Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 41
Sólo podemos añadir, para sacar algún tanto á nuestros lectores de la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar, que hacia aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar si antes ó después, el jefe del destacamento, que guardaba la puerta principal del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de cuya ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió, pues, al salón que se habían reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano llamó repetidas veces. Asombrado de esta circunstancia, no dudó en reunir algunos hombres, los cuales quebrantaron con sus hachas de armas la cerradura, y les dieron entrada en el salón. Allí fueron encontrados amordazados, en la misma forma singular que los dejamos, Ferrus y Rui Pero mirándose todavía, y sin dar otra respuesta á las preguntas del jefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy semejante al ruido gutural que produce un sordo-mudo para mover la pública conmiseración. Desatóse á los alcaides, dióse la alarma, y en pocos minutos era el castillo todo un teatro de actividad difícil de pintar: corrían unos sin saber adónde, ni de qué enemigos se habían de guardar; tocaban algunos bocinas en son de guerra; preparaban otros sus armas; recorríanse las escaleras y galerías; oíanse votos y juramentos, pésames y proyectos de venganza. Abríanse unas puertas, derribábanse aquéllas cuyas llaves habían echado por dentro nuestros atrevidos paladines... en una palabra, era el castillo todo desorden y confusión. Nuestras leyendas, empero, tan prolijas por lo regular en todos los pormenores de sus relatos, parecen haberse descuidado sobremanera en esta ocasión; pues ni una sola palabra dicen por la cual podamos inferir, sospechar ó barruntar siquiera si cuando se dió esta alarma en el castillo habían salido ya al campo los fugitivos, ó si fué ocasión de que su intento se malograse. Lo cual prueba, además de otras muchas cosas que no son de este lugar, que no es tan fácil el oficio de historiador y cronista como generalmente se cree, sobre todo si no ha de dejarse olvidada ninguna de las circunstancias que puede anhelar saber el impaciente lector.
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CAPÍTULO XXXVII
El rey moro de Granada Más quisiera la su fin; La su seña muy preciada Entrególa á don Ozmin. El poder le dió sin falla Á don Ozmin su vasallo, Y excusóse de batalla Con cinco mil de caballo.
_Historia de Alonso XI, escrita en coplas redondillas_
Dos mil vidas diera juntas Por ser el desafiado.
_Batalla de Rugero y Rodamonte_
Curiosos estarán nuestros lectores, si es que hemos sabido hacerles interesantes los personajes de nuestra desaliñada narración, de saber el estado de la desdichada Elvira, á quien dejamos con la reja de su cámara abierta, ella desvanecida en tierra, y abriéndose su puerta para dar entrada al pajecillo, ó á su mismo esposo, únicos poseedores de la llave. Mucho sentimos que la complicación de sucesos que bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido sacarlos antes de tan incómoda duda; pero todavía sentimos más que el tiempo, que todo lo devora, nos prive aun ahora del placer de satisfacerlos completamente. Recordarán, sin embargo, en disculpa nuestra, que cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba desmayada, y nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno suyo pasaba: el que entró nada contó nunca, razón que tenemos para sospechar que fué Hernán Pérez, á quien no le podía convenir que nada de ello se supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el famoso Pero López de Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae tampoco por consiguiente en sus escritos de semejante escena. Por los resultados que ésta tuvo, volvemos á repetir que debió de ser Hernán Pérez. Hubo quien aseguró que había visto hablar al astrólogo con él mucho después de haber vuelto á entrar éste en el alcázar, y como ya conocemos la mala intención del judío, es de presumir que alarmase al marido acerca de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la puerta cerrada y el estado de Elvira debieron acabar de abrir los ojos á Hernán Pérez acerca de lo que allí podía haber ocurrido.
Lo único que podremos afirmar es que Hernán Pérez de Vadillo, de resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su esposa, decidió aquella noche misma su separación; buscó á su alteza, y le expuso con voz trémula y agitada cómo sabía que su esposa era la acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él había recibido del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de ello que tomase á su cargo la acusadora; y por más que se hizo para averiguar la causa de tan extraña conducta, sólo se pudo sacar en limpio de las cortadas razones de Hernán Pérez que éste había tenido un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuanto hablaba eran palabras de aborrecimiento y execración, y dirigidas á adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debía él morir ó morir Elvira. El odio más reconcentrado y profundo había sucedido en su corazón al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el Doliente á la justa demanda del ofendido Hernán, y en consecuencia encargó al judío Abenzarsal de la custodia de Elvira, la cual pasó á poder de éste con su inseparable pajecillo aquella misma noche. Decidióse al mismo tiempo que se verificaría el combate, donde quiera que estuviese la corte, al quinceno día, por cumplirse entonces el plazo que había dado su alteza al justicia mayor Diego López de Stúñiga para presentarle el reo de la muerte de doña María de Albornoz. Si éste le presentaba con las pruebas legales del delito, excusaríase la prueba del combate. De lo contrario, no quedando otro medio que recurrir al juicio de Dios, sería aquél inevitable.
Con respecto á Elvira, sólo diremos que desde aquella funesta noche en balde intentó tener con su esposo una explicación: negóse éste á todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la mayor desesperación, esperó en un continuo llanto y congoja el día en que había de desenlazarse tan terrible drama, y en que había de verse expuesta á los riesgos de un combate por causa suya, y por una imprudente generosidad, que no era tiempo ya de remediar, la vida de su desdichado amante, si es que éste no había perecido ya, como tenía motivos para creerlo, en la funesta noche de su última entrevista.
Puesta á recaudo como estaba, y no permitiéndosele comunicación alguna sino con el paje, sólo pudo saber en el particular lo que todo el mundo sabía, esto es, que el doncel había desaparecido, cosa que no daba poco que decir en la corte. No se le podía ocultar á Elvira que cualquiera que hubiera sido la suerte del doncel, su tenacidad, y el empeño con que á todo trance había querido defender su moribunda virtud había tenido gran parte en ella. No le podía pesar de ello; pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba el cielo á su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situación, ora en un amor desdichado que en vano había pretendido lanzar de su pecho por todos los medios posibles, pasábase la desgraciada Elvira los días y las noches de claro en claro sin dar reposo á la lucha de encontrados sentimientos, que tenían dividida su deplorable existencia.
La nueva que llegó á la corte el día mismo que debía haberse trasladado á Otordesillas hizo variar de determinación á don Enrique el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el día del combate la cogió por tanto en Andújar.
Amaneció este día, y nadie en la corte pudo dar razón al rey, cuidadoso é impaciente, del ignorado paradero del doncel: don Luis Guzmán fué el único que pudo exponer sencillamente cómo Hernando, fiel criado del doncel, le había visitado en la noche del sarao, manifestándole sus dudas y temores, y encargándole el equipaje de su amo mientras él se dedicaba á averiguar su paradero, de que tenía vagas sospechas. Pero afirmó en seguida que desde entonces no había vuelto á tener noticia alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos los que conocían, sin embargo, el pundonor caballeresco de Macías, no dudaban un punto que se presentaría en la lid el día emplazado, tanto más cuanto que se habían publicado los convenientes edictos y pregones; á no ser que hubiese muerto, acontecimiento que nadie tenía motivos de sospechar. Muchos achacaron la ausencia del doncel á alguna hechicería de don Enrique de Villena y del judío, pero desde sospecharlo á saberlo había tanta distancia como hay de la mentira á la verdad.
Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que había conseguido llevar á cabo su proyecto sin necesidad de cargar su conciencia con el peso de sangre ajena, descansando en la vigilancia de su emancipado juglar y en la fortaleza de su castillo, lleno todo de gentes á su devoción, curábase poco ya del combate, que mal podía verificarse sin la presencia del doncel. Verdad es que debía quedar condenada Elvira como calumniadora, pero esperaba que su mucho valimiento, y el que debía aumentársele sobre todo con el triunfo que el cielo le preparaba aquel día, le bastaría para salvar la vida de la infeliz Elvira; cosa que intentaba pedir inmediatamente á su alteza, proponiendo la conmutación de la pena que imponía la ley en un encierro perpetuo. De esta manera conciliaba el buen don Enrique, con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia, haciendo por una y otra parte transacciones con su ambición, y con la voz secreta que le gritaba en el fondo de su corazón, que no dejaba de ser culpable por haber evitado la muerte de Elvira y del doncel.
Á pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el aplazado combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consigo don Enrique el Doliente, éste se constituyó en audiencia sentándose debajo del dosel regio preparado para la ceremonia que debía verificarse.
Sentado su alteza, y rodeado del buen condestable Rui López Dávalos, de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las demás dignidades de palacio, compareció ante el trono, llamado por un faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo, precediéndole dos farautes suyos, y un escudero con el estandarte en que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos. Requerido por el faraute de su alteza, expuso brevemente la demanda que de justicia había hecho en otra ocasión sobre la muerte de su esposa la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia, pidió cuenta su alteza á su canciller mayor del sello de la puridad de lo que en el asunto había determinado: recordó éste el cargo que había dado su alteza de averiguar el hecho al justicia mayor, cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego López de Stúñiga, é hizo breve relación de los pasos que había dado para la averiguación de aquel horrendo crimen, el cual sin embargo había permanecido oculto, sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios de Dios, que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oído el justicia mayor, prosiguió el canciller relatando cómo en ese tiempo se había presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena, achacándole aquel propio crimen del que él había pedido satisfacción, y lo demás ocurrido en el caso.
Hizo entonces su alteza comparecer á la acusadora, la cual, guiada de Abenzarsal, á cuya custodia estaba confiada, pareció y expuso de nuevo en la misma forma que la había hecho la funesta acusación, no sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien á las claras el estado en que se hallaba.
Tomósele de ella juramento, así como á don Enrique de la denegación del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos Evangelios.
Pidiéronse pruebas en seguida á la acusadora; no pudiendo la cual presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo se había dignado su alteza ordenar la prueba del combate.
Alzóse en seguida un faraute de su alteza, y en voz alta repitió que era llegado el día en que aquél debía verificarse; lo cual hizo por medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros lectores.
El canciller en seguida pidió los gajes al acusado y acusadora, que le entregaron, aquél el guante arrojado por Macías el día de la acusación, ésta el anillo que en prenda de su persona había entregado al rey en el propio día. Recogidos ambos por el canciller, fuéles preguntado á los dos si se hallaban prontos para la prueba del combate que su alteza había ordenado: esta pregunta estremeció á Elvira, que se vió sola en el mundo en aquel tremendo instante; pero Villena respondió á ella con insolente sonrisa de triunfo y de satisfacción. Requeridos á presentarse ante su alteza los combatientes ó sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo Hernán Pérez de Vadillo, que se había mantenido oculto basta entonces en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de Villena; Elvira al verle no fué dueña de sí por más tiempo, lanzó un agudo chillido, y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña que la seguía. No se alteró el implacable Vadillo; hincándose por el contrario de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la cual anuncióse como el campeón de don Enrique.
Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabían, hizo todo el efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como reflexionaron los presentes que iba á presentarse un caso singular en semejantes combates. La mujer acusadora por una parte, y el marido campeón del acusado por otra. Elvira al recibir tan terrible golpe se precipitó á los pies del trono exclamando:--¡Santo Dios! ¡Rey justiciero, no lo permitirás, señor!...
Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso silencio á la acusadora, con duro gesto y ademán, separándola del trono.
Requirióse entonces á Elvira de que presentase su campeón, y á este requerimiento se sucedió el más profundo silencio. Leíase en los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no compareciese el doncel. Temblaba á cada ruido que se oía; todo era para ella preferible al espantoso espectáculo de ver pelear por su causa á su esposo y á su amante.
Por último, vino á sacarla de su mortal angustia el tercer requerimiento del faraute.
Apenas había acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose Elvira y elevando al cielo las manos y los ojos: --Nadie, exclamó con loca alegría, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mío! Señor, continuó dirigiéndose al rey, no tengo campeón; soy, pues, calumniadora; ¡la muerte presto; la muerte!
--Señor, se adelantó á decir el canciller al rey, que se levantaba para decidir en tan arduo caso, debo hacer presente á tu alteza que antes de declarar infame al doncel tu favorito es fuerza esperarle en el palenque todo el día de hoy; si entonces no compareciere, á pesar de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la acusadora será ejecutada.
--Ya lo ois, señora, continuó su alteza; dentro de una hora concurrirá la corte al sitio del combate.
Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de Elvira, que quedó sumergida en el silencio de la desesperación. Don Enrique de Villena triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba en sus labios. Hernán Pérez de Vadillo parecía desesperado de no tener contrario, y de la inopinada tardanza.
--Señora, dijo don Luis Guzmán, que veía con despecho triunfar á su enemigo, llegándose al oído de la infeliz acusadora; si mi brazo puede seros útil, ved que diera mil vidas por ser el acusador.
--¡Ah! señor, repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de agradecimiento, dejad morir á una desdichada. Levantó entonces los ojos al cielo, y añadió para sí con dolorosa expresión: ¡Él ha muerto también! ¡Y mi esposo me desprecia! Bajó en seguida los ojos, y dos farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don Luis Guzmán, la separaron, advirtiendo á éste que la ley prevenía toda incomunicación con la acusadora.
Bajó entre tanto su alteza del trono, y preparóse la corte á asistir al sitio del combate, donde debía esperarse el campeón de Elvira.
Don Luis Guzmán vió salir á todos con despecho reconcentrado. Su silencio y su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa el próximo triunfo que esperaba á su rival, y que él había tratado en vano de impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad.
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CAPÍTULO XXXVIII
Traidor sois, Payo Rodríguez, El mayor que ser podía. Yo vos haré de conocer Ser verdad lo que decía. Entraré con vos en lid Y en ella vos vencería.
--Mentides, Rui Páez Viedma, Pai Rodríguez respondía, Por eso sois vos reptado, No yo que nada debía. Diéronse luego sus gajes, Y en el campo entrado habían. Procuran de se matar; Muy cruel batalla habían.
_Sepúlveda, rom._
--¿Pararemos aquí, si os parece? decía deteniendo su mula á la puerta de la hospedería de Andújar un hombre de quien ya hemos dado una pequeña muestra en la cena á oscuras que describimos en capítulos anteriores.
--Como gustéis, repuso su compañero de viaje, á quien sólo por su muletilla favorita habrán conocido ya nuestros lectores.
--¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente!
--¿Quién es la buena gente? replicó una voz agria y descompasada, semejante al desapacible chirrido de una chicharra, la cual salía del endeble cuerpo de una vieja mal humorada que acababa de asomarse á una fenestra. No hay posada.
--Como gustéis, replicó apeándose Nuño; pero reparad, buena Beatriz, que somos, es decir, que soy vuestro compadre el de Arjonilla...
--¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á decir la vieja.
--Como gustéis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para esta mi bestia, que es como sabéis la niña de mis ojos; no hay mula mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar en la cuadra.
--Os digo, replicó la vieja, que como no queráis meterla conmigo en mi camaranchón, no hay donde. Y no os canséis, Nuño, concluyó la vieja; cerró después de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido prolongado, como se aleja tronando la tempestad.
--¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje de Nuño.
--¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo!
--Vaya, Nuño, no os desesperéis. Está visto que ha venido media Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba del combate en este pueblo, que Dios bendiga.
--¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo?
--Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en las afueras del pueblo.
--Como gustéis, repuso el buen Nuño.
Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al mozo, dirigiéronse hacia el palacio donde se hallaba la corte hospedada.
--He aquí lo que digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie, y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransúrez, y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un día entero tras unos hábitos viejos de nuestro padre san Francisco, que no fué poca fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al padre sacristán? No, sino veníos después con letras para el señor justicia mayor de no sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto va! ¡Muchacho! añadió el montero deteniendo á uno que corría hacia la plaza del pueblo, ¿nos daréis razón del señor justicia mayor?
--¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan pasar los archeros y ballesteros hacia palacio; la corte va á salir al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros al señor justicia mayor, que ha de estar allí, dijo el muchacho, y siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez más por todas partes, y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba más recurso que seguir el consejo del muchacho.
--¡Ea! vamos, dijo Nuño; si allí le podemos dar alcance, sea en buen hora; si no, tenga Peransúrez paciencia, y acabada la fiesta haréis su comisión: ¿ha de correr tanta prisa?
--Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre propone...
--Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño. Siguieron en seguida el curso de la gente, y no tardaron en llegar á la plaza.
Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de cuarenta de largo: en una extremidad un cadalso se hallaba levantado, y ricamente entapizado de paños negros; en él debían sentarse los jueces del campo. Hacia el comedio de uno de los lados un balconcillo de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debía servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque dos garitas, semejantes á las que se construyen en el día para los centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debían dar desde ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo.
Al rededor del palenque, y donde habían dejado lugar para ello las bocas-calles, habían arrimado los habitantes carros y carretas para ver más cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia los puntos más altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á otras en los más bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su compañero.
--¿Habéis oído decir por qué es el duelo? preguntaban unos.
--Sí, respondían otros. El nigromante de don Enrique de Villena, que hechizó á su mujer, es acusado por ello.
--Bien hecho; no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas gentes que tienen pacto con el diablo.
--Callad, maldicientes, gritaba una vieja. ¿Qué sabéis vosotros de lo que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, y aseguran que fué muerta por unos bribones pagados, á causa de unos amores, lo cual se supo porque noches antes le habían dado una serenata...
--¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene, exclamaba otro. Matóla su marido, sí, señor, y hay quien sabe el porqué. ¿Hubiera, si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus secretos, cometido la ligereza de?...
--Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalbete mal encarado; ¡que no ha menester una mujer muchos motivos para cometer una ligereza!
--¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta y ataviada para el combate como para una función; ¿qué sabe él lo que son mujeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras.
--En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es que el combate no se verificará...
--¿No, eh?
--No, señor; porque el campeón de la acusadora no parece.
--Sí, parecerá, repuso un recién llegado. En alguna redoma.
--¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre el judío... maldiga Dios á los judíos.
--Amén.
--Amén.
--Amén.