Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 38
--Como gustéis; pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el pueblo que se había oído una noche á deshora rumor de gentes que habían entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto salir; quién sabe si serían gentes de estas que se usan: ello es que nadie los vió: desde entonces ha tornado el run run de las cadenas y de las voces, y de los espantos nocturnos, y lo que sé decir es, que yo me pasaba una noche, no hace muchas, por el castillo, porque venía de trabajar la huerta que tengo más allá: bien sabe Dios ó el diablo que yo me traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí efectivamente yo mismo una voz lamentable que decía á grandes gritos: «Esposo, esposo mío». Mirad, aún se me hiela la sangre en las venas: levanté los ojos, y en una de las ventanas más altas de la torre, de donde parecían salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida y blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando parecía ponérsele por delante una sombra, más larga que una esperanza que no se cumple.
--¿Vos lo visteis? dijo Peransúrez.
--¿No lo creéis? preguntó el hostalero más espantado de la incredulidad de su huésped que del mismo caso que refería.
--Mirad, contestó Peransúrez, toda mi vida tuve grandes deseos de conocer á un encantado, y nunca pude ver la cara á ninguno: desde que fuí monacillo, y sacristán después de la Almudena, tengo ese pío. ¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aventura y ver de hacer una visita á ese Moro y á esa señora Zelindaja?...
--¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gustéis, pero os suplico que miréis...
--¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal?
--La verdad, señor Peransúrez, contestó su compañero, que en esas materias... bueno es mirar dos veces...
--Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aquí en Arjonilla á mi amigo Hernando, el montero de su alteza!
--¿Para qué, señor monacillo, y sacristán después de la Almudena, ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarrón.
--¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola aventura de las que solíamos acometer y vencer en nuestros abriles. Con Hernando al lado, ya me curaría yo de Moros y malandrines, de encantadas moras y cristianas. Yo entraría en el castillo, ó quedaríamos en él entrambos encantados, ó desencantaríamos con la punta de un venablo al mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á las barbas...
--¿Entrar en el castillo decís, eh?... preguntó sonriéndose el hostalero.
--¿Y por qué no?
--Más fácil sería entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo y sacristán, montero y guardabosques.
--Eso no ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester yo á Hernando, ni á nadie.
--¿Vos?, preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada; aunque supierais más latín que todos los sacristanes juntos de Andalucía.
--Yo: apostemos, repuso Peransúrez, picado de la risa del amo y de sus frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena.
--De buena gana, contestó Nuño.
--Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para todos los presentes, gritó Peransúrez dando una puñada en la mesa, que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar.
Al llegar aquí la conversación acalorada del montero Peransúrez acercáronse todos los que en el hogar estaban.
--Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransúrez; Nuño y yo...
--¡Peransúrez!, dijo en voz baja al oído del montero exaltado un hombre de no muy buena apariencia que había entrado no hacía mucho en el mesón, y en quien nadie había reparado, tanto por su silencio, como por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida discusión; ¡Peransúrez!
--¿Quién me interrumpe?, gritó Peransúrez, volviéndose precipitadamente al forastero.
--Oíd, contestó éste apartándole una buena pieza de los circunstantes, que quedaron chichisveando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la posibilidad de llevarla á cabo, y del valor de Peransúrez, y de la interrupción del recién venido.--¿Habláis seriamente, seor Peransúrez?, dijo éste, tapando todavía su rostro con su capotillo pardo.
--¿Cómo si hablo seriamente?, gritó Peransúrez.
--Más bajo, qué importa. ¿Insistís en lo que habéis dicho de aquel montero vuestro amigo?
--¡Sí insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez...
--¡Bueno! ¿Queréis montear con un amigo?
--¿Pero á qué viene?...
--Mirad... dijo el recién llegado desembozándose parte de su cara.
--¿Qué veo?, exclamó Peransúrez, ¿es posible? ¿vos?
--¡Chitón! Me importa no ser conocido.
--Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme...
--No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una pieza mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si queréis entrar en el castillo y desencantar á esa Mora, nos importa el silencio.
--Pero, ¡y mi honor!
--¡Voto va! por el Real de Manzanares, algún día quedará bien puesto el honor de vuestro pabellón. En el ínterin ved que nos ojean, y si no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen nuestro rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.
--En buena hora, repuso Peransúrez. Señor Nuño, añadió volviéndose en seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana, si os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió.
--¿No decía yo?, repuso triunfante Nuño; ¿no decía yo? ¡entrar en el castillo! ¿entrar? Como gustéis, añadió volviéndose hacia la puerta por donde ya había salido Peransúrez con el desconocido, como gustéis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de seis años, y vuestro valor para los raposos del monte.
Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso el comensal de Peransúrez defender á su amigo citando hechos de valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debía aguardar á que entrase Peransúrez en el castillo, cosa reputada tan imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, según la feliz expresión del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que hizo reir á todos á costa del montero, que había abandonado el campo de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su buena fama y reputación.
* * * * *
CAPÍTULO XXXIII
Bien sabedes vos, señora, Que soy cazador real; Caza que tengo en la mano Nunca la puedo dejar. Tomárala por la mano Y para un verjel se van.
_Rom. del conde Claros_
--¿Vos, Hernando, en Arjonilla?, dijo Peransúrez en cuanto se vieron apartados del ventorrillo todo lo que hubieron menester para no ser de nadie entendidos.--¿Podéis explicarme cómo habéis dejado el lado del doncel Macías, á quien servíais no ha mucho, si mal no me acuerdo?
--Largo es de contar, amigo Peransúrez, repuso Hernando deteniéndose en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual se descubría todo él perfectamente.--Pero si no tenéis prisa en este instante, si podéis atender á la llamada de mi bocina, os referiré cosas que os admiren, y veréis si tenemos montes y venado en abundancia, lo cual haré con tanto más gusto, cuanto que me habéis prometido ayudarme en la montería que me trae á este bendito lugar.
Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo, cuanto dejamos en nuestros capítulos anteriores relatado, ó á lo menos toda la parte que él sabía, que era lo muy bastante para poner al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro capítulo XXXI, prosiguió Hernando en la forma siguiente:
--Habéis de saber, Peransúrez, que desde el ojeo que dieron á mi amo en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde, recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar la oreja de mi amo el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina, un maldecido sarao hubo de darse. Ni podía entrar yo allí, ni mi leal Brabonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía, salí á explorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar. En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara, porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero no llevara y su espada. Volví á salir, y cansado de no hallarle, ocurrióme, que acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de Elvira, que dan sobre la plataforma, podría estar el melancólico caballero tañendo su laúd, y cantando alguna balada á la señora de sus pensamientos. Dirigí hacia allá, Peransúrez, mi jauría, y al llegar ¡voto á san Marcos! hallé rastro. Un ruido extraño me había llamado la atención á alguna distancia: conforme nos acercábamos Brabonel y yo, habíamos oído algunas voces confusas, y pasos luego de caballos. Llegamos, y veíase abierta la reja de la cámara de Elvira. Dos ó tres piedras enormes, y colocadas una sobre otra, parecían indicar que acababan de servir de escala á algún atrevido caballero para alcanzar á la reja. Á poco rato de observación parecióme que andaba alguien en la habitación con una luz en la mano: ocultéme debajo de la reja lo más arrimado que pude á la pared: el que era se asomó efectivamente, y al resplandor de la luz que llevaba en la mano vi relucir en el suelo dos trozos de una espada rota. ¡Ésta era la osera! dije para mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi señor. ¿Lo habrían muerto? No, porque estuviera allí su cuerpo, y porque le hubiera olfateado mi leal Brabonel, y hubiera puesto en los cielos el aullido. ¿No es verdad, Brabonel? preguntó Hernando á su hermoso alano, que echado á su izquierda parecía escuchar atentamente la relación del montero. Al oir esta pregunta, alzóse Brabonel en las cuatro patas, lamió la mano que le acariciaba, como si quisiese dar á entender á su dueño que no se equivocaba en el buen juicio que acerca de su fidelidad acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre sí mismo, y volvió á colocarse, poco más ó menos, como estaba antes de la extraña interpelación. ¡Brabonel! dije entonces á mi alano, el rastro, el rastro del doncel.
Entendióme el animal, Peransúrez; ¡admirable Brabonel! No bien le hube dicho aquella breve exhortación, comenzó á olfatear la tierra, y antes de dos minutos ya se había decidido por una senda. Quise probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra, gritando siempre: «¡El doncel, el doncel!». Viéraisle entonces correr á mí, echar por la otra, ladrar, aullar, tirarme, en fin, de la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Brabonel, Brabonel, luz de mis ojos! añadió el montero abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo en él un beso, más lleno de amor y de cariño que el primero que da un amante al tierno objeto de su pasión. ¡Brabonel! el que no ha tenido un perro no sabe lo que es querer y ser querido. ¿Qué sirve la mujer? la mujer equivoca siempre la senda, la mujer empieza por montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como la mujer. ¡Brabonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos!
--¿Y seguisteis la huella? preguntó Peransúrez impaciente por saber el fin del cuento, que Hernando había interrumpido con tanto placer por acariciar al animal.
--¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya: dos leguas anduvimos. Allí encontramos un pueblo; tomamos lenguas; el herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de jinetes; que habían hablado pocas palabras, pero que habían tenido que detenerse á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que debían llevar un preso, según las señas, y que habían pronunciado en medio de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mía es la pieza! dije yo entonces. Até cabos y dije: «El preso es el doncel, y el que lo prende el conde de Villena». Efectivamente, el mismo día se había servido su alteza señalar el día quinceno para el combate que debía tener con el doncel Macías. ¡Más claro, Peransúrez! Era fuerza, sin embargo, asegurar mis dudas. ¿Qué hacía yo hasta entonces? y luego quise más fiar de mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento. Volví á Madrid, y supe que la corte salía al otro día; sabedor de que don Luis Guzmán era el que, por su posición con Villena, debía interesarse más por mi amo, víme con él y expúsele mis dudas; declaréle mi intento: aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de llevar con su menaje á Otordesillas las prendas de mi amo y mías; entre otras la armadura mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca de ello me consolara; es, al fin, la que tiene mi amo destinada por su buen temple para el aplazado combate. Armado después de mi ballesta y dos aguzados venablos, seguido de mi leal Brabonel, y disfrazado lo mejor que pude, púseme la misma noche en camino.
Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. He aquí, Peransúrez, la causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el doncel. He aquí la presa que habemos menester rastrear. ¿Os acordáis, amigo mío, de un juglar de don Enrique de Villena, que Dios maldiga, hombre de pelo crespo y rojo?...
--¿Ferrus? Recuerdo su nombre; pero él...
--Ferrus, pues, está aquí, y ése es el guardián de mi amo. Le he visto subir á un camaranchón de arriba, cuando yo entraba en la venta. Por qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no lo alcanzo. Lo que entiendo sólo, Peransúrez, es que ése es el oso que hemos de montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que sabéis cuánto motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán peligrosa sea la empresa?
--¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransúrez levantándose del suelo en que estaban sentados, no es ésta la primera montería en que hemos andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores que ése, amigo mío, me han prestado amistosamente piel para más de una zamarra. Examinemos, si os parece, la posición del castillo, discurramos el medio más prudente...
--El medio, Peransúrez, ¡voto va! es esperar aquí á ese perro de juglar, á esa raposa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un venablo, como quien bohorda, más bien que como quien caza. ¿Merece siquiera los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada?
--Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito. Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el ardor de vuestra imaginación. Mataréis á Ferrus; pero ¿y luego?
--Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Brabonel y yo estaremos atentos al ruido de vuestra bocina. Soy yo mejor en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os despachéis pronto, y nos digáis cuanto antes contra quién he de disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y están ya los dientes de Brabonel deseando hacer presa en el animal.
--Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo; en seguida volveremos á Arjonilla: vendréis á tomar un bocado conmigo, _que el buen montero, riñón cubierto_, y mañana amanecerá Dios, y con su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.
--Á la buena de Dios, replicó Hernando. ¡Brabonel, Brabonel, vamos! Guiad vos, Peransúrez, que conocéis la tierra.
Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su exploración, hecha la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en el castillo por más guardado que estuviera, y de salvar al doncel, que presumían hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de verdad.
* * * * *
CAPÍTULO XXXIV
En una torre fué puesto Con cadenas á recado. ............................ La condesa entrara dentro Do está el conde aprisionado. ............................ Ambos hablan en secreto Y conciertan en celado; Que por librar tal persona Á más que esto era obligado.
_Rom. de Sepúlveda_
Cuando Ferrus, encargado por el conde de Cangas y el astrólogo de la prisión del enamorado Macías, pensó albergarse en la hostalería del complaciente Nuño, no fué ciertamente porque no hubiese en el castillo albergue digno de él.
Es fuerza remontarnos más al origen de las cosas para explicar de un modo satisfactorio esta singularidad.
Fácilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos caracteres sobre que gira nuestra narración, que necesitando los dos autores de esta intriga el mayor secreto, sólo podían fiar tan importante comisión al que ya estaba forzosamente en él: el reparo de la falta de valor no podía tener en este caso mucho peso, porque habían de acompañarle otros, los cuales sólo sabían que debían prender á un hombre, sin saber quién fuese; y para mandar á estos y aprisionar con ellos á un caballero que salía descuidado de una cita amorosa no se necesitaba un gran fondo de arrojo y determinación. Por otra parte, Ferrus era hombre fríamente malo y cruel: ¿quién podía, pues, desempeñar mejor que él la inexorable comisión que se le confiaba? Lográbase además de este modo la ventaja de apartar de la corte al único hombre que podría en un caso adverso comprometer al conde, y la de tener en el castillo un ente capaz de cualquier acción determinada si llegaba ocasión apurada en que estorbase la existencia del preso. Combinadas estas diversas circunstancias, sólo quedaba que pensar en ligar el interés de Ferrus al feliz éxito de la expedición de una manera que hiciese imposible toda traición. El conde para esto creyó que no podría haber medios mejores que la gratitud por una parte y la esperanza del premio por otra; así, decidió hacer libre á su siervo y loco favorito. Quitóle el collar de metal que en seña de servidumbre llevaba, é hízole de su siervo su vasallo. Con extraordinario placer renunció Ferrus á su bonete de sonajas de juglar, y al molesto oficio de divertir con bufonadas á sus superiores; y sus sentimientos de fidelidad llegaron á tocar en un acendramiento difícil de explicar, ni menos de igualar, cuando el conde le manifestó que le hacía libre entonces para confiarle la alcaidía del castillo de Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba fielmente este importante cargo, no pararía en esto solo su favor. Bien entrevió Ferrus, por consiguiente, que toda su prosperidad futura dependía de que Villena saliese con el maestrazgo; y siendo eso imposible si se llegaba á probar algún día que don Enrique había muerto á su esposa, hizo firme propósito Ferrus de consentir primero en que le hiciesen pedazos que en dejar la menor esperanza de salvación al asegurado doncel. Su muerte en último caso hubiera sido para él una grandísima friolera puesta en balanza con su futura grandeza.
El lector sabe que, merced á la tenacidad de Elvira, se había logrado la industria del astrólogo con más felicidad aun que lo que él podía nunca haber esperado, si bien había contado siempre con la ventaja que le ofrecía el haber de bajar el doncel de la reja alta de una manera que impedía toda defensa. Llevó á Arjonilla unas instrucciones del conde, severas sí, pero no sanguinarias, y otras del judío aplicables á todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y un tanto menos escrupulosas, porque éste se hallaba ya tan interesado como Ferrus en la grandeza del conde, y sumamente ligado á sus intrigas por el peligro que corría si llegaba á descubrirse algún día la horrible maquinación en que no había tenido él la menor parte.
No se había previsto, empero, una circunstancia bien temible. El conde, que había tenido grande interés en que su castillo de Arjonilla estuviese de algún tiempo á aquella parte bajo la custodia de alguno de sus más allegados servidores, por razones que él se sabía, y que algún día sabrán nuestros lectores, había confiado su alcaidía á su camarero Rui Pero, de quien no hemos vuelto á hablar por esta causa. Éste era hombre duro y fiel: por lo tanto suspicaz é irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le intimó Ferrus en nombre del conde, su común señor, ni menos el imperio y mal entendida arrogancia con que se la oía prescribir á un hombre que acababa de salir de la nada; á un siervo cuyo collar de metal acababa de romper su amo, y cuyas sonajas de azófar y bonete de loco estaban todavía demasiado recientes en la memoria del noble camarero para que le pudiese inspirar respeto ni estimación el que venía á ocupar su mismo destino, con desdoro de su clase y prerrogativas. Mandábale á decir el conde que siendo necesaria su asistencia á su lado, sólo tardase en ponerse en camino para Otordesillas, donde debía encontrarle con la corte, el tiempo indispensable para hacer entrega del castillo al nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se figurase que conducía á su mejor servicio. Rui Pero, llevado de su mal humor, no perdonó medio alguno de inspirar terror á Ferrus acerca de la responsabilidad que sobre sí acababa de tomar, y de las dificultades que ofrecía la conservación del castillo de un secreto tan inmediato á población, y en que si era fácil impedir la entrada á los extraños, no lo era tanto estorbar que tuvieran los de dentro alguna comunicación con los de fuera: insistió bastante además en la fama que de encantado tenía el castillo, y en lo que de él contaban los habitantes, cosa que no contribuyó en nada á tranquilizar el ánimo de Ferrus, ya de suyo naturalmente enemigo de encantos y prodigios. Deseoso de averiguar si debería temer ó no cuanto en el particular Rui Pero le refería, determinó dormir una noche en la hostelería del pueblo, así para averiguar á punto fijo el fundamento que podrían tener aquellas tradiciones, que cual telas de araña se adhieren siempre á los edificios viejos, como para escudriñar si se había traslucido algo entre los habitantes de Arjonilla acerca de los misteriosos secretos que encerraba á la sazón la antigua hechura del amante de Zelindaja, y acerca del objeto de su propio viaje. Ésta era la verdadera causa de aquella extravagancia.
No bien se había despertado Ferrus, cuando tenía ya á la cabecera de su cama al complaciente Nuño con la montera en la mano, y con un _como gustéis_ siempre asomado á los labios para salir á la menor indicación del huésped. Entablóse entre ambos mientras que Ferrus se vestía un diálogo, que por lo largo é inútil á nuestro propósito, perdonamos á nuestros lectores con el interesado objeto de que nos perdonen ellos á nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste decir que por él pudo Ferrus formar una exacta idea de su verdadera posición, y no le hubo de parecer tan mala como Rui Pero se la había pintado, porque decidió volver inmediatamente á su castillo; y aun hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo más pronto posible; pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor del camarero sólo podía resultar en daño de la intriga de su amo.
Tuvo el hostalero, prevenido por Peransúrez en la madrugada del mismo día, el buen talento de no hablar á Ferrus de la imprudente conversación tenida en público la noche anterior en su cocina después de haberse él recogido, y Hernando, á quien importaba no ser conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que supo que había regresado al castillo el ex-juglar, pagada ya la cuenta de su gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa que se supo porque al despedirse Ferrus de él, díjole: