Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 24
Combatía entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza. Miraba Elvira con atención el semblante de don Enrique, por ver si descubría en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con los traidores. Ofendía y se defendía éste, empero, con bizarría; voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte caballero que protegía la retirada de los suyos con su presa, mas sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el al parecer irritado Villena de recoger su acero en cuanto vió que el encubierto no se había aprovechado de su ventaja para rematarle, pero la acción de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga, no halló más que una pared tersa é insuperable delante de sí, procurando en vano tocar el resorte que la solía abrir.
Volvióse atrás entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, que atada y amordazada permanecía, salió por la puerta principal de la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de entre sus mismos brazos, allanando su propia habitación por arte sin duda de Luzbel, y con auxilio de todas las potestades del abismo, contra su robusto y valeroso brazo.
--Á la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del Moro, al Manzanares: allí los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra salida.
No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del extraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudían todos á la voz del conde, y en menos de media hora estuvo éste en disposición de traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quién enlazaba este acontecimiento con la música oída la noche antes bajo la ventana de la condesa, quién suponía que el hecho era imposible, en vista de que sólo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie veía clara la verdad.
No era sin embargo menos cierto que los robadores habían hallado el secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta que la unía con la del conde, y que tenía salida á la escalera, y de allí á la larga mina no conocida de todos. Nada más frecuente en los alcázares antiguos y de construcción morisca sobre todo que estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva y secreto, y solían parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á que pertenecían. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas y puestas á trechos, impedían la entrada en ellas á los enemigos, aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos que imposible, y podían ser de mucha utilidad á los poseedores del alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir víveres, como también para salvarse por ellas en una noche la guarnición del castillo, en el caso de verse reducida al último extremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraído y llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro que habrían ido cerrándolas todas sucesivamente tras sí, como con la primera de la cámara había hecho el jefe de ellos, con el prudente objeto de asegurarse las espaldas.
Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa corriendo el campo del Moro en busca de su robada Elena, y pidamos al lector un ligero descanso, que después de la pasada refriega y aventura extraordinaria referida habemos en gran manera menester.
* * * * *
CAPÍTULO XI
Cuando el conde aquesto vido ............................ Fuérase para el palacio Donde el rey solía estar, Saludó á todos los grandes, La mano al rey fué á besar.
_Rom. del conde Grimaltos, Silva de varios rom._
La pequeña corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de la del _muy alto y poderoso rey don Enrique III_.
Veíanse lucir en ésta á más de los que tenían los primeros oficios de la real casa de su alteza las principales dignidades de Castilla. Hallábanse en derredor del trono á derecha é izquierda, y por el orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui López Dávalos, el almirante don Alfonso Enríquez, don Fadrique, duque de Benavente, don Gastón, conde de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don Garci González de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego López de Stúñiga, justicia mayor, Pero López de Ayala, chanciller mayor y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique, donceles y caballeros principales, en fin, que á la corte asistían. En el momento de nuestra narración llegaba su alteza á ocupar su regia silla: acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y sosteníanle del brazo fray Juan Enríquez, su confesor, y don Mosén de Abenzarsal, su físico. Don Enrique III, en medio de su juventud, tenía el natural aspecto enfermizo que á su rostro prestaban sus habituales dolencias. Semblante pálido y prolongado por la enfermedad, noble con todo, grave y lleno de majestad; sus ojos eran hermosos: mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la penetración y la severidad; su andar era lento y su voz flaca.
Hasta el momento de la entrada de su alteza habíase tratado con raro interés entre los palaciegos del robo singular de doña María de Albornoz, y ninguno en consecuencia extrañaba la ausencia de don Enrique de Villena y de los caballeros de su casa. Sucedió el mayor silencio á la entrada de su alteza, y éste recorrió con la vista apresuradamente el círculo de sus cortesanos, saludando á uno y otro lado con su natural sequedad.
--¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? preguntó su alteza: condestable, ¿creo que me habéis dicho que ha vuelto de la montería del Real de Manzanares?
--Señor, dijo el buen López Dávalos inclinando su cabeza cana y despojada por el tiempo, cierto es lo que aseguré á tu alteza: don Enrique volvió ayer del Pardo.
--¡Por san Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida presentarse á su rey...
--¡Es una omisión imperdonable!... pero, señor, hay causas á veces que...
--¿Causas? quiero saberlas.
--Seis enmascarados han robado á su esposa.
--¿Robado? ¿dónde?
--En su cámara misma.
--¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaría la cabeza... explicaos.
--Nada hay más cierto, señor.
Aquí el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al rey cuanto en el alcázar corría acerca de tan extraño acontecimiento.
--Diego López de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo oído la relación del caso, el rey Enrique no desmentirá jamás la fama que tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os cometo la averiguación del suceso. Compadezco á nuestro fiel pariente y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habréis descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza su atrevimiento. Juro por las llagas de san Francisco que no le podré dar seguro aunque me le pida.
Inclinó respetuosamente la cabeza Diego López de Stúñiga, y volvió á ocupar su lugar.
--Vos, Pero López de Ayala, tendréis entendido que quiero que se extienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que no paguen mis reinos más monedas, á pesar de no haberse acabado aún la guerra con Granada. ¿Qué os parece, almirante?
--Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la supresión del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien con eso contentáis á los pecheros y hombres de afán, también si los Moros vuelven á hacer entrada...
--No me lo digáis, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo mayor miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos Moros hay de esta parte y de la otra parte del mar.
Calló el almirante, y alto murmullo de aprobación acogió el paternal dicho de Enrique el Doliente.
Otra media hora pasaría en que el rey de Castilla despachó en medio de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba á dar la vuelta á la cámara, cuando se sintió ruido como de muchas personas armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hacia el sitio por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando hasta el medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, y hecha la tercera á los pies casi del trono:
--Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu pariente y leal vasallo don Enrique de Aragón, conde de Cangas y Tineo, rico-hombree de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmerón y Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparación.
--Decid que entre á mi pariente y leal vasallo.
Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamás las espaldas, y llegado á la puerta, _entrad_, dijo con voz descomunal.
Dos farautes de don Enrique precedían. Don Enrique de Villena detrás con rostro á la par airado y pesaroso. Seguía á su lado su primer escudero, y detrás un caballero de su casa con el estandarte de sus armas, en que lucían sobremanera las barras paralelas de Aragón. El estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que aún se usan en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre campo azul. Venían después armados como su señor los caballeros y escuderos vasallos del poderoso don Enrique.
Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces reclamaron los farautes de don Enrique la atención y silencio de los demás señores y asistentes.
--Oíd, oíd, oíd el desacato y felonía cometido en la persona de la muy noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble é ilustre señor don Enrique de Aragón, y de que en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Virgen gloriosa, viene á pedir justicia y reparación.
Respondido _hablad_ tres veces también por el faraute de su alteza, comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer relación de cómo le había sido en su misma cámara robada su muy amada esposa, y de cómo había salido en persecución de los robadores, entre los cuales contábanse criados de su casa, cuya falta había notado al mismo tiempo.
--Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid cuál sea el fruto de vuestra expedición.
--No me levantaré, señor excelso, mientras no acabe el cuento de mi cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; á haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia, porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero, oh dolor! gran rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que buscara, esos sangrientos despojos que sólo una funesta catástrofe me pueden anunciar.
Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.
--¡Cielo santo! exclamó horrorizado el piadoso rey. Un movimiento de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los sangrientos restos.
--He aquí, señor, exclamó sollozando el desdichado esposo: ¡y ojalá no hubiera encontrado más pruebas de mi desgracia!
--¿Qué decís? hablad, exclamó Enrique III.
--Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con estas ropas, había visto pasar á unos armados con un cadáver de una mujer, á su parecer hermosa y joven; mi esposa, señor. Receláronse de él, y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se supiese; mas el conocimiento que tiene del país, las quebradas de las peñas y sus buenos pies le salvaron por desdicha mía, para mi amargo desengaño.
--Pastor, llegad, dijo don Enrique: ¿vos habéis visto eso?
--Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbación, que achacaron todos al asombro de hallarse en tal paraje. Llevábanla sin duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los vi.
--Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar al alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni formalidad alguna castigar al que como villano se portó.
--Yo os juro, don Enrique, justicia y reparación. Alzad: ¿tenéis vos indicios de quién pueda ser el robador?
--Ninguno, respondió Villena levantándose.
--¿Sospecháis, por ventura, si una venganza ó si una pasión?...
--¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa!...
--Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo. Imposible me fuera concederos que os entreguéis á buscar al delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los oficiales de mi justicia apurarán la verdad, y le hallarán donde quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios trino y uno, á quien en la tierra representan los reyes ejercitando su justicia, que matéis al villano, si lo halláis, donde quiera que lo halléis, armado ó desnudo, solo ó acompañado, por vuestra mano ó por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo otro sí, que quede privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle ó le hubiere hecho sin conocerle; mando á quien le encuentre, caballero, escudero, noble ó pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, don Enrique.
--No esperaba yo menos, gran rey, de tu recta justicia.
Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle repetidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle. Retiróse en seguida á desarmar con sus caballeros por el mismo orden que habían venido.
Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oir. ¿Qué motivo racional se podía efectivamente dar á la extraordinaria muerte de doña María? Todos discurrían y se hablaban al oído; pero ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y de la manera y forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el rey había creído públicamente, no era lícito, ni aun á los mayores enemigos de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos por lo tanto callaron, y el físico de su alteza, que vió que la animada audiencia de la mañana, y lo mucho que su alteza había hablado, había alterado visiblemente su color, le advirtió respetuosamente que le convenía tomar algún descanso. Oído esto por el rey, bajó del regio sillón, y despidiendo á sus cortesanos, entróse en su cámara con aquéllos mismos que le habían acompañado á su salida, menos don Pedro Tenorio el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los más grandes, dando y tomando en la singular aventura del que entonces más que nunca comenzó á parecer verdadero hechicero á los ojos de los suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente.
* * * * *
CAPÍTULO XII
Por dar al dicho don Cuadros Dado ha al emperador. ................................ --¿Por qué me tiraste, infante? ¿Por qué me tiras, traidor? --Perdóneme tu alteza, Que no tiraba á ti, no.
_Rom. en'. del infante vengador_
No bien hubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus caballeros, y sólo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta allí la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el intrigante conde con Fernán Pérez de Vadillo, trabó con él una breve conversación.
--Fernán, nada tenemos que temer.
--Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.
--¡Fernán!
--Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus órdenes sin murmurar, tengo algún derecho á descargar mi conciencia.
--Vadillo, díjole al oído el conde, de nada tiene que acusarme la mía.
--¿De nada?
--Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso ser maestre de Calatrava.
--Callo, señor: obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga por última vez.
--En buen hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que necesito. Y vamos á lo que más importa. Tiéneme inquieto el camino que habrán tomado los armados.
--En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su silencio y de su fidelidad.
--Bien; ¿y Ferrus?
--¿Tanto sentís la pérdida del juglar?
--¡Sí la siento, Hernán! aquél nunca desaprueba nada; su conciencia es la del estúpido: nada le dice nunca; yo soy harto débil y harto bueno todavía para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador prisionero?
--Podemos verle.
--¡Podemos! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha estado detrás del sillón del trono, como acostumbra hallándose en la corte. El golpe nuestro será tanto más seguro cuanto que nadie tiene noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si alguien notará la coincidencia de su desaparición y de la condesa.
--Eso, señor, pudiera no convenirte.
--Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde esté.
Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegación referida abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su conducta algo más que ley de caballería, y pura generosidad hacia la condesa; y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su esposa... Imposible y horrorosa le parecía tan descabellada sospecha de la virtud de Elvira... pero la duda se había hecho lugar en su corazón, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del pecho á voluntad.
Á entrambos parecía cosa indisputable que el músico era Macías, y nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, no podemos menos de abundar en la opinión de los que tal pensaban.
Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el extremo de una larguísima galería se encontraba.
--Álvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente. Álvar era el montero á quien en la noche anterior había confiado el escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitación, cerrándose tras ellos la puerta.
--¿Y el preso? preguntó Vadillo.
--Descansa en la pieza inmediata; debía no haber dormido en un mes, según ronca tranquilamente.
--¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?
--Más daño debió hacerle el miedo que vuestro venablo, señor escudero. Tiene algo arañada la cara de la caída, y un brazo vendado; pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir después del mediodía.
--Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique.
--Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Álvar.
--¿Qué respondéis en voz baja? Despachad, dijo Fernán. ¿Hase quejado de la violencia que con él se ha usado?
--Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo el ilustre conde...
--¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.
--Voy á advertirle que vuestras señorías...
--Presto, Álvar, presto.
Entróse Álvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y Hernán se preparaban á la extraña entrevista que iban á tener. No tardó mucho en volver á salir Álvar, asegurando que había despertado al enfermo, quien, sintiéndose completamente reparado de fuerzas con el pasado sueño, metía sus vestidos para salir á recibir á sus ilustres huéspedes.
--¿Es segura esa puerta, Álvar? preguntó el conde.
--Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á violentarla, respondió Álvar. Además, dos monteros le guardan conmigo y está indefenso: de aquí no saldrá sino para donde vuestras señorías determinen. Pero aquí está.
Salía en efecto el asombrado prisionero, el cual no bien hubo visto al conde, cuando, acercándose á él, como quien ve á su libertador, se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, «Señor, exclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan dura prisión tu fiel Ferrus?».
Dos estatuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y su escudero. No sería mayor el asombro y la indignación del rústico pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera preparado para el raposo.
--¿Tú, Ferrus? exclamó después de la primera sorpresa el furioso conde. ¿Tú, Ferrus?--Hernán, nos han vendido. Venid acá, don Villano, añadió derribando por tierra de un empellón al desesperado juglar, venid acá vos, Álvar: ¿es éste el preso que se os ha confiado? ¿Qué hicisteis, don Bellaco, del doncel de su alteza? Asíale de la garganta, y ahogárale sin remedio si no se le pusiera por medio Hernán, que más sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso.
--¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Álvar. Lleve mi alma el diablo si tuve yo jamás en mi poder más preso que el que el señor escudero me entregó, y si no es ése el mismo de que me encargué.
--¿Qué es esto, Hernán? dijo don Enrique soltando la presa.
--¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico que yo cogí.
--Negra fortuna mía, gritó don Enrique. ¡Qué músico habíais de coger, ni qué!... ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus: ¿qué hicisteis vos de cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó...
--Serénate, señor, respondió temblando el aterrado Ferrus. Yo obedecí tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya al que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióse precipitadamente en la tierra; el diablo debía de ser sin duda, que tomó la forma de músico para perderme en tu estimación...
--¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?
--Señor, lo jurara: lo cierto es que yo no le volví á ver más: y cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le había visto, y buscaba el boquerón que habría dejado al hundirse, sin saber por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien sabe Dios que en aquel trance me santigüé...
--Adelante, miserable, acaba.
--Por acabado, señor: desde aquel punto ni vi ni oí; cuando recobré el uso de mi razón halléme en ese camaranchón donde me curaban las heridas que el mal enemigo me había hecho.
--Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir más, don Enrique. ¡Vive Dios, que nada comprendo, Hernán!
--Yo infiero, señor, dijo Hernán, que el músico debió ser si no diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que tañía.