Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 33

Chapter 333,913 wordsPublic domain

Establecido ya el silencio, arrodillóse el hidalgo ante la reverenda persona del arzobispo, quien le quitó del cuello la espada que traía suspendida, y la colocó en el altar en que iba á oficiar. Comulgó en seguida el candidato con edificante fervor. Después de un momento de oración y recogimiento, principió el arzobispo los oficios, acabados los cuales se levantó el candidato, é hincándose de hinojos ante la persona de su señor feudal el poderoso conde de Cangas y Tineo, pidióle reverentemente que le hiciese merced de conferirle la orden de caballería. Juró en seguida en manos del ilustre maestre de Calatrava no excusar su vida ni sus bienes en defensa de la santa religión católica, apostólica, romana, y guerrear hasta morir en toda coyuntura y ocasión que se presentase contra los infieles de aquende y allende el mar; fórmula en que se comprendían no sólo los Moros que mantenían guerra todavía con los reyes de Castilla, sino también los Sarracenos que poseían á la sazón el santo sepulcro, y contra los cuales se dirigían de todos los puntos de Europa continuamente innumerables cruzados. Juró amparar y defender las viudas y huérfanos que hubiesen recibido tuerto, y los desvalidos que á su fuerte brazo recurriesen para deshacer sus agravios, no pudiendo de otra manera los enderezar. Prestado este noble juramento, leyéronsele los Evangelios, sobre los cuales le repitió nuevamente. Hecho lo cual, el arzobispo, cogiendo la espada que había estado sobre el altar durante el oficio divino, la bendijo y se la ciñó. Llegándose á él sus padrinos, calzóle la una espuela el buen condestable don Ruy López Dávalos, y la otra la esposa del noble don Juan de Velasco, á quienes el novel caballero dirigió las más expresivas gracias por la merced singular que le dispensaban. Uno de los principales señores que acompañaban á don Enrique de Villena le ciñó la coraza antigua, compuesta del peto y espaldar, dándole paz después. Don Enrique de Villena, adelantándose en seguida, le dió tres espaldarazos con el plano de la espada, armándolo caballero en nombre de Dios, de san Miguel y de Santiago. Recibióle después en sus brazos, y en seguida hicieron con él igual ceremonia todos los demás asistentes, como para darle á entender que se gozaban mucho de tener admitido en su gremio caballero que tan completo prometía ser como el noble hidalgo. Alzóse entonces alegre estruendo de todos los instrumentos proclamando al nuevo caballero. Entre los que debían dar la paz al recién admitido hallábase uno armado de pies á cabeza, que se había mantenido constantemente inmóvil al lado del Evangelio, y enfrente del sitio destinado á las damas principales de la corte. Ni el oficio divino, ni la larga ceremonia habían sido parte para sacarle de su asombrosa distracción. Parecía la estatua del fundador de la capilla, como en aquellos tiempos solían verse algunas en las más de las iglesias. Pero si se llegaba á presumir que era una persona y no una estatua, para comprender su perfecta inmovilidad, y la fijación de sus ojos, era preciso creer que un maleficio particular ejercía sobre él una influencia funesta, y lo obligaba á mirar á aquella parte con la misma irresistible fuerza con que un instinto fatídico obliga á la incauta mariposa á girar en torno de la vacilante llama que la ha de acabar, y con que una atracción física llama hacia la serpiente cascabel al mísero pajarillo para hacerle víctima de su irresistible voracidad. Causaba aquel embeleso una dama que no había podido menos de notarla, y que en balde había pensado ponerle término interponiendo su velo entre las atrevidas miradas del caballero y su aciaga hermosura. Esta medida había producido un efecto enteramente contrario al que esperaba. Si las miradas habían sido antes continuadas, pero naturales, tomaron después un carácter de investigación muy parecido al que tienen las de aquél que trata de leer durante el crepúsculo, ó á la opaca luz de la luna. Apenas quedaba concluido el acto, cuando deseosa la dama de esconderse á tan imprudentes miradas, se había confundido y desaparecido entre la multitud: los ojos sin embargo del caballero, acostumbrados á ver en aquel punto su contorno, le seguían viendo gran rato después de haber desaparecido, como le sucede al que se atrevió á mirar fijamente por largo espacio al luminar del día. Horas enteras conservaba su retina la impresión indestructible, y por más que haya desviado ya los ojos de su deslumbrante luz, por más que los cierre, en fin, ve el sol todavía donde no le hay. Al llegar Vadillo al caballero acababa de levantarse la dama. Tendió el hidalgo los brazos naturalmente á recibir de él como de los demás el beso de ceremonia, é hizo la misma figura que el que fuese á abrazar un árbol ó una columna. No pudo menos de levantar la cabeza, y de reparar en la especie de estatua que delante de sí tenía. Conociólo, y su primera acción fué volverse con la rapidez del rayo á seguir la visual del caballero, y ver en qué objeto se paraba: si alcanzó á ver algo todavía, ó si el punto á que las miradas se dirigían bastó á contestar á su muda pregunta, eso es lo que no sabemos. Diremos sólo que su rostro se tiñó de carmín, y que vertiendo fuego por los ojos y los poros todos de su encendido semblante, sacudió con una mano al distraído diciendo por lo bajo, pero con reconcentrada cólera: «Ya puede haber pactos entre nosotros, que ya no soy escudero». Á esta sacudida inesperada volvió en sí el caballero como quien despierta de un largo sueño. Reconoció su imprudencia al reconocer al que le hablaba, y no ocurriéndole nada que responder de pronto á su rara interpelación, bajó los ojos y quiso enmendar su pasada distracción tendiendo entonces los brazos al hidalgo. Éste, empero, poniendo entrambas sus manos en ellos: «Dejad, le dijo, el abrazo para ocasión en que estéis menos ocupado, que yo quisiera que el que nos diésemos fuese más estrecho y más largo». «Como gustéis, hidalgo, repuso el caballero con arrogancia, como gustéis».

No había podido menos de notarse por la concurrencia esta pequeña escena episódica lanzada en medio de aquel acto solemne: nadie oyó lo que se dijeron, pero los más tuvieron algo que decirse al oído acerca de aquella rara singularidad. Nosotros diremos, como fieles historiadores, que la dama, cuando se creyó fuera ya del alcance de las miradas del importuno, volvió la cabeza y alcanzó aún á ver algo, que fué lo bastante para despertar en ella ideas de inquietud, á que hacía ya algún tiempo que no había dado lugar en su corazón.

Acabada la ceremonia, retiróse cada cual, y el novel caballero, acompañado de sus padrinos y de sus deudos, se trasladó á la habitación del señor de Cangas y Tineo, donde esperaban ya á la comitiva varias damas y convidados, y donde un magnífico banquete, dado por el ilustre maestre, terminó con toda pompa digna de tal solemnidad un día tan señalado en la vida de nuestro celoso hidalgo.

* * * * *

CAPÍTULO XXVI

Mucho os ruego de mi parte Me lo queráis otorgar, Pues que de mi nigromancia Es vuestro saber y alcanzar, Que me digáis una cosa, Que yo os quiero demandar. La más linda mujer del mundo ¿Dónde la podría hallar?

_Rom. de Roldán y Reinaldos_

La situación de los principales personajes de nuestra historia era bien precaria. No hablemos de la infeliz condesa de Cangas, á quien no pudimos menos de abandonar á su triste suerte. Aun entre los que en el día ocupan nuestra atención, había más de uno que no tenía motivos para estar contento con su estrella. Elvira en primer lugar llevaba continuamente clavado en el corazón el dardo que se ahondaba más mientras más esfuerzos hacía por arrancarle, y tenía no pocos motivos de inquietud y melancolía. La falta de la condesa, á quien echaba menos entonces más que nunca, le recordaba sin cesar que tenía pendiente una acusación, en el éxito de la cual se hallaba comprometida no sólo la vida del hombre á quien no podía menos de amar, sino la suya propia, pues era condición de tales juicios que había de morir el acusador ó el acusado, si no en el combate, después de él. Elvira se hallaba libre en su cámara; pero lo debía á la buena opinión que había merecido siempre en la corte. Luego que se había dado á conocer á Abenzarsal, y éste había expuesto á su alteza sus circunstancias y las causas particulares que la obligaban á guardar secreto, se la había dejado en libertad bajo su palabra, con la única condición de haberse de presentar en el juicio, como acusadora, el día que su alteza tuviese á bien señalar, día que se retardaba ya demasiado, según lo que solía en tales casos practicarse. El vulgo de las gentes sobre todo, que no había podido dar explicación ninguna á la acusación y circunstancias de la tapada, no sabía á qué achacar semejante tardanza, si no era á las brujerías de don Enrique de Villena. Mientras tanto no era menos cierto que Elvira debía estar en la más cruel expectativa. La conducta de su esposo era incomprensible al mismo tiempo para ella: nunca le había dicho una palabra del encuentro en la cámara del astrólogo: semejante reserva, agregada á aquella tristeza misteriosa que le había dominado hasta el día en que había recibido la orden de caballería, manifestaba que tenía oculto algún proyecto, idea que no podía menos de hacerla temblar.

Hernán por su parte, á quien saben nuestros lectores ocupado únicamente en llevar á cabo su venganza contra el doncel, no era más feliz. Había llegado á creer fijamente que Macías estaba prendado de su esposa: la pequeña escena que había pasado entre los dos en la capilla del alcázar no le podía dejar duda acerca de este particular: así, pues, esperaba con impaciencia el momento de llegar á las manos entonces, que ya tenía permiso de su señor para defender su parte en el juicio de Dios. Con respecto á su esposa, debía estar seguro ya de que era la acusadora de don Enrique; pero justamente resentido de ese paso, tampoco la había hablado de este asunto, y como tan complicado con el otro que en un mismo día había él de morir, ó castigar al atrevido y al objeto de su osadía, cuidábase ya poco de esto. No estaba seguro de que su esposa participase de la culpable pasión de Macías; pero eran tan vehementes sus sospechas, que ésta era la única razón porque no había temblado al considerar que ó había de morir en el combate, ó había de morir su esposa si él vencía. Triste alternativa por cierto para otro á quien no hubieran tenido tan ciego los celos como al hidalgo. Entre tanto trataba con la mayor dulzura á su esposa, porque creía que éste era, si había alguno, el medio de asegurar más la aclaración de sus sospechas. No viendo ella en él ninguna señal alarmante, se abandonaría más fácilmente y caería en el lazo que le tenía astutamente tendido.

Don Enrique de Villena no dejaba de estar inquieto tampoco. Cuando la fortuna se le presentaba tan favorable, cuando había conseguido romper los funestos cuanto incómodos vínculos que le unían á su esposa, cuando tenía asido ya el apetecido maestrazgo, un doncel aventurero y una dama extravagantemente heroica se habían atravesado en el camino de sus planes: si él hubiera tenido maldad suficiente, nada más fácil que haber quitado de en medio á toda costa tan importunos obstáculos, como continuamente le aconsejaba el judío, pero ya hemos visto que el indeciso conde creía tener ya harta carga sobre su conciencia con la desaparición de doña María de Albornoz. El juicio de Dios le hacía temblar, no precisamente porque él estuviese convencido de que si el cielo tomaba cartas en el juego no podía estar nunca de su parte, sino porque creyendo más, como creía, en el valor de los combatientes para semejantes trances que en la participación de la justicia divina, no podía menos de asustarle la idea de que el contrario era Macías, que pasaba con razón entre las gentes por caballero mucho más perfecto y cumplido que Hernán Pérez. Éste debía ser víctima probablemente de su temerario y generoso arrojo; y en este caso don Enrique, vencido en la persona de su campeón, tendría que recurrir á medios muy violentos, y que le repugnaban sobre manera, para conservar no sólo el maestrazgo sino también la vida. Hasta entonces había tenido la fortuna de retardar el señalamiento del día, pero esto no podía durar porque la otra parte instaría, y porque la acusación había sido demasiado pública y la sentencia demasiado terminante para que pudiese sobreseerse en el asunto. ¿Habría algún medio de evitar que la parte contraria compareciese al día aplazado? Esto era lo que formaba el objeto por entonces de las maquinaciones de don Enrique de Villena, de su juglar confidente Ferrus y del astrólogo judiciario. En ese caso, tanto Elvira como Macías serían declarados infames, y reputados culpables de calumnia, y acreedores por consiguiente al castigo que habían reclamado en nombre de la ley contra el conde.

Macías era de todos el menos inquieto, y sin embargo el más desgraciado. Él debía pelear por su amada; pero el que pendiese la vida de aquélla del esfuerzo de su brazo, era para él una gloria, una fortuna inapreciable antes que un motivo de inquietud, fuese Villena, fuese otro más valiente su contrario: y si Elvira no hubiera huido constantemente de sus miradas, si no le hubiese quitado todas las ocasiones de verla y hablarla, ¿quién como él? Pero desde la mañana en que había sido armado caballero Fernán Pérez, mañana en que había bebido tan copiosamente el veneno del amor, Macías estaba en un estado continuo de delirio y de fiebre, que no le daba lugar á reflexionar que desde el punto en que el hidalgo había llegado á concebir la más leve sospecha, sólo su extremada circunspección podía excusar á la desdichada Elvira mortales sinsabores. El mísero no veía al hidalgo, no veía el mundo que le rodeaba. Ansioso de saber del astrólogo lo que le había querido decir la mañana de su presentación en la corte, después de su llegada de Calatrava, con sus misteriosas palabras, y no habiendo podido verificarlo por el funesto encuentro que en la cámara del judío tuviera, había vuelto á visitar á éste después de su curación. Abenzarsal, siguiendo el plan de enredar á los amantes en el laberinto de su pasión, aun á pesar del ciego temor del conde, pues trataba de salvar á éste mal su grado, no dudó en echar leña al mortecino fuego de su esperanza.

--Decidme, padre mío, decidme, comenzó Macías, ¿cuál es el sentido de vuestras fatídicas palabras? Esa corte, que me habéis anunciado siempre como un...

--Sí, le contestó Abenzarsal: la primera vez que os vi conocí que la corte debía seros funesta.

--¿Funesta, Abenzarsal? ¿Pero qué llamáis funesta vosotros? ¿Queréis decir que podrá acarrear mi muerte?... porque eso, Abenzarsal, no sería lo peor que pudiera sucederme. ¿Qué causa os conduce á pensar... qué secreto mío?... Mucho temo que esa ciencia de que os jactáis sea vana y...

--Escuchadme, joven temerario, interrumpió Abenzarsal. Antes de soltar vuestra inexperta lengua, aprended á respetar lo que no entendéis. ¿Pensáis que puedo vivir ignorante de vuestras acciones, de vuestros deseos, de vuestros más secretos pensamientos? Decid, ¿os acordáis del día en que os dije que al anochecer encontraríais en mi cámara la satisfacción de vuestras dudas?

--Sí, sí, ¿cómo pudiera no acordarme? sin el concurso de circunstancias que impidieron entonces una entrevista entre nosotros, ésta sería acaso excusada.

--Y bien, ¿y qué encontrasteis en mi cámara?

--¡Cielos! ¿qué encontré? ¿sería?...

--Joven incrédulo, ¿no encontrasteis el verdadero astrólogo que buscábais? ¿quién os podía dar razón más satisfactoria de lo que intentabais preguntarme?

--Lo sabe todo, lo sabe todo, dijo para sí Macías. ¡Ah! tu ciencia es cierta. Yo nunca dije á nadie una palabra. Abenzarsal, tomad ese oro: es cuanto traigo: satisfaced ahora á mis preguntas. ¿Me ama, adivino, me ama? ¡Calláis, santo Dios! ¡Oh! ¡bien me lo temía!

--¿Y qué hicisteis que no se lo preguntasteis? ¿Á qué preguntarme á mí lo que ella debe saber mejor que yo?

--Viejo artificioso, ¿os burláis de mi dolor? ¿no habéis conocido nunca una mujer? ¿encontrasteis una jamás que haya respondido _sí, no_, á vuestras inconsideradas preguntas? ¿no sabéis que la ficción y el silencio son el arte de las mujeres?

--Harto lo sé: estas canas de que veis cubierta mi cabeza no nacen impunemente.

--Y bien, si tanto sabéis, respondedme: ¿me ama ó me desprecia? ¿son sus miradas las peligrosas redes que las mujeres desvanecidas suelen tender á mil amantes que tal vez aborrecen, ó son las de una hermosa incapaz de engaño y de artificio? ¿son sus ojos solos, ó es su corazón también el que me mira? ¿es buena, ó es mala? ¿quién pudo conocer jamás á una mujer? ¿soy su juguete por ventura, soy sólo su trofeo, ó soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo es vuestro. ¡Si me ama, decídmelo! Entonces la corte no puede serme nunca funesta, porque aun muriendo, si muero amado seré dichoso. Si no me ama, callad. Yo he oído decir que conocéis los hechiceros mil medios que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que debiera mi mérito haber hecho: ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué condiciones son precisas? ¿cuál es el premio de vuestro trabajo?... ¡Oh! Elvira, Elvira, ¡cuánto me cuestas! ¿Necesitáis mi cuerpo, mi sangre? he aquí, herid y consultad mis venas... ¿necesitáis mi alma? ¡maldición, maldición! Haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla bien. ¡Que me ame! ¡que me adore! y todo lo demás después.

--Moderaos, joven arrebatado. ¿Qué motivos tenéis para tanta desesperación? ¿no arde siquiera en vuestro corazón una chispa de esperanza?

--¿Y cuándo muere la esperanza en el corazón del hombre? Yo la he visto mil veces: sus ojos me miraban, y se detenían sobre los míos, como se detienen los de una amante sobre los de su querido. Cuando se encuentran nuestros ojos, no hay fuerza que los desvíe. Nuestras almas se cruzan por ellos, se hablan, se entienden, se refunden una en otra. Pero ¡ah! Abenzarsal, que huyen á veces, y su rostro airado...

--¿Airado habéis dicho? ¿y qué más fortuna pedís? Cuando huyen sus ojos de los vuestros, entonces es cuando más os ama: entonces, doncel, os teme.

--¿Qué decís?

--No huye la indiferencia, ni se enoja. ¿Y nunca la habéis hablado?

--¡Ah! por mi desgracia una vez...

--¡Por vuestra desgracia! ¿Le dijisteis?...

--Menos de lo que siento, pero lo dije...

--¿Y respondió?

--¡Mas cómo respondió!!

--¿Os respondió que no, que la ofendíais... que huyeseis... que?...

--¡Abenzarsal!

--¿De qué, pues, os quejáis? ¿queríais, mozo inexperto y precipitado, que una mujer virtuosa, una mujer que debe á su esposo?...

--¡Abenzarsal! gritó furioso Macías.

--Y bien. ¿Queréis que me ría en vuestra cara de esa locura? ¿no os enojáis ahora porque?... yo creí que teníais muy sabido...

--Sí, sabido, sí, ¡pero ay del que se complazca en repetírmelo!

--En buen hora. ¿Queríais que esa mujer, cuyas perfecciones adoráis?...

--Entiendo, entiendo.

--Sed más confiado, señor, y menos impaciente.

--Vos mismo la hubierais apreciado en menos, y eso las mujeres lo saben. Quieren ser premio de la victoria, pero de una victoria reñida, porque cuando son vencidas, doncel, ellas mismas hallan disculpa á su flaqueza, disculpa que no encontrarían si no se defendiesen. Las menos virtuosas, Macías, quieren parecerlo hasta á sus propios ojos. ¿Qué será, pues, las que realmente lo son?

--Sí, pero no confundáis á Elvira con...

--En buen hora, doncel. Si os habéis prendado de un ángel, id á consultar ángeles: yo sólo conozco el corazón humano.

--Judío, ¿y qué me aconsejáis?

--¿Necesitáis consejos después de lo que os he dicho?

--¿Es posible? Ah, padre mío, no me hagáis entrever la felicidad para arrancármela después más amargamente de entre las manos. Si mi constelación...

--Las constelaciones, doncel, mandan que tengamos frío en el invierno, y sin embargo, si os sumergís en un baño de agua caliente en el corazón de enero, ¿no hubierais de sudar?

--¡Cierto!

--Andad, pues, y venced, si podéis, vuestra constelación. Ella se os anunció funesta. Hacedla vos venturosa.

--Explicaos más claro, padre mío... ved que...

--Doncel, os he dado cuantas explicaciones puedo daros. Recapitulad mis palabras, y partid. Sólo os añadiré, y ved que no os hablo más en el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por más que muchos que peleen no venzan. Vuestra constelación es funesta; en vuestra mano está sin embargo vencerla. Confianza y audacia. Á Dios.

--¡Confianza y audacia! salió diciendo Macías; ¡santo Dios! ¿será mía? ¿será mía alguna vez? Dos lágrimas, hijas de la terrible emoción y de la alegría que henchía su corazón, surcaron sus encendidas mejillas. Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su cabeza cuantos medios podían ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde entonces no vió más que á Elvira en el mundo, y desde entonces pudiera haber conocido quien hubiera leído en su corazón que Elvira ó la muerte era la única alternativa que á tan frenética pasión quedaba.

* * * * *

CAPÍTULO XXVII

Eres mujer finalmente.

_Rom. de Zaide á Zaida_

Jaime, decía una mañana Elvira á su paje, que sentado á sus pies la miraba de hito en hito con ojos ora tiernos, ora indagadores: Jaime, ¿te habló hoy Fernán Pérez á ti?

--¿Á mí? prima mía, ya sabéis que no soy santo de su devoción; siempre que me ve hablando con vos más de lo regular, hay motivo bastante ya para que tenga mala cara un día entero. Sin embargo, nunca le hice mal alguno; antes le deseo mucho bien, porque os lo deseo á vos. Conque si no os ha hablado, lo que es á mí...

--¡Ah! tampoco; no sé qué secreta melancolía le devora desde la noche...

--Sí, aquella noche en que...

--No la recuerdes: mi falta de confianza acaso... el paso que di... si llegó á cerciorarse de que era yo...

--Pudiera ser, pero me parece que tiene alguna cosa más.

--¿Qué cosa?

--Yo he oído decir que los celosos hacen lo mismo que vuestro esposo.

--¡Jaime! ¿Será posible que Fernán Pérez abrigase la menor duda acerca de la virtud de su consorte?...

--No digo eso; antes creo todo lo contrario. Alguna vez le he solido sorprender, hablándose solo, á sí mismo: acaso me tenga rencor por eso... «Elvira me ama», decía antes de ayer cuando yo le encontré distraído, «me ama tanto como yo á ella; es imposible: no era culpable...».

--¿Eso decía?

--Eso le oí.

--¡Dios mío! ¡cuán ingrata soy! Y en ese caso, esos celos que dices...

--Esos celos puede tenerlos de alguno, aun sin pensar que vos...

--¿De alguno?

--Escuchad.

--Ayer en la corte miró á un caballero, que conocéis, de una manera... ¡Ay! si sus ojos hubieran sido rayos, con la velocidad del relámpago hubiera sido reducido á cenizas el caballero.

--¡Cielos! ¿Qué os hice yo para merecer tanto rigor?

--Y como se dice que ya en una ocasión ha tenido algún lance con el mismo caballero, y que sus heridas...

--Basta, Jaime, no despedaces mi corazón; tú que le conoces, tú que sabes cuán inocente soy...

--¡Oh! si yo fuera esposo de la hermosa Elvira, ¡qué pocos cuidados me habían de dar los celos! ¡cómo dormiría á pierna suelta! verdad, prima?

Un estremecimiento involuntario fué la única respuesta de Elvira y un profundo silencio, indicio de la mayor distracción.

--¿No es verdad, prima? preguntó de nuevo el inexperto niño, volviendo á aplicar el dedo imprudentemente en la llaga. Ello por otra parte, á mí me da lástima.

--¿Qué te da lástima? preguntó Elvira.

--Si vierais en qué estado está mi pobre amigo: el que me solía llamar así...

--¿Qué amigo?

--¡Qué amigo queréis que sea! Si vierais qué rostro tan pálido... tan desfigurado... Por fuerza está muy malo... Si el amor es capaz de hacer tantos estragos, no quiero nunca enamorarme.