Part 2
Faltó mi madre al mejor tiempo, que no fue pequeña falta, pues su compañía, gobierno y vigilancia fuera más importante a mi honestidad que no los descuidos de mi padre, que no le tuvo en mirar por mí y darme estado (yerro notable de los que aguardan a que sus hijas le tomen sin gusto): quería el mío a mi hermano ternísimamente, y esto era solo su desvelo, sin que se le diese yo en cosa ninguna: no sé qué era su pensamiento, pues había hacienda bastante para todo lo que quisiera emprender.
Diez y seis años tenía yo cuando una noche, estando durmiendo, soñaba que iba por un bosque amenísimo, en cuya espesura hallé un hombre tan galán que me pareció (¡ay de mí! y cómo hice despierta experiencia de ella) no haberlo visto en mi vida tal; traía cubierto el rostro con el cabo de un ferreruelo leonado, con pasamanos y alamares de plata.
Pareme a mirarle, agradada del talle y deseosa de ver si el rostro conformaba con él: con airoso atrevimiento llegué a quitarle el rebozo, y apenas lo hice cuando, sacando una daga, me dio un golpe tan cruel por el corazón que me obligó el dolor a dar voces, a las cuales acudieron mis criadas y despertándome del pesado sueño me hallé sin la vida del que me hizo tal agravio, la más apasionada que puedas pensar, porque su retrato se quedó estampado en mi memoria de suerte que en largo tiempo no se apartó de ella.
Deseaba yo, noble Fabio, hallar para dueño un hombre de su talle y gallardía, y traíame tan fuera de mí esta imaginación que le pintaba en ella, y después razonaba con él, de suerte que a pocos lances me hallé enamorada sin saber de quién; y me puedes creer que si fue Narciso moreno, Narciso era el que vi.
Perdí con estos pensamientos el sueño y la comida, y tras esto el color de mi rostro, dando lugar a la mayor tristeza que en mi vida tuve, tanto que casi todos reparaban en mi mudanza. ¿Quién vio, Fabio, amar a una sombra? Pues aunque se cuenta de muchos que han amado cosas increíbles y monstruosas, por lo menos tenían forma a quien querer.
Disculpa tiene conmigo Pigmalión, que adoró la imagen que después Júpiter le animó; y el mancebo de Atenas, y los que amaron el árbol y el delfín; mas yo que no amaba sino una sombra y fantasía, ¿qué sentirá de mí el mundo? ¿Quién duda que no creerá lo que digo, y si lo cree me llamará loca? Pues doyte mi palabra, a ley de noble, que ni en esto ni en lo demás que te dijere, adelanto nada más de la verdad.
Las consideraciones que hacía, las reprensiones que me daba, créeme que eran muchas; y asimismo que miraba con atención los más galanes mozos de mi patria, con deseo de aficionarme de alguno que me librase de mi cuidado; mas todo paraba en volverme a querer a mi amante soñado, no hallando en ninguno la gallardía que en aquel.
Llegó a tanto mi amor, que me acuerdo que hice a mi adorada sombra unos versos, que si no te cansases de oírlos te los diré, que aunque son de mujer, tanto más grandeza, porque a los hombres no es justo perdonarles los yerros que hicieren en ellos, pues están adornados y purificados con arte y estudio; mas una mujer que solo se vale de su natural, ¿quién duda que merece disculpa en lo malo, y alabanza en lo bueno?
—Di, hermosa Jacinta, tus versos, dijo Fabio, que serán para mí de mucho gusto, porque aunque los sé hacer con algún acierto, préciome tan poco de ellos, que te juro que siempre me parecen mejor los ajenos que los míos.
—Pues si así es —replicó Jacinta—, mientras durare mi historia no he menester pedirte licencia para decir los que hicieron a propósito; y así digo que los que hice son estos:
Yo adoro lo que no veo, Y no veo lo que adoro; De mi amor la causa ignoro, Y hallar la causa deseo: Mi confuso devaneo ¿Quién le acertará a entender? Pues sin ver vengo a querer Por sola imaginación, Inclinando mi afición A un ser que no tiene ser.
Que enamore una pintura, No será milagro nuevo, Que aunque tal amor no apruebo, Ya en efecto es hermosura: Mas amar a una figura Que acaso el alma fingió, Nadie tal locura vio; Porque pensar que he de hallar Causa que está por criar, ¿Quién tal milagro pidió?
La herida del corazón Vierte sangre, mas no muero: La muerte con gusto espero, Por acabar mi pasión: De estado fuera razón, Cuando no muero, dormir; ¿Mas cómo puedo pedir Vida ni muerte a un sujeto Que no tuvo de perfecto Más ser que saber herir?
Dame, cielo, si has criado Aqueste ser que deseo, De mi voluntad empleo, Y antes que nacido amado; ¿Mas qué pide un desdichado, Cuando sin suerte nació? ¿Porque a quién le sucedió De amor milagro tan feo, Que le ocupase el deseo Amante que en sueños vio?
¿Quién pensara, Fabio, que había de ser el cielo tan liberal en darme aun lo que no le pedí? Porque como deseaba imposibles, no se atrevía mi libertad a tanto, si no fue en estos versos, que fue más gala que petición. Mas cuando uno ha de ser desdichado, también el cielo permite su desdicha.
Vivía en mi mismo lugar un caballero natural de Sevilla, del nobilísimo linaje de los Ponces de León, apellido tan conocido como calificado, que habiendo hecho en su tierra algunas travesuras de mozo, se desnaturalizó de ella, y casó en Baeza con una señora su igual, en quien tuvo tres hijos, la mayor y menor hembras, y el de en medio varón.
La mayor casó en Granada, y con la más pequeña entretenía la soledad y ausencia de don Félix, que este era el nombre del gallardo hijo, que deseando que luciese en el valor y valentía de sus ilustres antecesores, seguía la guerra, dando ocasión con sus valerosos hechos a que sus deudos, que eran muchos y nobles, como lo publican las excelentes casas de los duques de Arcos y condes de Bailén, le conociesen por rama de su descendencia.
Llegó este noble caballero a la florida edad de veinte y cuatro años, y habiendo alcanzado por sus manos una bandera, y después de haberla servido tres años en Flandes, dio la vuelta a España para pretender sus acrecentamientos; y mientras en la corte se disponían por mano de sus deudos, se fue a ver a sus padres, que había días que no los había visto y que vivían con este deseo.
Llegó don Félix a Baeza al tiempo que yo sobre tarde ocupaba un balcón, entretenida en mis pensamientos; y siendo forzoso haber de pasar por delante de mi casa, por ser la suya en la misma calle, pude, dejando mis imaginaciones, poner los ojos en sus galas, criados y gentil presencia, y deteniéndome en ella más de lo justo, vi tal gallardía en él que querértela significar fuera alargar esta historia y mi tormento.
Vi en efecto el mismo dueño de mi sueño, y aun de mi alma, porque si no era él, no soy yo la misma Jacinta que le vio y le amó más que a la misma vida que poseo.
No conocía yo a don Félix, ni él a mí, respecto de que cuando fue a la guerra quedé tan niña que era imposible acordarme, aunque su hermana doña Isabel y yo éramos muy amigas.
Miró don Félix al balcón, viendo que solos mis ojos hacían fiesta a su venida, y hallando Amor ocasión y tiempo, ejecutó en él el golpe de su dorada saeta, que en mí ya era excusado su trabajo, por tenerlo hecho. Y así de paso me dijo: «Tal joya, o ya será mía, o yo perderé la vida». Quiso el alma decir: «Ya lo soy», mas la vergüenza fue tan grande como el amor, a quien pedí con hartas sumisiones y humildades me diese ocasión y ventura, pues me había dado causa.
No dejó don Félix perder ninguna de las que la fortuna le dio a las manos; y fue la primera que habiéndome doña Isabel avisado de la venida de su hermano, fue fuerza visitarla, en cuya visita me dio don Félix en los ojos a conocer su amor tan a las claras, que pudiera yo darle albricias de mi suerte; y como yo le amaba no pude negarle en tal ocasión las justas correspondencias.
Y con esto le di ocasión para pasear mi calle de día y de noche, y que al son de una guitarra, con la dulce voz y algunos versos, en que era diestro, me diese mejor a conocer su voluntad. Acuérdome, Fabio, que la primera vez que le hablé a solas por una reja, me dio causa este soneto:
Amar el día, aborrecer el día, Llamar la noche y despreciarla luego, Temer el fuego y acercarse al fuego, Tener a un tiempo pena y alegría;
Estar juntos valor y cobardía, El desprecio cruel y el blando ruego, Tener valiente entendimiento ciego, Atada la razón, libre osadía;
Buscar lugar en que alterar los males, Y no querer del mal hacer mudanza, Desear sin saber qué se desea;
Tener el gusto y el disgusto iguales, Y todo el bien librado en la esperanza: Si aquesto no es amor, no sé qué sea.
Dispuesta tenía amor mi perdición, y así me iba poniendo los lazos en que me enredase y los hoyos donde cayese: porque hallando la ocasión que yo misma buscaba, desde que oí la música me bajé a un aposento bajo de un criado de mi padre, llamado Sarabia, más codicioso que leal, donde me era fácil hablar, por tener una reja baja, tanto que no era difícil tomar las manos. Y viendo a don Félix cerca, le dije:
—Si tan acertadamente amáis como lo decís, dichosa será la dama que mereciere vuestra voluntad.
—Bien sabéis vos, señora mía —respondió don Félix—, de mis ojos, de mis deseos y de mis cuidados, que siempre manifiestan mi dulce perdición, que sé mejor querer que decirlo; que vos sepáis que habéis de ser mi dueño mientras tuviere vida, es lo que procuro, y no acreditarme ni de buen poeta ni mejor músico.
—¿Y paréceos —repliqué yo— que me estará bien creer eso que vos decís?
—Sí —respondió mi amante—, porque hasta dejar quererse, y querer al que ha de ser su marido, tiene licencia una dama.
—¿Pues quién me asegura a mí que vos lo habéis de ser? —le torné a decir.
—Mi amor —dijo don Félix— y esta mano, que si la queréis en prendas de mi palabra, no será cobarde aunque le cueste a su dueño la vida.
¿Qué mujer, viéndose rogada con lo mismo que desea, amigo Fabio, despreció jamás la ocasión de casarse, y más del mismo que ama, que no acepte luego cualquier partido, pues no hay mayor cebo en que pique la perdición de una mujer que este? Y así no quise poner en condición mi dicha, que por tal la tuve, y tendré siempre que traiga a la memoria este día.
Y sacando la mano por la reja, tomé la que me ofrecía mi dueño, diciendo:
—Ya no es tiempo, señor don Félix, de buscar desdenes a fuerza de engaños, ni encubrir voluntades a costa de despegos, suspiros y lágrimas; yo os quiero no tan solo desde el día que os vi, sino antes; y para que no os tengan confuso mis palabras, os diré cosas que espanten —y luego le conté todo lo que te he dicho de mi sueño.
No hacía don Félix, mientras yo le decía estas novedades, para él y para cuantos lo oyen, sino besarme la mano que tenía en las suyas, como en agradecimiento de mis penas; en cuya gloria nos cogiera el día, y aun el de hoy, si no hubiera llegado nuestro amor a más atrevimiento.
Despedímonos con mil ternezas, quedando muy asentada nuestra voluntad y con propósito de vernos todas las noches en la misma parte; venciendo con oro el imposible del criado, y con mi atrevimiento el poder llegar allí, respecto de haber de pasar por delante de la cama de mi padre y hermano para salir de mi aposento.
Visitábame muy a menudo doña Isabel, obligándola a esto, después de su amistad, el dar gusto a su hermano, y servirle de fiel tercera a su amor.
En este sabroso estado estaba el nuestro, sin tratar don Félix de volver por entonces a Italia, cuando entre las damas a quien rindió su gallarda presencia, que eran casi todas las de la ciudad, fue una prima suya, llamada doña Adriana, la más hermosa que en toda aquella tierra se hallaba.
Era esta señora hija de una hermana del padre de don Félix, que como he dicho, era de Sevilla, y tenía cuatro hermanas; las cuales por muerte de su padre había traído a Baeza, poniendo las dos menores en religión.
Allí mismo se casó la que se seguía tras ella, quedándose la mayor, sin querer tomar estado, con esta hermana ya viuda, a quien había quedado, para heredera de más de cincuenta mil ducados, esta sola hija, a la cual amaba como puedes pensar, siendo sola y tan hermosa como te he dicho.
Pues como doña Adriana gozase muy a menudo la conversación de don Félix respecto del parentesco, le empezó a querer con tanto extremo que no pudo ser más, como verás en lo que sucedió.
Conoció don Félix el amor de su querida prima, y como tenía tan llena el alma del mío, disimulaba cuanto podía, excusándose el darle ocasión a perderse más de lo que estaba; y así cuantas muestras doña Adriana le daba de su voluntad, con un descuido desdeñoso se hacía desentendido.
Tuvieron pues tanta fuerza con ella estos desdenes, que vencida de su amor, combatida de ellos dio consigo en la cama, dando a los médicos muy poca seguridad de su vida: porque demás de no comer, ni aun dormir, no quería que se le hiciese ningún remedio.
Con que tenía puesta a su madre en la mayor tristeza del mundo, que como discreta, dio en pensar si sería alguna afición el mal de su hija; y con este pensamiento, obligando con ruegos a una criada de quien doña Adriana se fiaba, supo el caso, y quiso como cuerda ponerle remedio.
Llamó a su sobrino, y habiéndole dado a entender con lágrimas la pena que tenía del mal de su hija, y la causa que la tenía en tal estado, le pidió apretadamente que fuese su marido, pues en toda Baeza no hallaría casamiento más rico, y ella alcanzaría de su hermano que lo tuviese por bien.
No quiso don Félix ser causa de la muerte de su prima, ni dar con una desabrida respuesta pena a su tía. En esta conformidad le dijo, fiado en el tiempo que había de pasar en venir la dispensación, que lo tratase con su padre, que como él quisiese lo tendría por bien.
Y entrando a ver a su prima, le llenó el alma de esperanzas, mostrando su contento en su mejoría, acudiendo a menudo a su casa, que así se lo pedía su tía; con que doña Adriana cobró entera salud.
Faltaba don Félix a mis visitas por acudir a las de su prima; y yo, desesperada, maltrataba mis ojos y culpaba su lealtad.
Una noche que quiso satisfacer mis celos, y que por excusar murmuraciones de los vecinos había facilitado con Sarabia el entrar dentro, viendo mis lágrimas, mis quejas y sentimientos, como amante firme e inculpable en mis sospechas, me dio cuenta de todo lo que con su prima pasaba; enamorado, mas no cuerdo, porque si hasta allí eran solos temores los míos, desde aquel punto fueron celos declarados. Y con una cólera de mujer celosa, que no lo pondero poco, le dije que no me hablase en su vida si no le decía a su prima que era mi esposo, y que no lo había de ser suyo.
Quise con este enojo irme a mi aposento, y no lo consintió mi amante; mas amoroso y humilde, me prometió que no pasaría el día que aguardaba sin obedecerme; que ya lo hubiera hecho, si no fuera por guardarme el justo decoro.
Y habiéndome dado nuevamente palabra delante del secretario de mis libertades, le di posesión de mi alma y cuerpo, pareciéndome que así le tendría más seguro.
Pasó la noche más aprisa que nunca, porque había de seguirle el día de mis desdichas; para cuya mañana había determinado el médico que doña Adriana, tomando un acerado jarabe, saliese a hacer ejercicio por el campo, porque como no podía verse el mal del alma, juzgaba por el perdido color que era opilaciones.
Y para este tiempo llevaba también mi esposo librado el desengaño de su amor, y satisfacción de mis celos; porque como un hombre no tiene más de un cuerpo y un alma, aunque tenga muchos deseos, no puede acudir a lo uno sin hacer falta a lo otro: y la pasada noche don Félix, por haberla tenido conmigo, había faltado a su prima; y lo más cierto es que la fortuna, que guiaba las cosas más a su gusto que a mi provecho, ordenó que doña Adriana madrugase a tomar su acerada bebida, y saliendo en compañía de su tía y criadas, la primera estación que hizo fue a casa de su primo, y entrando en ella con alegría de todos, que le daban como a un sol el parabién de su venida y salud, se fue con doña Isabel al cuarto de su hermano, que estaba reposando lo que había perdido de sueño en sus amorosos empleos, y le empezó delante de su hermana a pedirle cuenta de haber faltado la noche pasada; a quien don Félix no satisfizo, mas desengañó de suerte, que en pocas palabras le dio a entender que se cansaba en vano, porque demás de tener puesta su voluntad en mí, estaba ya desposado conmigo, y prendas de por medio, que si no era faltándole la vida, era imposible que faltasen.
Cubrió a estas razones un desmayo los ojos de doña Adriana, que fue fuerza sacarla de allí, y llevarla a la cama de su prima, la cual vuelta en sí, disimulando cuanto pudo las lágrimas se despidió de ella, respondiendo a los consuelos que doña Isabel le daba con grandísima sequedad y despego.
Llegó a su casa, donde en venganza de su desprecio hizo la mayor crueldad que se ha visto, consigo misma, con su primo y conmigo: ¡o celos, qué no haréis, y más si os apoderáis de pecho de mujer! En lo que dio principio a su furiosa rabia fue en escribir a mi padre un papel, dándole cuenta de lo que pasaba, diciéndole que velase y tuviese cuenta con su casa, que había quien le quitaba el honor; y con esto aguardó la mañana, que tomando su pítima, y dando el papel a un criado que le llevase a mi padre, ya con el manto puesto para salir a hacer ejercicio, se llegó a su madre algo más enternecida que su cruel corazón le daba lugar, y le dijo:
—Madre mía, al campo voy; si volviere, Dios lo sabe. Por su vida, señora, que me abrace, por si no la volviere a ver.
—Calla, Adriana, dijo alterada su madre, no digas tales disparates, si no es que tienes gusto de acabarme la vida: ¿por qué no me has de volver a ver, si ya estás tan buena que ha muchos días que no te he visto mejor? Vete, hija mía, con Dios, y no aguardes a que entre el sol.
—¿Por qué vuestra merced no me quiere abrazar? —replicó doña Adriana.
Y volviendo (preñados de lágrimas los ojos) las espaldas, llegó a la puerta de la calle, y apenas salió por ella y dio dos pasos, cuando arrojando un lastimoso ay, se dejó caer en el suelo.
Acudió su tía, sus criadas y su madre, que venía tras ella, y pensando que era desmayo, la llevaron a la camilla, llamando al médico para que hiciese las diligencias posibles; mas no hubo ninguna bastante, por ser su desmayo eterno; y declarando que era muerta, la desnudaron para amortajarla, hundiéndose la casa a gritos; y apenas la desabotonaron el jubón que llevaba puesto cuando entre sus hermosos pechos le hallaron un papel que ella misma escribía a su madre, en que le decía que ella propia se había quitado la vida con solimán, que había echado en el jarabe, porque más quería morir que ver a su ingrato primo en brazos de otra.
Quien a este punto viera a la triste de su madre, de creer es que se le partiera el corazón por medio de dolor, porque ya de traspasada no podía llorar, y más cuando vieron que después de frío el cuerpo, se puso muy hinchada y negra; porque no solo consideraba el ver muerta a su hija, sino el haber sido desesperadamente; y así puedes considerar, Fabio, cuál estaría su casa y la ciudad, y yo que en compañía de doña Isabel fui a ver este espectáculo, inocente y descuidada de lo que estaba ordenado contra mí, aunque confusa de ser yo la causa de tal suceso, porque ya sabía por un papel de mi esposo lo que había pasado con ella.
No se halló al entierro don Félix, por no irritar al cielo en venganza de su crueldad, aunque yo lo eché a sentimiento. Enterraron a la desgraciada y malograda dama, facilitando su riqueza y calidad los imposibles que pudiera haber, habiéndose ella muerto por sus manos. Y con esto yo me torné a mi casa, deseando la noche para ver a don Félix, y apenas eran las nueve, cuando me avisó que ya estaba en su aposento (pluguiera a Dios le durara su pesar, y no viniera): a mi parecer se disponía mejor el verle que otras noches, porque aunque mi padre, estando ya avisado por el papel de doña Adriana, se acostó más temprano, haciendo recoger a mi hermano y la demás gente, y yo hice lo mismo por más disimulación, no obstante, ayudado de sus desvelos, y a pesar de su cuidado, se durmió tan pesadamente, que le duró el sueño hasta las cuatro de la mañana.
Yo, como le vi dormido, me levanté, y descalza, con solo un faldellín, me fui a los brazos de mi esposo, y en ellos procuré quitarle con caricias y ruegos el pesar que tenía, tratando con admiraciones el suceso de doña Adriana.
Estaba Sarabia sentado en la escalera por espía de mis travesuras, a tiempo que mi padre despavorido despertó, y levantándose fue a mi cama, y como no me hallase tomó un pistolete y su espada, y llamando a mi hermano, le dio cuenta del caso; mas no pudieron hacerlo con tanto silencio, que una perrilla que había en casa no avisase con voces a mi criado, el cual escuchando atento, oyó pasos, llegó a nosotros, y nos dijo que si queríamos vivir le siguiésemos, porque éramos sentidos.
Hicímoslo así, aunque muy turbados, y antes que mi padre tuviese lugar de bajar la escalera, ya los tres estábamos en la calle y la puerta cerrada por defuera, que esta astucia me enseñó mi necesidad.
Considérame, Fabio, con solo un faldellín de damasco, y descalza, porque de esta suerte había bajado la escalera a verme con mi deseado dueño, el cual con la mayor prisa que pudo me llevó al convento donde estaban sus tías, siendo ya de día; llamó a la portería, y entrando dentro al torno, dándoles cuenta del suceso, en menos de una hora me hallé detrás de una reja, llena de lágrimas y cercada de confusión, aunque don Félix me alentaba cuanto podía, y sus tías me consolaban, asegurándome todas el buen suceso, pues, pasada la cólera, tendría mi padre por bien el casamiento.
Y por si le quisiesen pedir a don Félix el escalamiento de la casa, se quedó retraído él y Sarabia en el mismo monasterio, en una sala que para su estancia mandaron aderezar sus tías, desde donde avisó a su padre y hermana el suceso de sus amores.
Su padre, que ya por las señas se imaginaba que me quería, y no le pesaba de ello, por conocer que en Baeza no podría su hijo hallar más principal ni rico casamiento, pareciéndole que todo vendría a parar en ser mi marido, fue luego a verme en compañía de doña Isabel, que proveída de vestidos y joyas que supliesen la falta de las mías, mientras se hacían otras, llegó donde yo estaba, dándome mil consuelos y esperanzas.
Esto pasaba por mí, mientras mi padre, ofendido de acción tan escandalosa, como era haberme salido de su casa, si bien lo fuera más si yo aguardara su furia, pues por lo menos me costaría la vida, remitió su venganza a sus manos (acción noble) sin querer por la justicia hacer ninguna diligencia ni más alboroto, ni más sentimiento que si no le hubiera faltado la mejor joya de su casa y la mejor prenda de su honra.
Y con este propósito honrado puso espías a don Félix, de suerte que hasta sus intentos no se le encubrían.
Y antes de muchos días halló la ocasión que buscaba, aunque con tan poca suerte como las demás, por estar hasta entonces la fortuna de parte de don Félix, el cual una noche, cansado ya de su resolución, y estando cierto que yo estaba recogida en mi celda con sus tías, que me querían como hija, venciendo con dineros la facilidad de un mozo que tenía las llaves de la puerta de la casa, le pidió que le dejase salir, que quería llegar hasta la de su padre, que no estaba lejos, que luego daría la vuelta.
Hízolo el poco fiel guardador, previniéndole su peligro: y él facilitándolo todo, lleno de armas y galas salió, y apenas puso los pies en la calle, cuando dieron con él mi padre y hermano, las espadas desnudas, que hechos vigilantes espías de su opinión, no dormían sino a las puertas del convento.