Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 26
--Bien, Abrahem: ahora os ponéis en la razón; ahora habláis con el conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto bolsón de cuero, tomadlas: ése es el mejor conjuro; á la voz de ése no hay espíritu en el orbe que no responda.
--¿Y en qué puede serviros vuestro criado?
--Oíd: ¿sabéis qué os ha elevado al alto favor que en la corte de don Enrique gozáis?
--Con tu licencia, señor, mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico del rey don Pedro el Cruel.
--¿Y os sostendríais, Abenzarsal, en ese lugar, que creéis arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer marqués de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son más que una prolongada impostura?
--Pero esas preguntas...
--Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son fieles cuando tienen interés en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser maestre de Calatrava.
--¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la muerte de la condesa no es ya un enigma para...
--Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos.
--En buen hora, señor; no digas más: confieso que no lo entiendo. Pero hay ya un maestre, y no suele haber dos en ningún orden...
--Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os hubieran revelado nunca á vos antes que á los demás. No hay ninguno.
--¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de...
--Con respecto al maestre Guzmán, ese mismo Dios de Abraham que invocáis tuvo á bien llevarle á mejor vida.
--¿Qué dices, señor?
--Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo.
--¿Y creéis que Clemente VII?...
--Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...
--¡¡Qué de importantes noticias!!
--Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñón. Ahora bien, ¿á qué hora veréis á su alteza?
--Debo asistir á su refacción de la noche.
--¿Qué más pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Allí podéis hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza las noticias que acabo de daros, y adivinad también que el maestre de Calatrava ha de ser...
--Don Enrique de Villena.
--Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey que no nos hemos visto.
--Nada más fácil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del joven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una habitación inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una comunicación abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvo á Dioscórides buscando remedio á sus dolencias.
--Perfectamente. Esperad. Dos personas más me estorban para mis fines...
--Ya sabéis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella agua clara, más cristalina que la que envían las sierras vecinas á esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en sus días á tener sed.
--Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el corazón del hombre, quemaré mis libros, viejo empedernido en el pecado; soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles el día que se digne llamarme á su juicio.
--En ese caso...
--Oíd. La una persona es un doncel de Enrique el Doliente, un mancebo valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...
--¿Se llama?
--Macías.
--¿Está en Calatrava?
--En el alcázar por mi desgracia.
--Prosigue, señor, la otra...
--Elvira, la mujer de...
--Tranquilizaos. Vos ignoráis acaso algunas circunstancias que derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...
--No: hablad ahora.
--Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una pasión que le domina...
--¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solos...
--Os equivocáis.
--¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid.
--Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de esa corte ciega y atrasada...
--Proseguid.
--En una ocasión halléle en mi habitación: iba á consultarme sobre su horóscopo; examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele varias preguntas al parecer indiferentes; pero un joven de veinte años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi experiencia. Díjome sin querer decirlo que amaba, y de sus respuestas, que yo aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada...
--¿Casada?
--Mi predicción fué vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo para responderle más claramente. Observéle entre tanto: de allí á pocos días un ramillete cayó del pecho de una dama desde un corredor al patio de los leones de su alteza; recordaréis que un caballero incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el ramillete á riesgo de su vida...
--Adelante, Abrahem.
--El ramillete era de Elvira, el caballero, Macías. En la corte, y entre los que no tenían antecedente ni interés alguno en observarlos, esta anécdota sonó dos días, y se olvidó después. De allí á poco anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguía en la corte...
--¡Santo Dios!
--El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á Elvira, y la ama como un frenético. Mas, debe de ser correspondido: la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme; le he examinado atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre precursor de la muerte.
--¡Qué descubrimiento! ¿Y pensáis que?...
--Pienso que si logramos poner en juego esa pasión, pienso que si el doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crimen.
--Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí; quitáisme un peso horrible.
--Un medio para reunirlos, una ocasión, y son perdidos.
--Un medio, una ocasión... es más fácil decirlo que...
--No importa. Una ocasión.
--Y que Hernán Pérez...
--Sí: una vez impuesto Hernán Pérez, su ruina es cierta; el escudero es osado, pundonoroso, valiente...
--¡Ah! pero me hacéis recordar... si ha de envolver su desgracia la de mi escudero... mirad que me ha prestado servicios...
--Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá venir? ¿Haber de encerrar á su mujer en una reclusión para toda su vida? Supongo que sabéis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan terrible golpe... Vos érais también esposo y...
--Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo.
--Señor...
--En buena hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondéis de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos un medio para reunirlos, y acaso la Virgen Santísima de Atocha, de quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo...
--Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía pendiente, y ella y su Hijo os ayuden.
--Amén, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible mezcla de devoción y de impudencia, de religión y de vicios que distinguía así á los hombres vulgares como á los más ilustrados de la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas exteriores hijas sólo de la costumbre. Amén, repitió, y apretando la mano del físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió á subir el astrólogo la escalera escondida por donde había bajado, para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, que en la cámara impaciente le esperaba.
* * * * *
CAPÍTULO XVI
Viendo aquesto un moro viejo Que solía adivinar... Suspirando con gran pena, Aquesto fué á razonar.
_Canc. de Rom._
Inútil es decir á nuestros lectores que el físico Abrahem Abenzarsal contó en cuanto llegó á su aposento las relucientes doblas del de Villena, y que animado con su sonido vivificador, y con la esperanza fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie, coordinó sus ideas y estudió preventivamente el difícil papel que ante el rey de Castilla había de representar de allí á poco. Llegada la hora, asistió como tenía de costumbre á la mesa frugal de su alteza, ora previniéndole los platos que debía comer y los que sólo debía gustar, ora dando pábulo con sus bien estudiadas respuestas á la conversación naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron empero de chocarle tanto á su alteza las misteriosas palabras con que salpicó la cena su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara, y á presencia sólo del buen condestable Rui López Dávalos, que gozaba con él de la mayor privanza, y era no poco afecto á supersticiones y hechicerías,--Abrahem, le dijo, tus palabras encierran esta noche un sentido que no acierto á comprender. Díme por tu vida si algún fausto acontecimiento se prepara para estos reinos, ó si alguna calamidad nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre san Francisco, á quien venero particularmente.
--Vana es ya la intercesión de los santos, señor, cuando es pasada la hora del hombre.
Paróse aquí el inspirado varón, arqueó las cejas con siniestro mirar, dió un golpe en el pavimento con su nudoso báculo, y permaneció suspenso largo espacio, insensible á las reiteradas instancias del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta la cabeza, pendía de su boca, ni más ni menos que el reo que espera oir de la de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el astrólogo judiciario á una rasgada y gótica ventana, y examinando el cielo detenidamente,--No me engañaron, exclamó con voz hueca y sonora, que salía como un trueno de lo más hondo de su agitado pecho: no me engañaron los infalibles cálculos de mi cábala. El astro que ha presidido tan infausto día, velado entre cenicientas y rojas nubes, acabó su diurna revolución, y corrió á lanzarse en la inmensidad de los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso. ¡Oh rey! humilla tu frente soberbia; la iglesia de tu Dios dividida y presa de un cisma prolongado, va á caer su columna principal; el sublime vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus sienes la triple corona que dignamente llevó, y sus débiles manos las llaves de Pedro y el anillo del Pescador.
--¡Dios mío! exclamaron á un tiempo el piadoso rey y el asombrado condestable; ¡Clemente VII!
--Sí, Clemente VII, continuó el energúmeno, ha pagado á la tierra el tributo de que sólo un profeta de Israel, arrebatado por el fuego del cielo, pudo eximirse. Pero esperad; veo levantarse sobre su asiento y calzar la sagrada sandalia á un ilustre aragonés: un rico-hombre de los de Luna es el elegido del Señor, á quien confía el timón de su nave zozobrante... Oh Benedicto, catorce de este nombre; á alta misión has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu aragonesa condición, tu invencible tenacidad, á los fieles divididos! En ti habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y del sacro colegio romano.
--¡Don Pedro de Luna! exclamó vuelto hacia el condestable el sorprendido rey; ¡don Pedro de Luna! y arrodillándose ante una venerada estampa de las llagas de san Francisco, ¡Oh portento! continuó; libradme, Señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas predicciones son hechas por arte de vos reprobado...
--Rey, interrumpió al oir este escrúpulo religioso el solapado Abrahem, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la ciencia, si bien quiso descubrir á pocos sus recónditos arcanos. Los hechos que te refiero, además, no son predicciones de incierto porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre á los míseros mortales penetrar; á la hora esta, si es cierto que hablan los astros á los que poseen el don de entender su lenguaje sublime, Aviñón ha sido testigo ya de los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves aquella estrella, cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con vacilantes oscilaciones, á la derecha de la Osa menor, siguiendo la dirección de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos á la parte de Calatrava...
--Abrahem, ¿qué nueva desdicha?...
--Una columna de la cristiandad española yace derribada, el rayo contra el Moro de Granada se extinguió. Acaba de entregar su espíritu al Señor...
--¿Guzmán? preguntó con precipitación el buen López Dávalos.
--Sí: ¿veis aquella parda y manchada nubecilla que el viento del norte impele violentamente hacia el mediodía? miradla reunirse á los demás vapores que un resto del calor del día levanta de la húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se ha eclipsado para no volver á lucir jamás.
Al llegar aquí, un profundo silencio sucedió á la tonante voz de Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por el alma del difunto maestre.
--Si las señales de mi ciencia, continuó el físico, no han dejado de ser infalibles, sangre más ilustre ha de reemplazar la del piadoso maestre, y el estandarte de Calatrava verá agregarse á su cruz roja las barras de Aragón. Otro aragonés llevará á la victoria á los valientes caballeros de Calatrava. El ciclo ensalza á los hijos de don Jaime, y un nieto del primer condestable de Castilla...
--Basta, interrumpió don Enrique III con voz desfallecida, basta, Abrahem: los altos juicios de Dios son incomprensibles, pero el tiempo viene á justificarlos. Ayer el voto de la orden de Calatrava hubiera apartado á ese nieto del primer marqués de Villena del alto puesto á que está destinado. Un acontecimiento desgraciado, pero cuya causa, escondida hasta ahora, revelan tus palabras, ha llevado á mejor vida á mi muy amada doña María de Albornoz, y su afligido esposo ha quedado desatado de los lazos que lo alejaban del maestrazgo. Dios la tenga en su santa gloria. Adoro tus fines, ó Providencia. Abrahem, decid, ¿habéis visto hoy al conde de Cangas?
--Señor, respondió con afectada sorpresa el hipócrita charlatán, tu alteza sabe que el estudio absorbe las horas todas de mi vida, y desde esta mañana no he cesado de consultar mis pergaminos en mi cámara inmediata á la tuya. Don Enrique por otra parte no se apartará de su estancia en estos momentos de luto para su corazón. No he visto, pues, al conde...
--No sabes en ese caso, repuso el rey, si está dispuesto á admitir el alto cargo á que el cielo le destina.
--No creo que haya pensado en ello siquiera, ni menos que pueda saber nadie en el alcázar todavía la triste muerte de don Gonzalo...
--Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi pariente no puede menos de dar realce á la orden de Calatrava, y sus caballeros no opondrían obstáculo á tan acertada elección.
--¡Hágase la voluntad del Señor! respondió el taimado físico con solemne entonación; é inclinando la cabeza, el recogimiento en que quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones.
--Condestable, dijo el rey después de una ligera pausa, mañana dispondréis que la corte se reúna. Quiero recibir á los embajadores del Tamorlán y del rey de Francia. Abenzarsal, ayudadme á entrar en mi cámara: mis fuerzas se debilitan, y después de la agitación de esta noche necesito que las restaure un sueño reparador.
Llamó el condestable á los camareros de su alteza, y abriéndose las puertas de la estancia en que dormía, despidióse de él el primero; el rey de allí á poco, apoyado en el brazo de su físico favorito, desapareció, volviéndose á cerrar las hojas de la puerta, y quedando aquella parte del regio alcázar sumida en el más profundo silencio.
* * * * *
CAPÍTULO XVII
Yo os repto, los zamoranos, Por traidores fementidos; Repto á todos los muertos, Y con ellos á los vivos; Repto hombres y mujeres, Los por nacer y nacidos; Repto á todos los grandes, Á los grandes y á los chicos, Á las carnes y pescados, Y á las aguas de los ríos.
_Canción de Rom._
Aún no había conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabía palabra por palabra el coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. Á la mañana siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que el enviado, que precisamente había llegado la víspera y que él había sabido entretener, se presentase en la corte de aquel día, y esperó tranquilo el resultado de su artificio.
El salón principal del alcázar donde tenía corte su alteza se hallaba ya ocupado en la mañana del día, que tan fecundo prometía ser en notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del rey, por varios pajes de lanza y de estribo, y por los ballesteros que guardaban las puertas como prevenía la etiqueta del tiempo. Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la misa, que á la sazón oía, discurrían sobre las noticias del día.
--¿Qué novedades, dijo un joven de gallarda apostura y de pulido arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salón, qué novedades habéis recogido para vuestra corónica, señor coronista Pedro López de Ayala?
--La principal, señor don Luis de Guzmán, es la que de Sevilla me escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.
--¿El de las trovas que comienzan _Gran sosiego é mansedumbre_ á doña Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran Tamorlán, del botín que cogió al turco Bayaceto?
--El mismo. Buen ingenio.
--¿Y qué os dice?
--Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para componer el reloj de la torre de Sevilla, halo compuesto á las mil maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caído el rayo hace un año.
--Cierto que es importante, porque no había otro reloj tan maravilloso en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina. ¿Premiáronle bien?
--Merece más de diez mil maravedís. ¿Habéis oído, señor comendador, que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?
--Por la Virgen de Atocha que eso me interesaría, porque mi tío el maestre estaba malo...
--Sabéis que si muriese, lo que Dios no quiera, podríais pretender...
--Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas...
--¡Ah! vos bohordais bien.
--Sí, ahora que no está aquí el doncel Macías: cuando está, nadie lanza con más tino el bohordo, ni derriba más veces el tablero. Cobróle afición el rey sólo por eso.
--¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero!
--Desde que está en comisión del hechicero no se sabe de él. ¿Sabéis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega desaparece? Mirad ahora la condesa...
--¡Bah! como dice Rodríguez del Padrón, el trovador gallego, amigo de Macías, ya se le podría hechizar á él con una buena lanza, porque, sea dicho sin ofenderle, se le entiende más de _lais_ y _vireláis_, que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al marqués de Santillana.
--Eso sí que es mancebo de sutil ingenio. El joven don Iñigo Mendoza gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que el mismo Alfonso Álvarez de Villasandino, y que el judío Baena. Á propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado?
--Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya sabéis que en palacio...
--Oh, la verdad nunca gusta á...
--¡El rey!... dijo una voz que salía de las piezas inmediatas.
--¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de ceremonia por las puertas del salón. Apartáronse los caballeros, y don Enrique subió á su trono, rodeado de los principales señores de Castilla, á cada uno de los cuales seguían los caballeros y escuderos de sus casas.
Ocupaba don Enrique de Villena, como tío segundo que era de su alteza, el lugar preeminente, si se exceptúa el del físico y el del condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalón del trono. Tenía el conde á su izquierda á su primer escudero y detrás al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos lucían las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector que no se había descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto, pero su semblante más anunciaba alegría que dolor por más que procuraba él disimularla.
--Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en derredor á sus cortesanos, ¿qué letras tenéis?
--Acábanse, señor, de recibir éstas.
--¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que tendrá Castilla que jurar un príncipe de Asturias, después de haber jurado solemnemente á la infanta doña María, mi muy amada hija?
--Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habría en eso?
--Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los pueblos de aquí á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y ahumadas en las eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz un príncipe. De esa suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas después: dispondréis que no falten atalayas. ¿Hay más?
--Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomat Alcagí, embajador del llamado gran Tamorlán.
--Que entre, dijo su alteza; y los cortesanos todos volvieron las cabezas con ansiosa curiosidad hacia la puerta, como quien iba á ver una cosa que no todos los días se veía.
Entró efectivamente el Tártaro con áspero continente al aviso de un paje de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos, embajadores del rey de Castilla al Tamorlán, que habían vuelto con él después de haber recorrido vastas regiones, climas apartados y diversas costumbres de países.
Hablaba el bárbaro, y Sotomayor, que en dos años que su larga embajada había durado, había tenido ocasión de aprender algún tanto su lengua, le sirvió de truchimán.
--El rey Tamurbec el Honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envía á ti, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de León y España. Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino, acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, te dé sus saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te traje para tu harem, que al hijo de Osmín ha cogido en la gran victoria que le ha ganado. El rey de los reyes ha humillado la soberbia condición del hijo de Osmín Tamorlán, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al poderoso Tamurbec, rayo de Dios.
--Recibo vuestra embajada, valiente Mahomat Alcagí, y no os doy respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores míos á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y presentes. Rui González de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y fray Alonso Páez de Santa María, maestro en santa teología, y Gómez de Salazar mi guarda, hagáis este viaje como embajadores míos.