismo, único gobierno capaz de llevar á un pueblo á su esplendor con mano fuerte: entonces abrió los ojos por cuarta vez, y vió palpablemente cómo había de ser feliz. Y por fin, el año 34, abre los ojos por quinta vez, y se convence de una manera irrecusable, como siempre, de que su felicidad sólo puede depender de la representación nacional, y de que un gobierno absoluto no es la piedra filosofal. Escarmentada como siempre de sus pasados errores, ya no volverá á caer en el lazo que la tienden los malévolos y los ilusos, y todos esos bribonazos que andan siempre engañando y extraviando pueblos; en el año 34 se convence definitivamente de que la verdadera felicidad es la de ahora; todas las demás han sido felicidades de poco momento. Confesemos que esta su convicción de ahora es la más fuerte, aunque no sea más que por haber estado ya otras veces convencida de lo mismo.
Hay quien cree que la felicidad es una de las muchas mentiras _ben trovatas_, como llevamos dicho, para nuestro consuelo: ya nos guardaremos nosotros de creer esto: y si en ninguna parte la vemos más que escrita, no será sin duda porque no exista, sino porque no se ha sabido dar con ella hasta la presente. Siempre resulta de lo dicho que por la España no pasan días: nuestra patria es siempre la misma; siempre jugando á la gallina ciega con su felicidad: empeñada en atraparla, por el estilo de aquel loco, maniático por atraparse con la mano izquierda el dedo pulgar de la misma mano que tenía cogido con la derecha; y siempre más convencido la última vez que todas las anteriores.
Intrincado y oscuro laberinto le parecería á cualquiera nuestra felicidad. Habrá quien diga que de no haber hecho nunca las cosas claras y terminantes le viene el mal de haberse de contradecir... Pero réstanos saber si es un mal el contradecirse; esto no está averiguado: decir siempre la verdad nos obligaría á decir siempre una misma cosa; esto sobre ser una pesadez insufrible nos conduciría á decirlo todo de una vez. ¿Y después? No diríamos nada. Figúrese el lector qué vacío en una larga existencia. Decimos por el contrario una cosa hoy y otra mañana, ¡Figúrese el lector qué variedad! Hay tela cortada para toda la vida. Igual consecuencia sacamos respecto á hacer las cosas claras y terminantes. Nosotros estamos por las cosas oscuras: hablamos seriamente. En primer lugar nadie nos negará una inmensa ventaja que sobre las cosas claras llevan las oscuras, á saber, que éstas se pueden aclarar. Hágalo usted todo de una vez; el día 1.º del año por ejemplo. ¿Y los 364 restantes qué hace usted? Holgar. Dios nos libre: la ociosidad es madre de todos los vicios. Si éste es de todos los males el peor, vale más hacer mal y deshacer bien, que no hacer nada.
Para concluir, figurémonos por un momento que lo que vamos á hacer el año 34, porque yo creo que vamos á hacer algo, lo hubiéramos hecho de primeras el año 9, ó el 14, ó el 20. ¿Qué haríamos el 34? ¿Ser felices? ¡Brava ocupación! Hubiéramos vivido de entonces acá, hubiéramos envejecido en esta felicidad que vamos á atrapar precisamente ahora; en una palabra hubieran pasado los días y las cosas por nosotros, en vez de pasar nosotros por los días y las cosas, y no estaríamos, como estamos, en los principios. ¡Espantosa perspectiva! Más sabios, por el contrario, nosotros dejamos siempre algo que hacer, algo oscuro que aclarar para mañana. ¡Ay de aquel día en que no haya nada que hacer, en que no haya nada que aclarar!
HERNÁN PÉREZ DEL PULGAR, EL DE LAS HAZAÑAS
BOSQUEJO HISTÓRICO POR DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA
Entre los muchos y graves compromisos que rodean por todas partes al periodista, y al lado del riesgo de escribir, sin querer, lo que no piensa, ó de no pensar bastantemente lo que escribe; á la par del percance de ir mal expresadas, ó de ser mal entendidas é interpretadas sus frases, de ser responsable de lo que otros escriben, y de verse esclavo de la libertad de sus conciudadanos, que él mismo acaso fundara y constituyera, pudiera campear como grande entre los mayores el compromiso de haber de criticar imparcial y concienzudamente la obra literaria de un ministro. No porque no pueda un ministro escribir una obra buena, sino precisamente por lo mismo que puede escribirla; el elogio que dirigido á un particular aparece imparcial y generoso en la boca del crítico, encaminado á una excelencia toma para con la opinión pública casi siempre el sabor de lisonja y adulación, por justo y merecido que en el fondo sea. Es preciso, pues, que el periodista tenga la grandeza de ánimo suficiente para arrostrar la tacha de adulador, cuando quiere su mala suerte que se reúnan en un hombre solo el poder y el mérito. Esto felizmente no sucede todos los días. Andarse desenterrando por otra parte defectos, ó muy leves ó imaginados, sólo para granjearse opinión de fuerte y de arriscado, sería una pequeñez indigna de quien abrigase un corazón noble y generoso. Puestos nosotros en tan duro trance, tomamos el único partido que parece señalarnos nuestro carácter independiente; y nos limitamos á asegurar con franqueza que si pudiera pesarnos alguna vez de que el señor don Francisco Martínez de la Rosa ocupase el alto puesto en que le han colocado las esperanzas de los españoles, sería en esta ocasión en que quisiéramos tributar nuestra alabanza y respeto al hombre de letras con toda independencia del hombre de estado.
Tiempo hacía ya que esperábamos algún fruto de la pluma del señor Martínez de la Rosa los que de esperar vivimos, y los que ya hemos tomado sabor á los partos de su buen ingenio. La obra que publica en el día no es acaso la más importante que de él podíamos esperar; es un simple bosquejo histórico de la vida de Hernán Pérez del Pulgar, uno de los héroes con que se honra España, según la misma expresión del autor; es empero en su género un apreciabilísimo trabajo. Gran servicio hace á su patria indudablemente el hombre estudioso que desenterrando en las antiguas crónicas y leyendas los grandes hechos con que la ilustraron sus hijos, los ofrece como modelos á la generación presente y á las venideras. Don Francisco Martínez de la Rosa, tan justamente aficionado á las cosas de Granada, no podía menos de investigar con diligencia los hechos de Pulgar, por su naturaleza enlazados con la historia de aquella ciudad. La claridad, el orden y gradación de los hechos, la narración sencilla, elegante, y no pocas veces florida, y aquellas reflexiones políticas ó morales que suelen nacer tan naturalmente á veces de la misma relación de los hechos bajo la pluma del historiador, colocan este bosquejo histórico entre lo mejor que poseemos en este género. No luce en él la enérgica concisión de Tácito, ni la profunda filosofía de Plutarco; pero puede rivalizar su estilo con lo mejor de nuestro siglo de oro. Tan cierta es esta proposición, que, al leer _Hernán Pérez del Pulgar_, hemos creído más de una vez tener entre manos un libro desenterrado de aquella época. No faltará quien tachará este cuidado, esta esmerada imitación del lenguaje de Solís y de Mariana, como una extremada afectación de purismo; no faltará quien llame á la obra entera un arcaísmo; no faltará quien crea, acaso con razón, que se descubre el artificio que en tan escrupuloso remedo ha debido emplear su autor; nosotros nos contentaremos con indicar que, á nuestro débil entender, las lenguas siguen la marcha de los progresos y de las ideas; que pensar fijarlas en un punto dado á fuer de escribir castizo, es intentar imposibles; que es imposible hablar en el día el lenguaje de Cervantes, y que todo el trabajo que en tan laboriosa tarea se invierta, sólo podrá perjudicar á la marcha y al efecto general de la obra que se escriba.
De aquí nazca acaso que el señor Martínez, en quien por otros escritos conocemos una alma inclinada de suyo al entusiasmo y una imaginación poética, no se deja arrebatar de un arranque sólo de calor y patriotismo, él tan ardiente y patriótico, al describir los hechos grandiosos y hazañas singulares de su héroe: ni aquella misma Granada de él tan querida y privilegiada, basta á inflamar su acompasado y monótono estilo anticuado. La traba que en su manera de escribir se había impuesto, ha sido ocasión tal vez de que se halla en la obra este vicio. El bosquejo histórico parecerá en nuestra biblioteca moderna lo que Pompeya y Herculano en la Italia del día.
Por lo demás échase bien de ver cuánta sea la erudición del señor Martínez, al advertir que llenan dos terceras partes del tomo las notas y apéndices con que ha creído deber autorizar las increíbles hazañas de Pulgar.
En este punto fuerza es respetar la escrupulosa y exquisita erudición de su excelencia. Nosotros no concluiremos este juicio crítico sin envidiársela, y sin darle el parabién por su bosquejo histórico, que alternará, en nuestro entender, dignamente con sus escritos anteriores. _Aut agere scribenda, aut legenda scribere_, decía un célebre Romano: _ó hacer cosas dignas de ser escritas, ó escribir cosas dignas de ser leídas_. Ya que no podemos ser Hernando del Pulgar, quisiéramos ser su historiador.
REPRESENTACIÓN DE UN NOVIO PARA LA NIÑA
ó
LA CASA DE HUÉSPEDES
Comedia nueva original, escrita en diversos metros