Nuestra Pampa; libro de lectura
Part 18
una partida de 26 hombres al mando de los oficiales tenientes Tránsito Mora y alférez indígena Simón Martínez. Esta fuerza, con carácter de exploradora, debía patrullar por Cochicó (“cochi”, dulce; “co”, aguada) y sus alrededores. Conocedores los indios de esta maniobra, tendieron su celada. Cuatrocientos jinetes, apostados en las breñas y en el monte, salieron al encuentro de los atrevidos exploradores. Eran las lanzas del bravo cacique Yancamil, cuyas depredaciones y salteos no habían encontrado castigo todavía. ¡Qué lejos estaba Santerbó para el auxilio! Rodeado Mora y sus legionarios lucharon denodadamente en aquella demanda desigual de uno contra quince. Agotadas las municiones, inutilizadas sus armas blancas ante las largas picas y las boleadoras, hubieron de pelear hasta con las piedras. ¡Qué dolorosa ultimación! Cuando Santerbó, avisado del encuentro, llegó al lugar de la jornada, habían pasado a la inmortalidad sus héroes bajo la envoltura sangrienta y gloriosa. Recordemos sus nombres; Cabos primeros del regimiento 9, Matías Rosales y Miguel Cardoso; cabos primeros distinguidos, Juan Suárez y Juan Márquez; soldados Tiburcio Vergara y Liberato Páez; cabo primero del batallón 10, Francisco López, y soldado Dolores Amalag.
Tal fué el episodio de Cochicó. Tal el monumento sencillo que la gratitud popular ha llevado a la plaza pública. Los despojos de los héroes humildes descansan en el atrio de la iglesia. Allí se levantará el monumento futuro, grande y significativo como la propia acción. Y cuando la Pampa, dejando su minoría de edad, se incorpore a la diadema constelada como una nueva provincia--¡gran provincia, sin duda!--y necesite fomentar el culto de los héroes propios, ya el sentimiento nativo volverá sus ojos al vallecito aquel, donde dos arroyos, que se tiran como dos culebras del cerro, ponen sus cintas de plata sobre el verde tapiz...
VOCABULARIO
=Obelisco.= Alto pilar aislado, semejante a los obeliscos egipcios, que eran unos monumentos monolíticos (de una sola piedra) en forma de pirámide cuadrangular, de base estrecha con relación a su altura, que solía pasar de 20 metros.
=Mojón.= Señal que se pone para marcar el límite de los campos, caminos, etc. Generalmente es una piedra enclavada en tierra.
=Cochicó.= (Voz araucana). Aguada dulce.
=Rotundos.= “Historiadores rotundos”: los que emplean un tono dogmático.
=Epilogar.= Resumir, poner el epilogo.
=Auspiciosa.= Que asegura el porvenir.
=Fotográficos.= Correspondiente a la fotografía.
=Descuajarse.= Arrancar de raíz, de cuajo.
=Inextricable.= Enredado, confuso.
=Laberinto.= Lugar formado de calles y encrucijadas, de modo que el que se encuentre dentro no pueda dar con la salida.
=Guadales.= Los campos de arena en que ésta llega a gran profundidad. Los antiguos médanos ya firmes.
=Mesnada.= Soldados, generalmente voluntarios, que siguen a un jefe.
=Vadeado.= Atravesado.
=Cerrillada.= Región cubierta de cerrillos.
=Abra.= Abertura por la que se puede pasar entre dos montañas o cerros. También se aplica a los pasos practicables en las selvas espesas.
=Hirsuto.= Dícese del pelo duro y revuelto.
=Tembladeral.= Sitio por el que en apariencia se puede transitar, pero en el que bajo una capa de césped se oculta una capa de fango, a veces muy profunda.
=Breñas.= Campo cubierto de peñas y malezas.
=Jagüel.= Pozo excavado (sin borde) del que se extrae el agua para el ganado.
=Merodeo.= De “merodear”: andar por un paraje, robando y pillando.
=Epopeya.= Poema en que se cantan grandes y heroicas acciones.
=Depredaciones.= Pillaje, devastación.
=Boleadoras.= Las tres bolas de piedra, unidas con tiras de cuero, que sirven como arma arrojadiza para detener animales que huyen.
UN ERROR CAPITAL
Hubo un error capitalísimo en la fundación de Victorica. La falta de un estudio catastral del terreno y la deficiencia de las cartas planimétricas levantadas fraccionariamente por el ejército, marginaron errores de ubicación que acarrearon graves consecuencias. Victorica se delineó sobre campos de la Ganadera Nacional, en la creencia de que se trataba de patrimonio del fisco. Este error hubo de subsanarse con una ley nacional que indemnizó con largueza el acervo privado. Pero ya el centro urbano, subdividido y loteado, estaba en marcha y su trasplante hubiera sido un fracaso. El agua buena, casi al ras del suelo--de 5 a 8 metros de profundidad--era su principal incentivo. Sus predios suburbanos, por lo demás, eran dóciles a la labor, blandos y feraces, con condiciones de primer orden para los cultivos hortícolas. El égido original comprendía 248 manzanas, divididas en cuatro solares cada una y 150 lotes de chacra de 100 hectáreas.
Cuando la obra miliciana tocó a su término y fué menester retirarse y entregar el nuevo pueblo a la acción civil de sus autoridades, los jefes pobladores, autorizados por la superioridad, entregaron a las tropas, certificados por los cuales se les concedía en propiedad solares y chacras. Los héroes, sustanciada tan brillantemente la campaña, buscaron el abrigo del rancho propio, trocando el fusil por el arado. Confiados en la modesta recompensa, construyeron sus poblaciones, labraron sus dehesas, y esperaron que la escritura, que era lo propio, canjeara en definitiva el certificado eventual. Pero como aquel comisario pagador largamente esperado por los milicos de la frontera, la escritura no llegaba nunca ni ha legalizado todavía la posesión del solar...
Con incertidumbre, con pesimismo, frente a la regresión propia del que cultiva para que coseche el vecino, se inicia la odisea de aquellos hombres de labor arraigados al suelo, firmes en el rudo bregar, pero huérfanos de todo estímulo y de toda protección. Se registra, por fin, una ley confiriendo atribuciones a todos los municipios de la Pampa para conceder y escriturar las tierras perimetrales a los pobladores que estuvieran dentro de la ley--es decir que hubiesen alambrado, poblado y hecho un pozo dentro de la posesión.--Pero esta legislación fué, sencillamente, un paliativo. Concurrieron los pobladores de Victorica. La intendencia les dió títulos, pero títulos provisorios que no pudieron canjearse por definitivos.
¿Qué hace el gobierno nacional después? Anula la ley con un decreto y procede con el criterio más injusto y desprovisto de toda equidad, a la anulación de las tierras del égido y a ponerlas nuevamente a la venta. Victorica había pasado ya sus días de prueba. Su infancia, difícil y gloriosa, se trocaba en floreciente juventud. No era ya la alquería de los primeros tiempos. Era el núcleo social, lozano y fuerte, que no podía detenerse en el remanso como la piedra del arroyo. El conglomerado de casas, había alcanzado su tonificante edilidad. Era fuerte su comercio, fácil su vida, manifiesta su prosperidad y su labor. Casas de mampostería en reto a los ranchos fundadores, carreteras expeditas y ampliadas por el tráfico, irradiando como un sistema arterial por la inmensa campiña; plantaciones y arbolados, estancias y sembríos. Tal era el exponente de aquella joven población, cuya influencia debía pesar en forma definitiva sobre el dominio conquistado ansioso de civilización.
Pero estos títulos no debieron ser suficiente timbre de honor para el gobierno nacional, que en forma tan inconsulta borraba de un plumazo el sacrificio de aquellos valientes pobladores. Se puso en vigor el decreto, violatorio de la ley. Volvió a transarse la tierra. Y como la mayor parte del vecindario había poblado de firme, muy pocos pusieron resistencia a este “atentado”, que venía a poner cada propiedad frente al remate compulsivo por deudas ilusorias al fisco... Y se dió el ejemplo, poco edificante para el Estado, de que hubo propietario que pagó más de dos veces su solar, siendo notorio el caso de doña Carmen Orozco, la sargento mayor del ejército expedicionario doña Carmen Orozco--¡oídlo bien!--esposa de militar, quien ha pagado cuatro veces el valor de su propiedad. ¡Ingrata recompensa!...
Por repetidas veces la dirección general de tierras, mandó sus inspectores en tren de investigación más que de arreglo. ¿Qué se ha hecho hasta ahora? Nada. Los pobladores siguen reclamando infructuosamente sus derechos, a pesar de haber cumplido con la ley. Esta circunstancia, de inestabilidad posesoria, imposibilita las operaciones bancarias y comerciales, por la dificultad, en caso necesario, de disponer como responsabilidad, de la garantía raíz que es lo corriente en esta clase de transacciones.
Un caso concreto y que da la pauta de este desbarajuste, es el ocurrido a don Luis G., viejo poblador de Victorica. G. que tiene una hermosa casa edificada, posee dos títulos de propiedad de su terreno: uno, firmado por la municipalidad; otro por el ministerio de agricultura (dirección de tierras y colonias). Un buen día recibe este poblador una nota de tierras y colonias compeliéndole a que en el término de treinta días “arreglara su situación". De otra manera se daría por caducada su ubicación en el terreno. ¿Qué situación? Se pretende, acaso, que este progresista vecino pague por tercera vez su terreno? ¿O es que esta odiosa situación no lleva miras de acabarse nunca?
No deja de ser interesante este otro caso: la manzana donde está la municipalidad, la biblioteca y el templo parroquial, frente a la plaza, fué edificada por el ejército y con el contingente de algunas dádivas particulares. Allí estuvo el cuartel del 9 famoso. La iglesia, que aparentemente tiene zanjada su situación posesoria, mediante una escritura otorgada por tierras y colonias, tiene, según este documento, derecho a todo el solar de 50 × 50. Con esta superficie invade el local de la biblioteca.... ¿Irá la biblioteca a la calle con sus 3.000 volúmenes y su gran simpatía popular? Sería curioso... Pero ha de primar el buen tino, y el obispado platense, a cuya diócesis corresponde este templo, no ha de permitir el alegato entre tan altas instituciones.
Debe terminar de una vez este estado inestable de la propiedad privada, que tanto afecta al desenvolvimiento de Victorica. El presidente de la República, doctor Hipólito Irigoyen, que con austera equidad, se ha avocado el conocimiento y solución de los viejos pleitos de la tierra pública, debe tender sus ojos a este pueblo, lleno de esperanza y de gloria, reparar el error de los predecesores y darle de una vez el poco de justicia que reclama.
VOCABULARIO
=Catastral.= Relativo al “catastro”, enumeración y estimación de las propiedades territoriales, a los fines de la administración fiscal.
=Planimétricas.= Relativo a la “planimetría” o medida de las superficies planas y su representación gráfica.
=Egido.= Trazado o planta de los pueblos.
=Dehesas.= Campo de pastoreo.
=Milicos.= Soldados.
=Pesimismo.= Propensión a considerar todas las cosas por su peor aspecto.
=Perimetrales.= Del perímetro, esto es, vecinas al límite.
=Paliativo.= Se dice de los remedios que no sirven para curar una enfermedad, sino simplemente para suavizar sus dolores y contenerla durante un tiempo.
=Canjearse.= Cambiarse.
=Equidad.= Justicia.
=Transarse.= Comprarse y venderse.
=Fisco.= El tesoro nacional.
=Pauta.= Medida.
=Compeliéndole.= Obligándole.
=Caducada.= De caducar: perderse un derecho por haber vencido el plazo dentro del cual podía ejercerse.
=Avocado.= Atribuído.
LAS HUERTAS PROVIDENTES
El porvenir agrícola de Victorica tendrá un valiosísimo factor en la viticultura, y en consecuencia la industria derivada del vino. Es excepcional su tierra para esta clase de cultivos. El obstáculo, que puede salvarse, tratándose de extensiones reducidas, es el régimen de las lluvias. Las lluvias no obedecen a una regularización más o menos aproximada. Pero esta condición meteorológica del clima, tiene su compensación con el riego artificial y el molino. Puede asegurarse que casi no hay quinta ni propiedad urbana que no tenga su parralito o su espaldero. ¡Y qué productos! Un hortelano, cuya finquita es un pequeño paraíso--el italiano Pascual M.--envió hace algunos años al general Victorica, cuatro racimos, hijos de una moscatel rosada ya provecta. Diez y seis kilos bien medidos pesaba esta lujuriosa cosecha.
Los viduños fundadores, primitivos como los de Noé, datan de veinticinco años atrás. La crónica de entonces trae hasta nosotros la nómina de los ensayadores. Después prosiguen otros. Popularizado el éxito, se difunden los cultivos, se tecnifican las clases, se perfeccionan las instalaciones y se organizan viveros con buen resultado. Esta comprobación tienta a la empresa. Y por ahí queda en arreglos una cooperativa que hubo de sentar tienda con capitales y prácticas adquiridas en Mendoza.
De muy buen grado visitamos los viñadores de significación, distribuyendo nuestra mañana entre las huertas principales.
M. tiene una hectárea que compró en 1897. Posee además, una chacra de 88 hectáreas, sobre la que no le ha caído en gracia, como a todos, el título definitivo.
--¿Cómo inicié mi viñedito?--nos dice con modestia.--Pues, desde Mercedes de San Luis hice venir un manojo de sarmientos. Eran diez varillitas de moscatel blanca y negra. Llegaron en diligencia. Las planté y rindieron. Las podas de esas plantas me sirvieron después para extenderme. Ya ve usted. Y no está tan mal que digamos. ¿No le parece? El año pasado me las dejó arruinadas la langosta. No me quejo este año...
Y en verdad que están pampanosas y frescas las vides. No obstante, de vez en cuando, la mirada investigativa descubre entre el follaje alguna hoja donde la antragnosis ha puesto su carcoma color de tabaco. Pero es sencilla la profilaxis para el parra enfermo y M. que es horticultor de cepa, sabe utilizar los recursos del sulfato y la cal para prevenirse.
Están magníficos los perales y los almendreros. El duraznero no da los resultados apetecidos en la comarca. Vive cuatro o cinco años. A los dos produce fruta. Luego se achaparra y se muere. M. opina que es por la flojedad de la tierra. Los almendros sí que rinden y se vuelven viejos. De cuatro plantitas que tiene por vía de ensayo, ha recogido el año anterior cuatro bolsas de 45 kilos cada una.
Estos datos sencillos y veraces, son una comprobación de la excelencia agrológica del suelo para determinados cultivos. Nos despedimos de este simpático trabajador.
--Esto que usted ve--nos dice M. al cruzar la huerta llena de sombra, acompañándonos hasta nuestro coche--era un monte de caldenes cuando lo adquirí. Ahora hay viñas y perales. Pero créame, señor, no se ayuda el esfuerzo y a uno se le va, a veces, hasta el coraje de trabajar...
El viñedo de don Domingo L. es un parral elegante y cuidado. Parece un vergel. Se explica que medie más un propósito deportivo en cultivar esta plantación que en sacarle utilidad. L. es comerciante antiguo y goza de buena posición pecuniaria.
También sus sarmientos vinieron como los de M., de Mercedes. Predomina la uva moscatel aun cuando tiene un poco de francesa.
Este vecino, uno de los hombres más caracterizados y más antiguo de la población, tiene fe en el porvenir que le está reservado a la viticultura.
Otra de las quintas que merece mención especial es la de don Medardo B., vecina a la estación del ferrocarril y cuyo producto no sólo se relaciona con la viña y los árboles frutales, sino con las hortalizas. Es un cultivo este, donde su propietario ha puesto en práctica los procedimientos aconsejados por la tecnificación agrícola; y es por ello que la tierra remunera su labor con productos excepcionales.
VOCABULARIO
=Hortelano.= El que cultiva y cuida huertas.
=Provecta.= De mucha edad.
=Podas.= Las ramas supérfluas quitadas a los árboles y arbustos.
=Pampanosas.= Con muchos pámpanos.
=Antragnosis.= Enfermedad de las viñas.
=Carcoma.= Roedura causada por insectos.
=Profilaxis.= Remedios preventivos.
=Se achaparra.= Se achata.
=Pecuniaria.= Relativo al dinero o fortuna.
=Remunera.= De “remunerar”: recompensar.
GANADEROS CRIOLLOS
La colonización ganadera en los departamentos de Leventué y Chalileo--es decir la extendida comarca comprendida entre Victorica y la ribera del Salado--va tomando cuerpo día a día. Los pobladores de esta región son, en su mayor parte, criollos. Mientras las sementeras inician sus primeras tentativas, con resultados halagüeños en la parte oriental, adelantándose el ferrocarril que unirá a Victorica con Santa Rosa, los hijos del país, ganaderos nativos, se aventuran al oeste donde abundan los campos de pastoreo. Y no se sospeche que es una reticencia criolla este aspecto silvestre de la industria ganadera, demasiado tecnificada en la región para que pudiera creerse regresiva. El criollo no es agricultor; y si con resultados exiguos ha de ser arrendatario en los campos próximos al poblado, prefiere habilitaciones o medianerías ventajosas, lejos, eso sí, pero con libertad. ¡No es para la jaula esa ave nacida en la soledad infinita de los campos! Y no le creáis ni hosco, ni atrasado, ni tímido.
--Nuestro criollo--nos dice un respetable vecino de Victorica--se ha modificado mucho. Es generoso, como siempre, pero no derrochador. La vida cara le ha llevado a la economía sin estrechez. Ya no es el nómade de que habla la leyenda campesina. Se arraiga, refina y cuida su hacienda como el mejor ganadero. Para defender sus productos, se ha hecho comerciante. Lee o hace leer los precios y el movimiento del mercado. Trae sus animales a las ferias; y, lo que hubiera parecido increíble hace algunos años, deposita el excedente de sus operaciones en caja de ahorros del Banco de la Nación.
Tal, en pocas palabras, es el criollo del noroeste, difundido en un setenta por ciento en la población general de aquellos campos.
En lo que no se ha estado acertado es en la organización de algunas colonias, malogrando, desgraciadamente, las energías de numerosos pobladores. La colonia Epumel (su verdadero nombre debería ser Epumer), fundada hace diez años, constituyó al principio un foco de atracción para una apreciable masa de modestos ganaderos. Se loteó la tierra en fracciones de 600 hectáreas. Pero fué una organización a ojo de buen cubero, sobre el mapa, como quien dice, y desconociendo en absoluto, las condiciones de la tierra. No se hizo esperar el fracaso. ¡Ah de los pobres colonos con el agua a 100 metros de profundidad! Fué doloroso el engaño bajo la sanción formal del gobierno. La colonia Epumel está hoy casi abandonada, a pesar de la oferta seducente de ventas fáciles y por grandes extensiones. No podía ocurrir de otra manera en aquellos terrenos donde un jagüel cuesta de 4.000 a 5.000 pesos, y si es un semisurgente, algo más.
Tal fracaso se debe única y exclusivamente a la forma inconsulta de organizar esta colonización, sin haber antes estudiado con empeño la calidad de las tierras y sus facilidades para los cultivos. Campos linderos a Epumel, que han sido fiscales, son hoy praderías artificiales, debido a las ventajas del subsuelo y a la proximidad del agua. Citemos algunos establecimientos: Pichimericó, Los Manantiales, Los Cerrillos, etc., todos de la sección 13.
Algo parecido a Epumel ha ocurrido a la colonia Mitre, cuyas tierras fueron entregadas al cacique Morales y su tribu. El agua escasa es la rémora opuesta a la prosperidad de este valle de tierra feraz. Sólo dos lotes de chacras son los favorecidos por pozos propicios y en donde la colonia encuentra, en los momentos precarios, el manantial aplacador que abrió Moisés en la peña del Sinaí...
VOCABULARIO
=Regresiva.= Que retrocede.
=Rémora.= Cualquier cosa que detiene u obstaculiza una acción. Se dice por alusión al pez rémora, que se adhiere a los cuerpos sumergidos, haciendo el vacío con una especie de válvula que tiene en la cabeza.
=Leventué.= (Voz araucana). Paraje donde se ha corrido. Otra acepción: que dispara.
=Chalileo.= (Voz araucana). Tierra salitrosa.
EN “LA MOROCHA”
Aprovechamos la mañana primaveral para visitar el establecimiento ganadero La Morocha de don Armando L., distante cuatro leguas de Victorica. El camino tenía sus trechos de pesado arenal. Ya en la tarde anterior, el auto que nos conducía, no tuvo fuerzas para trasponer el médano, acostado como un dragón sobre la carretera. Y nos vimos obligados a regresar a la población, a pie. Pero este birlocho que nos conduce ahora es ágil y son fornidas las bestias que lo arrastran. Volvemos a cruzar sobre la duna brava, bordeando el deslinde de La Morocha hasta las primeras matas del gran monte. Torcemos de allí a la izquierda. A poco andar, la depresión del terreno, dilatándose hasta el horizonte, se abre ante nuestros ojos en amplia vega. Abajo, en los cuadros de alfalfa, faenan los carros forrajeros. La horquilla de los emparvadores levanta el henar, oreado ya, para hacer los almiares. La estancia emerge como una cenefa a espalda del valle destacando sus umbrosas alamedas.
Bajamos. No son las siete de la mañana todavía. El establecimiento está en plena labor. Junto a los galpones, el personal acondiciona, en parva enorme, la alfalfa del valle. Un hijo de don Armando, joven y bien plantado, que no puede negar su tipo francés, capitanea el grupo. Con él paseamos por las calles del parque bajo los enormes carolinos y árboles de importación, cuya convivencia en el solar ha de haber costado ingentes sacrificios. Es una nota de buen tono este parquecito, propia del espíritu francés, no muy peculiarizado por las iniciativas, pero inteligente, fino y amante de la comodidad. El verde tornadizo y amable suple en el parterre artificiado y en la variedad del adorno arborícolo, la exigüidad del jardín, incapaz de ser pródigo bajo el azote de los vientos fríos o del ardor tropical.
Momentos después departíamos con don Armando.
--La ganadería mestizada en esta zona--nos dice--se inició en 1900. Se organizaron en aquella época algunos establecimientos de crianza e invernada. Los preliminares, sin duda alguna, se deben a don Alfonso Capdeville, quien diez años atrás, en 1890, dió el primer envión a la industria ganaderil de la comarca.
“En 1902, es decir, dos años después de haber formalizado este establecimiento, traje de Inglaterra dos toros puros. Fuí, en consecuencia, el primer ganadero de la zona, que tentaba el ensayo de la alta mestización, en contraposición a todos los inconvenientes imaginables. Estos sementales vinieron en tren hasta Santa Rosa. De Santa Rosa aquí fué menester traerlos a pie. Para este traslado se empleó más de un mes. Traerlos en carretas, con los malos caminos de entonces, hubiera sido poco menos que imposible. Vinieron pisada sobre pisada, sin molestarlos cuando no querían caminar y con el consiguiente convoy de auxilio, carro de forraje y carro aguatero. Cada uno de estos ejemplares me había costado alrededor de 6.000 pesos.”
Nos imaginamos la importancia de este prolegómeno de la industria, que fué sin duda, el precedente alentador, que desbrozó el camino a los demás ganaderos de la zona.
A estos sementales fundadores, siguieron otros toros importados, que apresuraron la tecnificación de las haciendas. El primer lote de vacas casi puras, que vino a romper el sello criollo de la ganadería comarcana, estaba compuesto de 80 ejemplares de tipo Durham, que procedían de la cabaña Stenz de Vedia, en la provincia de Buenos Aires. También a este selecto plantel le tocó su parte de odisea en una arreada desde Buena Esperanza hasta La Morocha.
Actualmente el establecimiento, que dedica su atención a crianza y engorde, conjuntamente, tiene un total de 1.500 vacas Durham.
Podría argüirse que esta cantidad de ganado es ínfima para una extensión de 17.000 hectáreas que comprende el campo de La Morocha. Pero en esta superficie cuya mitad está invadida por el monte talar, no han prosperado en la forma anhelada los alfalfares, debido a los años de persistente sequía. Don Armando nos informa, con cierto escepticismo, sobre el resultado de sus cultivos forrajeros.