Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 34

Chapter 343,950 wordsPublic domain

--¿Qué dices, Jaime?

--Lo que ois; sólo que yo no lo entiendo, cuando oigo decir que Macías está así porque quiere bien. Yo os quiero bien; no os podrá querer él más, y sin embargo vame bien de salud. Á pesar de eso todos dicen que está enamorado.

--¿Lo dicen todos? ¡Imprudente!

--Un caballero tan aventajado, tan...

--Jaime, te he prohibido que me hables de él: ¡por piedad!

--Bien, prima, bien: no os aflijáis. En confianza... añadió sonriéndose, es lo último que voy á decir... no tengáis cuidado... en confianza, se me figura que no estáis vos mejor que él...

Elvira se cubrió el rostro con su pañuelo y apretó involuntariamente la mano del pajecillo, que continuó...

--Yo os aseguro que si le vierais... y le hablarais...

--Jaime, dijo volviendo en sí Elvira y levantándose, nunca, ni verle, ni hablarle... ni hablarme nada de él; lo he dicho ya.

--¿Tan delincuente puede ser? Porque os ama...

--Porque es mi voluntad, paje. Callad.

--Pero haceos cargo de que si está enamorado, según dicen, ¿cómo puede él dejar de amar, ni qué culpa tiene? Yo no creía que fuerais tan rencorosa. ¡Ah! si de ese modo pagáis el cariño de los que os quieren bien, os dejaré yo de querer...

--No hay remedio, Dios mío, no hay remedio, exclamó Elvira desesperada. No he de volver los ojos donde no le vea. No he de oir hablar sino de él. Si no queréis, Dios mío, mi perdición, empezad por apartar su imaginación de mis ojos, su recuerdo de mis oídos. Yo os lo pido, y os lo pido de corazón. No quiero sucumbir, no quiero.

--Ved, prima mía, que siento pasos, y que si llega alguien y os ve de esa manera, pensará que os he reñido yo á vos, en vez de reñirme vos á mí.

--Sí: voy á enjugar mis lágrimas. Jaime, ríes, porque no conoces el mundo todavía: no crezcas ¡ay! no salgas nunca de tu dichosa edad.

Dichas estas palabras, que dejaron un tanto cuanto reflexivo y meditabundo al pajecillo, que no veía muy claro todavía qué peligro podría haber en crecer como todos habían crecido antes que él, retiróse Elvira por no ofrecer su rostro descompuesto en espectáculo á la persona que iba á entrar, si no engañaba el ruido de los pasos, que cada vez se oían más cerca.

Apenas había desaparecido, cuando un caballero embozado en su capilla entró mirando con espantados ojos á una y otra parte.

--Tampoco, dijo, tampoco está aquí.

--¿Adónde vais, señor? preguntó el paje, asombrado del desorden que reinaba en su fisonomía y en toda su persona, ¿adónde de esa suerte?

--¿Jaime, eres tú? pues bien, he de verla.

--¿Habéis de verla? ¿á quién?

--¿Á quién? ¿hay otra en el mundo por ventura? ¿conoces tú otra?

--¿Estáis loco?

--Sí, lo estoy, estoy lo que quieras, con tal que me la enseñes. Verla, no más verla. ¿Dónde está?

--¡Desdichado! ¿Y Hernán Pérez, señor?

--¡Ah! Hernán Pérez no vendrá. Ahora halconea con el rey en la ribera. Me he perdido de propósito por encontrarla.

--¿Pero no veis cuán mal hecho es lo que hacéis?

--¡Mal hecho! ¡mal hecho! ¡Siempre la reconvención, siempre el deber, y siempre la virtud! ¿Quién te ha dicho, paje, que estoy obligado á hacerlo todo bien? ¡Peor hecho es ser ella hermosa!

--¡Qué palabras! Pues advertid que ver á mi prima es imposible.

--¿Imposible? repitió con una amarga sonrisa el doncel. ¿Por ventura no está?

--Estar... respondió con algún embarazo el paje, eso... Mirad: está; pero si queréis creerme, es como si no estuviera. Para vos debe ser lo mismo.

--¿Por qué?

--Porque está mala. ¡Ah! señor, si la vierais... tened compasión...

--¡Compasión! ¿La tiene ella de mí? Pero, Jaime, ¿qué mal, qué dolencia?...

--Yo no sé. Se entristece, no duerme, no come, llora...

--¿Llora? ¿Sufre?

--Ya veis, pues, que es imposible.

--Ahora más que nunca la he de ver.

--¿Qué habláis? Yo creía que con deciros...

--¡Ah! ¿conque me engañas, paje?... ¿no es cierto cuanto me dices?...

--Como el evangelio, señor caballero; pero... en una palabra, díjome no ha mucho... Mas aguardad. Si no me engaño, ella viene...

--¿Ella? ¿Elvira?

--Salid, pues: ved que no gustará...

--¡Que salga! No, paje, no.

--Pero reparad... ¡Anda con Dios! ¡allá os avengáis! Yo no pude hacer más, dijo el paje encogiendo los hombros al ver que Macías, apartándole con brazo poderoso, se dirigía hacia donde sonaba el ruido de los pasos.

--¿Qué altercado es ése, Jaime? salió diciendo Elvira. ¡Santo Dios! añadió en cuanto vió al doncel, que arrodillado ya á sus pies parecía implorar el perdón de su audacia y su descortesía. ¡Qué imprudencia, señor, y qué osadía! ¿Qué hacéis? ¿Vos en mi habitación?

--Sí, bien mío, respondió Macías. Vana es ya la porfía: inútil la resistencia; yo os amo, Elvira.

--¡Ah! ¿qué intentáis? Alzad, señor; volveos.

--¿Adónde queréis, Elvira, que me vuelva? dijo Macías, levantándose y estrechando entre sus manos las de su amante. El mundo entero está para mí donde estáis vos. No hay más allá.

--¡Silencio! Si mi esposo...

--Elvira, no temáis...

--Salid. Os lo ruego, os lo mando.

--¡Delirio! ¿Os parece que cuando me decidí á acción tan aventurada, cuando me expuse y os expuse á vos misma á los riesgos de esta entrevista, fué para volverme después de lograda?

--Yo tiemblo. Jaime, dijo Elvira, si por ventura oyeses...

--Perded cuidado, prima mía... respondió Jaime.

--Corre, sí: si le vieses venir...

--Jaime os probará su fidelidad.

Dicho esto, salió el inteligente pajecillo, bien resuelto á ejercer la más activa vigilancia para evitar que la locura imprudente del doncel acarrease á su prima más funesta consecuencia que la de haber de convencerle de cuán temerario era el paso que acababa de dar en aquel momento. Macías dirigió al paje, que desaparecía, una mirada en que se podía leer claramente una larga acción de gracias al cielo, que le proporcionaba por fin aquella secreta ocasión de vencer el desdén de la señora de sus pensamientos.

--¡Ah! Macías, si sois generoso, si sois caballero, oíd mis ruegos por piedad. Idos. Soy mujer, y os lo ruego. Á vuestras plantas si queréis...

--¡Elvira! gritó Macías fuera de sí levantando á la hermosa Elvira. Oídme. Un momento no más. Oídme, y partiré. Tres años, señora, hace que os vi la vez primera; tres años os amé, y os amo, yo os lo juro, como nadie amó jamás: igual tiempo callé. Mil veces fué á escaparse de mis labios la palabra fatal; mil veces la sofoqué: la inmensidad de mi amor la ahogó en el fondo de mi corazón. Mis ojos, sin embargo, os lo dijeron. ¿Cómo imponerles silencio? Ellos hablaron á mi pesar. ¿Por qué los vuestros me respondieron? Callaran ellos, y muriera yo callando. Ellos me animaron empero. Bien lo sabéis, señora. Mi amor es obra vuestra.

--¿Mía? ¡Ah! ¡sed, doncel, más generoso!

--¿Pedísme generosidad? ¿La usasteis vos conmigo? ¿Vos me pedís virtudes? Pedid amor, señora. Es lo único que os puedo dar. Amor, y nada más. Si es virtud el amar, ¿quién como yo virtuoso? Si es crimen, soy un monstruo.

--¡Silencio!

--¿Por qué? ¿Pensáis que la naturaleza ha podido imprimir con caracteres de fuego en el corazón del hombre un sentimiento sublime, un sentimiento de vida, eterno, inextinguible, para que se avergüence de él? ¡Ah! No la hagáis injuria semejante. Cuando lanzó la mujer al mundo, _la amarás_, dijo al hombre; inútil es resistirla. Sus leyes son inmutables, su voz más poderosa que la voz reunida de todos los hombres. Os amo, y á la faz del mundo lo repetiré; harto tiempo lo callé...

--¿Pero podéis ignorar, Macías, que mi estado?...

--¿Vuestro estado? Preguntadle á mi corazón por qué latió en mi pecho con violencia cuando os vi por la vez primera. Preguntadle por qué no adivinó qué lazos indisolubles y horribles os habían enlazado á otro hombre. Nada inquirió. Yo os vi, y él os amó. ¿Por qué, cuando dispuso el cielo de vuestra mano, no dispuso también de vuestra hermosura? Si sólo para un hombre habéis nacido, ¿por qué os dió el cielo belleza para rendir á ciento?

--Vos deliráis, Macías.

--Si es delirio el amaros, deliro, y deliro sin fin. Si en mis acciones, si en mis palabras echáis de menos por ventura la razón, vos la tenéis sin duda, que vos me la robasteis. Vuestros son también mi locura y mi delirio.

--Falso es, Macías, lo que habláis; es falso. Ni vos me amáis ahora, ni me amasteis jamás. ¿Dónde aprendisteis á amar de esta manera? Me veis, y vuestros ojos, funestamente clavados en los míos, están diciendo á todo el mundo: _¡Yo la amo!_ Corro al campo á buscar la tranquilidad que en vano me pide mi corazón en la ciudad, y allí Macías, allí donde yo voy. Veis á mi esposo, que al fin, Macías, es mi esposo, es cosa mía, y hacéis gala de decir á las gentes con vuestras fatídicas miradas: _Porque ella es suya le aborrezco_. ¿Y por qué, imprudente, no he de ser suya? ¿Qué hizo él acaso para merecer tanto odio? ¿Qué hacéis vos que él no haya hecho, y antes, doncel? ¿Gustáis de mí, decís? También él lo decía. ¿Puede ser en él crimen el amarme, y en vos?...

--Crimen, sí, crimen imperdonable, que sólo con mi sangre ó con la suya...

--Basta ya, temerario. ¿Y vos me amáis, doncel? ¡Y vos me lo decís! ¿Os encuentra ese esposo á mis plantas casi, no hunde su acero en vuestro corazón como debiera sin duelo alguno, y vos lo provocáis y osáis contra él alzar el insolente acero? ¿Eso es amar, Macías? Nadie hay en la corte que al pronunciar vuestro nombre no pronuncie el mío al mismo tiempo. ¿Por qué esa unión fatal? Vuestra imprudencia acaso...

--¡Mi imprudencia!

--Y no contento con perderme para siempre, no contento con haber llenado de luto mi corazón, con haber hecho de mis ojos dos fuentes de lágrimas inagotables, ¿osáis aun, á riesgo de ser hallado, traspasar el dintel de mi puerta, osáis comprometer mi vida... mi honor?...

--¿Yo, Elvira? ¡Maldición sobre mí!

--¿Eso es, decidme, lo que debía yo prometerme de ese amor tan decantado? ¡Ah! Macías, si os amara, ¡cuán infeliz sería!

--¡Si me amara!

--¡Cuán infeliz! Vos mismo habéis cavado entre los dos un abismo insondable...

--Abismo que se llenará, que yo traspasaré, ó donde entrambos nos hundiremos. Me amas, Elvira, me amas. Tu llanto, tus acentos, esa voz trémula y agitada, la tempestad que anuncian tus palabras, son señales harto ciertas que descubren el volcán inmenso que arde en tu corazón. Si fuí imprudente, lo confieso, tú tuviste la culpa. ¿Por qué no me inspiraste una de esas débiles pasiones, un amor pasajero, de ésos que es dado al hombre disimular, de ésos que no se asoman á los ojos, que no hablan de continuo en la lengua del amante, de ésos que pasan y se acaban y dan lugar á otros? Ay, tú lo ignoras, Elvira. Hay un amor tirano; hay un amor que mata; un amor que destruye y anonada como el rayo el corazón donde cae, que rompe y aniquila la existencia; y que es tan fácil de encerrar, en fin, en lo profundo del pecho, como es fácil encerrar en una vasija esos rayos del sol que nos alumbra.

--Macías, ¡por piedad!

--No: sufre ahora, que yo sufrí también, y sin consuelo y sin indemnización, sin premio. Una vez no más te hablo en la vida, pero me has de oir. ¿Temes el mundo? Bien. Habla, es verdad, habla imprudente lo que sabe, lo que no sabe, lo que existe, y lo que acaso jamás existirá. Témele tú en buen hora. Yo le aborrezco. Huyamos de él, huyamos para siempre. Una lanza para mí, y un caballo para los dos. Basta.

--¿Qué escucho? ¿adónde queréis llevarme?

--Donde no haya hombres, Elvira; donde la envidia no penetre. Una cueva nos cederán los bosques: amor la adornará; tú misma con tu presencia. Sólo nosotros hablaremos de nosotros. El león allí no contará á la leona, con maligna sonrisa, que Macías ama á Elvira. Las fieras se aman también, y no se cuidan como el hombre del amor de su vecino. El viento sólo lo dirá á los ecos, que nos lo repetirán á nosotros mismos. Ven, Elvira, bien mío.

--Macías, dijo Elvira desasiéndose de los opresores lazos del doncel, vos os dejáis llevar de vuestro loco arrebato. Vos me tuteáis...

--¿Y qué importa, señora, que no se tuteen nuestros labios, si nuestros ojos se tutean?

--¡Ea! partid, dejadme, añadió Elvira con una emoción difícil de explicar. Por la última vez, dejadme.

--Decidme que me amáis, y partiré. Una vez sola, una vez; decidme que he de volver á veros, que he de volver á hablaros...

--Soltad; es imposible.

--Amadme, Elvira: ¡por piedad!

--¡Nunca! ¡jamás! os aborrezco.

--¿Me aborrecéis? ¿no hay en el cielo rayos? ¿no hay quien me mate? ¡Fernán Pérez!

--¿Qué hacéis?

--Llamarle. Lleve mi vida quien se llevó mi dicha. ¡Fernán Pérez!

--¡Teneos! Macías. Bien: yo...

--Acaba, acaba.

--Yo os... imposible, jamás. Os aborrezco.

--¿Y lo dices llorando? Tus lágrimas ardientes corren hasta mis manos. Huyamos. Los amantes son sólo, Elvira, los esposos... inútil es la lucha...

--No, no. Macías, hay un Dios. Hay un Dios que nos ve. Mi deber es primero. ¡Santo Dios! exclamó prosternándose la desdichada Elvira, dadme fuerza y virtud. Sola no basto á resistir.

--¿Qué escucho? ¡Es mía, es mía!

Macías estrechaba sobre su corazón á la infeliz Elvira, que exánime y sin sentido no oponía á su loco arrebato más resistencia que la pasiva inmovilidad del estupor y del asombro.

--Él viene, gritó de pronto una voz harto conocida á los oídos de Macías y de Elvira. Él viene, repitió de allí á un momento. Así resonó en el corazón del doncel, como el eco lúgubre del bronce, que anuncia al amante parado en la playa la despedida del buque que lleva consigo el tierno objeto de sus ansias.

--¿Viene, Jaime?... preguntó Elvira fuera de sí. ¡Dios mío! Salid, señor, salid. ¿Veis á qué extremidad me reduce vuestra imprudencia?

--Decidme, pues, contestó Macías deteniéndola aún, decidme una palabra sola de consuelo.

--¡No, no! contestó Elvira mirando á todas partes con la mayor agitación.

--Ved que no es tiempo ya, repitió el pajecillo mirando por entre los coloreados vidrios de una rasgada y gótica ventana.

--¡Mi honor, mi honor, Macías! exclamó Elvira.

--Hablad pues...

--Bien: sí, lo que gustéis diré, pero ocultaos.

--Sólo por ti...

--¡Hacedlo por mí! Sí. Ved ese gabinete. Armas es lo que hay dentro. Rara vez llega á él. Presto: ocultaos.

Echó Macías una ojeada de dolor á Elvira, y otra de despecho hacia la puerta por donde debía tardar muy poco en entrar el hidalgo: impelido, sin embargo, por el brazo de Elvira, que suplicante le rogaba con lágrimas en los ojos que salvase su honor, ocultóse en el gabinete, y cerróse por sí misma tras él la pesada puerta.

--¡Dios mío! exclamó Elvira. ¡Perdón, perdón¡ ¡Vos veis, señor, mi inocencia desde los cielos! ¡Dadme valor para la amarga prueba que me falta!

No bien había acabado de decir estas palabras, y de enjugar precipitadamente las lágrimas que se habían agolpado á sus ojos, rogó al pajecillo, no menos asustado que ella, que no se separase de su lado en aquel crítico momento, en que necesitaba su serenidad toda y la de un amigo además, para no revelar ante los perspicaces ojos de su marido la terrible emoción que dominaba en su pecho. Poco después entró Fernán Pérez. El lector nos perdonará si dejamos para otro capítulo la prosecución del cuento de las cuitas de la infeliz Elvira.

* * * * *

CAPÍTULO XXVIII

É si por ventura quieres Saber por qué soy penado, Plácete, por que si fueres Al tu siglo trasportado, Digas que fuí condenado Por seguir damor sus vías, É finalmente, Macías En España fuí llamado.

_Don Enrique de Villena. Infierno de los enamorados_

Suponemos de buena fe que pocas de nuestras lectoras se habrán encontrado en la situación de Elvira, si bien no nos atreviéramos á asegurar otro tanto de nuestros lectores con respecto á la del encerrado doncel. Era efectivamente aquélla bastante extraordinaria. En balde había dirigido la virtud más rígida todas las acciones y palabras de Elvira: en balde había resistido, á costa de los mayores tormentos, á la encendida pasión de su imprudente amante. Una inexplicable fatalidad pesaba sobre ella y sobre cuanto la rodeaba. Ella había inspirado inocentemente una pasión frenética, que sólo podía emponzoñar su vida ó adelantar su muerte; pero semejante á la abeja, que se lastima al picar y deja perdido el aguijón en la herida que hace, Elvira no había ganado el corazón del doncel sino á costa del suyo. Más virtuosa, como mujer, luchaba más tiempo; pero luchaba con un enemigo más fuerte que ella, y sólo la mano del Todopoderoso, que acababa de implorar, podía salvarla del hondo precipicio que ante sus pies miraba. Amaba á su esposo por otra parte; y ¿cómo no amarle? Era, pues, tan inocente como desgraciada.

La misma fatalidad que pesaba sobre Elvira había alcanzado al doncel. Había bebido sin saberlo la ponzoña que corría por sus venas. Largo tiempo había luchado también el deber con el amor; pero un concurso de circunstancias no buscadas lo habían venido á poner en tal estado: que así le era fácil sacudir el yugo, como le es fácil á la débil paloma desasirse de las crueles garras del sacre devorador.

La puerta del gabinete donde Macías había entrado era compuesta de dos altas hojas, construidas según el gusto gótico, ó por mejor decir, gótico arabesco, que tenían entonces todos los adornos arquitectónicos. Pero en cada una de sus hojas una ventanilla cerrada por una cruz de hierro, y puesta á la altura poco más ó menos de una persona, proporcionaba desgraciadamente al caballero la deplorable facilidad de ver cuanto pasaba en la cámara donde los dos esposos estaban, no pudiendo ser él visto á causa de la oscuridad en que se hallaba sepultado aquella especie de astillero ó gabinete de armas, que no tenía más luz que la que del salón inmediato recibía.

El semblante pálido y deshecho de Elvira, sus ojos encendidos de llorar, una indefinible tristeza que oscurecía sus facciones, como una nube oscurece el día, y cierta agitación particular, hija del temor y del cuidado con que entonces estaba, la hubiera hecho interesante á los ojos de cualquiera, por indiferente que hubiera sido á los tiros del amor. Hacía tiempo por el contrario que no había tenido Hernán Pérez un día que tanto hubiese contribuido á disipar su natural melancolía. Había cazado con su alteza y con don Enrique de Villena, que ambos á dos le habían colmado de favores: aquélla había sido la primera vez que se había hallado en público en calidad de caballero, y el corazón del hombre es harto débil para no lisonjearse de semejantes distinciones. Deseaba partir con una persona querida su satisfacción; ¿y con quién mejor que con su esposa? Dirigióse á ella con un semblante más animado y franco de lo que comúnmente solía.

--¿He tardado, no es verdad, Elvira? dijo acercándose á ella con un hermoso azor en el puño izquierdo. ¿He tardado?

--No, Hernán: antes paréceme que habéis venido...

--¿No me esperabais todavía? Ésta es la suerte de los maridos. Nunca se los espera.

--¡Santo Dios! dijo para sí Elvira, hasta cuyo corazón había penetrado esta casual alusión.

--¿Estáis triste, Elvira? continuó Hernán acariciando al pájaro distraídamente. Cualquiera diría que habíais cometido alguna acción de que tuvieseis que avergonzaros. Si os hubiera sorprendido con un amante, no tendríais la cara más lastimosamente melancólica. Si he venido á haceros mala obra...

--¡Esposo mío! exclamó Elvira destrozada en su interior, sabéis que ha tiempo que la debilidad de mi cabeza...

--Tenaces son esos males de cabeza y terribles, añadió Hernán. También está triste este pobre pájaro. Miradle, Elvira. Su alteza acaba de cambiármele por el mío: ha cazado tan bien esta mañana, que ha querido quedarse con él. Nos ha encantado á todos. ¿Queréis creer que cuantas veces le ha soltado su alteza y don Enrique de Villena, otras tantas ha vuelto con la presa? Sólo una vez que le solté yo se vino con las garras vacías. Sobre eso quiso su alteza darme vaya.--¡Ea! dijo: Vadillo, hoy no estáis para cazar. Hoy no cogeréis pájaro ninguno... ¿Qué tenéis, Elvira?... Sobre eso fué tal la rabia que concebí, que se lo ofrecí al rey, y de buena voluntad. Efectivamente no era mi estrella cazar hoy. De allí á poco su alteza se empeñó en que le soltara su doncel favorito... y también cazó; pero yo nada. Verdad es que Macías caza bien. ¿Pero, esposa, os alteráis? esa agitación... acaso... su nombre solo os ofende. ¿Tanto le aborrecéis? ¿Recordáis por ventura?... Pero veo que os incomoda demasiado. Nunca hemos hablado de eso. No hablemos jamás ya. Volviendo á la caza, Elvira, está visto que hoy no cazo. Dióme, pues, este azor en cambio del mío, y ¡pardiez! que está triste. Acaso habrá dejado su compañera al venir á mi poder. Los animales nos dan ejemplo de fidelidad: ¿no es verdad, Elvira? capaz será de morirse. ¡Azor! ¡azor! Sólo por eso le quiero. Él no caza hoy, es verdad: en eso se parece á mí; pero es fiel, y váyase lo uno por lo otro; ¡porque en eso se parece á vos!

Volvía Elvira la cabeza á una y otra parte; tosía, bostezaba; cubríase el rostro con el pañuelo; pero la agitación que en su exterior se notaba era, comparada con el desorden de sus pensamientos y la lucha atroz de sus sensaciones, lo que es la arrugada superficie del mar azotada por una blanda brisa, comparada con el furor y embate de las montañas de agua que subleva y despide contra el cielo una deshecha borrasca. Al pajecillo íbasele un color y veníasele otro, que aunque de corta edad, ni se le ocultaba el riesgo del encerrado mancebo, ni el de Elvira si llegaba á ser descubierto, ni la terrible simpatía que entre aquella situación y el diálogo del hidalgo reinaba.

Comenzó éste á parar la atención en el singular estado de su esposa.--Os entiendo, Elvira, dijo después de un momento de pausa, os entiendo. Las conversaciones de dos esposos que se aman no han menester testigos, y vos tenéis sin duda algún secreto que fiarme.

--¿Yo? preguntó azorada Elvira. ¿De qué inferís?...

--Sí; Jaime, continuó Hernán Pérez, yo te llamaré.

--Ah, dejadle, señor: el paje no incomoda...

--No importa. Lleva este azor adentro. Que le cuiden. Que no se escape sobre todo: era el favorito de su alteza, y tan ilustre huésped no puede sino honrar mi casa.

Preciso le fué al paje obedecer. La orden estaba dada de una manera muy positiva, y el haber insistido por otra parte demasiado sólo hubiera conducido á dar sospechas.

Elvira hizo un esfuerzo para levantarse, y dirigiéndose al paje, bastante separado ya de su esposo, aparentó acariciar al ave, pero díjole en realidad al oído:--Jaime, vuelve dentro de un momento; si he conseguido apartar de aquí á Hernán Pérez, facilita la salida al caballero. ¡Y que no vuelva nunca, nunca!

--Bien, querida prima, respondió el paje en voz alta, no es éste el primer pájaro de que he cuidado. Yo os aseguro que se le tratará como merece. ¡Azor! ¡azor! se fué diciendo en seguida, y saltaba al mismo tiempo aparentando con la mayor inteligencia el indiferente atolondramiento de su alocada edad.

--Pienso, Hernán Pérez, dijo Elvira acercándose á su esposo, que el aire libre me sentaría bien. Si quisierais, pudiéramos...

--Esposa mía, repuso Hernán Pérez, cuyos deseos de conversar á solas con Elvira irritaban más y más los obstáculos que se le querían oponer, no lo creáis. Se ha levantado un viento fuerte, que sólo podría perjudicaros. Venid y sentaos á mi lado. No es mi carácter, Elvira, esa fatal reserva que circunstancias desgraciadas me han hecho usar con vos de algún tiempo á esta parte. El corazón del hombre se cansa del silencio: llega un caso por fin en que necesita, como el agua oprimida, un desahogo. Me es necesaria, Elvira, una larga explicación.