Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 31

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--¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber, partamos. Necesito curar mis heridas...

--¿También eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en esta maldita corte que se separe un punto de su amo y señor.

Concluida esta imprecación hicieron otro rebusco por si á una parte ú otra podrían encontrar vivo ó muerto el escudero. Y yendo apoyado Macías en su fiel montero por el dolor que empezaban á causarle las heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningún vestigio habían dejado los de los caballos, si es que por él habían pasado.

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CAPÍTULO XXIII

¿Qué mal tenéis, caballero? ¿Queredes me lo contare? ¿Tenéis heridas de muerte? ¿Ó tenéis otro algún male? --Hame herido Carloto, Su hijo del emperante, Porque él requirió de amores Á mi esposa con maldade; Porque no le dió su amor, Él en mí se fué á vengare, Pensando que por mi muerte Con ella había de casare.

_Rom. del marqués de Mantua y Valdovinos_

Cuando Elvira fué sacada de la mano por el astrólogo fuera de su cámara, á la inesperada entrada de Fernán Pérez de Vadillo, apenas tuvo tiempo aquél de indicarla que habiendo informado ya á su alteza de sus circunstancias, la daba éste licencia para restituirse á su habitación tranquilamente hasta el día en que, realizándose el combate, hubiese de concurrir á sostener en el juicio de Dios su acusación, por medio de sus pruebas ó del esfuerzo del caballero que había escogido por campeón. Pero por una parte ella esperaba ya este resultado, y por otra el sobresalto en aquel primer momento no podía dar lugar á la reflexión; así que, huir debió ser su primer cuidado. En realidad ninguna de las acciones de Elvira era culpable: por un exceso de amistad poco común, y animada del espíritu caballeresco y reparador de agravios que se dejaba sentir tan generalmente en aquella época, se había lanzado á un acto de generosidad que nadie podía reprocharle con razón fundada. Conociendo que no podía vengar á la condesa, ó descubrir su suerte y paradero sin ofender al conde, de quien al fin era escudero su esposo, un principio de delicadeza le había inspirado la idea de ocultarse, á lo cual se había añadido otra importante consideración: no conocía en la corte de don Enrique caballero tan valiente ni generoso como Macías á quien dirigirse para que amparase su debilidad contra el enemigo que iba á granjearse; pero era demasiado perspicaz para no conocer cuán falsa era la posición en que estaban uno respecto de otro, demasiado virtuosa para no tratar de huir de toda la ocasión en que pudiese aventurar aquél verbalmente una declaración que ya tantas veces le habían hecho sus ojos con su elocuente silencio. En este asunto no había, pues, en sus acciones otro delito ostensible contra su esposo sino aquella especie de reserva que con él había guardado; reserva tanto más disculpable cuanto que á no haber sido por la intriga del astrólogo, enteramente independiente de Elvira, y que no podía por consiguiente haber entrado en sus planes, le hubiera salido á medida de su deseo, puesto que sólo se hubiera sabido que era ella la acusadora, del modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras una persona á quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió nunca en él, y que niega constantemente su asistencia; lo cual no es saber las cosas, sino dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado sola con el doncel en el laboratorio del químico, ella sabía, y el lector sabe perfectamente, que no podía ser argumento contra ella. Pero el lector sabía acaso una cosa que Elvira no sabía por lo visto, ó que no había reflexionado bastante, y es que no hay posición más falsa que aquella en que se pone una persona al guardar secretos para otra que tiene derecho á exigir una total franqueza. El misterio hace aparecer culpables las cosas más inocentes, y por otra parte es fuerza confesar que si las acciones de Elvira no eran culpables, acaso no podía ella decir otro tanto de sus pensamientos, por más que procurase sofocarlos de continuo; y cuando nosotros mismos nos reconocemos culpados, de nada sirve para nuestra tranquilidad que nos tenga el mundo por inocentes. Si sólo hubiera abrigado Elvira indiferencia con respecto á Macías, no se hubiera creído perdida al ver entrar á Vadillo; de lo cual es forzoso inferir: primero, que Elvira huyó de sí misma, creyendo huir de su esposo; y segundo, que para ser malo es preciso serlo del todo: una mujer menos virtuosa que Elvira en todo este desgraciado asunto no hubiera comprometido ella misma su seguridad, porque hubiera calculado más y dominado mejor sus emociones.

Su primer pensamiento fué huir sin saber adónde; pero á poca distancia del aposento de Abenzarsal ofreciéronse á su imaginación las reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un momento antes: era inocente; declararía á su esposo francamente su posición, y esta franqueza le granjearía más y más su aprecio. ¿Y adónde podía dirigir sus pasos sino á su habitación? Cualquiera otro partido hubiera sido indisculpable. Llena de la idea de que en último resultado nada podía echársele en cara, pues que había sabido resistir á las seductoras palabras del doncel, y nada había en su conducta verdaderamente reprensible, dirigióse á su departamento, no sin luchar algún tanto, y aunque á su pesar desventajosamente, con el recuerdo perseguidor del diálogo que acababa de tener con un hombre más peligroso de lo que ella pensaba para su tranquilidad. Habíanla seguido sus dueñas, inquietas al notar su zozobra é indecisión.

Quitáronla el manto en cuanto llegó y el antifaz, y pudo entregarse ya más libremente á reflexionar sobre su verdadera posición.

La primera idea que entonces le ocurrió fué el riesgo de un próximo rompimiento en que había dejado á Macías y á su esposo. Segura empero de que en nada había ofendido á este último, é ignorante al mismo tiempo de las sospechas y recelos que le atormentaban de algún tiempo á aquella parte, no creyó que lo ocurrido pudiese ser motivo suficiente para comprometer su existencia; á lo cual se agrega la reflexión de que á aquellas horas y en aquel sitio tan inmediato á la cámara de su alteza no era posible que se enredasen de palabras hasta el punto de realizar sus temores; y para el otro día se prometía haber desvanecido ya todo género de duda en el corazón de Vadillo con respecto á su conducta, porque en esta materia las mujeres suelen contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo á su sexo, naturalmente fascinador y artificioso. Más serena con estas reflexiones, esperó la llegada de su esposo con toda la tranquilidad que en su posición cabía, si bien sin hacer caso de las continuas interrupciones con que el pajecillo cortaba de cuando en cuando el hilo de su meditación. Viendo éste por fin que eran inútiles cuantos recursos empleaba para distraer á la melancólica Elvira, y que tampoco estaba ésta por entonces de humor de descargar en su pecho el peso de sus secretos, decidióse á guardar silencio, esperando otra ocasión más propicia de averiguar las penas que debían afligir á su hermosa prima. Retiróse con mal humor á un rincón de la pieza por ver si le llamaba al cabo de un rato de desvío; pero no habiendo surtido tampoco efecto alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un rato profundamente dormido con aquel sueño que tan fácilmente se toma como se deja en aquella feliz edad de la vida que nuestro paje alcanzaba. Mucho tardó en llegar el momento tan deseado y temido al mismo tiempo de Elvira; pero cuando por fin después de horas enteras de ansiosa expectativa vió á su esposo, ¡cuán distinto le vió de lo que esperaba!

Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció á la vista de Elvira fué Fernán, llevado en brazos de dos siervos del conde de Cangas y Tineo. Apenas creía á sus ojos; pero cuando no pudo rechazar por más tiempo la horrible realidad, arrojóse hacia él exhalando un ¡ay! que salía de lo más hondo de su corazón, y que hizo abrir al herido los ojos lánguidamente, si bien volvieron á cerrarse casi en el mismo instante. ¡Vive, vive! exclamó la desdichada esposa reparando su movimiento, y llegando sus labios á los suyos para reanimar su amortiguada vida. Dirigió en seguida á los que le traían mil preguntas, que se sucedían tan rápidamente unas á otras que apenas dejaban entre sí espacio para las respuestas. ¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamó medio informada ya de lo ocurrido. ¡Hernán Pérez! ¡Querido esposo! Estrechábale en sus brazos, regaba el pálido rostro de Vadillo con sus ardientes lágrimas, cogía una de las manos del herido entre las suyas, acercaba éstas otra vez á su corazón por ver si palpitaba todavía... en una palabra, en aquel momento Macías entero había desaparecido de su imaginación: su esposo herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso por su imprudencia, la ocupaba toda. Toda lucha había desaparecido, y el más débil, el más necesitado triunfaba entonces en su corazón de mujer.

Dejémosla entregada á su acerbo dolor, y al tierno cuidado del doliente hidalgo: otros personajes de nuestra historia reclaman por ahora nuestra atención. Con respecto al caballero, no había salido tan mal parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus heridas algún cuidado. Apoyado en el brazo del tosco montero llegó á las puertas de Madrid y alcázar poco después que su adversario. Introducido en su cuarto, salió Hernando inmediatamente á buscar un maestro en el arte de curar, como se llamaba entonces generalmente á esos seres de suyo carniceros que llamamos en el día cirujanos, el cual maestro declaró que ninguna de sus heridas era mortal, con tanta seguridad y un tono tan decisivo como si él efectivamente lo supiera. Aplicóle las yerbas que más convenientes le hubieron de parecer, y por esta vez hubiera sido notoria injusticia dudar un solo momento de su ciencia. Corrióse por la corte al punto que el doncel favorito de su alteza, á quien nadie conocía en lo distraído desde su vuelta de Calatrava, había tenido un duelo singular en el soto de Manzanares, de cuyas resultas debía guardar el lecho por algunos días. Y en atención á que el escudero de don Enrique de Villena había necesitado también los auxilios del arte, y se hallaba igualmente en cama, no se dudó un momento que hubiese sido entre los dos el ruidoso duelo. Ahora bien, sabido esto, no era difícil que la pública maledicencia añadiese alguna particularidad notable á las circunstancias de la desavenencia, y que tratase de hallar el verdadero motivo de ella. Algunos de los enemigos del conde de Cangas no necesitaron más para asegurar que éste, cuya natural prudencia era pública, tratando de evitar la necesidad siempre desagradable de responder á la acusación intentada contra él, y sostenida por el doncel, había determinado á su escudero á acometer á aquél, acompañado de otros varios, una tarde que había salido á halconear por el soto de Manzanares; relación á que daba bastante verosimilitud la circunstancia de haber vuelto Hernán en brazos de algunos siervos del de Villena. Otros sin embargo de los amigos de Macías, que habían notado su singular aislamiento, su profunda tristeza, y que habían creído interceptar en varias ocasiones algunas miradas de rencor dirigidas por el doncel á Vadillo, y que recordaban con este motivo una serenata dada cierta noche á los pies de las habitaciones de la condesa, no se sabía por quién, tuvieron lo bastante para decir que el doncel había puesto los ojos en cierta dama, cosa que no le había parecido bien, según ellos, al hidalgo, que aunque no era caballero, era marido, y según malas lenguas un si es no es celoso. Á esta versión daba algún peso tal cual sonrisa maligna que el judío Abenzarsal había dejado escapar en algunos corrillos de la corte, donde se había referido el duelo singular. El propalar estas especies no era en verdad servir amistosamente la pasión de Macías, ni hacer gran favor á la buena opinión y fama de Elvira; pero hay autores que aseguran que la amistad no excluye la envidia, de donde infieren que las conversaciones de los amigos no son siempre las más favorables. Nosotros, que estamos lejos de participar de esta opinión arriesgada, creemos más bien que algún amigo de Macías sospechó aquella explicación como la más satisfactoria y natural sobre el lance ocurrido: éste en confianza comunicaría su idea á algún otro amigo, quien la trasladaría á otro bajo la misma fe del secreto, de cuyo modo fué corriendo la noticia, y como somos defensores acérrimos de los amigos, en los cuales creemos como en nuestra salvación, nos atrevemos á asegurar que al repetirse sus conjeturas de boca en boca, siempre irían acompañadas de aquellas expresiones cariñosas, tales como: «¡Pobre Macías! ¿Sabéis que el desafío fué por Elvira?--¿Qué decís?--Sí, no lo digáis; pero es indudable: está perdido de amores por ella, y es lástima ciertamente», y otras semejantes, que descubren á cien leguas la más pura amistad hacia el objeto de tales conversaciones.

Lo cierto es que esas voces corrieron, y como fieles historiadores nos creemos obligados á asegurar, porque lo sabemos de buena tinta, que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar lugar á ellas. Aquél estaba harto interesado en guardar el más rigoroso silencio sobro punto tan delicado, y á éste no podía convenirle en manera alguna poner en claro la causa verdadera del desafío; pues tan de cerca tocaba al honor de su esposa. El mismo Enrique III tentó más de una vez el vado con Macías, usando de las expresiones más afectuosas, pero nunca pudo recabar nada de él, y otro tanto sucedió con el hidalgo, á quien quiso arrancar el conde de Cangas y Tineo la confesión de aquello mismo que él sabía ya demasiado bien por el astrólogo judiciario.

Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta intriga, ya habrá conocido el lector que después de los escrúpulos que habían atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde, habían salido ambos con varios criados en busca de los desafiados, con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como en aquellos tiempos solían practicarlo los poderosos con los débiles, y encerrándole después en alguno de los castillos del conde, desde donde no hubiera podido volver á oponer obstáculos en su vida á los planes del nigromántico, como le llamaba el vulgo justa ó injustamente. Si este proyecto se había malogrado, no había sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su servicial consejero, sino merced al valor de Macías, y á la desconfianza, penetración y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien, luego que había visto salir en aquella forma á su señor y al escudero, no había dudado un solo momento en seguir sus pasos á lo lejos, y en espiar todas sus acciones, como el lector ha visto en nuestro capítulo anterior. Apenas había podido distinguir en medio de la oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor; pero luego que notó que uno de ellos había caído, creyó que en todo caso lo más seguro era separarlos, y sólo al asir del que era realmente su amo le había conocido. No sabemos si era su intención favorecer, como favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos arrojadizos de que se había provisto antes de salir del alcázar, acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan también nuestros lectores.

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CAPÍTULO XXIV

Todo le parece poco Respecto de aquel agravio; Al cielo pide justicia, Á la tierra pide campo, Al viejo padre licencia, Y á la honra esfuerzo y brazo.

_Rom. del Cid_

Después del mal éxito que había tenido la tentativa de don Enrique de Villena y del judío Abenzarsal para quitar de en medio el estorbo de Macías, apenas les quedaba á éstos otro recurso que esperar el sesgo que quisiesen tomar las cosas.

En realidad sólo podían temer ya de él fundadamente el juicio de Dios, que acerca de la acusación quedaba pendiente, porque las medidas que había tomado para asegurar el maestrazgo habían sido tales y tan buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad de don Luis de Guzmán gran número de castillos y lugares de la orden, podía contar el maestre sin embargo con la mayor parte. Estaban por él Alhama, Arjonilla, Favera, Maella, Macalon, Valdetorno, la Frejueda, Valderobas, Calenda y otras villas del maestrazgo, con más infinitos castillos, en los cuales había puesto ya alcaides á su devoción. Con respecto á Calatrava, donde estaba el primer convento de la orden y el clavero, hechura todavía del maestre anterior, no se habían apresurado á prestarle el homenaje debido, sino que habían respondido tanto á él como á su alteza que convocarían el capítulo para elegir y nombrar según los estatutos de la orden al maestre. Lisonjeábase el clavero en su respuesta de que la elección de su alteza hubiese recaído en un príncipe tan ilustre y de sangre real, y se prometía que los votos todos unánimes de los comendadores y caballeros serían conformes con los deseos del rey don Enrique; pero esto era en realidad resistirse á la arbitrariedad y ganar tiempo con buenas palabras. El artificioso conde no había creído oportuno, sin embargo, intrigar para que se acelerase la reunión del capítulo, porque se prometía acabar de ganar las voluntades de sus enemigos en el ínterin, y sólo don Luis de Guzmán era el que no perdonaba medio de llevar á cabo cuanto antes sus intenciones. Presentóse en consecuencia á su alteza con una humilde demanda, firmada por él y sus parciales: en ella alegaba el derecho de la orden de elegirse su maestre, y no dejaba de apuntar el que creía tener á la dignidad de que estaba ya casi en posesión el de Villena. No fué tan bien recibida esta moción de su alteza como se esperaba; pero el rey Doliente era demasiado justiciero para atropellar abiertamente los fueros de una orden tan respetable: convencido además de que el cielo había designado para maestre á su ilustre pariente, curábase poco de creer en la posibilidad de otra elección, y así, fué su decisión que el capítulo se reuniría en cuanto él recibiese las noticias que esperaba de Otordesillas, que eran en realidad las que más por entonces le ocupaban, pues deseaba ardientemente que su esposa doña Catalina diese á luz un príncipe digno de suceder en su corona, si bien estaba jurada ya princesa heredera por las cortes del reino la infanta doña María su primogénita. Más de un astrólogo de los que en aquellos tiempos de credulidad y superstición vivían especulando con la pública ignorancia le habían lisonjeado con esperanzas conformes con sus deseos. Quedó, pues, pendiente por entonces el litigio del maestrazgo, y cada uno de los contrincantes procuró aprovechar aquel intervalo para engrosar su partido. Don Enrique era entre tanto el mejor librado, pues disfrutaba á buena cuenta de las prerrogativas y de gran parte de las rentas y dominios del maestrazgo, que la adulación de sus parciales se había adelantado á poner á su disposición.

Quedaba en pie solamente la otra merced que en la mañana de la acusación de Elvira había dispensado su alteza al adversario de Villena. Pero no tardó mucho Macías en estar en disposición de concurrir de nuevo á la corte, y de acompañar al rey en sus partidas de cetrería, especie de caza de que gustaba mucho su alteza, y en que su doncel sobresalía singularmente: afianzóse más en ella la amistad que el rey le profesaba; en consecuencia de allí á poco su alteza mismo quiso, como lo había prometido, poner el hábito de Santiago á su doncel: esta ceremonia, con toda la solemnidad que de tal padrino podía esperarse, se verificó en la iglesia de Almudena, con presencia del maestre de la orden y de todos los comendadores y caballeros santiaguistas que asistían á la sazón á la corte; favor singular que hubiera lisonjeado singularmente el amor propio de Macías si hubiese él podido desechar la funesta idea que le perseguía siempre por todas partes, desde que por primera vez había visto á Elvira, y en particular desde que la explicación desgraciada que había tenido en la cámara del judío no había podido dejarle á ella duda alguna acerca de su amorosa pasión. El doncel desde aquella funesta noche no había vuelto á ver al objeto de su amor, que viviendo en el mayor retiro, y cuidando sólo de la salud de su convaleciente esposo, evitaba toda ocasión de presentarse en público, fuese porque la tristeza, que cada vez se arraigaba más en su corazón, la hiciese no hallar gusto sino en la soledad, fuese porque se hubiese afirmado en quitar al doncel todo motivo de esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de Fernán Pérez de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible conducta. ¿De qué servía empero al doncel no ver personalmente á Elvira, si un solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente imaginación?

Entre tanto se restablecía diariamente el hidalgo de sus heridas: el cuidado de su esposa, la flaqueza que aún le quedaba y la ausencia del doncel, si no habían bastado á aplacar su rencor, contribuían no poco á debilitar la fuerza de sus sospechas, y á embotar en gran manera sus primeros celos. Pero conforme iba volviendo la serenidad al corazón de su esposo, conforme iba el peligro desapareciendo, volvía á tomar imperio sobre Elvira el recuerdo de su perdido amante. Le hubiera sido además imposible olvidarle del todo. En la corte ningún caballero hacía más papel que Macías: era raro el día que no tenía que oir de sus mismos criados los elogios suyos, que de boca en boca se repetían. Ya había bohordado en la plaza con tal primor, que había dejado atrás á los mejores jugadores de tablas: ya había compuesto una trova ó una chanzón tan tierna, tan melancólica, que no había dama que no la supiese de memoria, ni juglar que no la cantase al dulce son de la vihuela de arco; instrumento de quien dice el arcipreste de Hita, autor contemporáneo:

La vihuela de arco fas dulses de balladas, Adormiendo á veces, muy alto á las vegadas, Voces dulses, sonoras, claras, et bien pintadas, Á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.

¿Y cómo resistir sobre todo á este mágico poder, si al leer la trova ó la chanzón, donde los demás no veían más que una brillante poesía, Elvira no podía menos de leer un billete amoroso? Parecía que sus composiciones la estaban mirando continuamente á ella como los ojos de su autor. Miraba á veces á su esposo al parecer Elvira, y su imaginación solía estar muy lejos de él. Una lágrima entonces, dedicada al doncel, solía asomarse á sus ojos. Vadillo, convaleciente aún, la miraba absorto y enternecido: «Elvira, le decía, da tregua á tu aflicción; todo peligro ha huido: me siento mejor ya, y esas lágrimas que por mí derramas sólo pueden contribuir á afligirme». Volvía en sí Elvira al oir esas palabras: un oculto sentimiento de vergüenza teñía sus mejillas de carmín, y la despedazaba la idea de abusar sin querer de la credulidad de su esposo.