Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 23

Chapter 233,880 wordsPublic domain

La hora del alba sería cuando el famoso caballero don Enrique de Villena, cansado de esperar inútilmente á su juglar, á quien había comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y nocturno acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas, había entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso juglar había vuelto, ni él, desde el punto en que le enviara á explorar quién fuese el músico, había tornado á oir más que el confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. No habiendo querido dar sospechas á nadie en el alcázar de que pudiera tener la menor parte en los sucesos que él se figuraba haber ocurrido, no se había determinado, ni á salir en persona á reconocer el estado de las cosas, ni á despertar á ninguno de sus pacíficos sirvientes. Habíale entre tanto sorprendido el sueño en medio de la encontrada lucha de sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba se había reclinado en su rico lecho, determinado á esperar el día y con él la aclaración de los acontecimientos de la noche. El sol, sin embargo, que á más andar se venía, amaneciendo por las doradas puertas del oriente, daba la señal á caballeros y escuderos de tornar á las obligaciones diarias, porque en la época de nuestra narración no se había introducido aún la moda regalona de perder las gentes principales las horas más hermosas del día en el mullido y caliente lecho.

La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata á su gabinete alquimístico (cuya entrada no era á todos permitida), presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectación con que se hallaba alhajada, como por las diversas personas que en ella se veían reunidas esperando á que se dignase recibir su acostumbrado homenaje el ilustre pariente de Enrique III. Gentileshombres, caballeros y escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles y pajes conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido que pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase sólo la falta de dos personas, y no se oían más que preguntas misteriosas sobre su extraña ausencia.

--¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar?

--¿Qué puede causar la tardanza de Fernán Pérez?

--Por el señor Santiago que es cosa difícil de comprender. Cuando volvíamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y se separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos á ver.

--Sí, reponía otro: apostara la mejor pieza de mi arnés á que fué á ver bajo las ventanas de su amada esposa si andaban Moros en la costa.

--Bravo modo de decirnos que el escudero es celoso.

--¡Dios me perdone! como un Moro.

--¡Oh! entonces, decía un tercero, ya se explica su ausencia Habrá tardado en conciliar el sueño... al lado de su dama...

--¡Chitón! la puerta de la cámara se ha abierto.

--Es el camarero.

--El camarero, el camarero, repitieron varias voces por lo bajo. Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor inquietud preguntó:

--¿No ha venido aún Ferrus? Su señoría pregunta por su juglar.

--Estará haciendo alguna trova, ó pensando algún donaire, dijo el más atrevido de los caballeretes.

--Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y acercándose á los principales personajes de aquella pequeña corte:--Su señoría no se ha desnudado esta noche; Fernán Pérez no parece; Ferrus tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á prevenir á su señoría, añadió en voz alta, y se entró.

Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero no tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer escudero.

--Dios nos dé su bendición, dijo en entrando, al comenzar este día, y se santiguó devotamente.

--Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en las cortes se usa, la acción del valido. Bien venido sea el escudero de su señoría, exclamaron después.

--Bien venido, sí, y bien despierto: la trasnochada me ha hecho ser indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado.

No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en persona, á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demás á un lado respetuosamente Fernán Pérez, y el conde, que le había visto antes que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus principales cortesanos, después de las ceremonias y fórmulas de uso.

--Caballeros, dijo el conde, asuntos de alguna importancia me obligan á separarme de vuestras mercedes. Podréis esperarme en la antecámara de su alteza, adonde no tardaré en seguiros. Fernán Pérez, quedaos.

Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frío recibimiento del distraído conde de Cangas y Tineo.

--Y bien, Fernán Pérez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo que habéis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira.

--Esa pregunta, señor...

--¡Oh! no, hacéis bien: no se puede vacilar entre el servicio de una hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar pronto caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la orden de caballería. ¿Á qué hora habéis entrado en Madrid? Rui Pero, dispondréis que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su ausencia me inquieta.--Ya estamos solos, Vadillo. ¿Á qué hora habéis entrado?

--Podrían ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas.

--¿Las cuatro? Á esa hora... ¿no habéis visto á la entrada á Ferrus?

--Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que he visto.

--¿Peor? explicaos presto.

--Y peor lo que he oído.

--¿Habéis oído?

--Volvía, señor, de la batida, como me dejaste mandado, á la cabeza de los caballeros y monteros de tu casa: al llegar al alcázar, habíame adelantado algún tanto para hacer la señal de que nos echaran el rastrillo, cuando creí oir hacia cierto punto del alcázar, pero de la otra parte del foso, un laúd asaz bien templado.

--Seguid, Vadillo.

--Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hacia la parte precisamente del alcázar que habita...

--Seguid.

--Apreté los ijares al caballo: cuando llegué la música había cesado; pero un hombre que rodeaba el muro exterior, y que á la sazón se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...

--¡Vadillo!

--De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le acometí.

--Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿Era el músico?

--Sin duda, puesto que por allí otro alguno no se veía.

--¿Se defendió?

--Trató de defenderse, y trató de hablar; pero mi venablo no le dió todo el espacio que él quisiera. Le disparé y cayó.

--¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.

--Apeéme del caballo para reconocerle, pero fué imposible: había llovido, y él cayó en el fango; mi venablo le había pasado por la frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad además y mi turbación no me permitieron conocerle. Figuréme sin embargo que no debía de estar muerto aún, pues latía su corazón y se quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que á aquellas horas osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en mi caballo: sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del montero que se había adelantado conmigo: respondióme de su seguridad. Fuí á dar órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora solo espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador.

--¡Ah! ¿No sabéis aún quién sea?

-Sólo sé que no está herido de muerte; pero el montero al anunciármelo añadió que el maestro á quien había recurrido, al hacerle la cura, había encargado que no se le viese ni hablase. Creí, pues, del caso esperar á la mañana. Parecióme sin embargo joven y gallardo mancebo.

--Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, es preciso tenerle á buen recaudo.

--¿Conócesle tú entonces, gran señor?

--Sí, le conozco; tú le conocerás también. Necesito sin embargo á Ferrus. Á esa misma hora de las cuatro le envié á reconocer al músico; de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha tenido miedo sin duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi enojo con alguna juglería. Entre tanto Rui Pero está en el encargo de encontrármele muerto ó vivo. Sus orejas servirán de pasto á mis lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es preciso no perder tiempo: supuesto que está en nuestro poder quien pudiera únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de quedar servido. Hernán Pérez, ¿tenéis valor y resolución?

--Dispón, señor, de mi vida.

--Venid conmigo; prontitud y secreto.

Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron á las caballerizas del conde: dieron allí varias órdenes, al parecer de la mayor importancia; separáronse en seguida. El primer escudero buscó y habló misteriosamente á algunos escuderos de la casa de su señoría. El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos se hacían pronosticaban algún proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse de nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia aquél pareció dar á éste instrucciones de grave peso, después de las cuales se dirigieron entrambos seguidos de los escuderos y armados que para su plan habían escogido, y desaparecieron entrándose por la cámara de don Enrique. Nada se trasluce en las crónicas del objeto de aquellas ignoradas conferencias. El lector sin embargo, si presta un poco de paciencia, podrá tal vez adivinarle por sus prontos resultados.

* * * * *

CAPÍTULO X

Mate el conde á la condesa, Que nadie no lo sabría, Y eche fama que ella es muerta De un cierto mal que tenía.

_Rom. del conde Alarcos_

Cuando Fernán Pérez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podría haber sido la serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de las rejas de doña María de Albornoz; ¿rondaba empero á la condesa, ó á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de su esposa las ponían en cierto modo á cubierto de cualquier juicio temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no extrañarán que el celoso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos hasta la completa aclaración por lo menos de sus terribles dudas.

El taimado pajecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su hermosa prima, se había levantado, y había conseguido hacer que ella volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y preguntándola si necesitaba algún auxilio, y cuál era la causa de aquel ¡ay! doloroso y del extraordinario ruido que acababa de oir.

Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al paje, mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y de curioso impertinente. Á lo de curioso nada tenía el pobre Jaime que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabía muy bien que no había soñado lo que realmente había oído, y si obedeció por entonces, no fué sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del paje, tornó á escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho también; de suerte que á la venida inesperada del celoso escudero pudo disimular convenientemente la reciente turbación. Después de las primeras preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista llegada, en balde trató Fernán Pérez de sondear mañosamente el alma de su avisada esposa. Nada había oído, nada sabía de cuanto á Vadillo traía inquieto. Hubo este, pues, de conformarse y remitir á otra ocasión más favorable la satisfacción de sus deseos. Concilió el sueño de que tanta falta tenía, y cuando se despertó se vistió apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.

No deseaba Elvira otra cosa: cada vez más inquieta acerca del oscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya mil próximas desventuras. Determinó dar aviso á la condesa, quien había oído muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de dar este importante paso, llamó al paje y le dijo cómo era inútil que guardase por más tiempo el secreto de la venida del caballero de Calatrava, puesto que ella lo había reconocido: añadióle que importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál había sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, si había quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase sus misteriosos avisos; prometió el paje indagar cuanto hubiese en el asunto tanto por dar contento á su querida prima, como por el interés que en las cosas del caballero trovador se tomaba Salió, pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina amistad, é implorar al mismo tiempo su protección y amparo, si algo sabía que fuese en contra de ella ó de los suyos.

Más tranquila después de esta primera diligencia, acudió la triste Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen alguna relación con los proyectos que el irritado conde había dejado traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su inocente esposa.

Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas trovas encerraban, y aún más quisiera traslucir quién podía ser el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las asechanzas que contra ella se prevenían, y que tan singular interés por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte las zozobras y la duda que á entrambas nuestras heroínas agitaban acerca de los resultados de la desgracia que al caballero le había acarreado su generosidad.

Era para Elvira evidente que poco después de haber callado el desventurado cantor, le había sobrevenido un trance de armas: la caída de un cuerpo había resonado luego funestamente en sus oídos y en su corazón, y el silencio y la duda habían sucedido á la catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del paje; corría entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al desgraciado que espera le suele comúnmente convenir, y el paje no daba noticias de su persona.

Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea aproximada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.

--¿Has oído? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.

--¡Es Jaime! respondía Elvira; mas no, no suena nada, añadía después de un momento de inútil expectación.

--Ahora... ahora sí, exclamaba de allí á un rato la condesa.

--Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...

--De muchacho.

--Jaime, Jaime es... ahora sí... repetía Elvira atenta á la puerta, los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; veíala abrirse ya, se medio incorporaba en su asiento, entreabría los labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada ya.

--Sería algún criado que pasaba.

Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los pasos; todavía no se podía ver al que iba á entrar: parecía sacudirse por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso al paje, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira, unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento, tan comunes é irreprimibles como inexplicables en las mujeres, habían gritado:--¡Jaime! entra, Jaime.

Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de Villena. Hay una inclinación natural en el que espera á creer que nadie puede venir sino el esperado; nada tienen pues, de particular el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad de ideas que bullían en sus imaginaciones, y que por la vista se cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundían en un solo objeto de entrambas comprendido sin más verbal explicación.

Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías de la señora y su camarera.

--Bien veo, dijo pausadamente después de un momento, bien veo, doña María, que no esperáis á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra confianza hasta el punto de saber cuál interés os liga al imprudente paje que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado servicio? ¿Calláis? ¿me conserváis rencor aún por la escena de anoche?

Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de reconvención, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á las claras en su semblante su singular asombro. Tenía efectivamente el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines mejor convenía. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano esposo de la víspera.

--¿No queréis, señor, que extrañe tan singular mudanza en vuestras acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra?...

--Basta, doña María: ¿es posible que no acabéis de conocer los sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar justamente ofendida; pero vengo á reclamar mi perdón. He pensado mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras virtudes me han hecho abrir los ojos; si sois la misma que habéis sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliación.

--¡Don Enrique! exclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo á Elvira como para preguntarla con los ojos si podría creer en la sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó sin respuesta la muda interrogación de su señora.

--Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de mi afecto. Espero que esta noche os presentaréis brillante de galas y preseas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos dado harto motivo de murmuración con nuestras anteriores contiendas, presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudáis aún?

--Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algún día. ¡Ah! si vuestro amor, si esta reconciliación fuesen una nueva artería, si fuesen un lazo...

--¡María!

--Perdonadme: vos habéis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz aparente fuese sólo la calma precursora de nuevas borrascas, seríais bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podría prestarle al león el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo os perdono, don Enrique; perdonémonos entrambos. Oíd empero. Si sólo intentáis divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda al malsín, abandone la Virgen Madre al engañador de las damas, y el buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los condenados al fuego eterno. He aquí mi mano y mi amor, don Enrique.

Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz había pronunciado con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiración, habían hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un estremecimiento involuntario le había cogido desprevenido, y estrechó la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso:

--Ved aquí la mía; el cielo sabe la verdad de mis palabras.

Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien, acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacía sino examinar su semblante como buscando en sus facciones y en el más insignificante de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, deslumbrada por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba más fácilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente en don Enrique el efecto que éste acababa de suponer? Nada hay más fácil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.

Repuesto don Enrique de su primera turbación, no perdonó medio alguno de inspirar confianza á su esposa: las palabras más tiernas fueron por él prodigadas, y las más vivas protestas de amor y fidelidad. Un amante no hubiera dicho más que el hipócrita marido.

Poco tiempo podía hacer que esta escena duraba en la cámara de doña María de Albornoz, cuando la puerta misma que el día antes había proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiración de los circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venían armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que sobre la armadura traían, y cuya capucha cubría su cabeza y rostro, á manera de los que usaban los almogávares, no permitían ver quiénes ni qué especie de hombres fuesen.

Suspensas quedaron á tan extraña aparición doña María y su camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atención exploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban los intrusos allí por su orden, ó si tendrían ellas motivo para temer algún nuevo peligro.

--¡Vive Dios! exclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que os envía? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...

No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecía ser jefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los demás con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una palabra.

--¡Don Enrique! exclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de la vaina, parecía protegerla de todo extraño acometimiento.

--Traición, señora, gritó Elvira, traición: ¡nos han vendido! y quiso arrojarse hacia la puerta para demandar socorro. No se lo consintieron dos de los fantasmas, que arrojándose á su paso la sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y maldecía.

--¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y ningún criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadía al jefe de los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.

En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas de su casa y la de Aragón; cubriéronla toda con un largo manto negro, que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.