Part 19
Vivían uno frontero de otro, y tan amigos los unos de los otros que casi se hacía la amistad sangre, siendo la de los padres causa de que los hijos desde sus más tiernos años se amasen, hasta que llegando a los de discreción, cansado amor de las burlas, solicitó llevar plaza de veras (y halló en esto favor de su paladar, cuanto quiso y pudo desear) porque los dos amantes habían nacido en la estrella de Píramo y Tisbe, por cuyo ejemplo, puesto en los ojos de los padres de doña Leonor, empezaron a temer, no el fin, sino el principio; y porque les parecía que atajado este no tendría lugar el otro, procuraron estorbar en cuanto les fue posible la comunicación de doña Leonor y don Rodrigo, pues por lo menos quitaron que fuese con la llaneza que en la niñez.
Y como amor, cuando trata cosas de peso, él mismo se recata y recela de sí mismo, empezaron estos dos amantes a recelarse hasta de sus mismos pensamientos, buscando para hablarse los lugares más escondidos, tomando amor de las niñerías entera posesión de las almas, y más viendo el estorbo que les hacían sus padres, aumentando de tal suerte la voluntad que ya no trataban sino del efecto de su amor y cumplimiento de sus deseos, determinándose los dos juntos y cada uno de por sí a morir primero que dar paso atrás en su voluntad.
Las dádivas facilitaron la fidelidad de los criados, y amor el modo de verse, supliendo tal vez los amorosos papeles las ocasiones de hablarse, expresándose en ellos con tanta llaneza que, sin recato, pero sí con vergüenza, que siempre malogra muchos deseos, se declaraban sus más íntimos pensamientos.
Pues como la hermosura de doña Leonor cada día iba en mayor aumento, se le ofrecían a cada paso a don Rodrigo mil competidores que, deseosos de su casamiento, se declaraban por sus pretendientes.
Temeroso de que alguna vez no le quitasen a fuerza de merecimientos la prenda que más estimaba, se determinó fiado en los suyos, que aunque menor en su casa, eran muchos, de pedírsela a sus padres, poniendo por solícitos terceros para ello a los suyos, que satisfechos de su nobleza y bienes de fortuna, con que además del mayorazgo podían dar algunos a su hijo, se prometieron buen suceso; mas salioles tan al revés esta confianza que, llegando al fin del negocio, se vieron de todo punto defraudados de ella; porque los de doña Leonor respondieron que su hija era única heredera de su casa, y que aunque don Rodrigo merecía mucho, no era prenda para un menor, y que esto solo hacía estorbo a sus deseos, los cuales, si el mayor no fuera casado, se lograran con mucho gusto de todos; demás que doña Leonor estaba prometida por mujer a un caballero de Valladolid, cuyo nombre era don Alonso.
Sintieron esto los padres de don Rodrigo, pareciéndoles agravio preferir a ninguno más que a su hijo: y de esto nació entre los deudos de una parte y otra una grandísima enemistad, tanto que no se trataban como primero.
Quien más lo sintió fue don Rodrigo, tanto que perdía el juicio, haciendo tantos extremos como los de su amor le obligaban, y más cuando supo que para acabar de todo punto este negocio, y que muriese el amor a fuerza de la ausencia, trataron sus padres de enviarle a Flandes, haciéndole trocar por esta ocasión los hábitos de estudiante en galas de soldado.
Inocente y descuidada estaba doña Leonor de este suceso, pues don Rodrigo no le había querido dar parte de su determinación porque no la estorbase, temiendo lo mismo que había de responder su padre, por tener más puesta la mira en la hacienda que en su gusto, hasta que el mismo día que don Rodrigo tuvo la respuesta desgraciada de su infeliz pretensión y se determinó su partida, escribió a doña Leonor un papel en que la daba cuenta de la resolución de sus padres y de la brevedad de su viaje.
El sentimiento de doña Leonor con estas nuevas quede a la consideración de los que saben qué pena es dividirse los que se quieren bien, y lo mostró más largamente cayendo en la cama de una repentina enfermedad que puso a todos en cuidado; mas animándose una mañana que le dio su madre (con haber salido fuera) lugar para escribir, respondió a su amante de esta suerte:
«La pena de este suceso os dirá mi enfermedad; el remedio no le hallo: porque demás de no haber en mí atrevimiento para dar a mi padre este disgusto, la brevedad de vuestra partida no da lugar a nada. No perdáis el ánimo, pues yo no le pierdo. Dad gusto a vuestros padres, que yo os prometo de no casarme en tres años, aunque aventure en ello la vida: esto determino, para que alcancéis con vuestras valerosas hazañas, no los méritos para merecerme, que de esos estoy pagada y contenta, sí los bienes de fortuna, que es en solo lo que repara la codicia de mi padre. El cielo os dé vida para que yo vuelva a veros tan firme y leal como siempre.»
Leyó don Rodrigo este papel con tantos suspiros y lágrimas como doña Leonor despidió al escribirle, que fueron hartas, que llorar los hombres cuando los males no tienen remedio no es flaqueza sino valor; y así la tornó a suplicar en respuesta que aliviándose algún tanto diese orden que la viese, para que por lo menos no llevase este dolor en tan largo destierro.
Procuró doña Leonor dar gusto a su amante, y así engañando el mal, o que fuese amor quien hizo este milagro, a pesar de los médicos y de sus padres se levantó el mismo día que don Rodrigo se había de partir, y para que más pudiese gozarle, pidió a su madre que fuesen a oír misa a una imagen que en esta ocasión se señalaba en Salamanca con muchos milagros. Cumpliole este deseo la desdicha, que tal vez deja que sucedan algunas cosas bien, para que después se sientan más los males y penas que continuamente vienen tras las alegrías.
Aguardaba don Rodrigo el coche en que iba su dama con su madre cerca de la iglesia, tan galán como triste y tan airoso como desdichado. Llegó el coche al lugar de la muerte (que tal se puede llamar este), pues había de ser en el que se habían de apartar las almas de los cuerpos, siendo la despedida sola una vista; y como doña Leonor iba con el cuidado que es de creer, luego amor le encaminó la suya adonde estaba su dueño, guisado (como dicen) para partir con botas y espuelas, de que recibió tanta alteración, considerando que en el mismo instante que le veía le había de perder, que en respuesta de la cortesía que don Rodrigo la hizo con una atenta y amorosa reverencia, le dio un pesar harto grande, pues le recibió el amante viéndola caer en los brazos de su madre sin ningún sentido.
La noble señora, inocente de estos sucesos, por no haberle dado su marido parte de las pretensiones de don Rodrigo, dando la culpa al haberse levantado, hizo que diese la vuelta el coche para volverse a casa; de suerte que cuando doña Leonor volvió de su desmayo ya estaba en su cama, y cercada de médicos y criadas, que con remedios procuraban darle la vida que creían tener perdida.
Aunque don Rodrigo tenía prevenida su partida, no le dio lugar amor para hacerla dejando su sol eclipsado, y así la suspendió hasta que por la esclava, tercera de su amor, supo como doña Leonor, más aliviada de su mal, aunque no de su pena, estaba reposando.
Con cuyas nuevas se partió el mismo día, quedando la dama al combate de las persecuciones de su padre, que como discreto no ignoraba de qué podía proceder el mal y disgusto con que siempre la veía, teniendo la ausencia de don Rodrigo por el autor de todo, más no por eso dejaba de prevenir lo necesario para que cuando don Alonso viniese no hallase dificultad en su casamiento.
Llegó don Rodrigo a Flandes y fue recibido del duque de Alba, que a este tiempo gobernaba aquellos estados, con el gusto que podía tener un caballero tan noble como don Rodrigo, a quien desde luego comenzó a ocupar en cargos y oficios convenientes a su persona y calidad, sucediendo a cada paso ocasiones en que don Rodrigo mostraba su valor y hazañas, de las cuales el duque satisfecho y contento, cada día le hacía mil honras y favores, siendo su gala y persona, discreción y nobleza, los ojos de la ciudad.
Sucedió en este tiempo que estando un día con el duque de Alba no solo don Rodrigo, sino todos los más nobles y principales caballeros y valerosos soldados del ejército, entró una principal señora flamenca, y arrodillada a los pies del duque le pidió que oyese un caso portentoso y notable que venía a contarle. El duque, que conocía la nobleza y calidad de doña Blanca, se levantó y la recibió con aquella acostumbrada cortesía de que tanto se preció y era dotado; y haciéndola sentar, la dijo que manifestase el suceso que tanto encarecía.
Entonces doña Blanca contó en presencia de los circunstantes cómo hacía un año que había muerto su marido, y desde entonces se oía en su casa un grandísimo ruido, pero que había cuatro meses que se veía en ella una fantasma, tan alta y temerosa que no tenía ella y sus criados otro remedio más que, en dando las once de la noche (que es la hora en que se dejaba ver), encerrarse en un retrete y aguardar allí hasta que dadas las doce se desaparecía, porque nunca jamás entraba en aquella parte donde ellas se retiraban. Acabó su plática con pedirle que mandase hacer en este caso alguna diligencia.
El duque que, como sabio, consideró que si fuera fantasma, como doña Blanca decía, no tuviera lugar separado, ni llaves ni cerraduras que le impidieran el entrar adonde doña Blanca se recogía, discurriendo en estas imaginaciones un poco, mandó a todos los que estaban allí guardar en aquel caso secreto; y como en varias ocasiones tenía experiencia del valor, ánimo y prudencia de don Rodrigo, le mandó que asistiese a la casa de doña Blanca y viese qué fantasma era aquella que la inquietaba.
Besó don Rodrigo la mano al duque por la merced que le hacía en elegirle a él para aquel caso, habiendo en la sala personas más beneméritas y de más valor que él, humildades que más hacían lucir su valerosa condición.
Volviose doña Blanca a su casa, con orden de no decir en ella que don Rodrigo había de ir a verse con aquella figura espantosa que en ella se advertía, porque en esto le pareció al duque que consistía el saber qué era.
Vino la noche, y con más espacio que el animoso don Rodrigo quisiera, tal era el deseo con que estaba de ver el fin de este negocio; el cual se fue en casa de doña Blanca bien armado y prevenido, y después de haber estado en conversación hasta las diez, sin que en este tiempo hubiese tratado de la causa a qué iba, como vio que ya podía prevenirse, la habló aparte, informándose del modo que la fantasma venía, y después la ordenó que llamase un criado de los que la servían para que le acompañase, sin que el tal entendiese para qué era llamado.
Condescendió doña Blanca en todo, tan aficionada a la gallardía de don Rodrigo que muy bien le hiciera dueño de su persona y de todo cuanto poseía, diciéndole tales razones que casi se lo daba a entender.
Viniendo el criado, ignorante de todo, le ordenó doña Blanca que previniese una hacha, y creyendo que era para ir alumbrando a aquel caballero, lo hizo, y como estuvo encendida bajó don Rodrigo con él y cerró la puerta de la calle, guardando él mismo las llaves. Vuelto arriba, sin dejar un punto al criado ni darle lugar a que se apartase de él, le dijo a doña Blanca que se fuese a recoger con sus mujeres; la cual obedeciendo, se encerró con ellas en el retrete acostumbrado que estaba inmediato a la sala en que don Rodrigo, con su compañía, quiso aguardar la fantasma.
Todas estas cosas tenían admirado al criado de doña Blanca; y más se admiró cuando don Rodrigo, juntando la puerta de la sala, le mandó que se sentase porque le había de hacer compañía, de que quisiera excusarse, mas no tuvo remedio, antes con esto confirmó más la sospecha de don Rodrigo, si bien el mozo disculpaba su turbación con su miedo; pero ya determinado en lo que había de hacer, aguardó su buena o mala suerte.
Tenía por orden de don Rodrigo el hacha encendida en la mano, y como dieron las once se empezaron a oír unos grandes y espantosos golpes, y dar unos temerosos gemidos, los cuales se venían encaminando adonde estaban, de cuyo temor el mozo empezó a temblar. Don Rodrigo, que no era necio, con más ciertas sospechas que nunca, le dijo embrazando un broquel, y desenvainando la espada:
—Gentilhombre, cuenta con la luz, que la fantasma conmigo lo ha de ver.
A este tiempo, viendo entrar aquella figura, el mozo, fingiendo un desmayo, se dejó caer en el suelo con propósito de matar de esta suerte la luz, como después se supo; mas no le sucedió tan bien, porque aunque la hacha cayó en el suelo, no se mató; lo cual visto por don Rodrigo, acudió con mucha presteza a ella, y tomándola en la mano en que tenía la rodela, embistió con la fantasma, que ya a este tiempo estaba en medio de la sala: y de la estatura de un hombre que entró por la puerta, se había hecho tan alta y disforme que llegaba al techo, y con un bastón que traía en las manos, del cual pendía cantidad de cadenas, daba golpes con que amedrentaba a las inocentes y flacas mujeres.
Don Rodrigo, que con la luz y su espada se había llegado cerca y pudo notar que en las manos traía guantes, le tiró un golpe a las piernas, que no fue menester más para rendirle, porque como venía fundado sobre unos palos muy altos y este cimiento era falso, dio el edificio en tierra una terrible caída, a cuyo golpe doña Blanca y sus mujeres, que ya por el ruido se habían venido hacia la puerta, salieron fuera con una vela encendida, porque la hacha que tenía don Rodrigo se había muerto con el aire del golpe; el cual, acudiendo al caído, le halló tan aturdido y desmayado que dio lugar a que se viese quién era, porque, en quitándole unos lienzos en que venía envuelto, fue conocido de don Rodrigo; porque era un caballero flamenco su vecino, que enamorado de ella desde que murió su marido, la solicitaba y perseguía, al cual la hermosa doña Blanca había despedido ásperamente por ser casado.
Acudieron con agua aplicándosela al rostro para que volviese del desmayo: y vuelto de él, harto avergonzado del suceso viendo descubierta su malicia, le dijo don Rodrigo:
—¿Qué disfraz es ese, señor Arnesto, tan ajeno de vuestra opinión y trato?
—¡Ay, señor don Rodrigo! —replicó Arnesto—, si sabéis qué es amor, no os maravilléis de esto que hago sino de lo que dejo de hacer; y pues ya es fuerza que lo sepáis, de este embeleco y disfraz, como vos le habéis llamado, es la causa mi señora doña Blanca, a la cual me inclinó a amar mi desdicha; y como el ser yo casado y ser ella quien es estorba y ataja mi ventura, harto de solicitarla y pretenderla, y de oír ásperas palabras de su boca, me aconsejé con este criado que está caído en el suelo, y entre los dos dimos esta traza, metiéndome él en su aposento desde primera noche para que con el miedo de mis aullidos y golpes se escondiesen estas criadas, y yo pudiese haber a mi voluntad a la causa de mis desatinos; y aunque ha muchos días que hago esta invención sin fruto, todavía perseveré en ella por ver si alguna vez la fortuna me daba más lugar que hasta aquí he tenido.
Esta noche vine como las demás, descuidado de hallar quien me descubriese, que aunque este mozo me avisaba de todo, y lo hizo de que estabais aquí cuando previno la hacha, como lo vi todo en silencio, creí que os habíais ido y que todo estaba seguro, porque aunque él no volvió al aposento, pensé que era ido a sus ocupaciones, como hace otras veces, y así me atreví a perderme como lo he hecho, pues descubierto este enredo es fuerza que no tenga yo buen suceso.
Más piadoso que admirado escuchaba don Rodrigo al apasionado flamenco, disculpando su yerro con su amor, y al uno y al otro la hermosura de doña Blanca; y a no ser casado el amante, hiciera cuanto pudiese por conformar sus voluntades y lograr su amor.
Mas esto, y ser el delito tan grave, por ser el dueño tan noble, atajaba todos sus designios, y así le dijo que le tenía mucha lástima por padecer sin remedio, como el ser quien era aquella señora lo decía: mas que ya no era tiempo de estas consideraciones sino de ir delante del duque a darle cuenta del caso, pues que por su mandado había venido a descubrirle.
Esto sintió más Arnesto que la misma muerte, y así con buenas palabras advirtió a don Rodrigo de su peligro, mas él se excusó con decir que no podía hacer menos, mas que le daba su palabra de hacer cuanto pudiese por librarle.
Con esto, abriendo don Rodrigo una ventana y sacando por ella una hacha encendida, hizo señas a cuatro amigos que tenía prevenidos, hombres de ánimo y valor, que vista la seña fueron todos a la puerta, la cual abierta por don Rodrigo, cogiendo en medio a Arnesto y asiendo al criado de doña Blanca, se fueron al palacio del duque que aún no estaba acostado; el cual, en sabiendo la venida de don Rodrigo, salió a recibirle, y como le viese tan acompañado al punto conoció la causa, y más viendo al flamenco, a quien conocía y sabía que era vecino de doña Blanca, y como supo por entero el caso, contándole don Rodrigo cómo había pasado, coligiendo del delito no ser merecedor de perdón, por querer un hombre casado con tal invención forzar una señora tan principal y noble como doña Blanca, sin admitir los ruegos de don Rodrigo y sus amigos, mandó poner en una torre a Arnesto y en la cárcel pública a su compañero, donde estuvieron hasta que, sustanciado el proceso y verificado el delito con su confesión y declaración de las criadas de doña Blanca, y estando ella firme en pedir justicia, antes de ocho días la hicieron de los dos, degollando al uno y ahorcando al otro: justo premio de quien se atreve a deshonrar mujeres de tal valor y nombre como la hermosa doña Blanca; la cual quedó tan enamorada de don Rodrigo que, por prevenciones que hacía para apartarle de su memoria, era imposible, hallándose cada día más enamorada.
Era doña Blanca, demás de ser tan hermosa, muy moza, muy principal y de tan ricas prendas que, a no estar don Rodrigo tan empeñado en Salamanca, pudiera muy bien estimarla para casarse; mas las memorias de doña Leonor le tenían tan fuera de sí que, en lugar de vivir en su ausencia, aun era milagro tenerle, si bien por no parecer descortés ni tan para poco que viéndose querer estuviese tímido, tibio y desdeñoso, procedía en la voluntad de doña Blanca agradecido más que amante; con lo cual la hermosa dama, unas veces favorecida y otras despreciada, vivía una vida ya triste y ya alegre, porque las finezas de un hombre más cortés que amante son penas del infierno a quien las padece sin remedio, que se sienten y no se acaban.
Visitábala don Rodrigo, unas veces obligado con ruegos y regalos, que aunque regateaba el recibirlos muchas veces los tomaba por no parecer ingrato, sacando de deuda a su atrevimiento con enviar otros de más valor, y otras por no dar motivo a quejas y desesperaciones, que en una mujer despreciada suelen ser de mucho sentimiento.
¡Ay de ti, doña Blanca, qué mármol conquistas y con qué enemigos peleas! ¿Amante prendado de otra hermosura quieres para ti?
Pues un día en que don Rodrigo fue a pagar las finezas que doña Blanca con él tenía, la halló cantando este romance que, a lo que en él se ve, se había hecho al particular de su amor y de don Rodrigo, de quien sin duda sospechaba que amaba en otra parte:
Oíd, selvas, mis desdichas Si acaso sabéis de amor, Escuchad las sinrazones De aqueste tirano dios.
Un tirano dueño adoro, Si bien en mi corazón Tuve secreto este fuego, Por venganza y por temor.
Era el sujeto que amaba Tan sujeto a otra afición, Que temí poner la mía En contraria condición.
Con solo amarle pagaba Al alma lo que perdió De gusto, reposo y sueño, Amando sin galardón.
Pluguiera al cielo que el alma Muda estuviera hasta hoy, Que experimentar desdenes Sirve de mayor dolor.
Declareme, selvas mías, La voluntad se anegó, Pues he ganado tibiezas, Conquistado disfavor.
Satisfizo agradecido, Mas ¡ay de mí! que fingió; Que si me amara de veras, No estuviera como estoy.
Si adoras, tirano dueño, A la divina Leonor, Pedir favor es pedir Tinieblas al mismo sol.
Lloremos, selvas amigas, Este mal logrado amor, Estos celos sin remedio, Cantando con triste voz.
Desdichado es amor, Cuando empieza con celos su pasión.
Era la hermosa doña Blanca hija de español y de flamenca, y así tenía la belleza de la madre y el entendimiento y gallardía del padre, hablando demás de esto la lengua española como si fuera nacida en Castilla, y así cantó con tanto donaire y destreza que casi dejó a don Rodrigo rendido a quejas tan bien dichas; mas amor, que estaba entonces de parte de la hermosa Leonor más que de la favorecida doña Blanca, quizá obligado de algunos sacrificios que la ausente dama le hacía, estorbó esta afición, que desde este día se empezaba a entender de esta manera.
Había en la ciudad un caballero español, cuyo nombre era don Beltrán, tan igual en nobleza y bienes de naturaleza a la hermosa doña Blanca cuanto corto en los de fortuna, aunque tenía un muy buen destino y alguna buena parte de hacienda que sus padres, que habían muerto en la misma tierra, le habían dejado. Mas era tan estimado y tan bien recibido que, cuando los ánimos ociosos trataban de casar las damas mozas de la ciudad, de común parecer empleaban a la hermosa doña Blanca en el galán don Beltrán, el cual la amaba con tanto extremo que casi perdía por ella el juicio.
No miraba mal doña Blanca a don Beltrán hasta que llegó a ver a don Rodrigo; mas en el punto que amor cautivó su voluntad, olvidó de suerte a don Beltrán que hasta su nombre aborrecía. Pues como anduviese deseoso de saber la causa de esta mudanza, y las dádivas puedan más que la fidelidad de las criadas, por ser en guardar secreto poco fieles, supo de una de las que la servían cómo su dama quería a don Rodrigo y cómo él correspondía con ella, más por cortesía que por voluntad.
Y fiándose en esto, quiso llevarlo por valentías y bravatas hasta ver si por buenas razones le obligaba; y esa noche, al tiempo que don Rodrigo salía de casa de doña Blanca, más agradecido a su amor que otras veces, se llegó a él y le suplicó le oyese dos palabras.
Conociole don Rodrigo porque los soldados, ya que no sean todos amigos, se conocen unos a otros, y con mucha cortesía le respondió que su posada estaba cerca, que si quería ir a ella, o si era negocio que requería otro lugar.
—Vuestra posada es a propósito, señor don Rodrigo —respondió don Beltrán—, que con los amigos no son menester esos lugares que pensáis.
Con cuya respuesta se fueron juntos a la posada de don Rodrigo, y entrando en ella y sentados juntos, don Beltrán le dijo estas razones:
—Bien sé, señor don Rodrigo, que sabéis amar y que no ignoráis las penas a que está sujeto un corazón que no alcanza lo que desea, y después que con amar, servir, solicitar y callar ha alcanzado méritos para que sea suya la prenda que estima; y así me escucharéis piadoso y os lastimaréis tierno de mis desdichas, que siendo vos, como sois, la causa de ellas, espero, si no remedio, a lo menos favor para vencerlas.
Yo, señor don Rodrigo, no os quiero cansar en contaros mi nobleza, pues con decir que soy hijo de uno de los más calificados caballeros de Guadalajara, se dice todo: solo os digo que amé desde mis tiernos años a la hermosa doña Blanca, pues aun antes que se casase la adoraba. Fui correspondido de su voluntad en todo aquello que una principal señora, sin desdorar su opinión, pudo favorecerme, si bien no debía de ser amor con las veras que yo juzgaba, pues en una ausencia que hice a España a tratar mis acrecentamientos, dio la mano a su difunto esposo, con quien apenas vivió casada un año.