Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 40
--La Mora, pues... vaya otro trago, señor Rui Pero.
--¿Y la Mora?, preguntó el padre.
--La Mora... Zelindaja queréis decir, la que está encantada en la torre...
--¿En la torre?
--Sí; aquí arriba sobre nosotros. ¡Pero qué vino! ¡qué paladar! ¿os dormís, señor Rui Pero? ¡voto va!
--¿Conque arriba?, preguntó el padre.
--Por ahí la llaman la Mora, y dicen que aparece, y que... ¡ah! ¡ah! ¡ah!, añadió Ferrus soltando una carcajada, y mirando el vino que contenía aún la copa. ¿Qué hacéis vos ahí, prosiguió vuelto en seguida á los que le servían la mesa, escuchando, espiando, á ver si se me escapa alguna imprudencia? Belitres. Si esperáis á que yo os diga dónde está el preso... larga la lleváis. Fuera de aquí; llamaremos cuando os hayamos menester.
Diciendo y haciendo, levantóse Ferrus con trabajo, y cerró la puerta después que hubieron salido los sirvientes, espantados de las palabras del alcaide.
--¿Conque el preso... señor alcaide... prosiguió Peransúrez, que así como su compañero no perdía una palabra ni una acción de las que se le escapaban al imprudente mancebo.
--El preso no se escapará mientras pendan de mi cintura las llaves todas del alcázar. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! notad, padres míos, la figura que hace un camarero dormido, prosiguió Ferrus riéndose á carcajadas, y señalando con el dedo la boca abierta del buen Rui Pero, á quien la hora, el sueño y el cansancio tenían cabeceando sobre su poltrona. ¡Ah! ¡ah!
Al llegar aquí tocó Peransúrez por bajo de la mesa al pie de Hernando, que de puro impaciente no hacía ya más que moverse había gran rato. Levantándose á un tiempo los dos, precipitóse cada uno sobre el que tenía al lado. Tocóle á Peransúrez el dormido Rui Pero, que se halló ya maniatado y tapada la boca antes de acabar de despertar: á Hernando Ferrus, cuyo asombro fué tal al ver levantarse de repente, y en aquella tan inesperada forma, á los dos reverendos, que no fué dueño de gritar ni de oponer la menor resistencia al montero, el cual así lo fajaba con sus poderosas manos, como si fuese un niño. Pusieron nuestros dos amigos á cada uno de los alcaides un palo del hogar atravesado en la boca, y sujeto con cordel que preparado llevaban á manera de mordaza, y atáronlos en seguida fuertemente de pies y manos á sus mismas poltronas, dejándolos conforme se hallaban colocados, es decir, uno enfrente de otro con la mesa en medio y sus copas delante. Era cosa de ver la figura que hacían sin poderse mover ni remover ambos con la boca abierta, y mirándose con ojos aún más abiertos, sin acabar de comprender si estaban encantados por el Moro del castillo, ó si habrían dado hospedaje á dos diablos del otro mundo que venían á castigar su descompuesta vida.
Hecho esto por nuestros dos reverendos, y apoderados ya del manojo de llaves que pendía del cinto de Ferrus, fué su primer cuidado recapacitar lo que acababan de oir al ebrio alcaide.
Parecía por el misterio de sus palabras que la torre era el lugar del castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero era indispensable hallar una subida, y si había dos, aquella en que estuviesen menos expuestos á ser notados ó á encontrar importunas centinelas. En punto á esto convinieron que era preciso ponerse en manos de Dios, que veía sus intenciones, y no dejaría de favorecerlas; y echáronse á buscar una subida, que no tardaron en encontrar. Probando llaves lograron abrir una puertecita encubierta detrás del hogar por un tapiz viejo: empujáronla, y una escalera oscura les probó que habían dado con lo que necesitaban. Armado cada uno de un agudo venablo, y llevando en la mano izquierda Hernando, que iba delante, una linterna sorda de metal, diéronse á subir con la mayor confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando escaleras, ora recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando llaves en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio por no dar la alarma en el castillo.
Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la misteriosa luz desde los alrededores de la fortaleza, en el extremo de una galería, y como quiera que las puertas fuesen todas de la mayor seguridad, no se creía prudente establecer centinelas demasiado inmediatas. Al único que hacia aquella parte se oponía preveníasele de antemano que no se separase del extremo de la galería más distante de la prisión. El que se hallaba á la sazón en aquel punto era un mancebo profundamente ignorante acerca de las circunstancias de los presos que parecían custodiarse con tanto interés en la fortaleza, pero que había oído hablar lo bastante del encantamiento del castillo, y de la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo en aquella incómoda facción.
--Por Santiago, decía apoyándose en su partesana, que no entré yo al servicio del señor conde para habérmelas con brujas y hechiceros; este instrumento que bastaría para matar millones de Moros, unos después de otros se entiende, acaso no sería suficiente á hacer un ligero rasguño en la mano del Moro que fundó este maldito castillo. Dicen que la señal de la cruz es grande arma contra las artes del demonio, añadía en otro paseo de los que daba, sin apartarse mucho de su puesto como el que tiene miedo ó frío; y siendo esto cierto, ¿cómo es que hay cristianos hechizados? Cuerpo de Cristo, si me hechizasen tengo para mí que lo que más había de sentir había de ser aquello del no comer y del no dormir, ¡voto va!
En estas y otras reflexiones cogió entretenido al mancebo cierto profundo gemido que salió al extremo opuesto de la galería.
--¡Santa María! exclamó dando diente con diente el faccionario. Asunto concluido. ¿Si será la Mora que viene á pedirme su esposo, según dicen las gentes que lo pide todas las noches á los ecos? Sin embargo, yo no soy eco, añadió lastimeramente como si quisiese conjurar el encanto con esta lógica observación.
Otro gemido más prolongado resonó de allí á poco, y el ruido de una cadena arrastrada por el suelo se prolongó hasta el infinito en el oído del infeliz.
--¡Santo Dios! decía el soldado, y persignábase tan de prisa como si fuese la última vez que había de persignarse en su vida, sin apartar los ojos del punto de donde él se figuraba que salía el ruido.
En esto estaba, á la orilla de la escalera, y vuelto de espaldas á ella, cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le levantaron en alto.
--¡Perdón, señora Zelindaja, perdón! clamó con voz medio ahogada el miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre Francisco á quien no tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas por la escalera, hasta una puerta que habían cerrado tras sí nuestros aventureros, donde quedó casi exánime y sin sentido.
--¿Hay más? dijo Peransúrez mirando á todas partes.
--No, repuso Hernando: aquella debe ser su prisión: ¿no ois una cadena?
--Él es; apresurémonos. Sacando en seguida el manojo y llegando á la puerta, comenzaron á probar llaves en la cerradura. Abrió, por fin, una de las más gruesas, y entrambos se precipitaron dentro de la prisión, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado doncel.
Una lámpara mortecina lucía siniestramente sobre un pedestal.
--¡Basta, crueles, basta ya! exclamó una voz penetrante, arrojándose á sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del dolor y de la desesperación, una figura cadavérica vestida de negras ropas.
Difícil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver venir sobre ellos aquella extraña sombra, que no era otra cosa lo que á su vista se ofrecía, y el sobrecogimiento de la víctima luego que paró la atención en sus nuevos huéspedes, de tan distinta especie que los dos hombres que hasta entonces habían solido visitar su encierro para traerla el alimento.
--Religiosos, santo Dios, religiosos, exclamó ésta. Habéis oído, Señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envía estos emisarios de vuestra palabra divina para auxiliarme en los últimos momentos de esta vida miserable. Lo acepto, Señor, lo acepto.
Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada, que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando: éste, inmóvil en su puesto, no sabía qué interpretación dar á aquella horrible escena. Todo el valor de Peransúrez le había abandonado; creíase efectivamente delante de la encantadora mora, y estaba ya á dos líneas de maldecir en su corazón su osadía y su malhadada incredulidad.
Repuesto algún tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atrás cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta, levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando largo rato á nuestros amigos sin atreverse á proferir una palabra.
--Quienquiera que seáis, dijo por fin animándose Hernando, y descubriendo su rostro, ser de este mundo ó del otro, mora ó cristiana, hablad: ¿qué nos queréis?
--Hernando, ¿sois vos? exclamó la víctima levantándose después de haber mirado largo rato con la mayor duda y agitación al montero espantado. ¡Ah! no, continuó. ¡Hernando era montero! y volvió á caer en el mismo estupor.
No pudo menos Hernando al oirse nombrar por la fantasma, como un antiguo conocido, de fijar más en ella la atención; y agarrando con una mano á Peransúrez, que á su derecha y un poco detrás de él estaba,--¡Cielos! exclamó sin apartar los ojos de la figura negra. Dejadme: ¿sería posible?
--¡Ah! conocedme, sí, gritó levantándose y asiendo la lámpara la infeliz, conocedme, si me habéis visto alguna vez; he aquí en mi rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya; no soy hermosa... el llanto, el dolor me han afeado. Miradme bien, miradme, prosiguió acercando la luz á su semblante.
--¡Ella, ella es! Peransúrez, salvémonos, gritó Hernando retrocediendo.
--¿Adónde? no: ¿adónde? Deteneos. Yo saldré también con vosotros.
--¡Vivís aún, señora! exclamó Hernando al sentirse detenido por la víctima: ¿vivís?
--Vivo; sí, vivo para llorar y padecer; tocadme aún si lo Dudáis.
--¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora?
--¿Mi muerte decís? preguntó la desdichada. ¿El bárbaro la ha propalado? ¡Justicia, Señor, misericordia! añadió levantando los ojos al cielo. Por piedad, continuó, ¿quién sois el que tanto os parecéis al montero de don Enrique? ¿Qué os trae á esta prisión?
Hernando, sumido en el más profundo letargo, apenas reconocía debajo de aquella palidez y cadavérico aspecto á la hermosa que tantas veces había visto triunfante en el mundo de lujo y de belleza.
--¡Monstruo! dijo por fin para sí, ¡monstruo, monstruo abominable!
--¿Quién sois? acabad; y ¿qué queréis? tornó á preguntar la encerrada: ¿venís á prolongar mis males, á remediarlos por ventura?
--Á salvaros, señora, repuso Hernando. Conocedme, ¡voto va! El montero Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza.
--¿Conque no me había engañado? ¡Ah! Decidme, ¿por qué feliz azar os veo, y cómo en ese traje?
--El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo: dejemos para mejor ocasión ese punto. Ved que necesitamos salir del monte. ¡Ea! Venid con nosotros.
--¿Con vosotros? ¿Adónde? ¡ah! no me engañéis. Más fácil es que me matéis aquí. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles como todos los que hasta ahora he visto en este castillo...
--¿Qué habláis, señora? no veníamos á salvaros: no presumíamos siquiera que viviéseis: el bárbaro que ha osado reduciros á este extremo no se ha contentado con una presa. Sin embargo, en el momento actual vuestra presencia nos hace más falta de todas suertes que un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va á confundir la iniquidad, y á atajar acaso un torrente de sangre.
Mucho tardaron Hernando y Peransúrez en determinar á la desdichada á que los siguiese: sus preguntas exigían larguísimas explicaciones, que no podían darse en aquel momento sin comprometer la suerte de una expedición tan incierta y azarosa ya por sí... Á poder de ruegos en fin y de observaciones logróse de ella que dejase el satisfacer sus dudas para mejor ocasión; el tiempo urgía: nuestros dos reverendos habían pasado ya gran parte de la noche en dar con la prisión, y después de tantos afanes faltábales aún desempeñar la misión que en tal peligro les había puesto.
Resolvióse unánimemente que Hernando se despojaría del hábito que sobre su traje traía, y que lo vestiría lo mejor que pudiese la recién libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa, también era de advertir que habían entrado de noche, que iban á salir al rayar el alba, y que probablemente no estarían á su salida de facción los mismos que lo habían estado á su entrada. Dos frailes habían entrado: dos frailes salían: nada había que decir, si durante la noche no se descubría su acción, cosa difícil, pues habían quedado cerrados por dentro y amordazados Ferrus y Rui Pero. Á la salida ningún obstáculo podrían encontrar dos frailes, pues durante la cena se había dado la orden de abrirles el rastrillo en cuanto se dejasen ver á la puerta al amanecer.
Cortó, pues, Hernando el hábito con su cuchillo de monte, y dejóle más adaptado á la estatura de la hermosa. Hecho lo cual trataron de buscar, por la parte que no habían recorrido aún, la prisión del doncel, dejando para después de encontrarla el determinar la forma de sacarle y salir el mismo Hernando del rastillo, cosa que á este le parecía sencillísima; pues todo se lo parecía cuando era hecho en obsequio de su señor, y cuando tenía en la mano su venablo y al lado su fiel Brabonel; el cual los seguía silenciosamente toda la noche como si estuviera penetrado de lo mucho que convenía el sigilo en aquella peligrosa tentativa.
* * * * *
CAPÍTULO XXXVI
Ya la gran noche pasaba É la luna sextendía; La clara lumbre del día Radiante se mostraba; Al tiempo que reposaba De mis trabajos é pena Oí triste cantinela Que tal canción pronunciaba.
_D. Enr. de Vill. Querella de amor de Mac._
No bien hubieron tomado la determinación que dejamos referida, echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarían como á diez varas del pie de la muralla interior.
Fatigados de la faena que la ignorancia de llaves les acarreaba, y aún más del silencio y cuidado con que les era indispensable proceder, tomaron allí algún descanso. La cautiva, que acababa de experimentar una emoción tan inesperada, y que en medio de su debilidad se hallaba abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su ánimo de mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavía, no pudiendo resistir á tantos afectos encontrados, hubo de apoyarse un momento en un trozo roto de columna, que felizmente encontró en la pieza en que á la sazón se hallaban. Perdían ya nuestros paladines la esperanza de dar con la prisión del doncel. Asegurábales sin embargo su compañera que en la noche anterior y á deshoras había creído oir un laúd débilmente pulsado, cosa que no le había acaecido nunca desde su llegada al castillo; este dato convenía con la fecha de la prisión de Macías; y hubiera jurado, les añadió, que salía el eco del pie de la torre. Esta advertencia sólo podía animar á los generosos amigos del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de examinar qué hora podía ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo se había serenado; un viento fuerte de norte lanzaba hacia las playas africanas algunas nubes dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de la luna en su ocaso advirtió á Hernando, así como la posición de algunas estrellas que acertó á ver, que podría faltar una hora todo lo más para el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observación nada favorable, el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo sospechar que debajo de ellos debía haber al pie de la muralla un soldado de facción. Esta precaución le confirmó en la idea de que debía caer hacia aquella parte del castillo la buscada prisión. Resolviéronse, pues, á probar la aventura, poniendo el éxito en manos de Dios, á quien fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo voto á la Virgen de la Almudena de una ofrenda proporcionada á sus cortos medios, y la cautiva prometió edificarle un santuario suntuoso si la sacaba con bien de tan peligroso trance. Iban ya á probar una nueva llave en la puerta que debía conducirlos, según todas las probabilidades, al pie de la muralla, cuando el rumor del laúd, que al punto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron suspensos.
--¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza la blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. Escuchemos.
Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspensión, y de allí á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido acento una cántica, de la cual pudieron percibir los fragmentos siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en cuando la interrumpían, y del monótono rumor del torrente, que á los pies de la torre por la honda zanja se desprendía.
¿Será que en mi muerte te goces impía, Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata? ¿Así al tierno amante, más fino, se trata? ¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía? ¡Llorad! ¡ay!, mis ojos, llorad noche y día, Mis tristes gemidos levántense al cielo, Pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo, Dolor hoy se vuelva lo que era alegría. ........................................ La copa alevosa, que amor nos colmó También heces cría, señora, en mi daño. Sus heces son ¡ay! fatal desengaño. La copa y las heces mi labio apuró. ¡Ay triste el que al mundo sensible nació! ¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata! ¡Ay mísero aquél, que así amor maltrata! ¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!
¿Por qué, justos cielos, en pecho amador Tiranos me disteis una alma de fuego? ¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego, Bebido, en el pecho, se torna el licor? Contempla, señora, mi acerbo dolor. ¡Ay!, torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira; Ingrata, aunque sea, como antes, mentira, La dicha me vuelve, me vuelve tu amor.
No más á mis ruegos te muestres impía, Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata. No así al tierno amante, más fino, se trata. No quepa en tu pecho tan grande falsía. Dolor no se vuelva lo que era alegría. Mas ¡ay!, si en mi pena no alcanzo consuelo, Si en vano mis quejas se elevan al cielo, ¡Llorad! ¡ay! mis ojos, llorad noche y día!
Callaron al llegar aquí los lúgubres acentos de la cantinela, que había arrancado lágrimas de los ojos de aquéllos que silenciosamente la habían oído.
Seguros de que habían llegado al término de sus esperanzas, diéronse prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fué el terrible alano, el cual no bien se halló al aire libre cuando comenzó á ladrar dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á la pared.
--¡Brabonel!, dijo Hernando. ¡Brabonel!, vamos, silencio.
--¿Quién va?, preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su ballesta contra el montero, que salió primero á contener á su perro.
No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.
--¡Ése es quien va!, respondió Hernando lanzando su venablo, el cual fué recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.
--¡Ay!, gritó la compañera de nuestros aventureros apartando rápidamente los ojos del que acababa de caer.
--Silencio, señora, silencio, dijo Peransúrez: dejad la piedad para después. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya alguno otro centinela con este intempestivo ruido.
--Venga en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el feliz éxito de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre el cuerpo del caído, púsole un pie en el pecho, y sacó de él su venablo ensangrentado con la diestra mano. El venablo al salir del cuerpo dejó libre el paso á un surtidor de sangre que salpicó á Hernando; y á poco el infeliz había ya espirado.
Vencida esta primera dificultad, examinaron la posición, y no les quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servía de puerta á la prisión del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el rastrillo? Perplejo, Hernando miraba á una parte y otra, mordíase los dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar en tomar el opuesto lado del castillo, volviendo por donde había venido para probar la entrada que debería tener forzosamente la prisión, era caso imposible, en vista sobre todo de la hora avanzada.
--¡Voto va!, dijo por fin Hernando. Denme á mí la fiera en el campo; pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aquí, para ser presa de esos perros judíos que quedan en el castillo, en cuanto amanezca?
Su posición tenía más dificultades de las que á primera vista habían creído encontrar. Sin embargo, fué preciso deliberar; y por último, Hernando decidió que lo más acertado sería probar á salir Peransúrez y la bella á favor de su disfraz, quedando él con su alano en aquella posición. Oponíanse los otros á esta generosa determinación; pero Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no había logrado ponerse en comunicación con el doncel y salvarle, ó saltaría la muralla y pasaría el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al salón de la torre se haría rehenes y prenda de seguridad al mismo Ferrus, que probablemente debería permanecer en el mismo estado, pues no se había dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron tales, por último, sus ruegos y sus amenazas, que fué preciso ceder á ellas. Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo; fuera ellos, nada les sería más fácil que volver con socorro; y la presencia sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debía hacer variar completamente la posición del doncel y de Hernando, aun dado caso que quedase preso. Éste, en fin, se aferró en decir que él no saldría del castillo sino muerto ó con su amo; lo más que pudo conseguir de él Peransúrez fué que quitándose su traje de montero vistiese la ropa del muerto centinela, y quedase en su lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso no sería reconocido, y entre tanto tenía aquella probabilidad más de salvación. Hízolo así Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo del vencido en la zanja con un pie, dió algunas instrucciones á Peransúrez acerca de lo que debería hacer en saliendo del castillo y en llegando á la corte.
Despidiéronse en seguida, como aquéllos que acaso no habían de volver á verse. Peransúrez y su compañera, ocultando su rostro bajo su capucha, siguieron la senda que debía conducirlos forzosamente á lo largo de la muralla hasta la puerta principal y puente del castillo, donde era más que probable que no hallasen obstáculos á su salida, siendo como era ya la hora á que había dejado advertido Ferrus la noche anterior que se abriese á los padres descaminados; y donde los dejaremos para acudir adonde nos llaman otros personajes, no menos interesantes, de nuestra historia.