Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 22
--¡Ah! éste no se ve, gritó puerilmente Jaime retirando y escondiendo su mano. ¡Éste no se ve! Es un regalito; á mí también me regalan, señora prima, no es á vos sola á quien...
--Vamos, ven acá, Jaime, y dime quién te ha dado ese anillo; ó si por ventura tienes que acusarte de algún...
--¡Chitón! señora prima, interrumpió el paje con indignación.
--¡Ah! ya lo tengo, gritó Elvira, aprovechando para asirle la mano aquel momento en que la pundonorosa irritabilidad del paje le había estorbado la precaución; ya le tengo.
--No, no me lastimes y te le daré, dijo el paje viendo que se disponía la interesante Elvira, tan niña como él, á valerse de la superioridad que le daban sus fuerzas para ver á su salvo el anillo: quitósele en efecto, pero echando á correr, en cuanto Elvira le hubo cogido: No me importa, añadió; ¿qué veréis, señora curiosa? Nada: un anillo; mas no por eso sabréis quién me lo ha dado.
Equivocábase el inexperto paje: la perspicaz Elvira, que al principio había sido inducida sólo por mera curiosidad al reconocimiento de la alhaja, cuya posesión no creía natural en el pajecillo, había fijado notablemente en ella su atención, y examinaba al parecer alguna señal ó particularidad por donde esperaba venir en conocimiento de su procedencia.
--No hay duda, exclamó sonrojándose como grana, no hay duda: una letra pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... l; brillante... b; rubí... r; amatista... á. Y luego... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No hay duda.
El paje, que había alborotado la sala con sus risas y sus burlas al ver la perplejidad de su prima, no se asombró poco al oir la extraordinaria y no esperada explicación que daba á la sortija; y tanto más confundido quedó cuanto que creyó no haber sido en esta ocasión sino el juguete del doncel, que se había valido de él para manifestar á Elvira aquel su amor, de que el malicioso paje tenía ya no pocas sospechas.
Nada más común en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y ese lenguaje amoroso de jeroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas. Un platero de Burgos había engarzado artísticamente á ruego de Macías en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traducción había acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin duda de su corazón. Había perdido la significación de una piedra, cosa nada extraña, no hallándose ella muy adelantada en el arte del lapidario; pero en cambio había entendido la equivocación del platero, que había significado la _v_ con la _b_, inicial de brillante; ni el quiproquo del platero ni el acierto de Elvira tenían nada de particular en un tiempo en que no sabían ortografía ni los plateros ni los amantes. El número sin embargo de las piedras, y la colocación de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca de la intención del que había mandado hacer la sortija.
Quedábale todavía á Elvira un resto de duda, que á toda costa quería satisfacer: en primer lugar no era ella la única Elvira que en Castilla se encerraba; y en segundo la alusión, que la había puesto en camino de sospechar, no le daba sin embargo noticia cierta de quién fuese el que usaba con ella semejante galantería. Deseaba por una parte saberlo; temía por otra oir un nombre indiferente.
--¿Quieres cambiar este anillo, Jaime, por otro mejor que yo te dé?
--¿Y qué diría, dijo el astuto paje, el caballero que me le ha regalado?
--¿Conque ha sido caballero?... interrumpió Elvira.
--Y de los mejores y más valientes de la corte de su alteza.
--¡Santo cielo! decía Elvira impaciente: Jaime, yo te ruego que me des señas de él al menos, ya que no quieras decir su nombre.
--¿Señas?
--Espera; dime primero, exclamó reflexionando un momento, ¿cuándo te le ha dado, y dónde?
Comprendió el paje al momento la doble intención de esta pregunta, y se sonrió malignamente viendo á Elvira cogida en su propio lazo, porque al punto recordó que no podía saber la llegada del doncel.
--Hoy, y en el alcázar.
--¿Hoy y en el alcázar? repitió Elvira queriendo leer la verdad en los ojos del paje. ¡Entonces no puede ser! dijo entre dientes, satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer los brazos, inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirantez en que estaba, como arco que se afloja. Siguió mirando, pero más vagamente, el anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó al superior, un gesto particular entre distraída y resignada.
--¡Ah! ¡ah! que no lo acierta, exclamó en su triunfo el paje victorioso; escuchadme, señora adivina, es un caballero joven.
--Bien; déjame, repuso ella sin prestar apenas atención á la voz chillona y triunfante del mozalbete.
--No, que lo has de acertar. Cuando se trata de coger sortijas, ensarta con su lanza tantas como corazones con su hermosa presencia. Si monta á caballo, es el más fogoso el suyo, y lo domeña como un cordero; si se trata de correr cañas, nadie le aventaja; y en un torneo sólo don Pero Niño...
--Jaime, ése no puede ser más que uno, exclamó levantándose Elvira.
--Cierto que no es más que uno, repuso el taimado paje, que se divertía con su prima como el gato con el ratón.
--¿Ha venido? ¡Ah! ahora recuerdo que esta mañana un caballero...
--¿Quién? contestó con cachaza el paje fingiendo no entender.
--Mira, Jaime, vete de aquí y no vuelvas, gritó furiosa Elvira; marcha, huye si temes mi...
--Bien, primita, lo diré; ése es...
--¿Quién? preguntó la atormentada belleza, ¿quién? acaba ó...
--El doncel de...
--Basta. ¿Estás cierto?...
Acordóse de pronto el imprudente paje del especial encargo que de guardar secreto le había hecho el doncel, y no sabiendo las últimas mudanzas que en la situación de su amigo se habían verificado, las cuales volvían infructuoso este cuidado, trató de reparar el olvido de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto.
--No me habéis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir más. Ni una palabra más.
Al oir el tono resuelto del rapaz bien vió Elvira que no sacaría de él más partido que una honrosa capitulación: lo más que pudo recabar de él fué que le dejase el anillo, hasta que ella adivinase como pudiese su procedencia; dejóselo el pajecillo y se acabó la contienda entre los primos, determinando que por aquella noche Jaime dormiría vestido en una cámara inmediata á la alcoba donde casi vestida también trataba de reposar la infeliz Elvira, no atreviéndose á desnudarse del todo por miedo de que hubiese menester la de Albornoz sus consuelos en el discurso de la noche.
Bajóse para esto á su habitación, que debajo de la condesa caía, después de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente dormida, y de haber dejado advertido á las dueñas que la avisasen á la menor novedad que sintiese su señora, ó que en aquella parte del alcázar ocurriera.
Echóse después en su lecho, habiéndose despedido del paje, y en vano procuró imitar á éste en la prontitud con que concilió el sueño reparador de las fuerzas perdidas.
Revolvía una y mil veces en su cabeza las ideas del día, y procuraba atarlas y coordinarlas entre sí; empero agolpábanse todas á su imaginación ferviente: la condesa, la violencia de Villena, sus solicitudes, la ausencia de su esposo, el Amadís, la indiscreta conversación del paje, las dudas que acerca del dueño del anillo había dejado sin resolver después de su inquieto diálogo, todo esto reunido y amasado junto de nuevo en su mente en medio del silencio y de la oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico, lleno de objetos incoherentes, muy semejante en la confusión á esos lienzos que entre nuestros abuelos tanto se apreciaban con el nombre de _mesas revueltas_. Pero á proporción que el largo insomnio y el cansancio del día fueron rindiendo sus fuerzas y entornando los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas tomaron en su cerebro contornos informes, y poblaron su sueño de escenas parecidas á las que habían pasado por ella en el día, y de otras que, como combinaciones nuevas del choque de aquéllas, suelen producirse por sí solas en la imaginación cansada de un calenturiento que duerme, ó de una persona habitualmente agitada por sensaciones extraordinarias, y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla.
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CAPÍTULO VIII
Helo, helo por do viene El infante vengador, Caballero á la jineta, En caballo corredor. .......................... Iba á buscar á don Cuadros .......................... El venablo le arrojó. ..........................
_Rom. del inf. vengador_
Muy avanzada estaba la noche, y muy en silencio todos los habitantes de Madrid y de su fuerte alcázar. No todos sin embargo disfrutaban del sueño y del descanso, como hubiera podido cualquiera figurarse. Podemos asegurar que don Enrique de Villena y Ferrus conversaban muy animadamente en el laboratorio del hermético, como arriba dejamos dicho. El enamorado doncel había tratado inútilmente de conciliar el sueño, y se había entregado, desesperado ya de conseguirlo, á la más profunda meditación, buscando en su cabeza un arbitrio por medio del cual pudiese descubrir á la de Albornoz el peligro inminente que la amenazaba. Bien conocía que el aviso urgía, pues si antes de haber descubierto Villena su plan lo tenía aplazado para el día siguiente, era probable que tratase de atropellar la ejecución de sus ideas desde el momento en que había hecho partícipe de él al enemigo. El doncel estaba determinado á dar su amparo á la de Albornoz, en primer lugar por pertenecer á _la orden de caballería_, que _principalmente se daba_, como se lee en Amadís de Gaula, «para defender las dueñas y doncellas que tuerto reciben»; orden, por la cual «el que la profesa debe ayudar á las dueñas y doncellas fijas dalgo», como en el instituto de la Banda fundada por Alonso XI se contiene; orden, en fin, por la cual se advertía á los que la recibían, como en el Doctrinal de caballeros consta al lib. i, tít. iii, que «al caballero ó dueña que viesen cuitados de pobreza ó por tuerto que hubiesen recebido, de que non pudiesen haber derecho, que pugnasen con todo su poder de ayudarlos». Agregábase á esta principal razón otra, si bien menos generosa y obligatoria, más fuerte acaso que todos los institutos y órdenes del mundo; á saber, cierta simpatía que con una persona ligada á la suerte de la de Albornoz alimentaba Macías en todas sus acciones.
Pero si estaba decidido á favorecer á las débiles víctimas del poder del ambicioso conde, no por eso dejaba de conocer cuán dificultoso era, si no imposible, introducir á aquellas horas un saludable aviso en la habitación de la condesa ó de su camarera.
Después de largo rato de discurrir, en que desechó unas ideas, adoptó otras, volvió á desechar éstas, y á adoptar y desechar otras ciento, fijóse por fin decididamente en una que debió de parecerle la mejor y la menos arriesgada de ejecutar si la fortuna le ayudaba. No quiso despertar á Hernando, que sordamente roncaba, para no ser conocido en la expedición que premeditaba, si llegaba á sorprenderle fuera del alcázar la madrugada que á largos pasos andando se venía; endosóse un basto sayo de montero de su criado, su gorro de lo mismo, su tosco tabardo de paño buriel, ciñó la espada, y tomando debajo del brazo un objeto que, como trovador, siempre llevaba consigo, salióse pasito de su estancia, y sin ser sentido llegó hasta la puerta exterior del alcázar, evitando por corredores y patios conocidos de él las centinelas interiores que hubieran podido interrumpir su proyecto; pero llegado allí estuvo tentado varias veces de volver á su aposento y desistir de su empresa, cuando se oyó dar el _¿quién va?_ del ballestero encargado de la guarda de aquel punto.
--Un caballero que desea salir.
--Atrás, ¡voto á Santiago! le respondió una voz, ronca del vino ó del frío de la noche: buena hora de salir á tomar el fresco, cuando está un cristiano deseando el relevo para calentarse.
No había meditado el doncel este inconveniente: no quedaba sin embargo más remedio que desistir y abandonar á la condesa á su destino, ó descubrir su clase de doncel de su alteza, y como tal lograr que se le abriesen las puertas. Calculando que de todas suertes habría de saberse al día siguiente su entrada en el alcázar, puesto que ya no podía por entonces pensar en volverse á Calatrava, decidióse al segundo partido prontamente; hizo llamar al jefe del pequeño destacamento, y no tardó en oir su voz, que denotaba el mal humor de un hombre á quien se ha sacado intempestivamente del sueño para cumplir con un deber.
--Por la Virgen de Atocha, vive Dios, exclamó observando y dejando ver su oblonga figura, que he de escarmentar al borracho que á estas horas...
--Mirad lo que habláis, interrumpió Macías al oir hablar sobre sí, como quien está debajo de una campana, á aquel amalgama de gordura, de bestialidad y de sueño.
--¿Quién sois, voto va, el que habláis tan gordo? ¡Aaa! prosiguió bostezando.
--Por Santiago, ya os debía haber conocido en lo que tenéis de común con los jabalíes del Pardo. ¿Sois vos, Bernardo?
--¿Quién es, repito, por las muelas de santa Polonia, quién es el que me conoce tan á fondo?
--Dejadme salir: soy un doncel de su alteza y voy á asuntos del servicio del rey...
--¿Doncel? metedme el dedo en la boca: más traza tenéis que de doncel de don villano, repuso el ingenioso Bernardo á caza del equivoquillo... el vestido...
--¡Voto va, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia si insistís en faltar al respeto á... pero... oíd, añadió acercándose á su oído, ¿conocéis á Macías? miradle aquí.
--¡Ballesteros! echadme á ese aventurero en un cubo de agua fresca: dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patrón del sueño, que ó ha trasegado de la botella á su estómago mucho del tinto, ó es hechicero.
No pudo sufrir ya más tiempo el doncel el impertinente responder del ballestero, y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro á los suyos, hacia un farol que cerca de ellos ardía; y enseñándole entonces su rostro descubierto:
--¿Conocéisme, don Bellaco, portero de los infiernos y hablador que Dios no perdone? ¿conocéisme? ¿ó habéis menester todavía que os abra yo los ojos con el puño?
Abría el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender cómo podía salir del alcázar un hombre que no había entrado en él, pues lo creía en Calatrava: hubo sin embargo de convencerse, y tendiendo entonces la pierna hacia atrás y descubriendo su cabeza, pidió mil excusas al doncel, y fué preciso que éste pusiera treguas también á sus disculpas y cortesías como á sus impertinencias, sin lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vió, es decir, en medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que á la sazón comenzaba á caer, lo cual, añadido á la persecución del cerbero del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel, que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar cumplimiento á sus caballerescos proyectos.
Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversación de don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el alcázar á una misma hora, dormía inquietamente y luchando con las fantasmas que su imaginación le representaba la hermosa Elvira, que en su lecho medio desnuda dejamos. Habíase quedado con sólo un vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que, desnudos, parecían dos carámbanos de apretada nieve: su cabello, tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle, y por algunas partes su cuerpo entero; una mano pendía del lecho, y la opaca claridad de la luna que penetraba por entre las nubes no muy densas y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estación, la hacía aparecer un verdadero ser fantástico, como la hubiera soñado un amante deseoso de una ocasión.
Su seno y su respiración interrumpida denunciaban la inquietud de su descanso y el trabajo de su imaginación aun en el sueño.
Fuese casualidad, fuese porque era el que más había dormido, el paje fué el primero que á un extraño rumor que en aquellas inmediaciones se oyó hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laúd suave y diestramente pulsado adquiría nueva dulzura del silencio de la noche; oyólo primero el paje entre sueños, pero la realidad tomó en su fantasía la apariencia de una representación ficticia y se creyó trasportado á algún sábado de hechiceras, que era la especie de gentes que él más temía. Había templado algún rato el músico, para llamar la atención, pero sin ser oído de nadie; y cuando el paje echó de ver la aventura, y cuando don Enrique había notado la música que le había obligado á no cerrar su ventana, como arriba dejamos dicho, había cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes de que fuesen para nadie de provecho á que sin duda aspiraban:
En el almenado alcázar Duerme Zaida sin cuidado. Guarda, mora, que tus grillos Te forja un conde cristiano. Alza y parte, desdichada, Primero que veas relumbrar su espada. Vela, tú, si Zaida duerme, Ó dulce señora mía. ¡Guar del conde que la acecha! Que un caballero te avisa. Alza y parte, desdichada, Primero que veas relumbrar su espada.
Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fué cuando el paje, elevando la voz, llamó á la hermosa Elvira.
--¿Ois, discreta prima?
--¡Cielos! exclamó Elvira sentándose sobre el lecho. ¿Á estas horas?...
--No he podido entender la letra...
--Oigamos, que prosigue.
Volvía efectivamente á empezar de nuevo el músico despechado de no advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas á quienes advertía su propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo un efecto bien diferente en el paje, en su alterada prima, que aún no había vuelto enteramente en sí ríe su asombro, y en don Enrique y Ferrus, que prestando la mayor atención desde su cámara escuchaban.
--Ferrus, dijo don Enrique á la mitad de la copla, desde aquí no podemos ver quién es el músico que tan delicadamente se viene á regalarnos los oídos á deshoras de la noche: el ángulo saliente del alcázar nos impide reconocerle, y aun su voz llega aquí tan desfigurada que es imposible entenderle.
--¿Qué quieres, pues, señor? contestó Ferrus.
--Importa á mis fines confirmar ó desvanecer mis sospechas; ¡voto á Santiago que si fuese!... escucha, Ferrus: baja al soto lo más de prisa que pudieres...
--¿Yo, señor? interrumpió Ferrus con algún sobresalto.
--En el acto, Ferrus: ni una palabra más, y quiero darte instrucciones acerca de lo que en todos casos deberás hacer.
No había medio de replicar á una orden tan positiva: oyó Ferrus las instrucciones que le daban, y se propuso no traspasar los límites del puente levadizo sin llevar consigo á cierta distancia alguno que otro ballestero del destacamento de la puerta para que le guardase las espaldas contra el músico, que podía no gustar de que saliesen á escucharle al claro de la luna.
--¡Cielos! exclamó la agitada camarera saltando del lecho al oir las primeras palabras de la letra. Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía? ¿Mas qué sentido encierran esas palabras? _¡El conde, un caballero te avisa!_ ¡Entiendo, entiendo!
El músico, que oyó aquel rumor en la habitación donde sabía que habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana, abierta ya de par en par, distinguió un leve contorno blanco, que parecía salirse del mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte, y no pudo resistir á la tentación de poner en su carta una posdata para sí.
Volviendo á preludiar en su instrumento, añadió á las dos ya cantadas la siguiente estrofa:
¡Pluguiera á Dios que pudiese Librarse así el caballero Que tienes, señora mía, Entre tus cadenas preso!...
Al llegar aquí no pudo Elvira contener más tiempo el sobresalto y la agitación que la ofuscaban: _basta_, oyó decir el caballero, _basta, trovador imprudente_, á una voz que resonó en su oído como la campana de la población inmediata al caminante perdido, y oyó en pos cerrar con un ¡ay! doloroso la ventana.
Mas no tardó mucho en volverse á abrir. Cesó de pronto el laúd; el músico, cuyo bulto había visto hasta entonces Elvira al pie de su ventana, había mudado entre tanto de sitio, ó había obedecido á la voz celestial: un ruido como de voces ofensivas y alteradas se oyó un breve instante; sucedió un confuso ruido de armas, el cual cesó de allí á poco: sacó Elvira la cabeza por entre los hierros de la reja, como saca el cuello del agua el infeliz, asido de una tabla, que se siente ahogar en medio del mar; un prolongado gemido se siguió al silencio, y retumbó el ruido hueco y resonante de un cuerpo armado que cae en tierra cuan largo es.
Helóse la palabra en la garganta de la infeliz Elvira, que era toda oídos, pues nada alcanzaba á ver. Un momento después se oyó el ruido de un hombre que monta á caballo y parte aceleradamente.
--¡Infeliz! exclamó Elvira después de un momento de pausa glacial; pero un nuevo rumor la obligó á prestar atención.
--¿Dónde está? dijo una voz de hombre que sobrevino de allí á poco.
--¡Qué sé yo! ¡voto á tal! ¿no le oisteis por aquí? respondió otra.
--Debió caer.
--Y también debió levantarse.
--Ó debieron levantarle; según yo oí, no quedó muy bien parado.
--Volvamos, y el diablo le lleve.
--Llévele en buen hora. ¡Ah!
--¿Qué es eso? ¿Os caéis?
--Voto á tal que con el lodo está el piso que parece mármol. Heme caído.
--¿Con el lodo? ¿eh? á ver, volveos: poneos á la luz de la luna. Por el alma del cobarde, que es el diablo quien le ha llevado ó el hechicero, porque aquí ha dejado... toda... su... vida...
--¿Qué decís?
--¿No veis cómo os habéis puesto?
--¿De qué?
--¡De sangre, voto á tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!
El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz Elvira, que por los antecedentes que tenía no podía prescindir de ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su alma como el golpe del martillo que hace entrar á trozos la cuña en la madera: así entraba la horrible realidad en el alma de Elvira. Pero al oir la palabra _sangre_, un estremecimiento involuntario la sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay! penetrante se escapó de su pecho desgarrado, dió consigo en tierra privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió á oir.
Llegó el _ay_ dolorido á los oídos de los dos que hablaban, y era efectivamente tan penetrante é inexplicable, que no sólo en aquel siglo de ignorancia, sino aun en éste, más de un valiente hubiera temblado al escucharle á aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de donde saliese, y sobre el pedazo de tierra que acababa de ser teatro de una muerte, según todas las apariencias.
--¿Has oído? dijo uno al otro. ¡Cuerpo de Cristo! aquí ha quedado su alma para pedir venganza á todo el que pase: ese grito no es de persona; huyamos.
--Huyamos, repuso el compañero. Sonaron un momento sus pasos precipitados al rededor del muro. De allí á un momento nada se oía ni dentro ni fuera, ni en las inmediaciones del funesto alcázar.
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CAPÍTULO IX
Ese caballero, amigo, Díme tú qué señas trae.
_Canción de Rom._