Nuestra Pampa; libro de lectura

Part 10

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Y, a renglón seguido, nos muestra en su copiador, el documento de garantía subscripto a favor de una veintena de sus colonos, con el Banco de la Nación en General Pico, por una suma superior de 20.000 pesos en garantía de dinero para levantar las cosechas.

Cierto es que la recolección está ad-portas; que se anticipa un óptimo rendimiento--noviembre se desliza temprano y parejo.--Pero estos buenos augurios que pudieran desvalorizar la acción prestataria, frente a la pronta y segura recompensa, suelen ser humo de paja cuando ha de venir el granizo, las heladas y aun las fuertes lluvias de fines de primavera, verdaderos turbiones que malogran el trigo hasta en la misma parva. El colono no está seguro hasta que tiene su grano en las planchadas o lo ve alejarse en los vagones del tren.

La colonia de que hablamos lleva el nombre simbólico de La Espiga de Oro. Su éxito, formalizado en estos tres últimos años, ha dado pie a la organización de otras colonias vecinas tributarias de la estación Winifreda: La Delfina, La Paz, Santamarina, etc. Actualmente La Espiga de Oro tiene bajo cultivos una superficie de 20.000 hectáreas, siendo sus colonos, alemanes católicos y protestantes.

Fueron treinta las familias fundadoras de este campo. De entonces acá, los años han tenido sus veleidades. Los últimos cinco pueden significarse por dos cosechas malas y tres buenas. Se dijera que el complemento del ferrocarril, estableció, en definitiva, la bonanza de la región. Actualmente ocupan la colonia 108 familias, subarrendatarios que pagan como locación el 16% de la cosecha, con contratos por cinco años y por lotes de 100 a 300 hectáreas.

Los campos de esta colonia son de tierra firme, exentos de médanos. El agua está de 6 a 15 metros y la tosca a dos. La ganadería es muy precaria.

Las habitaciones de los colonos constan de dos piezas y cocina. Son muy reducidos los mejoramientos que introduce el colono en su vivienda, pues su carácter de locatario, que ha de abandonar su predio al finalizar el contrato, no le da bríos para tonalizar el rancho con cultivos forestales ni reformas que han de quedar en la tierra. La maquinaria, eso sí, es de propiedad de cada familia. Los colonos utilizan las espigadoras Mc Cormick y Deering. No usan cosechadoras, ni engavillan. Espigan.

Nos interesamos vivamente por algunas características morales de la masa, su grado de comprensibilidad en los negocios, etc.

--Nuestros colonos--nos dice el administrador de La Espiga de Oro--constituyen un tipo de excelentes cultivadores. Son laboriosos, tenaces, fuertes; pero les falta espíritu de iniciativa. No tienen preparación técnica, y en consecuencia no trabajan con sagacidad los campos feraces. Son, por otra parte, analfabetos en su mayoría. Estas circunstancias contribuyen a dificultar las operaciones comerciales y bancarias, aguzando en el colono el instinto de conservación hasta el punto de cometer torpezas que pudieran sospecharse de acciones deliberadas y dolosas ocultaciones.

Nos agrada conocer esta semblanza de los colonos, presentada por el administrador como un rasgo saliente de su étnica. A nosotros, que hemos visitado todos los núcleos coloniales del territorio, se nos antoja que estos perfiles no definen un temperamento ancestral, refractario a todo perfeccionamiento. Rusos más hoscos y colonos trapisondistas hemos encontrado en el camino, modificados en su temperamento primitivo por los beneficios del predio propio. Cuando se solucione el problema agrario, ya hemos de ver que todas las razas serán igualmente aptas para tecnificar y ennoblecer los cultivos. Y será, sin duda, esta Pampa generosa, el gran crisol en donde se han de retener, fundir y unificar los pueblos migradores en un tipo común.

Felizmente para la colonia, ha comenzado a funcionar la escuela pública, bajo el patrocinio de la nación y con más de cuarenta educandos, costeada en su mayor parte con el producto de algunos festivales y donaciones.

Vecino a La Espiga de Oro, el mismo propietario cultiva, por igual sistema de arrendamiento, la colonia El Guanaco, con subarrendatarios alemanes. El terreno es algo inferior en calidad a La Espiga de Oro y más distante de Winifreda. Los colonos pagan el 15% en especies sobre las cosechas y por concepto de arrendamiento.

Como se desprende de estas ligeras apuntaciones, es de gran porvenir esta comarca, hecha pródiga merced a la valentía de una vertiginosa colonización. El tren, que llegó un día, después que el esfuerzo promisor maculara la tierra virgen, para recoger el premio generoso, no ha de estacionarse allí. Nuevas tierras al oeste reclaman sus paralelas de hierro. Mientras tanto, Winifreda, que se anticipó a la conquista, irá urbanizándose poco a poco--no bien desaparezcan ciertas trabas que se oponen a su expansión edilicia--hasta transformarse en un centro de primer orden llamado a desempeñar un papel importante en aquella extendida región de los trigos.

VOCABULARIO

=Gramillas.= De “gramíneas”: pasto silvestre difundido en nuestros campos.

=Inequívoco.= Que no da lugar a equivocación ni duda.

=Ciclópeo.= Gigantesco.

=Edilidad.= De “edil”: Correspondiente a la acción municipal en pueblos o ciudades.

=Tinglados.= En el caso presente, significa sitio o local en las estaciones ferroviarias, destinado a depositar cereales o frutos del país.

=Promiscuas.= De “promiscuo”: mezclado en confusión y sin orden.

=Estepa.= Llano extenso de escaso cultivo.

="Celui que ne comprend pas".= Expresión francesa que significa “aquel que nada sabe". Se pronuncia: “Celuí que ne comprán pa".

=Dubitación.= Duda.

=Utopía.= Plan teórico, irrealizable; proyecto ilusorio; cálculo vano.

="Ad-portas".= Expresión latina: en las puertas.

=Prestataria.= De “prestar”: dar o entregar una cosa con la condición de devolverla.

=Precaria.= De poca duración, inestable.

=Dolosa.= Falaz, engañosa, fraudulenta.

=Trapisondistas.= Enredistas.

=Migradores.= Que pasan de un país a otro para radicarse en él.

=Patrocinio.= De “patrocinar”: amparar, resguardar, cobijar, apoyar.

=Promisor.= De “promisorio”: que encierra promesa.

=Maculatura.= De “macular”: deslustrar, manchar. En el caso presente significa quitar la virginidad al campo silvestre.

LA CADENA DE PUEBLOS

Las cuarenta leguas que separan a Pico de Santa Rosa, las acabamos de salvar en automóvil, dejando para más adelante nuestra visita detenida a los campos pastoriles del norte.

Fué el 3 de septiembre. Una lluvia torrencial diluviaba sobre la tierra sedienta. El viento sopló del sureste, un viento agresivo que no cesó sino a última hora de la tarde. El ganado vacuno, que puebla los gramillales y campos de alfalfa en todo el trayecto de Pico a Catriló, venía a embolsarse en el alambrado del camino, paralelo a la línea del ferrocarril, viento abajo, inmóvil y resignado ante el azote del temporal. Fué para nosotros una oportunidad preciosa aquella de poder observar el enorme tesoro ganaderil de las grandes praderas, en todos sus ejemplares de excelente mestización, que se daban cita a lo largo del camino en filas interminables, verdadero certamen de gordura, de tipo, de calidad.

Los vientos de la comarca del norte, antes tan bravíos y desatados, se han venido atemperando paulatinamente. Maracó, Rancul, Realicó, Chapaleufú, Trenel, Conhello, Quemú-Quemú, han sufrido una transformación radical con los cultivos, y lo que es más sintomático para el arraigo territorial, una transformación meteorológica. Es la obra de la civilización de los campos la que opera el fenómeno. Los cultivos atraen las lluvias, modifican los vientos, estabilizan los arenales. Sin embargo, no podemos decir que se ha llegado a la verdadera protección de las sementeras y los alfalfares con la divulgación de los cercos vivos. Esto importa un problema, sobre todo cuando se trata de lindes extensos y es menester preservar los cercos protectores, incipientes aún, de la zaña destructora de las liebres y las vizcachas. Para felicidad de los colonos, las liebres en esta zona van desapareciendo poco a poco. Hace algunos años se propagó un flagelo que no llegó a sintomatizarse con exactitud, pero que se hizo sentir como una racha destructora para la especie. El daño, que se generalizó como una epidemia en toda la región del norte, se singularizó con una característica particular: las liebres venían a morir en los caminos. Esta circunstancia facilitó la limpieza de los predios pastoriles. Después de este azote, la invasión de las liebres se dirigió al suroeste, quizás para no volver más sobre la rica zona. Queda aun la vizcacha difundida por los campos. Pero su extinción es mucho más sencilla y su obra de devastación se circunscribe alrededor de su madriguera, dando facilidad al colono para localizar el ataque.

Algunos chacareros previsores han ensayado el cerco vivo con buenos resultados; otros han colocado tejido en el linde de sus cultivos o alfalfares. Pero este sistema precaucional es dispendioso y sólo tiene efecto contra las plagas de las liebres. Lo importante sería conciliar la defensa contra los vientos. De ahí el cerco vivo. Tenemos fe en que no han de pasar muchos años en que estos campos feraces, subdivididos por granjas y potreros, se pueblen de arbolados. La lluvia de este día, lluvia de oro para los sembrados nacientes, pero que chasqueó sin piedad sobre el lomo de las bestias como las cuerdas de un látigo movido por el aquilón, interrumpiendo el tranquilo pacer del ganado, nos dió idea clara de la necesidad de difundir el forestal por los campos, para la grata sombra en el estío y el reparo en la crudeza invernal.

Muy pocos árboles hemos visto en el largo trayecto. De vez en cuando algún sauce en eclosión de yemas, rompía la línea ondulada del paisaje. Siempre el molino junto a la vivienda reclamando la fuerza del viento para regar la huerta o abrevar al ganado; raras veces el árbol. Hasta los mismos focos de población, nutridos ya, poco culto le dedican a las plantas. Se explica esto por el carácter genuinamente comercial de los centros urbanos que se suceden en el camino. ¿Qué importan los eucaliptus, el sauce campechano, los paraísos fragantes, el jardín sencillo, en la fonda de la estación o la tienda de abarrotes, destinados a servir al elemento movedizo y migrador de la colonia? Pero los centros que se conglomeran a la ventura por el propio desarrollo vegetativo y por exigencias de la vecindad colonizadora, van municipalizándose poco a poco y es necesario pensar en la edilidad definitiva, carente de incentivo sin la propagación civilizada del árbol. Dorila, Quemú-Quemú, Relmu, Catriló, Lonquimay, La Gloria, Uriburu, impresionan gratamente por su intensidad de vida mercantil, pero no por la influencia emotiva que deja el árbol, signo de avanzada civilización. Sólo Miguel Cané, que cruzamos en el trayecto, se engalana profusamente con atavíos forestales. Cada casa tiene su huerta y por sobre las chapas de hierro de sus techados asoma la alegría de un vegetal. Suponemos el tono alegre de la alquería, destacándose del paisaje pampeano en un día claro de primavera...

¿Adversión al árbol?--supondrá algún espíritu caviloso, ante el retraimiento prosaico de estas poblaciones.--No. Es la propia juventud de cada centro, la improvisación vertiginosa de la comuna que no ha formalizado aun su vida social, ni se ha dado tiempo para estas especulaciones del espíritu que dulcifican la vida. El arraigo vecinal extiende sus primeras raíces en la tierra pródiga. Cada uno de estos pueblos nació con los preliminares de la colonización agrícola, resultado, casi siempre, de una emigración heterogénea ávida de tentar fortuna en el noble trabajo de la tierra. El crecimiento de cada población ha sido un fenómeno imprevisto en casi todos los casos, salvo en la capital del territorio. De la noche a la mañana han surgido los pueblos: con vida propia y de gran porvenir, en las cercanías de las chacras y los campos, subdivididos; anémicos, en la vecindad de los latifundios y las grandes invernadas.

Arraigados los vecindarios, se patentizan los problemas de la urbanización. Felizmente los fundadores de pueblos tuvieron casi siempre--¡y cómo no!--la visión del futuro; y al delinear y subdividir, convinieron, por lo menos, en la amplitud de las calles y el reparo de los vientos. En muchos casos no se anticipó el gran centro y la economía de los propietarios del terreno original, a pesar de la baratura del suelo, limitaron su dádiva al lote para algunas oficinas de rigor,--la policía y el juzgado, sin duda.--Pensar en plaza pública sería un lirismo; en iglesia, una regresión. ¡No necesitaría de estos lujos la ola adventicia de la colonia! Fondas, almacenes fuertes, panaderías, canchas de bochas y despachos de licor, era lo que necesitaban los poblados. Sin régimen para la colonización, los pueblos agrícolas fueron, casi siempre, el resultado lógico de la colonia. Un campo de labor adjudicado a doscientas familias, reclamaba, como consecuencia, el centro urbano, exigido con antelación y a título de negocio, por el poseedor primitivo. Conjuntamente con el pueblo, asomó el ferrocarril a recoger las cosechas y se insinuó el amparo oficial con la administración de orden y de justicia. En esta forma han surgido de diez años a esta parte casi todos los centros agrícolas de la Pampa. La improvisación de ayer reclama hoy atenciones diversas y fundamentales. El conglomerado comercial que definió un centro poblado, tiene hoy exigencias de carácter social. Se organiza la familia nueva, la familia pampeana, adherida al terruño con aspiraciones propias y caracteres definitivos. La escuela pública unifica en el territorio la instrucción nacional. El elemento extranjero que ha sudado sobre la tierra arisca o ha levantado fortuna desde el mostrador, se encariña al suelo en espontánea y fructífera convivencia. Ha llegado el momento, entonces, de cimentar sobre bases definitivas el pueblo que nació a la ventura, obra de un tanteo comercial o de una exigencia de la comarca. Y vienen los reparos a la imprevisión, ya que no es dado retener al progreso. Y entran los pueblos en la segunda etapa de vida comunal, tratando de rectificar los errores propios de la improvisación.

En esto están los pueblos del norte que dejamos atrás al paso acelerado de nuestra máquina, el propio “Mercedes” que sirvió a Roosevelt para cruzar la cordillera de los Andes. Ahí quedan los pueblos con aleteos de aldea y proyecciones de urbes populosas. A ellos volveremos en incursión territorial, anhelosos de estudiar su constitución, su vitalidad, su porvenir.

Mientras tanto, el camino se ensancha a nuestro paso como una arteria abierta a las praderías infinitas, en donde se insinúan los sembrados nacientes, jubilosos ante el aguacero torrencial. ¡Y qué auspiciosa compañía la que nos lleva sobre el camino trillado hacia la capital! El telégrafo, el teléfono, el riel...

VOCABULARIO

=Meteorología.= Que trata de las causas y efectos de los fenómenos atmosféricos, por ejemplo: de la lluvia, del viento, del granizo, etc.

=Flagelo.= En este caso se refiere a una peste, a una enfermedad vulgarizada.

=Dispendioso.= Costoso, cuantioso, exorbitante.

=Genuinamente.= De “genuino”: puro, propio, natural.

=Vegetativo.= De “vegetar”: disfrutar voluntariamente vida tranquila, exenta de trabajos y cuidados.

=Arraigo.= Fijeza, estabilidad, permanencia.

=Lirismo.= Pensar u obrar sin lógica, sin juicio sereno.

=Regresión.= Acto de volver atrás.

=Adventicia.= Accidental, casual, extraña, que no es natural ni propia.

=Antelación.= Anticipación, anterioridad.

=Conglomerado.= De “conglomerar”: aglomerar, hacinar, amontonar, juntar.

=Convivencia.= Vivir simultáneamente con otros, en unión, al mismo tiempo.

=Maracó.= Aguada de las liebres (voz araucana).

=Chapaleufú.= (Voz araucana). Río pantanoso.

=Trenel.= Campo de totoras; también se llama “trenel” a los bastos del “recado” de montar.

=Lonquimay.= (Voz araucana). Nombre de cacique.

=Conhello.= (Voz araucana). Paraje con agua abundante.

=Relmu.= (Voz araucana). Arco iris.

=Catriló.= (Voz araucana). Médano cortado.

EL PUEBLO DE GENERAL PICO

General Pico es el primer centro comercial del territorio. Bautizarlo Rosario de la Pampa, sería vaticinarle un porvenir político dentro de la futura provincia; y ¡líbrenos Dios de caer en suspicacias! Fué ingénuo, sin duda, el mote de “Chicago del porvenir”, que suscribió un gran espíritu, sembrador de pueblos--Chapeaurouge.--Pico, por su situación mediterránea, podrá nuclear con fuerzas propias una inmensa y rica comarca, pero nunca será la ciudad de la carne, la ciudad de los “packing house”, bajo la garra colosal de Armour. Chicago, junto al Michigan, tiene la gran comodidad lacustre que ha podido favorecer la expansión de sus frigoríficos. Pico, finca su porvenir en las industrias agropecuarias, y mientras el tiempo y la testamentaría, no barran los latifundios, está su departamento destinado a ser la región--única, por la calidad de sus forrajes--de las grandes praderías, la región de las invernadas o “de cebo” como llaman los estadounidenses a los ranchos de Nebraska. Con Kansas City sería más apropiado el parangón que le cuadra a Pico, siquiera por su similitud geográfica y la forma vertiginosa en que se va acrecentando su población.

De todas maneras, bajo su aspecto comercial, Pico se nos antoja un pueblo del Far West. Sin aguzar la imaginación, retrotrayendo aquella agitación febril que caracterizó las transacciones primitivas y, a renglón seguido, al agiotaje de los terrenos, podremos encontrar los preliminares de Pico en aquel pueblo de Guthrie, en el corazón de Oklahoma, tal como lo describe Paul de Rousiers. Suponemos a los afanosos lonjistas oteando como buenos sabuesos, la lucrativa reventa; los “land agents"--especuladores en tierras--y aquella frase sacramental en todos los labios, de una invariable elocuencia: “¿how is business?” (¿cómo van los negocios?), tan propia del Oeste de allá como de nuestro Oeste, signo etnográfico de todas las improvisaciones. Y hasta la vida accidentada de aquel capitán Couch, cuya figura de poblador y hombre de empresa debe haber quedado como una leyenda en Oklahoma, nos proporciona acontecimientos análogos al origen de nuestras poblaciones vertiginosas, en donde no siempre la noble labor colonizadora está exenta de tropiezos, cuando hay intereses encontrados entre propietarios de campos favorecidos y empresas de ferrocarril.

¿Queréis conocer los preliminares de Pico? Nadie puede narrarnos con mayor interés que el primer comerciante, que vino a establecer su casa La Fundadora, salvando con valentía y con fe todos los obstáculos. Escuchemos lo que nos dice don Juan L. P.

--Era el mes de julio del año 1905. El tren del Oeste llegaba hasta el Meridiano Quinto, límite de la provincia de Buenos Aires con nuestro territorio. Bajé en ese punto para trasladarme hasta el lugar indicado donde había de fundarse el pueblo. Un tren en construcción me trajo hasta la puerta de la estancia del entonces presidente de la República, doctor Quintana, en donde fuí recibido por el mayordomo del establecimiento y por mi buen amigo, señor Luis C., futuro administrador del pueblo General Pico. En esa época, la actual estación estaba en construcción a un metro y medio del nivel del suelo, siendo todo este campo una desolada pampa de propiedad del señor don Eduardo Castex.

“El agrimensor señor A., venido de Intendente Alvear, terminaba la mensura del gran pueblo, y una cuadrilla de veinte peones, formó campamento frente mismo de la actual estación para levantar los galpones de hierro de la casa de comercio de los señores Juan L. P. y Cía.

“A dos leguas de la estación existía una pulpería, llamada Las Liebres, de propiedad del señor Santos A.; de aspecto humilde, con el clásico enrejado delante del mostrador y una pequeña abertura para despachar los artículos a los pocos compradores que acudían.

“No había por allí otro signo de civilización; los campos en su totalidad estaban dedicados a la cría de ovejas, pues solo existía el pasto natural y algunas aguadas. Los materiales de construcción que yo hacía venir de la Capital Federal hasta Meridiano Quinto, para fundar la casa de comercio que más tarde debió llamarse a título de buen derecho, La Fundadora, eran traídos aquí en carros y en tren de balasto, cuando se podía. Pueden imaginarse las dificultades que tendríamos para desarrollar todas nuestras energías, cuando la galleta, por mencionar el primer renglón de comestibles, nos llegaba de una distancia de ocho leguas y propiamente de la estancia del señor don Bartolomé G. (Santa Aurelia), célebre después por su cabaña, en toda la República.

“Construído el galpón para mi casa de comercio, al mismo tiempo edificaron en adobe y barro pequeñas habitaciones, los señores Saturnino M. y Julio B., que se dedicaban al comercio de restaurant y hotel. La gente trabajadora acudía bulliciosamente a comer, y yo mismo, recuerdo, que pasé algunos días vinculado a esa nueva vida para mí.”

Fijada la fecha del remate por el señor Eduardo Ch., socio a su vez, en aquel entonces, de la firma Juan L. P. y Cía., para el 11 de noviembre, empezaron las construcciones de carpas y casas de cinc que se levantaban en el día. Con el permiso del señor Ch. se ubicaban en el solar que lo creían conveniente, para quedar propietarios, sujetándose al precio del día del remate.

“En general, ocurre que la formación de pueblos nuevos, trae dos corrientes de elementos como pobladores. El elemento trabajador que viene buscando nuevos horizontes, y el elemento inservible de otros pueblos, que son despedidos, expulsados por sus raterías o cuatrerismo.

“El 11 de noviembre de 1905, por primera vez veíamos un tren de pasajeros, que era un expreso, donde, aparte de las primeras autoridades del territorio, como el gobernador doctor Diego G., su secretario Víctor L., intendente municipal, Manuel G., Juan F. A., y muchos otros caballeros de Santa Rosa y Buenos Aires, venía un millar de personas que al son de acordes de una banda de música y disparo de bombas, se encaminaban a ver el trazado del pueblo y eligiendo sus lotes ya preferidos según el plano.

“Ya desde temprano, más de doscientos vehículos de puntos lejanos, habían llegado al renombrado Pico, con ansia; aquello era una verdadera fiebre de entusiasmo. En nuestro galpón se realizaba el remate que duró tres días. Es de notar que aunque con todas las incomodidades del lugar y del momento, los espíritus no desfallecían. Al tercer día hubo más animación que en el segundo y las ventas sobrepasaron el millón de pesos moneda nacional. Todos querían poseer un pedazo de suelo como si se tratara de una tierra prometida.

“No todo, sin embargo, andaba a pedir de boca; entre la concurrencia había personas interesadas en hacer fracasar el remate. Lamento anotar que algunas de estas personas eran emisarios de fundadores de otros pueblos, que a pesar de una descarada ayuda oficial, no conseguían progresar, debido a las pésimas tierras en que los habían ubicado.

“Empezó a divulgarse la noticia de que el empalme del ferrocarril Pacífico era un sueño y que el pueblo no tendría vida propia: que el nombre de la Chicago de la Pampa, era una burda superchería; y que los compradores que invirtieron sus ahorros en estas tierras, tarde o temprano quedarían en la miseria.

“En efecto: el ferrocarril Pacífico, había prometido empalmar en el lugar donde estaba ubicada la estación del ferrocarril Oeste; pero no había pasado de las promesas. Esta demora hacía fracasar una parte de los planes de los compradores. Se sabía que en Catriló había un ingeniero del ferrocarril Pacífico, pero nada más. El primer día del remate no hubo mucha animación; la gente quería ver llegar esa cuadrilla del ferrocarril Pacífico y nada se divisaba. Seguía el remate; en los planos figuraba el empalme, dibujado en lienzos y avisos de propaganda; pero hasta ese momento, nada había de seguro.