Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 39
--Dios os prospere, y os dé, buen Nuño, lo que más os convenga. Y se notó que Nuño no le había respondido el _como gustéis_ de ordenanza. Esta observación de los historiadores del tiempo, que hablan con toda profundidad del lance, es tan justa, que cuando Nuño habló con Peransúrez, después de la partida de Ferrus, no sólo no insistió en la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía que había nacido en su corazón repentinamente contra Ferrus, á la parte del emprendedor montero; diciéndole entre otras cosas que tendría un placer singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al señor alcaide nuevo del castillo del Moro, por su arrogancia y su petulante continente.
No echó Peransúrez en saco roto esta buena predisposición al mal del hostalero, y reuniéndose á toda prisa con Hernando, procedieron á dar el paso que en su deliberación de la noche anterior les había parecido más conducente y atinado para el logro de su arrojado intento.
Entre tanto era varia la posición de los habitantes del castillo. En los patios interiores divertían sus ocios tirando al blanco ó bohordando hombres de armas, á quienes estaba confiada su defensa y custodia; algún grupo de ballesteros ó archeros pacíficos discurrían más apartados acerca de la singular reserva que reinaba en todas las operaciones de aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran todos sabedores de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí sabían que habían traído ellos mismos un prisionero por ejemplo, pero ni sabían quién era, ni le habían vuelto á ver. Tales habían sido y eran las precauciones observadas sabiamente por los principales emisarios del conde.
Había sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada, digámoslo así, en el corazón de una mole de piedra, que esto y no otra cosa era cada paredón del castillo. No tenía más adornos que el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca consideración con que al caballero se trataba, y varios informes lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las desnudas paredes de aquel calabozo. Hacía más horrorosa la prisión un rumor monótono y profundísimo, muy semejante al que produce el brazo de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre las guijas de una cascada, ó que se desprende de un batán. El que haya tenido alguna vez la desgracia de verse privado de su libertad en una oscura prisión, oyendo día y noche el acompasado golpeo de un reloj de péndola, será el único que pueda apreciar la situación del doncel, condenado á aquel tristísimo son. No recibía más luz aquel cavernoso nicho que la que le prestaba en los días más claros del año un agujero redondo y cerrado con cuatro hierros cruzados, y practicado en la parte más alta del muro. Hallábase situado á orilla de una zanja, hecha á lo largo de la muralla interior: por la zanja corría, produciendo el rumor que hemos descrito, un residuo del torrente, que llenaba con sus aguas el foso exterior del edificio, y entre la zanja y la muralla interior había una ancha y espaciosa plataforma. Era preciso, pues, pasar la zanja desde la plataforma para entrar en la prisión destinada al doncel; pero esto sólo se podía verificar bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de puerta. La rara colocación de aquella cueva indicaba que había sido construida desde luego para encerrar presos de importancia, y á quienes se quisiese quitar la vida prontamente como represalia, en caso de hallarse ya tomado el castillo por el enemigo. La situación por otra parte, su hondura, y el ruido del torrente impedían que pudiese ser oída en ningún caso la voz del prisionero que en aquella caverna se encerrase. Casi enfrente de ella venía á caer entre las dos murallas la torre principal de la fortaleza. Mirando oblicuamente por el agujero conductor de la luz, que dejamos descrito, divisábanse con trabajo algunas altas ventanas. Nada se podía ver de día de lo que dentro de ellas pasaba; pero de noche, cuando reinaba la más completa oscuridad, veía el doncel una luz arder en lo interior de una habitación, moverse á ratos, mudar de sitio, desaparecer, y aun producir sombras de diversos tamaños y figuras, bastantes á atemorizar en aquel tiempo de superstición un corazón menos determinado que el del doncel; sobre todo en un castillo que hacían encantado las tradiciones más remotas del país, y cuyo destino parecía ser realmente el de pertenecer siempre á seres nigrománticos, como le sucedía á la sazón, que era dueño de él el conde de Cangas, á quien nadie tenía por menos mago que el amante de Zelindaja. De noche también, y cuando se columbraban las temerosas sombras, era cuando solía mezclarse con el silbido del viento y el ruido de la lluvia, ó el estruendo de la tempestad, una voz aguda y dolorosa, que era la que tenía espantada la comarca, y la que nuestro buen Ñuño había oído la noche que se retiraba de su labor, como en nuestro capítulo anterior dejamos dicho.
Finalmente, otra entrada tenía la prisión del doncel. Una escalerilla de caracol la ponía en comunicación con una larga galería interior del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña y cerrada por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves poseía sólo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza de evasión. Un mal lecho había sido dispuesto á ruegos del prisionero en la caverna, y había conseguido por favor singular que le dejasen el pequeño laúd que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita amorosa. Con él divertía su amarga posición pulsándole blandamente, y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribía en las paredes con un punzón alguna tristísima endecha, dirigida á la ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le había puesto en tan lastimero trance.
La habitación que por ser la mejor y la más espaciosa se había reservado el alcaide, y que se habían repartido á la sazón Rui Pero y Ferrus, se hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado. Un salón anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas en las paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba clavada en medio: el hogar ardía en la cabecera de la sala, y en el extremo opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en aquel tiempo para el servicio de la mesa.
Al anochecer del día en que nos encuentra nuestra historia, dos hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española, la más apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado de un cuerpo intermedio para no reñir. Así parecía indicarlo su gesto displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfacción petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior á sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era el de un hombre por el contrario herido en lo más delicado de su amor propio por un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado juglar como podría habérselas un general acreditado por sus servicios y conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado con él la fortuna.
Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de entrambos, y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado vientre vaciaba de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo vivificador que embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos repetidos en su cuerpo como en un cubo desfondado.
--¿Cuándo pensáis partir, señor Rui Pero?, preguntó Ferrus después de uno de estos tragos, paladeando todavía el licor de Baco.
--¿Habéis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que habíais menester?
--Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de este famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó Ferrus picado.
--En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba me pondré en camino para la corte, si no manda otra cosa vuestra señoría.
--Gracias, señor Rui Pero.
--¿Habéis mandado relevar las centinelas exteriores de la muralla, y las dos de las torres, y de la galería interior del preso?
--Bien sabéis, contestó Ferrus, que no es eso cargo mío mientras estéis vos en el castillo. Y espero que no me comprometeréis con mi amo el señor conde, ni querréis faltar al deber...
--No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus, yo voy por lo tanto á disponer...
--Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el servicio de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la calidad do los prisioneros. De otra suerte...
--No habéis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero; bastará con que lo creáis á pies juntillas. Además ya habréis conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal intente hallándose encerrado en la prisión de la zanja.
--Sí, según me habéis dicho, no conociendo el secreto del rastrillo, sólo la muerte sería el resultado de la menor tentativa de evasión. Admirable construcción la de ese calabozo. ¿Y quién construyó?...
--¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y gozoso de poder dar una lección de prudencia al inexperto Ferrus. ¿Qué queréis vos? añadió dirigiéndose al extraño.
--Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar, han llamado al castillo dos caminantes fatigados...
--Á nadie se da hospedaje, repuso Rui Pero mal humorado.
--Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son caballeros, ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden albergue por esta noche.
--¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla?
--Parece, señor, que van extraviados, y pasan á estas horas por el castillo, ignorantes del camino que guía á la población. La copiosa lluvia que ha engruesado el torrente les obliga á pedir albergue.
--¡Voto va! dijo Rui Pero. Lo más que por ellos podemos hacer es que les enseñe el camino un hombre del castillo.
--Pero ése, señor, no los pasará en hombros á través del torrente, repuso el ballestero, temeroso de ser él elegido para aquella comisión.
--Por otra parte, añadió Ferrus, á quien los vapores del vino daban confianza y determinación, ¿qué peligro hay en albergar dos frailes? Dios sabe de dónde serán. Esos padres suelen venir de lejos é ir de paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo es encantado y nada hospitalario. Van de paso.
--Sin embargo, si pudiesen pasar el arroyo... replicó Rui Pero.
--¿Y queréis, dijo Ferrus acercándose al oído del camarero, que nos expongamos á que pase un hombre del castillo la noche fuera de él, y suelte la lengua más de lo preciso? Eso es peor...
--Peor, peor... refunfuñó entre dientes el camarero.
--Si gustáis, señor alcaide, dijo el ballestero, se les contestará que vayan á buscar albergue á otra parte. Ello, la noche es terrible.
--¿Terrible decís? repuso Rui Pero asomándose á una ventana. Sí; parece que el cielo se derrite en agua. Sería una inhumanidad por cierto.
--No podemos consentir, añadió Ferrus, que dos ministros del Altísimo queden á la intemperie en una noche...
--En buen hora; que entren, dijo Rui Pero al ballestero, quien se fué á cumplir la orden.
--¡Voto va! añadió Ferrus: éramos dos y seremos cuatro. Aún queda vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán de hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el peligro que podemos recelar de los santos varones, señor camarero, es que nos echen algún sermón en latín que no entendamos: y así como así, dentro de un rato ya no nos íbamos á entender nosotros dos según la faena que damos á nuestras copas.
Una carcajada de Ferrus al concluir estas palabras probó que todavía no había perdido la costumbre, que se había hecho en él naturaleza, de decir bufonadas á todo trance, á pesar de su nueva dignidad.
De allí á poco entraron humildemente en el salón dos reverendísimos padres, cuyos hábitos derramaban á hilos el agua, como un paraguas expuesto por gran rato á la lluvia, y que se arrima á un rincón á medio cerrar.
Saludáronlos cortésmente nuestros dos amigos, y después de los primeros cumplimientos los invitaron á que se acercasen para secar sus hábitos al hogar, donde quedaron mirándose unos á otros largo espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien avenidos frailes.
* * * * *
CAPÍTULO XXXV
Mentides, fraile, mentides, Que no decís la verdad. ............................ Mató el fraile al caballero, Á la infanta va á librar: En ancas de su caballo Consigo la fué á llevar.
_om. del conde Claros_
Al entrar los dos modestos frailes en la sala, no había dejado de llamarles la atención el agradable pasatiempo en que entretenían sus ratos perdidos el antiguo y nuevo alcaide. Habíanse mirado uno á otro como inspirados de la misma idea, y este movimiento hubiera sido notado de los defensores del castillo, á no ser porque, no habiendo creído éstos que tendrían ya visitas con quien guardar ceremonia, habían menudeado en realidad del tinto más de lo que á su prudencia convenía; su misma posición les había excitado á beber, y aun hay cronistas que aseguran que deseosos uno y otro de no tener compañero en el mando, y demasiado confiado cada cual en su propia resistencia, se habían animado recíprocamente á beber por ver si conseguían privar al colega; plan que, merced á la igualdad de sus fuerzas, había resultado en detrimento de la razón de entrambos.
--¡Por san Francisco! perdonen vuestras reverencias, dijo Ferrus, si les han hecho esperar á la intemperie más de lo que ese hábito que visten merece. Pero sepan que á él solo deben esta acogida, porque el castillo á que han llamado no es en realidad de los más hospitalarios que pudieran haber encontrado en su camino.
--_Pax vobiscum_, dijo el menos corpulento de los padres con voz grave.
--Como gustéis, padres, repuso Ferrus, según el estribillo de mi huésped de ayer; porque han de saber sus reverencias que de dos dignos alcaides que tienen en su presencia ahora, ninguno sabe latín.
--En ese caso, _Te Deum laudamus_, repuso el padre respirando como aquel á quien le quitasen de encima una montaña.
--Gracias, contestó de nuevo Ferrus, no queriendo ser tachado de poco político por dejar sin respuesta una lengua que no entendía. Dos cosas debemos suplicar á vuestras reverencias, prosiguió: primera, que se quiten esos hábitos que traen mojados...
--_Et super flumina Babylonis_, dice el salmista: _vetat regula_, la regla nos lo impide.
--Sea en buen hora; pero la regla no impedirá á vuestras reverencias que hagan lo que vieren adónde quiera que fueren; primera regla de hospitalidad entre caballeros añadió Ferrus derramando vino nuevamente en las copas, y ofreciendo una al padre que había llevado hasta entonces la palabra.
Miráronse los padres uno á otro como para consultar entre sí lo que deberían hacer.
--¡Voto va! aquí se ofrece de buena voluntad, añadió Ferrus viendo su indecisión: ¿no es cierto, señor camarero?
--Vos lo habéis dicho, repuso el camarero tomando una copa. Pero si sus reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles gusanos de la tierra...
--_Vinum lætificat cor hominis_, interrumpió el padre. Nosotros agradecemos á vuestras mercedes la buena voluntad; pero sólo beberemos en la refacción si tenéis por bien hacérnosla servir: vuestras mercedes beban, y mientras, nosotros _exultemus, et lætemur_.
--Á la buena de Dios, dijo Ferrus vaciando su copa. ¿Y este padre que nada dice, es que no sabe latín, como si fuera alcaide?
Miraban los dos frailes á Ferrus, como buscando en sus ojos si encerraría alguna intención ó sospecha aquella pregunta hecha de aquel modo, ó si sería meramente casual é hija de la poca aprehensión del que la hacía. Parecióles en conclusión, que no se podía leer en los ojos de Ferrus sino la expresión del mosto, y no dudó en responder con cierta serenidad el mismo padre:
--Mi superior está achacoso; es sordo además _tanquam tabula_...
--Sí, que es gran sordera, repuso Ferrus, presumiendo que así se llamaba la enfermedad del padre.
--Y un tanto tierno de ojos, que es la razón de verle la capucha tan sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo, de esta noche debe de haberle perjudicado mucho. _Benedictus qui venit._ Venga ó no venga, añadió para sí el padre.
Efectivamente, no se le veía apenas rostro al padre que había permanecido callado. Ocultábale el medio de abajo una larga barba blanca, y su capucha le envolvía todo el medio de arriba.
--¿Y viajan siempre vuesas reverencias con esos mozos de estribo? preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detrás del padre silencioso reposaba, y que había entrado sin ser antes de ellos sentido.
--¿Ah? repuso el padre. Dios nos perdone esos medios mundanos de defensa. Aunque _manet nobiscum Dominus_, bueno es llevar además un amigo consigo. Es el perro del convento: nuestro reverendo abad no quiso que en estos tiempos de salteadores, ni el padre Juan, ni yo, padre Modesto, como me llaman, para servir á Dios y á vuesas mercedes, nos viniésemos sin ese corto auxilio siquiera para nuestra seguridad, si bien _Deus vigilat_.
--¿Y de dónde bueno, padre mío?, preguntó Ferrus con audaz curiosidad.
--De Jaén, hijo, repuso con extrema serenidad el padre; sí, hijo, de Jaén. Llevamos una comisión secreta, que bajo la fe de la obediencia no podemos revelar, para el reverendo prior del convento de Andújar de nuestra misma orden, que es como veis de san Francisco, hijos míos; pensábamos haber caminado toda la noche, y haber llegado allí antes de la mañana; empero Dios que nos ha enviado esta agua, y los achaques de mi compañero, nos han obligado á pedir hospedaje. _Introibo_, dijimos, _ad altare_.
--Y bien dicho, habló por fin el camarero, que había estado hasta entonces observando al silencioso fraile, muy bien dicho, aunque nosotros no lo entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia, y basta: si les parece á sus reverencias, que vendrán cansados, prosiguió el cortesano camarero, harémosles servir la refacción para que se retiren, señor Ferrus.
--_Amen_, repuso el padre; tanto más cuanto que mañana hemos de salir á la madrugada, si dais orden de que nos abran temprano en el castillo.
--Daránse las órdenes todas que fueren necesarias, repuso Ferrus, apartándose y hablando al oído al camarero. Pero ved que las centinelas no se han relevado aún.
--Pudierais vos mudarlas, le contestó Rui Pero, mientras yo hago disponer la cena; estos buenos padres nos dispensarán si los dejamos solos un instante por su propio servicio.
--_Ite, missa est_, replicó el padre echando una bendición gravísima á entrambos alcaides, que se dieron el brazo mutuamente á pesar de sus interiores rencillas, sin duda olvidándolo todo en momentos en que necesitaban tanto de recíproco apoyo, y salieron de la sala.
--¡Cuerpo de Cristo! Por vida de Diego Gil y Martín Bravo, los más famosos monteros de Castilla, que Dios perdone, exclamó el padre silencioso soltando una carcajada algo reprimida por la prudencia. ¡Voto va!, que nunca hubiera dicho, fray Juan ó fray Peransúrez, que tañeseis de ladradura con tal primor. Por mi venablo que se os entiende de cazar en latín á las mil maravillas.
--¡Prudencia, Hernando! Sepamos lo que nos hacemos, ya que yo no sé lo que me digo. ¿No os previno de que fuí monacillo y sacristán en cierto tiempo, durante el cual, si mucho escatimé el rastro de las vinajeras de la Almudena, no por eso dejé de oir las bocinas de los padres en el coro? Aprendí á tañer la mía en latín como habéis visto, y alguna palabra entiendo, voto á tal, de cada ciento que digo.
--Pobre venado es éste, Peransúrez: es nuestro, dijo Hernando.--Hace la señal del pesuño chica, y va en la redruña, ¡voto á tal! No tardaremos en tañer de occisa. ¿Pondrémosle canes?
--Ved no nos obliguen á tañer de traspuesta: mirad que se levanta ya el venado á la ceba. Yo os avisaré el momento.
--Los tiempos nos dirán, conforme vengan...
--Sí; pero ved, Hernando, que no es lo difícil la entrada; mirad por la salida...
--Dios proveerá, y mi venablo, repuso Hernando componiendo sus hábitos, y echando de nuevo su capucha. Ya vienen hacia el buitrón.
Volvían en esto ya los dos alcaides. No tardó mucho tiempo en cubrirse la mesa, á la cual se sentaron los cuatro con la mayor armonía y fraternidad. Poco tiempo hacia que cenaban, con imprudente abandono Rui Pero y Ferrus, con más reserva y comedimiento los frailes, cuando llamó á las puertas del castillo un expreso que enviaba el conde de Cangas y Tineo. Abriéronle inmediatamente, é introducido en la sala, echóse de ver en su traza que había corrido mucho, y que debía de ser en grande manera interesante su mensaje. Tomó Rui Pero el pliego cerrado que para él traía, y apartándose un poco leyóle rápidamente, manifestando bien á las claras en su rostro cuán sorpresa le infundía.
--Señor Ferrus, grandes novedades, dijo después de haberle recorrido.
--¿Qué decís?, preguntó Ferrus tartamudeando.
--Nuestro señor el ilustre conde de Cangas y Tineo, maestre de Calatrava, se halla á pocas leguas de aquí...
--¿Cómo?, exclamó levantándose.
--Sí; parece que el día después de vuestra salida de Madrid llegó á la corte la nueva de los disturbios de Sevilla. Las cartas y pesquisidores que envió su alteza á esa ciudad el mes pasado para poner en paz los bandos que han estallado entre el conde de Niebla, su primo, y el conde don Pedro Ponce y otros caballeros y veinticuatros, no surtieron efecto, y el mal se acrecienta por momentos. Temeroso su alteza de los resultados de tan grave daño, hizo suspender su viaje á Otordesillas; hase contentado con expedir pliegos anunciando á la reina dona Catalina que irá allá desde Sevilla, y mandando disponer para entonces las funciones reales y torneos que se preparaban en solemnidad del nacimiento del príncipe don Juan. Hase traído consigo á los principales señores de la corte, y esta noche debe dormir en Andújar.
--Gran novedad, por cierto, dijo Ferrus.
--Añádeme su señoría que en ese pueblo permanecerán tres días, por hallarse señalada para mañana la prueba del combate. Encárganos con este motivo, añadió Rui Pero al oído de Ferrus, la mayor vigilancia.
--¡Voto á tal!, no hay cuidado, dijo Ferrus dando una carcajada. No vencerá el doncel. ¿Y piensa venir su grandeza por aquí?
--Parece que no, pues de Andújar pasa su alteza á Córdoba; desde allí irá en la barca grande, el Guadalquivir abajo, á Sevilla, pues que está su alteza muy doliente, y no le deja caminar á caballo su físico Abenzarsal. Pero en atención á todo esto, yo partiré mañana de madrugada.
--Sea en buen hora, como gustéis, repuso Ferrus. Esto entre tanto no altera el orden de nuestra cena. Podéis retiraros, buen hombre, añadió Ferrus al emisario.
--Que os den de cenar, dijo Rui Pero al mismo, y disponeos mañana á venir conmigo á la corte.
Retiróse el emisario, y siguieron cenando nuestros cuatro paladines, y conversando acerca de la determinación del rey, y del singular acaecimiento que los había acercado tanto á la corte.
--Bueno fuera, señor alcaide, dijo Peransúrez dirigiéndose á Ferrus, que era el más afectado del licor, bueno fuera que hubieseis de hospedar en este castillo á la corte...
--¡Ba!, dijo Ferrus; no pasa por aquí, y además en un castillo encantado...
--¡Encantado! Dios nos perdone, dijo con afectado escrúpulo el padre.
--¿No ha oído hablar nunca el padre de la Mora Zelindaja, Zelindaja la Mora?..., siguió Ferrus con dificultad, y riéndose á cada palabra con la estúpida expresión de la embriaguez.
--¡Hola!
--¡Voto va!, pues la Mora... rico vino es éste, padre; ¿no bebéis?
--Proseguid, dijo el padre haciendo con su mano un ademán de agradecer el ofrecimiento.