Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 8
¿Qué cosa es un _ridículo que se echa uno encima_? ¿Se usa en castellano como sustantivo la voz _ridículo_, ni quiere decir nada usado de esta manera? Si los jóvenes que se dedican á la literatura estudiasen más nuestros poetas antiguos, en vez de traducir tanto y tan mal, sabrían mejor su lengua, se aficionarían más de ella, no la embutirían de expresiones exóticas no necesarias, y serían más celosos del honor nacional.
_El bachiller_
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CARTA SEGUNDA ESCRITA Á ANDRÉS POR EL MISMO BACHILLER
¡Qué país, Andrés, el de las Batuecas! ¡Cuánto no promete! ¿De mi amistad exiges que siga poniendo en tu noticia lo que de este extraordinario suelo pueda alcanzar á tener? ¿Gustóte mi primera epístola? Juro en buena hora mi honor, y ya sabes que este juramento es en estos tiempos y en las Batuecas cosa seria y sagrada, juro por mi honor, digo, que no tengo de parar hasta que tanto sepas en la materia como yo.
De poco te asombras, querido amigo: nada es lo que he dicho en comparación de lo que me queda que decir. Te dije que no se leía ni se escribía. ¿Cuál será tu asombro y tu placer cuando te pruebe que tampoco se habla? ¿No puedes concebir que llegue á tanto la moderación de este inculto país? ¿Y por eso le llaman inculto? ¡Hombres injustos! Llamáis á la prudencia miedo, á la moderación apocamiento, á la humildad ignorancia. Á toda virtud habéis dado el nombre de un vicio.
¿Puede haber nada más hermoso ni más pacífico que un país en que no se habla? Ciertamente que no, y por lo menos nada puede haber más silencioso. Aquí nada se habla, nada se dice, nada se oye.
¿Y no se habla, me dirás, porque no hay quien oiga, ó no se oye porque no hay quien hable? Cuestión es ésa que dejaremos para otro día, si bien cuestiones andan en esos mundos decididas, acreditadas y creídas más paradójicas que ésta. Empero conténtate por ahora con saber que no se habla: costumbre antigua tan admitida en el país, que para ella sola tienen un refrán que dice: «Al buen callar llaman Sancho»; y no necesito decirte la autoridad que tiene en las Batuecas un refrán, y más un refrán tan claro como este.
Llégome á una concurrencia. «Buenos días, don Prudencio; ¿qué hay de nuevo?--Tsí, calle usted, me dice con un dedo en los labios.--¿Que calle?--Tsí; y se vuelve á mirar en derredor.--Hombre, si yo no pienso decir nada malo.--No importa, calle usted. ¿Ve usted aquel embozado que escucha?... Es un esp... un sop...--¡Ah!--Que vive de eso.--¿Y se vive de eso en las Batuecas?--Ése es un hombre que vive de lo que otros hablan, y como ese hay muchos; así que todos estamos reducidos aquí á no hablar; mírenos usted oscuramente envueltos en nuestras capas, hablando por dentro del embozo, desconfiando de nuestros padres y nuestros hermanos... Parece que hemos cometido todos ó vamos á cometer algún delito.. Imite usted nuestro ejemplo, que en ello le va más de lo que le parece».
¿Hay cosa más rara? ¡Un hombre que vive de lo que otros hablan! ¿Y dicen que los batuecos no son industriosos para vivir?...
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Va á edificarse un monumento que podrá dar gloria á las Batuecas; el plan es colosal, la idea magnífica, la ejecución asombrosa; pero hay un defecto, un defecto también colosal: me apresuro: yo le haré conocer, yo le haré desaparecer. «Señor don Timoteo, traigo un artículo para usted: insértemele usted en su miscelánea.--¡Ah! ¿Esto? Es imposible.--¡Imposible!». Y me añade al oído: «Usted no sabe que el sugesto que ha propuesto el plan se llama D.Y.Z.--Bien pudiera llamarse así ese sugesto y corregirse el defecto.--Pero es pariente del señor...--¿Y no pudiera seguir siendo su pariente después de desaparecer el defecto?--Cierto; no me entiende usted; es mal enemigo, y no me atrevo á insertarlo».
¡Oh inagotable capítulo de las consideraciones! Por todos lados adonde nos volvamos para marchar encontramos con la pared. ¡Qué de elogios no merece esta noble moderación, este respeto á las personas que pueden entre los batuecos!
Encuéntrome con un escritor público. «Señor bachiller, ¿qué le parecen á usted mis escritos?--Hombre, me parece que no hay nada que pedirles, porque nada tienen.--¡Siempre ha de decir usted cosas!...--¡Y usted nunca ha de decir cosas! ¿Por qué no fulmina usted el anatema de la crítica contra ciertas obras que inundan?--¡Ay, amigo! Los autores han descubierto el gran secreto para que no les critiquen sus obras. Zurcen un libro. ¿Son vaciedades? No importa. ¿Para qué son las dedicatorias? Buscan un nombre ilustre, encabezan con él su mamotreto, dicen que se lo dedican, aunque nadie sepa lo que quiere decir eso de dedicar un libro que uno hace á otro que nada tiene de común con el tal libro, y con este talismán caminan seguros de ofensas ajenas. Ampáranse como los niños en las faldas de mamá para que papá no los pegue. ¿Por qué no pinta usted el desorden de nuestras costumbres y de nuestras...--¡Ah! ¿No conoce usted el país? ¿Yo satírico? ¡Si tuviera el vulgo la torpeza de entender las cosas como se dicen! Pero es tanta la penetración de estos batuecos, que adivinan el original del retrato que usted no ha hecho. Dice usted que es ridículo el ser un _calzonazos_; y que es un pobre hombre todo Juan Lanas, y sale un importante de estos que á costa de tener reputación se conforman con tenerla mala, y exclama á voces: ¡Señores! ¿Saben ustedes quién es ese Juan Lanas de quien habla el satírico? Ese Juan Lanas soy yo: porque para eso de entender alusiones no hay hombres como los batuecos.--Hombre, ¿qué ha de ser usted? Si el autor no le conoce siquiera...--No importa; apuesto mi cabeza á que soy yo; y os pone un cartel de desafío, y no hay sino dejaros matar porque él es un necio.--¿Quién es aquella _sultana del Oriente_? le dicen á usted.--Cualquiera que se halle en ese caso, responde usted.--¡Picarillo! le reponen; sí, á mí con ésas... Ésa es la X***. Como si no hubiera más que una en Madrid.--Agregue usted á esto que la naturaleza reparte sus dones con economía, y dando fuerzas á aquel á quien negó el talento, corre el satírico gran riesgo en las Batuecas de que su cabeza se encuentre en el mismo camino de un garrote, encuentro siempre que puede traer peores consecuencias para la primera que para el segundo.--Bien, pues no sea usted satírico: sea usted justo no más. Cuando representan pésimamente una comedia cuando cantan rabiando una ópera, cuando es la decoración mezquina, ¿por qué no levanta su voz?--Con gente del teatro nunca se las haya usted. Cervantes lo dijo. Nunca les falta algún campeón que defenderá su pleito, campeón formidable. Además es ese un teclado en que no se ve más que el exterior: nunca se sabe quien le toca; detrás del retablo y de esas figuritas de pasta de Gaiferos y los moros, debajo del parche de Maese Pedro está Ginesillo de Pasamonte que los mueve: ¡ay! no tome usted la defensa de la infeliz Melisendra, no desbarate las figuras, que si la mona se escapa al tejado, se rompe la ilusión, si destroza las muñecas, las pagará caras. Ésa es, en fin, materia sagrada, y _nadie las mueva, que estar no pueda con Roldán á prueba_.--Pero, señor, nunca se ha ahorcado á nadie por decir que fulano es mal cómico.--Lo que se ha hecho, señor bachiller, y lo que se hará, mejor se está callado.--Se reclama, se apela...--Señor Munguía, quiero contarle á usted un cuentecillo, y es caso ocurrido no ha muchos meses en un lugarcito de las Batuecas.
«Corríanse un día novillos, y contra la costumbre establecida en esos pueblos de salir enmaromado el animal, bien como debían andar por el mundo muchos animales de asta que yo conozco para que no hicieran daño, hubieron de determinarse á dejarle suelto por las calles. Capeábanle los mozos alegremente, y fué el caso que uno de ellos, más valentón que sus compatriotas, en vez de sortear al novillo se dejó sortear por él; notable equivocación: enganchóle el asta retorcida de la faja que en la cintura traía, y aun no se sabe cuáles hubieran sido las vicisitudes del jaque á no haber acudido en su auxilio dos primos suyos, movidos de aquel impulso natural que todos tenemos de amparar á los que andan enredados con los animales cornudos. Soltáronle en efecto. Pero como quiera que los novillos no valgan nada cuando no hacen algunas de las suyas, amotinóse en la plaza la parcialidad contraria á nuestro jaque, clamando que para eso no se sacaba al novillo, y que el que no supiese torear la pagase, y que había sido una mala partida meterse entre dos que riñen á su salvo: que aquello de ayudar al capeador había sido una alevosía contra el toro; y aun es fama que alguno de los más leídos, que debía ser sobrino del cura, trató aquello de traición semejante á la de Beltrán Claquín, como le llama nuestro Mariana, cuando volviendo lo de abajo arriba dijo en Montiel: _Ni quito ni pongo rey._ Como quiera que fuese, creció la zambra, enronqueciéronse las voces, alzáronse los palos, y no se sabe en qué hubiera parado aquella nueva discordia de Agramante, á no haberse aparecido en medio de la confusión la divina Astrea, disfrazada en figura de alcalde, que el mismo diablo no la conociera, con medio pino en la mano en vez de balanza y sin venda, porque es sabido que el que no ve con los ojos abiertos, excusa tapárselos para no ver; y á su decisión prometieron resignarse todos. Alegaron las partes, escuchólas á entrambas aquel rústico Laín Calvo, que fué milagro que se cansó en oírlas para sentenciar (aunque hay quien asegura que se durmió mientras hablaron), y dijo en conclusión alzando la voz estentórea: «Señores, por la vara que tengo en la mano, y tenía el tal medio pino que llevamos referido, juro á bríos que me he enterado, aunque me esté mal el decirlo: y condeno á los dos primos á una multa para mis urgencias, es decir, para las urgencias de la justicia, que soy yo, por haber quitado la acción al animal; y declaro que en lo sucesivo nadie sea osado á ayudar en función de esta clase á ningún mozo, por lo menos hasta después de la primera embestida, porque el primer golpe es de derecho del toro, y nadie se lo puede quitar. Y Dios sea con todos». Con cuya decisión debió quedar el pueblo sosegado y usted convencido. ¿Me ha entendido usted, señor bachiller? Pregúntolo porque, si no me ha entendido ahora, excusa hacer más preguntas, que ya nunca me entenderá.
«Así, pues, líbrese de la primera embestida, y no lo deje para la segunda; y desengáñese, que en las Batuecas si nos quita el adular, nos quita el vivir; es preciso contentarse con decir en todo papel impreso, que la comedia estuvo de lo lindo; que todos los actores, incluso los que no la representaron, se sobrepujaron á sí mismos, que es frase que quiere decir mucho aunque no hay un cristiano que la entienda; que la decoración fué cosa exquisita; que el público anduvo acertado en aplaudirla; que la invención última es el _summum_ del saber humano; que el edificio y que la fuente, y que el monumento son otras tantas maravillas; que aquella otra cosa está planteada sobre las bases más sólidas y los auspicios más felices; que la paz y la gloria, y la dicha y el contento llegaron á su colmo; que el cólera no viene á las Batuecas porque describe triángulos acutángulos, y es cosa averiguada que todo el que describe esta figura al andar no puede pasar de cierto punto; entreverar un articulejo de volapiés, que esto á nadie ofende sino al toro; ingerir tal cual examen analítico de la obra última entre si diré, si no diré lo que hay en la materia, tal cual anacreóntica, donde se le digan á Filis cuatro frioleras de gusto, con su poco de acertijo, y algún sonetuelo de circunstancias, que es cosa que sabe como cada fruta en su tiempo, y en las demás materias ¡chitón! que las noticias no son para dadas, la política no es planta del país, la opinión es solo del tonto que la tiene, y la verdad estése en su punto. Además de que la lengua se nos ha dado para callar, bien así como se nos dió el libre albedrío para hacer solo el gusto de los demás, los ojos para ver solo lo que nos quieran enseñar, los oídos para solo oir lo que nos quieran decir, y los pies para caminar adonde nos lleven.
«Y á alguno conozco yo, señor bachiller, que argüía á uno de estos que pregonan la felicidad presente; y arguyéndole con ejemplos bien palpables, le repetía á cada punto: ¿Con que estamos bien? Á lo que, le fué respondido como respondió Bossuet al jorobado: «Para batuecos, amigo mío, no podemos estar mejor».
Así ves, Andrés mío, á los batuecos, á quienes una larga costumbre de callar ha entorpecido la lengua, no acertar á darse mutuamente los buenos días, tener miedo pazguatos y apocados á su propia sombra cuando se la encuentran á su lado en una pared, y guardándose consideraciones á sí mismos por no hacerse enemigos, sucediéndoles precisamente que se mueren de miedo de morirse, que es la especie de muerte más miserable de que puede hombre morir. Bien como le sucedió á un enfermo á quien un médico brusista había mandado no comer si quería evitar la muerte, que comiendo, según decía, le amenazaba; el cual á poco tiempo de este régimen dietético se murió de hambre.
Por lo demás, querido Andrés, te confieso que trae muchas ventajas el no hablar, y no quiero citarte para convencerte entre otros ejemplos sino el pícaro resultado y la larga cola, que más bien parece maza que cola, que nos han traído aquellas palabras que se hablaron en los principios del mundo, esto es, las que dijo á Eva la serpiente acerca del asunto de la manzana: trance primero en que empezó ya á hacer la lengua de las suyas, y á dar á conocer para qué había de servir en el mundo. Sin lengua, ¿qué sería, Andrés, de los chismosos, canalla tan perjudicial en cualquiera república bien ordenada? ¿qué de los abogados? Ni existiera sin lengua la mentira, ni hubiera sido precisa la invención de la mordaza, ni entrara nunca el pecado por los oídos, ni hubiera murmuradores ni bachilleres, que son el gusano y polilla de todo buen orden. Con lo cual creo haberte convencido de otra ventaja que llevan los batuecos á los demás hombres, y de qué cosa sea tan especial el miedo, ó llámese la prudencia, que á tal silencio los reduce. Te diré más todavía: en mi opinión no habrán llegado al colmo de su felicidad mientras no dejen de hablar eso mismo poco que hablan, aunque no es gran cosa, y semeja solo al suave é interrumpido murmullo del viento cuando silba por entre las ramas de los cipreses de un vasto cementerio; entonces gozarán de la paz del sepulcro, que es la paz de las paces. Y para que veas que no es solo Dios el que desapruebe el hablar demasiado, como arriba llevo apuntado, te traeré otra autoridad recordándote al famoso filósofo griego (y no me hagas gestos al oir esto de filósofo), que enseñaba á sus discípulos por espacio de cinco años á callar antes de enseñarles ninguna otra cosa, que fué idea peregrina, y sería aquella cátedra lo que habría que oir, de donde concluyo, porque me canso, que cada batueco es un Platón, y no me parece que lo ha encarecido poco tu amigo el bachiller.
P.D. Se me olvidaba decirte que á mi última salida de las Batuecas se susurraba que hablaban ya. ¡Pobres batuecos! ¡Y ellos mismos se lo creían!
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MANÍA DE CITAS Y DE EPÍGRAFES
Hombres conocemos para quienes sería cosa imposible empezar un escrito cualquiera sin echarle delante, á manera de peón caminero, un epígrafe que le vaya abriendo el camino, y salpicarlo todo después de citas latinas y francesas, las cuales, como suelen ir en letra bastardilla, tienen la triple ventaja de hacer muy variada la visualidad del impreso, de manifestar que el autor sabe latín, cosa rara en estos tiempos en que todo el mundo lo aprende, y de probar que ha leído los autores franceses, mérito particular en una época en que no hay español que no trueque toda su lengua por un par de palabritas de por allá. Nosotros, como somos tan bobalicones, no sabemos á qué conducen los epígrafes, y quisiéramos que nos lo explicasen, porque en el ínterin que llega este caso, creemos que el pedantismo ha sido siempre en todas las naciones el precursor de las épocas de decadencia de las letras. Verdad es que estamos muy seguros de que no ha de ir á menos nuestra literatura; esto es en realidad caso tan imposible como caerse una cosa que está caída; pero por eso mismo no quisiéramos tener los síntomas de una enfermedad, cuyo único y verdadero antídoto acertamos á poseer.
Si el autor que escribe dice una verdad, y sienta una idea luminosa, no sabemos qué más valor le han de dar _los pocos sabios que en el mundo han sido_ reunidos en su apoyo, y si su aserción es falsa, ó sienta una idea despreciable, no consideremos que haya Horacio ni Aristóteles capaz de disculpar su tontería. Agrégase á esto, que por lo regular suele tergiversarse el sentido de los autores pasados para acomodar su texto á nuestra idea, á veces en materias cuya posible existencia ni siquiera sospechó la docta antigüedad.
Verdad es que el vulgo, que ignora la lengua en que se le trae la cita, suele quedar deslumbrado. Éste es el origen del aplauso y de la algazara que se arma en el teatro siempre que un autor, conocedor del corazón humano, ingiere en su drama uno ó muchos latines, ó palabras técnicas y científicas que entienden pocos; cada cual se apresura á reirse para que no piense el que tiene al lado que no ha entendido toda la picardía de aquella palabra. Tal es la condición de nuestra pueril vanidad. Sucede también que se lee con desprecio ó indiferencia á un autor moderno, y solo se le empieza á respetar desde que se ve la autoridad del antiguo, como si estos hombres con quienes se vive diariamente no fuesen capaces de decir por sí solos cosa alguna que valga la pena de ser leída, porque está probado que no hay cosa para ser tenido en mucho como morirse, á lo cual se agrega que el vulgo ignora cuán fácil es encontrar en el día textos para todo, y que es más difícil tener mucho saber que aparentarlo. Todo esto es verdad, y es lo único que en apoyo de las citas y epígrafes encontramos; pero el hombre verdaderamente superior desprecia estas vulgaridades.
Nosotros, que no somos hombres superiores, ni nos creemos vulgo, tomaremos de buena gana un medio igualmente apartado de ambos extremos, y desearíamos que, más celosos de nuestro orgullo nacional, no fuésemos por agua á los ríos extranjeros teniéndolos caudalosos en nuestra casa. Cansados estamos ya del _utile dulci_ tan repetido, del _lectorem delectando_, etc., del _obscurus fio_, etc., del _parturiens montes_, del _on sera ridicule_, etc., del _C'est un droit qu'à la porte_, etc., y de toda esa antigua retahila de viejísimos proverbios literarios desgastados bajo la pluma de todos los pedantes, y que, por buenos que sean, han perdido ya para nuestro paladar, como manjar repetido, toda su antigua novedad y su picante sainete.
_Creemos que casi todo está dicho y escrito en castellano._ No atreviéndonos, pues, á desterrar del todo esta manía, porque el vulgo no crea que sabemos menos, ó tenemos menos libros que nuestros hermanos en Apolo, traeremos siempre en nuestro apoyo autoridades españolas, que no nos han de faltar aunque tratásemos de poner á cada artículo siete epígrafes y cincuenta citas, como lo hacía cierto Duende satírico de pícara recordación, que algunas veces se las hemos contado; de suerte que no había modo de entrar á sus cuadernos sino atropellando á una infinidad de varones respetables que le esperaban al pobre lector á la puerta, como para darle una cencerrada al ver donde se metía.
Sin embargo, por si el público curioso dudase de nuestra mucha latinidad y de nuestros adelantamientos en la lengua francesa, nos reservamos el derecho de darle al fin de la publicación de nuestros números, si lo creyésemos conducente para nuestra buena opinión, una listita de los epígrafes y citas más ó menos oportunas que hubiéramos podido usar en el discurso de nuestras habladurías, lo cual podremos hacer cómodamente, aun sin saber mucho latín ni francés, con solo echarnos á copiarlos de los libros y papeles que andan impresos, que cada uno trae por lo menos en su frontis su epígrafe, que le viene bien, además de muchas citas en el discurso de la obra, que le vienen mal, y de otras que de ninguna manera le vienen ni bien ni mal.
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EL CASARSE PRONTO Y MAL
Así como tengo aquel sobrino de quien he hablado en mi artículo de empeños y desempeños, tenía otro, no hace mucho tiempo, que en esto suele venir á parar el tener hermanos. Éste era hijo de una mi hermana, la cual había recibido aquella educación que se daba en España no hace ningún siglo: es decir, que en casa se rezaba diariamente el rosario, se leía la vida del santo, se oía misa todos los días, se trabajaba los de labor, se paseaba las tardes de los de guardar, se velaba hasta las diez, se estrenaba vestido el domingo de Ramos, y andaba siempre señor padre, que entonces no se llamaba _papá_, con la mano más besada que reliquia vieja, y registrando los rincones de la casa, temeroso de que las muchachas, ayudadas de su cuyo, hubiesen á las manos algún libro de los prohibidos, ni menos aquellas novelas que, como solía decir, á pretexto de inclinar á la virtud, enseñan desnudo el vicio. No diremos que esta educación fuese mejor ni peor que la del día; sólo sabemos que vinieron los franceses, y como aquella buena ó mala educación no estribaba en mi hermana en principios ciertos, sino en la rutina y en la opresión doméstica de aquellos terribles padres del siglo pasado, no fué necesaria mucha comunicación con algunos oficiales de la guardia imperial para echar de ver que si aquel modo de vivir era sencillo y arreglado, no era sin embargo el más divertido. ¿Qué motivo habrá efectivamente que nos persuada que debemos en esta corta vida pasarlo mal, pudiendo pasarlo mejor? Aficionóse mi hermana de las costumbres francesas, y ya no fué el pan pan, ni el vino vino: casóse, y siguiendo en la famosa jornada de Vitoria la suerte del tuerto Pepe Botellas, que tenía dos ojos muy hermosos y nunca bebía vino, emigró á Francia.
Excusado es decir que adoptó mi hermana las ideas del siglo; pero como esta segunda educación tenía tan malos cimientos como la primera, y como quiera que esta débil humanidad nunca sepa detenerse en el justo medio, pasó del Año cristiano á Pigault Lebrun, y se dejó de misas y devociones, sin saber más ahora por qué las dejaba que antes por qué las tenía. Dijo que el muchacho se había de educar como convenía; que podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese á las manos, y qué sé yo qué más cosas decía de la ignorancia y del fanatismo, de las luces y de la ilustración, añadiendo que la religión era un convenio social en que sólo los tontos entraban de buena fe, y del cual el muchacho no necesitaba para mantenerse bueno; que _padre_ y _madre_ eran cosa de brutos, y que á _papá_ y _mamá_ se les debía tratar de _tú_, porque no hay amistad que iguale á la que une á los padres con los hijos (salvo algunos secretos que guardarán siempre los segundos de los primeros, y algunos soplamocos que darán siempre los primeros á los segundos): verdades todas que respeto tanto ó más que las del siglo pasado, porque cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara.
No es necesario decir que el muchacho, que se llamaba Augusto, porque ya han caducado los nombres de nuestro calendario, salió despreocupado, puesto que la despreocupación es la primera preocupación de este siglo.