Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 35

Chapter 353,900 wordsPublic domain

--¡Dios mío! dijo Elvira para sí: ¡en vuestras manos me encomiendo! Resignada con esta breve oración mental, sentóse trémula y agitada al lado de Hernán, que cogiéndole una mano y oprimiéndosela cariñosamente, no ya como un marido, sino como un amante, continuó clavando tiernamente sus ojos en los de ella.

--Sí, Elvira, dudáis. Si os creyese una mujer vulgar, una mujer capaz de guardar secretos para vuestro esposo, no os abriría mi corazón. Pero ¡ah! vos sois víctima también hace ya tiempo de esta fatal reserva que ha helado nuestra existencia. Maldición sobre el ser impasible y yerto, que, cerrado siempre para sus semejantes, vive solo dentro de sí y sólo para sí. Su consorte es un vivo, condenado á vivir atado á un cadáver.

--¿Qué decís?

--Sé que el destino ha arrojado entre nosotros un ser desgraciado: sé que una inclinación á que disteis acaso demasiado imperio sobre vuestro corazón...

--¡Hernán Pérez! exclamó asustada Elvira.

--Sí, ¿á qué negarlo? Vos amábais á la condesa, más acaso de lo que la misma amistad tiene derecho á exigir.

--Cierto que la amé siempre mucho, interrumpió Elvira con más serenidad.

--No culpo en vos ese sentimiento, si bien pudiera estar celoso de él. Nace de un corazón generoso; pero...

--Permitidme que en ese punto no dé oídos, señor, á vuestras reconvenciones... dijo Elvira pensando más en abreviar el diálogo que en meditar prudentemente sus respuestas.

--¿Es posible, Elvira, es posible?

--He jurado guardar silencio...

--¿Pero cuál misterio?...

--Permitidme que calle ahora: algún día sabréis, y no está lejos tal vez, que esa misma amistad, que me echábais no ha mucho en cara, os hace mirar á don Enrique bajo un aspecto falso. Básteos saber que no he creído faltaros...

--Dejemos en buena hora ese punto, si tanto os incomoda. Vengamos á otro. Sabéis, Elvira, que soy vuestro esposo... Hay un hombre sin embargo...

--Esas palabras, señor... ¡Ah! soy inocente, exclamó Elvira precipitándose á los pies de Fernán Pérez.

--¿Cómo pudiera yo dudarlo, Elvira? sois inocente: ¿pero basta acaso en el mundo en que vivimos ser inocente? ¿No es fuerza parecerlo también? Oídme. Vos sabéis cuánto os amé: os conduje al altar, partí con vos mi lecho, os entregué mi casa porque os amaba, Elvira. Hay un hombre, sin embargo, que ha osado poner en vos los ojos.

--¡Ah! señor, acaso os deslumbre...

--Nada me deslumbra, Elvira. No os haré cargo alguno. Vuestra palabra me basta. Mi honor está en vuestras manos. Ése fué el depósito sagrado que al desposarme os entregué. ¿Le habéis guardado, Elvira?

--¡Señor! exclamó Elvira ahogando sus sollozos, y volviendo el rostro á mirar con la mayor agitación el gabinete.

--La verdad, Elvira, y nada más. Mirad: yo os pedí vuestro corazón, no os lo robé: yo no os dije: _seréis mi esposa_, sino _¿queréis serlo?_ ¿Para qué pensasteis que enlacé á mi suerte la de una mujer? Para hacerla feliz. No hago trovas, Elvira, no es el talento la cualidad de que blasono. Empero la honradez será siempre mi norte. Sed, Elvira, feliz. Decidme ahora cuáles son los medios que para serlo exigís. Hoy es tiempo todavía; mañana no lo será tal vez.

--¡Ah! exclamó Elvira en el mayor desorden. ¿Vos habéis dudado, esposo? Si vierais sin embargo mi corazón, si vierais cuánto ha padecido... ¡Piedad, piedad de mí! No mando en mí, Fernán, ni sé quién soy.

--No os turbéis, Elvira: tranquilizaos. Eso me basta. ¿Me amáis?

--¡Si os amo! ¿Cómo pudiera no amaros?

--Basta, Elvira; de hoy más mis labios se sellarán: vuestra palabra va á guardar en lo sucesivo mi tranquilo sueño. ¡Elvira, Elvira!

Una larga escena de silencio, pero de elocuente silencio, se siguió á esta enérgica exclamación. Elvira al oirla miró dolorosamente al gabinete. Presentóse entonces á sus ojos el amor, terrible presagio de sangre y de desgracia. Asustada cerró los ojos, y no pudiendo resistir á la lucha interior que la devoraba, y á la imagen de cuanto debería sufrir el que estaba condenado á ser testigo de escena tan amarga, dejó caer su cabeza desmayada sobre el hombro de Hernán Pérez. Un torrente de sus lágrimas inundó el pecho del hidalgo; de esas lágrimas de hiel que se forman y corren lentamente, que manan con dolor, con amarguísimo dolor del mismo corazón.

--Ah, perdonadme, Elvira, dijo arrebatado el hidalgo de ternura y de entusiasmo; perdonadme si he podido ofenderos con dudas ofensivas...

--¿Que os perdone, señor? exclamó Elvira. ¿Yo á vos? Perdonadme vos á mí...

Al llegar aquí anudáronse las palabras en la garganta de Elvira, y no la dejaron sus sollozos proseguir. Un sentimiento profundo de vergüenza y remordimiento, y una expansión espontánea de generosidad se habían apoderado de ella. Un momento menos de reflexión, y la infeliz Elvira declaraba á los pies de su suspicaz esposo su deplorable estado; pero el doncel estaba en su casa todavía. La menor imprudencia suya hubiera tenido funestas consecuencias. Alzó los ojos al cielo Elvira, y contentóse con llorar. ¡Macías! ¡Macías! dijo para sí. ¡Oh, quién pudiera aborrecerte!

--¡Me ama, me ama como el primer día! exclamó Hernán Pérez con loco frenesí: arrojándose en seguida en sus brazos, estampó en su pura frente un ósculo conyugal. Elvira sintió su rostro encenderse de rubor al contacto fatal. Bajó los ojos avergonzada, y hubiera querido más bien ver con ellos el infierno todo, que haber encontrado con los de su esposo, tranquilos entonces, serenos, confiados, como lo está el ignorante pasajero que duerme con placer á la pérfida sombra del nogal.

También el doncel oyó el ósculo dado en la frente de Elvira, que resonó en su corazón como la voz de la verdad en la tumba. Helóse su sangre toda dentro de sus venas. Sus ojos, lanzados fuera de su órbita, devoraban desde la oscuridad el rostro divino de la hermosura, reclinada en brazos de otro. Sus manos, cerradas por sí solas y comprimidas, sacudieron la cruz de hierro que cerraba la ventanilla, y si no bastaron á romperla sus esfuerzos, torciéronla como un mimbre delicado.

--¡Se aman, se aman! exclamó el doncel con voz ronca y apenas inteligible. ¡Maldición, maldición sobre ellos y sobre mí! Y una lágrima, pero una lágrima sola, se abrió paso con dificultad á lo largo de su mejilla, fría como el mármol.

* * * * *

CAPÍTULO XXIX

Seis años fuí de él servida, Sin de mí alcanzar nada. Él ofendió á mi marido, Y de ello yo fuí la causa; Y con todo esto le quiero, Y le tengo acá en el alma.

_Rom. de Cazul_

--¡Ah! Vadillo, exclamó Elvira creyendo haber oído algún rumor en el gabinete, ¡cuán desdichada soy!

--¡Elvira! dijo escuchando un momento Fernán Pérez. Diría que alguien había hablado á nuestro lado.

--¿Á nuestro lado? ¿Cómo? ¡Qué fantasía!... ¿Quién pudiera?...

--Tiempo es el caballero, Tiempo es de andar de aquí,

entró cantando á esta sazón con voz descomunal el atolondrado pajecillo, según las palabras de aquel antiguo y famoso romance popular que se cantaba entre las gentes: entraba Jaime como quien creía que habría tenido ya ocasión la bella prima de sacar de allí al hidalgo.

--Sería el paje, señor, el que aquel ruido metía, dijo Elvira aprovechando tan feliz coincidencia.

--¿Qué buscáis de nuevo aquí? preguntó Hernán Pérez con todo el mal humor de aquel á quien interrumpen en una ocupación agradable para la cual no ha menester testigos. No haría yo mal, ¡vive Dios! atolondrado, en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete oscuro hasta que hubieseis aprendido otra mesura y comedimiento.

--Perdonadle, gritó Elvira asustada.

--Ved que habrá sabandijas en ese cuarto, señor hidalgo, repuso el pajecillo prontamente: nadie entra en él jamás.

--Vos seréis el bellaco y la sabandija, mal criado, contestó Hernán Pérez. ¡Ea! salid.

--De buena gana; pero no será sin deciros que el azor no quiere comer, y que es tan torpe Álvar, el escudero que os habéis echado desde que recibisteis la orden de caballería, que quiero yo que me encerréis de veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! él, ¡ya se ve! quiérese escapar. Os digo que se escapará.

--¿Se escapará? ¡Voto va! Paje, á vos os lo di: si él se escapa, acordaros habéis del pájaro de su alteza. Dejad, Elvira, que vea lo que hacen esos necios. Tenedme ahí entre tanto á buen recaudo á ese insolente. ¿Escaparse? No se escapará, ¡voto á Santiago!

Diciendo y haciendo salió precipitadamente el hidalgo, y el paje, vuelto hacia la puerta por donde salía, y poniéndose los puños en los hijares:

--Se escapará, dijo con donaire y burlita sardónica; sí, señor, se escapará. ¿Pero esperaros yo aquí, eh? Para mi santiguada que no haré tal; no estoy tan mal avenido aún con mis orejas. Vaya, ¿qué hacéis, prima? Ved que el tiempo pasa, y si le perdéis, saldráse con la suya el hidalgo, y el pájaro no se escapará.

--¡Santo Dios! ¿Conque es falso ese recado que nos habéis traído, Jaime? ¿Y no tembláis?...

--Prima, todo el riesgo para mí es perder una oreja, y más perderíais vos si...

--¡Querido Jaime, querido Jaime! exclamó Elvira estrechando al paje entre sus brazos.

--Luego, prima mía, luego, dijo Jaime mirando con cuidado hacia la parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en seguida hacia el gabinete. ¡Caballero, añadió abriendo, caballero! ¡Vaya que se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por enmendar sus locuras! ¡Ay, Dios mío! prosiguió todo asustado viendo salir al doncel. Parecía éste efectivamente más bien un espectro que una persona. El amor y los celos luchaban aún en su semblante.--¡Ingrata! gritó fuera de sí dirigiéndose á la desdichada Elvira. ¡Ingrata! ¿Qué pretendéis ahora de mí? ¿Sacáisme aquí á la luz por si no veo bien allí vuestras infernales caricias, por si no oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor tan grande? ¡Le amáis, le amáis!

--¡Macías! basta; huid, huid, exclamó temblando de terror y echándose á sus plantas la infeliz. No más tiempo, no más; que ha de volver.

--¡Vuelva! ¡vuelva! Aquí mi pecho está. Máteme luego.

--¡Vaya! señor, exclamó el paje, deje para otro día esa canción; mire por Dios...

--¡Ah Jaime! ¡Me aborrece! le interrumpió Macías.

--¿Qué os ha de aborrecer? repuso el paje.

--¡Jaime! gritó Elvira tapando con su mano la boca del inocente... Macías... partid.

--No, no partiré. ¡Á qué vivir, si he de vivir sin vos? Sea su triunfo completo. Amadle sin rubor. ¡Perezca sólo quien no debe gozar!

--¡Por Dios! ¡por mí, Macías!

--¡Cierto! soy un testigo importuno para los placeres que os esperan, dijo Macías con voz reconcentrada, y toda la sangre fría de un hombre desesperado.

--¿Qué han de esperarme ¡ay de mí! sino tormentos? ¿Queréis que al fin lo diga? Huid y lo diré.

--Elvira, ¿qué dirás? gritó Macías. ¿Que le amas, otra vez?...

--No, nunca, no. ¿Qué pude hacer delante de él? Á ti amo: sólo á ti...

--¿Á mí? ¡ah! ¿Á mí? ¡Sueño, deliro!

--¡Qué vergüenza, Dios mío! Pero huye ya; ¿qué esperas? ya lo oiste de mi boca: por ese amor frenético que veo en tus ojos con placer, por ese amor, Macías, ¡huye! ¡huye por Dios! ¡y por piedad!

--¡Elvira! ¡Elvira! dijo Macías palpitando todo de amor y de felicidad. Huyo, sí, huyo. Díme, empero, que volveré.

--Volverás si huyes ahora, volverás.

--¡Á Dios, Elvira, á Dios! gritó con loco furor Macías, y se lanzó fuera del cuarto.

--¡Á Dios, repuso con voz apagada Elvira, á Dios! y cayó sin fuerzas casi y sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo con ambas manos su rostro descompuesto y avergonzado.

--Alzad, prima; no lloréis, dijo Jaime acercándose á la hermosa desconsolada.

--¿No he de llorar? exclamó ésta volviendo en sí, y mirando á todas partes con temor de ver volver á su esposo. ¿No he de llorar? ¿Qué le dije yo, Jaime, qué le dije? ¡Imprudente! ¿Y él volverá, volverá? ¡No, jamás!

--Andad, añadió el paje: templad vuestro dolor. ¿No habéis visto con qué facilidad hemos engañado al buen hidalgo? ¡Ah! Yo necesitaba tener presente cuán serio era el lance, prima mía, para no soltar la carcajada. ¿Habéis notado que no ha dicho una palabra que no pudiera hacernos reir con fundado motivo?

--¡Hacernos reir, Jaime! Maldecida sea mi loca pasión. ¡Sí, dices bien! yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su amor, su condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme? Saetas eran sus palabras para mí. ¡Por qué ha de ser risible, Jaime? Porque tiene una esposa infiel, que olvidada de su deber ha dejado crecer en su pérfido corazón un amor odioso. ¿Y porque ella es ingrata, él es risible? ¡Dios mío! Confundidme. He ahí el premio que doy á su cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo; porque me ha confiado su casa, porque me dió su corazón, porque quiso llamarme madre de sus hijos, ¿por eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¡Yo misma me doy horror! ¿Yo cubriré su nombre de ignominia; yo destinaré á eterno oprobio el nombre de mi marido, que es el mío? ¿Las gentes al mirarme lo pronunciarán con befa y con maliciosa risa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo pierdo la cabeza! ¿Y cómo amarle sin embargo? ¿Es mío por ventura mi corazón? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le ves por acaso, dile que nunca, nunca torne á mi presencia. Que huya, que huya. Le adoro, sí, le adoro. Díselo tú también: pero que huya. ¡Qué delirio el mío! ¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga!

--Hermosa prima, Fernán Pérez vuelve. Serenaos.

--¡Vuelve, vuelve! ¡Ah! evita su furor. Déjame á mí: muera yo sola: ¡yo su castigo merecí!

--¡Ah! no, no parto si lloráis así.

--Parte. Sí, dices bien, no lloro ya, dijo con interrumpidos sollozos Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al paje; parte: que no te llegue á ver.

--¿Dónde está, gritó Hernán Pérez; dónde el insolente que osa jugar con mi cólera y desafiarla?

--¡Á Dios, Jaime! dijo en voz baja Elvira: corre... Teneos, Hernán Pérez... añadió arrojándose al paso de su esposo.

--¡Oh! decidme vos sino, gritó el hidalgo, ¿hay en esto, señora, otro misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, vuestra confusión?...

--Jaime, señor, es inocente, inocente: nunca quiso jugar con vuestra cólera. Todos os amamos aquí y os respetamos, todos; pero... mirad... oíd...

--¡Elvira! ¡Elvira! exclamó con voz descompuesta el hidalgo, que comenzaba á sospechar vagamente.

--¡Perdón! gritó Elvira con voz aguda y ahogada por sus lágrimas y sollozos: esposo mío, ¡perdón! Y cayó de rodillas abrazando los pies del hidalgo, y dando su frente pura sobre el suelo con asombro de aquél, que cruzado de brazos delante de ella parecía en la mayor inmovilidad andar buscando en su cabeza alguna explicación de escena tan extraordinaria.

* * * * *

CAPÍTULO XXX

Estando en esto llegó Uno que nuevas traía. --Mercedes á ti, fortuna, De esta tu mensajería.

_Rom. del rey Rod._

--Ya veis que en ningún caso puede convenirme, decía agitado Villena al astrólogo un día. Cuando tengo vencidos casi los obstáculos todos que á la posesión de mi maestrazgo parecían oponerse, cuando unos ya, merced á mis beneficios y promesas, han vuelto á entrar en la senda del deber, cuando otros, cansados del poco fruto de la diligencia de don Luis Guzmán, ceden en tan obstinada demanda y dan al olvido su rencor, ¿querrán que yo exponga á los riesgos de un combate el objeto de todas mis ansias y desvelos? ¡Qué bobería, Abenzarsal! Fuerza es para suponer en mí semejante delirio no conocer cuánto he deseado ese maldecido maestrazgo, ¡Por cierto que puede ser dudoso el éxito del combate! No quiero yo decir con esto que mi antiguo escudero Hernán Pérez carezca de valor de ningún modo; pero una cosa es tener valor, y otra estar seguro de vencer á Macías. Abenzarsal, el combate no puede verificarse sino para perder yo el maestrazgo por lo menos; y no se verificará.

--No es tan fácil hacerlo como decirlo, dijo Abenzarsal sin mirar al conde, y más bien como quien habla consigo mismo que como quien contesta á otro; no es tan fácil hacerlo como decirlo. Porque, al fin, ni el mismo rey puede revocar ya la prueba por combate que tiene decretada á petición de parte, ni fuera decoroso en vos solicitarlo.

--Abenzarsal, decirme á mí ahora que nada se puede remediar en el asunto por los términos ordinarios, vale tanto como decirme que Madrid está en Castilla; y por cierto que no tengo ni el tiempo hoy ni la cabeza para aprender verdades de esa importancia. Si os consulto es porque presumo que pudiéramos dar un golpe atrevido. ¿No hay algún arbitrio? ¿no os ocurre á vos nada? ¡Por Santiago! yo creí que ya habíais comprendido que yo quiero que os ocurra.

--Mi cuerpo, señor, viejo y feo conforme se halla, está á tu disposición; del alma nada te quiero decir, porque no estoy muy seguro de si puedo disponer de ella como cosa mía, después de la tempestuosa y aun maliciosa vida que he traído. Dios me la perdone. Pero en cuanto á mis ocurrencias, permite que te diga, señor, que sólo conforme me vayan ocurriendo podré irlas poniendo á tu disposición.

--¡Maldito viejo! refunfuñó Villena entre dientes. ¿Cuándo queréis acabar de fundirme esa cabeza de bronce que ha de responder á todo el que la pregunte, y que me habéis tantas veces prometido? Yo os aseguro que si la tuviera en mi poder, como debiera, á la hora ésta ya la habría hecho, decir cosas buenas y oportunas acerca del asunto. No habría combate, yo os lo aseguro: no lo habría. Os juro que ésa sería la mejor cabeza de Castilla, sin contar la mía, Abenzarsal, se entiende.

--Mientras la mía, señor, esté sobre mis hombros, que será todo el tiempo que yo pueda, paréceme que la de bronce ha de estar de más.

--Veamos, Abenzarsal, esa prodigiosa fecundidad de recursos. Ya imaginaba yo que no dejaríais de sacarme de este molesto apuro.

--¿Has visto alguna vez á tu juglar Ferrus desempeñar con singular destreza y maestría el famoso juego de cubiletes que de Italia han traído á España algunos juglares y juglaresas de Provenza?

--Adelante, Abenzarsal.

--Bueno: pues es preciso que aprendas ahora de Ferrus tan peregrina habilidad, y esto sin remedio.

--¿Os volvéis loco, ú os burláis de mí?

--Ni lo uno ni lo otro. Lo primero no me tiene cuenta á mí, lo segundo no te la tiene, señor, á ti; sin embargo afírmome en lo dicho; no tienes, conde, otro remedio, á no ser que quieras valerte del agua aquella que poseo, que no sería tan mal recurso. Pero has dado en apreciar la vida del hombre...

--¡Qué horror, Abenzarsal, qué horror! ¿Habéis tomado á vuestro cargo endurecer mi alma, y hacer de mí un pícaro tan redomado como vos? ¿no tembláis el crimen?

--¿Qué es el crimen? ¿lo que han querido llamar tal los hombres? Soy uno de ellos; tengo derecho á no adoptar sus definiciones.

--¿Me diréis que el quitar la vida á otro ser?...

--¿Qué es quitar la vida, don Enrique? ¿puede el hombre, necio, insensato, quitar la vida á ningún ser? ¿puede el hombre crear ni destruir? ¡Impotente! ¡miserable! Aquél en quien acaba el alma de separarse del cuerpo deja de vivir á los ojos de los hombres. Á los ojos de Dios vive, porque nada muere á los ojos de Dios; él ha derramado la vida en los seres todos: unos existen bajo unas condiciones, otros bajo otras. Si el vivo vive de una manera que confesamos, vive también el muerto de otra manera que no conocemos: á los ojos de Dios las acciones todas son iguales: no hay bien, no hay mal; no hay vida, no hay muerte; no hay virtud, no hay crimen.

--¡Blasfemia, blasfemia! gritó don Enrique. Os complacéis en aventurar horribles paradojas en los momentos críticos en que tenemos más necesidad de inventiva que de ergotismo escolástico, y de confianza en el cielo que de heréticas impiedades.

--Como gustéis: dejemos en buena hora á los hombres, viles gusanos de la tierra, imaginarse en su vanidad los seres privilegiados de la creación: dejémosles creer orgullosos que para dar vueltas al rededor de su mundo miserable ha lanzado al vacío el Hacedor millones de mundos mayores; dejémosles pensar que son algo, y que valen algo; dejémosles, en fin, dar una incomprensible importancia á sus acciones míseras, al que llaman su honor, á su supuesta ciencia, á sus ridículas pasiones, al ruido que hace la boca, que llaman aullido en el lobo, y en sí mismos conversación.

--¿Acabaréis? ¡por santa María!

--Dejémosles en tan lisonjero error: convencedle al hombre de que no es nada, y precipitado de la altura del trono que sobre la naturaleza se ha erigido, se afligirá como si el no ser nada fuese algo.

--¡Por Santiago! exclamó Villena despechado: tenéis razón, Abenzarsal. Tenéis razón en todo lo que habéis dicho, y en lo que habéis pensado, y en lo que os habéis dejado por pensar y por decir. ¿Pero y mi maestrazgo? Os suplico que no lo consideréis como cosa de hombres, que yo os prometo probaros antes de mucho que si el hombre puede no ser nada, un maestrazgo por lo menos es algo.

--Vengamos, pues, al maestrazgo, dijo sonriéndose el astrólogo, á quien esta última frase debió de parecer mejor que el mundo y sus míseros habitadores. Ya he dicho, señor, que no queriendo hacer uso del _aqua mortis_, necesitáis aprender...

--Pero, ¿qué significa?

--Significa que, así como el juglar, y un juglar cualquiera, hace desaparecer entre los dedos la bola mágica, según la llama el vulgo de los hombres, ese de quien yo os hablaba hace poco...

--¿Volvemos? dijo Villena desesperado con lastimoso acento.

--No: tranquilízate, señor; así, pues, necesitas tú hacer desaparecer á alguien de la corte de don Enrique.

--¿Á quién? ¿y cómo?

--Voy á decirte, ilustre conde. Á Elvira, tu acusadora, es caso imposible, porque está libre bajo mi responsabilidad, así como Macías y tú lo estáis bajo la propia del rey, tú por tu clase, y él por su favor.

--Bien. Adelante. Elvira es además mujer de Fernán Pérez.

--Cierto; pero á Macías no me parece que podría ser difícil. Él está ahora más que nunca poseído de una pasión frenética; pasión cuyos resultados, felices para nosotros, has cortado tú mismo con tus incomprensibles escrúpulos. Sin embargo, puédenos servir todavía. Entreveo un plan asequible tal vez. Necesitaremos de Ferrus. Si el doncel cae en el lazo que le vamos á tender, no será él ciertamente quien venza á Fernán Pérez.

--Abenzarsal, ¡cuánto os debo, amigo mío! dijo Villena estrechando sus manos.

--Dame empero tu palabra, señor, de no estorbar mis intentos, y dame con tu palabra á Ferrus. Sé las escenas que han pasado entre los amantes recientemente, sé... pronto lo sabrás tú mismo. Ven en tanto, señor, conmigo... oigo un rumor extraño en la cámara de su alteza. ¿Será acaso alguna novedad en la salud del rey, que debamos sentir todos?

Al acabar el astrólogo estas palabras, dirigiéronse entrambos hacia la cámara de su alteza. Oíase desde ella un prolongado y confuso clamoreo, cuya causa no tardaron en adivinar. Su alteza, rodeado ya de algunas de las primeras dignidades de Castilla, preguntaba á unos y á otros, y parecía haberse hallado largo rato en la misma duda que los personajes de nuestro último diálogo. Brillaba sin embargo en su semblante una alegría desusada en él, y podíase conocer desde luego que más tenía de fausto que de infausto el suceso que producía en aquella ocasión tanto movimiento.

--Venid, ilustre conde, mi pariente, y vos, Abenzarsal, venid, dijo don Enrique el Doliente saliendo al paso contra su costumbre, con notable olvido de su propia dignidad, á los dos personajes que entraban en su cámara. La corona de Castilla tiene ya un heredero varón.

--Señor, dijeron á un tiempo Villena y el físico, ¿es posible? ¿Ha llegado ya tan alegre nueva?