Nuevas cartas americanas

Part 15

Chapter 153,847 wordsPublic domain

El Sr. Guyau ha escrito una obra titulada _La Irreligión_. Para él consiste el venturoso porvenir de nuestra especie en que la religión se acabe, y casi la da ya por acabada. Sin dificultad, á su ver, y del modo más llano, establece este sabio una moral excelente. Todo el orden social no sólo le explica, sino que le crea, como explicaba Laplace el orden del universo, _sin la hipótesis de Dios_; pero aquí vienen los apuros; donde menos se piensa salta la liebre. Los hombres ilustrados é irreligiosos querrán tener pocos hijos que mantener y educar, y las mujeres ilustradas é irreligiosas apenas querrán parir alguno que otro. Entretanto, las gentes ruines é indoctas, las razas inferiores, echarán al mundo con desmedida profusión infinidad de chiquillos. Por lo cual teme el Sr. Guyau que el linaje humano degenere; que los sabios disminuyan; que los pueblos más cultos, como Francia, se enflaquezcan y pierdan población, y que los negritos ú otros salvajes lo llenen y dominen todo. No recuerdo si el Sr. Guyau arbitra algún recurso para salvar esta dificultad; pero el caso es que la pone.

Y no es de maravillar que ponga una sola, sino que no ponga muchas. Lo que es yo, por más que medito, no veo posible la moral, sin religión ó metafísica que la sirva de base.

Prescindamos de toda revelación sobrenatural; no prestemos crédito sino á los dictados de nuestra razón; pero, aun así, si no afirmo un Dios legislador y hombres con alma responsable, con libre albedrío, capaces de vencer las naturales impurezas y de sobreponerse á los malos instintos para realizar la justicia, el bien y la caridad en el mundo, aun en contra de sus propios intereses, no veo que pueda fundarse racionalmente moral alguna.

Cierto que el gran crítico Lessing separa el dogma cristiano de la moral de Cristo, como hacen ustedes. Para Lessing, la moral es independiente del dogma: independiente de ésta ó de aquélla determinada metafísica ó teología; pero Lessing no destruye por eso toda teología y toda metafísica; antes pone como cimiento firmísimo de la moral una metafísica perenne en sus principios radicales, una teodicea natural, que afirma á Dios, omnipresente en el universo, causa del orden y del progreso, revelándose gradualmente y educando al linaje humano por medio de sucesivas revelaciones. La religión natural, la metafísica perenne, aunque progresiva, no es para este sabio obra del natural discurso sólo, sino del natural discurso con auxilio y revelación de Dios.

Ya ve usted cuánto dista Lessing de los positivistas de ahora. El género humano progresa y se educa, guiado por Dios, y, si Dios le deja de su mano, ni se educa ni progresa.

¿Dónde está esa incompatibilidad que ustedes suponen, entre la ciencia y la religión, entre Dios y la razón humana, cuyo progreso en todo, según Lessing, es un resultado de la constante operación divina y de sus revelaciones, que se suceden en oportuna sazón, cuando ya el espíritu del hombre está en aptitud de recibirlas?

Lejos de mí creer á usted malicioso. Yo creo á usted lleno de candor, y convencidísimo de sus errores; pero, al afirmar que la ciencia es incompatible con la religión, al poner entre ambas perpetuo conflicto, ¿no comprende usted que induce á mucha gente sencilla á dar en irreligiosa y en atea, por no parecer poco ilustrada?

Para tranquilidad de esta gente sencilla, bien puede asegurarse que, aun en el día, son más, muchos más, los sabios religiosos que los irreligiosos. La lista de los que creen en Dios, y hasta de los que son cristianos, vence en cantidad y en calidad á la lista de los sabios incrédulos. No hablo de filósofos, ni de doctores en ciencias morales y políticas: me limito á los que entienden y tratan las ciencias de la naturaleza. La química, la física, la geología, la astronomía, no se oponen, pues, á la fe, digan Draper y otros por el estilo lo que se les antoje. No son embusteros, ni hipócritas, Faraday, Murchison, Hugh Miller, Humphry Davy, Jorge Stephenson, el Padre Secchi, Cuvier, Flourens, Cauchy, Biot, los Ampère, Chevreul, Pasteur y otros mil, que sería prolijo ir aquí enumerando.

A los que no hemos estudiado y sabemos poquísimo de ciencias naturales, á cada paso tratan los físicos, químicos y biólogos incrédulos de taparnos la boca, echándonos en cara nuestra ignorancia. Como no hemos estudiado lo que ellos, no atinamos á explicarnos el Universo sin Dios: la contradicción entre la razón y la ciencia. El mejor y más fácil modo de contestarles es citar á esos otros sabios que son de nuestra opinión, y á quienes no pueden recusar por ignorancia.

En 1865 hubo en Inglaterra, que no es país muy atrasado, un _meeting_ ó asamblea de naturalistas, químicos, astrónomos, etc.; y seiscientos diez y siete, nada menos, escribieron, firmaron y publicaron un manifiesto, declarando que las ciencias que profesan no van contra Dios, ni contra la religión, ni siquiera contra la Biblia. Si algo inventan ó sostienen que parezca oponerse á la palabra de Dios ó á sus Sagradas Escrituras, ya es porque la ciencia es incompletísima aún, y se debe esperar que, cuando se complete, se conciliará todo; ya es porque hemos interpretado mal el sentido de las Sagradas Escrituras, de suerte que el descubrimiento científico no se opone á la misma palabra de Dios, sino á la torcida interpretación que le hemos dado.

Ya ve usted cuán poco irreligiosa es la sana y más docta _mentalidad_ del siglo presente.

Toda religión tiene aun muchos creyentes y defensores, y la nuestra más que ninguna, aunque no he de negar yo que bastantes pequen con frecuencia por exceso de celo.

La revelación divina no pudo hacerse toda de una vez y sobre todo. La marcha ascendente del linaje humano, la ley de la historia, el desenvolvimiento intelectual de las sociedades y de los individuos, todo esto no sería, ó las cosas serían de muy diversa manera, si Dios lo hubiera revelado todo en un solo momento: de un golpe. El hombre, además, ó natural ó sobrenaturalmente, hubiera sido hecho ó _rehecho_ por muy diverso estilo, para que se prestase á recibir la revelación, á entenderla, y á que no fuese en balde. El maestro va por sus pasos contados enseñando á sus discípulos, y no les explica la lógica antes de la gramática, ni el cálculo integral antes de las cuatro reglas de la Aritmética.

Si los primeros Patriarcas, y Abraham, y Jacob, hubieran enseñado toda la doctrina, nada hubiera tenido que revelar Moisés; y si Moisés lo hubiera enseñado todo, hubiera sido supérflua la revelación de Cristo. Cristo mismo, en la última cena, cuando se despide de sus discípulos, declara que aún no lo ha revelado todo. «Aún tengo que deciros muchas cosas, pone el texto de San Juan: mas no las podéis llevar ahora.» Esto es: ahora no os aprovecharían; no las comprenderíais bien. Y añade luego: «Mas cuando viniere aquel espíritu de verdad, os enseñará toda la verdad.» Lo cual, aunque se interprete con la más timorata interpretación, diciendo que eso que Cristo se dejó por decir se lo dijo á los Apóstoles después de resucitado y lo inspiró el Espíritu Santo cuando bajó sobre ellos, todavía es prueba evidente de que no es la revelación simultánea y completa, sino sucesiva, y adaptándose á la capacidad de los hombres á quienes se hace. En confirmación de lo cual viene bien aquello de San Pablo á los de Corinto, cuando les dice que los alimenta con leche y no con manjares sólidos que no pueden digerir todavía.

Traigo aquí todo esto muy pertinentemente, ya que de no entenderlo se han seguido graves males. Bastantes sabios piadosísimos se han empeñado en probar que en la Biblia está todo y que Moisés sabía y revelaba cuanto hay que saber y revelar de física, química, matemáticas, paleontología, cosmogonía, etc.; y en cambio otros incrédulos, en esto no menos cándidos, se obstinan y se enorgullecen disputando con Moisés y probándole que no sabía el sistema de Copérnico, ni que el agua se componía de oxígeno y de hidrógeno, ni otras muchas cosas por el estilo. Los primeros deducen de esta disputa la verdad de la religión, y los segundos su incapacidad, su oposición á la ciencia y su mentira. Yo, sin ser sabio, en nombre de mi pobre sentido común, me atrevo á sostener que no tienen razón ni unos ni otros en sus deducciones.

Entre los apologistas de la religión cristiana hay un inglés, Samuel Kinns, cuya seguridad y cuyos argumentos para probar la concordancia de la revelación y la ciencia pasman por inauditos é inesperados.

Cuenta este señor que hay unos cerrajeros, paisanos suyos, Hobbs, Hart y Compañía, los cuales han inventado y fabricado ciertas llaves y cerraduras maravillosas, de que se vale el Banco de Inglaterra para poner á buen recaudo sus tesoros. Las guardas de cualquiera de estas llaves tienen 15 dientecillos movibles, que, colocándose, ya de un modo, ya de otro, dan lugar á 1.307.674.368.000 combinaciones. Con cualquiera combinación se echa la llave y sólo se desecha ó se abre con la combinación con que se ha cerrado. Hay pues, una sola probabilidad contra un billón y miles de millones, de que alguien abra sin saber la combinación.

Sentado esto, y sentado que los días de la Creación no fueron días, sino largos períodos de millones de años, Samuel Kinns pone quince actos creadores en el orden en que los pone la ciencia, y los concierta, en el mismo orden, con quince frases ó expresiones bíblicas, que responden con exactitud á cada uno de esos actos. De esta suerte, imagina el apologista que deja demostrado que Moisés sabía, por revelación divina, todo lo que la ciencia ha descubierto, tres mil años después, acerca de la Creación del Mundo.

Al más rudo, si recapacita un poco, asaltan varias dudas y razones contra semejante discurso. 1.ª ¿Lo que la ciencia ha descubierto, lo ha descubierto bien, ó saldremos el día menos pensado con que descubre otra cosa que invalida el descubrimiento de hoy? 2.ª ¿Dado que sea ya definitiva é inalterable la cosmogonía de la ciencia, hay ó no hay algo de arbitrario y de más ingenioso que sólido en la harmonía y ajuste perfecto de lo que dice la ciencia y de lo que dice la Biblia? Y 3.ª Aceptando por _verificado_ y evidente todo lo que la ciencia descubrió de la cosmogonía, y por no menos exacto su acuerdo perfectísimo con las palabras de Moisés, ¿qué objeto ni qué propósito tuvo Moisés, ya que sabía todo aquello, de decirlo ó ponerlo tan obscura y concisamente, que fuese logogrifo ó acertijo que nadie había de adivinar sino más de tres mil años después?

Convengamos en que hubiera sido broma pesada, al menos por su duración, la que hubiera dado Moisés á todo el linaje humano, si sabiendo bien todo lo que ocurrió en el Universo desde su origen, lo hubiera dejado en cifra que sólo al cabo de treinta siglos se hubiera podido descifrar. ¿No sería mejor y más piadoso entender que las Sagradas Escrituras están divinamente inspiradas en todo lo que se refiere á la moral y al dogma, y que, en otros puntos, cuando el redactor del libro no es testigo ocular, ó cuando trata de cosas que por inspección ocular no podían saberse, dice lo que en su tiempo se suponía ó se imaginaba?

En virtud de esta distinción, á mi ver discreta, se evitarían lo menos las nueve décimas partes de las controversias entre los creyentes y los incrédulos: casi desaparecerían los supuestos ó fantásticos conflictos entre la religión y la ciencia.

Uno de los más juiciosos apologistas que tiene hoy la religión cristiana, Mons. Van Weddingen, dice en sustancia lo mismo que estamos aquí diciendo. Cada Profeta, cada Padre de la Iglesia, según la física y la química de su tiempo, opinaba lo que mejor le parecía, y no es motivo para negarle ó concederle la cualidad de profeta ó de hombre inspirado por Dios, el que su opinión de entonces concuerde ó no con la opinión de ahora, ó, si se quiere, con la ya clara y manifiesta verdad de los físicos y de los químicos del día.

Dios, directa, materialmente, digámoslo así, y como el maestro enseña á sus discípulos, bien se puede afirmar que no enseñó matemáticas, astronomía, biología ni antropología á nadie.

Quedó, pues, cada hombre con aptitud y en libertad de inventar, de descubrir ó de forjarse los sistemas que sobre cada una de esas ciencias le parecieran más conformes á la verdad.

Así, pues, y sirvan de ejemplo (refiriéndome siempre á Mons. Van Weddingen) San Basilio y San Gregorio de Nyssa que sostienen la espontánea generación de los gérmenes en la tierra y en el agua; y San Agustín, San Isidoro de Sevilla y otros Padres, que casi son darwinistas. Dios creó al principio, según ellos, ciertos gérmenes, _causas primordiales seminales_, que así las llaman, las cuales fueron poco á poco desenvolviéndose. En resolución, termina el apologista citado: «El sabio jesuita Pianciani ha demostrado doctamente que sobre estos puntos delicados se concede entera libertad á la interpretación de cada individuo. La fe queda salva si se reconocen los derechos del divino Creador, y la irreductibilidad del alma de los primeros hombres á las funciones meramente orgánicas». Lo cual significa que sobre cualquiera de dichos puntos puede el sabio, ó el que se figura que lo es, descubrir las verdades más inauditas ó imaginar los más enormes disparates, sin producir conflicto con la religión, siempre que convenga en que Dios lo creó todo y en que ni hay, ni hubo nunca, ser orgánico, que pueda llamarse hombre, sin que Dios infunda en él un alma inmortal hecha á imagen y semejanza suya.

Yo me vuelvo todo ojos para hallar en los escritos de usted, y en otros escritos positivistas algo á modo de prueba de que estos dos conceptos, de Dios y del alma, son falsos. Lo que sí hallo es que, según usted, el concepto de Dios fué preparación indispensable para subir al grado de civilización á que hemos subido; pero ni usted ni nadie me dice qué día, ni qué mes, ni qué año, subimos á ese grado en que ya es menester desechar á Dios, ni por qué es menester desecharle.

Sin embargo, visto que no trato yo de convertir á usted á ninguna religión positiva, como usted ha tratado de convertirme á la religión de la humanidad, voy á prescindir aquí de multitud de dificultades y hasta á dar por verdad varios errores, ó varias afirmaciones, que me parecen errores aunque no lo sean.

Supongo, pues, que el período teológico pasó ya, ó dígase que no se debe ni se puede creer en revelación externa divina. Supongo, además, que también pasó ya para siempre el período metafísico, ó dígase que ya no se puede dar ni aceptar ciencia fundada en revelación interna divina, ó sea en lo absoluto, que se muestra en lo más íntimo y profundo de nuestro sér, y sobre lo cual estriba una ciencia fundamental _á priori_.

Supuesto lo antedicho, no nos quedará sino la ciencia que ustedes llaman positiva: la ciencia que se funda en el empirismo, en las observaciones que hacemos valiéndonos de los sentidos.

Quiero conceder, por último, que solo con esta ciencia, sin nada de metafísica que con ella se combine, no llegaremos jamás á una legítima demostración de la existencia de Dios: que todos los que han querido dar dicha demostración, cristianos y deístas, Fr. Luis de Granada, Newton, Voltaire, Flammarion, todos se han equivocado, según Kant lo prueba.

Nos quedamos, pues con el positivismo escueto: con las seis ciencias de la Enciclopedia de Comte y de Littré. Pero si por ellas no podemos llegar á lo sobrenatural para afirmarle, ¿por qué ni cómo hemos de llegar para negarle?

Aun tomándonos la libertad de negarle sin fundado motivo, no explicaríamos las cosas, sino que las confundiríamos y enredaríamos más. El recurso del _altruismo_ y del egoísmo para explicar lo bueno y lo malo, en moral, no vale, sin libre albedrío. Dice Vogt: «Si no me enseñan el alma, no creo que la hay»; dice Virchow, que como no ve el alma, no la acepta; y Feuerbach y cien otros aseguran que lo que piensa es el fósforo, lamentando mucho que, con tantas patatas como ahora se comen, los cerebros humanos se pongan pesadísimos é incapaces. En cuanto al vicio y á la virtud, harto sabida es la chistosa expresión de Taine: «El vicio y la virtud son productos químicos, como el vitriolo y el azúcar».

Inventemos, pues, un sistema, saliéndonos del método experimental, y haciendo sobre esto la vista gorda. Demos de barato que no hubo al principio más que el éter, ó sea infinidad de cuerpecillos insecables, átomos dotados de fuerza eterna y de tres ó cuatro movimientos perpetuos, uno en línea recta, otro giratorio y otro de pegarse unos á otros y formar poliedros. Con tanto moverse estos átomos, vino á resultar que sus fuerzas se contrapusieron maravillosamente, y todo se paró y quedó en equilibrio; y hubo tinieblas y silencio; si no la nada, algo parecido. Pero de súbito se rompe el equilibrio (y no sabemos por qué, aunque no sabemos tampoco por qué se estableció), y el equilibrio ya roto, empezaron á formarse pelotitas luminosas, y fué la luz; y luego, según se ajustaban y combinaban los poliedros, que los hubo sin duda de varias clases además de las pelotitas, salían sólidos, y líquidos, y gases; y luego vida, y plantas, y bichos; y luego hombres, y conciencia, y pensamiento: y sociedad, é historia, y revoluciones, y guerra, y progreso, y todo cuanto hay hasta ahora, y hasta que á los átomos se les antoje volver á la inmovilidad primera ó sea al equilibrio, y nos quedemos otra vez á obscuras, ó dígase, todo silencio, tinieblas y muerte.

Consideremos exacto todo esto como si lo hubiéramos visto, tocado y verificado. Y si el sistema no gusta, le modificaremos, ó expondremos el de otro sabio por el mismo estilo. Pero, entonces, ¿qué razón hay para que merezcan alabanza y gloria Augusto Comte y Catalina de Vaux, por haber sido dos turrones de azúcar? ¿Qué responsabilidad tiene, qué castigo merece el más infame criminal por haber sido un frasco de vitriolo? Si yo soy _altruista_, es porque los átomos que me componen me llevan al _altruismo_, y si soy egoísta, es porque mis átomos confederados se hallan muy á gusto con su confederación y no quieren romperla, aunque se lleve pateta todas las otras confederaciones existentes ó posibles.

Usted y gran número de otros positivistas honrados no se conforman con ser sólo laboratorios de azúcar; y con que la virtud y la diabetes vengan á ser casi lo mismo. De aquí que hayan ustedes inventado ó aceptado esa fantasmagoría ó mojiganga del Ser-Supremo-Humanidad, que nada explica ni remedia.

Abrazada la doctrina del positivismo, negada toda religión, negada toda metafísica, desengáñese usted, no hay más recurso que caer en el _agnosticismo_.

Lo conocido, lo verificado por observación sensible y por experiencia, es como una isla, todo lo grande y hermosa que se quiera, pero circundada de mar tenebroso y sin límites. Esta isla, ¿quién sabe si tendrá cimientos que la mantengan firme en medio de ese mar, ó si flotará sin cimientos á merced de las olas? Lo desconocido no queda lejos, aunque en el centro de la isla nos pongamos, sino que la invade toda, y está hasta en el aire que en ella se respira. Desesperados muchos de los habitantes de la isla, todos ellos sabios, ó semisabios, han declarado lo desconocido incognoscible; pero algunos han recobrado la esperanza, y, con los medios que la isla da de sí, se han engolfado en el mar tenebroso y desconocido, á ver si le exploran. Uno de estos navegantes audaces es el Sr. Enrique Drummond, de que ya he hablado á usted, y de cuya navegación y descubrimientos tenía yo empeño en dar noticia, por ser tan curiosos: pero la empresa es atrevida y peligrosa y desisto de llevarla á cabo.

Básteme afirmar que no es aislado capricho de Enrique Drummond esto de subir por la escala de las ciencias empíricas hasta la última y suprema hipótesis que lo explique todo, construyendo ó reconstruyendo la metafísica y singularmente la teodicea. En todos los países cultos se advierten síntomas de tan ineludible propensión, y de la actividad que, movido por ella, el espíritu humano va desplegando.

En Francia acaba de aparecer un libro que llama ya la atención por el título sólo, y donde se nota el pensamiento fundamental de que aquí se trata. El libro se titula _El porvenir de la metafísica fundada en la experiencia_, por Alfredo Fouillée.

En nuestra misma España ha aparecido otro libro, que apenas he tenido tiempo de hojear aún, pero en el cual, por lo poco que he visto, presiento que el movimiento intelectual del mundo me depara un auxiliar poderoso. El autor de este libro (cuyo nombre, Estanislao Sánchez Calvo, confieso que al recibir el libro conocí por vez primera) quiere reconstruir también la metafísica: descubrir lo incógnito, que no es incognoscible para él, partiendo de las ciencias positivas; probar, en suma, que lo inconsciente de Hartmann, que es, en efecto, inconsciente para nosotros, es, por eso mismo, lo maravilloso, lo estupendo, lo certero, lo infalible, lo rico de providencia y de inteligencia, que mueve desde el átomo hasta el organismo más complicado: pero que este motor, de quien tal vez no tenemos conciencia los que por él somos movidos, la tiene él de sí y en sí, y lo penetra y lo llena todo, siendo al mismo tiempo _todo y uno_, porque si las demás cosas son algo, y si no son nada porque no son él, es por el ser que él les da. En resolución: ese prurito de producir formas, vidas y evoluciones; esa energía constante de los séres que siguen inconcientemente su camino prescrito, y van á su fin en virtud de leyes indefectibles y eternas, es la incesante operación de lo inconsciente, el milagro perpetuo de lo que, siendo inconsciente para nosotros, es _supraconsciente_, y es Dios.

El libro que expone y procura demostrar esta doctrina, con mucha ciencia y extraordinario ingenio, se titula _Filosofía de lo maravilloso positivo_. Su autor parte del positivismo; pero anhela fundar nueva metafísica y teología nueva, concurriendo, por lo menos, á probar, si no que el ateísmo es falso y que la vacía religión de la humanidad es absurda, que el ateísmo y la religión de la humanidad no contentan ni aquietan á nadie, ni valen para nada bueno.

NOVELA-PROGRAMA

_A la Sra. de R. G._

Mi distinguida amiga: Hace ya meses que me envió usted un ejemplar de _Looking backward_, novela de Eduardo Bellamy, impresa en Boston en 1889. En seguida dí á usted las gracias por su presente; pero, como tengo tantas cosas que leer y tantos asuntos á que atender, confieso que no leí la novela, y la dejé arrinconada.

Pasó tiempo, y un día la novela cayó de nuevo por casualidad entre mis manos. Entonces reparé en una cosa en que no había reparado antes, y que no pudo menos de mover mi curiosidad hacia la novela. En letra mucho más menuda que el título y por bajo de él, decía la portada: _two hundredth thousand_.

Estas tres palabras me dieron dentera, ó, si se quiere, envidia. Yo también soy autor, y no estoy exento de tener envidia á otros más dichosos autores.

Las tres palabras indicaban que de la flamante novela se habían vendido ya doscientos mil ejemplares cuando se imprimió el que yo había recibido. Desde entonces hasta ahora ha pasado tiempo bastante para que se vendan otros cien mil. Bien se puede afirmar, pues, que lo menos trescientos mil ejemplares de _Looking backward_ han sido ya vendidos.