Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 5

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Y en segundo lugar concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos se compone la fisonomía monstruosa del que llamamos público; que este es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasajeras; que ama con idolatría sin _porqué_, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y _charlatana_, y el objeto de su olvido ó de su desprecio el mérito modesto; que olvida con facilidad é ingratitud los servicios más importantes, y premia con usura á quien le lisonjea y le engaña; y por último, que con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad, que casi siempre revoca sus fallos interesados.

[Ilustración]

SÁTIRA

CONTRA LOS VICIOS DE LA CORTE

(Artículo enteramente nuestro)

«... Á nadie se ofenderá, á lo menos á sabiendas; de nadie bosquejaremos retratos; si algunas _caricaturas_ por casualidad se pareciesen á alguien, en lugar de corregir nosotros el retrato, aconsejamos al original que se corrija; en su mano estará, pues, que deje de parecérsele».

_Pobrecito Hablador_, núm. 1.º. _Dos palabras_

Déjame, Andrés, que de la corte huyendo, De tantos vicios hórridos me aleje, Como en mi patria mísera estoy viendo; Ni te asombre que, al tiempo que los deje, Ya que enmendarlos mi razón no pueda, En sátiras amargas los moteje. Tú en hora buena contemplarlos queda, Tú, á quien fortuna próspera ó contraria Salir de entre ellos para siempre veda. Viva en la corte el que sin renta diaria Triunfa y pelecha, y sin saber por dónde Fija la rueda de la suerte varia. Mírale andar en coche como un conde; La bolsa llena de oro, y por su oficio Pregúntale por ver si te responde. Pues ése es jugador; noble ejercicio; Tiene en el _candelero_ que sustenta, Sino un condado real, un beneficio. Y son las heredades con que cuenta, Y aquí vive el _amarre_ y el _pegote_, Y su casa y su honor que pone en venta. ¿Ves aquel otro erguido de cogote, Que también opulento y sin empleo Sabe existir? pues ése es un pegote. Sin ése nunca hay boda, ni bateo, Ni hay _ambigú_, ni baile, ni banquete, Ni hay partida de caza ó de recreo. Al que encuentra en la calle le arremete, Y le pide, y le hostiga, y á que al cabo Le convide á comer le compromete. Y no pienses hartarle con un pavo, Porque es un sabañón, aunque un poema Te recite al comer de cabo á rabo. Que aun esa gracia tiene; pues no hay flema Que aguante los sonetos que te encaja Entre uno y otro canjilón de crema. De todo habla incansable, y corta y raja, Lanzando un epígrama á cada uno, Pues no siendo sus versos, todo es paja. ¿Quién es aquél que ayer aun hecho un tuno, Roto paseaba y andrajoso el Prado, Y hoy no saluda en zancos á ninguno? ¡Pardiez que sé quién es! un hombre honrado Que de prisa y corriendo con la moza Se casó de un señor encopetado. Á quien, en vez de darle una coroza, Un destino le dieron, y se mama Dos mil duros, y gajes, y carroza. Y el muy desvergonzado se nos llama Padre de un hijo que nació á seis meses De haber casado con la honesta dama. Llega; háblale de honor; con los Meneses Se dice emparentado y los Quincoces, Y segundo de casa de Marqueses. Soy un hombre de honor, diráte á voces, Que está de vanidad que ya revienta El muy... mas tú ya, Andrés, bien le conoces. ¿Ves aquél otro que en el landó se ostenta, Con lentes, cadenas, y traílla De galgos por detrás, palco, y la renta Gasta de un rey, causando maravilla? Pues ése debe el _frac_ que lleva puesto, Y el _sobre-todo_, á un sastre de esta villa, Y el caballo al chalán, la casa á Ernesto, La comida en la fonda, y cien sorbetes En el café, y cigarros por supuesto. Y al paso que en la cárcel mil pobretes Por un duro se mueren de ictericia, Ése pasea libre de corchetes; Porque es conde y señor, y aunque desquicia Con su vivir el orden, insolente De las leyes se burla y la justicia. ¿Quién es aquélla que anda entre la gente, Abrumada de encajes y diamantes, Que parece sultana del Oriente? Ésa es moza de prendas relevantes; Un intendente, aunque la ves soltera, Sostiene á la maldita y sus amantes. Su madre, que la adiestra, hedionda, fiera, Vieja, pintada y con postizo, á infame Precio vendió su doncellez primera. ¡Y es posible! ¡qué horror! ¿no hay quien la llame Por las calles á voces... _torpe_ y _bruja_, Ni hay galera en Madrid que la reclame? ¿Y no quieres, Andrés, que brama y cruja El látigo tendido en la cloaca Que á Sodoma y Gomorra sobrepuja? Pues no llueve flamígera y opaca Rayos aquí una nube tronadora, ¿Querrás que yo no aplique mi triaca? ¿Quién es aquella cara que enamora, Con el gesto mirlado, rubio el pelo, Ceñido el talle y dengues de señora? ¿Es hombre ó es mujer? Pisando el suelo Con ademán pulido, barbilucio, Gayado de colores el pañuelo, En afeites envuelto, ¿ese tan lucio, Tan vestido y compuesto, es algún dije Que del país nos vino de Confucio? Pues aquese es un hombre; un año exige Su tocado al espejo; á ese bonito Le ampara protector, si es que nos rige La voz pública, Andrés, un... pero ¡chito! Huye conmigo, Andrés; antes nos vamos, Que trague tanto crimen el Cocito. ¿Qué haremos por acá los que ignoramos El fraude, y la lisonja, y la mentira, Y los que por orgullo no adulamos? Vibrar no sé para adular mi lira, Ni aguantar supe nunca humillaciones; La voz entonces de mi labio espira. ¿Qué suerte haré yo aquí con mis renglones, Yo que el humo jamás echo á ninguno Del incienso vertido en mis borrones? ¿Yo que no tengo el diálogo oportuno De Inarco, ni su sal para la escena, Ni el aura injusta y popular de alguno? Aunque haga una comedia mala ó buena, Si no entiendo del teatro las intrigas, ¿Cuándo á pública luz saldrá mi vena? Si no tengo allá dentro un par de amigas, Y no adulo el cortejo que las paga, Serán de mis comedias enemigas. ¿He de alabar á un necio que se traga Como agua la alabanza no adquirida, Aunque el papel destroce ó lo deshaga? ¿Ó he de sufrir, en fin, cuando aplaudida Mi comedia enriquezca el escenario, Que mil reales me den? No, no por mi vida. ¿Pido limosna acaso, ó perdulario Coplero soy de esquina por ventura? ¿Y eso ha de producirme el incensario, Y el quemarme las cejas? ¡Qué locura! Cómanse con el resto ese dinero, Ó al hospital lo den para una cura. ¡No hay vates! gritarán, ¡en lastimero Estado el teatro está!... Díme, ¿los vates Se mantienen de versos, majadero? ¿Ó no hay más que zurcir seis disparates Para granjear aplauso? ¿hacer escenas Tan fácil es como decir dislates? ¿Y quién protege las comedias buenas? ¿Los señores acaso? ¿El...? ¡Vive el cielo! ¡Y las oyen tal vez á duras penas! Mal haya para siempre el torpe suelo Donde el pícaro sólo hace fortuna; Donde vive el honrado en desconsuelo; Donde es culpa el saber; donde importuna La ciencia, y donde el genio perseguido Ahogados mueren en su propia cuna; Donde no es otro mérito atendido Que el oro; donde al mísero atropella El coche de un bribón vano y henchido; Donde en millones nada, por su estrella, Quien al pueblo los roba desangrado En un destino que le dió una bella; Donde al ciento por ciento da prestado, Sin que nadie lo mate, un usurero, Y vive rico, alegre y respetado; Donde el abate, aquel farandulero, Que mudó de opinión cual de camisa, Lleva su moza al Prado de bracero; Donde marcha la faz bañada en risa, El crimen descarado; alta la frente, Corrompiendo el terreno por do pisa... ¿Y esto es vivir, Andrés? ¿Y entre esta gente Me invitas á quedarme? ¿Por qué indicio Pudiste sospechar que esté demente? Viva aquí el abogado que en su oficio Hace blanco lo negro, y que defiende La virtud ofendida como el vicio. Y el médico aquí viva, que se entiende Con algún boticario, y nos receta Drogas que á medias con aquél nos vende. Mas yo, que soy un mísero poeta, Antes que por decir verdades claras En un encierro un alguacil me meta, Y me cuesten mis sátiras más caras, Ó en el hospicio muera miserable, Quiero de riesgo huir doscientas varas: Que ni es lícito hablar, donde intratable. Pone á la lengua mordaza el miedo, Y ¡ay del primero que rompiéndola hable! Á Dios te queda, Andrés, que ya no puedo Tanta bilis sufrir, ni tanta ira, Y ¡ay de mí, triste, si á verterla quedo! Que si Apolo su fuego no me inspira Para hacer buenos versos contra el vicio, Sabrá mi indignación templar mi lira. Y mientras que huyo el riesgo á su ejercicio Viva en la corte el que aguantarle sabe, Y el que de embrollos gusta y de bullicio, Viva en la corte, y que la corte alabe.

_El bachiller don Juan Pérez de Munguía_

[Ilustración]

CARTA Á ANDRÉS

ESCRITA DESDE LAS BATUECAS POR EL POBRECITO HABLADOR

(Artículo enteramente nuestro)

«Rómpanse las cadenas que embarazan los progresos; repruébense los estorbos, quítense los grillos que se han fabricado de los yerros de dos siglos...».

_M. A. Gándara. Apuntes sobre el bien y el mal de este país_

De las Batuecas este año que corre.

ANDRÉS MÍO,

Yo pobrecito de mí, yo bachiller, yo batueco, y natural por consiguiente de este inculto país, cuya rusticidad pasa por proverbio de boca en boca, de región en región, yo hablador, y careciendo de toda persona dotada de chispa de razón con quien poder dilucidar y ventilar las cuestiones que á mi embotado entendimiento se le ofrecen y le embarazan, y tu cortesano y discreto!!! ¡Qué de motivos, querido Andrés, para escribirte!

Ahí van, pues, esas mis incultas ideas, tales cuales son, mal ó bien compaginadas, y derramándose á borbotones como agua de cántaro mal tapado.

«¿No se lee en este país porque no se escribe, ó no se escribe porque no se lee?».

Esa breve dudilla se me ofrece por hoy, y nada más.

Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído; empero más ardua empresa se me figura á mí, inocente que soy, leer lo que no se ha escrito.

¡Mal haya, amén, quien inventó el escribir! Dale con la civilización, y vuelta con la ilustración. ¡Mal haya, amén, tanto achaque para emborronar papel!

Á bien, Andrés mío, que aquí no pecamos de ese exceso. Y torna los ojos á mirar en derredor nuestro, y mira si no estamos en una balsa de aceite. ¡Oh infeliz moderación! ¡Oh ingenios limpios los que no tienen que enseñar! ¡Oh entendimientos claros los que nada tienen que aprender! ¡Oh felices aquéllos, y mil veces felices, que ó todo se lo saben ya, ó todo se lo quieren ignorar todavía!

¡Maldito Gutenberg! ¿Qué genio maléfico te inspiró tu diabólica invención? ¿Pues imprimieron los Egipcios y los Asirios, ni los Griegos ni los Romanos? ¿Y no vinieron, y no dominaron?

¿Que eran más ignorantes dices? ¿Cuántos murieron de esa enfermedad? ¿Qué remordimientos atormentaron la conciencia del _Omar_, que destruyó la biblioteca de Alejandría? ¿Que eran más bárbaros, añades? Si crímenes, si crueldades padecían, crímenes y crueldades tienen diariamente lugar entre nosotros. Los hombres que no supieron, y los hombres que saben, todos son hombres, y lo que peor es, todos son hombres malos. Todos mienten, roban, falsean, perjuran, usurpan, matan y asesinan. Convencidos sin duda de esta importante verdad, puesto que los mismos hemos de ser, ni nos cansamos en leer, ni nos molestamos en escribir en este buen país en que vivimos.

¡Oh felicidad de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber!

Mira aquel librero ricachón que cerca de tu casa tienes. Llégate á él y dile: «¿Por qué no emprende usted alguna obra de importancia? ¿Por qué no paga bien á los literatos para que le vendan sus manuscritos?--¡Ay, señor! te responderá. Ni hay literatos, ni manuscritos, ni quien los lea: no nos traen sino folletitos y novelicas de ciento al cuarto: luego tienen una vanidad, y se dejan pedir... No, señor, no.--¿Pero no se vende?--¿Vender? Ni un libro: ni regalados los quiere nadie; llena tengo la casa... ¡Si fueran billetes para la ópera ó los toros...».

¿Ves pasar aquel autor escuálido de todos conocido? Dicen que es hombre de mérito. Anda y pregúntale: «¿Cuándo da usted á luz alguna cosita? Vamos...--¡Calle usted por Dios! te responderá furioso como si blasfemases; primero lo quemaría. No hay dos libreros hombres de bien. ¡Usureros! ¡Mire usted, días atrás me ofrecieron una onza por la propiedad de una comedia extraordinariamente aplaudida; seiscientos reales por un Diccionario manual de geografía, y por un Compendio de la historia de España, en cuatro tomos, ó mil reales de una vez, ó que entraríamos á partir ganancias, después de haber hecho él las suyas, se entiende!!! No, señor, no. Si es en el teatro, cincuenta duros me dieron por una comedia que me costó dos años de trabajo, y que á la empresa le produjo doscientos mil reales en menos tiempo; y creyeron hacerme mucho favor. Ya ve usted que salía por real y medio diario. ¡Oh! y eso después de muchas intrigas para que la _pasaran y representaran_. Desde entonces, ¿sabe usted lo que hago? Me he ajustado con un librero para traducir del francés al castellano las novelas de Walter Scott, que se escribieron originalmente en inglés, y algunas de Cooper, que hablan de marina, y es materia que no entiendo palabra. Doce reales me viene á dar por pliego de imprenta, y el día que no traduzco no como. También suelo traducir para el teatro la primer _piececilla_ buena ó mala que se me presenta, que lo mismo pagan y cuesta menos: no pongo mi nombre, y ya se puede hundir el teatro á silbidos la noche de la representación. ¿Qué quiere usted? En este país no hay afición á esas cosas».

¿Conoces á aquel señorito que gasta su caudal en tiros y carruajes, que lo mismo baila una mazurca en un sarao con su pantalón _colan_ y su _clac_, hoy en traje diplomático, mañana en polainas y con chambergo, y al otro arrastrando sable, ó en breve chupetín, calzón y faja? Mil reales gasta al día, dos mil logra de renta; ni un solo libro tiene, ni lo compra, ni lo quiere. Pues publica tú algún folleto, alguna comedia... Prevalido de ser quien es, tendrá el descaro de enviarte un gran lacayo aforrado en la magnífica librea, y te pedirá prestado para leerlo, á ti, autor, que de eso vives, un ejemplar que cuesta una peseta. Ni con eso se contenta: darálo á leer á todos sus amigos y conocidos, y por aquel ejemplar leerálo toda la corte, ni más ni menos que antes de descubrirse la imprenta, y gracias si no te pide más para regalar. Pregúntale: «¿Por qué no se suscribe á los periódicos? ¿Por qué no compra libros, ni fiados siquiera?--¿Qué quiere usted que haga? te replicará, ¿qué tengo de comprar? Aquí nadie sabe escribir; nada se escribe; todo eso es porquería». Como si de coro supiera cuántos libros buenos corren impresos.

Por allá cruza un periodista... Llámale, grítale: «¡Don Fulano! Ese periódico, hombre, mire usted que todos hablan de él de una manera...--¿Qué quiere usted? te interrumpe; un redactor ó dos tengo buenos, que no es del caso nombrar á usted ahora; pero los pago poco, y así no extraño que no hagan todo lo que saben: á otro le doy casa, otro me escribe por la comida...--¡Hombre! ¡Calle usted! --Sí, señor; oiga usted, y me dará la razón. En otro tiempo convoqué cuatro sabios, diles buenos sueldos; redactaban un periódico lleno de ciencia y de utilidad, el cual no pudo sostenerse medio año; ni un cristiano se suscribió; nadie lo leía; puedo decir que fué un secreto que todo el mundo me guardó. Pues ahora con eso que usted ve estoy mejor que quiero, y sin costarme tanto. Todavía le diría á usted más... Pero... Desengáñese usted, aquí no se lee.--Nada tengo que replicar, le contestaría yo, sino que hace usted lo que debe, y llévese el diablo las ciencias y la cultura».

Lucidos quedamos, Andrés. ¡Pobres batuecos! La mitad de las gentes no lee, porque la otra mitad no escribe, y esta no escribe porque aquella no lee.

Y ya ves tú que por eso á los batuecos ni nos falta salud ni buen humor, prueba evidente de que entrambas ninguna falta nos hacen para ser felices. Aquí pensamos como cierta señora, que viendo llorar á una su parienta porque no podía mantener á su hijo en un colegio, «Calla, tonta, le decía: mi hijo no ha estado en ningún colegio, y á Dios gracias bien gordo se cría y bien robusto».

Y para confirmación de esto mismo, un diálogo quiero referirte que con cuatro batuecos de estos tuve no ha mucho, en que todos vinieron á contestarme en sustancia una misma cosa, concluyendo cada uno á su tono y como quiera.

«Aprenda usted la lengua del país, les decía, coja usted la gramática.--La _parda_ es la que yo necesito, me interrumpió el más desembarazado con aire zumbón y de chulo; fruta del país: lo mismo es decir las cosas de un modo que de otro.

»Escriba usted la lengua con corrección.--¡Monadas! ¿Qué más dará escribir _vino_ con _b_ que con _v_? ¿Si pasará por eso de ser vino?

«Cultive usted el latín.--Yo no he de ser cura, ni tengo de decir misa.

«El griego.--¿Para qué, si nadie me lo ha de entender?

«Dése usted á las matemáticas.--Ya sé sumar y restar, que es todo lo que puedo necesitar para ajustar mis cuentas.

«Aprenda usted física. Le enseñará á conocer los fenómenos menos de la naturaleza.--¿Quiere usted todavía más fenómenos que los que está uno viendo todos los días?

«Historia natural. La botánica le enseñará el conocimiento de las plantas.--¿Tengo yo cara de herbolario? Las que son de comer guisadas me las han de dar.

«La zoología le enseñará á conocer los animales y sus...--¡Ay! ¡Si viera usted cuántos animales conozco ya!

«La mineralogía le enseñará el conocimiento de los metales, de los...--Mientras no me enseñe dónde tengo de encontrar una mina, no hacemos nada.

«Estudie usted la geografía.--Ande usted, que si el día de mañana tengo que hacer un viaje, dinero es lo que necesito, y no geografía; ya sabrá el postillón el camino, que esa es su obligación, y dónde está el pueblo adonde voy.

«Lenguas.--No estudio para intérprete: si voy al extranjero, en llevando dinero ya me entenderán, que es la lengua universal.

«Humanidades, bellas letras...-¿Letras? de cambio: todo lo demás es broma.--Siquiera un poco de retórica y poesía.--Sí, sí, venga usted con coplas; ¡para retórica estoy yo! Y si por las comedias lo dice usted, yo no las tengo de hacer: traduciditas del francés me las han de dar en el teatro.

«La historia.--Demasiadas historias tengo yo en la cabeza.--Sabrá usted lo que han hecho los hombres...--¡Calle usted por Dios! ¿Quién le ha dicho á usted que cuentan las historias una sola palabra de verdad? ¡Es bueno que no sabe uno lo que pasa en casa!».

Y por último concluyeron: «Mire usted, dijo el uno, déjeme usted de quebraderos de cabeza; mayorazgo soy, y el saber es para los hombres que no tienen sobre qué caerse muertos.--Mire usted, dijo otro, mi tío es general, y ya tengo una charretera á los quince años; otra vendrá con el tiempo, y algo más, sin necesidad de quemarse las cejas; para llevar el chafarote al lado y lucir la casaca no se necesita mucha ciencia.--Mire usted, dijo el tercero, en mi familia nadie ha estudiado, porque las gentes de la sangre azul no han de ser médicos ni abogados, ni han de trabajar como la canalla... Si me quiere usted decir que don _Fulano_ se granjeó un grande empleo por su ciencia y su saber, ¡buen provecho! ¿quién será él cuando ha estudiado? Yo no quiero degradarme.--Mire usted, concluyó el último, verdad es que yo no tengo grandes riquezas, pero tengo tal cual letra; ya he logrado _meter la cabeza_ en rentas por empeños de mi madre; un amigo nunca me ha de faltar, ni un empleillo de mala muerte; y para ser oficinista no es preciso ser ningún catedrático de Alcalá ni de Salamanca».

Bendito sea Dios, Andrés, bendito sea Dios, que se ha servido con su alta misericordia aclararnos un poco las ideas en este particular. De estas poderosas razones trae su origen el no estudiar, del no estudiar nace el no saber, y del no saber es escuela indispensable ese hastío y ese tedio que á los libros tenemos, que tanto redunda en honra y provecho, y sobre todo en descanso de la patria.

«¿Pues no da lástima, me decía otro batueco días atrás, ver la confusión de papeles que se cruzan y se atropellan por todas partes en esos países cultos que se llaman? ¡Válgame Dios! ¡qué flujo de hablar y qué caos de palabras, y qué plaga de papeles, y qué turbión de libros, que ni el entendimiento barrunta cómo hay plumas que los escriban, ni números que los cuenten, ni oficinas que los impriman, ni paciencia que los lea! ¿Y con aquello se han de mantener un sinnúmero de hombres, sin más oficio ni beneficio que el de literatos? Y dale con las ciencias y dale con las artes, y vuelta con los adelantos y torna con los descubrimientos. ¡Oh siglo gárrulo y lenguaraz! ¡Mire usted qué mina han descubierto!».