Part 14
No hay, con todo, medio alguno de que ustedes acepten ni cuerpos flúidos, ni nada que sea equivalente. Son ustedes tan materialistas y tan ateos como el que más. La Religión de la humanidad es sólo poesía sin substancia y delirio vano.
Como únicamente puede comprenderse la religión de ustedes es como uno de los mil arbitrios, el más ineficaz, á mi ver, á que apelan los pensadores de nuestros días, cuando, después de destruir la realidad superior é invisible dentro de lo conocido, buscan lo _ideal_, y hablan de él y quieren rendirle adoración y culto.
Todo otro arbitrio para poner lo _ideal_, es, repito, más eficaz que el de ustedes. Aun suponiendo que la razón, la _mentalidad_ del siglo XIX como usted la llama, no logre columbrarle, ¿por qué hemos de negar que no logren columbrarle otras facultades del alma humana, y que no le vean y reconozcan, no sólo como _ideal_, sino como _real_, con limpia, clara y refulgente realidad objetiva, cuya luz acabe por penetrar en el universo concebido por la ciencia, y encerrado por ella en cárcel sombría, y al fin le ilumine y le explique?
Yo confieso que no pocas de estas tentativas de realizar lo ideal, y de traerle al mundo de la ciencia, y de iluminar con él sus tinieblas, me son simpáticas, por disparatadas que sean. Por esto me hacen tanta gracia el _perfeccionismo absoluto_ del señor Dosamantes, el espiritismo, el budismo esotérico y otros sistemas así.
Hay varias escuelas de ateísmo, todas, por desgracia muy florecientes ahora. Si sus principios no se hubieran infiltrado en las almas de mucha gente vulgar, que no ha estudiado nada y que filosofa sin saber que filosofa, y como por instinto, apenas tendría yo excusa para hablar de estas cosas con ligereza, y sin detenido estudio y reposo; pero yo, al discurrir sobre esto, no voy á revelar lo que se afirma en las cátedras y entre los muy doctos, sino que voy á tratar de ideas que corren y se difunden por las calles y por las plazas, que penetran en la vida social é influyen en ella.
Aunque se me tilde de impropiedad en el lenguaje porque en lo falso y en lo absurdo no quepa más ni menos, yo empiezo por creer que, siendo absurdas todas las negaciones de Dios, hay unas más absurdas, y menos absurdas otras.
Si el mundo es un valle de lágrimas sin esperanza en otra vida mejor; si todos los seres padecen; si la injusticia triunfa; si el orden físico y el orden moral no existen y si no hay más que desorden, como no hemos de suponer un poder infinito que se complazca en el dolor y en la miseria, ni tampoco hemos de fingir para soberano ordenador del mundo un sér benigno, pero sin fuerza y sin saber que basten á remediar lo malo, ó, mejor dicho, á no haberlo hecho, parece legítima consecuencia la negación de Dios. Lo falso está en las premisas, prescindiendo ahora de lo misterioso é inexplicable de que los seres obedezcan á ciertas leyes, aunque sean inicuas, sin que haya legislador que dé esas leyes; de que salga la conciencia de lo que no tiene conciencia, y de que brote un prurito certero y una voluntad eficaz de ser, sin persona donde la raíz de este prurito y de esta voluntad resida.
Con todo: yo creo que el ateísmo pesimista de Leopardi, de Schopenhauer y de Hartmann, es el menos desatinado: hay en él no poco del budismo trasplantado á Europa.
Pero cuando sostenemos que todo está divinamente concertado; que todo concurre y se encamina á la perfección de modo indefectible, se comprende mucho menos que nadie sea ateo.
Augusto Comte, á mediados de este siglo descubrió y explicó las leyes por cuya virtud el linaje humano va encaminándose á una sublime y noble bienaventuranza á través de los períodos teológico, metafísico y, por último positivo; pero estas leyes que descubrió Augusto Comte estaban ya promulgadas y eran obedecidas desde el principio ó desde la eternidad; luego hubo inteligencia que las dictó y poder que las hizo obedecer desde entonces. Tan acertadas y bienhechoras leyes no las dictó ni las impuso el Gran Fetiche, que es la tierra que habitamos, ni el Gran Medio, que es el espacio en que la tierra se mueve, ni la Virgen-Madre, que es la Humanidad, nacida en virtud de estas leyes. El Sér Supremo positivista es uno y trino: es un compuesto del Gran Medio, del Gran Fetiche y de la Virgen-Madre; pero tampoco da las leyes: se limita á obedecerlas y á irse encaminando así á la perfección.
Claro se ve que esta religión positivista es absurda para los teólogos y para los metafísicos; pero, digo la verdad, no comprendo el enojo, las burlas y las protestas contra ella de los positivistas no religiosos. Á mi ver, ustedes son tan lógicos como ellos, y además son más amenos. Con semejante fantasmagoría ó camelo de religión no se invalida ni se desnaturaliza la doctrina del Maestro. Ni ustedes vuelven á restablecer los agentes sobrenaturales del período teológico ni lo que llaman ustedes abstracciones realizadas del período metafísico, como Dios, esencia y causa: ustedes se limitan, para recreo y hechizo poético de los hombres, á personificar cosas harto reales y visibles, que no tienen nada de abstracción, á saber: el universo todo, el planeta en que habitamos y cuantos animales racionales le pueblan, considerándolos en su conjunto.
No acusaré yo á ustedes de inconsecuentes, como otros los acusan, calificando su religión en lo tocante al culto de los héroes, de paganismo; y en lo tocante á la devoción fervorosa á las mujeres, de plagio de la devoción á la Virgen María de los católicos. No deroga la religión de ustedes, que no es religión, la ley positivista que hace de la religión el grado ínfimo en el desarrollo intelectual de los hombres. La religión de ustedes es un objeto artístico, un primor, un adorno, de mejor ó peor gusto, pero que, en lo esencial, ni quita ni pone.
No hay que decir que yo no creo en la afirmación de Augusto Comte. Yo creo lo contrario. La religión es inmortal, es indestructible como ciencia y como sentimiento. Desde todos los puntos, desde aquellos que más distantes nos parecen, y por todos los caminos, cuando más pensamos apartarnos de la religión, de la metafísica y de la teología, volvemos á ellas, sin poder evitarlo. Si algún valor tiene la religión de ustedes, es el de la sombra, el del espectro, que distrae y fascina y tal vez impide á ustedes ó ver la verdadera religión que penetra en el positivismo, ó salir á buscarla, desde el seno de ese positivismo, siguiendo sus métodos, y apoyándose en él y tomándole como punto de partida.
En contraposición á la vana religión de ustedes, he de permitirme decirles algo, dado lo poco que sé y creo penetrar, de los esfuerzos y tentativas para recobrar la religión verdadera y para hacer de ella una ciencia positiva en el seno del positivismo, completando así la enciclopedia de Augusto Comte, y añadiendo á sus seis ciencias, que se siguen y encadenan, otra más alta que es la teología.
Bien puede asegurarse que Herberto Spencer ha mejorado y perfeccionado el positivismo, creando la _filosofía de la evolución_, por cuya virtud trata de explicarlo todo. Lo que se queda por explicar, ó es lo incognoscible en sí, ó la acción de lo incognoscible. Tenemos, pues, lo incognoscible fuera de la ciencia; pero algo es, ya que, al afirmar que no se deja conocer, lo afirmamos.
De esta suerte Herberto Spencer, que procede al principio como Augusto Comte, considerando la religión como superstición y puerilidad, vuelve reflexivamente á la religión después de haber recorrido toda la ciencia. Herberto Spencer funda esta segunda religión reflexiva, la religión de lo incognoscible, y aun la pone por cima de toda la ciencia: inexpugnable, invencible é indestructible.
«La omnipresencia, dice, de algo superior al entendimiento humano, es una creencia común á todas las religiones. Nada tiene que temer esta creencia de la lógica más severa. Es una verdad última de la mayor certidumbre, una verdad sobre la cual las religiones todas están de acuerdo, y está de acuerdo igualmente la ciencia. Hay un poder impenetrable, del cual es manifestación el Universo.»
Fundada así la religión agnóstica, ya, según he leído en varios libros, hay en Inglaterra positivistas que han formado Iglesia para dar culto á este incognoscible, escondido siempre y presente siempre en todo. En el fondo de todos los fenómenos físicos y morales está lo incognoscible, está lo que nosotros llamamos Dios, y esto es lo que adoran.
Para Herberto Spencer, tiempo, espacio, causa, substancia, movimiento, espíritu, son términos ininteligibles y llenos de contradicciones.
No sabemos más que enlazar algunos fenómenos según la ley de continuidad. Resulta, pues, al último extremo del empirismo baconiano y del positivismo comtiano, un profundo misterio religioso. Detrás de cada objeto, en el centro de cada cosa, en nosotros mismos, está lo incognoscible, y todo es efecto de su perpetua é incesante operación divina.
Apenas hay filósofos que no se contradigan, y Herberto Spencer no es excepción de la regla. Al lado de la modestia con que declara que casi no sabe nada, viene la inaudita y temeraria pretensión de explicarlo todo con su evolución universal. Empieza por la nebulosa primitiva, y, desde ella, con su evolución, nos va creando los astros, los fenómenos geológicos, la aparición de la vida, y luego el progreso de plantas y animales, y, por último, el desarrollo de la sensibilidad y de la inteligencia, las artes, los oficios, el saber, la formación de las sociedades, y su florecimiento y sus adelantos.
Lo cierto es que, supuestos lo incognoscible y su perpetua operación divina, con decir _será lo que Dios quisiere_, estamos al cabo de toda dificultad, y no hay para qué calentarse la cabeza. Pero es lo malo que, al pretender explicarlo todo, como si hubiésemos arrebatado su secreto á lo incognoscible, incurrimos en dificultades nuevas. Aunque Dios, lo incognoscible, pudo hacer las cosas de mil modos distintos, que nosotros ni comprendemos ni imaginamos, desde el momento en que afirmamos que las hizo de un modo, tal vez incurrimos en error, y el error queda patente si se prueba que de ese modo no las hizo.
Así entiendo yo que el sistema de la evolución universal de Herberto Spencer queda refutado por un libro de un discípulo del señor Pasteur, llamado Dionisio Cochin. El libro se titula _La evolución y la vida_, y recomiendo á usted su lectura.
Acaso, leyéndole, venga usted á convencerse, como yo me he convencido, de que no hay una sola evolución, sino de que ha habido tres, ó dos por lo menos. Con la materia primera, y con leyes matemáticas, físicas y químicas, por mucho que se haya _evolucionado_, no ha podido aparecer la vida. La vida no se explica sin los gérmenes, sin otra intervención de lo incognoscible, sin algo como nueva creación, que marca nueva era y el principio de evolución más alta. Y no vale salvar la dificultad como la salva Sir Guillermo Thomson, imaginando que cayó en nuestro planeta un pedazo de astro viejo, todo cuajado de microbios. Esto sería trasladar la dificultad á ese astro viejo; endosársela, pero no resolverla.
Con la aparición de la conciencia, del entendimiento, del sér humano, ocurre lo mismo.
Entre lo que vive y lo que no vive, entre lo que piensa y lo que no piensa, no hay término medio; no hay eslabón que enlace la cadena y acredite como evidente la ley de continuidad. De la substancia viva más imperfecta á la substancia sin vida más hermosa y rica, al diamante, al cristal, al oro más puro, hay un abismo. Y desde el más grosero pensamiento al instinto más perfecto del animal, hay otro abismo también. Fuerza es, pues, admitir la solución de la continuidad de Herberto Spencer, y tres evoluciones en vez de una: la de la materia inorgánica, la de la vida y la de la conciencia.
Ignoro si un señor llamado Enrique Drummond, es inglés, ó _yankee_. Sólo sé que, estando yo en los Estados Unidos, apareció allí y se puso muy en moda un libro suyo, impreso en Boston, que se titula _Leyes naturales en el mundo espiritual_.
Aunque yo, según he confesado, sé poquísimo, y no tengo la pretensión de enseñar, y sólo escribo para divertirme y divertir, si puedo, á quien me lea, todavía, sin pasar de mero aficionado á sabio, tengo mis opiniones arraigadísimas, contra las cuales nada prevalece. Y una de estas opiniones es que el método empírico sirve para explicar los fenómenos y sus relaciones: para clasificar los seres y ponerlos como en un casillero; mas no para explicar las causas y elevarse á la metafísica, previamente desechada. Así, pues, yo considero falso el pensamiento fundamental de Enrique Drummond, y yo considero irrealizable su intento.
Sin embargo, el intento de Enrique Drummond es tan sano y tan sublimemente benévolo y el arte y el discurso con que le realiza son tan ingeniosos, que no puedo resistir á la tentación de hacer aquí un extracto de su sistema.
Así verá usted como la _mentalidad_, en este tercer período histórico llamado positivo, no excluye la religión ni la teología, sino que desde el seno del positivismo, y por métodos positivistas, volvemos á ellas. Y volvemos, no ya sólo á una religión metafísica, á una teología natural ó teodicea creada por el discurso, sino á la religión revelada, cristiana, positiva y católica.
Usted y su hermano, que son tan entusiastas y tan devotos de San Pablo, de Santa Teresa de Jesús y de San Ignacio de Loyola, quién sabe si cuando vean que, sin dejar los carriles del positivismo, pueden llegar con Enrique Drummond á creer en lo que creyeron dichos Santos, no acabarán por abjurar de esa Religión de la Humanidad, sin más Dios que la Humanidad misma, y por volver al Catolicismo, el cual, dado, como yo creo, que la religión no ha concluído ni concluirá nunca, es la verdadera religión de la Humanidad: la religión definitiva.
Pero tratar de esto requiere bastante extensión y capítulo aparte.
II.
En estos últimos días he recibido un nuevo folleto de usted (segunda carta á D. Zorobabel Rodríguez), por el cual veo que sigue usted predicando su Religión de la Humanidad, aunque asegura que no quiere polémicas. Yo no las quiero tampoco: pero necesito exponer las razones principales que me mueven á no convertirme, como usted me aconseja en la extensa carta que me escribió; y además, esto me da ocasión para discurrir y cavilar sobre la irreligión del día, sobre eso que usted llama la _mentalidad_, del período positivo en que estamos, _mentalidad_ que se opone, según usted, á que creamos en nada sobrenatural, por donde San Pablo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, y todos los mejores Santos del Calendario, y todos los más nobles y generosos héroes de la Historia, no creerían en Dios si viviesen ahora, y sólo á la Humanidad darían adoración y culto.
Es innegable que el materialismo, el ateísmo y el positivismo, que es un ateísmo disimulado y vergonzante, florecen demasiado en el día, pero los positivistas y ateos se engañan en imaginar que el mundo es ya de ellos, y que esta edad es la de la razón, y que la de la fe pasó para siempre.
Yo creo que estamos en plena edad de fe, y que, si el perderla implicase progreso, de poco progreso podríamos jactarnos.
Todavía, á mediados de este siglo, en 1847, ha aparecido en Persia una religión nueva que ha hecho correr la sangre á ríos, y ha dado al mundo millares de mártires. La moral de esta religión es purísima y dulce; sus libros sagrados, muy poéticos; su creencia y su amor en Dios y á Dios, profundos. El Conde de Gobineau y el Sr. Franck, del Instituto de Francia, han expuesto su doctrina y escrito la historia de esta religión reciente, el _babismo_, cuyo dogma capital es la encarnación perpetua de Dios en diez y nueve personas.
Se me dirá que esto ocurre en Persia, que es tierra de bárbaros; pero que en la culta Europa y en las otras regiones, por donde su civilización se ha difundido, no caben ya semejantes delirios.
Nada más arbitrario que tal suposición. En pocas edades han aparecido más profetas y fundadores de religiones que en el día. Básteme citar al conde de Saint-Simón, á los polacos Wronski y Towianski, á los yankees Channing, Parker y José Smith, y al francés Hipólito Rodríguez, sin duda israelita de origen, que aspira á crear la religión universal y definitiva, combinando y reconciliando las tres hijas de la Biblia, las religiones de Moisés, Cristo y Mahoma, é interpretando con piedad profunda el apólogo famoso de Natán el Sabio.
Harto sé que se me dirá que todos estos flamantes profetas estaban locos de atar; pero veamos, por otra parte, cómo sigue reinando el espíritu religioso, y habrá que decirme que está loco todo el humano linaje, ó habrá que confesar que la religión, la fe y la creencia en Dios son indestructibles.
No voy á citar á ningún Padre de la Iglesia, ni á ningún apologista católico, sino al Sr. Vacherot, el cual entiende que Dios no existe sino en nuestra mente, que es nuestra hechura, y que desaparecerá con nosotros. Dios, sin embargo, para el Sr. Vacherot, está muy lejos de desaparecer.
En su libro _La religión_, presume este autor que la religión pasará; que el linaje humano dará al cabo el salto progresivo del _estado religioso_ al _estado científico_; pero ¿quién sabe? El día en que se dé este salto, está aún á millares de años de nosotros.
Mis libros están tan en desorden, que he andado media hora buscando uno muy divertido para citársele á usted con exactitud (á este propósito), y no he podido hallarle. Sea todo por Dios. Es este libro de un sabio francés, no recuerdo el nombre, el cual asegura que _La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún_. Para este señor, el Sér Supremo de Augusto Comte es un Dios nonato. La Humanidad, según sus cálculos, nacerá dentro de catorce mil años, si mal no recuerdo. Compaginando esto ahora con lo que dice Vacherot sobre el salto del estado religioso al científico, me atrevo á prever que el tal salto no se hará hasta dentro de los mencionados catorce mil años.
Por lo pronto tenemos á casi todos los hombres aferradísimos á la religión, y, por consiguiente, incapaces de elevarse á la vida colectiva.
«Si tendemos la vista, dice Vacherot, por el inmenso imperio de las religiones, en pleno siglo XIX, este espectáculo desanimará á los librepensadores, que esperan ó creen llegado el reino de la razón en nuestro planeta, y tranquilizará á los creyentes, asustados con las conquistas de la incredulidad, en los tres últimos siglos.»
En efecto: Vacherot echa sus cuentas, tomando los datos del primer libro de Geografía ó de Estadística que tiene en casa, y resulta que de mil doscientos millones de seres humanos, que pueblan el mundo, casi todos profesan alguna religión. Hay centenares de millones de cristianos, de budistas y de muslimes; y, lo que es más de lamentar para los filósofos, hasta las más antiguas supersticiones, sectas y religiones semiselváticas, persisten aún. El fetichismo y el chamanismo conservan millones de sectarios.
¿Dónde está, pues, esa _mentalidad_, propia de la época, y que tan resueltamente prohibe, no ya seguir una religión positiva, sino creer en Dios racionalmente?
En la carta que usted me escribe, en las que escribe á Doña Emilia y á D. Zorobabel, y en todos los otros escritos, habla usted de dicha _mentalidad_; pero ni me la enseña, ni yo la veo.
Lo que yo veo y lo que ve todo el mundo es que, enfrente de la inmensa turba de creyentes, apenas habrá, esparcidos por toda la faz de la tierra, unos cuantos miles de librepensadores incrédulos.
La _mentalidad_ de que usted habla no es, pues, general. Debe quedar reducida á los sabios y filósofos, ó, mejor diremos, á los sabios sólo, ya que usted no admite tampoco, en estos tiempos, la filosofía especulativa ó metafísica. Significa, sin duda, la tal _mentalidad_, que la ciencia y la religión son incompatibles en el estado de progreso á que la ciencia ha llegado.
Si la ciencia se divulga, la incredulidad, sin la cual no hay ciencia, también debe divulgarse.
Supongamos ahora que los pueblos bárbaros del Oriente inmóvil, y que las turbas rudas y sin ciencia de Europa y de América, y los semisalvajes de África, todos religiosos, á su modo cada uno, no deben contar por nada, y que el porvenir y los destinos del género humano dependen de los sabios, que casi todos viven en las grandes capitales. ¿Cuándo lograrán estos sabios difundir por donde quiera su _mentalidad_, como usted la llama?
Lo más raro que hay en el caso es que muchos de esos sabios, aun de los más incrédulos, no desean que la incredulidad se divulgue, y hasta tienen miedo y horror á que el vulgo llegue á ser tan incrédulo como ellos. Unos miran la religión como freno para las turbas ignorantes y codiciosas; otros, como consuelo para los tristes, menesterosos y desvalidos. De aquí que muchos sabios de éstos se pongan muy sentimentales y melancólicos de matar la fe, después de soñar con que acaban de matarla. Ernesto Renan es de los melancólicos, si mira la religión como consuelo. Si la mira como freno, inventa mil diabluras, que parecen desatinos, para refrenar al vulgo de otra suerte.
En uno de sus diálogos propone que la ciencia vuelva á ser oculta, y que los sabios formen algo como colegios sacerdotales, para que cuando el pueblo se subleve y haga alguna barbaridad, los sabios, que sabrán ya más que ahora, castiguen al pueblo con una buena peste, ó con terremotos, ó con inundaciones, ó con lluvias de fuego, ó con otras plagas.
Interminable y enojosa tarea sería citar aquí textos de autores racionalistas que se lamentan y aterrorizan de que el vulgo se vaya _racionalizando_. Suponen que, perdida la fe, no adquirirá en cambio la ciencia, y se lanzará desbocado á satisfacer sus bestiales apetitos. El citado Vacherot manifiesta repetidas veces y muy elocuentemente estos temores. Tenemos, pues, no corta cantidad de sabios incrédulos que se inclinan á que sea la incredulidad exclusivo privilegio de los sabios. Por un lado, matan ó creen matar toda creencia religiosa en los libros que componen, y por otro lado, deploran con amargura que las creencias mueran. Se parecen á aquel Rey de un cuento oriental, que había dado su palabra real de decapitar á cuantos se pusiesen á adivinar cierto enigma y no le adivinasen. Los alrededores de la gran capital del referido Rey estaban llenos de cabezas cortadas, colocadas en sendos postes; pero, como el Rey tenía muy compasivo y buen corazón, no hacía más que llorar por aquellas muertes de que él mismo era causa, para no faltar á su palabra.
Convengamos en que son dignos de risa los incrédulos llorones. Si es ilusión, si es mentira todo lo trascendente y divino, ¿por qué llorar su pérdida? El sabio, que consagra su vida a la verdad, ¿cómo puede figurarse que la verdad sea nociva y funesta? ¿Cómo da por cimiento á la ventura de sus semejantes, á su moralidad y á su bondad, el error, el engaño ó la falsía.
Los positivistas ortodoxos como usted, y no pocos sabios incrédulos de otras escuelas, son en este punto más lógicos. Para unos, toda religión ha sido siempre contraria á la moral, á la dicha y al progreso; para otros, ha sido toda religión utilísima, indispensable, hasta hace muy poco, para todos esos altos fines; mas para todos ellos toda religión es perjudicial en el día, salvo la meramente alegórica que ustedes han inventado.
No negaré que ustedes se contradicen menos; pero son ustedes pocos, y no todos muy firmes en su opinión. Al fundar la moral, sin el sostén y la base de una metafísica ó de una doctrina religiosa, tocan ustedes la dificultad; y á menudo vacilan. A veces salen ustedes por el registro que menos se prevé. Pondré de ello un ejemplo curiosísimo y algo chistoso.