Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 25

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--Eso debió ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos que de encontrar á Ferrus tenía no me pagan del pesado chasco. Alza, Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí que fuí á escoger para tan delicada empresa al mandria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el primero que llegase?

--Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que había de hacer contra el diablo en viéndole...

--¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal servidor? Enséñamele, desalmado.

--¡Jesús! Líbreme Dios. ¡Jesús! exclamó Ferrus santiguándose á más y mejor.

--Vamos de aquí, Hernán. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo por el apóstol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre, vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Álvar, tu fidelidad será recompensada.

Inclinóse Álvar, y nuestros tres predilectos personajes salieron silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernán la risa que en el cuerpo lo retozaba al recordar á sangre fría el chasco inesperado; y mohíno por demás el desairado conde, á cuya imaginación se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que había imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco cuidado la reflexión de no haberle visto en la corte, siendo así que ya no era la causa que él había pensado la que podía habérselo impedido.

* * * * *

CAPÍTULO XIII

¿Qué es aquesto, mi señora? ¿Quién es el que os hizo mal?

_Canción de rom._

Largo tiempo hacía que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir á nadie auxilio á causa del pañuelo que le tapaba la boca, esperaba con insufrible impaciencia á que la casualidad ó el trascurso del día le deparase un libertador que de tan crítica situación la sacase. Por fin llegó el momento deseado, y el paje, que tanto había tardado en la averiguación de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas de la cámara que de prisión servía á la afligida hermosa. Miró en derredor y á nadie veía, hasta que, fijando los ojos en la columna, ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse primero y exclamó:--¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aquí?...

Mal podía responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el pajecillo que no parecía nadie, ni había asomos de peligro alguno, soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y comenzó á dar brincos.

--¿Quién os ha puesto así, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero por?...

Dióle lástima al llegar aquí el ver que su prima no parecía gustar de la prolongación de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado á Elvira, y desató sus crueles ligaduras.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos...

--¿Adónde vais tan de prisa? repuso el paje deteniéndola; ¿y quién me paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién sobre todo me cuenta lo que os ha sucedido, y la razón de haberos encontrado así mano á mano con esa columna negra?

--¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demás. ¿Traes nuevas?

--Y buenas, contestó el paje. El caballero de las armas negras era el que tañía...

--Lo sé... y...

--Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, más largas que las del arenero...

--¿Inútilmente?

--Sí, pero por fin llegó.

--¿Llegó? ¿Conque no era él el?... ¡Yo os bendigo, Dios mío! Sigue.

--¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados los ojos, entró en su cámara y no me vió: --Negra suerte, exclamó, y despedazó con sus manos el laúd que traía cruzado sobre la espalda. ¿No me serviréis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de gemir eternamente? Vióme en seguida: ¿Qué haces aquí? me dijo con voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira. Paje, me dijo entonces con voz mesurada, ¿tornas aún con nuevas demandas del hechicero?

--¡Ah! si supierais quién me envía, dije entonces; si supierais que una hermosa dama...

--Silencio, exclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?--Díjele entonces la comisión que me disteis en nombre de la señora condesa; largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.--Paje, me dijo en fin, no nos veremos más. He creído que mi brazo podía ser útil á una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente contra los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El infierno me envía enemigos en medio de la soledad, y la Madre de Dios me abandona. Un acontecimiento extraordinario ha interrumpido mis avisos. He rondado la noche toda para volver á entrar en el alcázar; las órdenes más rigurosas, dadas no sé por quién después de mi salida, me han impedido verificarlo. He debido esperar á que entrase el día para que no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana el alba me encontrará lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna mujer necesita mi amparo en cualquier ocasión, mal pudiera negársele un doncel de don Enrique. Dígame qué puedo hacer: por mí lo ignoro. Á Dios.--Apretóme la mano de una manera, prima, que yo creí que le atormentaban otros recuerdos que los de nuestra amistad. Envolvióse entonces en su pardo gabán, y cubriéndose con él la cabeza, oile sollozar y salí. He aquí, prima, las nuevas.

--Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa supiste?...

--¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta?...

--Sí: ¿nada sabes?

--Pero, querida prima, ¿qué tenéis? vuestra palidez, vuestra agitación me asustan...

--¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la más espantosa villanía... volemos á su socorro. No sé adónde me dirija; la menor imprudencia mía puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis diligencias. Si supiera... pero la más completa oscuridad reina en todas mis conjeturas.

Meditó un momento Elvira el partido que tomaría mientras que hacía nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendía, el distraído paje. De pronto pareció que había iluminado su entendimiento un rayo de luz.

--No hay más recurso, dijo: para los casos extremos son los remedios violentos. Jaime... deja ese cordón, déjale, te digo... vamos á buscar á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y qué se cree en el alcázar... después, si eres prudente, si has de ser callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me guiarás adonde pienso ir.

--Puede que algún día pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan atolondrado como le llaman.

Elvira apretó la mano del inteligente pajecillo con expresión de gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de tan extraordinarias escenas.

Buscó Elvira á su esposo sin más demora, porque si bien sospechaba que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparición de la condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podía asegurar. ¡Tan bien se había representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creído la traición del conde, cabía en su imaginación la menor sospecha acerca del extremado honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito á Elvira imaginarlo siquiera.

Así era la verdad: hidalga sangre corría por las venas del escudero, y hacía vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una intrincada tesis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos tan recomendable como el talento. Alguna parte había tenido en el criminal proyecto de don Enrique, pero sólo aquella que no había podido excusar en calidad de escudero suyo; así que, se había opuesto constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los medios, y le había reconvenido después, como arriba dejamos indicado; pero la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia del conde, le impedía oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate; propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el más riguroso silencio. Sospechando sin embargo que la primera que había de poner á prueba su fidelidad había de ser su esposa, no había vuelto á desatar las crueles ligaduras en que había quedado presa, y de que había sido él la causa, pues desde luego había manifestado el conde la imposibilidad de separarla de él, y la dificultad que hubiera encontrado para realizar su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar libremente en los primeros momentos. Había, pues, dejado á alguna casualidad que no podía tardar en sobrevenir el cuidado de su esposo, deseoso de retardar á cualquier costa el instante de una explicación con ella, para la cual no tenía todavía muy meditadas las respuestas.

Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse ante sus ojos con una agitación tal, que no le pudo quedar duda al infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido hallarse á cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero, en cuyas miradas creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones á su reservada y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus reconvenciones lograron recabar de él la menor noticia que pudiese dar luz sobre lo ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en negar constantemente la menor participación del conde en el robo de la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con notable aire de verdad á la menor idea de sospecha presentada por Elvira. Comenzaba ya ésta á dudar si serían sus juicios temerarios, pero nunca pudo convencerse á sí misma; vió además á don Enrique, y parecióle que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos de otra especie. Difícil cosa es por cierto engañar la natural penetración de una mujer: la inutilidad de los esfuerzos del de Villena para dar con los robadores, y el horrible atentado cometido en una mujer que á nadie había hecho daño, reunidos á los antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado sólo ella acaso tenía, la hacían ver más claro en tan atroz intriga que todos los demás. Inexplicable fué su dolor cuando llegó á sus oídos la funesta nueva, que de boca en boca corría por el alcázar, de la desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla todas sus sospechas, ardía en deseo de venganza, y la idea de la impunidad la hacía padecer tormentos imponderables. Resolvióse, pues, á realizar el plan que tenía meditado, arriesgado en verdad, y delante del cual había retrocedido muchas veces. El amor, en fin, que á la condesa había tenido, una voz superior y celestial que creía oir continuamente, pidiéndole venganza y reparación, la hicieron creer que el cielo mismo y que su conciencia la obligaban á volver por la inocencia, y constituyóse entonces campeón de la ultrajada virtud. Seguida del inquieto paje, que tan asombrado como ella lloraba también la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que más propios creía para dar cima á la importante empresa que sobre sí tomaba, sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma tranquilidad.

* * * * *

CAPÍTULO XIV

Contadme vuestros enojos; No toméis malencolía; Que sabiendo la verdad Todo se remediaría.

_Rom. del conde Alarcos_

En la misma postura que el paje refería haber dejado al melancólico doncel, envuelto en su gabán hasta los ojos, y roto á sus pies el laúd, permanecía cuando se presentó delante de él Hernando diciéndole con su acostumbrada sequedad:

--¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco de rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo.

Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de él una figura envuelta en un ropón negro, y cubierta la cara con la mascarilla que usaban en aquel tiempo las damas cuando salían sobre todo de su casa, ó cuando habían de hablar con caballeros desconocidos.

--¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esta dama? preguntó desembozándose con enfado el doncel.

Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podía indicar que no venía á hablarle con testigos:--Retírate, Hernando, dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía mil encontradas ideas.

--Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estáis: si alguna revelación tenéis que hacerme, si alguna ocasión tenéis que proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no en vano os habéis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y poderoso rey de Castilla.

--Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que desfiguraba enteramente la mascarilla que cubría su rostro.

--Nombradlos, señora; si algún caballero ha mancillado el nombre de una orden de caballería, él me dará razón y satisfacción...

--No os alteréis, y oidme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros, que amancillan la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre por sus venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna en que se mecieron son rémora bastante á sus desenfrenados deseos. ¿Conocéis á la condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de Albornoz?...

--¿Sería posible? Seríais vos, señora...

--¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...

--¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre?...

--Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y de no indagar quién yo soy...

Latía violentamente en el pecho el corazón de Macías: miraba una y otra vez á la desconocida; no osaba, sin embargo, afirmarse en sus sospechas.

--Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle en seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la condesa se decía...

--¡Muerta la condesa! exclamó Macías al llegar al funesto desenlace de tan triste historia... y vive el conde todavía... y...

--¡Silencio! He ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia piden reparación. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los pies del rey, y denunciará la traición. Acaso será preciso que un caballero salga fiador con su espada de su acusación. ¿Estaréis mañana en la corte de don Enrique?...

--¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta corte...

--¿Alejaros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejaros? repitió lanzando un amargo suspiro.

--¡Ah! señora, ¿ignoráis, repuso el doncel con la mayor agitación, que mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada?...

--¿Y dejaréis la inocencia ser presa de la traición?...

--Jamás; pero...

--¿Y sabéis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este momento sacrifica la que tenéis ante vuestros ojos, los respetos que atropella, los riesgos á que se expone?...

--Acabad, santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda...

--Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido de ligero cuando he creído que...

--No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia os pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un color...

--¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero seréis de la inocencia: el mío es imposible.

--¡Imposible! Elvira, vos sois...

--Soltad, imprudente joven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la esposa del escudero? Vuestra imaginación os engaña, y acaso vuestro deseo...

--¡Me engaña!... Mi deseo, señora, es de servir á esa dama, que conozco, como pudiera conocer...

--Vuestra turbación os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto caro...

--Nunca podría padecer su honor...

--Bien, ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana ante la corte toda el rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la tendréis; pero ni os podréis nombrar mi caballero, ni exigiréis de mí que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado á la dama que nombrásteis, y que sé, doncel, que ella no viniera á vos.

--¿Eso sabéis?

--Lo sé.

Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con funesta tranquilidad, la mano con que tenía asida una punta de la ropa de la tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza, declaró que al día siguiente se hallaría en la corte de don Enrique, y ofreció su mano á la desconocida: aceptóla ésta para salir, pero un notable temblor la agitaba; oprimióla suavemente el doncel como si quisiese tentar este último y desesperado recurso para salir de su terrible duda; un movimiento involuntario y convulsivo correspondió á su indicación, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí, arrancó su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia. Arrojóse en pos Macías: iba á prosternarse á sus pies, iba á hablar, pero un ademán imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse, y más rápida en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el espacio en una oscura noche de estío, desapareció á sus ojos la aérea visión. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra acaso de la misma condesa; permaneció con los brazos cruzados, y la vista fija, como si quisiese ver más allá de la oscuridad y de la distancia. Entonces oyó un suspiro lanzado á lo lejos, y parecióle que al desaparecer de sus ojos en el confín del corredor se había reunido la dama á otra figura más pequeña que allí la estaba sin duda alguna esperando.

--_Sé, doncel, que ella no viniera á vos_, repitió un momento después Macías con doloroso acento. Yo también lo sé: nunca me amó. ¿Ni cómo pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se unió á él en indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quienquiera que seas la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazón del hombre! ¡un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; á un miserable despechado y aborrecido un niño le vence!

* * * * *

CAPÍTULO XV

¿De dónde vino este diablo?

_Rom. del Cid_

De vuelta don Enrique en su cámara con su primer escudero y con su favorito juglar, revolvía en su cabeza los medios de dar á su intriga la feliz conclusión que por tanto tiempo había deseado. Estorbábale la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle acerca de lo que de él podía temer. Despidió, pues, á Hernán, cuya probidad le incomodaba no poco para sus fines, y sólo el juglar, de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al secreto laboratorio.

--Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced á tu singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible...

--¿Eres ya maestre, señor?...

--Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragón: acabo de recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñón don Pedro de Luna, bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este favorable acaecimiento de un momento á otro. Luna es aragonés, como yo, y vínculos antiguos de amistad nos unen: la lucha que habrá de sostener además con Urbano en este cisma de la Iglesia, y la necesidad que tiene Castilla y Aragón, unida á la influencia que él sabe que ejerzo en estos dos reinos, me aseguran su provisión para el maestrazgo: la piedad por otra parte de don Enrique III no podrá menos de pesar en la balanza en favor mío cuando éste sepa que mi allegado, el rico-hombre de Luna, ha ceñido á sus sienes la triple corona. Ahora necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta nueva está la corte, y de la feliz tardanza de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava...

--Tu antecesor.

--Así lo espero, Ferrus. Tira el cordón que corresponde al cuarto del astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata.

Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas había doblado tras sí las batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de una persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus cansados años le permitían.

--Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitación el físico de su alteza Mosén Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la mañana había acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura era pequeña, su tez pálida y macilenta; brillaban sus ojos en su oscuro semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la noche, y era la expresión de toda su persona, malignidad y avaricia; su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta gravedad. Su traje era un largo y amplio balandrán negro cogido con una larga correa; ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo semejante al bastón pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente colocadas encubertaba su calva zolloa.

--¿En qué puedo servir al ilustre y eminente?...

--Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son necesarias.

--Sea en buena hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habéis menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del ser conservo? ¿queréis consultar el curso de las estrellas?...

--En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos. Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera, y no nos acordemos más de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. Otros astros más humildes que cruzan sombríamente por esta esfera terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será preciso desviar y no consultar.

--¿Queréis que amolde una semejanza de cera?... Señaladme la víctima: antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar de Madrid, veréisla concluida y atravesado el pecho con punzante almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando gustéis, una vez pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagaréis el resplandor mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el apartado polo, caerá herido de invisible mano...

--Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida ciencia. ¿Creéis por ventura que tengo yo mi tiempo libre para oir vuestras impertinencias? ¿Creéis que habláis con el imbécil don Enrique el Doliente, á quien su débil contextura arroja como una víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿Creéis que he pasado años enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra impudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentación, y acordaos de que es más fácil oir que adivinar.

Temblaba el viejo de mal reprimido coraje, pero no osaba arrostrar la indignación del impaciente Villena.

--Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, más sosegado con el terrible efecto que en el réprobo habían hecho sus tonantes expresiones, ¿cuánto oro habéis fabricado esta mañana?

--¿Oro? ¡pluguiera al cielo! En vano he intentado encerrar en el crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida esencia del oro; pero el medio, el medio...

--¿No sabéis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia?

--Si supiera hacer oro, señor, ¿imagináis que fraguara, para ganarle, mentiras que algún tiempo yo mismo creí, pero que la experiencia me obliga en fin á desechar tristemente?