Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 12

Chapter 124,006 wordsPublic domain

Luego hay hombres que no sirven para otra cosa entre nosotros, y son los más. «¿Qué ha de ser usted sino empleado? me decía días pasados un ultra-batueco. ¿Querrá usted que en estas Batuecas, unas gentes acostumbradas á su oficina, y sus once, y su Gaceta, y su cigarro, vayan á enfrascarse en la cabeza media docena de ciencias y artes útiles, como las llaman, para vivir de otra manera que han vivido hasta ahora, sin el descanso de la mesada, ni los gajes de manos puercas? Bien sabe Dios que eso es tontería, porque yo y los que á mí se me parecen, que no son pocos, tenemos las cabezas mejores que para ciencias y artes para moldes de pelucas, y lo digo con vanidad. Á buen seguro que mi padre y aun mi abuelo nunca supieron lo que era un libro; era todo lo más si sabían firmar, y el uno murió de ochenta y cinco años, y el otro de noventa; ni conocieron nunca lo que era dolerles una uña; y no le parezca á usted que eran unos pelagatos, porque fueron empleados toda su vida, tanto que se puede decir que les salieron los dientes en la oficina, y cuando murieron, el uno tenía una venera y el otro tenía dos».

Y tenía razón el batueco. Ya ves tú, pues, que si no pretendo no es porque desconozca yo lo que lleva consigo un empleo. Yo no le encuentro á esta carrera más inconveniente que uno, y es que hay pocos empleos; sino ya tendría yo el mío; ésta es nuestra desgracia, porque como las revoluciones conforme han dado en hacerlas en el día no son sino cuestiones de nombre, todo el toque está en estos altos y bajos, en saber cuáles de unos ó de otros han de ser dueños del cotarro. Ello no hay sino diez empleos (que es el mal que nos aflige) y veinte pretendientes. Yo considero que todo estaba arreglado con que hubiera veinte empleos y diez pretendientes; ni yo sé cómo no han dado en esto, siendo una verdad que salta á los ojos.

Asómbrate sin embargo: como hay hombres para todo, un batueco de estos que á ratos no lo parecen, me decía ayer hablando de esto: «Los batuecos que quieren bien á su patria han de empezar por apartar el pensamiento de los empleos, y quemar todos los memoriales hechos y por hacer; si el gobierno necesita hombres, hombres buscará, pues ya sabe dónde están, y bien conocidos son; al que no le busquen que no se haga buscar él, sino que hinque el codo y se aplique. Si hay un país en que pueda un hombre hacerse un bienestar por cualquier ramo de artes ó ciencias es éste, donde hay de ellas tanta escasez. Pero si esperan á llamar buen gobierno á aquel que á cada vecino le dé veinte y cuatro mil reales de renta por su manifiesta adhesión, nunca le habrá para las Batuecas, porque el que más y el que menos somos adictos y muy adictos á tomar la paga el último día del mes y aunque sea el primero del siguiente. Agregue usted á esto que el seguir en el carril de hasta ahora es desnudar á un santo para vestir á otro, y santo por santo, voto á bríos que bien se está quien se está vestido. Sí, señor don Andrés; aquí no tendremos un principio de esperanza, sino cuando conozcan todos la necesidad de no sacar más sangre de este cuerpo ya desangrado; cuando tengan mis compatriotas ideas moderadas, un plan uniforme, una marcha prudente, menos egoísmo, menos miedo, menos partidos y colores, menos pereza y holgazanería; cuando el cielo nos envíe luz para ver, y aplicación para trabajar; cuando tengamos, en fin, el verdadero deseo de ser felices, que mucho lleva adelantado para serlo quien de veras lo desea, porque el cielo es tan bueno que querrá probablemente todo lo que nosotros de veras queramos».

Mira tú, mi Bachiller, por dónde se apeó el batueco. ¡Vaya que hay hombres locos! ¡Luz para ver! Mejor nos estamos á oscuras; de esta manera Dios sabe lo que uno puede topar á tientas; vez hay que se anda uno á buscar tal cosa, y se encuentra debajo de la mano tal otra que no había visto. Lo más que puede suceder es que hagamos, jugando á buscar el bien, lo que hace el que juega á dar con la piñata, que suele dejársela á las espaldas, y atinar con un palo á los concurrentes, que esto ya se ha visto.

Yo, como sé que todas esas quimeras que á uno le cuentan son bobadas, porque me llamo Niporesas, y conozco mi patria y mis batuecos como mi casa y mis hijos, á mis empleos me atengo; la semilla ha de caer en buena tierra, y si no, no echarla.

Y con esto concluyo mi carta, que las cartas no han de ser tan largas como nuestro remedio, ni tan cortas como nuestros alcances.

Te he contestado cumplidamente á la tuya. Te he dado noticias de mi familia y de mi persona, y aun de mis opiniones; ahora ruega tú á Dios que los que me protegen me den pronto un empleillo de ésos de manos puercas, para dar en tierra con mi desconfianza, porque de no, me habré de meter á descontento, y es mal oficio. Si por el contrario me lo dan, le serviré como cada batueco, ó me servirá él á mí por mejor decir; entonces sí que diré que vivimos en la prosperidad, como algunos quieren que lo crea por pruebas que no son pruebas. Tu amigo,

_Andrés Niporesas_.

NOTAS:

[19] No tratamos de inculpar en modo alguno por los cuadros que vamos á describir al justo gobierno que tenemos: no hay nación tan bien gobernada donde no tengan entrada más ó menos abusos, donde el gobierno más enérgico no pueda ser sorprendido por las arterias y manejos de los subalternos. Contraria del todo es nuestra idea. Precisamente ahora que vemos á la cabeza de nuestro gobierno una reina, que de acuerdo con su augusto esposo nos conduce rápidamente de mejora en mejora, nosotros, deseosos de cooperar por todos términos como buenos y sumisos vasallos á sus benéficas intenciones, nos atrevemos á apuntar en nuestras habladurías aquellos abusos que desgraciadamente y por la esencia de las cosas han sido siempre en todas partes harto frecuentes, creyendo que cuando la autoridad protege abiertamente la virtud y el orden, nunca se la podrá desagradar levantando la voz contra el vicio y el desorden, y mucho menos si se hacen las críticas generales, embozadas con la chanza y la ironía, sin aplicaciones de ninguna especie, y en un folleto que más tiende á excitar en su lectura alguna ligera sonrisa que á gobernar el mundo.

Protestamos contra toda alusión, toda aplicación personal, como en nuestros números anteriores. Sólo hacemos pinturas de costumbres, no retratos. Más adelante hablamos de los empleos y empleados, se entiende de los malos; los buenos, que respetamos, nunca se darán por ofendidos; los malos no merecen respetos de nadie.

* * * * *

VUELVA USTED MAÑANA

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal á la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo á más de un cristiano.

Estas reflexiones hacía yo casualmente, no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que en buena ó mala parte han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada é hiperbólica, de estos que ó creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, ó que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por ésos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes á todos los países.

Verdad es que nuestro país no es de aquéllos que se conocen á primera ni segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana á esos juegos de manos sorprendentes é inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.

Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.

Un extranjero de estos fué el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial ó mercantil eran los motivos que á nuestra patria le conducían.

Acostumbrado á la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no se encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle á que se volviese á su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fué preciso explicarme más claro. «Mirad, le dije, Mr. Sans-délai, que así se llamaba; vos venís decidido á pasar quince días, y á solventar en ellos vuestros asuntos.--Ciertamente, me contestó. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quien soy. En cuanto á mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto á mis especulaciones, en qué pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas ó malas, y admitidas ó desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo á mi casa; aún me sobran de los quince, cinco días». Al llegar aquí Mr. Sans-délai traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fué bastante á impedir que se asomase á mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado. «Permitidme, Mr. Sans-délai, le dije entre socarrón y formal, permitidme que os convide á comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.--¿Cómo?--Dentro de quince meses estáis aquí todavía.--¿Os burláis?--No por cierto.--¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!--Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.--¡Oh! los Españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal de su país por hacerse superiores á sus compatriotas.--Os aseguro que en los quince días con que contáis no habréis podido hablar siquiera á una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.--¡Hipérboles! Yo les comunicaré á todos mi actividad.--Todos os comunicarán su inercia».

Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto á dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.

Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos á buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreime y marchámonos. Pasaron tres días; fuimos. «Vuelva usted mañana, nos respondió la criada, porque el señor no se ha levantado todavía.--Vuelva usted mañana, nos dijo al siguiente día, porque el amo acaba de salir.--Vuelva usted mañana, nos respondió el otro, porque el amo está durmiendo la siesta.--Vuelva usted mañana, nos respondió el lunes siguiente, porque hoy ha ido á los toros». ¿Qué día, á qué hora se ve á un español? Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana, nos dijo, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio». Á los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije á mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.

Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.

Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.

No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza á comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero, á quien le había enviado su sombrero á variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.

Sus conocidos y amigos no le asistían á una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían á sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!

«¿Qué os parece de esta tierra, Mr. Sans-délai? le dije al llegar á estas pruebas.--Me parece que son hombres singulares...--Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida á la boca».

Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.

Á los cuatro días volvimos á saber el éxito de nuestra pretensión. «Vuelva usted mañana, nos dijo el portero. El oficial de la mesa no ha venido hoy».--Grande causa le habrá detenido, dije yo entre mí. Fuímonos á dar un paseo, y nos encontramos ¡qué casualidad! al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.

Martes era al día siguiente, y nos dijo el portero: «Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.--Grandes negocios habrán cargado sobre él», dije yo. Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del _Correo_ entre manos que le debía costar trabajo el acertar. «Es imposible verle hoy, le dije á mi compañero; su señoría está en efecto ocupadísimo».

Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente había pasado á informe, por desgracia á la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.

Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía á aquel ramo; era preciso rectificar ese pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondientes, y hétenos caminando después de tres meses á la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fué el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro. «De aquí se remitió con fecha tantos, decían en uno.--Aquí no ha llegado nada, decían en otro.--¡Voto va! dije yo á Mr. Sans-délai; ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?».

Hubo que hacer otro. ¡Vuelta á los empeños! ¡vuelta á la prisa! ¡qué delirio! «Es indispensable, dijo el oficial con voz campanuda, que esas cosas vayan por sus trámites regulares». Es decir, que el toque estaba como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos ó cuantos años de servicio.

Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar á la firma, ó al informe, ó á la aprobación, ó al despacho, ó debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: «Á pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado».--«¡Ah, ah! Mr. Sans-délai, exclamé riéndome á carcajadas: éste es nuestro negocio. Pero Mr. Sans-délai se daba á todos los oficinistas, que es como si dijéramos á todos los diablos. «¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: _Vuelva usted mañana_, y cuando este dichoso _mañana_ llega en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo á darles dinero? ¿y vengo á hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse á nuestras miras.--¿Intriga, Mr. Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas».

Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.

«Ese hombre se va á perder, me decía un personaje muy grave y muy patriótico.--Ésa no es una razón, le repuse: si él se arruina, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía ó de su ignorancia.--¿Cómo ha de salir con su intención?--Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse; ¿no puede uno aquí morirse siquiera sin tener un empeño para el oficial de la mesa?--Puede perjudicar á los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere.--¿Á los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?--Sí, pero lo han hecho.--Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. ¿Conque, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si no podrían perjudicar los antiguos al moderno.--Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo.--Por esa razón deberían darle á usted papilla todavía como cuando nació.--En fin, señor Fígaro, es un extranjero.--¿Y por qué no lo hacen los naturales del país?--Con esas socaliñas vienen á sacarnos la sangre.--Señor mío, exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia: está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos á todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir á los que sabían más que ellas.

«Un extranjero, seguí, que corre á un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye á la sociedad, á quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero. Si pierde, es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Este extranjero que se establece en este país no viene á sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y á la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya, ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido á dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el dinero; ha dado de comer á los pocos ó muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los gobiernos sabios y prudentes han llamado á sí á los extranjeros; á su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; á los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia ha debido el llegar á ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar á ser las últimas; á los extranjeros han debido los Estados-Unidos... pero veo por sus gestos de usted, concluí interrumpiéndome oportunamente á mí mismo, que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara podríamos fundar en usted grandes esperanzas!».

Concluida esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai. «Me marcho, señor Fígaro, me dijo: en este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré á ver lo que haya en la capital de más notable.--¡Ay! mi amigo, le dije, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.--¿Es posible?--¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días...». Un gesto de Mr. Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.

«_Vuelva usted mañana_, nos decían en todas partes, porque hoy no se ve.--Ponga usted un memorialito para que le den á usted un permiso especial». Era cosa de ver la cara de mi amigo al oir lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentóse con decir: _Soy extranjero._ ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos! Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado á su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre todo, que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que á la vuelta de tanto mañana, enteramente futuro, lo mejor ó más bien lo único que había podido hacer bueno había sido marcharse.