Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 2

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Afortunadamente para el porvenir literario de nuestro autor, después de los memorables acontecimientos de la Granja en setiembre de 1832, la reina doña María Cristina empuñaba las riendas del gobierno durante la enfermedad de Fernando VII, é inauguraba su administración con aquella serie de medidas que hicieron entonces tan popular su administración. Hacia la misma época (agosto de 1832) empezó á publicar su _Pobrecito Hablador_ bajo el nombre del bachiller don Juan Pérez de Munguía. Aprovechándose del cambio que entonces se hizo en la marcha política del gobierno, desenvolvió en él con cierta libertad la especialidad de talento que le distinguía. Zahirió sin piedad los abusos introducidos, las malas costumbres formadas, los funestos hábitos arraigados; la sociedad, la familia, el individuo, fueron el objeto de su censura en lo que ofrecían de reprensible y vicioso; hízolo en tono burlesco y jocoso, pero no perdonó ninguna de las aberraciones más notables de la vida que se le ofrecían en el camino, ni ninguno de los rasgos característicos de la miseria terrestre que encontraba al paso. Así es que su folleto fué acogido del público, siempre dispuesto á simpatizar con cuantos le hagan reir, con un favor señalado. Preguntábase con anticipación el día en que saldría uno de los números en que el bachiller parlanchín acostumbraba reirse con tanta gracia de las cosas que tenían mal dispuestas contra sí á la mayor parte de las gentes: el partido liberal, es decir, la masa general de los lectores de aquel tiempo, empezaba entonces á respirar por primera vez, y no podía menos de ser muy de su gusto que se hiciese burla de todos los achaques del mundo, de todas las flaquezas de la naturaleza humana, lo que para él equivalía á hacerla de todo el sistema político entonces vigente. Una vez llegada la hora deseada corrían á la librería á arrancarse el folleto, que se leía y celebraba durante muchos días, y de este modo iba formándose la popularidad de que más tarde llegó á gozar nuestro autor. El gobierno supremo no podía ver esto con indiferencia. Á Calomarde había sucedido Cea en la dirección de los negocios públicos; pero los antiguos hábitos del absolutismo subsistían en toda su fuerza. Larra procuraba á la verdad abstenerse de toda expresión de que pudiera creerse envolvía una censura política; alguna que otra alusión de esta clase que se encuentra en su obra es tan tímida, tan embozada, que solo sería capaz de resentirse el poder más desconfiado y sospechoso. Esto era sin embargo el dominante en aquella época, á pesar de todas sus pretensiones de ilustración y amor á las luces, y por consiguiente tardó muy poco en suscitar obstáculos á su publicación por medio de la censura, especie de guillotina del pensamiento que acababa con las ideas con la misma celeridad que la guillotina revolucionaria hacía desaparecer los hombres.

Aquellos á quienes el espectáculo de los excesos (no imposibles de corregir) á que se ha entregado posteriormente entre nosotros la imprenta abandonada á sí misma, pudiera haber reconciliado con una institución tan brutal y tan contraria al espíritu de la civilización moderna, harían muy bien en leer los diferentes números del _Pobrecito Hablador_, y decir después si una publicación hasta su punto inocente debía despertar las iras censorias y ser considerada poco menos que como subversiva del orden político y social. Ya hemos dicho el cuidado con que huía nuestro autor de satirizar ninguno de los actos del gobierno; con igual cautela procedía respecto de las demás críticas suyas que pudieran creerse dirigidas á persona determinada. Véase un párrafo en que nuestro autor protesta de no abrigar segunda intención sobre este punto, y de atender sólo al remedio de los abusos y vicios que eran objeto de su sátira, sin echar á nadie la culpa de ellos. Este párrafo está escrito con tanta humildad y sencillez que no podrá menos de hacer sonreir al pensar en los tiempos en que una salvaguardia de tal especie era pasaporte indispensable para que los censores dejasen correr ciertas palabras, de que ni el gobierno ni los particulares podían darse por ofendidos, gracias á su tono moderado y blando y á su vago é indeterminado concepto. «No tratamos, decía en una nota del número 10 del citado folleto, que es uno de los escritos con mayor libertad, no tratamos de inculpar en modo alguno por los cuadros que vamos á describir al justo gobierno que tenemos: no hay nación tan bien gobernada donde no tengan entrada más ó menos abusos, donde el gobierno más enérgico no pueda ser sorprendido por las arterías y manejos de los subalternos. Contraria del todo es nuestra idea. Precisamente ahora que vemos á la cabeza de nuestro gobierno una reina que, de acuerdo con su augusto esposo, nos conduce rápidamente de mejora en mejora, nosotros, deseosos de cooperar por todos términos como buenos y sumisos vasallos á sus benéficas intenciones, nos atrevemos á apuntar en nuestras habladurías aquellos abusos que desgraciadamente, y por la esencia de las cosas, han sido siempre en todas partes harto frecuentes, creyendo que cuando la autoridad protege abiertamente la virtud y el orden, nunca se la podrá desagradar levantando la voz contra el vicio y el desorden, y mucho menos si se hacen las críticas generales, embozadas con la chanza y la ironía, sin aplicaciones de ninguna especie, y en un folleto, que más tiende á excitar en su lectura alguna ligera sonrisa, que á gobernar el mundo. Protestamos contra toda alusión, toda aplicación personal, como en nuestros números anteriores. Sólo hacemos pinturas de costumbres, no retratos».

Todo esto empero no satisfacía al poder absoluto, según hemos manifestado, y la especie de reacción política que siguió con Cea Bermúdez al sistema que proclamó la amnistía y de cuyas resultas el rey volvió á empuñar las riendas del Estado contribuyó poderosamente á la intolerancia. Los censores se fueron mostrando cada vez más rigurosos; las mutilaciones fueron cada día en aumento; á duras penas, y solo gracias á grandes empeños, pudieron darse á luz los últimos números del _Pobrecito Hablador_, hasta que con el catorceno se anunció por fin al público la muerte del bachiller. Larra, cansado de encontrarse, como decía, con una pared en todas partes, interrumpió su publicación. Esto pasaba en el mes de marzo de 1833.

Estaba decidido sin embargo que nuestro autor fuera un escritor satírico de grande influencia, y que no le faltase por lo tanto un campo bastante vasto para desarrollar su talento. Este campo no podía ser otro que la política, la ocupación principal de nuestras generaciones, el tema de nuestros autores más distinguidos, el faro de nuestras ideas más originales, la enseña en fin tras que marcha todo nuestro siglo. El absolutismo se lisonjeaba en vano de oponer entonces barreras en España á la libertad que se adelantaba á la carrera. Nuestro país debía cambiar completamente de faz. Fernando VII, al cabo de una agonía de muchos meses, bajaba al sepulcro en setiembre de 1833, dejándonos legada una guerra civil de ocho años; y cuando el hombre del despotismo ilustrado se lisonjeaba poder continuar gobernando con los mismos principios políticos que hasta entonces, si bien aparentando plegarlos algo más á las necesidades de los pueblos, he aquí que en Talavera por primera vez, y luego después en Vitoria, Bilbao y otros puntos, da el bando carlista los primeros gritos de la rebelión que debía dar en tierra con las ilusiones del ministro. No puede entrar en nuestro plan hacer una reseña, ni la más leve siquiera, de los acontecimientos de entonces contando cómo desde el célebre manifiesto dado el 4 de octubre por Cea Bermúdez hasta la proclamación, un tanto obligada, del Estatuto, y desde aquí hasta el restablecimiento de la constitución de 1812, fueron enlazándose de tal manera las cosas, y ensanchándose en tales términos el problema de la regeneración del país, que las necesidades políticas se hicieron cada día más numerosas, y más grandes también las concesiones en el mismo sentido que de grado ó por fuerza fué preciso otorgar á la opinión pública, que imperiosamente las reclamaba. Los mencionamos sólo para que se observe que, al compás de los progresos del sistema constitucional, se había necesariamente de extender el horizonte literario de nuestro autor, cuya pluma iba teniendo mayores y más importantes asuntos en que ejercerse. La misma censura, que sobrevivió á todas las demás instituciones del absolutismo como para protestar ella sola contra el espíritu liberal que las iba derrocando una tras otra, perdiendo una gran parte de su rudeza primitiva, dejó gozar de cierta independencia á los escritores; en cuya virtud si no podían hablar con entera libertad, por lo menos no estaban totalmente privados de decir algo. Nuevo motivo pues para que el genio de Larra tomase un vuelo vigoroso y brillante.

Lo que llevamos dicho indica que aquella debía ser la época en que empezasen los periódicos políticos. Nuestro crítico fué llamado á trabajar desde luego, aun antes de haber terminado la publicación del _Pobrecito Hablador_, en el diario que don José María Carnerero acababa de fundar en aquella época, _la Revista Española_. Las circunstancias, de que nos hemos hecho cargo, hicieron que desde enero de 1833 hasta la muerte del rey no diera á luz otra cosa que artículos de crítica literaria y teatral, con alguno que otro de costumbres. Pero apenas estalló el movimiento de Vitoria, cuando escribió el célebre de _Nadie pasa sin hablar al portero_, en que, desplegando ya toda la originalidad de su estilo y toda la gracia de sus chistes, señalaba de una manera profunda los dos principales rasgos del carlismo, las dos llagas que anunciaban anticipadamente su muerte, el desorden y el robo á que se entregaron sus hordas y la influencia monacal que se hizo sentir en ellas. Á este artículo siguieron _la Planta nueva_ ó _el Faccioso_, _la Junta de Castel-o-Branco_ y otros, en que pasó revista á otros hechos característicos del bando rebelde. Desde entonces Larra no abandonó nunca la política, que fué para él una fuente inagotable de ingeniosísimos artículos, en que satirizó á su sabor todas las anomalías é irregularidades que le ofrecía aquella fecunda época.

Conocido es su mérito en este género de producciones literarias. Sábese que tenía un talento maravilloso para encontrar el lado ridículo de los hombres y de las cosas; que sobresalía en hacer resaltar los contrastes de todo género; que no le igualaba nadie en el arte de decir lo que quería y como quería; que su estilo, fluido y castigado, era todo lo ligero y agradable que la sátira política requiere; que, sin dejarse arrastrar de la causticidad natural del escritor de su clase, sabía contenerse dentro de los límites de la moderación y del buen tono para hacer una crítica chistosa, pero decente, de todo lo que le parecía merecerla. Esta última circunstancia, juntamente con la de no acostumbrar seguir en sus más punzantes censuras por otras inspiraciones que las de la justicia más estricta y del patriotismo más acendrado, es la que le distingue principalmente de todos los escritores que después han marchado por sus huellas. Jamás dictó sus juicios la pasión ó el espíritu de partido; siempre le impelió á tomar la pluma el interés de un gran principio violado, ó la defensa de una gran verdad desconocida, sin que en ninguna ocasión se propusiera burlarse de nada, llevado sólo del deseo de hacer burla. Supo, en una palabra, guardar la distancia conveniente entre la sátira y la diatriba, y de este modo se granjeó una grande y merecida popularidad entre los hombres de todas las opiniones. He aquí por qué durarán sus obras; y es muy posible que las de aquellos otros que no han sabido elevar después la crítica á tan grande altura, no sobrevivan á los partidos bajo cuyo espíritu han sido escritas. ¿Quién lee ya hoy _el Zurriago_?

Los tiempos en que Larra escribió la mayor parte de los artículos que han hecho tan conocido el nombre de _Fígaro_, que adoptó por primera vez en _la Revista_, eran muy propicios para que un escritor de su género aprovechase todas sus cualidades literarias. El gobierno se veía arrastrado por dos tendencias diferentes, acosado por dos necesidades encontradas, impelido por dos exigencias opuestas. Por una parte el espíritu liberal quería imperiosamente concesiones más latas que las que se le hicieron primero en el despotismo ilustrado y luego en el Estatuto Real; por otra la opinión pública reclamaba con no menos energía la conclusión de la guerra civil, que devoraba todos los recursos y era un obstáculo á la realización de las mejoras materiales que se esperaban del nuevo régimen. Los diversos ministros que desde fin de 1833 hasta mediados de 1836 se sucedieron no acertaron á contentar al uno, ni á satisfacer la otra. En punto á concesiones liberales, parecíales que el código político de 1834 era una dosis más que suficiente para calmar la fiebre constitucional del país; y en cuanto á la lucha que sostenía con el carlismo, todos sus esfuerzos se reducían á buena voluntad. La impotencia del gobierno resaltaba en todas las cosas. En hora buena que creyese conveniente no llevar adelante el desarrollo de las instituciones liberales; pero una parte de la nación lo deseaba así, y solo podía perdonarle que no lo hiciera bajo la condición de manifestarse activo y eficaz en dar cima á la lucha de Navarra: esto es lo que no quiso jamás comprender á la par de una resistencia ciega á las innovaciones políticas, resistencia obstinada hasta el punto de que el epíteto de _nacional_ dado á la milicia ciudadana costase una revolución, miró siempre la cuestión de guerra con una indiferencia tal, sus generales condujeron con tal desgracia además las operaciones militares, que todo eran obstáculos para él y malas posiciones. Tanta torpeza, tanta imprevisión, tantos errores, tantos desvaríos, no podían menos de ofrecer grande asunto á un satírico, y no le desperdició Larra. Todos sus artículos de este tiempo vienen cuajados de alusiones á los absurdos del sistema con que el gobierno traía descontento á todo el mundo y no lograba casi nunca más que hacer más manifiestas su incapacidad y falta de tino. Eco de las legítimas pretensiones del liberalismo, no pierde ocasión de excitar en ellos al gobierno á que se muestre menos enemigo de las reformas por aquel deseadas, y más cuidadoso de contener los progresos de la facción carlista cuyas fuerzas iban en constante aumento. Los artículos, por ejemplo, de la _Ventaja de las cosas á medio hacer_, las varias _Cartas de Fígaro_, _la Cuestión trasparente_, _la Alabanza_ ó _Que me prohiban este_, ofrecen una prueba de sus sentimientos en esta parte. Los censores y la censura, asunto sobre que el poder no quería ceder absolutamente nada, no dejan sobre todo un momento de ser el punto de mira de sus ataques. Sus razones tenía para ello.

La política no era lo único que absorbía toda su actividad de escritor, ni el solo asunto sobre que recaía su sátira ingeniosa y locuaz. La crítica literaria, la crítica dramática particularmente le daban motivo para escribir artículos no menos notables, sin contar los de costumbres propiamente dichos, que escribió en el mismo intervalo y que no contribuyeron menos á su celebridad, como _la Vida de Madrid_, _la Diligencia_, _el Duelo_, _los Calaveras_ y otros muchos por el estilo. Era el caso que la revolución empezaba á inaugurarse así en las letras como en el gobierno, y que empezaban á darse á luz nuevos dramas, nuevas poesías, nuevas historias en los momentos mismos en que se pedían nuevos derechos, nuevas franquicias, nuevas garantías constitucionales. Por una coincidencia bastante digna de tomarse en consideración, eran algunos de los mismos hombres que figuraban en primer término en la restauración política los que daban el primer impulso á la restauración literaria. Los nombres del señor Martínez de la Rosa, duque de Rivas, Quintana, eran conocidos en ambos campos. Fígaro pues no podía dispensarse de tratar con la especialidad de su talento los asuntos de una y otra especie. Sus principios en materia de literatura guardaron una analogía completa con los que en política profesaba: enemigo de las trabas exageradas con que el clasicismo contenía el vuelo de todos los grandes ingenios, partidario de las innovaciones que habían de abrir á los poetas y á los escritores en general fuentes desconocidas de inspiración, fué uno de los primeros apóstoles del romanticismo, como uno de los promovedores de las reformas constitucionales. Quería el progreso, quería la novedad en todo, y ambas cosas estaban para él simbolizadas en la libertad. «Ese clamor de libertad de imprenta, tan continuo, tan incesante, tan justo, puede tener dos principios: puede considerarse como un derecho meramente político reclamado por un pueblo víctima que hace el último esfuerzo para romper la cadena; y puede mirarse también como un órgano meramente literario, exigido por un pueblo ansioso de ilustración. En el primer caso la imprenta es el baluarte de la libertad civil; en el segundo, el paladión de los conocimientos humanos». No hemos creído poder citar palabras más oportunas para hacer ver el profundo enlace que á los ojos de nuestro autor reinaba entre la literatura y la política, y la marcha liberal y simultáneamente progresiva que ambas á dos debían seguir. Así que sus artículos críticos sobre la una se distinguían por las propias cualidades, se recomendaban por iguales circunstancias que sus artículos satíricos sobre la otra: la misma originalidad, el mismo sarcasmo severo pero razonado, los mismos toques de estilo, la misma imparcialidad en sus juicios. Fígaro no se desmiente nunca á sí mismo, ya tenga que apreciar el carácter de un político, ó el talento de un poeta ó el genio de un artista: ni la razón ni el buen gusto le abandonan un momento.

_La Revista Española_, después _Revista Mensajero_, no fué el solo periódico que en el tiempo á que nos referimos consignó sus trabajos. Estuvo también asociado durante una parte del año 35 á la redacción del _Observador_, que por entonces gozó de cierta celebridad. Sus trabajos literarios no se redujeron tampoco á los artículos de crítica, así literarios como políticos, que las circunstancias y vicisitudes del tiempo le sugerían con frecuencia. Aspirando á adquirir una celebridad fundada en títulos más lisonjeros, ya que no menos reales que los de un escritor reducido al ingrato oficio de analizar los de los más, escribió una novela histórica original, _El doncel de don Enrique el Doliente_, la comedia de costumbres imitada del francés _No más mostrador_, el drama original el _Macías_, é hizo algunas traducciones de mérito, como el conocido _Arte de conspirar_ que publicó bajo su nombre anagramizado en el de Ramón de Arriala, _el Desafío_ ó _Dos horas de favor_, etc., etc. En todas estas producciones desplegó el mismo talento, la propia belleza de estilo, igual tacto en sus asuntos que en sus artículos satíricos, si bien es preciso convenir en que considerado como novelista y autor dramático, no es, ni con mucho, tan original ni tan nuevo que como crítico y pintor de costumbres. Á ser un escritor de esta clase era principalmente llamado, y bajo este punto de vista hay que juzgarle para apreciar todo el valor de su mérito literario.