Part 17
El _Atlantic Monthly_ trae un extenso artículo de un Sr. Walker, refutando las doctrinas del señor Bellamy y del _partido nacionalista_. Yo, en ciertos puntos, doy la razón al Sr. Walker; en otros no puedo dársela, y en bastantes puntos, lo confieso, me apesadumbra que el Sr. Walker tenga razón. Es un dolor que ideal tan agradable se desvanezca; que se reduzca á ensueño fugaz un porvenir tan magnífico y próximo.
La verdad es que, como el héroe de la novela, Julián West, se pasa durmiendo los ciento trece años durante los cuales cambia la faz del mundo, Julián West no ve cómo se verifica el cambio. Bellamy se guarda de decirlo, y su impugnador Walker no se hace cargo tampoco de esta importantísima mutación, completa ya en el segundo milenio de la Era Cristiana.
Bellamy, cuando empezó á escribir su novela, puso el cambio mucho más tarde. La reaparición de Julián West, en el mundo renovado, ocurre en el tercer milenio; en el año de 3000. Después reflexionó Bellamy que, al poner tan largo plazo, si bien hacía la mutación mucho menos inverosímil, casi quitaba toda mira práctica á su libro, pues no se forma partido militante, ni se organizan clubs, ni se escriben _plataformas_ ó programas, por meramente posibilista que se sea, para realizar algo dentro de mil ciento trece años. Entonces rebajó mil años, y dejó sólo ciento trece.
Por lo visto era indispensable, ó por lo menos conveniente y apocalíptico, que la renovación se nos revelase en un milenio. Durante mucho tiempo, en el horror y en las tinieblas de la Edad Media, imaginaron los hombres que la fin del mundo sería el año 1000. Ahora que vivimos mejor, hemos adelantado mucho y no debemos estar desesperados, importa imaginar, para el año de 2000, una risueña y deleitosa Apocalipsis.
Al imaginarla y escribirla, nos presenta Bellamy su nueva Jauja, su nueva Jerusalén ya fundada; pero tiene la astucia de no hablar de la destrucción de la ciudad antigua sobre cuyas ruinas se levanta la nueva.
Sin duda ha omitido esto, pasándolo en silencio mientras duerme Julián West, á fin de no aterrar al público.
Supongamos perfectamente realizable el plan de Bellamy, sin que tenga cambio radical la humana naturaleza; todo por obra del mecanismo social.
Para destruir el actual mecanismo, que tantos intereses sostiene, y para destruirle pacíficamente, por evolución, como Bellamy quiere que sea, así en la novela como en el programa publicado después por su partido, me parecen pocos los mil ciento trece años. Y si la destrucción ó la mudanza ha de ser sólo en ciento trece años, entonces no será por evolución, sino en virtud de una revolución tremenda y de encarnizadas y horribles guerras sociales. No de otra suerte se concibe que los que tienen se dejen despojar de cuanto tienen para que el pueblo se _incaute_ de ello, y, sin quedarse con nada, se lo entregue al Estado, que venga á ser, como representante y gerente de la nación, el único capitalista.
Aunque para el despojo de los propietarios se valga la nación ó el Estado, su gerente, de mil habilidades, no conseguirá que no sea despojo, ni que tranquilamente se consume. El medio más suave que se ve es dar un plazo á los tenedores de papel de la deuda; pagarles hasta entonces algo más de tanto por ciento, y anunciar que después no cobrarán nada. Esto bastará para que los fondos bajen á cero y quede la deuda destruída. A todas las grandes empresas industriales se les podrá fijar un plazo también á cuya espiración todo será del Estado, como los ferrocarriles. Y en cuanto á los pequeños industriales, labriegos, terratenientes, etc., se les podrá ir poco á poco aumentando la contribución, hasta que adviertan que es una tontería quebrarse la cabeza cuidando de los instrumentos de producción, tierra, aperos de la labranza, etc., para entregar luego al Estado casi todo lo producido. Entonces dirán al Estado, quédate con todo, ó, sin que se lo digan, el Estado se quedará con todo para cobrarse de lo que deban á la Hacienda pública.
De esta suerte, y á mi ver no sin violentísima oposición, que será menester sofocar, se logrará la primera parte del programa del Sr. Bellamy: que se convierta en hacienda pública cuanta hacienda haya.
Verificada así la _incautación_ total, quedará por cumplir la segunda parte del programa, que me parece mucho más difícil todavía; que el Estado _incautador_ nos alimente, nos vista, nos divierta y nos regale á todos con esplendidez y elegancia, sin que cada uno de nosotros le dé más que el trabajo que podemos dar en un poquito más de la cuarta parte de nuestra vida, ya que las otras tres cuartas partes quedan para holgarnos.
A toda persona profana se le ofrecen montes de dificultades para que se realice, sin tropiezo, plan tan exquisito. Lo primero que cree necesitar es una fe tan profunda y una confianza tan omnímoda en el Gobierno, convertido en capitalista, como la que Cristo en el Sermón de la Montaña, nos recomienda que tengamos en nuestro Padre que está en el cielo, el cual nos dará el pan de cada día y cuanto nos haga falta por añadidura, de suerte que, sin preocuparnos del día de mañana, viviremos como los pajaritos del aire, que no acopian trigo en graneros y Dios los alimenta. Lo segundo que nos asusta es la serie de borrascas parlamentarias y aun de pronunciamientos que habría (en España, pongo por caso) para quitarse el poder unos á otros, si el poder se extendiese á repartirlo todo, cuando hoy nos alborotamos tanto por repartir, quiero suponer, para que no se me tilde de exagerado, la tercera parte, á lo más. Y lo tercero que aterra es la inhabilidad vehementemente sospechada en que pudieran incurrir los encargados de dirigir todas las operaciones de la riqueza (producción, circulación y consumo), cuando hoy yerran tanto los Gobiernos, sin emplearse apenas sino en repartir y en consumir. Sabido es que lo más difícil de esta ciencia, arte y oficio de la riqueza, es el producirla. Repartirla y consumirla es mucho más llano; y hasta ahora los Gobiernos casi no se emplean sino en repartir y en consumir, á no ser que se considere producción el orden y la seguridad qué nos dan, ó que se presume que nos dan, por medio de la justicia y de la fuerza pública, para que los que producen algo lo produzcan tranquilamente y sin temor de que los depoje nadie, como no sea el Gobierno mismo.
Milita en pro de la vehemente sospecha de incapacidad de todo Gobierno para producir la riqueza, esto es, para ser fabricante, agricultor ó comerciante, la consideración de que el Gobierno vende ó arrienda y no administra lo que posee. En España apenas ejerce ya por sí otra industria que la del banquero en el juego de la lotería, pues vende las tierras que eran del Estado, y arrienda sus minas, y arrienda, por último, el monopolio del tabaco, con lo cual el público fuma mejor y más barato.
Todo esto lo dirán los no iniciados en las doctrinas y en el plan que expone en su novela Bellamy; pero los iniciados responderán que el nuevo artificio administrativo es tan prodigioso, que por su virtud, y no por la ciencia y buena maña de los administradores, ha de salir todo bien. Así, valiéndonos de un símil, cualquiera hallará absurdo el suponer que alguien, si ignora la música y no tiene ejercitadas y diestras las manos, toque en el piano, v. gr., la marcha del _Tannhauser_ de Wagner; pero merced á cierta maquinaria y á ciertos cartoncitos que se han inventado, todo hombre, y hasta un niño si no es manco, toca al piano lo que quiere dándole á un manubrio.
Hay, pues, una nueva ciencia de la Administración, para cuyo estudio no es menester leerse el fárrago enorme, aunque _digesto_, recopilado por los Freixas y Clarianas, y Alcubillas. Basta con estudiar y empaparse bien en algunas páginas de _Looking backward_. Entonces, conocidos ó atisbados los recursos de que la nueva ciencia dispone, se cobra confianza, y se ve que hasta el más porro puede dar vuelta al manubrio administrativo.
Algo del portento de su mecanismo se presiente al observar los buenos efectos que hasta el mecanismo administrativo de hoy, con ser tan complicado, produce en ocasiones.
Cierto amigo mío (confieso que en extremo maldiciente) suponía sin motivo que un director general de Correos, que hubo muchos años ha, distaba bastante de ser un águila; y, sin embargo, añadía: ¿Quieren ustedes creer que recibo de diario todas las cartas que me escriben, sin que se extravíe una sola? De aquí infería él que la Administración era perfectísima, y que por sí sola hacía infaliblemente los servicios.
Aplicada á los demás ramos esta perfección del de correos, queda resuelto el problema y triunfante el plan de Bellamy, salvo que en otros ramos se requiere mayor seguridad para no andar siempre con el alma en un hilo; porque, si ponemos á un lado un corto número de nobilísimas almas, el vulgo de ellas se preocupa, más que de recibir tiernas epístolas, de recibir el corporal alimento, y prefiere el cuervo de Elías á todas las palomas mensajeras, aunque sean las del propio carro de Venus.
Pero, en fin, Bellamy afirma que por su sistema lo recibiremos todo con seguridad y regularidad indefectibles. El sistema de Bellamy merece, pues, ser examinado.
Para mí no valen algunos prejuicios con que los descontentadizos ó incrédulos, desde luego y sin examen, le desechan.
Imposible parece, dicen, que, siendo tan fácil la reforma, por cuya virtud habrá felicidad, paz y holganza universales, no se haya antes ocurrido á nadie la reforma. Pero esto tiene muy obvia contestación. De no pocas de las más benéficas invenciones de estos últimos tiempos se puede decir lo mismo. Desde antes que apareciese el linaje humano hay hulla ú hornaguera en nuestra mansión terrestre, y á nadie, hasta hace poco, se le antojó emplearla para combustible. Desde que hay ollas y se guisa, brinca la tapadera cuando hierve el caldo, y, si no sale el vapor, se quiebra la olla; pero nadie, hasta nuestros días, pensó en aplicar esta fuerza á la industria. Nadie ha ignorado jamás que el humo ó todo fluído más leve que aire, ó el aire mismo rarificado por el calor, sube y se sobrepone al aire más denso; pero, hasta fines del siglo pasado, nadie renovó con éxito, y por medios naturales, algo del arte de Dédalo, de Abaris y de Simón el Mago.
¿No puede haber acontecido lo propio con el invento del Sr. Bellamy, y que de puro sencillo nadie diese con él hasta ahora?
A esto se objeta que, siendo mil veces más importante por sus efectos la invención del señor Bellamy, parece antiprovidencial y harto caprichoso, ó sea contrario á las sabias leyes que deben presidir á la historia, que un sistema del que depende la redención de la humanidad haya tardado tanto en formularse. Pero este argumento tiene visos de ser de mala fe, aunque no lo sea. Nada nos da motivo para afirmar que el señor Bellamy presenta su plan como independiente del progreso realizado hasta hoy. La trabajosa y larga marcha de la humanidad no pudo ahorrarse con su plan. Bellamy, si hubiera nacido en tiempo de los Faraones, no hubiera podido inventarle ni divulgarle entonces. Bellamy, si es lícito aplicar á lo mundanal lo trascendente, y expresar lo profano con frases que remedan frases divinas, puede decir que no ha venido á derogar la ley de la historia, sino á que acabe de cumplirse, ó mejor dicho, á que siga cumpliéndose, ya que no se infiere tampoco de la lectura de _Looking backward_ que en el año de 2000 habrán llegado los hombres al término de su carrera, sino que habrán dado un gigantesco paso más, un salto estupendo, y á mi ver peligroso, en ese camino, cuya meta final él ni pone ni descubre.
_His ego nec metas rerum nec tempora pono._
Y aquí, aunque parezca inoportuna digresión, se me antoja comparar la cándida espontaneidad americana con el arte reflexivo de los franceses. Zola ha escrito ya quince ó veinte novelas, y siempre promete revelarnos en la última el enigma, darnos el resultado de todos sus estudios en la novela experimental, y exponernos su sistema. Bellamy, por el contrario, dice _cataplún_, y lanza su sistema de repente.
Yo no atino á prever desde aquí si el _partido nacionalista_, que de él ha nacido, vendrá á importar tanto ó más que el libro de Enrique George y que la ingente asociación ú orden de los caballeros del trabajo, _Knights of labor_, en el movimiento de socialismo que se advierte por todas partes, y que ahí tiene cierto carácter optimista que me hace gracia: pero, á pesar de mis cortísimos conocimientos económicos, como yo tuviese humor y vagar para ello, aún había de escribir á usted largo, diciéndole mil cosas que me sugiere _Looking backward_ y lo escrito en contra por Walker.
Entretanto, me complazco en repetir que me admira la serenidad y que simpatizo con la confianza regocijada que se nota en toda manifestación de ese pueblo joven.
El plan de Bellamy no se limita á dar por resuelto el más difícil y temeroso de los problemas económicos, sino que resuelve ó da por resuelto también el magno problema de la paz y del desarme universales; sin decirnos cómo puede ser esto, cuando las naciones se arman más cada día, y cuando desde 1850 ha habido en el antiguo y en el Nuevo Mundo guerras tan sangrientas y costosas. Es de desear que el Sr. Bellamy escriba otra novela, ó la continuación de la misma, en que nos explique cómo además de haberse logrado el bienestar económico de cada nación, se habrá logrado también, en el año 2000, que las naciones no se combatan ni se amenacen como en el día.
Dispénseme usted que me haya extendido tanto en darle mi opinión, aunque tan incompleta, sobre la novela que me ha remitido.
FIN
ÍNDICE
Páginas.
Al Excmo. Sr. D. Antonio Flores, presidente de la república del Ecuador v
Nueva religión 1
España desde Chile 47
Vocabulario Rioplatense razonado 59
Novela parisiense mejicana 81
Tabaré 91
La poesía y la novela en el Ecuador 127
Tradiciones peruanas 179
Un polígrafo argentino 189
La religión de la humanidad 219
Novela-programa 267
NOTAS:
[A] Trabajos parecidos al del Sr. Granada se han hecho en casi todas y para casi todas las regiones de América donde se habla español: por ejemplo, Pichardo para Cuba, Cuervo para Colombia, Arona para el Perú, y don Zorobabel Rodríguez para Chile.
[B] Ya se entiende que no hay para qué tomar aquí en cuenta la locura declarada, que, durante algunos años, y sobre todo de 1826 á 1828, padeció Augusto Comte.