Nuestra Pampa; libro de lectura
Part 23
¡Qué año terrible aquel! Lo recuerda el país entero que sufrió en forma proporcional, la implacable epidemia. Esta comarca, cuyos progresos rurales venían acrecentándose de una década atrás, sintió como ninguna el rudo golpe de la adversidad. Los ventarrones fijos, persistentes, desatados, castigaban la tierra sin compasión. Los primeros meses de sequía, resistieron valerosamente los alfalfares; luego cejaron las furias del viento que removía el guadal. Zona salpicada de lagunas, dulces y perdurables, barrancosas y hondas, mantuvo sus ganados mientras el agua fué complemento de nutrición. Pero cuando faltaron los pastos, cuando quedaron rasos como la mano los potreros de alfalfa, cuando se secó el olivillo salvaje y se achicharraron hasta las pencas, bajo las brasas del sol, no fué el agua de las lagunas la que salvó al ganado. La faena rural se circunscribió al cueraje de las bestias caídas en el lomo de los médanos, a la orilla del agua, junto a los molinos, al margen de los alambrados... ¡Qué horas amargas debieron pasar estos valientes pobladores! Las peonadas recorrían los campos tristes, despellejando sin tregua aquella hacienda mestizada ya, producto paciente de la acción tesonera de los criadores en aquel proceso civilizador desde los pastos punas al alfalfar, desde la represa primitiva al molino, al pozo sin medida y al tanque australiano. Por muchos años se recordará en la comarca el caso del inglés X, que después de esfuerzos inauditos para evitar la mortandad de su hacienda, vió--tal vez con lágrimas de rabia y de desesperación--que el médano vecino se había arrastrado alevosamente hasta cubrir por completo la charca de hierro galvanizado que almacenaba las aguas de su pozo. Solo el molino asomando su abanico circular, en lucha de muerte, seguía sus furiosos giros bajo el ala del aquilón...
Después de esta gran experiencia que trajo consigo el año 16, asistimos a la hora mortecina de los médanos comarcanos. Frente a Lavaisse, rumbo al sur, el camino que se encajona entre dos alambrados se ve de pronto interceptado por la duna, extendida como un inmenso reptil en tres kilómetros, por lo menos. Cautelosamente, erradizo, avanza el arenal sobre los campos del Oeste. El peón conductor del sulky en que practicamos la travesía, un ítalo-criollo andariego y conocedor, nos informa sobre las pretensiones de este endiablado arenal.
--Es atropellador, como él solo--nos dice.--Ya ve: va comiendo el campo sin ningún miramiento. Y si lo dejan, créame, se va a ir hasta las casas, nomás...
Pero antes de que peregrine, la trinchera de cañaverales de Castilla lo habrá estabilizado. Por el Este, junto al alambrado del camino, el saucedal, que ha resistido a las inclemencias del viento y de la sequía, se afirma como una muralla contra las arenas deleznables. Falta circunscribir la zona peligrosa que se abre a merced de los vendavales ordinarios y del pampero. A nuestro paso encontramos las carretas cargadas de caña que van a iniciar la defensa, enterrando en el guadal bulbos y carrizos. Es oportuno este saneamiento de la zona que anticipa de aquí a un par de años la posibilidad de poner remedio a esta molesta travesía, siempre que una cuadrilla de camineros--el camino de Lavaisse es carril nacional--distraiga su atención en cubrir con ramas silvestres esta duna endiablada, tendida como un dragón entre el ferrocarril y el país de los alfalfares.
El proceso civilizador del terralfar puntano data de quince años a esta parte. En 1902, de Villa Mercedes al sur--salvo raras excepciones--aquella zona estaba comprendida por campos de estepa, cubiertos de paja amarga y poblados de ovinos “chilludos” (semi-criollos, de lanas lacias, con extremidades y barriga peladas). Los establecimientos rurales eran, en su mayor parte, abiertos, de un criollismo inveterado en sus crianzas. Apuntaba apenas el modernismo rural en tres o cuatro estancias: Las Isletas, Santa Ana y Buena Esperanza, muy al sur, establecimiento de una compañía holandesa. Planicie constelada de lagunas, los pastizales duros estaban salpicados por pequeños oasis de gramillas tiernas en la vecindad de los manantiales; y este fué, sin duda, el incentivo firme para los pobladores de las grandes estancias. Con la tecnificación de las praderas, ha sufrido una transformación fundamental la fisonomía del país. La cebadilla, que jamás medrara en aquellos campos salvajes, erizados de yerbas bravas se manifiesta en 1907 con su primer inmigración arrastrada por los vientos del estuario. La alfalfa, que va conquistando los predios, mata en 1908 el cebadillal incipiente, domina poco a poco la comarca y llega a culminar en la inmensa pradera que nace en Mercedes y remata en el paralelo 35, servida por las líneas del Pacífico. La crisis rural del 16 lo trastorna todo arteramente, despiadadamente. Y cuando las lluvias de 1917 aplacan las arenas, cuando ni rastros quedan de las praderías artificiales, vuelve el copioso cebadillal, tupido y fresco a extender su manto como una bendición. Y junto a la cebadilla que se prodiga con la intensidad de un cultivo, se extiende al ras del suelo una roseta peculiar, firme y espinosa, que resulta excelente gramínea y contribuye a afirmar los campos levantizos. Vinieron otras yerbas, además, aprovechando el resurgimiento de las especies con la lluvia bienhechora; nutricias algunas, como el pasto de araña, el salvavidas y el almorejo; nocivas otras, como el abrojo grande y la cepa de caballo. Pero bien pronto echaron de ver los hacendados que las plantas tóxicas desarrolladas y floridas el primer año, perdían su fuerza germinativa desapareciendo como por ensalmo.
Después de la pavorosa epidemia del año 16 que a punto estuvo de convertir estas fértiles tierras en el “país del nunca jamás” que descorazonaba al agricultor australiano, vuelve a tonificarse la extendida comarca. Florecen nuevamente los alfalfares. Se pueblan, se dividen, se hermosean los campos; se civilizan y se enriquecen las estancias con las comodidades zootécnicas; se refinan los ganados. Arranca de 1902 el progreso firme del terralfar puntano. Don Roberto, Los Pozos, La Helvecia, Capelén, Alfaland, Las Meladas, Los Césares, El Nassau, etc., son las estancias que continúan el problema de la renovación pecuaria planteado por los primeros establecimientos de cría que se poblaron a renglón seguido de la conquista del riel.
Hablar de arvicultura en esta zona, es decir, del cultivo de la tierra con relación a los cereales exclusivamente, sería, sin duda, aventurarse hacia el fracaso. Mientras no se afirmen las tierras, mientras siga siendo guadal el guadal con su corteza de más de cincuenta metros de espesor, mientras no se atemperen los vientos con el arbolado artificial, toda cultura agrícola sería como arar en el océano o aventar la semilla al espacio. Hasta aquí no alcanza la previsión del “dry-farming”, con sus fórmulas maravillosas. Esta zona, será por muchos años país de invernadas, tierra de alfalfar.
VOCABULARIO
=Terralfar.= Palabra nueva: significa la tierra cubierta de alfalfares o que puede estarlo.
=Vagaroso.= Errante.
=Consuno (de).= Juntamente.
=Liana.= Enredadera.
=Olivillo.= Pasto de la Pampa.
=Pencas.= La hoja carnosa de la tuna.
=Cueraje.= Cuerear, quitar el cuero a las reses muertas.
=Represa.= Estanque.
=Inauditos.= Nunca oídos, extraordinarios.
=Erradizo.= Que anda errante.
=Bulbos.= Parte jugosa y redonda de la raíz de algunas plantas.
=Carrizos.= Especie de caña.
=Oasis.= Los parajes fértiles, con árboles y agua, diseminados en los desiertos.
=Arteramente.= Astutamente, engañosamente, con picardía.
=Floseta.= Pequeña rosa silvestre. (Forraje).
=Levantizos.= Movedizos, arenosos.
=Pasto de araña.= Pasto de la Pampa.
=Salvavidas.= Idem.
=Almorejo.= Idem.
=Tóxicas.= Venenosas.
="Dry farming".= Expresión inglesa: cultivo de tierra excesivamente seca. Pronúnciase: drai fármi.
BOCETO DE UN “RANCHMAN” (hacendado)
Nuestras primeras investigaciones sobre las características del terralfar las comprobamos en el establecimiento Don Roberto, a cinco leguas de la estación Lavaisse. Administrador de esta estancia es don Edmundo W., propietario a su vez, de campos vecinos, y, sin duda, el hombre más progresista y emprendedor de la zona.
Nos sentimos realmente cómodos en compañía de este caballero argentino, prototipo del hacendado moderno que une, a la versación de las prácticas rurales, todo cuanto un espíritu cultivado puede aquilatar en achaques mundanos y vida de ciudad. No es un universitario en ciencias agropecuarias, pero es un técnico de verdad, un hombre práctico en la amplia acepción. En la observación, en los viajes, en la vida intensa del campo, en el laboratorio, en la experimentación, robusteció sus estudios. Posee, a conciencia, cinco idiomas modernos. Y en el noble deseo de tonificar su auto-educación, para capacitarse en el origen de sus temas predilectos, habla y escribe en latín--no “en latines”, como la vulgaridad de los hurones de biblioteca.--Nada de extraño, entonces, que este espécimen de “ranchman” que sabe a maravillas de arte y de ganados, domine a perfección con todo casticismo su idioma natal y dé a la estampa, por deporte, a los cincuenta años (“pardon”!) uno de los libros más sabrosos, más bellos, más fieles, que ha producido la literatura campera--“Memorias de un portón de estancia"--sin hablar en gaucho, ni usar de las tintas recargadas de nuestros revisteros y criollistas de “bureau".
Amablemente se desliza nuestra breve estada en su establecimiento acompañados, además, por don Enrique H., distinguido caballero e inteligente hacendado, que suponemos desertor de Florida, para gastar su bizarra juventud en la noble sencillez del campo, al frente de los intereses de su señor padre, en su establecimiento Los Pozos.
Anfitrión y huésped nos proporcionan los veraces informes de este capítulo. Es larga y amable la sobremesa, después de haber gustado el sabroso pejerrey de las lagunas puntanas, sin rival, posiblemente, en el país.
--Hace diez y seis años--nos dice don Edmundo--poblamos estos campos. Fué una extensión de 10.000 hectáreas la superficie adquirida. Eran campos de paja amarga en toda su amplitud. El refinamiento forrajero se verificó paulatinamente, como era lo propio, llegando a cultivar 6.000 hectáreas de alfalfa. Antes que se tirara la línea de Beazley, nuestra estación próxima era Villa Mercedes. Los campos valían una bicoca entonces. Nosotros pagamos a razón de seis pesos con cincuenta centavos por hectárea, suma que se conceptuaba un precio fabuloso. Hoy el campo bruto vale en esta zona de 65 a 70 pesos, como nada, y alfalfado no se paga a menos de 120. El ganado preferido por entonces, era el vacuno pero uniformemente criollo, sin asomos de tecnificación. Criar ovinos hubiera sido una rémora por la flojedad del terreno guadaloso. Sólo las necesidades del consumo podían imponer uno que otro rebaño.
--¿Y la tierra, en general?--interrogamos.
--Es esencialmente guadalosa en toda la zona de la alfalfa. Del estudio químico-analítico realizado sobre suelos de estas estancias--estudio con aplicación a toda la comarca, sin duda--resultan las siguientes conclusiones: que la tierra es netamente arenosa, muy suelta, compuesta de arena fina cuyo diámetro de partículas oscila entre 0.0495 y 0.2475 milímetros, siendo la proporción de arcilla casi insignificante. La riqueza en humus, aun cuando no es muy grande, es normal. La tierra es pobre en ázoe y en potasio asimilable y su contenido en calcio y ácido fosfórico no es pequeño. Además las condiciones de porosidad y capilaridad de la tierra son buenas. Se desprende de estas condiciones físicas que la tierra es apta para ser abonada, absorbiendo bien a las diversas sustancias alimenticias.
--¿Y qué profundidad calcula usted a la capa guadalosa?
--De 54 a 80 metros y más. Ahora bien: conviene hacer notar que este subsuelo es de excelentes condiciones higrométricas. La profundidad del agua, puede calcularse, como base general, entre 2 y 7 metros. Las aguas pluviales son generalmente escasas, pero más que por escasez los perjuicios agropecuarios suelen estribar en la inoportunidad de las lluvias. Un año de 550 milímetros repartidos en 74 días de lluvia fué bueno en resultados agrícolas. El factor negativo es el viento, que a no mediar este elemento bravío y familiar, con lluvias precarias, nomás, se asegurarían los cultivos. El viento permanente en la zona toma de N. E. a S. O., pero el más perjudicial para el arranque de las plantas es el del sur.
--¿En materia de cultivos de cereales, se han hecho algunos ensayos?
--Sí, señor. Desde 1906 se sembró avena, centeno y cebada en varios establecimientos. El centeno resistió grandemente a la sequía. La avena rindió bien, pero se echa de ver que necesita de lluvias oportunas.
En 1917 hubo excelente producción de estos cereales. Ese año se sembró especialmente centeno que ha dado resultados dignos de mención. Estas comprobaciones agrícolas han convencido a los propietarios que los terrenos de la zona, aún perdidos los alfalfares, conservan su valor por la invasión circunstancial de la cebadilla y el buen rendimiento de los cereales. Todas estas siembras se han verificado simplemente a máquina, habiéndose practicado algunos cultivos a voleo, con grandes resultados. Tengo como cosa bien sabida que el trigo empobrece la tierra, razón por la cual no se siembra con abundancia en la región, lo que no obsta para asegurar que se han levantado copiosas cosechas.
--¿Entonces usted no cree que el “dry farming” pudiera tener resultados prácticos en la zona de los alfalfares, como sistema cultural cerealero?
--No, señor. Y me afirmo al responder tan categóricamente, en la flojedad de la tierra. Los vientos, sin duda, harían estragos con la semilla recién sembrada. Cuando hay cultivos, suelen ser excepcionales como rendimiento. Pero lo difícil es vaticinar sobre la prosperidad de los cultivos de cereales, por las veleidades de los fenómenos meteóricos. El alfalfar es otra cosa: cuando se arraiga, puede decirse que se ha estabilizado de verdad. Soy un convencido de la eficiencia del “dry farming". Pero para implantar este sistema hay que obrar con precaución y sobre las tierras apropiadas. He oído decir que en Kansas y Arizona, ha habido sus tropiezos al trabajar las tierras flojas, revolviéndolas para producir el “mulch”, o sea “tierra suelta”, sucediendo lo que hemos temido siempre aquí: se produjeron médanos. Y esto, como usted vé, no ha debido ser nada halagüeño para los experimentadores.
--Sin duda--respondemos;--pero se habrán tratado los cultivos sobre tierra de guadal como ésta.
--Recuerdo que hace años traje para esta misma estancia, a un argelino horticultor. Sus prácticas, que sin duda se afirmaban en razones de orden científico, se circunscribían a desmenuzar, carpir y aporcar. Cuando le pedí informes sobre estos procedimientos, me respondió, enfáticamente, con la conciencia de un hortelano que sabe bien lo que hace:
--“¡Ah monsieur: le sarclage vaut mieux que l’arosage!...” (La carpida vale más que el riego).
--¿Y dió resultado?
--Sí, señor. Pero la necesidad de dedicar preferente atención a otras tareas rurales, desvió un poco el cuidado de la huerta. Y todo pasó... Ya ve: ni jardín cultivamos... Los vientos no perdonan... Nuestras flores, señor--y no vaya a juzgarme de prosaico--suelen ser los pejerreyes de nuestras lagunas y los pollos suculentos...
Sin duda alguna, el argelino recordado por nuestro interlocutor, sabía bien la verdad comprobada por Jethro Tull, en su “Ensayo sobre los principios de la labranza y de la vegetación". El famoso agricultor inglés había, ciento cincuenta años antes, sintetizado su esfuerzo experimental en la famosa locución discutida y alabada en nuestros días: “la labor equivale al abono”, o lo que es lo mismo, en su relatividad: “la labor es el riego". El huertano de don Edmundo traía su ciencia del setentrión africano, en donde el “dry farming” tiene patria inmemorial con sus famosos olivares. En la vecindad tunecina es de fama que en el siglo VII, se cultivaba más de 1.000.000 de hectáreas de olivo, por el procedimiento del secano. De que los resultados fueron óptimos lo prueba el hecho de que en tiempos de César, Túnez pagaba a Roma, como tributo anual, 13.500 hectólitros. La producción de aceite era tan importante--según Kearney--que desde algunos pueblos lo conducían por tubos de madera al puerto vecino, para su embarque.
--¿Y respecto al peligro de los médanos y la manera de combatirlos, qué opina usted?--interrogamos.
--Como presidente de la Sociedad Rural Río V, con asiento en Villa Mercedes, me he ocupado con verdadera dedicación de este asunto. Los graves efectos de las tierras movedizas se sienten con más intensidad en los caminos públicos. Opino que es allí donde debe circunscribirse con mayor empeño la acción defensiva y especialmente la obra del gobierno. Se impone, sin duda, la mayor vigilancia por parte de los ministerios de obras públicas tanto el nacional como provincial. Debe organizarse una “dirección de caminos”, con atribuciones bien definidas para reglamentar el tráfico. Creo que para el beneficio del sur puntano, la dirección de caminos de San Luis, debe tener su asiento en la ciudad de Villa Mercedes y estar formada por cinco miembros, siendo miembro nato el jefe político del departamento; delegados domiciliados en la campaña correrán con la vigilancia de zonas.
“Podría reproducir con detalles lo que alguna vez dije sobre la intervención que correspondería al ministerio de agricultura y la necesidad de una seria legislación nacional, pero sería largo y tal vez engorroso para su labor de difusión. Me limitaré a hacerle notar que es preciso que los ingenieros agrónomos regionales respectivos, con preferencia a las conferencias, se dediquen a hacer ensayos para el cultivo de médanos, y se les facilite medios para establecer viveros de cañas, sorgo, etc. para la repartición de plantas y raíces para las cuales debe reducirse el flete a su mínimum (para raíces de cañas ya concedió rebaja el F. C. P.) y en caso necesario o para el mayor estudio, el ministerio adquirirá en propiedad cierta zona medanosa. El ministerio debe contar con una sección de médanos, bien en la división de enseñanza o en la futura división de defensa agrícola: en Francia, si estoy bien informado, es el departamento de “pons et chaussés” que se ocupa de este asunto, con preferencia del cultivo práctico, y en Alemania el estudio y cultivo está a cargo de las “Dünenbankomission” dependientes del “Forstwesen” (departamento forestal), y sería del caso pedir a los gobiernos de estos países los informes, publicaciones y vistas respectivas aunque allí el problema es sólo de médanos de costa, pero donde son maestros en la acción precursora del cultivo: la defensa contra los vientos y afirmado del suelo.”
Después del almuerzo, nos disponemos a incursionar por el campo en un cómodo “buggy”, o cosa parecida. Nos acompañarán don Edmundo y don Enrique.
La estancia “Don Roberto” que forma parte de los primeros exponentes de civilización agropecuaria en la iniciación del terralfar puntano, no se destaca como edificio estilizado, aun cuando el confort interno y la hospitalidad tradicional de la casa dejan una amable recordación en el espíritu del viajero. Está sombreada y guarecida por arbolados que representan un enorme esfuerzo cultural. Son álamos erectos y tamariscos, las plantas de rigor. Ocupó, sin duda, una isleta de chañares, el sitio en que se levanta esta población, pues algunos ejemplares de esta flora aborigen, semi-urbanizados por la propia convivencia de los árboles exóticos, extienden sus elegantes copas matizando el tono desteñido de los tamariscos con su verde primaveral.
--Esta zona--nos asegura el señor W.--no brinda facilidades para la arboricultura. Los primeros pobladores de estos campos, nos hemos ocupado con verdadero tesón, no sólo de atender a los trabajos rurales, sino de practicar los más convenientes para los terrenos arenosos bajo este clima recio, de manera de fomentar los arbolados. Se trató siempre de conseguir una vegetación de aclimatación fácil y de rápido desarrollo, pues los árboles silvestres no sólo se resisten al trasplante sino que tienen el inconveniente de su crecimiento paulatino.
“Las experiencias, como digo, han sido consecutivas. Pero los amantes del árbol han podido notar, con desaliento a veces, raros fenómenos que han venido a malograr sus más bellas energías. Por ejemplo, algún vecino que ha podado en tiempo oportuno, con toda la prudencia racional aconsejada por la arboricultura científica, ha observado con tristeza en la primavera, sus alámos y sauces mustios y achaparrados, si no secos del todo. Otro poblador, que plantó en época oportuna las estacas de tamariscos recogidas en su propio establecimiento, malogra un cincuenta por ciento de sus arbolitos. Sin embargo, no falta algún vecino, que por imprevisión, corta a destiempo y con impiedad los gajos de tamariscos, con sus yemas hinchadas ya, y logra salvar casi todas sus estacas. ¿Es anómalo esto? Estoy, no obstante, con la razón científica, pero hay que tener muy en cuenta este resultado experimental y seguir plantando árboles, plantando sin medida y con fe sincera.”
--¿Y cuál es el principal enemigo de los árboles?
--El viento del sur. Los árboles que pueden resistir el frío intenso del invierno, quedan debilitados para cualquier contingencia en la época estival; los vendavales, la sequía, la langosta o el granizo. Es menester, entonces, fomentar los cercos vivos o reparos artificiales contra el sur. Creo que las grandes casas de venta de plantas deben instalar viveros regionales; y los terratenientes harán obra útil y patriótica favoreciendo con sus pedidos a comerciantes y productores de árboles locales.
--¿Y se planta mucho en la zona?
--Muchísimo. Pero es grande el porcentaje de plantas que se malogran. ¡Y no nos desalentamos! Cuando escucho los desahogos de tantos que juran de no malgastar más su tiempo, paciencia y dinero, me llamo a silencio; sé que llegada la época de plantar renace la esperanza y vuelven a la empresa. ¡Qué mágico poder del árbol y su extraño dominio sobre nuestra alma! Un pequeño arbolito que con gallardo crecimiento agradece el cuidado y promete sombra y alegría para lo futuro, borra el recuerdo de todos los sinsabores. ¡Con cuánta razón el color verde es el emblema de la esperanza!
Y don Edmundo después de esta explosión de generoso entusiasmo, nos dice con cierta languidez sentimental.
--Vea ese alamito. ¿Cuántos años le calcula?... Tiene cinco. Haga la prueba de arrancarlo con las manos... haga la prueba.
Nos parece una ironía la invitación. Tiene cuatro metros de altura el ejemplar. Sin embargo, y a trueque de un papel deslucido, nos aferramos a la planta como quien va a descuajar una cizaña del jardín. Y ¡oh sorpresa! cede el tronco al primer envión, se descoyunta en su unión con la raíz precaria y cae desvanecido. Es la venganza del guadal que no se aviene a los desplantes de la civilización.
--Cuando escriba sobre nuestros campos, amigo mío--nos dice don Edmundo--encomiende a los “snobs” de Buenos Aires, a los rentistas cómodos de la República, que si alguna vez cruzan esta región y contemplan nuestras cuasi-marchitas arboledas, no se sonrían con desdén, ni apliquen a sus moradores los calificativos de “atraso, rutina, dejadez". Dígales que se detengan ante esa incipiente arboricultura y saluden en ella a una de las manifestaciones del trabajo nacional.
La visita al campo remata las enseñanzas del día. Cruzamos los potreros en donde amarilleaba la alfalfa bajo un sol de julio, ardoroso y cordial.
VOCABULARIO
="Ranchman".= Palabra inglesa: hacendado. Pronúnciase: ranchman.
=Prototipo.= Modelo.
=Auto-educación.= La educación de sí mismo.
=Casticismo.= Pureza, corrección.
="Pardon".= Palabra francesa. Equivale a: disculpe usted.