Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 4
Seríamos injustos con Larra, si no reconociésemos la influencia que ejercieron en esta última fase de su vida literaria que estamos examinando los pesares y los quebrantos domésticos: la funesta pasión que tuvo la desgracia de concebir, olvidando los más sacrosantos deberes, se los acarreó grandísimos al fin de su vida. Por lo mismo que sus convicciones políticas habían sufrido tan rudo golpe, debió volverse naturalmente á buscar en el seno de la vida interior los consuelos que el espectáculo del mundo le rehusaba. Desgraciadamente en vez de refugiarse en los brazos de una esposa querida, se aferró cada vez más á su malhadado amor, el cual debía costarle la vida. La persona que se le había inspirado no le guardaba ya una correspondencia, sin la que se creía completamente desgraciado. La inquietud y agitación de su alma crecían por momentos. Todos los que le trataron entonces íntimamente, pudieron observar el desorden de sus ideas, la incoherencia de sus acciones, el desvarío de sus sentimientos, indicios de una catástrofe próxima. Sus últimos escritos la hacían presentir de una manera patente. En el artículo consagrado á la memoria del malogrado conde de Campo Alange decía quince días antes de su muerte con un tono melancólico y lúgubre: «Ha muerto el joven noble y generoso, y ha muerto creyendo: la suerte ha sido injusta con nosotros, los que le hemos perdido, con nosotros cruel; ¡con él misericordiosa! ¡En la vida le esperaba el desengaño! ¡La fortuna le ha ofrecido antes la muerte! Eso es morir viviendo todavía; pero ¡ay de los que le lloran, que entre ellos hay muchos á quienes no es dado elegir, y que entre la muerte y el desengaño tienen antes que pasar por éste que por aquélla, que ésos viven muertos y le envidian!». ¿No son éstas las palabras del moribundo?
Llegó por fin el 13 de febrero de 1837, cuyo día era el destinado para el término de la breve y tormentosa vida de Fígaro. Su amada, después de cinco años de amores, quería romper unos lazos doblemente ilegítimos y criminales, y él lo resistía con todas sus fuerzas. Creyendo poderla decidir á cambiar de opinión, quiso tener con ella una entrevista donde invocase los antiguos recuerdos é hiciese valer sus protestas de ahora. Túvola en efecto en su casa la noche de dicho día, pero nada consiguió. Todos los esfuerzos del amante se estrellaron ante la impasible resolución de la mujer. Ésta acabó por exaltarle con su indiferencia, por enardecerle hasta el último punto con su despego, y apenas habían pasado unos cuantos minutos después de haberse despedido fríamente y sin dejarle ninguna especie de consuelo cuando... oyeron los criados de Larra un ruido que al principio tomaron por la caída de un mueble, pero que luego que entraron en la habitación después de un larguísimo rato, ¡conocieron había sido la detonación de una pistola con que se había quitado la vida! ¡Se había suicidado delante del espejo! ¡¡¡Y fué una de sus pequeñas hijas la que primero echó de ver la desgracia de su padre!!!
Tal fué el desgraciado fin que tuvo el primer escritor satírico de nuestros tiempos, y cuya relación era lo único que nos quedaba que hacer para dar cima á nuestra tarea ¡El risueño, el ameno, el chistoso Fígaro murió de esta manera tan trágica, tan lamentable! No, no seremos nosotros los que disculpemos su acción, y menos todavía los errores y las faltas que poco á poco le arrojaron en el delirio que se la hizo cometer; pero permítasenos á lo menos asociarnos al voto unánime de toda la juventud literaria de España, que inmediatamente olvidó al suicida para no acordarse sino del escritor, y del escritor que con tanta gloria marchaba por las mismas huellas que Cervantes, que Molière, que Juvenal y que todos los grandes satíricos. Algunos años más de vida, alguna más grandeza en su genio, he aquí lo que le faltó para haberse colocado á la altura acaso de estos grandes hombres: los homenajes tributados á su memoria atestiguan bien cuán grande era el vacío que iba á dejar en las letras españolas contemporáneas. Sabida es la pompa con que fué acompañado á la sepultura; sabidas son las sentidas composiciones que se leyeron sobre su cadáver, las tristes palabras que allí se pronunciaron, el dolor de que estuvieron penetrados todos los circunstantes. ¡Estas muestras de simpatía hacia el desgraciado Larra se han renovado después cuando en el mes de marzo de este año se trasladaron sus cenizas al cementerio en que reposan las de Calderón y las del nunca bastante llorado Espronceda! Hoy día comprenden ya todos que á los hombres no les toca más que rendir homenaje al talento; á Dios solo corresponde pedir cuenta del uso que se haya hecho de él.
Concluyamos, pues, añadiendo que la circunstancia de haber muerto antes de sus veintiocho años, dejando una esposa joven con un niño que ahora tiene doce años, y dos niñas, una de diez y otra de ocho, debe hacernos más respetuosos todavía con la memoria de Fígaro.
C. CORTÉS
EL POBRECITO HABLADOR
DOS PALABRAS
No tratamos de redactar un periódico: 1.º porque no nos creemos ni con facultad ni con ciencia para tan vasta empresa; 2.º porque no gustamos de adoptar sujeciones, y mucho menos de imponérnoslas nosotros mismos. Emitir nuestras ideas tales cuales se nos ocurran, ó las de otro tales cuales las encontremos para divertir al público, en folletos sueltos de poco volumen y de menos precio, este es nuestro objeto; porque en cuanto á aquello de instruirle, como suelen decir arrogantemente los que escriben de profesión ó por casualidad para el público, ni tenemos la presunción de creer saber más que él, ni estamos muy seguros de que él lea con ese objeto cuando lee. No siendo nuestra intención sino divertirle, no seremos escrupulosos en la elección de los medios, siempre que estos no puedan acarrear perjuicio nuestro, ni de tercero, siempre que sean lícitos, honrados y decorosos.
Á nadie se ofenderá, á lo menos á sabiendas; de nadie bosquejaremos retratos; si algunas caricaturas por casualidad se pareciesen á alguien, en lugar de corregir nosotros el retrato, aconsejamos al original que se corrija; en su mano estará, pues, que deje de parecérsele. Adoptamos por consiguiente con gusto toda la responsabilidad que conocemos del epíteto satírico que nos hemos echado encima; solo protestamos que nuestra sátira no será nunca personal, al paso que consideramos la sátira de los vicios, de las ridiculeces y de las cosas, útil, necesaria, y sobre todo muy divertida.
Siendo nuestro objeto divertir por cualquier medio, cuando no se le ocurra á nuestra pobre imaginación nada que nos parezca suficiente ó satisfactorio, declaramos francamente que robaremos donde podamos nuestros materiales, publicándolos íntegros ó mutilados, traducidos, arreglados ó refundidos, citando la fuente, ó apropiándonoslos descaradamente, porque como pobres habladores hablamos lo nuestro y lo ajeno, seguros de que al público lo que le importa en lo que se le da impreso no es el nombre del escritor, sino la calidad del escrito, y de que vale más divertir con cosas ajenas que fastidiar con las propias. Concurriremos á las obras de otros como los faltos de ropa á los bailes del carnaval pasado; llevaremos nuestro miserable ingenio, le cambiaremos por el bueno de los demás, y con ribetes distintos lo prohijaremos, como lo hacen muchos sin decirlo; de modo que habrá artículos que sean una capa ajena con embozos nuevos. El de hoy será de esta laya. Además ¿quién nos podrá negar que semejantes artículos nos pertenezcan después de que los hayamos robado? Nuestros serán indudablemente por derecho de conquista. Habrálos también sin embargo enteramente nuestros.
Siguiendo este sistema no podemos fijar las materias de que hablaremos; sabemos poco, y aún sabemos menos lo que se nos podrá ocurrir, ó lo que podremos encontrar. Reirnos de las ridiculeces; esta es nuestra divisa: ser leídos; este es nuestro objeto: decir la verdad; este nuestro medio.
Aunque nos damos tratamiento de nos, bueno es advertir que no somos más que uno, es decir, que no somos lo que parecemos; pero no presumimos tampoco ser más ni menos que nuestros coescritores de la época.
[Ilustración]
EL POBRECITO HABLADOR REVISTA SATÍRICA DE COSTUMBRES, ETC., ETC.
POR EL BACHILLER DON JUAN PÉREZ DE MUNGUÍA
¿QUIÉN ES EL PÚBLICO Y DÓNDE SE LE ENCUENTRA?
(Artículo robado)
El doctor tú te le pones, El Montalván no le tienes, Con que quitándote el don Vienes á quedar Juan Pérez.
_Epigrama antiguo contra el doctor don Juan Pérez de Montalván_
Yo vengo á ser lo que se llama en el mundo un buen hombre, un infeliz, un pobrecillo, como ya se echará de ver en mis escritos; no tengo más defecto, ó llámese sobra si se quiere, que hablar mucho, las más veces sin que nadie me pregunte mi opinión; váyase porque otros tienen el no hablar nada, aunque se les pregunte la suya. Entremétome en todas partes como un pobrecito, y formo mi opinión y la digo, venga ó no al caso, como un pobrecito. Dada esta primera idea de mi carácter pueril é inocentón, nadie extrañará que me halle hoy en mi bufete con gana de hablar, y sin saber qué decir; empeñado en escribir para el público, y sin saber quién es el público. Esta idea, pues, que me ocurre al sentir tal comezón de escribir será el objeto de mi primer artículo. Efectivamente antes de dedicarle _nuestras_ vigilias y tareas _quisiéramos_ saber con quién _nos_ las _habemos_.
Esa voz _público_ que todos traen en boca, siempre en apoyo de sus opiniones, ese comodín de todos los partidos, de todos los pareceres, ¿es una palabra vacía de sentido, ó es un ente real y efectivo? Según lo mucho que se habla de él, según el papelón que hace en el mundo, según los epítetos que se le prodigan y las consideraciones que se le guardan, parece que debe de ser alguien. El público es _ilustrado_, el público es _indulgente_, el público es _imparcial_, el público es _respetable_: no hay duda, pues, en que existe el público. En este supuesto, _¿quién es el público y dónde se le encuentra?_
Sálgome de casa con mi cara infantil y bobalicona á buscar al público por esas calles, á observarle, y á tomar apuntaciones en mi registro acerca del carácter, por mejor decir, de los caracteres distintivos de ese respetable señor. Paréceme á primera vista, según el sentido en que se usa generalmente esta palabra, que tengo de encontrarle en los días y parajes en que suele reunirse más gente. Elijo un domingo, y donde quiera que veo un número grande de personas llámolo público á imitación de los demás. Este día un sinnúmero de oficinistas y de gentes ocupadas ó no ocupadas el resto de la semana, se afeita, se muda, se viste y se perfila, veo que á primera hora llena las iglesias, la mayor parte por ver y ser visto; observa á la salida las caras interesantes, los talles esbeltos, los pies delicados de las bellezas devotas, las hace señas, las sigue, y reparo que á segunda hora va de casa en casa haciendo una infinidad de visitas; aquí deja un cartoncito con su nombre cuando los visitados no están ó no quieren estar en casa; allí entra, habla del tiempo que no interesa, de la ópera que no entiende, etc. Y escribo en mi libro: «El público oye misa, el público coquetea (permítase la expresión mientras no tengamos otra mejor), el público hace visitas, la mayor parte inútiles, recorriendo casas, adonde va sin objeto, de donde sale sin motivo, donde por lo regular ni es esperado antes de ir, ni es echado de menos después de salir; y el público en consecuencia (sea dicho con perdón suyo) pierde el tiempo, y se ocupa en futesas:» idea que confirmo al pasar por la Puerta del Sol.
Éntrome á comer en una fonda, y no sé por qué me encuentro llenas las mesas de un concurso que, juzgando por las facultades que parece tener para comer de fonda, tendrá probablemente en su casa una comida sabrosa, limpia, bien servida, etc., y me lo hallo comiendo voluntariamente, y con el mayor placer, apiñado en un local incómodo (hablo de cualquier fonda de Madrid), obstruido, mal decorado, en mesas estrechas, sobre manteles comunes á todos, limpiándose las babas con las del que comió media hora antes en servilletas sucias sobre toscas, servidas diez, doce, veinte mesas, en cada una de las cuales comen cuatro, seis, ocho personas, por uno ó solos dos mozos mugrientos, mal encarados y con el menor agrado posible: repitiendo este día los mismos platos, los mismos guisos del pasado, del anterior y de toda la vida; siempre puercos, siempre mal aderezados; sin poder hablar libremente por respetos al vecino; bebiendo vino, ó por mejor decir agua teñida ó cocimiento de campeche abominable. Digo para mi capote: «¿Qué alicientes traen al público á comer en las fondas de Madrid?». Y me contesto: «El público gusta de comer mal, de beber peor, y aborrece el agrado, el aseo y la hermosura del local».
Salgo á paseo y ya en materia de paseos me parece difícil decidir acerca del gusto del público, porque si bien un concurso numeroso, lleno de pretensiones, obstruye las calles y el salón del Prado, ó pasea á lo largo del Retiro, otro más llano visita la casa de las fieras, se dirige hacia el río, ó da la vuelta á la población por las rondas. No sé cuál es el mejor, pero sí escribo: «Un público sale por la tarde á ver y ser visto; á seguir sus intrigas amorosas ya empezadas, ó enredar otras nuevas; á hacer el importante junto á los coches; á darse pisotones, y á ahogarse en polvo; otro público sale á distraerse, otro á pasearse, sin contar con otro no menos interesante que asiste á las novenas y cuarenta horas, y con otro no menos ilustrado atendidos los carteles, que concurre al teatro, á los novillos, al fantasmagórico Mantillo y al Circo olímpico».
Pero ya bajan las sombras de los altos montes, y precipitándose sobre estos paseos heterogéneos arrojan de ellos á la gente; yo me retiro el primero, huyendo del público que va en coche ó á caballo, que es el más peligroso de todos los públicos; y como mi observación hace falta en otra parte, me apresuro á examinar el gusto del público en materia de cafés. Reparo con singular extrañeza que _el público tiene gustos infundados_; le veo llenar los más feos, los más oscuros y estrechos, los peores, y reconozco á mi público de las fondas. ¿Por qué se apiña en el reducido, puerco y opaco café del Príncipe, y el mal servido de Venecia, y ha dejado arruinarse el espacioso y magnífico de Santa Catalina, y anteriormente el lindo del Tívoli, acaso mejor situados? De aquí infiero que _el público es caprichoso_.
Empero aquí un momento de observación. En esta mesa cuatro militares disputan, como si pelearan, acerca del mérito de Montes y de León, del volapié y del pasatoro; ninguno sabe de tauromaquia; sin embargo se van á matar, se desafían, se matan en efecto por defender su opinión, que en rigor no lo es.
En otra cuatro leguleyos que no entienden de poesía se arrojan á la cara en forma de alegatos y pedimentos mil dicterios disputando acerca del género clásico y del romántico, del verso antiguo y de la prosa moderna.
Aquí cuatro poetas que no han saludado el diapasón se disparan mil epigramas envenenados, ilustrando el punto _poco tratado_ de la diferencia de la Tossi y de la Lalande, y no se tiran las sillas por respeto al _sagrado_ del café.
Allí cuatro viejos en quienes se ha agotado la fuente del sentimiento, avaros, digámoslo así, de su época, convienen en que los jóvenes del día están perdidos, opinan que no saben _sentir_ como se sentía en su tiempo, y echan abajo sus ensayos, _sin haberlos querido leer siquiera_.
Acullá un periodista _sin período_, y otro periodista con _períodos interminables_, que no aciertan á escribir artículos que se vendan, convienen en la manera indisputable de redactar un papel que llene con su fama sus gavetas y en la importancia de los resultados que tal ó cual artículo, tal ó cual vindicación debe tener en el _mundo_ que no los lee.
Y en todas partes muchos majaderos, que no entienden de nada, disputan de todo.
Todo lo veo, todo lo escucho, y apunto con mi sonrisa, propia de un pobre hombre, y con perdón de mi examinando: «El ilustrado público gusta de hablar de lo que no entiende».
Salgo del café, recorro las calles, y no puedo menos de entrar en las hosterías y otras casas públicas; un concurso crecido de parroquianos de domingo las alborota merendando ó bebiendo, y las conmueve con su bulliciosa algazara; todas están llenas: en todas el Yepes y el Valdepeñas mueven las lenguas de la concurrencia, como el aire la veleta, y como el agua la piedra del molino; ya los densos vapores de Baco comienzan á subirse á la cabeza del público, que no se entiende á sí mismo. Casi voy á escribir en mi libro de memorias: «El respetable público se emborracha;» pero felizmente rómpese la punta de mi lápiz en tan mala coyuntura, y no siendo aquel lugar propio para afilarlo, quédase _in pectore_ mi observación y mi habladuría.
Otra clase de gente entre tanto mete ruido en los billares, y pasa las noches empujando las bolas, de lo cual no hablaré, porque este es de todos los públicos el que me parece más tonto.
Ábrese el teatro, y á esta hora creo que voy á salir para siempre de dudas, y conocer de una vez al público por su indulgencia ponderada, su gusto ilustrado, sus fallos respetables. Ésta parece ser su casa, el templo donde emite sus oráculos sin apelación. Represéntase una comedia nueva; una parte del público la aplaude con furor: es sublime, divina; nada se ha hecho mejor de Moratín acá: otra la silba despiadadamente; es una porquería, es un sainete, nada se ha hecho peor desde Comella hasta nuestro tiempo. Uno dice: «Está en prosa, y me gusta solo por eso; las comedias son la imitación de la vida; deben escribirse en prosa». Otro: «Está en prosa y la comedia debe escribirse en verso, porque no es más que una ficción para agradar á los sentidos; las comedias en prosa son cuentecitos caseros, y si muchos las escriben así, es porque no saben versificarlas». Éste grita: «¿Dónde está el verso, la imaginación, la chispa de nuestros antiguos dramáticos? Todo eso es frío, moral insípida, lenguaje helado; el clasicismo es la muerte del _genio_». Aquel clama: «¡Gracias á Dios que vemos comedias arregladas y morales! La imaginación de nuestros antiguos era desarreglada: ¿qué tenían? Escondidos, tapadas, enredos interminables y monótonos, cuchilladas, graciosos pesados, confusión de clases, de géneros; el romanticismo es la perdición del teatro: sólo puede ser hijo de una imaginación enferma y delirante». Oído esto, vista esta discordancia de pareceres, ¿á qué me canso en nuevas indagaciones? Recuerdo que Latorre tiene un partido considerable, y que Luna sin embargo es también aplaudido sobre esas mismas tablas donde busco un gusto fijo; que en aquella misma escena los detractores de la Lalande arrojaron coronas á la Tossi, y que los apasionados de la Tossi despreciaron, destrozaron á la Lalande, y entonces ya renuncio á mis esperanzas. ¡Dios mío! ¿dónde está ese público tan indulgente, tan ilustrado, tan imparcial, tan justo, tan respetable, eterno dispensador de la fama, de que tanto me han hablado; cuyo fallo es irrecusable, constante, dirigido por un buen gusto invariable, que no conoce más norma ni más leyes que las del sentido _común_, que tan pocos tienen? Sin duda el público no ha venido al teatro esta noche: acaso no concurre á los espectáculos.
Reúno mis notas, y más confuso que antes acerca del objeto de mis pesquisas, llego á informarme de personas más ilustradas que yo. Un autor silbado me dice cuando le pregunto: ¿quién es el público? «Preguntadme más bien cuántos necios se necesitan para componer un público». Un autor aplaudido me responde: «Es la reunión de personas ilustradas, que deciden en el teatro del mérito de las producciones literarias».
Un escritor cuando le silban dice que el público no le silbó, sino que fué una intriga de sus enemigos, sus envidiosos, y este ciertamente no es el público, pero si le critican los defectos de su comedia aplaudida llama al público en su defensa; el público la ha aplaudido; el público no puede ser injusto; luego es buena su comedia.
Un periodista presume que el público está reducido á sus suscritores, y en este caso no es grande el público de los periodistas españoles. Un abogado cree que el público se compone de sus clientes. Á un médico se le figura que no hay más público que sus enfermos, y gracias á su ciencia este público se disminuye todos los días; y así de los demás: de modo que concluyo la noche sin que nadie me dé una razón exacta de lo que busco.
¿Será el público el que compra la Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas, y las poesías de Salas, ó el que deja en la librería las Vidas de los Españoles célebres y la traducción de la Ilíada? ¿El que se da de cachetes por coger billetes para oir á una cantatriz pinturera, ó el que los revende? ¿El que en las épocas tumultuosas quema, asesina y arrastra, ó el que en tiempos pacíficos sufre y adula?
Y esa opinión pública tan respetable, hija suya sin duda, ¿será acaso la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las leyes y con la justicia? ¿Será la que condena á vilipendio eterno al hombre juicioso que rehusa salir al campo á verter su sangre por el capricho ó la imprudencia de otro, que acaso vale menos que él? ¿Será la que en el teatro y en la sociedad se mofa de los acreedores en obsequio de los tramposos, y marca con oprobio la existencia y el nombre del marido que tiene la desgracia de tener una loca ú otra cosa peor por mujer? ¿Será la que acata y ensalza al que roba mucho con los nombres de señor ó de héroe, y sanciona la muerte infamante del que roba poco? ¿Será la que fija el crimen en la cantidad, la que pone el honor del hombre en el temperamento de su consorte, y la razón en la punta incierta de un hierro afilado?
¿En qué consiste, pues, que para granjear la opinión de ese público se quema las cejas toda su vida sobre su bufete el estudioso é infatigable escritor, y pasa sus días manoteando y gesticulando el actor incansable? ¿En qué consiste que se expone á la muerte por merecer sus elogios el militar arrojado? ¿En qué se fundan tantos sacrificios que se hacen por la fama que de él se espera? Sólo concibo, y me explico perfectamente el trabajo, el estudio que se emplean en sacarle los cuartos.
Llega empero la hora de acostarse, y me retiro á coordinar mis notas del día: léolas de nuevo, reúno mis ideas, y de mis observaciones concluyo:
En primer lugar, que el público es el pretexto, el tapador de los fines particulares de cada uno. El escritor dice que emborrona papel, y saca el dinero al público por su bien y lleno de respeto hacia él. El médico cobra sus curas equivocadas, y el abogado sus pleitos perdidos por el bien del público. El juez sentencia _equivocadamente_ al inocente por el bien del público. El sastre, el librero, el impresor, cortan, imprimen y roban por el mismo motivo; y en fin, hasta el... ¿Pero á qué me canso? Yo mismo habré de confesar que escribo para el público, so pena de tener que confesar que escribo para mí.