Part 13
Si antes de los Incas, hacia el siglo X de nuestra era, habían tenido los peruanos escritura hieroglífica, esta escritura se había perdido en tiempo de los Incas, lo cual implica un retroceso en la cultura. Cuando la aparición de los españoles, sólo había los _quipos_ ó nudos hechos con hilos de diversos colores. Por muy ingenioso que supongamos este arte y por muy hábiles y sagaces que fueran los _quipocamayos_ ó interpretadores de _quipos_, me parece que es menester sobrada buena voluntad y fe grande para aceptar como evidentes, gracias á los _quipos_, los datos cronológicos y estadísticos sobre la duración, riqueza y censo del imperio de los Incas y sobre la bienaventuranza de sus súbditos, antes de la feroz conquista española. En fin, sea como sea, el daño hecho está ya y no tiene remedio. Yo convengo en que los aventureros, que iban de España á las Indias solían ser unos desalmados, lo peor de cada casa: y convengo en que el Padre Valverde era un fanático; un fraile _trabucaire_, como diríamos ahora. Pero, por amor de Dios, ¿no se resiste ó repugna á todo recto juicio que matásemos á disgustos y á malos tratamientos á tantos millones de séres humanos? ¿Cómo creer que déspotas como Viracocha, Pachacutec, Yupanquí, Huayna-Capac y Huascar, hacían más dichosos á sus súbditos, fomentaban más la población, las ciencias, las artes y la prosperidad, que los Gobernadores y Arzobispos, enviados á Lima por los católicos reyes de España, entre los cuales Arzobispos hubo santos y entre los cuales Gobernadores ó Virreyes los hubo tan buenos y tan filantrópicos como el conde de Superunda?
Sin duda que los reyes de España eran despóticos también, pero ¿cómo habían de serlo tanto como los Incas?
En fin, la misma enormidad de la acusación que se nos hace, destruye toda su fuerza. Sólo el apasionamiento y el afán de seguir las modas de París bastan á explicar que se crea que, en virtud de leyes paternales y protectoras de los indios, y yendo á Lima de Virreyes hombres eminentes, de lo más ilustre por saber, nacimiento y servicios, Hurtados de Mendoza, Toledos, Castros, Fernández de Córdoba, Velascos y Portocarreros, exterminásemos millones y millones de indios en poco más de trescientos años y convirtiésemos el Perú en un desierto.
En resolución, yo entiendo, no sólo por lo muy español, sino por lo muy progresista que soy, que es tan absurdo y apasionado el suponer con _saudades_ un imperio de los Incas, maravilloso de bueno, cuya bondad destruyeron los españoles, como el imaginar una época de los Virreyes más floreciente y feliz que la época actual, cuando emancipado é independiente el Perú crece en población, riqueza y cultura, abre ferrocarriles que pronto salvarán los Andes, y se dispone á ser, á pesar de recientes contratiempos y desgracias, una grande y poderosa república y á convertir á Lima en una de las más bellas, populosas y espléndidas capitales del mundo.
Los capítulos sobre Chorrillos, que es el Biarritz, el Trouville ó el Ostende peruano; y sobre la _quena_, flauta, música y canto de los indios, son poéticos y curiosos.
Todo el libro, en suma, nos hace formar claro y hermoso concepto del Perú, en 1873, cuando usted le visitó. Ojalá que dentro de poco, en cercano porvenir, se vean ya realizadas para el Perú todas las halagüeñas y fundadas esperanzas que usted hace concebir y concibe.
Y aquí termino esta larguísima carta, no sin reiterar á usted mi cordial y cumplida enhorabuena por la publicación de sus obras reunidas.
LA RELIGIÓN DE LA HUMANIDAD
(Á DON JUAN ENRIQUE LAGARRIGUE)
I.
Muy señor mío y querido amigo: Mi propósito de examinar y criticar la _Circular religiosa_ de usted, publicada en Santiago de Chile el día 6 de Descartes del año 98 de la Gran Crisis, quedó apenas á medio cumplir ó en suspenso, por culpa de mis grandes quehaceres y de la dificultad de la empresa, superior sin duda á mis fuerzas. Impidió también que yo terminase aquel trabajo mi falta de fe en mí mismo, ó lo desengañadísimo que estoy de mi literatura. Años ha que padezco esta enfermedad mental ó manía, casi incurable, que excita á los hombres á escribir; pero jamás he creído en la utilidad de mis escritos. Mi justificación estaba y está, pues, en procurar que sean divertidos, y en que, ya que no instruyan al prójimo, le den agradable pasatiempo.
En España toda persona que lee sabe más que yo, y toda persona que sabe menos que yo, ó no sabe leer tampoco, ó no quiere fatigarse leyendo. Carezco, pues, de público á quien enseñar; pero, ¿por qué, me digo no ha de haber personas á quienes entretengan mis escritos? Por pocas que sean estas personas, de ellas hago mi público, y á ellas me dirijo.
Por lo expuesto comprenderá usted y disculpará en mí el tono de broma con que en mis cartas anteriores he tratado de las doctrinas de usted. Aun así no han faltado graves sujetos que me han reprendido por perder mi tiempo en exponer locuras, aunque sea para refutarlas. Todavía no he hallado á nadie que no califique de locuras las doctrinas que usted sostiene. Esto acabó de retraerme de seguir exponiéndolas y refutándolas.
En tal disposición de ánimo me encontraba yo, cuando recibí desde París, donde su hermano de usted, Jorge, reside un libro de este _apóstol de la humanidad_, titulado _Lettres sur le positivisme_. El libro me venía dedicado con frases para mí tan cariñosas y lisonjeras, que hube de quedar á usted y á su hermano profundamente agradecido. Recibí después, con fecha 17 de Shakespeare del año 100 (25 de septiembre de 1888), una extensa carta (impresa en un folleto de 60 páginas), que usted me dirige sobre la _Religión de la Humanidad_. Y he recibido, por último, con singular dedicatoria autógrafa, otra carta de usted á la señora doña Emilia Pardo Bazán, sobre el mismo asunto, escrita el día 2 de Arquímedes del año 101 (27 de marzo de 1889 de nuestra era), también en Santiago de Chile.
Contienen estos documentos, elegantemente impresos y escritos, unos en castellano y otros en francés, tan discretas y bien concertadas razones, tanta cortesía y tanto afecto amistoso para doña Emilia y para mí, que sería yo harto descortés é ingrato si no contestase con benevolencia.
Prescindo, pues, de lo que me dicen ciertos espíritus que presumen de superiores y de invulnerables para toda idea que ellos no consideren sensata, y voy á contestar á usted, teniéndole por sensato y cuerdo, y además por excelente, bondadoso y sabio.
Si yo hubiera de tener por locos á cuantos no piensan como yo y sostienen lo contrario, enteramente lo contrario, el planeta en que vivimos me parecería un manicomio. Lo más atinado, pues, y lo más caritativo, es pensar que todos tenemos juicio; que todos estamos de acuerdo en bastantes puntos, y que, si discordamos en otros, la discordancia es un bien, ya que sin ella no habría materia para escribir y para hablar, y nos aburriríamos de quedarnos callados, y se nos embotaría el entendimiento sin nada que le estimulase, aguzase y acicalase.
Remueve, además, los escrúpulos que me arredraban, atajando el correr de mi pluma, la consideración de que son pocos los escritores que escriben para revelar inauditas verdades. Harto sé que yo no he abierto ni
«Abriré nuevos senderos á la errante humanidad».
pero ¿por qué no he de solazarme un rato charlando con ella, ó al menos con aquella mínima parte de ella tan desocupada y benigna que tenga vagar y paciencia para leerme?
Con este presupuesto, voy á contestar á la amable carta de usted.
Augusto Comte es el glorioso fundador de la secta que usted sigue, dividida hoy en dos ó más iglesias. Suponer que hasta cierto momento de su vida Augusto Comte fué juicioso, y que fué atinado cuanto dijo, y que después, con el mucho cavilar, se le descompusieron los sesos, y no acertó á decir sino disparates, se me antoja suposición arbitraria. O la locura de Augusto Comte está en toda su vida y en todos sus escritos, ó no hay ni hubo tal locura jamás[B].
Para mí, tan desatinado es Augusto Comte al principio como al fin, pero yo respeto, aplaudo y admiro los desatinos cuando están hábilmente ordenados y entrelazados, é implican saber, entusiasmo é ingenio.
La grande obra del maestro de ustedes era «dar á la filosofía el método positivo de las ciencias, y á las ciencias la unidad de conjunto de la filosofía».
Cuando murió el Maestro, el 5 de diciembre de 1857, sus discípulos y apóstoles aseguraban todos que, salvo ligeras imperfecciones, dicha grande obra estaba realizada: había _filosofía positiva_; ciencia y filosofía se habían compenetrado y formaban completa unidad.
Convengamos en lo uno; pero ¿cómo es posible convenir en lo completo? ¿No quedaba, fuera de lo sabido por observación y por experiencia, mucho de incognoscible ó de incógnito? Mucho quedaba, y no me explico cómo no se ríe usted conmigo del donoso remedio que se ha buscado para este mal. Lo incógnito es incognoscible. La esfera del pensamiento humano se encoge y se achica para que sólo quepa en ella el conocimiento _verificado_. Todo otro conocimiento se llama conocimiento _imaginado_. Se le da el título de _absoluto_ ó de _ideal_, y se le declara inaccesible.
Sea así. Vayamos más allá, si se quiere. Tratemos de suprimir lo absoluto, y no sólo de declararlo inaccesible. Repitamos con Littré: «El universo nos aparece hoy como un conjunto, cuyas causas están en él mismo, y que llamamos leyes. La inmanencia es la ciencia que explica el universo por causas que están en él. La inmanencia es directamente infinita, porque, desechando tipos y figuras, nos pone en inmediata relación con los motores eternos de un universo ilimitado, y descubre al pensamiento estupefacto y extasiado los mundos lanzados en el abismo del espacio y la vida lanzada en el abismo del tiempo.» Con más claridad y con menos pompa, esto significa que no hay Dios; que el mundo es eterno; que él mismo es causa y efecto; y que sin inteligencia crea inteligencia, sin voluntad ni saber impone leyes indefectibles, sin vida crea vidas, y sin ser persona produce personas. Fuera de lo absurdo, gratuito y pasmoso de tales afirmaciones clara se ve la contradicción en que Littré incurre. Ni una sola de esas afirmaciones es conocimiento _verificado_; nace de observación, de experiencia, de lo que él llama filosofía positiva ó ciencia pura. Luego es teología, aunque negativa: luego es metafísica; y al poner tales afirmaciones destruimos todo el sistema, y, en vez de sostener que pasó el período teológico y que pasó el período metafísico, y que hoy estamos ya en el período científico, en plena edad de razón, volvemos á ser teólogos ó metafísicos, aunque harto empecatados.
Yo no tengo en este punto que refutar á Littré: él mismo se refuta y se retracta, con más recto aviso, diciendo: «No conocemos ni el origen ni el fin de las cosas y no hay razón para negar ni para afirmar que haya algo más allá de ese origen y de ese fin.» La doctrina ó filosofía positiva no niega, pues, ni afirma á Dios. La Naturaleza no vale para reemplazarle. «¿Quién es esa señora?»--preguntaba el conde José de Maistre. «Si la Naturaleza significa el conjunto de las cosas que nos son conocidas, este conocimiento es relativo como ellas; es experimental, y deja fuera las regiones de lo incognoscible: y si la Naturaleza es un poder infinito, autor y ordenador del Universo, no hay saber positivo que halle al cabo de sus investigaciones ese poder, que por lo tanto debemos pasar en silencio. Experimentalmente no sabemos nada de la eternidad de la materia ni de la hipótesis de Dios.»
Ya se ve que Littré, en sus momentos más lúcidos, se declara neutral: ni afirma ni niega. Pone lo sobrenatural fuera de nuestro alcance; por cima de nuestro raciocinio. Pero, ¿no habrá otras facultades de nuestra alma, por cuya virtud se pueda llegar á él?
Yo veo que este positivismo _agnóstico_ deja abierta la puerta á la imaginación, á la fe, á la intuición amorosa del alma afectiva, ó quién sabe á qué otras facultades y potencias, para tender el vuelo y explayarse por ese infinito inexplorado, y apartar de él la desesperada calificación de incognoscible.
De aquí que, en mi sentir, por el positivismo de Augusto Comte podamos volver de nuevo á las más fervorosas creencias, como por el sensualismo de Condillac volvió á ellas el ya citado conde José de Maistre.
¿Quién sabe si en el extremo del positivismo agnóstico, ó dígase del agnosticismo, no está ya cuajándose y brotando un misticismo flamante? En todo caso, esto sería lo que llama el vulgo _salto atrás_, y lo que llaman _atavismo_ los doctos. Según usted asegura, y según aseguran otros autores, Augusto Comte se inspiró en el conde José de Maistre, éste en el teósofo Saint-Martin, y Saint-Martin en aquel español ó portugués misteriosísimo que se firmaba Martinez Pascual, que escribió la _Reintegración de los seres_, influyó tanto en el florecimiento de los misticismos y teosofías del fin de la pasada centuria, y desapareció luego.
Como quiera que ello sea, fuerza es convenir en que el más ilustre discípulo de Augusto Comte fué Emilio Littré, y en que Emilio Littré, á la muerte del Maestro, aceptó la herencia á beneficio de inventario, repudiando notable parte de ella. Otros la recogieron y la aceptaron toda con plena piedad, y de aquí el cisma, que aún dura.
Para no confundirnos, llamaré al positivismo de Littré _no religioso_, y llamaré _religioso_ al positivismo de usted y de los que como usted piensan. Bueno es, no obstante, que se entienda desde luego que el positivismo no religioso de Littré puede concertarse un día, si ya no se concierta en algunos espíritus, con religión verdadera, y aun con teosofía y aun con misticismo exaltado, mientras que en el positivismo de ustedes, con ese vano y absurdo fantasma de religión que ponen ustedes, es imposible é incompatible toda religión que tenga algunas condiciones de tal.
Hasta 1842, en que publicó Augusto Comte el tomo VI y último de su _Curso de filosofía positiva_ todos los hombres que le siguen y pueden contarse por positivistas, con más ó menos restricciones, correcciones ó aditamentos, como el citado Littré, Herberto Spencer, Stuart Mill, Lewes, Taine, Robinet, Huxley y otros, creen que Augusto Comte estaba sano; pero ya, en 1845, empieza el período patológico de la vida del maestro. Su locura es evidente y declarada para todos los dichos sabios, desde 1851, en que publica el Maestro su _Sistema de política positiva ó tratado de Sociología, instituyendo la religión de la humanidad_.
Divididos así en dos el espíritu y la vida de Comte, tenemos un Comte loco y otro cuerdo. Los que le aceptan y glorifican hasta 1845 se consideran juiciosísimos, y declaran loco al Maestro durante los últimos doce años de su vida, y á todos ustedes, que le aceptan por completo, los dan por locos de remate, hablando sin rodeos y dejando á un lado las perífrasis y los eufemismos elegantes ó científicos de que ellos se valen al formular la declaración.
Para el que, como yo, no es positivista, ni de una clase ni de otra; para el que entiende que no se acabó ya la teología, ni se acabó la metafísica á fin de que no haya más que ciencia, y para el que cree que toda ciencia es imposible sin metafísica y sin teología, tanto los positivistas no religiosos como los religiosos, se equivocan; pero, sin duda, en mi sentir, se equivocan más ustedes, los religiosos, sin que llame yo por eso á la equivocación locura, sino error ó extravío generoso nacido de un noble y puro sentimiento que en balde han querido ustedes ahogar en el alma.
Yo no niego, además, que hay un procedimiento dialéctico en el pensamiento de Comte; que no funda su religión porque sí; que su religión no fué lo que vulgarmente llamamos una salida de tono.
Lo que hay de más simpático en el positivismo es la crítica, á mi ver, imparcial, elevada, entusiasta y optimista con que juzga la historia, para marcar en ella el movimiento ascendente del humano linaje hacia la luz y hacia el bien, pasando por los estados teológico y metafísico para llegar al científico al cabo. En este progreso, los positivistas declaran, y usted confirma, que la creación más grande del hombre ha sido la Iglesia católica, institución soberana del orden social, comunidad de los pueblos en una misma fe, organismo tan alto y benéfico, que, como usted asegura jamás puede desaparecer. Y añade usted luego: «Lo que sí sucederá es que se perfeccione.» Y esta perfección fué muy extraña. Augusto Comte se convirtió en Padre Santo; apartó las personas reales de Dios y de la Virgen Madre, y puso en lugar de ellas, y usurpando sus nombres, dos figuras retóricas; y así fundó la religión de la humanidad ó el catolicismo positivo.
¿Tienen alguna fuerza las razones que usted da en favor de su religión nueva; en alabanza de ese catolicismo _perfeccionado_? Yo entiendo que las razones de usted le destruyen por su base. «Augusto Comte, dice usted, no podía instituir su doctrina en nombre de Dios, porque, dada la _mentalidad_ de nuestro tiempo, no podía sentirse inspirado sobrenaturalmente. Hubiera faltado á la profunda sinceridad que le caracteriza».
«Moisés y San Pablo, añade usted, influyeron grandemente en moralizar el mundo. Estos ilustres servidores de la humanidad fueron sinceros al atribuir á revelación divina los preceptos religiosos que dictó cada uno de ellos, porque sus respectivos medios sociales eran teológicos. En el medio social positivo que alcanzamos, creerse inspirado de Dios supondría una perturbación cerebral».
A esto, y adoptando el severo criterio de usted, cualquiera podrá añadir que mayor perturbación cerebral supone aún, en el medio social positivo en que estamos viviendo, sin creerse inspirado por Dios, no sólo negando su inspiración, sino negándole á Él ó desconociéndole, ponerse á fundar religión nueva. Cualquiera otra determinación parece menos disparatada. Y, sin embargo, la determinación de ustedes tiene excusa, una vez aceptado el positivismo hasta donde Littré le acepta.
El remate de su doctrina oficial es como un punto elevado, resbaladizo, con abismos por todas partes, donde se exige al positivista que se tenga en equilibrio, y donde el equilibrio no es posible. Es necesario caer en alguno de esos abismos.
No es dado quedarse sin negar ni afirmar la materia eterna ó Dios. El positivista cae del escollo en que se ha encaramado aunque se agarre con las uñas, á fin de no caerse, á los preceptos de Littré, declarándose, con modestia, incompetente para decidir sobre tales asuntos.
Lo más común es que caiga en el materialismo y en el ateísmo. Littré cae con frecuencia, como se lo prueba Caro en el extenso libro que ha escrito sobre él, y al que me remito.
Y cae también la turbamulta de positivistas franceses, ingleses, alemanes y españoles, que con más ó menos pudor y disimulo van á seguir la bandera de Büchner, de Moleschott, de Carlos Vogt ó de Haeckel.
El señor Menéndez y Pelayo, que ha estudiado bien todo esto en sus _Heterodoxos_, trae larga lista de secuaces del positivismo en España, y apenas hay uno que se haya quedado en la neutralidad modesta y antimetafísica: casi todos caen en el materialismo, descollando entre ellos el catalán Pompeyo Janer. Hasta los antiguos y nebulosos krausistas, empezando por don Nicolás Salmerón, han venido á dar en el positivismo en los últimos tiempos; pero todos estos positivistas españoles pertenecen á la secta no religiosa. Menéndez y Pelayo, cuya diligencia y erudición son admirables, sólo nos cita dos positivistas españoles religiosos: D. José Segundo Flórez y el naturalista cubano don Andrés Poey, ninguno de los cuales debe haber fundado iglesia entre nosotros. Si la ha fundado, estará escondida en tenebrosas catacumbas, cuando Menéndez y Pelayo, que todo lo escudriña, no ha dado con ella. Lícito es, pues, afirmar sintéticamente que en España no hay positivistas religiosos. La Religión de la Humanidad, no hace prosélitos por aquí. Estéril y desairada misión me parece esa que usted y su hermano quieren confiarnos, á doña Emilia Pardo Bazán y á mí, de ser en España los apóstoles de la Religión de la Humanidad: el Santiago y la Santa Teresa de esta nueva creencia.
Las lisonjas, amonestaciones y consejos de usted son cantos de sirena, á los cuales doña Emilia y yo debemos tabicar con cera los oídos, imitando al prudente Ulises. Si los oyésemos, si nos dejásemos seducir, iríamos á parar al cómico martirio, no de la hoguera, no de la degollación, no de la estrangulación, sino de las silbas y de las burlas. España está muy hundida en el _negativismo_, como usted le llama: y no hay quien la saque de él á tres tirones. Lo que dice usted á doña Emilia es para deslumbrar á cualquiera, pero ella no es un cualquiera y no se dejará deslumbrar. Usted le dice, entre otras cosas: «Anhelo que revele usted la Religión de la Humanidad á las nobles españolas, sus compatriotas; que las haga influir en la conversión de sus padres, de sus esposos, de sus hijos descaminados en el _negativismo_; que convierta usted misma, exhortándolos fuertemente, á varios de los esclarecidos varones de España, para que se pongan al servicio de la grandiosa doctrina con la que tanto pueden enaltecer á su patria y al mundo entero; que su palabra circule radiante de unción, no sólo por la península ibérica, sino también por toda la América española, infundiendo convicciones tan sublimes como inquebrantables: que su santa y vigorosa elocuencia invada á París para concurrir á la regeneración definitiva de la gran ciudad por la cual se modelan todas las naciones; y que, cuando llegue la hora solemne de su transformación personal de la vida objetiva á la vida subjetiva (pasar de la vida objetiva á la vida subjetiva equivale á morirse entre los profanos), experimente usted el inefable goce de haber trabajado de todo corazón y con todas sus fuerzas por la Religión universal, y pase á incorporarse, resplandeciendo con eterna aureola, en la Humanidad, nuestro verdadero Sér Supremo, desde cuyo glorioso seno continuaría usted guiando almas con el inolvidable ejemplo de su abnegada labor, y con sus virtuosos y magistrales escritos».
En medio del entusiasmo, de la elocuencia, del profundo convencimiento de usted, doña Emilia no podrá menos de reconocer la inanidad de sus promesas y lo inconsistente de ese Sér Supremo, en cuyo seno usted la coloca, y lo falso de su eternidad, ya que el día menos pensado se seca la Tierra, como parece que se secó la luna, ó se apaga el sol, ó se cae en él la Tierra, ú ocurre á la Tierra cualquier otro percance, y el Sér Supremo, inventado por Augusto Comte, tiene lastimoso fin, con toda la ciencia, con todas las invenciones y con todos los primores, y con todas las filosofías, más ó menos positivas, que ha ido confeccionando en unos cuantos siglos.
Caro, en su libro sobre el positivismo, amenaza también á ustedes con la fin del mundo para demostrar la falsedad y la vanidad de la religión del progreso. «Entonces, el hombre y su civilización, sus esfuerzos, sus artes y sus ciencias, todo habrá sido. Todo perecerá con la vida de nuestro globo; y, si no queda en alguna parte un pensamiento que recuerde, y conciencias que recojan los resultados de tantos sacrificios, la tal religión del progreso es la burla más cruel del pobre animal humano, á quien inútilmente se ha turbado en su miserable dicha, y se ha espoleado para que corra en pos de quimeras y de perfecciones cuyo término es la nada.»
Lo cierto es que, para evitar estos tropiezos y sostener el progreso indefinido en toda su grandeza, el positivismo vale poco, y es mil veces mejor _el perfeccionismo absoluto_ del Sr. Dosamantes. Con los cuerpos flúidos, dotados de la virtud de lanzarse á otros mundos, chico inconveniente sería que éste se hundiese ó acabase. Nos pondríamos en salvo y nos iríamos á planetas más bellos y más cómodos, diciendo: _Ahí queda eso_, como dicen que dijo el cura de Gabia.