Part 16
En ese país y en Inglaterra hay mucha _librería circulante_, y los libros además se prestan sin dificultad. No es exageración suponer que cada ejemplar ha sido leído por diez personas. El señor Bellamy, por consiguiente, puede jactarse de que han leído ya su obra tres millones de séres humanos. Sobre esta satisfacción de amor propio debe de tener además el gusto más sólido y positivo, suponiendo que sus derechos de autor son por cada ejemplar no más que diez céntimos de _dollar_, de haber cobrado á estas horas por su trabajo treinta mil _dollars_, ó dígase bastante más de ciento cincuenta mil pesetas de nuestra moneda. Tan opimos derechos merecen, en verdad, el pomposo nombre de _royalty_, _realeza_, que tienen en inglés; mientras que los derechos de los autores españoles, salvo en rarísimos casos, debieran llamarse _beggary_, _mendicidad_ ó _pobretería_.
Compungido yo y descorazonado por esta consideración, vengo á sospechar á veces si todo, y singularmente los escritores, estaremos en España muy por bajo del nivel intelectual de otros países. El que en España no se lea no basta á explicar que no se lean nuestros libros. Si fueran buenos, me digo, se traducirían y leerían en otros países, ó bien en otros países aprenderían el español para leernos. ¿No sucede esto por donde quiera, con los libros que se publican en Francia? En nuestra península, y en toda la extensión de la América hispano-parlante ¿para qué ocultarlo? Zola, Flaubert y Daudet son más estimados que Alarcón, que Pereda, y hasta que Pérez Galdós, y de seguro que se han leído y se han vendido más ejemplares de _Nana_ ó de _Germinal_, ó de _La Tierra_, que de _Sotileza_ ó de los _Episodios nacionales_.
Con los libros en inglés aún no sucede esto tanto en las naciones que hablan nuestra lengua; pero los libros en inglés, si llegan á hacerse populares, no han menester de nuestro tributo.
Harto se ve en _Looking backward_. Tal vez sea yo, hasta ahora, gracias al ejemplar que usted me envió de presente, el único español que sabe de dicho libro, y de dicho libro, con todo, se han vendido ya más ejemplares que de ninguna de las novelas de Zola: del más glorioso y á la moda entre los novelistas franceses.
A pesar de cuanto acabo de exponer, quiero desechar mi abatimiento y mi modestia; y, sin rebajar el mérito del escritor extranjero, entiendo que son parte en la fama y en el provecho, que á menudo alcanza, lo bonachón y lo candoroso que es el público de otros países, donde se rodea al escritor de gran prestigio y se le presta autoridad que nosotros le quitamos.
Nosotros no tenemos mala voluntad á los hombres de letras; pero las circunstancias nos encierran en círculo vicioso de difícil salida. Aquí no pocos hombres de mucho talento y bastantes de mediano medran, se enriquecen y encumbran, politiqueando, tratando de curar enfermedades ó defendiendo pleitos. El que compone libros, si no tiene rentas, ó bien si no tiene otras ingeniaturas, permanece siempre casi pordiosero. Y de ello inferimos, ya que el que compone libros está medio loco, ya que es incapaz de ser político hábil, abogado con clientes ó médico con enfermos, por donde se da á literaturas, como quien se da á perros, desengañado y desechado de profesiones más lucrativas.
Pero salgamos de tan tristes meditaciones crematístico-literarias, y hablemos de la novela del Sr. Bellamy.
Nada más rancio, trillado y manoseado que lo fundamental de su argumento. Es un caso de sueño ó letargo prolongadísimo, del cual se despierta al cabo. Ya de Epiménides de Creta, que vivió seis siglos antes de Cristo, se cuenta que estuvo durmiendo cincuenta y siete años. Hermotimo de Clazomene, que floreció poco después, echaba también siestas muy largas; con el aditamiento de que, mientras que su cuerpo dormía, su desatado espíritu se paseaba por todo el universo con la rapidez del rayo. En las edades cristianas, abundan más aún los durmientes, empezando por _los siete_, que, durante la persecución de Decio, se quedaron dormidos en una caverna, y despertaron ciento cincuenta y siete años después, hallando muy cambiadas las cosas del mundo y el cristianismo triunfante.
No sé de país donde no haya cuentos, leyendas, comedias y zarzuelas que se fundan en esta base. Nosotros tenemos á nuestro D. Enrique de Villena, que desde el siglo XV estuvo hecho jigote, y apareció y surgió á nueva vida en _La redoma encantada_, de Hartzenbusch. Por lo común, no se requiere determinación tan heróica como la de hacerse jigote, ni siquiera se exige sueño, para dar un brinco en el tiempo, y plantarse de súbito dos, tres ó cuatro siglos más allá del punto de partida. Basta para ello un éxtasis, un arrobo ó la traslación real á medio más dichoso, donde el correr del tiempo es más raudo.
Yo he leído un cuento japonés, en que un pescadorcillo es llevado á una isla encantada. Allí se casa con cierta mágica princesa. Vuelve á su tierra, en su sentir al cabo de un año, y reconoce que han pasado doscientos ó más, que no tiene ya ni padre, ni madre, ni perrito que le ladre, y que nadie en su tierra le recuerda. Atolondrado, abre entonces una cajita, don de su princesa, cajita que le debía servir, no abriéndola, para volver á la isla encantada; y sale de la cajita un vapor, á manera de nubecilla blanca, que en lo alto del aire se disipa. Entonces siente que caen sobre él, con todo su peso, los doscientos ó trescientos años que habían pasado; y pierde la lozanía de la juventud, y se trueca en un horrendo viejezuelo, que se encoge y consume hasta que muere.
La _Leyenda áurea_, las vidas de los Padres del yermo, en todo país y en diversos idiomas, están llenas de casos semejantes, aunque menos lastimosos. Ya es un monje que se embelesa oyendo cantar un pajarillo, en un soto, cerca de su convento. Vuelve al convento, creyendo haber estado ausente una hora, y ha pasado un siglo. Longfellow ha puesto en verso una historia de esta clase. Ya, como en una preciosa leyenda italiana del siglo XIV, son dos monjes que se extravían en una selva; hallan una barca en la margen de apacible río; se embarcan, se dejan llevar de la corriente, y arriban al Paraíso terrenal. El querubín de la espada flamígera les da libre entrada; y Enoch y Elías los reciben y los agasajan, regalan y deleitan tan maravillosa y elegantemente, que se les hace muy cuesta arriba volver al convento, al cabo de una semana. Pero no hay más recurso que volver. Vuelven, y descubren que han pasado en el Paraíso terrenal la friolera de setecientos años.
La invención, pues, del Sr. Bellamy nada tiene de inaudita. Su héroe, Julián West, se queda dormido, en un sueño magnético, y despierta ciento trece años después. Se duerme en 1887 y despierta en el año 2000 de nuestra Era.
Se advierte en esto otro ingrediente capital, permítaseme la expresión farmacéutica, que entra en la confección de la novela del Sr. Bellamy. La novela es profética: nos pinta lo que serán el mundo y la humanidad dentro de poco más de un siglo.
Tampoco es esto nuevo. Pinturas proféticas por el estilo, acaso más divertidas y más brillantes y pasmosas, se han hecho en casi todas las literaturas. ¿Dónde está, pues, el valer de la novela? ¿Cuál ha sido la causa de su extraordinaria popularidad? A mi ver, el valer de la novela es grande y la causa de los aplausos justísima. Consisten en la buena fe y en el fervor con que el Sr. Bellamy cree y espera en lo que profetiza con alegre y profundo optimismo.
Sin duda que en Europa los descubrimientos é invenciones recientes de la ciencia experimental, la actividad fecunda de la industria, la facilidad de las comunicaciones, la creciente riqueza, las máquinas, el bienestar, el lujo y sus refinamientos, el telégrafo, el teléfono, el alumbrado eléctrico, las Exposiciones universales, los congresos de sabios y otras maravillas, han ensoberbecido y alentado por todo extremo á no pocos hombres, y les han hecho creer en un indefinido progreso humano; pero también esas mismas novedades, primores y adelantos, han influído, en sentido opuesto, en más hombres aún, volviéndolos canijos, descontentadizos, nerviosos y quejumbrosos.
El pesimismo existe desde antes de Job y de Budha; pero pocas veces ha estado más divulgado, más razonado y más boyante que en el día. Pocas veces ha sido, además, más negro y desesperado en Europa: ya porque se afirma la mayor dificultad, cuando no la imposibilidad, de ilusiones, de ideales, de creencias, ó como quieran llamarse, que sirvan de compensación ó de consuelo; ya porque se abultan los peligros en la resolución de urgentes y temerosos problemas; ya porque los impacientes y furiosos quieren resolver estos problemas con desmedida violencia y por virtud de los más truculentos cataclismos.
Inútil me parece detenerme en probar que, en Europa, y singularmente en la segunda mitad de este siglo que va llegando á su fin, hay más desesperación que esperanza, se ve obscuro y tempestuoso el porvenir, y son tétricas la filosofía y la literatura.
La risueña amenidad de algunos reformadores sociales, como Fourier por ejemplo, sólo sirve ya para burlas. Los que en el día aspiran á reformadores, se llaman _nihilistas_, y aturden y aterrorizan á las clases conservadoras. Los poetas siguen siendo desesperados y satánicos, ó bien dimiten, por suponer que la poesía se acaba. Sus negaciones, maldiciones y furores, en vez de salir en verso y raptos líricos, que solían tomarse menos por lo serio, se ponen hoy en prosa, con el método, el orden y las pretensiones didácticas de una ciencia. En vez de Leopardi, Byron ó Baudelaire, tenemos á Schopenhauer. Las pasiones sublimes, los caracteres nobles y desinteresados, los dulces amores, las creencias profundas, todo lo ameno y hermoso se va arrojando de la narración escrita, donde se afirma que la imaginación no debe poner nada de su cosecha. Las obras, pues, de entretenimiento, las más leídas y admiradas, son cuadros horribles de vicios, maldades y miserias, en que el hombre, _bestia humana_, se revuelca en cieno y en sangre. La vida, en la realidad y en la ficción, aparece como una pesadilla cruel, ó como una estúpida é indigna farsa, que no merece ser _vivida_. El mejor término y remate de todo es morirse para descansar. La suprema bienaventuranza del mundo, la última victoria del saber y la más alta realizada aspiración del deseo, serían el _totalicidio_: que la ciencia nos hiciese poderosos para ahogar el necio prurito de vivir que fermenta en las cosas y matar el universo.
Cierto es que la misma exageración de los clamores y de las blasfemias hace que á veces se tengan por fanfarronadas, y que el hombre sereno las ría y no las deplore; pero la insistencia y la generalidad de tantas quejas se sobreponen á la risa, anublan el ánimo más despejado, y angustian al fin y meten en un puño el corazón de más anchuras.
En el conjunto, bien puede asegurarse que de ese otro lado del Atlántico, no hay que lamentar como endémica esta enfermedad del desconsuelo; reina cierta gallarda confianza en los futuros destinos de la humanidad. La tierra es nueva, vasta y pingüe, y cría savia abundante en cuanto se trasplanta en ella. Si de una cepa vetusta, cubierta de filoxera y carcomida por el honguillo, tomamos un buen sarmiento, y le metemos en tierra á alguna distancia, el mugrón se transforma pronto en otra sana y fructífera cepa. Así me figuro yo que ocurre quizá al anglo-americano en relación con el europeo. La prosperidad de esa gran República se diría que promete mayor auge é inmensa ventura para en adelante. Toda dificultad, en vez de desalentar, aumenta los bríos, y hasta regocija con la esperanza de vencerla. Hay ahí cierta emulación, cierta petulancia juvenil, que son útiles, porque persuaden á muchos de que América logrará lo que Europa no ha logrado; resolverá problemas que aquí tenemos por irresolubles, y realizará ideales que nosotros, ya cansados, agotados y viejos, abandonamos por irrealizables y quiméricos. _Excelsior_ es la hermosa y extraña divisa que llevan ustedes en la bandera. Los poetas de ahí están llenos de presentimientos dichosos, y no lloran y se quejan tan desoladamente como los nuestros. La vida para ellos no es lamentación, sino acción incesante, á fin de avanzar más cada día,
_Still achieving, still pursuing,_
y dejando en pos
_Footprints on the sands of time,_
como dice Longfellow, en su _Psalmo_. Todo vate quiere hoy ser ahí más profeta que en parte alguna. Su misión es profetizar y no cantar:
_Life sings not now, but prophesies._
Whittier es á modo de un Ezequiel de nuestro siglo. Con justicia se le saluda como al «cantor de la religión, de la libertad y de la humanidad, cuya palabra de santo fuego despierta la conciencia de una nación culpada y derrite las cadenas de los esclavos».
La poesía lírica de ahí inculca en sus mejores obras que querer es poder. La voluntad tenaz, valerosa y desenfadada, rompe todo límite que el saber imperfecto pone á lo posible. Un buen _yankee_ (y permítame usted que llame así á sus paisanos, por no llamarlos anglo-americanos siempre) un buen _yankee_, digo, alentado por su soberbia esperanza, es como el Reco de la bella leyenda de Russell Lowell; no duda de lograr su anhelo, y se considera como _sobrehumanado_ para lograrle.
«Reco no dudó ya de su ventura. Bajo sus pies á la ciudad volviendo, Pensó que ufano el suelo florecía; Que era más clara la amplitud del éter; Que alas para cruzarle le brotaban; Y que del sol los rayos, en sus venas Infundidos, prestaban á la sangre Calor salubre y levedad celeste.»
Esta fe en el porvenir, esta exultación del espíritu, que nada deja fuera de su alcance, ha sido la Musa que ha inspirado su novela al señor Bellamy.
Al espirar el siglo XX, ó dígase dentro de poco más de un siglo, la más portentosa revolución estará ya consumada; se habrá renovado la faz de la tierra; la condición humana habrá logrado mejoras extraordinarias materiales y morales, y la Jerusalén celeste, ó, si se quiere, la suspirada ciudad de Jauja, habrá bajado del cielo, y extenderá su feliz y dulcísimo imperio sobre todas las lenguas, tribus y naciones del mundo. No quiere decir esto que una Jauja conquistadora tendrá sometido el resto del mundo, sino que la Jauja ideal se realizará por donde quiera, y todo el mundo será Jauja.
Entendámonos, sin embargo. La Jauja realizada en todas partes, no será la grosera y vulgar de que habla el proverbio; la Jauja donde se come, se bebe y no se trabaja. En el nuevo orden de cosas, en la flamante ciudad, no habrá nadie que no trabaje; hombres y mujeres serán trabajadores; pero merced á la ingeniosidad y primor de la maquinaria y á la superior organización del trabajo, el trabajo, lejos de ser fatigoso, será gratísimo.
La vida estará lindamente arreglada. Hasta los veintiún años dura el período de la educación en el nuevo régimen. Las escuelas son tan buenas, que apenas hay quien salga de ellas sin ser un pozo de ciencia, diestro en todos los ejercicios corporales; así de fuerza como de agilidad y de gracia; sano, hermoso y robusto.
Como ya no sobrevienen (estamos en el año 2000) guerras ni desazones, y vivimos en una paz plusquam-octaviana, ni hay quintas, ni mucho menos servicio militar obligatorio. ¿Y para qué, si tampoco hay generales ni ejército guerreador? De lo que no se puede prescindir es de ejército industrial, y todo individuo tiene que servir en este ejército admirablemente regimentado. Pero el servicio es cómodo y ameno, como ya hemos dicho, y á la edad de cuarenta y cinco años termina. Á la edad de cuarenta y cinco años recibe cada cual su licencia absoluta ó bien se jubila. Y no porque ya se le crea inútil, sino porque ya ha cumplido con la sociedad.
Lejos de estar inútil el jubilado ó licenciado, puede asegurarse que está en lo mejor, en el cenit de su edad. La higiene pública y privada, la medicina, la cirugía y el arte culinario han progresado de tal suerte, que el término ordinario de la vida es ya de noventa años. Quedan, pues, después de la jubilación otros cuarenta y cinco años de huelga y reposo, durante los cuales todo hombre y toda mujer disfrutan de las invenciones, fiestas, riquezas, esplendores, magnificencias y deleites que el trabajo, la industria y el ingenio sociales han producido y siguen produciendo, cada día con mayor abundancia, delicadeza, chiste y tino.
Dígole á usted, sin el menor sonrojo, que se me hace la boca agua al pensar en tan jubilante jubilación, en tan honrado y decoroso sibaritismo, y en tan verdadero _gaudeamus_ y _otium cum dignitate_.
Algo he extrañado, pero no para censurar, sino para aplaudir, que el Sr. Bellamy, que tantas cosas reforma ó trueca, todo lo deja como está ahora en lo tocante á las artes cosméticas é indumentarias, _flirt_, noviazgos y belenes. Así da nueva prueba de que en amor y en belleza no hay más que pedir. Hemos llegado á la relativa perfección que, en lo humano, cabe en lo erótico y en lo estético. Lo que podrá conseguir el nuevo organismo social es democratizar la belleza, á saber: que haya más muchachas bonitas, y que no abunden las feas. También se conseguirá, implicado en el progreso del arte macrobiótica, que la hermosura y la edad de los amores duren doble ó triple.
Me pasma que una cosa que aquí, en España, acabamos ahora de establecer como gran progreso, la deseche el Sr. Bellamy como barbaridad ó poco menos. Hablo del Jurado. Aunque en su República ó Utopía apenas ha de haber ignorantes, y en cambio ha de haber pocos pleitos que sentenciar y poquísimos delitos que castigar, todavía entiende el Sr. Bellamy que la ciencia del derecho es tan sublime y la administración de la justicia función tan egregia, que sólo á los sabios la confía, mirando como profanación sacrílega que cualquier ciudadano _lego_ intervenga en ella.
Hay otro punto trascendental, en que (yo lo celebro) va el Sr. Bellamy contra la vulgar corriente progresista. No quiere que la mujer ejerza los mismos empleos públicos que el hombre, y sea, v. gr., alcaldesa, diputada, ministra, senadora ó académica. Todo esto le parece de una insufrible y antiestética ordinariez: lo que por acá llamamos _cursi_. La mujer, en su sistema, reinará en los salones; influirá en todo más que el hombre; inspirará á éste los más nobles sentimientos y altas ideas; le seguirá puliendo y gobernando y mandando, como ha sucedido siempre; y hará que él, por el afán de complacerla, enamorarla y servirla, sea ó procure ser dechado de virtudes y modelo de distinción; discreto, limpio, peripuesto y atildado.
Encanta considerar lo mucho que se disfruta con el nuevo sistema ya establecido. La lucha entre el capital y el trabajo cesa por completo; No hay competencias entre fabricantes del mismo país, ni entre industrias de diversas naciones. Y no hay, por consiguiente, ni aduanas, ni derechos protectores, ni huelgas, ni ruinas y bancarrotas por competir. No hay tampoco un solo soldado que mantener, ni un solo barco de guerra que costear, ni instrumento de destrucción que pagar caro, ni bronce que fundir sino para campanas que repiquen, ni pólvora que gastar sino en salvas.
Síguese de aquí la supresión de multitud de gastos tontísimos; del desorden y del despilfarro que la guerra industrial y la guerra de armas y aun la paz armada ocasionan, y de un enjambre de zánganos ó personas inútiles para la producción de la riqueza, ya que se emplean ó en dislocarla jugando á la Bolsa y en otras especulaciones y operaciones, ó en impedir ó aparentar que impiden que la disloquen, manteniendo lo que ahora se llama orden público, aunque, según el Sr. Bellamy, es un caos enmarañado.
Resultará de tan atinada supresión que nademos en la abundancia, sin que ahogue la plétora de productos. Con el trabajo moderadísimo, que durante veinticuatro años ha de dar cada individuo, bastará y sobrará para que vivamos todos como unos nababos ó reyes durante noventa años.
Varios descubrimientos científicos, previstos ó columbrados por el Sr. Bellamy, conspiran á este fin. El sol, la electricidad y otras energías ocultas en fluidos impalpables, ó en el éter primogenio, nos prestan calor, luz y fuerza productora y locomotora. En vez de enviar por el correo paquetes postales, van por tubería desde los almacenes, con una velocidad de todos los diablos, trajes, brinquillos, alhajas y hasta pianos de cola y coches de cuatro asientos. Tal modo de remitir, ó su artificio, se llama el _teléstolo_ ó el _telepístolo_, y es complemento del telégrafo y del teléfono.
Este último, el teléfono quiero decir, se ha perfeccionado ya por tal extremo en nuestra _Utopía_, que cada cual le tiene en su casa, y sin salir de ella, oye, si quiere, óperas, comedias, sermones y conferencias de Ateneos y Universidades, sin perder nota, ni palabra, ni tilde.
En resolución, sería cuento de nunca acabar si quisiese yo explicar aquí, con todos sus pormenores, lo bien que estará el mundo dentro de ciento trece años.
Todo esto es maravilloso, pero lo es mil veces más lo que he sabido por cartas y periódicos de ahí, y singularmente por el número de Febrero último, que usted me ha enviado, del _Atlantic Monthly_, excelente Revista de literatura, ciencias y artes, que se publica en Boston.
En los Estados Unidos ha entusiasmado _Looking backward_, no sólo como libro de mero pasatiempo, sino como programa práctico de renovación y salvación sociales.
Más aún que en el triunfo anti-esclavista influyó la celebrada novela de la Sra. Harriet Beecher Stowe, se aspira á que influya la novela del Sr. Bellamy en otros triunfos más completos y en la realización de otras novedades mayores.
Se ha formado un partido, _nationalist party_, del que es _Vademecum_ la novela _Looking backward_. El nuevo partido se organiza y cuenta ya con ciento ochenta clubs, esparcidos por varias poblaciones. Hasta ahora no ha acudido este partido á los comicios ó á las urnas electorales; pero acudirá pronto. Dicen que se han alistado en él más gente de refinada educación y más mujeres que obreros. Hay en él, añaden, _a large amount of intellect and comparatively little muscle_, como si dijésemos, pocos músculos y muchos nervios; pero, como quiera que sea, si es admirable que sobre un libro de imaginación, que sobre un ensueño poético, se funde un partido, no es menos admirable la calmosa serenidad con que se miran en los Estados Unidos estos movimientos socialistas, que por aquí asustan ó inquietan no poco á los burgueses y á los ricos.
Yo tengo muy buena opinión de los ingleses y de sus descendientes los anglo-americanos. Creo que son ustedes menos _sensatos_ que lo que nosotros creemos y que lo que llamamos _ser sensatos_, esto es, que la sensibilidad y la fantasía son en ustedes poderosísimas. De aquí la facilidad con que se entusiasman por un libro ó por una teoría. Hará ocho años que Enrique George publicó una obra socialista, que se hizo tan famosa como la del Sr. Bellamy. También de ella se vendieron centenares de miles de ejemplares. Los conservadores de ahí, y no hay que negar que tienen gracia en esto, convierten en argumento contra las censuras de la actual sociedad, que se leen en tales obras, ese mismo pasmoso éxito que las obras obtienen. Bellamy y George describen al pueblo, antes de sus reformas, sumido en horrible pobreza, ignorante, rudo, por culpa de la sociedad. Por bajo de los ricos, dichosos y educados, hay, suponen, una hambrienta y ruda caterva de esclavos del trabajo. A lo cual los conservadores responden: «Si las cosas son así, ¿de dónde salen los trescientos mil sujetos con dinero de sobra para comprar los libros de ustedes, y los millones de sujetos con tiempo y humor para divertirse leyéndolos? Si estuviesen hambrientos no leerían para distraer el hambre». Pero, en mi sentir, no tienen razón en esto los conservadores. Puede haber en un país de sesenta millones de habitantes trescientos mil compradores de un libro que valga tres pesetas y mucha hambre y mucha miseria además.