Nuestra Pampa; libro de lectura
Part 17
=Ferrovía.= Ferrocarril.
=Viable.= Hacedero; que puede ser hecho.
=Septentrional.= Del norte.
=A priori.= Locución latina. De antemano. Se dice que una demostración o una afirmación es a priori, cuando deducen los efectos de las causas.
=Alpataco.= Planta leñosa de raíces duras y sarmentosas.
=Incremento.= Aumento.
=Corolario.= Consecuencia.
=Tributarios.= Que dependen.
=Pacen.= De “pacer”, comer la hierba.
=Fundo.= Propiedad, finca rural.
=Realicó.= Alberca o aguada en forma de fuente (araucano).
=Rancul (o Ranquel).= Juncos (araucano).
=Chamaicó.= Cha (gente); mai (derecha); co (aguada, manantial).
HACIA VICTORICA
Después de visitar diversos pueblos de la línea de Pico, hemos pasado a Victorica. En la proximidad de Conhello comienzan los montes de caldén, de vegetación uniforme. Está la comarca en plena explotación. La leña, en parvas interminables, se alínea junto a los alambrados del ferrocarril. En Luan Toro, el stock de consideración, aguarda tren rodante para volcarse en la capital federal. Cruzamos las “hachadas” de M. de P. y T. Las industrias agropecuarias poca vitalidad dan todavía a la zona. Se está en la faena primitiva de descuajar el bosque para entregar los campos a la roturación.
El día es espléndido. Se visten de alegría el cielo azul, el monte y la pradera. El cardo asnal levanta sus mitras constelando de pompones el campo de tréboles y gramillas. El paisaje silvestre se tonaliza de vez en cuando con el pequeño alfalfar, el desmonte, el labrantío. Muy de tarde en tarde, asoma de entre el monte tupido, un ranchujo cimarrón mezcla de toldo y de vivienda suburbana. El terreno se quiebra en collados, pero sin brusquedad, con elegancia. En algunos potreros advertimos la vacada de criollos, de tipos torvos y violentos, pero con las primeras intentonas de mestización; algún rebaño pampa, a medio seleccionar y algún hato caprino triscando alegre entre los árboles.
No es necesario descender del tren para dar juicio sobre la aptitud de los campos. La cebadilla agreste difundida en copiosos matorrales, nos habla con elocuencia de la fertilidad del suelo. Las lluvias de este año han sido frecuentes y abundosas.
Los campos de Victorica, por sus condiciones agrológicas, son buenos para cultivos de forrajeras. La tierra, arenosa y morena, es propicia a la alfalfa.
Los primeros alfalfares los inició en la región y en 1898, don Máximo G. Estos ensayos en su establecimiento Carro Quemado, fueron una comprobación. Le siguieron en la prueba, don Alberto S. en La Isabel; don Alfonso C.--el pujante francés--en sus campos de Telén; Von B., en Poitahué, y Armando L., en La Morocha. Actualmente la superficie alfalfada de Victorica puede calcularse en una extensión de 80.000 hectáreas.
Sin duda alguna, el más empeñoso cultivador ha sido don Máximo G., quien por la excelencia de sus semillas, obtuvo premios de valía en el concurso organizado por el ministerio de agricultura en 1909, y en los de la Bolsa de Cereales de 1910 y 1913.
Para el cultivo de una hectárea de alfalfa en Victorica se calcula una inversión de 30 pesos. Por las faenas de arar, sembrar y rastrear, se paga 7 pesos. Se dan, generalmente, tres cortes anuales, destinando el primero para semilla, cosa de que si fracasa se pueda asegurar el segundo. La alfalfa se acondiciona en parvas y almiares. No se han ensayado aún los silos en esta región, debido a que los resultados del forraje, en estos tres últimos años--salvo el presente--han sido precarios, por escasez de lluvias.
El maíz se cosecha con éxito en toda la comarca. Predomina el tipo de maíz amarillo.
Este año se han iniciado los primeros tanteos en trigos, con pequeñas extensiones de 100 y 200 hectáreas, en ruso y barletta. Y a fe que este cereal y su poco de avena, han dado rendimientos alentadores. Son italianos, españoles y criollos los labriegos que acaban de tentar esta nueva orientación para los cultivos rudimentarios de la comarca. De este ensayo arrancará la corriente colonizadora que ha de iniciar la evolución agraria en Victorica.
--Quien está poniendo mucha atención en estos preliminares agrícolas--nos dice el gerente del Banco de la Nación--es el señor Enrique K., en su campo La Fe. El señor K. ha traído colonos del sur de Buenos Aires. Su ubicación es reducida pero ha resultado eficaz. Son tres familias, solamente, las fundadoras de la chacra, con un cultivo de 300 hectáreas. El trigo y la avena prometen dar óptimo rendimiento. Con tan buenos auspicios, el propietario del campo aumentará sus colonos el año entrante. El campo La Fe está situado a seis leguas del ferrocarril. El señor K. no cobra arrendamiento por el campo destinado a agricultura. Lo hace, simplemente, a título de ensayo.
La industria ganadera tiene viejo arraigo en la zona. En materia de ganado vacuno, la tecnificación comienza hace quince años, con los primeros tipos importados en toros y vaquillonas. Actualmente predomina el tipo Durham. Se calcula en más de 250.000 el número de cabezas en el departamento. Estas haciendas se destinan a los mercados del litoral y a frigoríficos. Como un dato significativo sobre el mercado de haciendas, diremos que en los remate-ferias de Telén y Victorica hay ventas mensuales, sobre totales de 1.000 cabezas como término medio, exclusión hecha del ganado lanar. En ovino, se ha reformado mucho también, con cruzas de Lincoln y Rambouillet. Las majadas aborígenes, salvo uno que otro plantelito de propiedad de criadores retrógrados, están en Santa Isabel y Colonia Mitre para afuera. Son limpias, en general, las lanas de la zona. Hay un poco de roseta, sin embargo. No hay abrojo grande. No hay garrapata. No hay lombriz. La sarna es benigna, y para ello tienen los establecimientos sus comodidades zootécnicas. La cosecha de lana este año está calculada en 2.000.000 de kilos. Los últimos precios alcanzados hasta ahora--escribimos este capítulo a principios de noviembre--han oscilado entre 20 y 25 pesos.
Creemos que bastan estos apuntes como semblanza general del departamento. La tierra es generosa y feraz, apta como la mejor del territorio para las industrias rurales. ¡Lástima que no esté lo suficientemente subdividida! Pero las necesidades agrícolas han de formalizar con el tiempo la evolución, tonificando el progreso de la zona.
El comercio regional es nutrido y honesto. Las casas de Victorica tienen un extendido radio de acción en el noroeste, llevando sus mercaderías hasta las colonias Mitre y Epumel y gran parte de la sección 13. Hay establecimientos comerciales que merced a su empeñosa labor, y sin ser excesivos en los precios, han doblado su capital en un año. Unase a esto el dato de que el Banco de la Nación sostiene un movimiento no inferior a 15.000.000 de pesos, según informes oficiosos que recogemos, y se tendrá una noción aproximada de la validez comercial de este centro.
La evolución de Victorica es hacia la agricultura. Ya se diseñan los primeros albores. Departamento criollo--el más criollo de la Pampa--y ganadero, en consecuencia va ganando el oeste, mientras la agricultura de importación, se apodera de los gramillales y fracciona en chacras la heredad. La línea de Toay a Victorica, cuando vaya, revolucionará los predios y constelará de colonias el camino.
VOCABULARIO
=Hachadas.= Las partes del monte en que trabajan los leñadores o hachadores.
=Cardo asnal.= Variedad del cardo común, de hojas muy espinosas.
=Mitras.= Ornamento o capelo, color violeta con que los obispos se cubren la cabeza en las funciones religiosas.
=Constelando.= Matizando.
=Collados.= Lomas o colinas de poca elevación.
=Hato caprino.= Rebaño de cabras.
=Inversión.= Gasto.
=Auspicios.= Comienzos; lo que permite esperar que aquello que se emprende salga o resulte bien.
=Retrógrado.= Atrasado.
=Garrapatas.= Insecto de patas gambadas que se agarra fuertemente a la piel de los animales para chuparles la sangre.
=Feraz.= Fértil.
=Apta.= Adecuada, que sirve para algo.
=Heredad.= Posesión de campo.
=Constelará.= Llenará. Tomada en sentido figurado.
PERFILES DE UN PUEBLO SIMPATICO
Terminada la campaña al desierto, había que poblar el país conquistado. La Pampa del norte, foco de tribus hoscas bajo la garra de caciques zahareños, reclamaba con urgencia núcleos urbanos como el primer complemento civilizador. Nuestra caballería, fatigada aun, dejaba sus carabinas humeantes para cavar el cimiento de las poblaciones. Militar había sido el desbrozamiento del bosque salvaje y militar debía ser el bautismo de los pueblos. Nace así Victorica, el 12 de febrero de 1882, tutelado por las armas victoriosas del 9 de caballería. Es el coronel don Eduardo Racedo quien le unge su óleo militar, en unión de sus compañeros de armas, coronel Ernesto Rodríguez, comandante Sócrates Anaya, Froilán Leiría y otras figuras descollantes de la cruzada.
Era a la sazón ministro de la guerra, el general don Benjamín Victorica. El pueblo criollo cuyos primeros vecinos proceden de Mercedes de San Luis, recibe el legado de las armas dispuesto a desenvolver sus energías y a apresurar la colonización del vasto territorio. Era la simiente de la pacificación llevada por la guerra y que debía germinar en rama de olivo entre los campos agrestes y los bosques del norte. Y en verdad, que no podía el ejército haber elegido un punto más estratégico y central para la fijación del núcleo urbano.
Abarquemos en una ligera reseña el amplio panorama de la heredad indígena, donde estaban aún frescas las huellas de la salvaje dominación. Poitahué, vecino a Victorica, puede considerarse el punto de irradiación de aquel dominio bárbaro. El paraje es boscoso, lleno de quiebras y circundado de médanos. Las selvas se escalonan en anfiteatro hasta empenachar las más altas colinas. Allí, desde tiempo inmemorial, se consagraron las más sonadas aventuras indígenas, alianzas y parlamentos y se tramaron las más bravas invasiones a tierra de cristianos. Fueron estas selvas, metrópoli gubernaticia en lo bárbaro e institucional y gran mercado de transacciones en el comercio y la ganadería. Hasta allí vinieron los plenipotenciarios del Limay, de Mendoza y de ultra cordillera a transar convenios “internacionales” y legislar sobre los campos sin fronteras; y vinieron también arrieros y negociantes a comprar ganados y cargar en sus recuas con la sal de las lagunas. Hacia el sur oeste, donde el bosque se diluye en aislados matorrales, dos lagunas, como dos broches de plata, cierran la herradura de los médanos. Allí tenía el cacique Quinchao su aduar, como un cancerbero puesto en guardia junto a los primeros árboles de la selva mitológica. Desde la cresta de las lomadas vecinas, la vista abarca un dilatado horizonte. Hacia el sureste se abre, otra vez, el bosque infinito y espeso. Es el Rincón de Baigorrita entre cuyas tupidas arboledas supo, el famoso cacique, buscar refugio como un gato montés. Más allá una hondonada; luego un médano. Después, una laguna--Metero-Quett--abundosa mina de sal común.
Se entra después en la tierra próvida: Yuá-Yuá. Fué en este valle feracísimo donde Painé había asentado su pueblo. Tierra rica en humus, se prodiga en gramíneas silvestres y en pintorescas perspectivas. Levantada la tienda aborigen, nuestras tropas encontraron cebadales sembrados en forma rutinaria pero floreciente. De este oasis, que suponemos invernadero promisor para las caballadas indígenas, pudo decir el doctor Benjamín Dupot cuando en 1879 lo cruzó con las tropas del coronel Rudecindo Roca: “De todos los terrenos que hemos recorrido, desde Villa Mercedes de San Luis hasta aquí, 92 leguas, es el más feraz éste, pareciendo que fuese fecundada la tierra artificialmente.”
Pero este valle no es más que un anticipo de la vega fertilísima que sigue al sur espaldada en semicírculo por las colinas de Calpe y Curru-Mahuida, que corren paralelamente de noreste a suroeste y donde, en previsión del árido desierto que vendrá después, la naturaleza parece que hubiera desbordado en gracias. Lástima que es breve el solar valletano. Pero es nutricia y es húmeda su tierra y basta una lluvia tímida para tapizar de verdura el prado. Aquí se abre el horizonte sobre la travesía como una puerta infranqueable que los indios denominaron Huin-cul.
Desde allí hasta los derrames del Atuel, sobre las arenas del Chadi-Leuvú, el terreno se presenta fragoso y desigual, ora lleno de dunas errátiles, ora salpicado de jarillas y piquillines precarios, ora con praderías fértiles pero amargas, ora con sotos exíguos pero poblados de gramillas y trébol de olor.
Pero no es esto todo el vasto país que dominaron los ranqueles. Hacia el norte y hacia el sur y hacia el este llevaron la fuerza brutal de su poderío. Y si nómades fueron sus correrías, no fué por la pobreza de sus valles, que no convivieron la tierra propia, en los afanes del trabajo remunerador. Guerreros por casta, sañudos y andariegos por modalidad, no era el sedentarismo de la labor agraria el que había de poner freno a su vida gandul. Con invernadas fértiles ¿a qué razón intentar el labrantío, si era más fácil poner por delante de sus potros los ganados ajenos y alcanzar la inmensidad de los bosques y las vegas recónditas? ¡Ah si hubieran sido sosegados y trabajadores como los indios de la meseta! La misma facilidad de la vida sobre la tierra fértil y bajo el sol benigno, contribuyó a entorpecer su propia étnica, trabajada en la guerra y en la rapiña del pueblo araucano, su antecesor. Y hubieron de perder su paraíso porque no supieron cultivarlo para vivir en paz a su sombra.
¡Sus valles! ¡Sus bosques! ¡Sus serranías! ¡Sus lagunas!... En Ranquel-có, exuberante pradera regada por su arroyo juguetón y circundada de médanos hechos al azote del viento, solía Baigorrita invernar sus caballadas. En Leuvucó, junto a la laguna de Ochoel, donde se dividía el extenso reinado con Epumer, salpicado por vastas selvas y claros ubérrimos, mantenía su tienda Mariano Rosas, mientras el predio le devolvía con trigos y cebada el trabajo de aventar la semilla. ¿Y Cochicó? ¿Queréis algo más bello? Sobre este valle, santificado por la tragedia, un militar de la cruzada, en parte a Racedo, suscribió esta breve semblanza: “La naturaleza parece hacer alarde de sus galas. Difícil es describir la particularidad de esa perla--permítasenos la frase--en la soledad misteriosa de la Pampa.”
Y todo lo perdieron. Quedó la inmensa heredad abandonada. Las tolderías deshechas. Creció la maleza en las vegas inactivas y ansiosas de ganado. Se cubrieron de maraña los senderos ocultos que se retorcían como serpientes hasta el corazón de las selvas. Y cuando la civilización, legataria del esfuerzo armado, quiso recoger el premio de su gran conquista, pensó en que la obra inmediata de esta depuración debía llevarla la colonia.
Así nació Victorica, primera avanzada civilizadora en el país de los ranqueles.
VOCABULARIO
=Hoscas.= Asperas, intratables, hostiles.
=Zahareño.= Desdeñoso, desconfiado, irreductible.
=Desbrozamiento.= De “desbrozar”: quitar la broza, limpiar.
=Unge.= De “ungir”: señalar una persona o cosa derramando sobre ella el óleo santo. Está en sentido figurado para significar que se señaló o asentó el sitio en que se levantaría el pueblo de Victorica.
=Estratégico.= De acuerdo con la estrategia.
=Irradiación, punto de irradiación.= El centro desde el cual se ejercía el poderío indígena.
=Anfiteatro.= Lo que está en forma de anfiteatro. En sentido recto, anfiteatro es un edificio ovalado o redondo, con gradas alrededor.
=Transar.= Realizar.
=Recuas.= Conjunto de animales de carga.
=Diluye.= Se extiende en forma suave.
=Aduar.= Campamento o población movible de los árabes nómades. Por extensión, se aplica a las tolderías de los indios de la Pampa.
=Cancerbero.= Guardián fiero y soez. En la mitología griega, Cancerbero era un perro de tres cabezas, feroz, que guardaba la entrada de los infiernos.
=Mitológica.= Propia de la mitología.
=Humus.= Tierra rica en materias nutritivas vegetales, negra, y la más apta para que se desarrollen las plantas.
=Valletano.= Perteneciente al valle.
=Errátiles.= Movedizos.
=Jarillas.= Planta de la zona pampásica.
=Piquillines.= Planta pampeana.
=Sañudos.= Furibundos, dados a la saña.
=Sedentarismo.= La vida en un sitio fijo.
=Gandul.= Holgazán.
=Recónditas.= Muy escondidas.
=Ubérrimos.= Los más feraces.
=Semblanza.= Descripción.
=Maraña.= Maleza.
=Legataria.= Heredera; que recibe un legado.
=Ranquel-co.= (Voz araucana). Laguna de juncos.
=Limay. (Voz araucana). Liso, plano, parejo.=
=Curru-Mahuida.= (Voz araucana). Cerro negro.
LA HEROICA JORNADA DE COCHICO
La primera impresión agradable que nos da Victorica, la recogemos en la plaza pública. Es el obelisco a los héroes de Cochicó, mojón más que monumento, donde el alma popular ha significado su espontánea glorificación al puñado de valientes que cayó en la jornada del 19 de agosto de 1882, inmolado por las lanzas de Yancamil. ¡Loado sea el pueblo que venera a los humildes!
Sin duda, historiadores rotundos, ignoráis esta sencilla jornada del desierto, que venía a epilogar con la nota más cruel y más saliente la campaña civilizadora. El episodio de Cochicó, trivial para los resultados generales de la cruzada, tiene una significación trascendental dentro del espíritu de disciplina del ejército. Demuestra, además, con harta elocuencia, la necesidad de complementar el éxito de las armas, con una política gubernamental auspiciosa, que llevara sobre el rastro de las tribus en derrota, vigilancia, cultivos y población.
El coronel Racedo, con asiento en Villa Mercedes, en parte telegráfico de 25 de noviembre de 1878, decía al ministro de la guerra, general Roca: “Le felicito por el resultado de la expedición del comandante Roca. Ella ha sido tan feliz como la mía. Poco queda que hacer con los ranqueles.” Roca le contestaba dos días después: “Me parece conveniente que usted en persona dirija la operación de concluir con los ranqueles. Váyase preparando y avíseme qué día piensa salir. Creo que ahora estas marchas deben hacerse despacio para no fatigar los caballos. No deje perder esta luna. Le recomiendo me lo trate bien a Chancalito.”
Sin embargo, lejos estaban de concluir con la salvaje dominación. Era muy vasto el país ranquelino, muy lleno de accidentes topográficos y variado en recursos naturales para que pudiera descuajarse de golpe aquel imperio montaraz. Faltaban por caer los soberanos Baigorrita y Epumer. Las armas de la nación, demasiado hacían en aquel inextricable laberinto, desde los altos médanos de Poitahué hasta los guadales del Salado, en una extensión salpicada de bosques espesos, de lagunas salobres, campos abiertos, dunas y collados. Por fin cae Epumer con su mesnada de 300 jinetes de chusma y lanza. Es el día 7 de enero de 1879 y lo comunica Racedo desde Río IV. Abandonan los aborígenes sus viejas guaridas y se retiran al Chadi-Leuvú. Pero falta Baigorrita. ¡Baigorrita! Contra él se lanza el jefe de la vanguardia de la tercera división de operaciones, coronel Rudecindo Roca y lo persigue a lo largo del Salado hacia el sur. En Curru Mahuida, le da un indio la noticia de que el fugitivo con sus fieles, ha vadeado el río y el Atuel. Se sigue los rastros. Se costea una cerrillada de médanos. Se cruza el abra. Luego el monte hirsuto. Pero ahí está el río lleno de braveza, hinchando el lomo y guarnecido por el tembladeral. ¿Quién se azota!... Una de las comisiones volantes anuncia, por la delación de un indio, hermano del capitanejo Mariqueo, que Baigorrita debe estar junto a la laguna de Cochicó. Hay que volver entonces diez y seis leguas por lo menos. Allí ha de estar el montesino, el ogro, con su hermano Lucho que es su sombra y su brazo. Y hacia Cochicó fueron nuestras armas. Penosa debía ser la travesía. Los derrames del Atuel habían invadido con su raigambre de cañadones una extensa superficie. Diez horas permanecieron nuestros bravos en el agua un día 25 de mayo frío y ventoso. Pasaron por fin aquel delta endemoniado. Ganaron una isla, ateridos y hambrientos, para recomenzar la jornada al día siguiente, no bien se iniciase el sol. ¡No había que dar tregua al fiero ranquel! El 27 se gana el rastro de Cochicó. Cruzan el bosque de chañares y jarillas y van a acampar a la vera de la serranía. Allí se muda de caballos y se vuelve a tomar el camino hasta la laguna amarga. Un chasque del capitanejo Cumilao, sorprendido en el monte, denuncia la situación de Baigorrita en Cochicó. Allí está con Lucho, Fortuna y Cumilao. Pero, no contaban nuestras tropas con la astucia del indio, que es su naturaleza providencial. Baigorrita ha huído horas antes, al otear como una fiera perseguida, la proximidad del ejército. ¿Hacia dónde? A Ranqueló, sin duda. Pero no se detiene aquí y vuelve nuevamente a burlar a sus perseguidores, emprendiendo la fuga hacia el Colorado. Le garronearon las pezuñas los jinetes del 9. Pero fué inútil. El gamo había nacido en las breñas y tenía el instinto ancestral del bosque. Se escurrió como una sabandija.
--¿Ve esa humareda?--le preguntó al coronel Roca, un ex-cautivo que se plegó a las tropas frente al jagüel de Las Liebres.--Es Baigorrita que avisa a sus indios dispersos, encontrarse en la otra ribera del Colorado.
Dos meses después, en agosto, el gobernador de Mendoza, don Elías Villanueva, comunicaba al general Roca la muerte del ranquelino. “Cayó Baigorrita en poder de las fuerzas, después de combate reñido. Huyó con diez indios, y el mayor Torres, que lo perseguía, lo mató porque no quería rendirse.”
Este episodio ocurrió el diez de agosto a la margen del río Agrio.
Con la muerte de Baigorrita y el sometimiento de grado o por fuerza de los grandes caciques, termina el imperio pampeano como entidad subordinada a la soberanía indígena. Pero no así el bandidaje desalmado en algunas comarcas. El país ranquelino, quebrado y fértil, lleno de bosques, de médanos, de serranías y gramillales, era de fisonomía excepcional para prolongar las montoneras. El chusmaje aborigen, capitaneado par los últimos lanceros que restó la huída en los repliegues del camino, por largo tiempo merodeó en la comarca sometida, no obstante el optimismo de los conquistadores. Y precisamente, a la guerra sorpresiva que siguió a la acción sistemada, pertenecen los más bellos y emocionantes episodios militares. El encuentro de Cochicó que trata de perpetuar este monumento honrado y glorificador de la plaza pública, tiene los contornos de la epopeya. Se suscribió así aquella jornada de sangre y de valor. En el mes de julio de 1882, cinco meses después de fundado el pueblo de Victorica, el comandante Froilán Leiria, segundo jefe del regimiento 9 de caballería, desplegó al mando del mayor Nicolás Santerbó en persecución de los indios, una parte de la fuerza de su guarnición. Cuando estas tropas llegaron a Puelen, es decir a cincuenta leguas de Victorica, su jefe desprendió