Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 1

Chapter 13,108 wordsPublic domain

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

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El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha agregado al dominio público.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice ha sido reposicionado al principio de la obra y los capítulos pertenecientes a "El doncel de don Enrique el Doliente" han sido agregados por el transcriptor con el correspondiente número de página con que figuran en la edición impresa.

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OBRAS COMPLETAS DE FÍGARO

PARÍS.--IMPRIMERIE CHARLES BLOT, RUE BLEUE, 7

[Ilustración: D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.]

OBRAS COMPLETAS DE FÍGARO

DON MARIANO JOSÉ DE LARRA

NUEVA EDICIÓN PRECEDIDA DE LA VIDA DEL AUTOR Y ADORNADA CON SU RETRATO

TOMO I

PARÍS

LIBRERÍA DE GARNIER HERMANOS

CALLE DES SAINTS-PÈRES, 6 1889

ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO

Pág.

PRÓLOGO 1

VIDA DE DON MARIANO JOSÉ DE LARRA 3

EL POBRECITO HABLADOR.--Dos palabras 25

--Quién es el público, y dónde se le encuentra? 29

--Sátira contra los vicios de la corte 39

--Carta á Andrés 46

--Empeños y desempeños 57

--Sátira contra los malos versos de circunstancias 67

--TEATRO.--¿Quién es por acá el autor de una comedia? 76

--Filología 79

--Carta segunda escrita á Andrés 81

--Manía de citas y de epígrafes 89

--El casarse pronto y mal 92

--El Castellano viejo 100

--Reflexiones acerca del modo de resucitar el teatro español 112

--TEATROS 113

--Carta de Andrés Niporesas al bachiller 126

--Vuelva usted mañana 136

--El mundo todo es máscaras, todo el año es carnaval 147

--Conclusión 160

--Carta última de Andrés Niporesas al bachiller don Juan Pérez de Munguía 165

--Muerte del Pobrecito Hablador 169

--Carta panegírica de Andrés Niporesas 179

EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE 191

CAPÍTULO I 193

CAPÍTULO II 202

CAPÍTULO III 215

CAPÍTULO IV 230

CAPÍTULO V 244

CAPÍTULO VI 254

CAPÍTULO VII 265

CAPÍTULO VIII 276

CAPÍTULO IX 285

CAPÍTULO X 292

CAPÍTULO XI 302

CAPÍTULO XII 309

CAPÍTULO XIII 315

CAPÍTULO XIV 321

CAPÍTULO XV 326

CAPÍTULO XVI 334

CAPÍTULO XVII 339

CAPÍTULO XVIII 355

CAPÍTULO XIX 363

CAPÍTULO XX 379

CAPÍTULO XXI 380

CAPÍTULO XXII 390

CAPÍTULO XXIII 402

CAPÍTULO XXIV 410

CAPÍTULO XXV 419

CAPÍTULO XXVI 429

CAPÍTULO XXVII 437

CAPÍTULO XXVIII 449

CAPÍTULO XXIX 458

CAPÍTULO XXX 463

CAPÍTULO XXXI 470

CAPÍTULO XXXII 483

CAPÍTULO XXXIII 502

CAPÍTULO XXXIV 507

CAPÍTULO XXXV 519

CAPÍTULO XXXVI 534

CAPÍTULO XXXVII 541

CAPÍTULO XXXVIII 549

CAPÍTULO XXXIX 567

CAPÍTULO XL 579

PRÓLOGO DE LA EDICIÓN MADRILEÑA DE 1843

De todos los ingenios cuyas obras forman el repertorio de la literatura española contemporánea, ninguno hay más popular ni más universalmente apreciado que don Mariano José de Larra. El nombre de Fígaro está rodeado de una auréola de gloria á que no es fácil que llegue otro cualquiera escritor de nuestros tiempos. No dejan de existir por esto literatos de un mérito incontestablemente superior; pero la especialidad de talento del ilustre autor que acabamos de citar le señala un lugar aparte en las letras, y que en vano le disputará nadie.

Una revolución política, fecunda, como todas las revoluciones, en disturbios y trastornos que han alterado esencialmente nuestras costumbres y nuestros hábitos; una revolución literaria correspondiente á la primera, que ha producido consecuencias análogas en la esfera del arte, daban ancho campo á la crítica para que, en nombre de lo santo y de lo bello, que con tanta frecuencia suelen ser hollados en las conmociones sociales, hiciese una guerra legítima é incansable á los excesos de todo linaje, á los desbordes de toda especie, á las exageraciones de cualquier género. Dos caminos tenía abiertos para desempeñar su obra, ambos en íntima relación con los dos principios que se disputan eternamente la naturaleza humana: el de la desvergüenza, el del ultraje, el de la pasión ciega y atropellada, ó el de la censura fuerte, pero templada; el del ataque vigoroso, pero circunspecto; el de la reflexión detenida y profunda. La diatriba y la sátira eran los dos crisoles literarios por donde había de pasar el nuevo orden de cosas que pugna por instalarse en nuestra sociedad, y los que habían de ensayar los hombres según sus respectivas cualidades, al pintar sus ilusiones desvanecidas, sus esperanzas defraudadas y sus desengaños realizados.

Fígaro se decidió por el buen camino. Su genio era demasiado grande para que hiciese la crítica de la sociedad que tenía delante de los ojos de otra manera que como la han hecho los hombres más privilegiados, como la hizo Aristófanes, como la hizo Persio, como la hizo Cervantes. Reunía todas las cualidades á propósito para ello: talento profundo, experiencia grandísima, y, sobre todo, vigor y originalidad de estilo. Así es que nadie le ha igualado en la sátira, si es que merecen el nombre de escritores satíricos aquéllos cuyo mérito está sólo en zaherir las reputaciones adquiridas y hacer mofa de las cosas más sagradas. La verdad es que el lugar que Larra dejó vacante con su prematura y desastrosa muerte no ha sido vuelto á ocupar todavía.

Era verdaderamente un defecto que, á pesar de la celebridad y del mérito no desmentidos por nadie del ingenioso Fígaro, no existiese una colección completa y seguida de sus obras. Todas ellas habían sido á la verdad impresas en diversas épocas; todas habían tenido ediciones más ó menos numerosas; pero jamás habían sido dadas á luz en un solo cuerpo y formando una edición única. Esta falta, originada por las azarosas circunstancias en que se ha encontrado la España, es la que el editor propietario de todos los escritos del inmortal crítico ha querido remediar con aquella que tiene ahora el honor de ofrecer al público, y en que concurren cuantas condiciones se podían apetecer.

[Ilustración]

VIDA DE DON MARIANO JOSÉ DE LARRA

CONOCIDO VULGARMENTE BAJO EL PSEUDÓNIMO DE FÍGARO

Muy engañados están los que crean que la vida de don Mariano José de Larra debe ofrecer grande alimento á la curiosidad y excitar casi el mismo interés que una novela. Su trágico fin autorizaría para creerlo así tal vez, si las grandes amarguras que envenenaron su existencia, y que tanto contribuyeron á aquel, no entrasen en un círculo que al biógrafo le es imposible traspasar. Los secretos de la familia no son propiedad de nadie, y esto nos obliga á ser muy circunspectos tratándose de un hombre cuya carrera pública empezaba apenas en los momentos en que la muerte le arrebató en la flor de su edad al país á quien había empezado á dar tan brillantes esperanzas. ¿Qué vicisitudes podría ofrecer tampoco la vida de un pobre escritor muerto á los veintiocho años? Su vida literaria es la única que ofrecería algún interés, y ésta, aunque activa y fecunda sobremanera, está fielmente reflejada en sus diversas obras. Diremos pues sólo lo preciso para hacer comprender el carácter de nuestro autor, el espíritu de que siempre estuvo animado al escribir, y la analogía, el contraste á veces que uno y otro presentan con sus producciones literarias. Si su talento tiene puntos de contacto con el genio de Molière y de Cervantes; si como ellos se consagró á hacer la crítica chistosa, pero profunda, de la sociedad de su tiempo; si á semejanza de estos grandes hombres, la sátira fué en sus manos un medio de enseñar tanto como de divertir, también se les pareció en el triste y fatal destino que pesó sobre ellos mientras vivieron. ¡Fígaro, aquel Fígaro que aquéllos que leían sus artículos chispeantes de gracia y festividad se figurarían probablemente en perpetua risa, no gozó un instante de felicidad y puso término á sus días con un suicidio! Su persona nos ofrece un ejemplo de la constante unión, de la íntima alianza, íbamos á decir, que tienen entre sí el placer y el dolor, la alegría y la tristeza, el bien y el mal que forman el lote del hombre sobre la tierra.

Don Mariano José de Larra nació en Madrid el 24 de marzo de 1809. Esta fecha es notable. La invasión francesa, que ha sido sin duda alguna la primera causa de los trastornos que así en el orden social y político, como en el orden literario y artístico se han hecho sentir en nuestro país, estaba entonces en toda su fuerza, y con esta invasión debían enlazarse de una manera ú otra los destinos de cuantos hombres han figurado posteriormente en ellos. Mientras una generación ya formada hacía su aparición en la escena instalando todo un sistema de ideas nuevas y desconocidas en España, otra que lo había de verificar más tarde anunciando otros principios que modificasen lo que las primeras tenían de imperfecto, venía al mundo por primera vez; los hombres de 1812 se encumbraban, y los de 1833 nacían; y Larra, que había de hacer entre los últimos uno de los más notables papeles, vió la luz durante esta época. Su infancia no ofreció nada de particular. Crióse en la casa de la Moneda de esta corte, donde residía su abuelo paterno como fiel-administrador, y contaba otros parientes entre sus empleados, en cuyo seno recibió la educación cristiana con que nuestros padres trataban de suplir la falta de otra más brillante, aunque menos sólida: la prontitud con que aprendió su catecismo fué el primer indicio que se tuvo de sus aventajadas disposiciones intelectuales; difícil hubiera sido sin embargo adivinar el giro que estas debían tomar. Cualquiera hubiera dicho entonces que el precoz niño sería con el tiempo un gran teólogo, un eminente jurisconsulto ó un sabio médico, como su padre; pero nadie hubiese pensado que su gloria consistiría en ser el primer crítico de nuestra época. ¿Podía concebirse á la sazón que se pudiera ir más lejos que Moratín?

Luego que sobrevino el año 12, y las tropas francesas abandonaron la Península, su padre, que era médico de primera clase en el ejército imperial, hubo de seguirlos á Francia y se llevó á su hijo. Á su llegada se apresuró á ponerle en un colegio, donde le tuvo hasta el año de 1817, en que, habiendo vuelto á España, empezó á darle una educación más seria. Como era un hombre distinguido en su carrera y de conocimientos más que regulares, le instruyó principalmente en las ciencias naturales, sin olvidar por esto aquellas lecciones prácticas de mundo que sólo la experiencia de un padre está en disposición de dar á su hijo. No se perdió el fruto de esta esmerada enseñanza. El niño recogía con avidez todas las ideas que le daban; sus progresos eran rápidos, y su constante aplicación no tenía en ellos menos parte que su natural talento. El afán que mostraba por el estudio era tan grande, que odiaba toda clase de juegos; los libros eran su única diversión, y rara vez dejaba de derramar lágrimas al tener que desprenderse de ellos para ir á acostarse.

Una circunstancia bien singular obligó sin embargo á su padre á interrumpir esta educación interior y puramente de familia. Una circunstancia singular, decimos, porque lo es mucho en efecto que aquel que más tarde había de manejar con tanta maestría nuestra habla y burlarse en tono tan festivo de los malos escritores de la misma, y en especialidad de la nube de traductores que la destrozan sin piedad alterándola con galicismos no menos opuestos á su espíritu que á su material estructura: á los nueve años no supiese hablar apenas el español, ni conociera otro modo mejor de expresarse que la lengua francesa. Ésta era empero la pura verdad. Habiendo marchado á Francia desde tan niño y vivido allí encerrado cinco años en uno de sus colegios, el idioma de este país había llegado á ser nativo para él, y héchole olvidar casi completamente el castellano. Quiso remediar esta falta su padre, y al efecto le colocó en el instituto de San Antonio Abad de esta corte, y en él no sólo se perfeccionó en el conocimiento de su idioma patrio, sino que estudió la literatura latina y recibió en todo la excelente educación clásica que han acostumbrado siempre á dar los padres Escolapios. Excusado es decir que sus adelantos fueron siempre rápidos; su constante aplicación no se desmintió tampoco, ni su aborrecimiento á los juegos, por que sus jóvenes compañeros se desvivían. En lo único que solía entretener sus ratos de ocio, las veces que no los consagraba á la lectura, era en jugar al ajedrez con su íntimo amigo el conde de Robles, que simpatizaba con él en gustos é inclinaciones. Nunca dió motivo para que le castigasen, y en vista de su poca travesura es seguro que tampoco se hubiera sospechado al escritor satírico cuyas zumbas habían de hacer una eterna guerra á todos los vicios y ridículos de la sociedad en el niño que mostraba un carácter tan pacífico y poco enredador.

Cuando salió del colegio, marchó á Navarra á reunirse con su padre, que se hallaba á la sazón de médico en la ciudad de Corella. Allá en el seno de su familia y en la primera época de su juventud, continuó haciendo la misma vida laboriosa y aplicada que había llevado durante su niñez. Todas las noches del frío invierno de 1822 á 1823 las pasó trabajando consagrado al estudio; los ruegos de su madre le obligaban sólo á retirarse á dormir á una hora muy avanzada; así es que en aquella temporada tradujo por entero del francés al castellano toda _la Ilíada_ de Homero y _el Mentor de la juventud_, y escribió además originalmente una gramática de la lengua española y un cuadro sinóptico de ella. Tenía sólo trece años de edad cuando compuso estos primeros trabajos. Pero instándole su padre para que escogiese una carrera, no tardó en volver á Madrid á perfeccionar su educación, como lo hizo en efecto estudiando las matemáticas y aprendiendo las lenguas griega, italiana é inglesa, en lo que invirtió tres años, y pasando en seguida á la universidad de Valladolid á estudiar filosofía con el objeto de seguir después la carrera de leyes, á que dió la preferencia.

Matriculóse en efecto nuestro escritor y ganó su primer curso; pero la suerte había decidido que no llegase á ser nunca jurisconsulto. Cuál fuése el carácter del acontecimiento que vino á interponerse de repente en su vida y le apartó de la senda pacífica y normal que había seguido hasta entonces, es cosa que ignoramos por nuestra parte y nos es así imposible revelar á nuestros lectores. Este acontecimiento misterioso parece sin embargo muy cierto, y ejerció una grande influencia sobre el porvenir de Larra. Su carácter se alteró completamente: de niño estudioso y amante del saber, pero confiado, vivo y alegre como su edad requería, se hizo sospechoso, triste y reflexivo como si fuera un hombre hecho. Una persona muy allegada á nuestro crítico pretende que sus sentimientos fueron tan profundamente afectados, que ésta fué la primera vez de su vida que le vió llorar sin consuelo, y aún pretende que de aquí vienen todas sus desgracias. Lo cierto es que de resultas se vió obligado, bien á pesar suyo, á abandonar su familia pidiendo licencia á su padre para continuar sus estudios en la universidad de Valencia, á la que se trasladó desde Castilla luego que la hubo obtenido. Á poco de su llegada recibió orden del mismo para venir á Madrid donde el favor y la influencia de algunos amigos le habían proporcionado un empleo, y de este modo se vió arrastrado contra su voluntad á abandonar su carrera.

Un empleo era lo que menos podía convenir á un carácter como el de nuestro autor. Sentía ya en sí germinar el gran talento que había de inspirar sus obras posteriores, y no podía resignarse á enterrarse entre los expedientes de una oficina. Así es que no tardó en renunciarle; pero entonces nacieron para él otras dificultades. ¿Qué es lo que haría en adelante? ¿Por qué profesión se decidiría? Habiendo perdido dos años en viajes inútiles, le parecía mal volver á la universidad; además en este intermedio se había enamorado de la señorita con quien se casó después, y esta era otra razón para que no pensase en abandonar la corte. Determinó pues cultivar la profesión más conforme con su gusto, y se hizo literato.

La literatura, como se sabe, ha sido y es todavía un estado muy poco lucrativo. En aquel tiempo debía serlo y lo era en efecto mucho menos. Nuestro escritor se sentía á la verdad con fuerzas para poder vivir y brillar con él; pero ¿qué es lo que había de escribir en aquella época? Entonces pesaba el despotismo sobre nuestro país con toda la estupidez y brutalidad de que dió muestras en sus últimos años. Era la época en que predicar la ilustración valía tanto como promover un trastorno revolucionario, y el gobierno miraba ambas cosas con la misma mala voluntad. Gracias que para entretenimiento y solaz de la gente ociosa se le permitiese leer los anuncios del _Diario_ y las noticias de Persia de _la Gaceta_. De todo esto había necesidad sin embargo para contener á los pícaros liberales que en 1830 habían tenido la osadía de querer derribar un sistema político impuesto por el extranjero. Cuando las cosas se encontraban en esta situación, era claro que poco podía prometerse el escritor cuya ambición literaria tenía que limitarse á componer una _charada_ en _el Correo_ y que no contaba con más público que oficiales indefinidos. Tales eran los auspicios con que Larra entraba en la profesión de las letras, auspicios, ya se echa de ver, bien poco brillantes y fecundos en esperanzas. Sus primeros pasos en ella correspondieron en un todo á la nulidad del estado que acababa de abrazar, y la oda que escribió sobre los terremotos de Murcia dedicada al comisario general de Cruzada, Varela, _el Duende satírico_, folleto que don José María Carnerero le hizo suspender, y otros opúsculos insignificantes, tuvieron tan escaso mérito, que él mismo no quiso reconocerlos posteriormente por suyos, dejando de incluirlos en la colección de sus obras. Proporcionáronle sin embargo estas producciones la ventaja de darle á conocer entre los personajes más señalados entonces por la protección que daban á las letras y á las artes. El citado señor Varela le apreciaba sobremanera y le distinguía en todas las ocasiones. Como amigo particular suyo asistió á la célebre y suntuosa comida que dió al ilustre Rossini cuando éste vino á Madrid en compañía del señor Aguado por los años de 1831 á 1832.