Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 10

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Hemos notado en general que gritan demasiado algunos actores, sobre todo cuando creen que lo que dicen debe llamar la atención. En otra ocasión hemos dicho ya que el querer dar valor á las frases suele quitárselo: en realidad es suponer que el público es sordo ó muy torpe; ambas cosas son desagradables. Dolorosísimo nos es haber de encontrar defectos; todo lo más que podemos hacer es escribir nuestra crítica con decoro, y apoyándola siempre en razones; pero si la obligación del actor es representar bien, la del crítico es juzgar bien é imparcialmente. En compensación diremos con placer que hemos visto á la par aciertos, y que, segregados los defectillos que hemos notado, esta comedia se ha representado mejor que otras; el barba sobre todo ha dado el color verdadero á su carácter, si se le perdona la exageración; y los lunares de los demás actores no merecen que alarguemos este artículo con nuevas observaciones.

REPRESENTACIÓN DE LA MOJIGATA

COMEDIA DE DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

Nada más temible en las conmociones políticas que las reacciones: ellas hacen desandar á los partidos por lo común mucho más camino del que durante su progresivo movimiento anterior lograron avanzar. La literatura no es la que menos se ha resentido en nuestro país y en varias épocas recientes de esta lastimosa verdad. Un nombre solo de un hombre, envuelto en la ruina de su partido, suele bastar á proscribir una obra inocente; al paso que la suspicacia del vencedor, rezelándose de su misma sombra, suele hallar en las frases más indiferentes alusiones peligrosas capaces de comprometer su seguridad. He aquí la razón por que se ha escrito con más libertad é independencia en épocas ciertamente mucho más atrasadas que las que nosotros hemos alcanzado.

La mayor parte de las obras de nuestros autores que han corrido y corren en manos de todos constantemente, no hubieran visto jamás la luz pública si hubieran debido sujetarse por primera vez á la censura parcial y opresora con que un partido caviloso y débil ha tenido en nuestros tiempos cerradas las puertas del saber. Y decimos débil, porque sabido es que tanto más tiránico es un partido, cuanto menos fuerza moral, cuantos menos recursos físicos tiene de que disponer. Desprovisto de fuerzas propias, va á buscarlas en las ajenas conciencias, y teme la palabra. Sólo un gobierno fuerte y apoyado en la pública opinión puede arrostrar la verdad, y aun buscarla: inseparable compañero de ella, no teme la expresión de las ideas, porque indaga las mejores y las más sanas para cimentar sobre ellas su poder indestructible.

El teatro es acaso el ramo que más se ha resentido de estas funestas verdades: por ellas hemos visto interceptadas malamente comedias que respiran la más pura moral, entre ellas _la Mojigata_. Al verla representar de nuevo en el día, no sabemos si sea más de alabar la ilustrada providencia de un gobierno reparador que la ofrece de nuevo á la pública expectación, que de admirar la crasa ignorancia que la envolvió por tantos años en la ruina de una causa momentáneamente caída. ¿Tan hipócrita es el partido que tiene por enseña el fanatismo, que se creyó atacado en _la Mojigata_? ¡Tanto le ofende la fiel representación de los extravíos humanos!, ¡tan ligada se halla con ellos su existencia!

_La Mojigata_ era conocida y sabida ya de memoria de todo el mundo: por lo tanto, si bien es indudable que tiene mérito suficiente para llamar al teatro numerosa concurrencia, eslo también para nosotros que ha debido á su larga prohibición la mayor parte de la importancia que en esta ocasión se le ha dado: esto es tanto más cierto, cuanto que estamos acostumbrados á ver sin entrada otras composiciones del mismo Moratín escapadas de la común prohibición. Para hablar literalmente de _la Mojigata_, necesitaríamos estar más seguros de nuestras propias fuerzas: seríanos indispensable además dedicar á su examen un artículo más extenso de lo que las actuales circunstancias nos permiten; porque en el caso de que nos atreviésemos, como pudiéramos atrevernos tal vez á hallar en ella lunares, de que no hay obra humana exenta, ¿qué de razones no necesitaríamos acumular para contrarrestar la opinión pública tan exclusiva cuando llega á cobijar bajo su protección un nombre, una vez proclamado célebre? El mérito de Moratín, por otra parte, es tan generalmente reconocido, que creemos inútil insistir en esta ocasión en la ampliación de sus bellezas; y con respecto á sus defectos, sólo diremos que la diferencia que existe entre los hombres de gran talento y la medianía, es que de aquéllos se puede decir que suelen alguna vez incurrir en faltas, y de ésta por el contrario, que suelen alguna vez tener bellezas. Esto es todo lo que nos parece que se puede decir con respecto á Moratín en parangón con los que después de él han escrito comedias del mismo género en nuestro país. Agréguese á esto una consideración: en todos los países el primero que se ha elevado, el primer reformador ha llevado y ha debido llevar la mejor parte de reputación, porque es preciso proceder siempre por comparación; apenas hay en el mundo otra manera de raciocinar.

Por lo que hace á comparar á Moratín con Molière, como han pretendido algunos hacerlo, bueno y justo es que se diga que Moratín es el Molière español: esto sin embargo, creemos, según nuestras cortas luces, que _la Mojigata_ no podrá sostener nunca la comparación al lado del _Hipócrita_ de Molière, que es la comedia de éste con quien tiene más relación; si exceptuamos el desenlace, que es infinitamente superior en _la Mojigata_, porque pocas veces anduvo feliz Molière en desenlaces. El mérito principal de Moratín parécenos estribar más en la pintura local de las costumbres de su época, y en el manejo de los modismos de la lengua, que en la pintura del corazón humano; sin que por esto queramos decir que fuese ignorante de él Moratín: la gracia de Molière es más candorosamente cómica, y se trasluce menos al poeta; presenta las situaciones solas, y esto basta en él para hacer reir. Moratín ayuda á la situación con una sátira más decidida: no se contenta con exponer el cuadro ridículo sencillamente á la vista del espectador: echa además en la balanza para inclinarla á su favor el peso de su propia opinión; sus gracias toman muchas veces gran parte de realce de su mordacidad. Sea hecho este paralelo de paso con el respeto debido á ambos ingenios peregrinos, y para decir que, por las expuestas razones, Molière es más universal que Moratín; éste es más local; su fama por consiguiente más perecedera é insegura.

REPRESENTACIÓN DE EL SÍ DE LAS NIÑAS

COMEDIA DE DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

En el día podemos decir que han desaparecido muchos de los vicios radicales de la educación que no podían menos de indignar á los hombres sensatos de fines del siglo pasado, y aun de principios de éste. Rancias costumbres, preocupaciones antiguas hijas de una religión mal entendida y del espíritu represor que ahogó en España, durante siglos enteros, el vuelo de las ideas, habían llegado á establecer una rutina tal en todas las cosas, que la vida entera de los individuos, así como la marcha del gobierno, era una pauta, de la cual no era lícito siquiera pensar en separarse. Acostumbrados á no discurrir, á no sentir nuestros abuelos por sí mismos, no permitían discurrir ni sentir á sus hijos. La educación escolástica de la universidad era la única que recibían los hombres: y que si una niña salía del convento á los veinte años para dar su mano á aquél que le designaba el interés paternal, se decía que estaba bien criada; era bien criada si sacrificaba su porvenir al capricho ó á la razón de estado; si abrigaba un corazón franco y sensible, si por desgracia había osado ver más allá que su padre en el mundo, cerrábanse las puertas del convento para ella y había de elegir por fuerza el esposo divino que la repudiaba ó que no la llamaba á sí por lo menos. Moratín quiso censurar este abuso, y asunto tan digno de él no podía menos de inspirarle una gran composición. De estas breves reflexiones se puede inferir que _el Sí de las Niñas_ no es una de aquellas comedias de carácter, destinada como _el Avaro_ ó _el Hipócrita_, á presentar eternamente al hombre de todos los tiempos y países un espejo en que vea y reconozca su extravío ó su ridícula pasión; es una verdadera comedia de época, en una palabra, de circunstancias enteramente locales, destinada á servir de documento histórico ó de modelo literario. En nuestro entender es la obra maestra de Moratín y la que más títulos le granjea á la inmortalidad. El plan está perfectamente concebido. Nada más ingenioso y acertado que valerse para convencer al tío de la contraposición de su mismo sobrino. Así no fuera este teniente coronel, porque por mucha que fuese en aquel tiempo la sumisión de los inferiores en las familias, no parece natural que un teniente coronel fuese tratado como un chico de la escuela, ni recibiese las dos, ó las tres onzas para ser bueno. Acaso la diferencia de las costumbres haga más chocante esta observación en nuestros días, y nos inclinamos á creer esto, porque confesamos que sólo con mucho miedo y desconfianza osamos encontrar defectos á un talento tan superior. El contraste entre el carácter maliciosamente ignorante de la vieja y el desprendido y juicioso don Diego es perfecto. Las situaciones sobre todo del tercer acto, tan bien preparado por los dos anteriores, que pudieran llamarse de exposición, porque toda la comedia está encerrada en el tercer acto, son asombrosas, y desaniman al escritor que empieza. Ésta es la ocasión de hacer una observación esencial. Moratín ha sido el primer poeta cómico que ha dado un carácter lacrimoso y sentimental á un género en que sus antecesores sólo habían querido presentar la ridiculez. No sabemos si es efecto del carácter de la época en que ha vivido Moratín, en que el sentimiento empezaba á apoderarse del teatro, ó si es un resultado de profundas y sabias meditaciones. Ésta es una diferencia esencial que existe entre él y Molière. Éste habla siempre al entendimiento, y le convence presentándole el lado risible de las cosas. Moratín escoge ciertos personajes para cebar con ellos el ansia de reir del vulgo; pero parece dar otra importancia para sus espectadores más delicados á las situaciones de sus héroes. Convence por una parte con el cuadro ridículo al entendimiento; mueve por otra el corazón, presentándole al mismo tiempo los resultados del extravío; parece que se complace con amargura en poner á la boca del precipicio á su protagonista, como en _el Sí de las Niñas_ y en _el Barón_; ó en hundirle en él cruelmente, como en _el Viejo y la Niña_, y en _el Café_. Un escritor romántico creería encontrar en esta manera de escribir alguna relación con Víctor Hugo y su escuela, si nos permiten los clásicos esta que ellos llamarán blasfemia. En nuestro entender éste es el punto más alto á que puede llegar el maestro; en el mundo está el llanto siempre al lado de la risa; parece que estas afecciones no pueden existir una sin otra en el hombre; y nada es por consiguiente más desgarrador ni de más efecto que hacernos regar con llanto la misma impresión del placer. Esto es jugar con el corazón del espectador; es hacerse dueño de él completamente, es no dejarle defensa ni escape alguno. _El Sí de las Niñas_ ha sido oído con aplauso, con indecible entusiasmo, y no sólo el bello sexo ha llorado, como dice un periódico, que se avergüenza de sentir; nosotros los hombres hemos llorado también, y hemos reverdecido con nuestras lágrimas los laureles de Moratín, que habían querido secar y marchitar la ignorancia y la opresión. ¿Es posible que se haya creído necesario conservar en esta comedia algunas mutilaciones meticulosas? ¡Oprobio á los mutiladores de las comedias del hombre de talento! La indignación del público ha recaído sobre ellos, y tanto en _la Mojigata_ como en _el Sí de las Niñas_, los espectadores han restablecido el texto por lo bajo: felizmente la memoria no se puede prohibir.

LOS TRES NO SON MÁS QUE DOS Y EL QUE NO ES NADA VALE POR TRES

MASCARADA POLÍTICA

Mil veces les habrá sucedido á mis lectores, y aun á los que no me leen, oir una campana y quedarles una prolongada vibración en los oídos después de haber sonado; les habrá sucedido también viajando, durarles gran rato, después de apeados ya del carruaje, la sensación del movimiento y traqueteo producida por muchas horas de camino. He aquí precisamente lo que á mí me ha sucedido y me sigue sucediendo todavía con el fantástico aparato y desigual clamor que en mis sentidos dejaron las pasadas máscaras. Voy por la calle y se me antojan aún caretas las caras, y disfraces los trajes y uniformes. Oigo hablar de cosas nuevas, y, acostumbrado á tanta cosa vieja y á tanta broma, se me figura aún que me siguen embromando. Pasará sin duda esta sensación, y será preciso creer á todo el mundo; pero mientras pasa ó no pasa, mientras creo ó no creo, todo el trabajo de mi entendimiento limitado se reduce por ahora á ver de conocer al que me habla; que no es poco. Con tal rumor en los oídos, con tal prevención en la vista, salía yo la última noche del pasado carnaval de Abrantes, donde había codeado á la aristocracia, y del teatro, donde me había codeado á mí la democracia. Llena la cabeza con estas dos ideas, que no podía amalgamar nunca, y que así se separaban al tocarse como se separan dos bolas de billar al chocar una con otra, se me antojó que entraba en un salón adornado por el orden antico-moderno; toda la parte alta gótica, góticas las paredes y ventanas: el mueblaje y adorno bajo del último gusto. Tres comparsas le llenaban, á lo que entonces me pareció. La menos numerosa era compuesta toda de viejos, ¡rara aprehensión!, pero gordos y robustos; para hacer gente y engruesarse iba derramando su dinero con tanto sigilo, como si fuese mal adquirido y peor conservado; pero á cada moneda que daban, ¡cosa rara!, perdían carnes y fuerzas. Toda esta comparsa andaba hacia atrás, más como quien huye que como quien anda; para lo cual traían la cabeza y los pies vueltos del revés, que hacían rara figura. Andaban desbandados á causa de hallarse su jefe á diligencias propias; pero en cambio presumían serlo todos. Seguía á esta comparsa una porción de pobres, rotos y mal parados, con una venda en los ojos como pintan á la fe, creyendo á pies juntillas cuanto aquéllos les decían, y tomando varios dijes de poco valor en cambio de sus servicios. De cuando en cuando dábanles los magnates de la comparsa un palo, y unos respondían _¡viva!_ y otros respondían _¡gracias!_ Raros trajes se veían entre ellos, pero ninguno pasaba del siglo XVIII. Retazos de manteos, cruces y veneras, papel de Italia, espadines de Toledo, tal cual estrella en la frente, látigo en la mano, calzón, peluquín y hebillas. Color general blanco como la leche. Conversación poca; chispa ninguna.

La segunda traía jefe, ó por mejor decir representante; gente nueva, y la más barbilampiña: flaca aún como muchacho que está creciendo: conocíase á legua que no habían tenido tantas ocasiones de comer como los otros. No andaban, sino corrían: todo eran piernas. Bailaban todos á una, y hacían los mismos pasos: encogíanse los altos, empinábanse los bajos: todo su prurito era andar iguales: al menor desnivel había gira y algazara. Pedían la palabra, y tomaban lo demás. Venían vestidos de telas de institución, color de garantía: el disfraz era lo mejor que traían; si bien á muchos se los traslucían por debajo juboncillos de ambición con tal cual cenefilla de empleo, y se conocía que no estaban hechos á usarlos, porque á los más les venían anchos. Éstos no repartían dinero, sino periódicos; dábanlos con audacia y á venga lo que venga: si alguno se perdía ó se interceptaba malamente, otro al puesto, como quien tenía el molde en casa. Por el contrario de los otros, á cada periódico que daban ganaban carnes y razón. Las caretas eran discursos históricos de sucesión. Iban encendiendo las luces, que la primera comparsa apagaba siempre que podía; pero el salón estaba iluminado, de donde era fuerza inferir que se encendían más de prisa que se apagaban. Seguía á éstos una turba desigual hambrienta de felicidad: verdad es que nunca la habían catado. Unos eran gordos, otros flacos: unos tenían tres piernas, otros una: uno tres ojos, otro medio; quién era gigante, quién lilipuciano. _Se os igualará_, les iban diciendo los magnates, _nada más fácil_, y lo creían sin mirarse despacio unos á otros, el tonto y el discreto, el tullido y el sano, el pobre y el rico. Éstos creían en la felicidad de este mundo: los primeros en la del otro. Su conversación buena, su chispa mucha y mayor el ruido que metían. Color general negro.

Era el resto de la concurrencia la mayoría; pero se conservaba á cierta distancia del que parecía su jefe. Era el color de éste un atornasolado claro, que visto de distintos puntos lejanos parecía siempre un color diferente, pero en llegado á él no se le podía llamar color. Éste y los suyos no andaban, aunque lo parecía, porque marcaban el paso: conociendo que no había para qué, unos no traían pies, y otros los traían de plomo. De medio cuerpo arriba venía vestido á la antigua española, de medio cuerpo abajo á la moderna francesa, y en él no era disfraz, sino su traje propio y natural. Ni era alto, ni bajo, ni gordo, ni flaco; sutil como cuerpo glorioso, y máscara, en fin, racional, si las hubo nunca. No traía careta, sino que enseñaba una cara de risa que á todos quería dar contento. Era su comparsa gente pasiva y estacionaria, de esta que tiene y no quiere perder, que no tiene por qué moverse, miedosa que teme perniquebrarse á cada paso, escarmentada ya y paralítica, envilecida con el sufrimiento y bien avenida á todo, despreocupada, que se ríe de los hombres y sus partidos. Éstos no decían nada; ni aplaudían, ni censuraban; traían caretas de yeso, miraban á una comparsa, miraban á otra, y ora temblaban, y ora reían. En realidad no hacían cuenta con su jefe: éste era el que contaba con ellos; es decir, con su inercia.

En una palabra, parecían tres las comparsas y no eran más que dos. Cuando yo entré en el baile acababan de separarse; hasta entonces habían bailado mezclados, porque hasta entonces no había faltado bastonero que los había hecho bailar á todos á un mismo son.

Apenas tuve tiempo de reconocer lo que llevo descrito, cuando se dirigieron á mí varios de la primera comparsa.--¡Ah, Fígaro maldito!, aquí está. «_¡Nadie pase sin hablar al portero!_» «_¡La planta nueva!_» ¿Sabes que nos has hecho más daño que un cañón?--Mala entrada es ésta, dije yo para mí.--Mira, prosiguieron, tú debes ser tonto. ¿Qué provecho has sacado de tus artículos?--El gusto de escribir lo que pienso, y me sobra.--Eso por un lado y por otro el que te ahorquemos, si... ¡desigual es el partido!--Ya me pondré á distancia respetable.--Vente con nosotros.--Gracias.--Te irá mejor; no hallarás rivales, porque no escribimos; te daremos una prebenda.--Soy casado.--Te daremos un empleo en correos y podrás interceptar las cartas.--No soy curioso.--Andarás por esas breñas.--No soy peregrino.--Dormirás al sereno.--Más quiero dormir sereno.--Tendrás inquisición y rey absoluto.--Lo agradezco, pero es tarde.--¡Matarle! ¡Matarle!

--¡Ea, dejad á Fígaro!, dijeron los de la segunda comparsa, sacándome de entre ellos; éste es nuestro, enteramente nuestro. ¿No es verdad, Fígaro?--¡De corazón!--¡Bravo! Tú también eres igual.--Y si no soy igual me es igual todo.--¡Ya! Por eso te descuidas, y haces á veces artículos tan largos y tan pesados, y con tantas digresiones y atrevimiento: no teniendo respeto á nadie, fácil es hacer reir...--No hay para qué hablar más, que ya me habéis conocido, dije yo apresurándome á interrumpir á los míos, que me iban tratando peor que los contrarios.

Mientras esto me pasaba en un rincón de la sala andábanse embromando los principales personajes de las dos comparsas. Estas bromas pararán en veras, dije yo para mí, y acerquéme á oir.--Andad, decían unos, hipócritas; á nosotros no nos embromaréis, porque os conocemos: ahora andáis con careta del pretendiente, pero es mentira: vosotros existíais antes que él. Vosotros triunfasteis malamente en Villalar en nombre de otro Carlos V: desde entonces no dejó de crecer un punto vuestra audacia: vosotros fuisteis los que el año 14 engañasteis á un rey y perdisteis á un pueblo; vosotros los que el año 23...--¡Silencio! respondieron los otros; ¿qué nos echáis en cara? Echaos la culpa á vosotros mismos, que dos veces fuisteis los amos, y dos veces...--Sí, pero no tengáis cuidado; á la tercera...--Veremos.--Sí; vosotros lo que queréis es embaucar al pueblo con vuestros sortilegios, cubrirle los ojos y taparle la boca para beber su sangre que os engorda: el favoritismo, el absolutismo, el oscurantismo, el fanatismo, el egoísmo... ésas son vuestras virtudes... ése es el Carlos V que proclamáis; y lo demás es farsa y mascarada. Quitaos esas caretas de ley de Felipe V, que ya os hemos conocido.--¡Miren!, contestaban los ofendidos; ¿y qué queréis vosotros? ¿Queréis hacer felices á los pueblos? Broma y más broma. Igualdad, para tener todos derecho á todo, representaciones nacionales para ocupar un puesto en ellas, porque todos hacéis oficio de leer y escribir, y pensáis que hablando... y los empleos, en fin, que por tantos años tuvimos nosotros, y las rentas que nos comemos y...--Y bien, y bien; ¿y hay nada más justo? Nosotros haremos el bien público, haciendo el nuestro, aun sin querer hacerlo...--¡Careta!, ¡pretexto!--Pretexto, sí; pero más noble que el vuestro. En nosotros tendrá la sucesión directa...--¡Fuera, fuera la careta! ¡También os conocemos!--¡Holgazanes!--¡Ambiciosos!

Al llegar aquí la broma, exasperáronse unas y otras máscaras, y ¡oh!, ¡qué noche de horror y de confusión!--¡Á ellos, á ellos!, gritaron unos y otros desenvainando sus armas. Un paquete de _Boletines de Comercio_ atrasados, lanzado por un brazo vigoroso y joven, vino á estrellarse sobre un grupo de peluquines; seis cayeron del golpe. Diez y nueve _Siglos_, llenos de reconvenciones, se alzaron á una contra la pandilla blanca; y ¿quién les pudiera resistir? Tampoco se descuidaban los acometidos: volaban _Estrellas_ por todas partes, pero daban en el aire con los _Siglos_ y los _Boletines_ que iban, y caían desvaneciéndose como los fuegos fatuos del verano. Un discurso parlamentario encontraba en el aire una exhortación carlista y arrollábala al punto. ¡Qué furor! Volaban _Tiempos_ y _Cínifes_, lanzábanse _Ateneos_ y _Minervas_, enemigo herido de ellos, enemigo dormido y fuera por consiguiente de combate. Hasta hubo quien sacó _Correos_, _Crónicas_ y _Auroras_, armas prohibidas porque suelen dispararse contra el mismo que las carga. ¿Quién diría el destrozo y la mortandad? ¿Y quién el fin de tan sangrienta lucha, si el jefe de la inerte comparsa no se apareciese con una sonrisa en la boca y una _Revista_ en la mano? Interpúsola el atornasolado como pudiera Mercurio su caduceo, y cedieron los combatientes al arma más pesada. Todos quedaron aplanados. ¡Ay de aquél á quien le cayó encima una noticia diversa! ¡Ay del que tuvo que sufrir el peso de la crónica de provincias! ¡Mísero el que sintió sobre sí la cámara de los diputados! Quiso la buena suerte que esto cayese todo sobre la comparsa blanca, y nadie de ella pudo ya levantar cabeza. Roncaban unos, y otros se quejaban amargamente. En la comparsa nueva cayó un artículo de entrada, y ¡oh prodigio!, como el maná, súpole á cada uno al manjar más de su gusto; á nadie empero levantó chichón ni cardenal.

--¡Hola!, ¿quién es éste? ¿Es vuestro?, preguntaron los jóvenes á sus contrarios.--¿Qué ha de ser nuestro?, ¡ay míseros!, contestaron los vencidos.--¡Ah!, ¡ya!, repusieron los primeros. ¿Quién diablos te había de conocer? Vaya, pase, pase por nuestro; mira, júzganos.