Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 32

Chapter 323,174 wordsPublic domain

En los primeros días había esperado Elvira á que Hernán Pérez la hablase del acontecimiento que le había reducido á aquel término; y lo había esperado con ansia y con temor, pero en balde. El hidalgo, fuese por amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender una explicación en que él no podía hacer todavía el papel de acusador, guardó el más rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle á Elvira que lo mejor que podía hacer era aventurar alguna pregunta; pero igual suerte tuvo su arrojo que su expectativa. No sólo no consiguió ninguna explicación satisfactoria en este punto, sino que habiendo conocido que toda conversación relativa á la noche del duelo alteraba visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna curiosidad. Creyendo el hidalgo también que su esposa le negaría haber sido ella la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo, y que mientras no tuviese otras pruebas irrecusables sería más bien espantar la caza que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre este particular la misma conducta que sobre el duelo, reservándose sin embargo dos cosas: primero, el propósito de espiar más escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo, la intención decidida de terminar cuanto antes con cualquiera ocasión y pretexto que fuese el suspendido duelo con el hombre primero que había aborrecido en su vida, y que había aborrecido como se aborrece cuando no se aborrece más que á uno.

Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernán Pérez restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas. Su semblante dejaba ver todavía la huella de la enfermedad.

--Hernán Pérez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido ya dejar el lecho? Debierais recordar sin embargo que vuestra salud es harto importante para vuestro señor, y no exponerla con tan temerario arrojo á una recaída peligrosa.

--Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquéllas que hizo la lanza ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse fácilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan sino de una sola manera.

--¿Qué decís? ¿Será que por fin os habréis decidido á abrirme francamente vuestro corazón? contestó don Enrique. ¿Será que queráis explicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo singular, cuyos efectos se ven todavía en vuestro rostro, y de esa reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aún más indelebles y duraderas?

--Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas que agobian á tu escudero.

--Quiero no darme por ofendido, contestó fríamente Villena, de vuestra inconcebible reserva.

--Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia, que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello.

--Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que os será concedida.

--No me levantaré, señor, mientras no sepa que nadie en lo sucesivo podrá decir impunemente á un hidalgo: «No ha lugar á pacto entre nosotros, pues no eres caballero». Ármame, señor. Si mis largos servicios te fueron gratos, si pasando de la clase de doncel, en que fuí admitido á tu servicio, á la honrosísima que ocupo hoy á tu lado, no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones que los más grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñé los deberes de la hospitalidad con tus huéspedes, y los de la mesa contigo; si fué siempre la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de mi valor alguna vez, confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si no bastan mis méritos, bástame esa hidalguía, de que en balde blasono si puede cualquiera deshonrarme impunemente como á villano pechero.

--Alzad, Vadillo, dijo don Enrique viendo que había acabado su petición el afligido escudero. Por mucho que me sorprenda vuestra demanda en esta coyuntura, continuó, por mucho que me dé que recelar, mal pudiera negaros una gracia á que sois, Vadillo, tan acreedor.

--Guarde el cielo, señor, tu grandeza...

--Remitid, Vadillo, vanos cumplimientos. Os armaré: os lo prometí en pública corte no ha mucho tiempo, y torno á repetíroslo ahora. Pero decidme, ¿qué causa en esta ocasión más que en otra?...

--Tu honor y el mío. Has sido calumniado, atrozmente calumniado; porque tú me dijiste, señor...

--Calumniado, sí, Vadillo, calumniado. Pongo al cielo por testigo que podéis, fiado en la justicia de mi causa...

--Bástame tu palabra á desvanecer mis dudas todas. Quiero, pues, que mi primer hecho de armas, en que gane mi divisa, sea la defensa de mi señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un mancebo temerario arrojó públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé de él: si tu causa es justa, la victoria es segura.

--¿Cómo pudiera no aceptar vuestra generosa oferta, Hernán Pérez? Quédame sin embargo una duda: duda que en obsequio vuestro quisiera desvanecer. Solos estamos: abridme vuestro corazón: decidme, ¿no tenéis alguna otra causa que os mueva?...

--Señor...

--¿Presumís que puede tenerse noticia de vuestro encuentro con Macías en el soto... y del arrojo con que os adelantasteis en la corte á alzar el guante al punto que visteis ser él el mantenedor de la acusación, sin sospechar al mismo tiempo que causas muy poderosas?... Hablad...

--Acaso las hay. No lo niego.

--Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible ¿sería cierto que tuvisteis celos?...

--¿Celos, señor, yo celos? exclamó Hernán con mal reprimido amor propio. ¿Quién pudo decir?...

--Nadie, Hernán, nadie: yo solo soy el que he creído en este momento...

--¿Vos solo? si supiera...

--¿Y bien? ¿Á mí por qué no descubrirme?... ¿Vuestra esposa sin embargo?...

--Basta, señor, no hablemos más de eso. ¡Mi esposa, Dios mío! ¡Mi esposa! Si mi esposa pudiese faltar...

--¿Qué es faltar, Vadillo?

--Si pudiese tan sólo con su pensamiento empañar la más pequeña porción de mi honor, no necesitara castigar á ningún atrevido, ni que me armara nadie caballero: dagas tengo aún: la última gota de su sangre, la última no sería bastante indemnización de tan insolente ultraje. ¡Elvira, á quien amo más que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!

--Sosegaos, Vadillo; nunca fué mi propósito ofenderos; pero pudierais, sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...

--Jamás, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi esposa, ¿viviría aún, viviría? contestó el hidalgo pudiendo disimular apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas.

--Entonces, pues, ¿qué ofensa?...

--Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca Macías: un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran señor, de una victoria pronta y segura.

--Sea, contestó don Enrique, como lo deseáis. Mañana os la conferiré. Mañana juraréis en mis manos defender su fe, el honor y la hermosura.

Después de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde de Cangas, y se retiró á esperar con mortal impaciencia el nuevo día que había de poner término á todas las esperanzas que contentaban por entonces su ambición.

* * * * *

CAPÍTULO XXV

Agua te echan por el rostro Para facerlo acordado, Y vuelto que fuera en sí Todos le han preguntado Qué cosa fuera la causa De verlo así tan parado.

_Rom. del Cid_

Á la mañana siguiente brillaban con fuego extraordinario los ojos de Fernán Pérez. Leíase en su semblante la alegría que inundaba su corazón. Efectivamente la orden de caballería era en aquel tiempo la más alta dignidad á que pudiese aspirar un hombre de armas tomar. Su virtuoso origen y sus fines, aún más virtuosos, le daban tal prestigio, que los reyes se honraban con tan honorífico dictado, y un caballero sólo con serlo tenía derecho á comer en su mesa, honor que no disfrutaban ya ni sus mismos hijos, hermanos ó sobrinos, mientras no entraban en aquella noble cofradía. Era preciso ser hidalgo por parte de padre y madre, y con la antigüedad por lo menos de tres generaciones: era preciso haber dado pruebas de valor, y gozar de una reputación pura é inmaculada. Á muchos les costaba además pasar por el largo noviciado de paje y escudero progresivamente. Los que habían entrado al servicio y á hacer prueba de su persona con un rey ó un príncipe de alta categoría, en calidad de pajes, se llamaban donceles: Macías se había hallado con Enrique III en este caso, y si se le llamaba todavía públicamente el doncel, era porque habiéndole tomado Enrique III, con quien se había criado, más afecto que á otro alguno, habíale conservado aquel nombre por modo de cariño, aun después de haber recibido la orden de caballería. En el mismo caso se había hallado con don Enrique de Villena el hidalgo Hernán Pérez: habíale entrado á servir primero en calidad de paje ó doncel, y había pasado á ser su escudero. El cargo de escudero en estos tiempos, y hasta ese nombre, parecen sonar mal á los oídos delicados. Podemos asegurarles, sin embargo, que no sólo no tenía en aquel tiempo nada de denigrante, sino que antes era tan honorífico, que muchísimos grandes, señores y príncipes que habían llegado á ser caballeros por el orden regular de los grados requeridos para ello en tiempos de paz, no se habían desdeñado de ejercerlo. En la recepción de escudero, los padrinos ó madrinas del paje prometían en su nombre religión, fidelidad y amor, con la misma formalidad é importancia que en la recepción de un caballero. Reducíase la obligación del escudero á seguir por todas partes á su señor ó al caballero con quien hacía veces de tal, llevándole su lanza, su yelmo ó su espada; llevaba del diestro sus caballos, en los duelos y batallas proveíale de armas, levantábale si caía, dábale caballo de refresco, reparaba los golpes que iban dirigidos contra él; pero sólo en grandes peligros le era lícito tomar armas por sí en las pendencias y encuentros á que asistía. Sus deberes domésticos se ceñían á trinchar y presentar las viandas en la mesa, y aun á ofrecer el aguamanil á los convidados antes y después de comer. Pero estos cargos se desempeñaban con tanta más dignidad cuanto que los platos los recibía de mano del maestresala, que ya era por sí una dignidad, aunque más subalterna, y el agua de mano de los pajes, que la tomaban ellos ya de los domésticos inferiores. En público, y en los banquetes en que reinaba toda etiqueta y ceremonia, no podía sentarse el escudero á la mesa de su señor. Para probar que ni el oficio de doncel ni el de escudero eran sino muy honoríficos, concluiremos diciendo que en las historias francesas del siglo XIII hallamos designados estos donceles y escuderos con el nombre de _valets_, más humillante aún en el día que los de _damoiseau_ y _écuyer_, que corresponden á aquéllos en la lengua francesa. Diremos que Villehardouin, en su historia, hablando del príncipe Alexis, hijo de Isaac, emperador de los Griegos, le llama en repetidas ocasiones el _valet_ (ó escudero) de Constantinopla, porque aquel príncipe, aunque heredero del imperio de Oriente, no había recibido todavía la orden de caballería. Por igual causa son calificados con la misma designación por los historiadores sus contemporáneos Luis, rey de Navarra, Felipe, conde de Poitou, Carlos, conde de la Marcha, hijo de Felipe, y otros infinitos. Entre nosotros fué paje y doncel el famoso y nobilísimo don Pero Niño, conde de Buelna, y el mismo don Álvaro de Luna, tan célebre por su prodigioso favor como por su ruidosa desgracia.

En tiempos de guerra, y en los principios de la orden de caballería, se confería ésta con menos pompa y formalidad: el rey ó el general creaba caballeros antes y más comúnmente después del combate: en esos casos reducíanse todas las ceremonias á dar la pescozada ó espaldarazo dos ó tres veces en el hombro del candidato con el plano de la espada, diciéndole en alta voz: _Os hago caballero en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo._ Solía ser otras veces el teatro honroso donde se confería la orden de los valientes, leales y esforzados, un torneo, un campo de batalla, el foso de un castillo sitiado ó asaltado, la brecha abierta ya de una torre, ó una fortaleza feudal. En medio de la confusión y tumulto de la refriega, arrodillábase el escudero á las plantas del rey, del general, ó de un caballero cualquiera acreditado ya por sus altos hechos de armas. Cuando el famoso Bayardo, caballero sin tacha y sin reproche, confirió de esa suerte la orden de la caballería al rey Francisco I: «Ó espada mía, exclamó, mil y mil veces venturosa por haber dado hoy la orden de caballería á un rey tan grande y tan poderoso, yo te conservaré como preciosa reliquia, y te preferiré siempre á cualquiera otra». Después, añade el historiador que nos ha conservado este rasgo singular, dió dos saltos y envainó su espada.

En tiempos de paz, y cuando posteriormente hubo llegado esta famosa institución á su más alto grado de esplendor y á su verdadero apogeo, se solía aprovechar, para conferirla á los escuderos que se habían hecho de ella merecedores, alguna solemnidad. Un día grande de la Iglesia, el aniversario de una famosa victoria, la boda ó nacimiento de un príncipe ó una coronación, eran las coyunturas más comúnmente escogidas, y en tales casos hacíase la promoción con otra pompa y con más minuciosas formalidades; las cuales complicaron más y más sobre todo desde el siglo xi, en que pareció tomar aquella orden un carácter nuevo con la mezcla de ceremonias religiosas y profanas, que para la admisión de los señores en esta vasta cofradía se exigieron.

Hernán Pérez de Vadillo no podía menos de dar á su nueva dignidad la importancia que en aquellos siglos tenía. Todo aquel día empleó en los preparativos de la ceremonia solemne que se preparaba para él. El condestable Ruy López Dávalos quiso ser su padrino, y obtuvo que fuese madrina la noble esposa de don Juan de Velasco, camarero mayor de su alteza. El conde de Cangas y Tineo era un personaje bastante calificado para que la dignidad que iba á conferir á su escudero llamase la atención de la corte. Su posición ventajosa, en aquel momento más que en otro alguno de su vida, le granjeó la asistencia á aquel acto, y la cooperación de las primeras personas de Castilla. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, se brindó á oficiar en la ceremonia, y el mismo rey don Enrique, al señalar para ella la capilla de su regio alcázar, quiso presenciarla también desde una tribuna, á pesar de sus dolencias. El candidato ayunó aquel día, conformándose con los usos establecidos: revestido de una larga túnica cenicienta, verdadero traje de su clase de escudero, asistió á la comida que dió don Enrique de Villena á los que debían presenciar la ceremonia. El candidato, colocado aparte en una mesa pequeña mientras los demás comían en la principal, permaneció en ella servido por donceles del conde su señor; pero éste, escrupuloso observador de la etiqueta, le intimó al sentarse que no podría hablar ni reir durante la comida, ni aun llegar bocado á los labios. Concluida esta ceremoniosa comida, fué llevado el candidato por sus padrinos, acompañado de los demás concurrentes, y seguido de gran número de juglares y ministriles, que tañían gran variedad de instrumentos y cantaban baladas alusivas al acto que se preparaba, á la capilla del alcázar. Esperábale ya, custodiada por dos hombres de armas de Villena, una hermosa armadura blanca sin mote ni divisa, de que le hacía merced su señor. Separóse de él allí la concurrencia, y quedó Fernán Pérez de Vadillo velando sus armas y en oración la noche entera, después de haberse despojado de la túnica escuderil, y haber vestido una cota, embrazado la adarga y empuñado la lanza. Llegada la mañana, confesó devotamente con fray Juan Enríquez, confesor de su alteza. No sabremos decir si vuelto su corazón á Dios hizo sacrificio ante el altar augusto de la penitencia del rencor y de los sanguinarios proyectos de venganza que le habían determinado á armarse caballero. Presumimos que así lo haría, y creemos que si luego más adelante la historia nos ha conservado algunos rasgos que podrían oponerse á aquella concesión cristiana, debe achacarse más bien esta inconsecuencia á la flaqueza del corazón humano, ó á la mezcla extraordinaria de pasiones y religión que reinaba en aquella época, que á la falta de verdadera contrición del noble hidalgo. Hecha su confesión, y veladas ya las armas, retiróse el candidato por el mismo orden que había venido, y llegado á su habitación vistió el traje de caballero, más rico y adornado que el de escudero, que acababa de dejar para siempre. Allí recibió las visitas y felicitaciones de sus deudos y amigos; y varios señores allegados á don Enrique de Villena vistiéronle sobre la cota de menuda malla una ancha loriga guarnecida de piel, adorno reservado sólo en aquel tiempo á personas de categoría, y pusiéronle sobre los hombros un gran manto, cortado á manera de manto real. En esta forma, y llevando colgada del cuello la espada, llegó seguido de los padrinos, de los convidados y de sus amigos, á la real capilla donde esperaban el momento de dar principio á la augusta ceremonia su alteza en su tribuna, rodeado de varios dignatarios, el arzobispo, que había salido al altar al verle llegar, y gran número de damas. Distinguíase entre ellas la madrina del novel caballero, ricamente ataviada, y á la derecha del buen condestable, arrodillados los dos al lado de la epístola en ricos reclinatorios de terciopelo carmesí, en que se veía recamado en oro el escudo de sus armas respectivas, y de que pendían largos borlones de aquel precioso metal. Algo detrás, y entre otras damas principales, se veía á Elvira, esposa del hidalgo, cubierta con un velo, al través del cual se traslucía sin embargo su hermosura, como suele verse al través de ligeras nubecillas el resplandor del sol. Á la otra parte se colocó el poderoso conde de Cangas, acompañado de algunos caballeros principales y seguido de dos de sus pajes, con su yelmo el uno y el otro con las espuelas y demás piezas de la armadura que debían revestirle á Vadillo en acto tan solemne. El resto de la capilla estaba ocupado por la numerosa concurrencia que la calidad de las personas había traído, y por bandas de ministriles que habían seguido la comitiva, tañendo dulcemente sus instrumentos. Era gran gusto oir la desacorde confusión que producían tocadas á un tiempo la cítola sonora, la guitarra morisca, _de las voces aguda é de los puntos arisca_, el corpudo laúd, el rabé gritador, el orabín, el salterio, la adedura albardana, la dulcema é axabeba y el hinchado albogón, la cinfonia, el odrecillo francés y la reciancha mandurria, cuyos ecos distintos se unían al sonsonete de las sonajas de azófar, y al estruendo de los atambores y atambales, de las trompas y añafiles; instrumentos todos con que se verían tan apurados nuestros músicos del día para organizar una sola tocata medianamente agradable, si se los trocaran de pronto con los que la civilización música les ha perfeccionado, como se verán nuestros lectores para formar una exacta idea de su figura y armónica melodía sin más datos que esta breve enumeración, por más fidedigna que la constituya la autoridad del trovador arcipreste á quien la robamos.