Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 3

Chapter 33,658 wordsPublic domain

Acabamos de recorrer la época más interesante de la vida de Larra, porque en ella fué cuando labró principalmente su reputación. La atención que hemos dado á sus faenas literarias nos ha impedido ocuparnos nada de su vida doméstica, que no era tan afortunada á la verdad como su vida de escritor. Aquel Fígaro, que sabía con un artículo suyo hacer reir á toda España, no encontraba un bálsamo que suavizase las llagas de su corazón. Larra no era feliz interiormente. Él mismo lo manifestó así hablando de los escritores satíricos. «El escritor satírico, decía, es por lo común como la luna, un cuerpo opaco destinado á dar luz, y es acaso el único de quien con razón puede decirse que da lo que no tiene. Ese mismo don de la naturaleza de ver las cosas tales cuales son y de notar antes en ellas el lado feo que el hermoso, suele ser su tormento. Llámanle la atención en el sol más sus manchas que su luz, y sus ojos, verdaderos microscopios, le hacen notar la fealdad de los poros exagerados, y las desigualdades de la tez en una Venus, donde no ven los demás sino la proporción de las funciones y la palidez de los contornos: ve detrás de la acción aparentemente generosa el móvil mezquino que la produce; ¡y eso llaman sin embargo ser feliz!...». Y citando después los ejemplos de Molière y de Moratín, añadía: «Y si nos fuera lícito en fin nombrarnos siquiera al lado de tan altos modelos, si nos fuera lícito siquiera adjudicarnos el título de escritores satíricos, confesaríamos ingenuamente que sólo en momentos de tristeza nos es dado aspirar á divertir á los demás». Nuestros lectores preguntarán qué razón podría tener Fígaro para considerarse desgraciado, él que en su corta vida se hizo un lugar tan distinguido en las letras, él cuya celebridad le granjeó, entre otras amistades ilustres, la del embajador de Inglaterra en aquella sazón, sir J. Villiers, hoy lord Clarendon, que tenía un gusto particular de verle á su lado en todas las brillantes funciones que acostumbraba á dar en su casa; la del distinguido poeta duque de Rivas, que fué su padrino de boda; la de los señores Martínez de la Rosa, conde de Toreno, general Castaños, y la de la misma reina Cristina, que deseó conocerle y le conoció en efecto, habiendo sido presentado á esta princesa por su mayordomo mayor, el conde de Torrejón. Sus desgracias provinieron principalmente de su carácter. Aunque Larra era generoso y buen amigo, sentía por los hombres en general recelo y desconfianza, cuyos sentimientos sabía disimular sin embargo. En el trato social afectaba siempre modales muy distinguidos, y podía servir de modelo de finura y cortesanía; pero en lo interior de su casa desplegaba un genio duro, desigual y poco sufrido. Era en una palabra un misántropo en la realidad, si bien amable y complaciente en la apariencia, y esta amalgama de afectos encontrados, esta lucha entre su corazón y su cabeza, no era lo más á propósito para tener su espíritu en sosiego. Y como estaba dotado por otra parte de bastante elevación en su talento para no recargar sus escritos de toda la hiel que envenenaba sus sentimientos, la amargura que dejaban de llevar sus críticas, templadas casi siempre por la risa y el buen humor, refluía sin remedio sobre su alma y le atormentaba continuamente. Los goces del esposo y del padre, que eran los únicos que podían haber endulzado su natural condición y restituídole algún reposo, apenas fueron gustados por él. Habíase casado á los veinte años sin destino, sin carrera, sin dinero, sin recursos de ninguna clase, sin el apoyo mismo de su padre, que había perdido por acontecimientos pasados. Su talento de escritor suplió en breve esta falta, que es la causa vulgar, aunque harto frecuente en nuestros tiempos, de la desavenencia de muchos matrimonios y del desorden de no pocas familias. El casamiento de Larra no resultó á la verdad feliz, pero los motivos fueron otros. Fué igualmente su carácter quien originó su desgracia en esta parte, lanzándole con frenesí en el torbellino del mundo y obligándole á ahogar entre su ruido y confusión los gérmenes de dolor que llevaba perpetuamente en su seno. Demasiado joven todavía, fué presa de mil funestas y tormentosas pasiones que acabaron de acibarar su existencia. El amor culpable que concibió por una mujer casada amortiguó en él aquel entrañable cariño que en un principio tuvo á su esposa y á sus hijos, y le lanzó en una senda de extravíos y de errores que empañaron su reputación y su buen nombre. Muy severos tendríamos que ser aquí con su memoria, á fuer de biógrafos imparciales, si su trágica muerte no hubiera sido un castigo más que suficiente de las faltas de su vida. Nuestros lectores nos permitirán pues que pasemos adelante.

De resultas de todos los disgustos y sinsabores que sufrió hacia este tiempo, trató Fígaro de dejar la España y hacer una excursión al extranjero, tanto por distraer su ánimo como por estudiar los países sobre cuya civilización se iba modelando la nuestra sucesivamente. Quiso visitar la Francia y la Inglaterra; es decir las dos naciones que han contribuido más á dar á nuestra sociedad la fisonomía y el color modernos que tanto la distinguen de la sociedad de nuestros abuelos; y como entonces estaban casi interceptadas las comunicaciones con el lado allá de los Pirineos á causa de la rebelión de las provincias vascongadas, emprendió su viaje por Portugal, adonde se trasladó por Extremadura. Este camino le ofreció ocasión de recorrer las famosas ruinas romanas de Mérida, á que consagró dos artículos, y de hacer algunas observaciones interesantes sobre las costumbres de la provincia. Llegado á Lisboa, fué muy bien recibido en todas partes, y obsequiado por los sabios y literatos que le conocían de nombre. Lo propio le sucedió en Londres y París, para cuyas capitales se embarcó en seguida. En la última de estas dos ciudades debió las mayores distinciones al señor barón Taylor, su amigo particular, y á quien conocía ya desde España, que le acompañó á las reuniones y á los establecimientos dignos de ser visitados por todo viajero que llega á aquella culta capital, y le asoció para que escribiese en una obra que entonces se publicaba allí, titulada: _Descripción de la Península_. Al fin, no pudiendo vivir más tiempo fuera de su patria, se decidió á volver á España á fines de 1835 después de diez meses de ausencia, verificando esta vez su viaje directamente por el Pirineo.

_El Español_, periódico célebre por su tamaño jamás conocido en España, y que acababa de crearse, fué quien recogió en esta época los trabajos de Fígaro. Volvió éste á su chistosa garrulería contra los abusos de toda clase, á sus punzantes alusiones contra los desbarros del gobierno, á sus ingeniosas críticas de los teatros, de los actores y de los libros. El público continuó mostrándole sus simpatías: es verdad que sus artículos satíricos no perdieron un punto de la ligereza, de la amenidad y de la gracia que los hacían leer con tanto gusto. Su viaje había contribuido á madurar su talento y hacerle adquirir una solidez y un aplomo que tal vez le faltaban antes: sus críticas teatrales de esta época se distinguen de las anteriores por una superioridad incontestable, y algunas de ellas son un modelo en su género: testigos las de los dramas de Dumas _Antony_ y _Catalina Howard_. Un artículo de costumbres muy notable también los _Barateros_, lleva impreso sobre sí tal sello de profundidad y de filosofía, que atestigua la impresión que durante su viaje hicieron sobre el ánimo de Fígaro las ideas de los penitenciaristas modernos, muchas de las cuales van abandonándose cada día como puras ilusiones; pero que entonces pasaban por verdades positivas, y dieron motivo á nuestro autor para que desarrollase su talento por un lado desconocido hasta entonces.

Echemos ahora una rápida ojeada sobre los acontecimientos políticos que por este tiempo se sucedían ó estaban preparando, porque ellos ejercieron una influencia directa sobre las tareas literarias de nuestro autor, dándoles una fisonomía especial y determinada hasta el fin de su vida, que estaba ya bien cercano. Los tres años del 34, 35 y 36 habían sido empleados en una lucha constante entre la monarquía que quería conservar todo lo que le fuese posible del antiguo régimen político del país, y la opinión pública que reclamaba para este instituciones francamente constitucionales. El Estatuto Real fué la primera concesión eficaz hecha á la segunda por la primera; pero como no fuese seguida de otras que se consideraban como su legítima y necesaria consecuencia; como, aunque la ley fundamental pudiera creerse calcada sobre principios más ó menos liberales, el gobierno supremo no daba pruebas de liberalismo ni en su espíritu, ni en sus tendencias, resultó de aquí que el partido que con razón ó sin ella llevaba la voz popular empezó á trabajar en el parlamento y fuera de él para realizar las cosas á que aquel se negaba con tanto empeño. Creyóse, no sin razón, que lo primero que había que hacer era ensanchar las bases mezquinas é insuficientes bajo que el señor Martínez de la Rosa había constituido políticamente la nación, y se pidió la reforma del Estatuto. Después de algunas vicisitudes, tras de algunos motines mal reprimidos, y en medio de los apuros de la guerra cada vez más apremiantes, prometiólo al fin la corona como medio de sofocar el levantamiento en 1835. Diferentes circunstancias se opusieron al cumplimiento de esta promesa, hasta que por último habiéndose formado el gabinete del ministerio Isturiz en mayo de 1836, se anunció solemnemente á la nación que sus deseos y esperanzas más ardientes iban á tener logro mediante la convocación de las cortes revisoras que debían ocuparse en formar una nueva constitución.

Este paso, que parecía deber reconciliar definitivamente á todos los amigos de las ideas constitucionales, los dividió sin embargo para siempre. Hasta entonces el partido liberal no estaba dividido en fracciones de ninguna clase: sus diversos miembros estaban solo separados por líneas casi imperceptibles, y si unos mostraban más impaciencia que otros por llevar adelante la reforma política, todos convenían á lo menos en que el progreso era necesario. Pero el advenimiento del gabinete de mayo los fraccionó en dos bandos absolutamente distintos, opuestos entre sí, bandos que se han ido separando cada vez más, que cada día se han profesado mayor antipatía, mayor enemistad, mayor rencor; bandos en fin cuyo destino no ha terminado todavía, siendo á estas horas un misterio si llegará alguna vez para ellos el día de la reconciliación, ó si arrastrados antes de tristes y miserables pasiones que de un amor sincero á su país cuyo bien invocan ambos, preferirán irse á perder el uno en el despotismo, y el otro en la anarquía. ¿Cuáles fueron las causas de esta división tan fatal? Fueron á nuestro modo de ver muy sencillas. Unos se pusieron de parte de la corona en aquella ocasión y se hicieron conservadores, ya porque la autoridad del trono les parecía la única que podía asegurar el éxito de las reformas políticas así en lo interior como en lo exterior, ya porque los medios legales les parecían más asequibles y expeditos que los medios revolucionarios, ya en fin porque el carlismo amenazaba demasiado cerca para no pensar en poner pronto término de aquel modo á las contiendas pendientes. Otros por el contrario se pusieron de parte del pueblo ú obraron en nombre suyo, bien porque el dogma de la soberanía nacional, único que reconocían como legítimo, les hiciese rechazar toda constitución emanada del poder real, bien porque solo viesen con desconfianza las promesas y concesiones de este último, bien porque la marcha del ministerio Isturiz, que empezó su carrera con un semigolpe de Estado, no les prometiese que había de acceder bastante á las exigencias del liberalismo. Á cuyos primeros motivos de disentimiento hay que añadir los odios personales y profundos que existían entre los jefes de los respectivos partidos, que contribuyeron á rebajar notablemente la cuestión, y de una de política, de principios, de gobierno, que era antes, hicieron otra de poder, de ambiciones y gabinete; más claro, el combate entre dos grandes principios políticos se convirtió en lucha entre dos personajes influyentes, el señor Isturiz y el señor Mendizábal, y de aquí nació la revolución de la Granja.

Fígaro se decidió por el bando conservador; no ciertamente porque sus ideas liberales no fuesen suficientemente avanzadas y aun estuviesen embebidas en el espíritu democrático, como lo demuestran muchos pasajes de sus obras. No podía suceder otra cosa respecto del traductor de las célebres _Palabras de un creyente_, de M. Lamennais, y del notable prólogo que le precede, en que nuestro autor vierte doctrinas que no rechazarían los más ardientes apóstoles de la democracia moderna. Pero Fígaro no veía la necesidad de exponer el país á nuevos trastornos, ni las instituciones á nuevas conmociones, cuando las legítimas exigencias populares iban á ser satisfechas y asentada la libertad bajo firmes y seguras bases. Preparábase además por su parte á tomar una parte directa en el movimiento reformador, pues había sido nombrado diputado por la provincia de Ávila para las cortes que debían llevarle á efecto; y esta circunstancia tenía que predisponer su ánimo en favor del sistema legal. Por consiguiente cuando estalló el movimiento de agosto se encontró sorprendido y sin comprender unos sucesos, en su concepto tan irregulares, encontrándose de rechazo lanzado en el partido de la resistencia, no por simpatía alguna hacia él, sino por la fuerza misma de las cosas.

Hemos entrado en estos pormenores á fin de hacer comprender cómo el pensamiento de los escritos de Fígaro, el tono general de ellos y hasta las formas de su estilo sufrieron grandes é importantes modificaciones. Ya no es el instinto espontáneo del liberalismo lo que le inspira: son sus excesos y violencias lo que llama su atención; ya no critica las cosas preocupado su ánimo de las grandes ideas de perfección y progreso: es la amargura del hombre desengañado lo que le mueve á escribir; ya no es la gracia, ni la ligereza, ni la amenidad lo que resalta principalmente en sus artículos, sino la aspereza, el coraje, la melancolía. Y es que todas sus esperanzas se han disipado; y es que todas sus ilusiones se han desvanecido; y es que un presente triste y desconsolador le hace desconfiar de todo porvenir risueño y fecundo; ¡y es, en fin, que el sentimiento íntimo de las cosas se le escapa por esta vez! La negación es el más estéril de los pensamientos humanos; y causa dolor ver á un escritor como Larra condenar los desórdenes de la revolución, las atrocidades de su gobierno y los desvaríos de sus ministros en nombre de tan pobre principio. Pero su alma se había gastado ya en la lucha, y querer otra cosa de él era acaso exigir demasiado. El carro revolucionario anda demasiado aprisa para que todos puedan seguir su paso.

El artículo de _El día de difuntos_ de 1836 señala esta nueva fase de la vida literaria de Larra, y la resume toda, por decirlo así. No seremos nosotros los que neguemos el verdadero mérito de esta composición; la profundidad con que está concebida, la filosofía con que está vaciada, la altura del tono con que está escrita; pero juzgándola bajo un punto de vista más grande que el de un miserable escepticismo, ¿tenía razón Fígaro en manifestar tanto desconsuelo, en sentir tanta amargura, en derramar tanta hiel, permítasenos la expresión, en vista de los hechos que entonces pasaban? Sabido es el pensamiento del artículo de que se trata. Nuestro autor se imagina al ver las gentes que se dirigen apresuradamente al cementerio, que este se encuentra dentro de Madrid, que Madrid es el cementerio, «vasto cementerio dice, donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza ó de un deseo». Inspirado de esta idea, empieza á recorrer las calles de la capital considerando sus principales edificios como otros tantos sepulcros cubiertos de epitafios alusivos á los acontecimientos de que cada cual había sido teatro. Al llegar al Real Palacio, lee en su frontispicio: «_Aquí yace el trono_; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en la Granja de un aire colado». Pasa por delante de la cárcel y exclama: «_¡Aquí reposa la libertad del pensamiento!_ Dos redactores del _Mundo_, añade, eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna». Al echar de ver el edificio de Correos: «_¡Aquí yace la subordinación militar!_» lee también su fantasía... Tal es el espíritu de las ideas de todo este artículo y de los de todos los demás, poco más ó menos, que Fígaro escribió hasta su muerte bajo la inspiración de los sentimientos que hemos manifestado. ¡Tristes y falaces ideas por cierto! Sí; el trono había muerto, era verdad; pero era el trono absoluto, el trono que esquivaba ser francamente poder constitucional, el trono que no quería renunciar á ninguno de sus antiguos hábitos y preocupaciones, y eso cuando no encontraba un solo defensor contra la soldadesca desenfrenada, ni un solo palaciego caía atravesado por las bayonetas del sargento García! Sí, la libertad del pensamiento había perecido, nada más cierto; pero era la libertad de pensar representada por la censura y de cuya abolición ofrecían una imagen viva los periodistas entonces presos. Sí, la subordinación militar estaba destruida, no había duda alguna; pero era la subordinación ciega y estúpida que quería el despotismo, el cual no contó sin embargo con fuerza bastante para reprimir una sedición de tropa hecha en nombre de una idea política, teniendo que resignarse vergonzoso á dejarla salir con tambor batiente y banderas desplegadas! ¿No habían hecho bien en morir instituciones caducas y que no estaban ya conformes con el espíritu de los tiempos nuevos? ¿No convenía que la monarquía aprendiese con la experiencia que no encontraría nadie que se inmolase por ella á título de absoluta, y que su sola tabla de salud estaba en aceptar sinceramente el nuevo orden político? ¿No era un grande ejemplo ver encerrados en la cárcel á escritores acusados de haber publicado estos ó aquellos pensamientos en uso de un derecho reconocido, probando así que, si á los hombres podían ponerse grillos, las ideas estaban ya libres de toda traba? ¿No era providencial ver á la fuerza armada declararse en insurrección en nombre de un principio y estrellarse ante ella toda la fuerza de la autoridad pública, á fin de que los gobiernos no convirtiesen en adelante á los ejércitos en instrumentos de opresión y tiranía para con los simples ciudadanos, exponiéndose á que el instinto del patriotismo ahogase en ellos la voz del deber militar? He aquí lo que debió pensar Fígaro antes de hacer una crítica tan amarga y desesperada de los acontecimientos. Empero no podía ser otra cosa y él mismo nos explica por qué. «Quise refugiarme, dice, en mi propio corazón... ¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! _¡Aquí yace la esperanza!_...». ¡Oh! un hombre sin esperanza no podía hablar de otro modo: así es que no es al mundo á quién debía dirigir su palabra; ¡debía hablar únicamente á Dios!

No solo son sus artículos políticos los que se resienten del giro que la revolución de la Granja hizo tomar á sus ideas y opiniones. La misma negra melancolía, la misma sombría desesperación, reinan en sus artículos literarios, juntamente con las mismas lamentaciones por lo pasado, la misma superficialidad al examinar la razón de las cosas. Larra es, debemos confesarlo, inferior á sí mismo. ¿Trata de juzgar _el Pilluelo de París_? En vez de apreciar en su justo valor la filosofía de esta pieza, nos dirá que la desigualdad de las clases y de las fortunas es un mal necesario, que el continuo alarido de los muchos contra los pocos es un sofisma, cuando no pereza, que los pobres no son siempre necesariamente virtuosos ni el noble y el rico unos bribones, con otras trivialidades que, sin entremeterse á ver hasta qué punto debe ser limitado el sentido que se les dé, no probarán nunca que los grandes y los poderosos no abusen alguna vez de su posición social para oprimir á los débiles y á los pequeños. ¿Va á hacer el análisis del _Felipe II_? Tampoco se detendrá en examinar el drama en sí mismo, sino en decirnos que el teatro envejece diariamente, que las sociedades se desquician y que lo mismo sucede con el drama, que es su exacta expresión, que nada puede decirse de la pieza en cuestión sino que es una astilla más arrojada en la hoguera que se apaga. ¿Se ocupa en hacer la crítica de las _Horas de invierno_, una colección de novelas traducidas por el señor Ochoa? Nos manifestará que, aunque el traductor es un escritor de bastante mérito para ocuparse en trabajos originales, hace muy bien en lanzarse cuerpo y alma en aquel oficio. La decadencia de nuestra nación, el envejecimiento de nuestra sociedad lo requiere así: «¿Qué haría, añade, con crear y con inventar? Dos amigos dirían al verle pasear por el Prado: _¡Tiene chispa!_ Muchos no lo dirían por no hacer esa triste confesión. Los más no lo sabrían; las bellas creerían hacerle un gran elogio diciéndole: _romántico_; algunos exclamarían: ¡Es buen muchacho, pero es _poeta_! ¡Otra parte, y no la menor, le calumniaría, le llamaría inmoral y mala cabeza, infernaría su existencia y la llenaría de amargura!». Esto, como se ve, no es formar un juicio, esto no es presentar un análisis, esto no es hacer una crítica; es quejarse, es llorar, es hacerse pedazos el corazón. ¡Qué contraste ofrece este modo de escribir de Fígaro con el que tenía en sus buenos tiempos! Entonces discurría, entonces meditaba, entonces se entusiasmaba con las innovaciones, entonces la esperanza era su numen inspirador; ahora divaga, cierra los ojos, no sabe sino lamentarse de lo pasado, y el desaliento le domina completamente. El mundo social, político y religioso, no es para él más que un edificio viejo que se desmorona por todas partes, á quien en vano se aplican puntales para contener su ruina; en esto no se equivocaba, pero tenía muy vendados los ojos cuando al través del polvo de los escombros no veía alzarse poco á poco un nuevo edificio mucho más brillante, magnífico y duradero.