Part 18
Estaba yo descuidada que fuese mi amante el ladrón que alborotó la casa, porque como decían que un hombre había sido hallado quitando el marco de la ventana, no hice más diligencia en saberlo hasta que, saliendo de cama mi esposo, entró mi criada a darme de vestir, la cual me dio cuenta del suceso; y como las desdichas no empiezan por poco, creyendo que don Pedro no vendría tan presto, ya determinada de dar a don Gaspar el premio de tantos trabajos y fatigas, le envié volando a llamar con mi criada; y por ser todo cerca vino luego, y entrando donde estaba le recibí con los brazos, siendo este el segundo favor que en el discurso de un año que nos duró ese entretenimiento le di, porque el que alcanzó la noche que quiso matar a mi esposo fue el primero.
Estando los dos solemnizando con mucho gusto la entrada de la ventana, mi criada, que estaba en una de las de mi casa sirviendo de atalaya y espía, entró alborotada diciendo:
—¡Ay, señora mía! perdidos somos, que mi señor viene; y tan aprisa que a esta hora está dentro de casa.
Con tales nuevas, aunque pudiera enflaquecer mi ánimo, no lo hizo, antes, abriendo un baúl grande que estaba en un retrete más adentro, saqué de presto cuanto había en él y echándolo sobre una rima de colchones, hice entrar en él a don Gaspar.
A este punto entró don Pedro pidiendo a gran priesa en qué hacer las necesidades ordinarias, que ese desconcierto le había vuelto a casa. En eso y en tomar unos bizcochos, por no haberse desayunado, se entretuvo más de hora y media, y aun creo que no saliera tan presto si no oyera tocar a misa. Y como salió de casa, yo con el mayor gusto del mundo, viendo que ya de aquella vez no podía la fortuna quitarme el bien de gozar de mi amante, abrí el baúl; mas fue en vano, porque don Gaspar estaba muerto.
Viendo en fin que no bullía pie ni mano, le puse desatinada la mano sobre la boca, y asegurada de mi desventura, sintiéndole falto de alientos, en esto y en verle frío, me aseguré de todo punto que estaba ahogado.
Entró a este punto mi criada, que no con menos lástimas que yo había cerrado el baúl, y me sacó fuera, pidiéndome ella a mí y yo a ella, con lágrimas y suspiros, consejo para tener modo de sacarle de allí, porque en todo hallamos mil dificultades.
Estando pues las dos solemnizando lastimosamente la muerte del malogrado don Gaspar, entró mi cuñado don Luis, el cual como me halló tan ansiada y llorosa, empezó a preguntarme la ocasión, la cual le dije, fiada en el grande amor que siempre me había tenido, aun antes de ser mujer de su hermano; y así, rematada y casi desesperada de la vida, le dije:
—Señor don Luis, a mí me ha sucedido la mayor desdicha que a mujer en el mundo ha sucedido, la cual es tan sin remedio de mi parte que por eso me atrevo a daros cuenta de ella.
En fin le dije cuanto os he dicho, concluyendo con estas palabras:
—Caballero sois, si me queréis socorrer, oblígueos mi desdicha, suponiendo que es Dios testigo, por quien os juro que no he ofendido a mi marido de obra, si bien con el pensamiento no ha podido ser menos; y si sois tan cruel que lo creéis y se lo queréis decir, haced lo que quisiéredes, que con una vida que tengo pagaré, sin quedar a deber más.
Admirado don Luis, me dijo que me quietase, y llamando un hombre hizo cargar el baúl y llevarlo a casa de un amigo suyo, a quien dio cuenta del caso. Abrieron el baúl y sacando de él a don Gaspar, le echaron sobre una cama y le desnudaron; y tentándole el pulso, vieron que no estaba muerto: acostándole en la misma cama y poniéndole paños de vino en las narices y en los pulsos, y calentadores que ponían dentro de la cama, conocieron en él señales de vida. Viendo esto, le cerraron con llave, dejándole solo, porque todo esto lo supe yo después.
Volvió don Gaspar en sí cerca ya de la noche, y como se hallase en aquella casa desnudo en la cama, y conociese que no era en la que estaba la mía, acordándose que yo le había puesto en el baúl, empezó a discurrir, buscando la verdad, mas por más que pensaba hallarla, no acertaba con ella.
Estando en esto sintió abrir la puerta, y atendiendo a ver quién entraba, conoció a don Luis, el cual suceso le dio tal susto que fue milagro no morirse de veras, y más cuando llegándose don Luis a él y sentándose sobre la cama, le dijo:
—¿Conoceisme, señor don Gaspar? ¿Sabéis que soy hermano de don Pedro y cuñado de doña Hipólita?
—Sí por cierto —respondió don Gaspar.
—¿Sabéis —prosiguió don Luis— mi calidad y la suya? ¿Acordaos de lo que ha pasado hoy? Pues os juro por esta cruz (diciendo esto, puso la mano en la que traía en el pecho) que el día que supiese que volvéis a las mismas pretensiones o pasáis por su calle, he de hacer la venganza que ahora dejo de hacer, por haberse una miserable y loca mujer fiado de mí y estar enterado de que la ofensa de mi hermano no se ha ejecutado de obra, si bien los deseos eran merecedores de castigo.
Prometió don Gaspar obedecerle, asegurándole con mil juramentos y agradeciéndole con mil sumisiones el darle la vida, que había estado y estaba en su mano quitarle. Y vistiéndose, se fue determinado a no verme jamás, como lo hizo, porque fue mi nombre a sus oídos la cosa más aborrecible que tuvo, como sabréis en lo que falta de este discurso.
Yo, cuidadosa de lo que había sucedido, sin tener atrevimiento de preguntarle a don Luis qué cobro había puesto en aquel desgraciado cuerpo, viendo que él no me decía nada, encargué a mi secretaria se informase en la posada de don Gaspar diestramente, y qué se había hecho; y fue tan a tiempo que le halló pasando su ropa a otra posada muy lejos de aquellas calles, por cumplir la palabra que había dado a don Luis. El cual, apenas vio a Leonor, que así se llamaba la criada secretaria de mis devaneos, cuando le dijo que se fuese con Dios, que ya bastaban mis enredos y engaños y sus desdichas.
Y dándole cuenta en breves palabras de cuanto le había pasado y la que había dado a don Luis, concluyó con decir que me dijese que mujer tan ingrata y traidora como yo hiciese cuenta que en su vida le había visto, que bien echaba de ver que había sido traza mía esta y las demás para traerle al fin que pudiera tener, a no dolerse el cielo de su miseria.
Y diciendo esto se fue, dejando a Leonor confusa; mas con todo le siguió por saber la casa a que se pasaba. Con estas nuevas volvió a mí, y el contento de la vida de don Gaspar se me volvió en tristeza, viéndome inocente en la culpa que me daba y aborrecida de un hombre que tanto quería, y por quien tantas veces me había visto con la muerte al ojo y la espada a la garganta.
Con estos pensamientos di en melancolizarme, poniendo a mi esposo en gran cuidado el verme tan triste y ajena de todo gusto. Y más viéndome perseguida de don Luis, que habiéndole dado alas el saber mi flaqueza, empezó a atreverse a decirme su voluntad sin rebozo, pidiendo, sin respeto de Dios y de su hermano, el premio de su amor. Estas cosas me traían tan fuera de mí que me quitaron de todo punto las fuerzas, dando conmigo en la cama de una gravísima enfermedad, que si Dios permitiera llevarme de ella hubiera sido más dichosa.
Más de un mes estuve en la cama con bien pocas esperanzas de mi vida; mas no quiso el cielo que la perdiese para más atormentarme con ella. Visitábame muy a menudo mi cuñado don Luis; y ya con amenazas, ya con regalos, ya con caricias, procuraba traerme a su voluntad.
Considerad, señor don García, mi confusión, que era en esta ocasión la mayor que mujer tuvo: por una parte me veía despreciada de don Gaspar, amándole por esta causa más que hasta entonces, si bien quebradas las alas de mis deseos: porque aunque él me quisiera, ya en mí no había atrevimiento para ponerme en más peligros que los pasados; por otra me veía amada y solicitada de mi cuñado, y amenazada de él, de suerte que me decía, viéndome abrir la boca para refrenarle y reprenderle, que pues había querido a don Gaspar le había de querer a él; por una parte temerosa, cerrando los ojos a Dios, quería darle gusto, y por otra consideraba la ofensa que al cielo y a mi marido hacía; y de todo esto no esperaba remedio sino con la muerte.
Ya os dije que su casa y la mía estaban juntas y que sola una pared las dividía: pues sabréis que por un desván que estaba junto con otro mío, tan a trasmano que raras veces se entraba en él, abrió una pequeña puertecilla cuanto podía entrar una persona: y esta misma noche, después de haberme recogido, entró por la parte que digo en mi casa, y como quien tan bien la sabía, tomó las llaves y abrió la puerta de la calle, seguro de cualquier impedimento, como ladrón de casa, y abierta se fue a la caballeriza, soltó los caballos que había en ella, que eran seis, dos de rúa y cuatro del coche; los cuales empezaron a hacer grandísimo ruido, al cual despertó el criado que cuidaba de ellos y a grandes voces empezó a pedir ayuda para recogerlos, que andaban sueltos corriendo por la calle.
Mi marido, que lo oyó, se levantó y tomando una ropa llamó a los demás criados, salió a la calle, riñendo al mozo por el descuido que había tenido. Don Luis, que desnudo en camisa estaba en parte que lo pudo ver salir, aguardó un poco y luego se vino a la cama donde yo estaba, y fingiendo ser mi esposo se entró en ella, llegándose a mí con muchos amores y ternezas.
Pues como el tiempo es tan frío como veis, esto me obligó a decirle:
—Jesús, señor, ¿cómo venís tan helado?
—Hace mucho frío —respondió el cauteloso don Luis, disimulando cuanto pudo la voz.
—¿Recogisteis los caballos? —repliqué yo.
—Allá andan en eso —dijo mi traidor cuñado.
Y diciendo esto y cogiéndome en sus brazos, poseyó todo cuanto deseaba, deshonrando a su hermano, agraviándome a mí y ofendiendo al cielo.
Hecho esto, viendo que ya era hora de volver su hermano, dándome a entender que iba a ver si acababan los criados de recoger los caballos, se ausentó, sin que en mí cayese sospecha de malicia alguna, y se volvió a entrar en su casa por la parte que había salido.
No tardó mucho en venir don Pedro, dejando ya quieto el alboroto de los caballos y recogidos los criados; y entrándose en la cama como venía traspasado de hielo, se quiso llegar a mí; y así le dije, reportándole algo de su deseo:
—¡Válgame Dios, señor, y qué travieso que estáis esta noche, que no ha un instante que estuvisteis aquí y ahora pretendéis lo mismo!
—¿Sueñas, Hipólita? —respondió don Pedro—, ¿yo he vuelto aquí desde que salí a recoger los caballos?
Respuesta fue esta que me dejó muy confusa, como quien sabía tan bien que no era sueño; y así, pensando en el caso, casi sospeché la traición, y aun me quitó el sueño pensar en ella, si bien no me atreví a replicar a don Pedro.
Amaneció aun mucho más tarde de lo que mi desasosiego permitía; y habiéndome vestido, me fui a misa, y al entrar en la iglesia ayer por la mañana, porque antenoche fue la tragedia de mi honra, hallé a don Luis junto a la pila del agua bendita; el cual, como me vio, llegó tan galán como ufano a darme el agua; y como el contento no le cabía en el cuerpo, o por mejor decir, su traición misma disponía los instrumentos de mi venganza, al tiempo que yo, cortés y severa, tomé el agua de su mano, apretándome la mía me dijo paso y con mucha risa:
—Jesús, señora, ¿y cómo venís tan helada?
Con cuya palabra acabé de caer en la cuenta de todo.
Volví a mi casa después de haber oído misa con la inquietud que podéis pensar. Y en comiendo, como don Pedro se salió fuera, no dejé paso ni lugar en toda mi casa, por escondido que fuese, que no busqué, ventana y puerta que no hice prueba de ella: y como lo hallase todo cerrado y sin mácula, sospechando que con ayuda de alguna criada mía había hecho tal atrevimiento, subí al desván, más por acabar de enterarme que porque creyese hallar en él lo que hallé, que fue la pequeña puerta, la cual no había cerrado, quizá por venir por ella otras veces.
Con esto, ya de todo punto satisfecha, sin decir palabra me volví a mi aposento: pensando el modo de mi venganza estuve hasta que mi esposo don Pedro vino a cenar, y como fuese ya tarde acostose, y yo con él, aguardando con mucho sosiego la quietud de todos los criados.
Viendo pues a mi esposo dormido, me levanté y vestí, y tomando su daga y una luz me subí al desván, y entrando por la pequeña puerta llegué hasta el mismo aposento de don Luis, al cual hallé dormido, no con el cuidado que su traición pedía sino con el descuido que mi venganza había menester, pues como ya había cumplido sus deseos dormía su apetito sin darle cuidado; y apuntándole al corazón, de la primera herida dio el alma, sin tener lugar de pedir a Dios misericordia: y luego, tras esto le di otras cinco puñaladas con tanta rabia como si con cada una le hubiera de quitar la vida.
Volvime a mi aposento, y no mirando si por esto le podía venir a mi inocente esposo algún daño, porque por una parte mi furor y por otra mi turbación me tenían fuera de mí, puse la daga en la vaina sin limpiar la sangre ni mirar el desacierto que hacía, pues cuando la justicia me prendiese, la verdad había de ser de mi parte y la maldad de don Luis.
Abrí un escritorio y puse en un lienzo todas mis joyas, que valdrían más de dos mil ducados; y abriendo las puertas, sin ser sentida, ni dar a ninguno cuenta de mi locura, me salí de casa y fui a la posada de don Gaspar, que ya otras veces me había informado de mi criada dónde era. Llamé a la puerta, la cual me abrió un criado que ya sabía nuestras desdichas, y como me vio muy espantada, me dijo que su señor no había venido, porque estaba jugando.
—No importa —dije—, yo le aguardaré.
Y así lo hice, aunque sabe Dios que fue con harto temor. Vino al fin don Gaspar, y como entrando me viese, haciéndose mil cruces, con una cólera increíble me dijo:
—¿Qué libertad es esta, señora doña Hipólita? ¿Qué buscáis en mi casa? ¿No bastan los trabajos que me costáis y los peligros en que me habéis puesto, y el más cruel y de mayor afrenta el último en que estuve, pues con intento traidor y cruel me enviaste a llamar para ponerme en poder de vuestro cuñado y amante?
Habíale yo dado cuenta al ingrato de cómo don Luis me quería, y por esta causa sospechó tal bajeza en mí; y así porque no pasase adelante en su dañada intención, con un mar de lágrimas le dije:
—¡Ay, don Gaspar, señor mío, y qué diferencia hay en todo de lo que imagináis!, porque entregaros a mi cuñado bien veo que fue desconcierto de mi turbación: mas ¿qué podía hacer una mujer que se veía con un hombre muerto, que tal creí que estabais, y aguardando a su marido? Bien parece que no sabéis lo que pasa. A don Luis dejo muerto por mis propias manos, para lavar con su sangre la mancha de mi afrenta, la cual intentó y consiguió como amante desesperado: mi casa puesta en el peligro que se dirá mañana, y yo no fuera de él. Lo que importa es que al punto me saques de Valladolid y me lleves a Lisboa, que joyas traigo para todo.
—¡Ah traidora liviana! —dijo don Gaspar—, ahora confirmo mi pensamiento, que fue entregarme a tu galán para que me diese la muerte, cansada de mi firme amor, enfadada de mis importunaciones; y ahora que te has hartado de él, cual otra Lamia lasciva y adúltera Flora, cruel y desleal Pandora, le has quitado la vida y quieres que yo también acabe por tu causa. Pues ahora verás que como hubo amor habrá aborrecimiento, y como tuviste mal trato habrá castigo. Y diciendo esto, me desnudó hasta dejarme en camisa, y con la pretina me puso como veis —diciendo esto la hermosa dama mostró a don García, lo más honesta y recatadamente que pudo, los cardenales de su cuerpo, que todos o los más estaban para verter sangre—, sin ser bastante su criado para que dejase su crueldad, hasta que ya de atormentada caí en el suelo, tragándome mis propios gemidos por no ser descubierta; y viéndome el traidor así, abrió la puerta y me arrojó en la calle, diciendo que no me acababa de matar por no ensuciar su espada en mi vil sangre, donde a no llegar vuestra piedad, a esta hora estuviera, si no muerta, a lo menos en las manos de los que ya me deben andar buscando.
Esta es, piadoso don García, mi desdichada historia: ahora es menester que me aconsejéis qué podrá hacer de sí una mujer, causa de tantos males.
—Por cierto, hermosa Hipólita —dijo don García, tan lastimado de verla bañada en lágrimas como enamorado de su belleza—, que estoy tan airado contra el ingrato don Gaspar cuanto sentido de tus desdichas. Pluguiera a Dios que estuviera en mi mano el remediarlas, aunque pusiera en cambio mi vida: no puedo yo creer que en don Gaspar hay noble sangre, pues usó contigo tal vileza; pues cuando no mirara lo que te había querido y verte rendida a su poder, por mujer pudiera guardarte más cortesía; mas yo te prometo que él no quedará sin castigo, pues el cielo tiene cargo de tus venganzas, como hizo la de don Luis. Reposa ahora, que quiero, con tu licencia y las señas de tu casa, ir a ella y saber en qué ha parado tu falta y su muerte, y luego tomaremos el mejor acuerdo.
Agradecióselo la dama con los mayores encarecimientos que pudo, con lo que don García, obligado y en algo pagado de su amor, se fue en casa de doña Hipólita por ver qué había de nuevo; y apenas llegó a ella cuando vio sacar a don Pedro, que le llevaban preso a título de matador de su hermano, cuyos indicios confirmaba la puerta que se halló en el desván, la daga que estaba dentro de la vaina llena de sangre, y el decir las criadas que su señora era amada de don Luis; diligencias que supo muy bien hacer la justicia, visitando la casa y lo demás, tomando su confesión a los criados y criadas.
De todas estas cosas estaba el pobre caballero tan inocente como embelesado de ver la falta de su mujer, pues el faltar asimismo las joyas y el manto, y haber hallado abierta la puerta, le daba más que sospechar; y así, sin dar disculpa ni razón fue llevado a la cárcel, dejando guardas en las casas tanto del muerto como del preso, sin perdonar de ningún modo los criados y criadas, ni aun a los padres de doña Hipólita.
Lleno de compasión el noble don García de ver tal espectáculo, y encendido en cólera, con intento de castigar la bajeza de don Gaspar, a cuya venganza le daba fuerza el amor que a Hipólita tenía, pareciéndole que con su vida pagaría el haberla maltratado y quitado sus joyas, llegó a su posada y preguntando por él, le dijo la huéspeda que aquella misma mañana había partido por la posta a Lisboa, donde le había dicho su criado que iban, porque estaba su padre muy malo.
Pues viendo don García el poco fruto que tenía su deseo, y que era fuerza poner cobro en aquella dama por su peligro, y el suyo si fuese hallada en su poder, porque a esta hora ya se daban pregones que a quien dijese de ella darían cien escudos y en cuyo poder se hallase pena de muerte, por esto, y más por su amor, que le tenía tanto que no se atrevía a fiarle de sí mismo, pues que casi disculpaba a don Luis de su yerro, se fue a la ropería y tomando un gallardo y rico vestido, y con él los demás adherentes que eran menester para que doña Hipólita pudiese salir de allí, lo llevó él mismo, y sin querer fiarse de nadie se volvió a su posada, contando a la bella Hipólita lo que pasaba y cómo se decía que querían dar tormento a su marido: nuevas que sintió tanto que, determinada y loca, quiso ir a ponerse en poder de la justicia para que por su ocasión no padeciese el noble don Pedro y tantos inocentes criados: mas don García, reprobando su determinación, la reportó, y haciéndola vestir y comer un bocado, fue por una silla y en ella la llevó a un convento de religiosas, pagando liberalmente cuanto era menester; y estando allí, la aconsejó que negociase la libertad de su marido, pues estaba inocente.
Hízolo la dama, escribiendo un papel al presidente en que decía que, si quería saber el agresor de la muerte de don Luis, viniese a verla, que ella se lo diría. El presidente, deseoso de saber caso semejante, como todos eran principales y aun ella deuda suya, vino con otros señores del consejo al monasterio, a los cuales contó doña Hipólita todo lo que queda dicho, declarándose ella por matador de su aleve cuñado, diciendo que su marido y criados estaban inocentes, y también los del muerto.
Con esta relación fue el presidente a hablar a Su Majestad, el cual, viendo cuán justamente se había vengado doña Hipólita, la perdonó y dio por libre; y asimismo a su marido y todos los demás presos, que antes de cuatro días se vieron en libertad.
Solo doña Hipólita no quiso volver con su marido, aunque él lo pidió con hartos ruegos, diciendo que honor con sospechas no podía criar perfecto amor ni conformes casados, no por la traición de don Luis, que esa, vengada por sus manos, estaba bien satisfecha, sino por la voluntad de don Gaspar, de quien su marido entre el sí y el no había de vivir receloso. Lo que se le pidió fueron sus alimentos, que el noble don Pedro le concedió liberalmente.
Este disgusto trajo al pobre caballero a tanta tristeza que, sobreviniéndole una grande enfermedad, antes de un año murió, dejando a su mujer e hija herederas de toda su hacienda, de quien no se tenía por ofendido, antes el tiempo que vivió la visitaba en todas ocasiones.
Viéndose doña Hipólita libre, moza, rica, y en deuda a don García de haberla amparado, visitado y animado todo el tiempo que estuvo en el convento, en el cual la regalaba con muchísima puntualidad, y más obligada del amor que sabía que la tenía, de que en el convento le había dado claras muestras, agradada de su talle y satisfecha de su entendimiento, cierta de su nobleza y segura de que estimaría su persona, se casó con él, haciéndole señor de su belleza y de su gruesa hacienda, que sola esta le faltaba para ser en todo perfecto; pues, aunque tenía una moderada pasadía, no era bastante para suplir las faltas que siendo tan noble era fuerza tuviese. El cual, agradecido al cielo y querido de su hermosa doña Hipólita, vive hoy con hijos, que han confirmado su voluntad y extendido su generosa nobleza.
Andando el tiempo, trajeron a Valladolid preso un hombre por salteador, y este, estando ya al pie de la horca, confesó que, sin el delito porque moría, merecía aquel castigo por haber muerto camino de Lisboa a su señor don Gaspar, por quitarle gran cantidad de joyas que él había robado a una dama que se había venido a valer de él, contando el suceso de doña Hipólita en breves razones; por donde se vino a conocer que el cielo dio a don Gaspar el merecido castigo por la mano de su mismo criado, que era este que se castigaba.
Este suceso pasó en nuestros tiempos, del cual he tenido noticia de los mismos a quienes sucedió, y yo me he animado a escribirle para que cada uno mire lo que hace, pues al fin se paga todo.
Dio tanto gusto la maravilla referida por don Miguel que la celebraron con mil alabanzas, dándole las gracias con agradecidos encarecimientos. Y como don Lope estuviese satisfecho de que la suya no daría menos gusto que la de su compañero, se empezó a prevenir para decirla, la cual comenzó de esta suerte:
NOVELA OCTAVA.
EL IMPOSIBLE VENCIDO.
Salamanca, ciudad nobilísima, y la más bella y amena que en la Castilla se conoce, donde la nobleza compite con la hermosura, las letras con las armas, y cada una de por sí piensa aventajarse y dejar atrás a cuantas hay en España, fue madre y progenitora de don Rodrigo y doña Leonor, entrambos ricos y nobles.
Era don Rodrigo segundo en su casa, culpa de la desdicha que quiso por esta parte quitarle los méritos que por la gallardía y discreción tenía merecidos, y que por lo menos fuese defecto que quitase el emprender famosas empresas, pues lo era para él doña Leonor, única y sola en la casa de sus padres, y heredera de un riquísimo mayorazgo.