Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 9
Leyó, hacinó, confundió; fué superficial, vano, presumido, orgulloso, terco, y no dejó de tomarse más rienda de la que se le había dado. Murió, no sé á qué propósito, mi cuñado, y Augusto regresó á España con mi hermana toda aturdida de ver lo brutos que estamos por acá todavía los que no hemos tenido como ella la dicha de emigrar; y trayéndonos entre otras cosas noticias ciertas de cómo no había Dios, porque eso se sabe en Francia de muy buena tinta. Por supuesto que no tenía el muchacho quince años y ya galleaba en las sociedades, y citaba, y se metía en cuestiones, y era hablador, y raciocinador como todo muchacho bien educado; y fué el caso que oía hablar todos los días de aventuras escandalosas y de los amores de fulanito con la menganita, y le pareció en resumidas cuentas cosa precisa para hombrear enamorarse.
Por su desgracia acertó á gustar á una joven, personita muy bien educada también, la cual es verdad que no sabía gobernar una casa, pero se embaulaba en el cuerpo en sus ratos perdidos, que eran para ella todos los días, una novela sentimental con la más desatinada afición que en el mundo jamás se ha visto; tocaba su poco de piano y cantaba su poco de aria de vez en cuando, porque tenía una bonita voz de contralto. Hubo guiños y apretones desesperados de pies y manos, y varias epístolas recíprocamente copiadas de la Nueva Eloísa; y no hay más que decir sino que á los cuatro días se veían los dos inocentes por la ventanilla de la puerta y escurrían su correspondencia por las rendijas, sobornaban con el mejor fin del mundo á los criados, y por último, un su amigo, que debía de quererle muy mal, presentó al señorito en la casa. Para colmo de desgracia, él y ella, que habían dado principio á sus amores porque no se dijese que vivían sin su trapillo, se llegaron á imaginar primero, y á creer después á pies juntillas, como se suele muy mal decir, que estaban verdadera y terriblemente enamorados. ¡Fatal credulidad! Los parientes, que previeron en qué podía venir á parar aquella inocente afición ya conocida, pusieron de su parte todos los esfuerzos para cortar el mal, pero ya era tarde. Mi hermana, en medio de su despreocupación y de sus luces, nunca había podido desprenderse del todo de cierta afición á sus ejecutorias y blasones, porque hay que advertir dos cosas: 1.ª que hay despreocupados por este estilo; y 2.ª que somos nobles, lo que equivale á decir, que desde la más remota antigüedad nuestros abuelos no han trabajado para comer. Conservaba mi hermana este apego á la nobleza, aunque no conservaba bienes; y ésta es una de las razones por que estaba mi sobrinito destinado á morirse de hambre si no se le hacía meter la cabeza en alguna parte, porque eso de que hubiera aprendido un oficio, ¡oh! ¿qué hubieran dicho los parientes y la nación entera? Averiguóse, pues, que no tenía la niña un origen tan preclaro, ni más dote que su instrucción novelesca y sus _duettos_, fincas que no bastan para sostener el boato de unas personas de su clase. Averigua también la parte contraria que el niño no tenía empleo, y dándosele un bledo de su nobleza, hubo aquello de decirle: «Caballerito, ¿con qué objeto entra usted en mi casa?--Quiero á Elenita, respondió mi sobrino.--¿Y con qué fin, caballerito?--Para casarme con ella.--Pero no tiene usted empleo ni carrera.--Eso es cuenta mía...--Sus padres de usted no consentirán...--Sí, señor, usted no conoce mis papás.--Perfectamente; mi hija será de usted en cuanto me traiga una prueba de que puede mantenerla, y el permiso de sus padres; pero en el ínterin, si usted la quiere tanto, excuse por su mismo decoro sus visitas.--Entiendo.--Me alegro, caballerito»; y quedó nuestro Orlando hecho una estatua, pero bien decidido á romper por todos los inconvenientes.
Bien quisiéramos que nuestra pluma, mejor cortada, se atreviese á trasladar al papel la escena de la niña con la mamá; pero diremos en suma que hubo prohibición de salir y de asomarse al balcón, y de corresponder al mancebo, á todo lo cual la malva respondió con cuatro desvergüenzas acerca del libre albedrío y de la libertad de la hija para escoger marido, y no fueron bastantes á disuadirla las reflexiones acerca de la ninguna fortuna de su elegido: todo era para ella tiranía y envidia que los papás tenían de sus amores y de su felicidad; concluyendo que en los matrimonios era lo primero el amor, que en cuanto á comer, ni eso hacía falta á los enamorados, porque en ninguna novela se dice que coman las Amandas y los Mortimers, ni nunca les habían de faltar unas sopas de ajo.
Poco más ó menos fué la escena de Augusto con mi hermana, porque aunque no sea legítima consecuencia, también concluía de que concluía que los padres no deben tiranizar á los hijos, que los hijos no deben obedecer á los padres: insistía en que era independiente; que en cuanto á haberle criado y educado nada le debía, pues lo había hecho por una obligación imprescindible, y á lo del ser que le había dado, menos, pues no se lo había dado por él, sino por las razones que dice nuestro Cadalso entre otras lindezas sutilísimas de este jaez.
Pero insistieron también los padres, y después de haber intentado infructuosamente varios medios de seducción y rapto, no dudó nuestro paladín, vista la obstinación de las familias, en recurrir al medio en boga de sacar á la niña por el vicario; púsose el plan en ejecución y á los quince días mi sobrino había reñido ya decididamente con su madre; había sido arrojado de su casa, privado de sus cortos alimentos, y Elena depositada en poder de una potencia neutral; pero se entiende, de esta especie de neutralidad que se usa en el día; de suerte que nuestra Angélica y Medoro se veían más cada día, y se amaban más cada noche. Por fin amaneció el día feliz, otorgóse la demanda; un amigo prestó á mi sobrino algún dinero, uniéronse con el lazo conyugal, estableciéronse en su casa, y nunca hubo felicidad igual á la que aquellos buenos hijos disfrutaron mientras duraron los pesos duros del amigo.
Pero ¡oh dolor! pasó un mes y la niña no sabía más que acariciar á su Medoro, cantarle una aria, ir al teatro y bailar una mazurca; y Medoro no sabía más que disputar. Ello sin embargo el amor no alimenta, y era indispensable buscar recursos.
Mi sobrino salía de mañana á buscar dinero, cosa más difícil de encontrar de lo que parece, y la vergüenza de no poder llevar á su casa con qué dar de comer á su mujer le detenía hasta la noche. Pasemos un velo sobre las escenas horribles de tan amarga posición. Mientras que Augusto pasa el día lejos de ella en sufrir humillaciones, la infeliz consorte gime luchando entre los celos y la rabia. Todavía se quieren; pero en casa donde no hay harina todo es mohína; las más inocentes expresiones se interpretan en la lengua del mal humor como ofensas mortales; el amor propio ofendido es el más seguro antídoto del amor, y las injurias acaban de apagar un resto de la antigua llama que amortiguada en ambos corazones ardía; se suceden unos á otros los reproches; y el infeliz Augusto insulta á la mujer que le ha sacrificado su familia y su suerte, echándole en cara aquella desobediencia á la cual no ha mucho tiempo él mismo la inducía; á los continuos reproches se sigue en fin el odio.
¡Oh si hubiera quedado aquí el mal! Pero un resto de honor mal entendido que bulle en el pecho de mi sobrino, y que le impide prestarse para sustentar á su familia á ocupaciones groseras, no le impide precipitarse en el juego, y en todos los vicios y bajezas, en todos los peligros que son su consecuencia. Corramos de nuevo, corramos un velo sobre el cuadro á que dió la locura la primera pincelada, y apresurémonos á dar nosotros la última.
En este miserable estado pasan tres años, y ya tres hijos más rollizos que sus padres alborotan la casa con sus juegos infantiles. Ya el himeneo y las privaciones han roto la venda que ofuscaba la vista de los infelices: aquella amabilidad de Elena es coquetería á los ojos de su esposo; su noble orgullo, insufrible altanería; su garrulidad divertida y graciosa, locuacidad insolente y cáustica: sus ojos brillantes se han marchitado, sus encantos están ajados, su talle perdió sus esbeltas formas, y ahora conoce que sus pies son grandes y sus manos feas; ninguna amabilidad, pues, para ella, ninguna consideración. Augusto no es á los ojos de su esposa aquel hombre amable y seductor, flexible y condescendiente; es un holgazán, un hombre sin ninguna habilidad, sin talento alguno, celoso y soberbio, déspota y no marido... en fin, ¡cuánto más vale el amigo generoso de su esposo, que les presta dinero, y les promete aun protección! ¡Qué movimiento en él! ¡qué actividad! ¡qué heroísmo! ¡qué amabilidad! ¡qué adivinar los pensamientos y prevenir los deseos! ¡qué no permitir que ella trabaje en labores groseras! ¡qué asiduidad, y qué delicadeza en acompañarla los días enteros que Augusto la deja sola! ¡qué interés, en fin, el que se toma cuando le descubre por su bien que su marido se distrae con otra!...
¡Oh, poder de la calumnia y de la miseria! Aquella mujer que, si hubiera escogido un compañero que la hubiera podido sostener, hubiera sido acaso una Lucrecia, sucumbe por fin á la seducción y á la falaz esperanza de mejor suerte.
Una noche vuelve mi sobrino á su casa; sus hijos están solos.--¿Y mi mujer? ¿y sus ropas?--Corre á casa de su amigo.--¿No está en Madrid? ¡Cielos! ¡Qué rayo de luz! ¿Será posible? Vuela á la policía, se informa. Una joven de tales y tales señas con un supuesto hermano han salido en la diligencia para Cádiz. Reúne mi sobrino sus pocos muebles, los vende, toma un asiento en el primer carruaje, y hétele persiguiendo á los fugitivos. Pero le llevan mucha ventaja, y no es posible alcanzarlos hasta el mismo Cádiz. Llega; son las diez de la noche, corre á la fonda que le indican, pregunta, sube precipitadamente la escalera, le señalan un cuarto cerrado por dentro; llama; la voz que le responde le es harto conocida y resuena en su corazón; redobla los golpes; una persona desnuda levanta el pestillo. Augusto ya no es hombre, es un rayo que cae en la habitación; un chillido agudo le convence de que le han conocido; asesta una pistola, de dos que trae, al seno de su amigo, y el seductor cae revolcándose en su sangre; persigue á su miserable esposa, pero una ventana inmediata se abre y la adúltera, poseída del terror y de la culpa, se arroja sin reflexionar de una altura de más de sesenta varas. El grito de la agonía le anuncia su última desgracia y la venganza más completa; sale precipitado del teatro del crimen, y encerrándose, antes que le sorprendan, en su habitación, coge aceleradamente la pluma y apenas tiene tiempo para dictar á su madre la carta siguiente:
«Madre mía, dentro de media hora no existiré; cuidad de mis hijos, y si queréis hacerlos verdaderamente despreocupados, empezad por instruirlos... Que aprendan en el ejemplo de su padre á respetar lo que es peligroso despreciar sin tener antes más sabiduría. Si no les podéis dar otra cosa mejor, no les quitéis una religión consoladora. Que aprendan á domar sus pasiones y á respetar á aquéllos á quien lo deben todo. Perdonadme mis faltas: harto castigado estoy con mi deshonra y mi crimen; harto cara pago mi falsa despreocupación. Perdonadme las lágrimas que os hago derramar. Á Dios para siempre».
Acabada esta carta, se oyó otra detonación que resonó en toda la fonda, y la catástrofe que le sucedió me privó para siempre de un sobrino, que con el más bello corazón se ha hecho desgraciado á sí y á cuantos le rodean.
No hace dos horas que mi desgraciada hermana, después de haber leído aquella carta, y llamádome, para mostrármela, postrada en su lecho, y entregada al más funesto delirio, ha sido desahuciada por los médicos.
«Hijo... despreocupación... boda... religión... infeliz...» son las palabras que vagan errantes sobre los labios moribundos. Y esta funesta impresión, que domina en mis sentidos tristemente, me ha impedido dar á mis lectores otros artículos más joviales que para mejor ocasión les tengo reservados.
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EL CASTELLANO VIEJO
Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial que en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga á aceptar á veces ciertos convites á que parecería el negarse grosería, ó por lo menos ridícula afectación de delicadeza.
Andábame días pasados por esas calles á buscar materiales para mis artículos. Embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces á mí mismo riendo como un pobre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente los labios, algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que á mi lado pasaban, me hacía reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que al volver las esquinas di con quien tan distraída y rápidamente como yo las doblaba, me hicieron conocer que los distraídos no entran en el número de los cuerpos clásicos, y mucho menos de los seres gloriosos é impasibles. En semejante situación de espíritu, ¿qué sensación no debería producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada (á lo que por entonces entendí) á un grandísimo brazo, vino á descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante?
No queriendo dar á entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan mal, pero mi castellano viejo es hombre que cuando está de gracias no se ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echóme las manos á los ojos, y sujetándome por detrás: «¿Quién soy?» gritaba, alborozado con el buen éxito de su delicada travesura. «¿Quién soy?»--Un animal, iba á responderle; pero me acordé de repente de quien podría ser, y sustituyendo cantidades iguales: «_Braulio eres_», le dije. Al oirme, suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle, y pónenos á entrambos en escena. «¡Bien, mi amigo! ¿Pues en qué me has conocido?--¿Quién pudiera ser sino tú?...--¿Has venido ya de tu Vizcaya?--No, Braulio, no he venido.--Siempre el mismo genio. ¿Qué quieres? es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¿Sabes que mañana son mis días?--Te los deseo muy felices.--Déjate de cumplimientos entre nosotros: ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan pan y el vino vino; por consiguiente exijo de ti que no vayas á dármelos; pero estás convidado.--¿Á qué?--Á comer conmigo.--No es posible.--No hay remedio.--No puedo, insisto temblando.--¿No puedes?--Gracias.--¿Gracias? Vete á paseo; amigo, como no soy el duque de F... ni el conde de P...». ¿Quién se resiste á una sorpresa de esa especie? ¿quién quiere parecer vano? «No es eso, sino que...--Pues si no es eso, me interrumpe, te espero á las dos: en casa se come á la española, temprano. Tengo mucha gente; tendremos al famoso X. que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia natural; y por la noche J. cantará y tocará alguna cosilla». Esto me consoló algún tanto, y fué preciso ceder; un día malo, dije para mí, cualquiera lo pasa; en este mundo para conservar amigos es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios. «No faltarás, si no quieres que riñamos.--No faltaré», dije con voz exánime y ánimo decaído, como el zorro que se revuelve inútilmente dentro de la trampa donde se ha dejado coger. «Pues hasta mañana»; y me dió un torniscón por despedida. Vile marchar como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado, y quedéme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostiles y tan funestas.
Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino, que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer á lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reúne entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta; que tiene una cintita atada al ojal, y una crucecita á la sombra de la solapa; que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen á que tuviese una educación más escogida y modales más suaves é insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido casi siempre á toda ó á la mayor parte de nuestra clase media, y á toda nuestra clase baja. Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; á trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las mujeres; es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, á quien sucede poco más ó menos lo que á una parienta mía, que se muere por las jorobas sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrecencia bastante visible sobre entrambos omóplatos.
No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato que establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. Él se muere _por plantarle una fresca al lucero del alba_, como suele decir, y cuando tiene un resentimiento, se le _espeta á uno cara á cara_. Como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que quiere decir _cumplo y miento_; llama á la urbanidad hipocresía, y á la decencia monadas; á toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego: cree que toda la crianza está reducida á decir _Dios guarde á ustedes_ al entrar en una sala, y añadir _con permiso de usted_ cada vez que se mueve: á preguntar á cada uno por toda su familia, y á despedirse de todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas como de tener pacto con franceses. En conclusión, hombres de éstos que no saben levantarse para despedirse sino en corporación con alguno ó algunos otros, que han de dejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman _su cabeza_, y que cuando se hallan en sociedad por desgracia sin un socorrido bastón, darían cualquiera cosa por no tener manos ni brazos, porque en realidad no saben dónde ponerlos, ni qué cosa se puede hacer con los brazos en una sociedad.
Llegaron las dos, y como yo conocía ya á mi Braulio, no me pareció conveniente acicalarme demasiado para ir á comer; estoy seguro de que se hubiera picado: no quise sin embargo excusar un frac de color y un pañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días en semejantes casas; vestíme sobre todo lo demás despacio que me fué posible, como se reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien pecados más cometidos que contar para ganar tiempo; era citado á las dos, y entré en la sala á las dos y media.
No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no eran de despreciar todos los empleados de tu oficina con sus señoras y sus niños, y sus capas, y sus paraguas, y sus chanclos, y sus perritos; déjome en blanco los necios cumplimientos que dijeron al señor de los días; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el concurso de tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo iba á mudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano. Vengamos al caso: dieron las cuatro, y nos hallamos solos los convidados. Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía divertirnos tanto, gran conocedor de esta clase de convites, había tenido la habilidad de ponerse malo aquella mañana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido para otro convite; y la señorita que tan bien había de cantar y tocar estaba ronca en tal disposición que se asombraba ella misma de que se la entendiese una sola palabra, y tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!
«Supuesto que estamos los que hemos de comer, exclamó don Braulio, vamos á la mesa, querida mía.--Espera un momento, le contestó su esposa casi al oído, con tanta visita yo he faltado algunos momentos de allá dentro y...--Bien, pero mira que son las cuatro...--Al instante comeremos...». Las cinco eran cuando nos sentábamos á la mesa.
«Señores, dijo el anfitrión al vernos titubear en nuestras respectivas colocaciones, exijo la mayor franqueza; en mi casa no se usan cumplimientos. ¡Ah, Fígaro! quiero que estés con toda comodidad; eres poeta, y además estos señores, que saben nuestras íntimas relaciones, no se ofenderán si te prefiero; quítate el frac, no sea que le manches.--¿Qué tengo de manchar? le respondí, mordiéndome los labios.--No importa, te daré una chaqueta mía, siento que no haya para todos.--No hay necesidad.--¡Oh! sí, sí, ¡mi chaqueta! Toma, mírala: un poco ancha te vendrá.--Pero, Braulio...--No hay remedio, no te andes con etiquetas»; y en esto me quita él mismo el frac, _velis_, _nolis_, y quedo sepultado en una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y la cabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Díle las gracias: al fin el hombre creía hacerme un obsequio.
Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de tener una mesa regular, y estar cómodos todos los días del año, es pensar en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que, se había creído capaz de contener catorce personas que éramos una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio lado como quien va á arrimar el hombro á la comida, y entablaron los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más fraternal inteligencia del mundo. Colocáronme por mucha distinción entre un niño de cinco años, encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar á cada momento porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven adlátere, y entre uno de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya corpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en que se hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja. Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas á la verdad, porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadas por todos aquellos buenos señores á los ojales de sus fraques como cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.