Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 11

Chapter 114,088 wordsPublic domain

Ya en otro lugar dejamos enumerados algunos de los trabajos que esperan al vate en su aventurada carrera: efectivamente en ocasiones se le disputa hasta el derecho de ensayar y repartir sus papeles á los actores que más le convengan, que de todo hemos visto. Apláudese en fin. ¿Cómo se paga? ¿Quién valúa la cosa vendida? Sólo el comprador. ¿Cómo la premia? Á su arbitrio. ¿Se sabe lo que vale una comedia? ¿Se deduce su valor de lo que cuesta y de lo que produce? ¿Puede nunca reconocer el poeta más juez capaz de valuar su talento que el público bueno ó malo para quien escribe, ó el mismo gobierno asesorado de los inteligentes que para ello crea necesarios?

¿Puede oirse en paciencia que se hayan pagado de una vez con mil ó dos mil reales comedias que han producido por espacio de muchísimos años, que producen todavía y que producirán, Dios sabe hasta cuándo, tesoros á las empresas?

Nuestro ilustrado gobierno, que siempre ha manifestado en esta parte los mejores deseos, persuadido de la exactitud de estas reflexiones ú otras semejantes, conoció que el talento es una propiedad como otra cualquiera, y de mejor ley; propiedad que debe producir á su dueño en relación de su mérito. Con el objeto, pues, de desterrar tan ignominiosos abusos se formó y publicó en el año 1807, á propuesta del Exc.^{mo} ayuntamiento, cuyo celo hemos tenido ya ocasión de alabar en otra parte, un reglamento de teatros. En él se establecía el modo de pagar de una manera justa y equitativa. Un tanto por ciento era el premio establecido para las obras originales; de esta manera guardaba una proporción exacta con el mérito de la obra y con las facultades de la empresa, pues sólo pagaba ésta mucho cuando ganaba mucho. Desgraciadamente este reglamento se puede contar en el número de las cosas mandadas, pero no de las cumplidas, y nos hallamos en el año 32 peor que en el año 7; contratiempo y atraso debido tal vez á la sucesión de revoluciones que han afligido desde aquella época nuestro desventurado país.

No para aquí el desprecio de la propiedad. Los teatros de provincia se creen autorizados, representada una vez una comedia en Madrid, á sustraer copias fraudulentas, y á representarla en todas partes, muy persuadidos de que los autores no tienen derecho alguno á impedírselo, y clamando con la fábula: _¡Para mí los crió la Providencia!_ En el mismo reglamento, que tenemos á la vista, se establecía que los tales teatros pagasen al autor con arreglo á sus facultades, ni más ni menos que los de Madrid. Pero claman los actores: _¡La costumbre es ley!_ Bien haya la costumbre; podrá ser así, en cuyo caso no sospecho por qué han de ahorcar á los ladrones, siendo una costumbre tan antigua la de robar. En ese caso no se podrá corregir jamás ningún mal inveterado. ¡Mal haya si entendemos de qué manera una mala costumbre puede llegar á ser una buena ley! Pues porque es costumbre es preciso abolirla, que á no serlo excusáramos reclamar contra ello. Los abusos que existen son los que se han de desterrar, pues los que no existen no hay para qué.

Al llegar á este punto oímos á las empresas clamar: «¿Pagar más á los poetas, ni á los autores, ni á nadie? ¡Imposible! Si estamos...».

Lo sabemos, señores empresarios, y aquí entramos en otro abuso. Hemos pedido para los poetas la justicia que puede animarlos en sus tareas. Pidamos ahora para las empresas lo que de derecho les corresponde.

Apenas se pueden creer las cargas espantosas que sobre los infelices teatros gravitan. Dejemos á un lado un número considerable de asientos de todas clases que están obligados á dar de balde por otra costumbre tan de ley y tan buena como la que llevamos arriba citada; no hablemos de algunas consideraciones que con toda clase de gentes tienen que guardar; concretémonos á decir que pasan de cuatrocientos mil reales las sumas que en metálico tienen que satisfacer anualmente á un sinnúmero de establecimientos. Y para que no se crea que nuestra maledicencia ó nuestra parcialidad nos hacen hablar, copiemos aquí el artículo 3.º del capítulo 12, título 2.º del reglamento, propuesto por un ayuntamiento celoso, aprobado por un gobierno ilustrado, y sancionado por un soberano acreedor á nuestra gratitud.

«La junta propondrá á la piedad del rey algún arbitrio para la más pronta extinción de estas cargas, pues verdaderamente no hay relación ninguna entre los tres coliseos y los hospitales de Madrid, los frailes de San Juan de Dios, las niñas de San José y el hospicio de San Fernando. Éstos son los partícipes de una buena porción de sus productos, de que procede que los actores sean mal pagados, la decoración ridícula y mal servida, el vestuario impropio é indecente, el alumbrado escaso, la música pobre, y el baile pésimo ó nada. De aquí que los poetas, los artistas, los compositores que trabajan para la escena sean ruinmente recompensados, y por lo mismo se vean en ella las heces del ingenio. De aquí, finalmente, la mayor parte de la decadencia y lastimoso atraso de nuestros espectáculos».

¿Qué pudiéramos nosotros añadir á tan enérgico período? Pedimos, pues, para las empresas que se les desembarace de obstáculos y respetos inoportunos el camino de su especulación; que manden en lo suyo, como únicos dueños, mientras tengan las empresas. Esto bastará á dar al teatro un impulso incalculable. Entonces las empresas, desembarazadas y libres en sus operaciones, marcarán cada día con una mejora, recompensarán mejor á los actores, mezquinamente pagados, y á los poetas, de ninguna manera premiados.

Nada hemos dicho de las mejoras que caben en los actores, porque este mal ya promete quedar en gran parte remediado. El establecimiento de una escuela dramática dirigida por dos de nuestros mejores actores, bajo la inmediata protección de una reina que tanto bien ha venido á hacer á nuestro país, nos hace concebir esperanzas lisonjeras. Hasta ahora se ha creído que bastaba con tener memoria ó apuntador para ser cómico, y aun cómicos hemos conocido que por no saber leer se hacían leer por otros sus papeles para aprenderlos. ¿Dígannos si gentes de esta especie son las que pueden verter en la escena las bellezas que no saben ni leer, ni apreciar, y tomar, nuevos Proteos, la forma de todos los caracteres y genios posibles, y enseñar los buenos modales y las buenas costumbres? Nadie necesita hacer estudios más prolijos de la historia del hombre y del corazón humano si ha de ponerse la máscara de todas las pasiones, la apariencia de todas las épocas: nadie necesita tener mejor educación que un actor si ha de ser en las tablas modelo de ella.

¡Qué de pequeños obstáculos podríamos citar aún si nos lo permitiesen los límites que en nuestros folletos nos hemos impuesto! ¡Qué de cosas nos dejamos por decir! Bastaría sin embargo para obviar todos estos pequeños obstáculos que pasamos en silencio, la realización de las mejoras principales que hemos propuesto, y nosotros nos tendríamos con eso solo por muy felices. Desgraciadamente nuestras ideas pasarán como otras muchas que se dicen continuamente y no se oyen. Verdad es que son cosas que no se pueden acabar en un día, pero son cosas que nunca se verán acabadas si no se empiezan alguna vez.

Fórmese, pues, el público; y si otras causas no concurren, como es de desear, á esta instrucción general tan necesaria, tomen sobre sí los que escriben para él tan ardua empresa: más generosos que hasta ahora, no doblen la cerviz al mal gusto: den la ley, y no la reciban. Reconózcase la propiedad, y séalo el talento; descárguense los teatros de las inmensas cargas que los abruman; mejórense los actores, y prémiense generosamente. Vigile una censura juiciosa para que nuestra religión y nuestras leyes sean respetadas de los escritores, pero sin oponer obstáculos jamás á la representación de las obras inocentes. Entonces, nosotros lo afirmamos, entonces tendremos teatro español, entonces el suelo de los Lopes y Calderones, de los Tirsos y los Moretos, volverá á retoñar ingenios; entonces citaremos con orgullo una literatura nuestra y una diversión racional que tienen todos los países cultos, y que nosotros hasta ahora hemos dejado perecer al poderoso influjo de una infinidad de concausas ominosas.

Cuando empezamos nuestro número dijimos que creíamos que no se podía presentar ocasión más favorable para exponer á la luz del día estas ideas; ahora al concluirle añadimos que no pudiera ofrecerse mejor coyuntura para lograr su verificación. Nuestra reina, á quien tanto tenemos ya que agradecer, es quien nos inspira esta confianza: su protección decidida á todo lo bueno, un mes glorioso que puede contar más grandezas que tres siglos anteriores, cosas tan grandes que con sólo quererlas ha llevado á cabo, nos hacen esperar que esta reforma que proponemos, y que ofrece tantas dificultades menos, se deberá también algún día á su benéfico impulso.

En el ínterin nos contentamos con desearlo, y poner todos los medios que están á nuestro alcance para cooperar á tan grande obra, y concluimos como concluía don Gutierre de Cárdenas el parecer que dió á don Fernando el Católico.

«Éste, señor, es mi parecer: si acertado, sean á Dios las gracias; si contra el vuestro, merece perdón mi lealtad: lo que vos determináredes, eso será lo mejor y más acertado».

_El Bachiller._

NOTAS:

[16] Si esta verdad grandiosa necesitase pruebas, citaríamos solamente el nombre de Moratín. ¿Qué revolución hizo en nuestro teatro? Más había que mejorar que en el día. Por eso, después de él, pueden arrostrar las mejoras que faltan hombres que no sean Moratines, puesto que no sería fácil encontrar muchos en cada siglo.

[17] Ya en otro lugar hemos dicho que no contamos por nada una ó dos excepciones.

[18] Con gran dolor nuestro nos obliga el propio argumento de nuestro artículo á prescindir un momento de la gloria en favor del vil interés. Mucho tiempo hemos considerado si deberíamos hacer mérito del interés. Ciertamente que en un poema épico sería un pobrísimo episodio, y en una oda estaría tan mal colocado como el hospital en las Delicias. Pero en un papelucho de poco lucimiento y de menos provecho, en boca de un Hablador y de un Pobrecito, nos parece que está tan perfectamente _como una pedrada en el ojo de un boticario_, y no ignora el vulgo, en cuya boca anda este caritativo refrán, la exactitud de nuestra comparación. Maguer que pobrecitos bien traslucimos que los poetas que más gloria han alcanzado han comido, y no se nos diga que ésta es una paradoja. No pocas veces se complacía Homero en la descripción de los más suculentos banquetes; Horacio se burla amargamente de un mal convite. De nuestro Cervantes juramos que escribió con más que mediana hambre y apetito el capítulo de las bodas de Camacho. No hablemos de Anacreonte y de todos sus discípulos, porque sabido es que éstos han trocado siempre por una gota del zumo del Liéo todo el jugo que puede dar el arbusto de Dafne. Sabemos cuánto apreciaba nuestro Villegas el ruido de las castañas y el buen aloque, y en qué consideración tenía Baltasar de Alcázar la oronda morcilla, que nunca le dejó acabar su cuento. En fin, de los poetas bucólicos sabremos decir que no ha habido uno que no haya encumbrado á las nubes la dulce miel y la blanca leche. Así pues, sostendremos á la faz de los partidarios de la aérea fama póstuma, á quienes parezca mal la ruin dirección que toman nuestras habladurías, que si los grandes poetas no han escrito para comer, á lo menos han comido para escribir.

* * * * *

CARTA DE ANDRÉS NIPORESAS AL BACHILLER

Mi querido bachiller: todas tus cartas he recibido, y no he contestado á ninguna, merced á esta pereza del país que nos tiene á todos poco menos que dormidos; pero como quiera que me preguntes varias cosas que te puede ser de alguna satisfacción saber, iréte contestando parte por parte, ó como pueda, que ya sabes que en punto á coordinar mis ideas no soy fuerte, y en punto á expresarlas, soy flojo. En cambio de las buenas prendas lógicas y oratorias que me faltan, encontrarás en mí una buena fe á prueba del siglo XIX, más que mediana inocencia, sana intención, y lo que vale más que todo, un respeto, que te ha de asombrar, á todas las cosas, y un miedo, que habrás de conocer por muy saludable, á todas las personas.

Pongo párrafo aparte para elogiarte mi desconfianza, porque lo merece: ésta es tal, que desde pequeñito dieron en llamarme por apodo _Niporesas_; apodo que pasó á ser apellido, así como hay apellidos que pasan á ser apodos. Todo el mal de mi desconfianza está en vivir yo más de lo pasado que en lo presente: es el caso que he sido tonto, lo cual no es poca fortuna, porque hay otros que lo son todavía, y muchísimos que lo serán hasta que se mueran; he sido tonto, es decir, que me han engañado muchas veces: de aquí procede que en el día estoy reducido á no creer más que en Dios, porque en cuanto á creer en los hombres me voy con muchísimo tiento. Dejemos esto aquí, porque la materia es resbaladiza, y no quisiera que dieran tormento á lo que escribo.

Mucho me agrada cuanto me dices acerca de las Batuecas; son efectivamente muchas las ventajas que llevan á otros países, como dices muy bien en tus números, no sé cuántos, que esto es material: al fin es mi país, y tengo en eso fundada mi vanidad, aunque no hay un motivo. Convengo sobre todo contigo (núm. 6.º) en que á los batuecos no les falta más que hablar, que es precisamente lo mismo que suele decir un amigo mío de cierto sujeto que tú conoces, que es tonto y feo, y además pícaro, y un si es no es tartamudo.

Me parece con todo eso que este país promete; no ha mucho tiempo que hubiera creído, si yo hubiera sido capaz de creer, como llevo dicho, que á la vuelta de un par de siglos ya no habría batuecos sobre la superficie de la tierra: en este supuesto pudieras haber arrojado por la ventana tu recado de escribir, porque hubiera llegado el caso de que tus desmedidas alabanzas hubieran venido á ser inoportunas; pero como acaso las volvamos presto á merecer, porque eso está en la posibilidad de las vicisitudes humanas, y todo se puede esperar de nuestro buen natural, te aconsejo que no borres todavía las Batuecas de tu mapa.

Te doy la enhorabuena porque ya te han abierto las universidades; quiero decir que dejarás de ser autor para volver á tus estudios. Al fin te va en ello lo que va de ser tonto á no serlo, y lo que va de bachiller á licenciado ó doctor, porque supongo que te graduarás inmediatamente, cesando de escribir folleticos que no valen lo que pesan, que te pueden pesar más de lo que te valen[19].

Me preguntas del estado de mi familia: voy á informarte como pueda de la suerte de cada uno.

Antoñito está de enhorabuena: le concedieron la gracia de capitán con sueldo y todo, por los méritos de su padre, que hace ya lo menos cuatro años que está sirviendo á S.M. con cuarenta mil reales: con estos méritos le han hecho esta gracia al niño. Me alegraría que le vieras tan mono como está con sus dos charreteritas y su espadita, que parece un juguete. ¿Qué quieres? ¡En esa edad! ¡Ocho años! Nos llena la casa de pajaritas de papel; dice que son los enemigos, les corta la cabeza, y es una risa todo el día con él. Ya puede un criado no servirle pronto; le da un palo, lo cual nos hace mucha gracia á todos, y nunca se le olvida decirle que tiene qué sé yo cuántos miles reales de sueldo. Su madre se le come á besos. Es de advertir que el señor capitán está ya en medianos, y muy adelantado en la gramática, de donde inferimos todos que ha de ser un gran militar.

También está Miguel de enhorabuena, porque le han hecho nada menos que teniente: verdad es que llevaba cuarenta y dos años de servicio, con haberse hallado en todos los encuentros de importancia que ha habido en ese tiempo, haber estado dos veces prisionero, y tener diez y siete heridas, y un ojo de menos. ¿Pero qué es eso comparado con una tenencia? Ello es que le han premiado ya, y está que brinca de gozo. Él pretende pasar al regimiento donde es capitán Antoñito, todo por el placer de estar juntos. ¡Como son parientes! Y como le quiere tanto, suele decir que aunque teniente, de buena gana le enseñaría á ser capitán. No se puede negar que tiene Miguel un alma excelente. Como el otro es un chico, no hay duda en que podría aprovechar algunas leccioncillas de su tío.

Á Juanito le hicieron joven de lenguas: con este motivo ha tomado maestro de francés, y aun dice que le tomará de inglés, porque eso sí, aunque ya esté colocado, es muy racional y no se desdeña de aprender: dice que no parece bien en un joven de lenguas no saber ninguna, en lo cual tiene alguna razón, y manifiesta ser muy despejado. Su fortuna le ha valido, porque se susurra que pretendían la plaza seis muchachos de mucho provecho, pero como dicen, no tenían hambre. Amigo, que se la busquen de otra manera, que no todos han de ser jóvenes de lenguas.

Frasco, á quien conoces, ha tenido más desgracia. Solicitó una plaza de vista de no sé dónde: entregó el memorial tal como á las cuatro y cuarto, porque supo que á las cuatro estaban agonizando al que la tenía, y aunque en rigor todavía no había muerto, debía de morir de allí á poco. Pero le dijeron que llegaba tarde, porque ya estaba dada. _¡Qué prontitud de demonios!_ En vano alegó sus grandes conocimientos en la materia y la exactitud que tiene acreditada. La plaza de vista se la dieron á un buen señor, ciego por más señas, ó poco menos: dicen que se habían compadecido de él porque se veía arruinado de resultas de una trabacuenta. ¡Cierto que ha sido una caridad! ¡Pobrecillo!

Jorge volvió, como que le cogió la amnistía de medio á medio; pero está rabiando: quería que le hubiesen devuelto el destino que tenía hace diez años, es decir, cuando chiquito... Mira tú quien se acuerda ya ahora de... Es el caso que lo tiene otro.

Julianita hizo una muy buena boda; casó con un joven muy despejado y rico. Por supuesto que tuvo habilidad para ocultarle que había tenido un hijo de aquel otro querido que la obsequió cuatro años (hijo que tiene ocultamente en un colegio). El tal joven tiene una índole excelente, y se hace querer de toda la familia; está loco con su boda. Días pasados decía que se atrevía á poner las manos en la lumbre por la virtud de su mujer; mira tú si es atrevido. Á propósito, añadía que en su vida se hubiera casado con una viuda, porque él había buscado siempre una mujer nueva para enseñarla á sentir, y se daba la enhorabuena de haberlo conseguido.

Me preguntas si he pretendido yo también alguna cosa; voy á responderte. Yo no pretendo ningún empleo, porque sé que no me lo han de dar, aunque batueco. Ya me lo han ofrecido muchos, pero nunca ha cuajado. Ello sí, dicen que soy muy despejado, que cuente con ello, que espere un poco... Ahora no es el momento oportuno, ni antes lo ha sido nunca; unas veces he llegado demasiado tarde, y otras demasiado temprano. Mira tú si soy torpe; no parece sino que estudio con el mismo Barrabás. Sin embargo, tengo muchos protectores, y como soy útil para algunas cosas, y me lo aseguran tantas veces, podrá ser que llegue el caso de creer algún día que me han de dar algo. Más te diré. Á veces cuando oigo á alguno me lo llego á creer, como que me tengo de salvar, ayudándome Dios, que es sobre todo, y la penitencia y buena vida que tengo pensado hacer. Ya ves que en esta parte casi infrinjo el sistema de mi desconfianza.

Por lo demás no pretendo; pero no dejo de conocer que no hay cosa como tener oficina y sueldo, que corre siempre ni más ni menos que un río. Se pone uno malo, ó no se pone; no va á la oficina, y corre la paga; lee uno allí de balde y al brasero la Gaceta y el Correo, y un cigarrillo tras otro se llega la hora de salir poco después de entrar. Si hay en casa un chico de ocho años se le hace meter la cabeza, aunque no quiera ni sepa todavía la doctrina cristiana, y hételo meritorio. ¿No sirve uno para el caso, ó tiene un enemigo y le quitan de en medio? Siempre queda un sueldecillo decente, sino por lo que trabaja ahora, por lo que ha dejado de trabajar antes. Aunque estas razones, capaces de mover un carro, no me tuviesen harto aficionado de los destinos, sólo el ser del país me haría gustar de esas gangas tan naturalmente como gusta el pez de vivir en el agua. Eso de estudiar para otras carreras, ni está en nuestra naturaleza, ni lo consiente nuestro buen entendimiento, que no ha menester de semejantes ayudas para saber de todo.

Otras ventajillas de los empleos se pudieran citar; hay unos por ejemplo, en que se manejan intereses y hay sobrantes... Da uno cuentas, ó no las da, ó las da á su modo. No que á mi esto me parezca mal; no, señor. Á quien Dios se la dió, san Pedro se la bendiga. Algunos te dicen á eso que no tiene gracia que á cada mano por donde pasan aquellos ríos se le pegue siempre algo. Á eso pregunto yo si es posible que llegue el caso de que no se le pegue nunca á nadie. Ello es que hay cosas de suyo pegajosas, y si te arrimas mucho á un pellejo de miel, por fuerza te has de untar, sin que esto sea en ninguna manera culpa tuya, sino de la miel que de suyo unta.

Otros empleillos hay como el que tenía un amigo de mi padre: contaba este tal veinte mil reales de sueldo, y cuarenta mil más que calculaba él de manos puercas; pero también recaía en un señor excelente que lo sabía emplear. El año que menos, podía decir por Navidades que había venido á dar al cabo de los doce meses sobre unos quinientos reales en varias partidas de á medio duro y tal, á doncellas desacomodadas y otras pobres gentes por ese estilo, porque eso sí, era muy caritativo, y daba limosnas... ¡Ui! De esta manera, ¿qué importa que haya algo de manos puercas? Se da á Dios lo que se quita á los hombres, si es que es quitar aprovecharse de aquellos gajecillos inocentes que se vienen ellos solos rodados. Si saliera uno á saltearlo á un camino á los pasajeros, vaya; pero cuando se trata de cogerlo en la misma oficina, con toda la comodidad del mundo, y sin el menor percance... Supongo, v. gr., que tienes un negociado, y que del negociado sale un negocio; que sirves á un amigo por el gusto de servirle no más; esto me parece muy puesto en razón; cualquiera haría otro tanto. Este amigo, que debe su fortuna á un triste informe tuyo, es muy regular, si es agradecido, que te deslice en la mano la finecilla de unas oncejas... No, sino ándate en escrúpulos, y no las tomes; otro las tomará, y lo peor de todo, se picará el amigo, y con razón. Luego si él es el dueño de su dinero, ¿por qué ha de mirar nadie con malos ojos que se lo dé á quien le viniere á las mientes, ó lo tire por la ventana? Sobre que el agradecimiento es una gran virtud, y que es una grandísima grosería desairar á un hombre de bien, que... Vamos... bueno estaría el mundo si desapareciesen de él las virtudes, si no hubiera empleados serviciales, ni corazones agradecidos.

Lo mismo digo acerca de que te va á pedir un favor una señora, acaso bien parecida, ó con alguna hija que lo es. ¿Cómo te niegas á oir á una señora que va con su hija? Era preciso tener entrañas de tigre. Yo te aseguro que éste sería para mí uno de los puntos en que nunca se quedaría rezagada mi galantería. ¡Jesús! ¡Una señora!

Agrega á esto que para ser oficinista con saber darse tono, con hacer esperar á los hombres y á las feas en la sala de audiencia, diciendo el portero que el señor oficial está sumamente ocupado, con no conocer á nadie al entrar y al salir, con ahuecar la voz, estirarse el corbatín y perder el expediente, ya está más que aprendido el oficio. No es decir esto que no los haya por otro estilo; pero ya tendría yo la curiosidad de ver algunos.