Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 6

Chapter 64,152 wordsPublic domain

¡Qué de ventajas, Andrés, llevamos en esto á los demás! Muérense miserables aquí los autores malos, y digo malos, porque buenos no los hay[1]; y lo que es mejor, lo mismo se han muerto los buenos, cuando los ha habido, y volverán á morirse cuando los vuelva á haber; ni aquí se enriquecen los ingenios pobres con la lectura de los discretos ricos, ni tienen aquí más vanidad fundada que la que siempre traen en el estómago, pues por no hacerlos orgullosos nadie los alaba, ni les da que comer. ¡Oh idea cristiana! Ni aquí prospera nadie con las letras, ni se cruzan los libros y periódicos en continua batalla; aquí las comedias buenas no se representan sino muy de tarde en tarde, sin otra razón que porque no las hay á menudo, y las malas ni se silban, ni se pagan por miedo de que se lleguen á hacer buenas todos los días. Aquí somos tan bien criados, y tanto gustamos de ejercer la hospitalidad, que vaciamos el oro de nuestros bolsillos para los extranjeros. ¡Oh desinterés! Aquí se trata mal á los actores medianos, y _peor á los mejores_ por no ensoberbecerlos. ¡Oh deseo de humildad! No se les da siquiera precio por no ahitarlos. ¡Oh caridad! Y á la par se exige de ellos que sean buenos. ¡Oh indulgencia! No es aquí, en fin, profesión el escribir, ni afición el leer; ambas cosas son pasatiempo de gente vaga y mal entretenida; que no puede ser hombre de provecho quien no es por lo menos tonto y mayorazgo.

¡Oh tiempo y edad venturosa! No paséis nunca, ni tengan nunca las letras más amparo[2], ni se hagan jamás comedias, ni se impriman papeles, ni libros se publiquen, ni lea nadie, ni escriba desde que salga de la escuela.

Que si me dices, Andrés, que se escribe y se lee, por los muchos carteles que por todas partes ves, diréte que me saques tres libros buenos del país y del día, y de lo demás no hagas caso, que no es más ni mejor el agua de una cascada por mucho estruendo que meta, ni eso es otra cosa que el espantoso ruido de los famosos batanes del hidalgo manchego; después de visto, un poco de agua sucia; ni escribe, en fin, todavía quien sólo escribe palotes.

Así que, cuando la anterior proposición senté, no quise decir que no se escribiese, sino que no se escriba bien, ni que no fuese el de emborronar papel el pecado del día, pecado que no quiera Dios perdonarle nunca, ni quiero yo negar la triste verdad de que no hay día que algún libro malo no se publique, antes lo confieso, y de ello y de ellos me pesa y tengo verdadero dolor, como si los compusiera yo. Pero todo ese atarugamiento y prisa de libros reducido está, como sabemos, á un centón de novelitas fúnebres y melancólicas, y de ninguna manera arguye la existencia de una literatura nacional que no puede suponerse siquiera donde la mayor parte de lo que se publica, sino el todo, es traducido, y no escribe el que sólo traduce, bien como no dibuja quien estarce y pasa el dibujo ajeno á otro papel al trasluz de un cristal. Lo cual es tan verdad, que no me dejaría mentir ni decir cosa en contrario todo ese enjambre de autorzuelos, á quienes pudiéramos aplicar los tercetos del Rey de Artieda:

Como las gotas que en verano llueven, Con el ardor del sol, dando en el suelo, Se convierten en ranas y se mueven; Con el calor del gran señor de Delo Se levantan del polvo poetillas Con tanta habilidad, que es un consuelo.

Y más que me cuentes entre ellos, y por tanto me reconvengas, pues si me preguntas por qué me entremeto yo también en embadurnar papel, sin saber más que otros, te recordaré aquello de «donde quiera que fueres, haz lo que vieres». Así, si fuese á país de cojos, pierna de palo me pondría; y ya que en país de autorcillos y traductores he nacido y vivo, autorcillo y traductor quiero y debo, y no puedo menos de ser, pues ni es justo singularizarme, y que me señalen con el dedo por las calles, ni depende además del libre albedrío de cada uno el contagiarse en una epidemia general. Ni á nadie hagas cargos tampoco por lo de traductor, pues es forzoso que se eche muletas para ayudarse á andar quien nace sin pies, ó los trae trabados desde el nacer.

Y si me añades que no puede ser de ventaja alguna el ir atrasados con respecto á los demás, te diré que lo que no se conoce no se desea ni echa menos: así suele el que va atrasado creer que va adelantado, que tal es el orgullo de los hombres, que nos pone á todos una venda en los ojos para que no veamos ni sepamos por donde vamos, y te citaré á este propósito el caso de una buena vieja que en un pueblo, que no quiero nombrarte, ha de vivir todavía, la cual vieja era de estas muy leídas de los lugares; estaba suscrita á la Gaceta, y la había de leer siempre desde la real orden hasta el último partido vacante, de seguida, y sin pasar nunca á otra sin haber primero dado fin de la anterior. Y es el caso que vivía y leía la vieja (al uso del país) tan despacio y con tal sorna, que habiéndose ido atrasando en la lectura, se hallaba el año 29, que fué cuando yo la conocí, en las Gacetas del año 23, y nada más; hube de ir un día á visitarla, y preguntándola qué nuevas tenía al entrar en su cuarto, no pudo dejarme concluir, antes arrojándose en mis brazos con el mayor alborozo y soltando la Gaceta que en la mano á la sazón tenía: «Ay, señor de mi alma, me gritaba con voz mal articulada y ahogada en lágrimas y sollozos, hijos de su contento, ¡ay, señor de mi alma! ¡Bendito sea Dios! que ya vienen los franceses, y que dentro de poco nos han de quitar esa pícara constitución, que no es más que un desorden y una anarquía!». Y saltaba de gozo, y dábase palmadas repetidas; esto en el año 29, que me dejó pasmado de ver cuán de ilusión vivimos en este mundo, y que tanto da ir atrasado como adelantado, siempre que nada veamos, ni queramos ver por delante de nosotros.

Más te dijera, Andrés, en el particular si más voluntad tuviese yo de meterme en mayores honduras; empero sólo me limitaré á decirte para concluir que no sabemos lo que tenemos con nuestra feliz ignorancia, porque el vano deseo de saber induce á los hombres á la soberbia, que es uno de los siete pecados mortales, por el plano resbaladizo de nuestro amor propio; de este feo pecado nació, como sabes, en otros tiempos la ruina de Babel, con el castigo de los hombres y la confusión de las lenguas, y la caída asimismo de aquellos fieros titanes, gigantazos descomunales, que por igual soberbia escalaron también el cielo, sea esto dicho para confundir la historia sagrada con la profana, que es otra ventaja de que gozamos los ignorantes, que todo lo hacemos igual.

De que podrás inferir, Andrés, cuán dañoso es el saber, y que verdad es todo cuanto arriba te llevo dicho acerca de las ventajas que en esta como en otras cosas á los demás hombres llevamos los batuecos, cuánto debe regocijarnos la proposición cierta de que

«En este país no se lee porque no se escribe, y no se escribe porque no se lee»;

que quiere decir en conclusión que aquí ni se lee ni se escribe; y cuánto tenemos por fin que agradecer al cielo, que por tan raro y desusado camino nos guía á nuestro bien y eterno descanso, el cual deseo para todos los habitantes de este incultísimo país de las Batuecas, en que tuvimos la dicha de nacer, donde tenemos la gloria de vivir, y en el cual tendremos la paciencia de morir. Á Dios, Andrés.

_Tu amigo el bachiller_

NOTAS:

[1] No comprendemos en estas proposiciones generales _tal cual joven aplicado_, _tal cual poeta original_, _tal cual hombre de nota_ que se esfuerzan por salir del común oprobio que nos alcanza, descollando entre el general abatimiento, y luciendo como menuda luciérnaga entre las tinieblas de oscura noche. ¿Qué significan estas contadas excepciones? Por mucho favor que les haga tal conducta, y por muchos elogios que merezca, no basta su número tan corto para destruir la triste verdad general, que de medio á medio nos coge y nos abruma.

Ni menos tratamos de olvidar en nuestros folletos los elogios y agradecimiento que merece de nuestra parte el ilustrado gobierno que nos rige, y que tanto impulso da al adelanto de la prosperidad y de la ilustración; antes bien clara se manifiesta nuestra intención de cooperar á su misma benéfica idea con nuestros débiles conatos. ¿Pero acaso puede enderezarse en un día el vicio de tantos años y aun siglos? ¿Puede ser dado á la penetración, ni á la fuerza del mejor gobierno, romper tan pronto, ni desvanecer del todo tantos obstáculos como oponen la educación descuidada, las ideas viciadas, y un sinnúmero, en fin, de circunstancias que no son de nuestra inspección, y que gravitan en nuestro mal? Luengos remedios necesitarán acaso tantos males. Esperemos que algún día hemos de ver triunfar sus esfuerzos, y cooperemos todos en el ínterin con los nuestros.

[2] Reproducimos las ideas de nuestra nota número 1.º. Algún excelentísimo señor pudiéramos nombrar amigo de las letras y de las artes y Mecenas de literatos y artistas, y de buena gana le nombráramos á no temer ofensas de su modestia, empero si bien esto basta á probar que hay algún protector, no así convence de que haya protección. Demos á Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

* * * * *

EMPEÑOS Y DESEMPEÑOS

Pierde, pordiosea El noble, empeña, malbarata, Quiebra y perece, y el logrero goza Los pingües patrimonios.

_Jovellanos_

En prensa tenía yo mi imaginación, no ha muchas mañanas[3], buscando en un tema nuevo sobre que dejar correr libremente mi atrevida sin hueso, que ya pedía conversación, y acaso nunca la hubiera encontrado á no ser por la casualidad que contaré; y digo que no la hubiera encontrado, porque entre tantas apuntaciones y notas como en mi pupitre tengo hacinadas, acaso dos solas contendrán cosas que se puedan decir, ó que no deban por ahora dejarse de decir.

Tengo un sobrino, y vamos adelante, que esto nada tiene de particular. Este tal sobrino es un mancebo que ha recibido una educación de las más escogidas que en este nuestro siglo se suelen dar; es decir esto, que sabe leer, aunque no en todos los libros, y escribir, si bien no cosas dignas de ser leídas; contar no es cosa mayor, porque descuida el cuento de sus cuentas en sus acreedores, que mejor que él se las saben llevar; baila como discípulo de Veluci; canta lo que basta para hacerse rogar y no estar nunca en voz; monta á caballo como un centauro, y da gozo ver con qué soltura y desembarazo atropella por esas calles de Madrid á sus amigos y conocidos; de ciencias y artes ignora lo suficiente para poder hablar de todo con maestría. En materia de bella literatura y de teatro no se hable, porque está abonado, y si no entiende la comedia, para eso la paga, y aun la suele silbar; de este modo da á entender que ha visto cosas mejores en otros países porque ha viajado por el extranjero á fuer de bien criado. Habla un poco de francés y de italiano siempre que había de hablar español, y español no lo habla, sino lo maltrata; á eso dice que la lengua española es la suya, y que puede hacer con ella lo que más le viniere en voluntad. Por supuesto que no cree en Dios, porque quiere pasar por hombre de luces; pero en cambio cree en chalanes y en mozas, en amigos y en rufianes. Se me olvidaba. No hablemos de su pundonor, porque éste es tal que por la menor bagatela, sobre si lo miraron, sobre si no lo miraron, pone una estocada en el corazón de su mejor amigo con la más singular gracia y desenvoltura que en esgrimidor alguno se ha conocido.

Con esta exquisita crianza, pues, y vestirse de vez en cuando de majo, traje que lleva consigo el _¿qué se me da á mí?_ y el _¡aquí estoy yo!_ ya se deja conocer que es uno de los gerifaltes que más lugar ocupan en la corte, y que constituye uno de los adornos de la sociedad de buen tono de esta capital de qué sé yo cuántos mundos.

Éste es mi pariente, y bien sé yo que si su padre le viera había de estar tan embobado con su hijo como lo estoy yo con mi sobrino, por tanta buena cualidad como en él se ha llegado á reunir. Conoce mi Joaquín esta fragilidad y aun suele prevalerse de ella.

Las ocho serían y vestíame yo, cuando entra mi criado y me anuncia mi sobrino. «¿Mi sobrino? pues debe de ser la una.--No, señor, son las ocho no más». Abro los ojos asombrado y me encuentro á mi elegante de pie, vestido y en mi casa á las ocho de la mañana. «Joaquín, ¿tú á estas horas?--¡Querido tío, buenos días!--¿Vas de viaje?--No, señor.--¿Qué madrugón es éste?--¿Yo madrugar, tío? todavía no me he acostado.--¡Ah, ya decía yo!--Vengo de casa de la marquesita del Peñol: hasta ahora ha durado el baile, Francisco se ha ido á casa con los seis dominós que he llevado esta noche para mudarme.--¿Seis, no más?--No más.--No se me hacen muchos.--Tenía que engañar á seis personas.--¿Engañar? Mal hecho.--Querido tío, usted es muy antiguo.--Gracias, sobrino, adelante.--Tío mío, tengo que pedirle á usted un gran favor.--¿Seré yo la sétima persona?--Querido tío, ya me he quitado la máscara.--Di el favor, y eché mano de la llave de mi gaveta.--En el día no hay rentas que basten para nada; tanto baile, tanto... en una palabra, tengo un compromiso. ¿Se acuerda usted de la repetición de Breguet que me vió usted días pasados?--Sí, que te había costado cinco mil reales.--No era mía.--¡Ah!--El marqués de *** acababa de llegar de París, quería mandarla limpiar y no conociendo á ningún relojero en Madrid le prometí enviársela al mío.--Sigue.--Pero mi suerte lo dispuso de otra manera; tenía yo aquel día un compromiso de honor; la baronesita y yo habíamos quedado en ir juntos á Chamartín á pasar un día; era imposible ir en su coche, es demasiado conocido...--Adelante.--Era indispensable tomar yo un coche, disponer una casa y una comida de campo... á la sazón me hallaba sin un cuarto; mi honor era lo primero, además, que andan las ocasiones por las nubes...--Sigue.--Empeñé la repetición de mi amigo.--¡Por tu honor!--Cierto.--¡Bien entendido! ¿y ahora?--Hoy como con el marqués, le he dicho que la tengo en casa compuesta y...--Ya entiendo.--Ya ve usted, tío... esto pudiera producir un lance muy desagradable.--¿Cuánto es?--Cien duros.--¿Nada más? no se me hace mucho».

Era claro que la vida de mi sobrino y su honor se hallaban en inminente riesgo. ¿Qué podía hacer un tío tan cariñoso, tan amante de su sobrino, tan rico y sin hijos? Conté, pues, sus cien duros, es decir, los míos. «Sobrino, vamos á la casa donde está empeñada la repetición.--_Quand il vous plaira_, querido tío».

Llegamos al café, una de las lonjas de empeño digámoslo así, y comencé á sospechar desde luego que esta aventura había de producirme un artículo de costumbres. «Tío, aquí será preciso esperar.--¿Á quién?--Al hombre que sabe la casa.--¿No la sabes tú?--No, señor; estos hombres no quieren nunca que se vaya con ellos.--¿Y se les confían repeticiones de cinco mil reales?--Es un honrado corredor que vive de este tráfico. Aquí está.--Éste es el honrado corredor,» y entró un hombre como de unos cuarenta años, si es que se podía seguir la huella del tiempo en una cara como la debe tener el judío errante, si vive todavía desde el tiempo de Jesucristo. Rostro acuchillado con varios chirlos y jirones tan bien avenidos y colocados de trecho en trecho, que más parecían nacidos en aquella cara, que efectos de encuentros desgraciados; mirar vizco, como de quien mira y no mira; barbas independientes, crecidas y que daban claros indicios de no tener con las navajas todo aquel trato y familiaridad que exige el aseo; ruin sombrero con oficios de quitaguas; capa de éstas que no tapan lo que llevan debajo, con muchas cenefas de barro de Madrid; botas ó zapatos, que esto no se conocía, con más lodo que cordobán; uñas de escribano, y una pierna de dos que tenía, en vez de sustentar la carga del cuerpo, le servía á este de carga, y era de él sustentada, por donde del tal corredor se podía decir exactamente aquello de que _Tripas llevan pies_; metal de voz además que á todos los ruidos desapacibles se asemejaba, y aire, en fin, misterioso y escudriñador. «¿Está eso, señorito?--Está; tío, déselo usted.--Es inútil, yo no entrego mi dinero de esta suerte.--Caballero, no hay cuidado.--No lo habrá ciertamente, porque no lo daré». Aquí empezó una de votos y juramentos del honrado corredor, de quien tan injustamente se desconfiaba, y de lamentaciones deprecatorias de mi sobrino, que veía escapársele de las manos su repetición por una etiqueta de esta especie; pero me mantuve firme, y le fué preciso ceder al hebreo mediante una honesta gratificación que con sus votos canjeamos.

En el camino nuestro _cicerone_, más aplacado, sacó de la faltriquera un paquetillo, y mostrándomelo secretamente: «Caballero, me dijo al oído, cigarros habanos, cajetillas, cédulas de... y otras frioleras por si usted gusta.--Gracias, honrado corredor».--Llegamos por fin, á fuerza de apisonar con los pies calles y encrucijadas, á una casa y á un cuarto cuarto, que alguno hubiera llamado guardilla á haber vivido en él un poeta.

No podré explicar cuán mal se avenían á estar juntas unas con otras, y en aquel tan incongruente desván, las diversas prendas que de tan varias partes allí se habían venido á reunir. ¡Oh, si hablaran todos aquellos cautivos! El deslumbrante vestido de la belleza, ¿qué de cosas diría dentro de sus límites ocurridas? ¿qué el collar, muchas veces importuno, con prisa desatado y arrojado con despecho? ¿qué sería escuchar aquella sortija de diamantes, inseparable compañera de los hermosos dedos de marfil de su hermoso dueño? ¡qué diálogo pudiera trabar aquella rica capa de chinchilla con aquel chal de cachemira! Desvié mi pensamiento de estas locuras, y parecióme bien que no hablasen. Admiréme sobremanera al reconocer en los dos prestamistas que dirigían toda aquella máquina á dos personas que mucho de las sociedades conocía, y de quien nunca hubiera presumido que pelecharan con aquel comercio; avergonzáronse ellos algún tanto de hallarse sorprendidos en tal ocupación, y fulminaron una mirada de estas que llevan en sí una larga reconvención sobre el israelita que de aquella manera había comprometido su buen nombre introduciendo profanos, no iniciados, en el santuario de sus misterios.

Hubo de entrar mi sobrino á la pieza inmediata, donde se debía buscar la repetición y contar el dinero: yo imaginé que aquel debía de ser lugar más á propósito todavía para aventuras que el mismo puerto Lápice: calé el sombrero hasta las cejas, levanté el embozo hasta los ojos, púseme á lo oscuro, donde podía escuchar sin ser notado, y di á mi observación libre rienda que caminase por do más le pluguiese. Poco tiempo habría pasado en aquel recogimiento, cuando se abre la puerta y un joven vestido modestamente pregunta por el corredor.

«Pepe, te he esperado inútilmente; te he visto pasar, y he seguido tus huellas. Ya estoy aquí y sin un cuarto; no tengo recurso.--Ya le he dicho á usted que por ropas es imposible.--¡Un frac nuevo! ¡una levita poco usada! ¿No ha de valer esto más de diez y seis duros que necesito?--Mire usted, aquellos cofres, aquellos armarios están llenos de ropas de otros como usted; nadie parece á sacarlas, y nadie da por ellas el valor que se prestó.--Mi ropa vale más de cincuenta duros: te juro que antes de ocho días vuelvo por ella.--Eso mismo decía el dueño de aquel sortú que ha pasado en aquella percha dos inviernos; y la que trajo aquel chal, que lleva aquí dos carnavales; y la... --¡Pepe, te daré lo que quieras, mira; estoy comprometido; no me queda más recurso que tirarme un tiro!». Al llegar aquí el diálogo, eché mano de mi bolsillo, diciendo para mí: No se tirará un tiro por diez y seis duros un joven de tan buen aspecto. ¡Quién sabe si no habrá comido hoy su familia; si alguna desgracia... Iba á llamarle, pero me previno Pepe diciendo: «¡Mal hecho!--Tengo que ir esta noche sin falta á casa de la señora de W***, y estoy sin traje: he dado palabra de no faltar á una persona respetable. Tengo que buscar además un dominó para una prima mía, á quien he prometido acompañar...». Al oir esto solté insensiblemente mi bolsa en mi faltriquera, menos poseído ya de mi ardiente caridad. «¡Es posible! Traiga usted una alhaja.--Ni una me queda; tú lo sabes: tienes mi reloj, mis botones, mi cadena...--¡Diez y seis duros!--Mira, con ocho me contento.--Yo no puedo hacer nada en eso; es mucho.--Con cinco me contento, y firmaré los diez y seis, y te daré ahora mismo uno de gratificación... --Ya sabe usted que yo deseo servirle, pero como no soy el dueño... ¿Á ver el frac?». Respiró el joven, sonrióse el corredor; tomó el atribulado cinco duros, dió de ellos uno, y firmó diez y seis, contento con el buen negocio que había hecho. «Dentro de tres días vuelvo por ello. Á Dios. Hasta pasado mañana.--Hasta el año que viene». Y fuése cantando el especulador.

Retumbaban todavía en mis oídos las pisadas y _le fioriture_ del atolondrado, cuando se abre violentamente la puerta, y la señora de H... y en persona, con los ojos encendidos y toda fuera de sí, se precipita en la habitación. «¡Don Fernando!». Á su voz salió uno de los prestamistas, caballero de no mala figura y de muy galantes modales, --¡Señora!--¿Me ha enviado usted esta esquela?--Estoy sin un maravedí; mi amigo no la conoce á usted... es un hombre ordinario... y como hemos dado ya más de lo que valen los adornos que tiene usted ahí...--¿Pero no sabe usted que tengo repartidos los billetes para el baile de esta noche? Es preciso darle, ó me muero del sofoco...--Yo, señora... --Necesito indispensablemente mil reales, y retirar, siquiera hasta mañana, mi diadema de perlas y mis brazaletes para esta noche: en cambio vendrá una vajilla de plata y cuanto tengo en casa. Debo á los músicos tres noches de función; esta mañana me han dicho decididamente que no tocarán si no los pago. El catalán me ha enviado la cuenta de las velas, y que no enviará más mientras no le satisfaga.--Si yo fuera solo...--¿Reñiremos? ¿No sabe usted que esta noche el juego solo puede producir?... ¡Nos fué tan mal la otra noche! ¿Quiere usted más billetes? no me han dejado más que seis. Envíe usted á casa por los efectos que he dicho.--Yo conozco... por mí... pero aquí pueden oirnos; entre usted en ese gabinete». Entráronse, y se cerró la puerta tras ellos.

Siguióse á esta escena la de un jugador perdidoso que había perdido el último maravedí, y necesitaba armarse para volver á jugar; dejó un reloj, tomó diez, firmó quince, y se despidió diciendo: «Tengo corazonada; voy á sacar veinte onzas en media hora, y vuelvo por mi reloj». Otro jugador ganancioso vino á sacar unas sortijas del tiempo de su prosperidad: algún empleado vino á tomar su mesada adelantada sobre su sueldo, pero descabalada de los crecidos intereses: algún necesitado verdadero se remedió, si es remedio comprar un duro con dos; y sólo mentaré en particular al criado de un personaje que vino por fin á rescatar ciertas alhajas que había más de tres años que cautivas en aquel Argel estaban. Habíanse vendido las alhajas, desconfiados ya los prestamistas de que nunca las pagaran, y porque los intereses estaban á punto de traspasar su valor. No quiero pintar la grita y la zalagarda que en aquella bendita casa se armó. Después de dos años de reclamaciones inútiles, hoy venían por las alhajas; ayer se habían vendido. Juró y blasfemó el criado y fuese, prometiendo poner el remedio de aquel atrevimiento en manos de quien más conviniese.

¿Es posible que se viva de esta manera? Pero ¿qué mucho, si el artesano ha de parecer artista, el artista empleado, el empleado título, el título grande, y el grande príncipe? ¿Cómo se puede vivir haciendo menos papel que el vecino? ¡Bien haya el lujo! ¡bien haya la vanidad!

En esto salía ya del gabinete la bella convidadora; habíase secado el manantial de sus lágrimas.