Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 10
«Ustedes harán penitencia, señores, exclamó el anfitrión una vez sentado; pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys»; frase que creyó preciso decir. Necia afectación es ésta, si es mentira, dije yo para mí; y si es verdad, gran torpeza convidar á los amigos á hacer penitencia. Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en aquella expresión más verdad de la que mi buen Braulio se figuraba. Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y recibir cada plato nos aburrimos unos á otros. «Sírvase usted.--Hágame usted el favor.--De ninguna manera.--No lo recibiré.--Páselo usted á la señora.--Está bien ahí.--Perdone usted.--Gracias.--Sin etiqueta, señores», exclamó Braulio, y se echó el primero con su propia cuchara. Sucedió á la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias de este engorrosísimo, aunque buen plato; cruza por aquí la carne; por allá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por derecha; por medio el tocino; por izquierda los embuchados de Extremadura: siguióle un plato de ternera mechada, que Dios maldiga, y á éste otro y otros y otros; mitad traídos de la fonda, que esto basta para que excusemos hacer su elogio, mitad hechos en casa por la criada de todos los días, por una vizcaína auxiliar tomada al intento para aquella festividad y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debe estar en todo, y por consiguiente suele no estar en nada.
«Este plato hay que disimularle, decía ésta de unos pichones; están un poco quemados.--Pero, mujer...--Hombre, me aparté un momento, y ya sabes lo que son las criadas.--¡Qué lástima que este pavo no haya estado media hora más al fuego! se puso algo tarde.--¿No les parece á ustedes que está algo ahumado este estofado?--¿Qué quieres? Una no puede estar en todo.--¡Oh, está excelente, exclamábamos todos dejándonoslo en el plato; excelente!--Este pescado está pasado.--Pues en el despacho de la diligencia del fresco dijeron que acababa de llegar; ¡el criado es tan bruto!--¿De dónde se ha traído este vino?--En eso no tienes razón, porque es...--Es malísimo». Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas furtivas del marido para advertirle continuamente á su mujer alguna negligencia, queriendo darnos á entender entrambos á dos que estaban muy al corriente de todas las fórmulas que en semejantes casos se reputan en finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca han de aprender á servir. Pero estas negligencias se repetían tan á menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fué preciso al marido recurrir á los pellizcos y á los pisotones; y ya la señora, á duras penas había podido hacerse superior hasta entonces á las persecuciones de su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos. «Señora, no se incomode usted por eso, le dijo el que á su lado tenía.--¡Ah! les aseguro á ustedes que no vuelvo á hacer estas cosas en casa; ustedes no saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos á la fonda y no tendrás...--Usted, señora mía, hará lo que...--¡Braulio! ¡Braulio!». Una tormenta espantosa estaba á punto de estallar; empero todos los convidados á porfía probamos á aplacar aquellas disputas, hijas del deseo de dar á entender la mayor delicadeza, para lo cual no fué poca parte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió de nuevo á la concurrencia acerca de la inutilidad de los cumplimientos, que así llama él al estar bien servido y al saber comer. ¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales? ¿que para obsequiarle le obligan á usted á comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer su gusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los días de días?
Á todo esto, el niño que á mi izquierda tenía hacía saltar las aceitunas á un plato de magras con tomate, y una vino á parar á uno de mis ojos, que no volvió á ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, ó sea gallo, que esto nunca se supo, fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas. «Este capón no tiene coyunturas», exclamaba el infeliz sudando y forcejeando, más como quien cava que como quien trincha. ¡Cosa más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido, pareció querer tomar su vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó en el mantel tranquilamente como pudiera en un palo de un gallinero.
El susto fué general y la alarma llegó á su colmo cuando un surtidor de caldo, impulsado por el animal furioso, saltó á inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente á este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que tiene á la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, á dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas, al volverse tropieza con el criado que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión. «¡Por san Pedro!», exclama dando una voz Braulio, difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de su esposa. «Pero sigamos, señores, no ha sido nada», añade volviendo en sí.
¡Oh honradas casas donde un modesto cocido y un principio final constituyen la felicidad diaria de una familia, huid del tumulto de un convite de días! Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos.
¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí las hay para mí, infeliz! Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir á los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; don Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin, ¡oh última de las desgracias! crece el alboroto y la conversación, roncas ya las voces piden versos y décimas y no hay más poeta que Fígaro. «Es preciso.--Tiene usted que decir algo, claman todos.--Désele pie forzado, que diga una copla á cada uno.--Yo le daré el pie: _Á don Braulio en este día_.--Señores, ¡por Dios!--No hay remedio.--En mi vida he improvisado.--No se haga usted el chiquito.--Me marcharé.--Cerrar la puerta.--No se sale de aquí sin decir algo». Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la bulla y el humo y el infierno.
Á Dios gracias logro escaparme de aquel nuevo _Pandemonio_. Por fin, ya respiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, ya no hay castellanos viejos á mi alrededor.
¡Santo Dios, yo te doy gracias, exclamo respirando, como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros, y que oye ya apenas sus ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, ni honores; líbrame de los convites caseros y de días de días; líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento, en que sólo se pone la mesa decente para los convidados, en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones, en que se hacen finezas, en que se dicen versos, en que hay niños, en que hay gordos, en que reina en fin la brutal franqueza de los castellanos viejos! Quiero que, si caigo de nuevo en tentaciones semejantes, me falte un _roastbeef_, desaparezca del mundo el _beefsteak_, se anonaden los timbales de macarrones, no haya pavos en Perigueux, ni pasteles en Perigord, se sequen los viñedos de Burdeos, y beban, en fin, todos menos yo la deliciosa espuma del champagne.
Concluida mi deprecación mental, corro á mi habitación á despojarme de mi camisa y de mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres, ni la misma delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome y vuelvo á olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que piensan que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse mutuamente para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación de incomodarse, y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose tal vez verdaderamente.
REFLEXIONES ACERCA DEL MODO DE RESUCITAR EL TEATRO ESPAÑOL
Hase apoderado hoy la murria de nosotros: no espere, pues, el lector donaires ni chanzonetas; nos hallamos en uno de aquellos momentos de total indolencia y de _qué se me da á mí_, á que está por desgracia demasiado sujeta esta miserable humanidad, que sobre sí acarrea nuestro flaco espíritu á la otra vida, según la más recibida opinión. ¿Serán influencias de algún astro maligno que gravite sobre nosotros? Pero ésta es creencia antigua, porque también las creencias caducan y pasan; los modernos no creen en influencias. ¿Será el famoso _spleen_? Bien podrá ser, porque esto es más de moda en un tiempo en que es de buen tono la melancolía y la displicencia. ¿Estaremos acaso acometidos de algún acceso de tétrico sentimentalismo? Pues á fe de habladores, ni hemos estado luchando con las sombras ensangrentadas de Zaragoza, ni salimos de la representación de ningún melodrama traducido del francés.
¿Será el mismo asunto que para el artículo de hoy hemos escogido? Á la verdad no hay astro, ni sombra, ni melodrama que pueda influir en nosotros de una manera más triste. Literatos somos, mal que le pese á Minerva, y poetas de por acá: si esto no es bastante á teñir de oscuro nuestras ideas, no habrá en el mundo un solo malhumorado que tenga verdadero motivo para estarlo.
Pasemos, en fin, á nuestro artículo, que es más arduo de lo que parece, por más que desconfiemos de que pueda nuestro corto talento presentar las ideas con todo aquel orden, claridad y elocuencia que de buena gana envidiamos á otros.
TEATROS
El atrevimiento que tomo de dar consejos sin ser llamado merece perdón; pues el negocio es común, todos tenemos licencia de hablar.
_Mariana. Hist. de Esp. Informe dado al rey por un prelado_
¿Qué ocasión mejor se nos ha presentado nunca, ni se nos puede volver á presentar jamás para reclamar una reforma radical en los teatros de nuestro país, que esta en que ha empezado á brillar para España una aurora más feliz, que promete por fin la realización de mil esperanzas justas, tantas veces desvanecidas? ¿Que esta en que nuestro sabio gobierno se pone decidida y enérgicamente á la cabeza de la nación, cuyo cuidado le está cometido para marchar hacia el bien? Ninguna. Aprovechemos este momento. Abramos los ojos sobre nuestra situación, y hagamos patentes nuestras razones con la sumisión de buenos vasallos, con la confianza de hombres que tienen un gobierno ilustrado. Digamos por fin cosas muchas veces dichas por personas muy superiores á nosotros, y constantemente desoídas por sugestos menos bien intencionados que nosotros.
No es éste el lugar ni la época ya de una larga disertación acerca del objeto de los teatros, y de las ventajas que bien dirigidos y administrados pueden reportar á una nación dispuesta á recibir la instrucción, y á un gobierno decidido á dársela. Demasiado conocido y sabido es por todos que, en el actual estado de sociedad que alcanzamos, esta que en sí no es más que una diversión, es una diversión indispensable; una diversión que dirige la opinión pública de las masas que la frecuentan; un instrumento del mismo gobernante, cuando quiere hacerle servir á sus fines; una distracción que evita que los ociosos turbulentos piensen y se ocupen en cosas peores; un morigerador, en fin, de las costumbres, que son en nuestra opinión el único apoyo sólido y verdadero del orden y de la prosperidad de un pueblo. Verdades de tanto bulto no serán ciertamente las que encontrarán en el día poderosos impugnadores. La luz de la verdad disipa por fin tarde ó temprano las nieblas en que quieren ocultarla los partidarios de la ignorancia; y la fuerza de la opinión, que pudiéramos llamar, mortalmente hablando, _ultima ratio populorum_, es á la larga más poderosa é irresistible que lo es momentáneamente la que se ha llamado _ultima ratio regum_.
Concedidas, no disputadas, por mejor decir, la necesidad y la utilidad del teatro, resta saber cuáles pueden ser los medios de hacerle prosperar.
¿Cuáles han sido los obstáculos que se han opuesto constantemente en este país á la realización de tan vasto proyecto?
La poca importancia que se ha creído siempre poder dar impunemente á este ramo los comprende todos. De aquí ha nacido el estado particular del teatro; la posición ridícula de los poetas, la situación deplorable de los actores. Cosas tan íntimamente unidas entre sí no se pueden separar sin perjuicio de todas. No basta que haya teatro; no basta que haya poetas; no basta que haya actores; ninguna de estas tres cosas puede existir sin la cooperación de las otras, y difícilmente puede existir la reunión de las tres sin otra cuarta más importante: es preciso que haya público. Las cuatro, en fin, dependen en gran parte de la protección que el gobierno les dispense.
Un público indiferente á las bellezas, heredero de una educación general mal entendida é instruido superficialmente, es el primer eslabón de esta miserable cadena. Cuando los poetas ven al público aplaudir dramas execrables, no sospechar siquiera la existencia de bellezas positivas, que tantas vigilias le han costado, no tarda en sucumbir y en repetir con Lope de Vega:
Puesto que el vulgo es quien las paga, es justo Hablarle en necio para darle gusto.
Los hombres no son más que hombres, y sería mucho exigir de la débil humanidad querer encontrar siempre en cada hombre un héroe dispuesto á sacrificar los aplausos justos ó injustos, al deseo de agradar á media docena de literatos cuya aprobación de gabinete no mete ruido. Cuando los poetas ven que falta en el auditorio ese orgullo nacional, capaz de hacer milagros donde quiera que exista; cuando oye aplaudir indistintamente las mezquinas traducciones extrañas á nuestras costumbres, y preferirlas acaso á las obras originales; cuando las ve pagar con tan poca diferencia, ¿qué mucho que no se canse en correr en pos de la perfección? ¡Cuánto más fácil es traducir en una semana una comedia que hacerla original en medio año! ¿Por qué ha de emplear tanto tiempo, tantos afanes por conseguir aquel mismo premio que en menos tiempo y con menos trabajo puede alcanzar? De aquí las miserables traducciones, de aquí la expulsión del buen género para hacer lugar al género charlatán que deslumbra con fáciles y sorprendentes golpes de teatro. De aquí la ausencia de caracteres, de pasiones y de virtudes, para sustituirles esos traidores falsos y eternos que hacen el mal para buscar el efecto, esos crímenes no justificados, y esos vicios asquerosos pintados de una manera todavía más asquerosa.
No se crea, sin embargo, porque hemos expuesto aquí estos descargos de los poetas, que los consideramos tan inocentes como los demás: nada de eso. Dentro de poco probaremos que, si bien éstas son disculpas, no son razones para seguir en el torpe camino en que se han encerrado; probaremos que si alguno debe obrar heroicamente es el poeta. Los poetas son hombres; pero si los hombres no han de ser héroes, y sobre todo ciertos hombres que se alimentan más que otros de gloria, ¿quiénes lo serán?
¿Qué no diremos de los actores? Si ven aprobado un traje inexacto sólo porque es ridículo, si oyen aplaudir un modo de decir falso sólo porque es exagerado, si ven desconocida á cada paso tal cual belleza que se les escapa, y bulliciosamente coronado de aplausos todo gesto innatural, todo ademán grotesco, ¿á qué se han de fatigar en buscar por senderos tortuosos una reputación, primer premio que anhelan, que á mucha menos costa y por cualquier camino se encuentran adquirida?
Otro tanto decimos de las empresas. Si una buena comedia cae al lado de un melodrama furibundo, si una mala traducción llena el teatro y sus arcas más veces que la obra original del ingenio, ¿se podrá exigir de una empresa que sacrifique sus caudales generosamente en beneficio del buen gusto, que tan pocos representantes tiene entre nosotros para agradecérselo? ¿Podremos pedirle que recompense más lo que menos le produce? Un delirio fuera exigir semejantes sacrificios.
El público es, pues, la primera causa del abatimiento de nuestra escena. Lo repetimos á voces: _instrucción_, _educación_ para este público; instrucción sana, sí, religiosa, morigerada, pero instrucción en fin. Los enemigos de la instrucción la han querido pintar siempre como perjudicial: ciertamente si es mal dirigida es un puñal en manos de un niño. Pero cuando está fundada en la religión, en la virtud y en la verdadera sabiduría, entonces no puede ser más que un bien para todos; entonces sólo puede conducir al hombre á conocer sus verdaderos intereses en sociedad, puesto que no puede vivir de otra manera. Si el interés de un hombre puede estar tal cual vez momentáneamente en contradicción con el bien en general, á la larga el interés de todos los hombres está en la virtud, en el orden. Esto es lo que sólo puede enseñar una sólida instrucción, que no se quede á medio camino: estamos seguros de que el interés es el gran móvil del hombre; toda la dificultad está en hacerle conocer cuál es su verdadero interés. Esto se lo proporciona la sólida instrucción, que es la única de que hablamos: en este caso ésta será en todo y por todo para el hombre el manantial de su felicidad.
Cuando el público verdaderamente instruido y educado conozca y aprecie todas las bellezas de las obras de imaginación, cuando su orgullo nacional, despertado de nuevo, le haga exigir de los ingenios originales trabajos dignos de consideración, á los cuales puedan ligarse recuerdos patrióticos, cuando esté en el camino del buen gusto, entonces él mismo formará á los actores, porque él es sólo quien puede formarlos. Entonces los autores escribirán con placer, los actores representarán con perfección, y las empresas recompensarán con generosidad. Entonces el mismo círculo vicioso, establecido en el día para el mal, se establecerá para el bien.
Ahora bien, si el público y su falta de instrucción es la primera causa del daño, ¿quién ha de instruirle? 1.º. Causas que no son de nuestra inspección; 2.º á falta ó en cooperación de éstas, los autores. Sí, estamos enredados en un verdadero laberinto de círculos viciosos; es preciso para salir de ellos que rompa alguno por medio: es preciso que alguno empiece sacrificando algo. ¡Unos por otros están las mejoras sin hacer! ¿Quién deberá, quién estará más obligado á dar principio á esta grande obra? Lo repetimos claramente, los poetas. Los que saben más tienen de ello más obligación. Los hombres de talento, los hombres extraordinarios[16] han sido los que en todas las naciones han dado siempre los primeros este primer impulso; por una parte los periódicos con su imparcialidad, por otro los autores con sus obras. La naturaleza, al concederles el inmenso privilegio de su superioridad, la incalculable influencia que ejerce el talento sobre el común de los hombres, no les dió arma tan poderosa para volverla contra sus altos fines, sino para contribuir al bien de la humanidad, para abrirle los primeros el camino. Esta obligación sagrada es la que no pueden echar en olvido sin cubrirse de ignorancia y de culpabilidad. Los hombres de talento son los que empiezan á instruir las naciones. ¿No tendremos ninguno entre nosotros? Salgan, pues, si los hay, y conquisten con su generosidad y su mérito el premio y el tributo de consideración que se les niega. ¡Triste verdad! Verdad es que necesitan algún apoyo. Empero verdad no hay más que hasta cierto punto. Mil caminos hay; si el más ancho, si el más recto no está expedito, ¿para qué es el talento? Tome los rodeos, y cumpla con su alta misión. En ninguna época, por desastrada que sea, faltarán materias para el hombre de talento; si no las tiene todas á su disposición, tendrá algunas. _¡No se puede decir! ¡No se puede hacer!_ Miserables efugios, tristes pretextos de nuestra pereza. ¿Son dobles los esfuerzos que se necesitan? Hacerlos. Doble será el premio que los espere, mayor la gloria que los corone. ¡Oh si nosotros pudiéramos lisonjearnos de ese talento superior! ni un momento vacilaríamos. Desgraciadamente no alcanzan nuestras fuerzas sino á decir verdades; si alcanzasen para remediarlas, no seríamos los últimos á dar el paso vencedor.
Hagan los poetas obras de mérito; el público las aprecia poco al principio; redoblen sus esfuerzos, y hagan ostentación de constancia, mañana las apreciará, y pasado mañana no podrá pasar sin ellas. ¿Ó pretendemos que antes de hacer nada nos traigan á nuestra casa la corona de la victoria? ¿Todo lo ha de hacer la protección? Haga algo el mérito, y obligará á que se le proteja. _¡No me protegen!_ clama la medianía. ¿Dónde está el mérito, pues, para protegerle? ¿Dónde los autores? ¿Dónde las obras[17]? ¿Quién le ha de proteger, si no existe, ó existe envilecido? Salgamos primero nosotros de nuestro envilecimiento y nos protegerán. Hagamos las obras y los protectores. Obliguémosles á que nos protejan, y nos lo deberemos todo á nosotros solos.
Cuando los poetas y la instrucción hayan formado el gusto del público, cuando éste haya formado á los actores, todos juntos formarán á las empresas, obligándolas á recompensar, porque entonces el mérito podrá imponerles la ley. Éste es el camino, el que estamos obligados á tomar, por lo mismo que no tenemos otro más cómodo ni más expedito.
Hecho esto, todavía quedarán por vencer algunos obstáculos, sin cuyo desvanecimiento aún les ha de costar trabajo á las empresas de teatros recompensar dignamente el mérito de cada uno en el grado que se merezca, y sostener este primer entusiasmo. Además, si al paso que los poetas hiciesen un esfuerzo tan heroico encontrasen algún auxilio superior, ¡cuánto más fácil y halagüeño sería el logro de nuestros deseos! Recordaremos, pues, ligeramente los demás medios que pueden contribuir á facilitar la prosperidad de los teatros, después de los dos agentes principales que dejamos indicados.
Pedimos en primer lugar para los poetas, sin miedo de parecer exigentes, lo que sólo ellos no tienen en la sociedad: el derecho de propiedad. «Repartiéronse mis vestiduras, y sobre mi túnica echaron suertes», puede exclamar el poeta con mucha razón, si se nos permite mezclar esta expresión sagrada entre nuestras habladurías.
En un país en donde las letras han sido casi siempre el recurso del que no ha tenido otro, y donde ha sido tan escasa la gloria que han alcanzado, parece que el premio debiera haber sido mayor; más por desgracia no han recibido ni premio[18] ni consideración.