Part 33
--Acabad, señora de mi alma, de serlo del todo á vista destos estrellados cielos que nos cubren, y deste sosegado mar que nos escucha, y destas bañadas arenas que nos sustentan: dadme ya el sí, que sin duda conviene tanto á vuestra honra, como á mi contento: vuélvoos á decir que soy caballero, como vos sabeis, y rico, y que os quiero bien, que es lo que mas habeis de estimar, y que en cambio de hallaros sola y en traje que desdice mucho del de vuestra honra, léjos de la casa de vuestros padres y parientes, sin persona que os acuda á lo que menester hubiéredes, y sin esperanza de alcanzar lo que buscábades, podeis volver á vuestra patria en vuestro propio, honrado y verdadero traje, acompañada de tan buen esposo como el que vos supistes escogeros; rica, contenta, estimada y servida, y aun loada de todos aquellos á cuya noticia llegaren los sucesos de vuestra historia: si esto es así, como lo es, no sé en qué estais dudando: acabad (que otra vez os lo digo) de levantarme del suelo de mi miseria al cielo de mereceros, que en ello haréis por vos misma, y cumpliréis con las leyes de la cortesía y del buen conocimiento, mostrándoos en un mismo punto agradecida y discreta.
--Ea pues, dijo á esta sazon la dudosa Leocadia, pues así lo ha ordenado el cielo, y no es en mi mano ni en la de viviente alguno oponerse á lo que él determinado tiene, hágase lo que él quiere y vos quereis, señor mio; y sabe el mismo cielo con la vergüenza que vengo á condescender con vuestra voluntad, no porque no entienda lo mucho que en obedeceros gano, sino porque temo que en cumpliendo vuestro gusto me habeis de mirar con otros ojos de los que quizá hasta agora, mirándome, os han engañado; mas sea como fuere, que en fin el nombre de ser mujer legítima de D. Rafael de Villavicencio no le podré perder, y con este título solo viviré contenta; y si las costumbres que en mí viéredes, despues de ser vuestra, fueren parte para que me estimeis en algo, daré al cielo las gracias de haberme traido por tan estraños rodeos y por tantos males á los bienes de ser vuestra: dadme, señor D. Rafael, la mano de ser mio, y veis aquí os la doy de ser vuestra, y sirvan de testigos los que vos decís, el cielo, la mar, las arenas y este silencio, solo interrumpido de mis suspiros y de vuestros ruegos.
Diciendo esto se dejó abrazar, y le dió la mano, y D. Rafael le dió la suya, celebrando el nocturno y nuevo desposorio solas las lágrimas que el contento, á pesar de la pasada tristeza, sacaba de sus ojos. Luego se volvieron á casa del caballero, que estaba con grandísima pena de su falta, y la misma tenian Marco Antonio y Teodosia: los cuales ya por mano de clérigo estaban desposados, que á persuasion de Teodosia (temerosa que algun contrario accidente no le turbase el bien que habia hallado) el caballero envió luego por quien los desposase, de modo que cuando D. Rafael y Leocadia entraron, y D. Rafael contó lo que con Leocadia le habia sucedido, ansí les aumentó el gozo, como si ellos fueran sus cercanos parientes; que es condicion natural y propia de la nobleza catalana saber ser amigos, y favorecer á los estranjeros que dellos tienen necesidad alguna.
El sacerdote que presente estaba ordenó que Leocadia mudase el hábito, y se vistiese en el suyo; y el caballero acudió á ello con presteza, vistiendo á las dos de dos ricos vestidos de su mujer, que era una principal señora, del linaje de los Granolleques, famoso y antiguo en aquel reino. Avisó al cirujano, quien por caridad se dolia del herido, cómo hablaba mucho, y no le dejaban solo, el cual vino y ordenó lo primero que le dejasen en silencio. Pero Dios, que así lo tenia ordenado, tomando por medio é instrumento de sus obras (cuando á nuestros ojos quiere hacer alguna maravilla) lo que la misma naturaleza no alcanza, ordenó que el alegría y poco silencio que Marco Antonio habia guardado, fuese parte para mejorarle, de manera, que otro dia cuando le curaron le hallaron fuera de peligro, y de allí á catorce se levantó tan sano, que sin temor alguno se pudo poner en camino.
Es de saber que en el tiempo que Marco Antonio estuvo en el lecho, hizo voto, si Dios le sanase, de ir en romería á pié á Santiago de Galicia, en cuya promesa le acompañaron D. Rafael, Leocadia y Teodosia, y aun Calvete el mozo de mulas (obra pocas veces usada de los de oficios semejantes); pero la bondad y llaneza que habia conocido en D. Rafael, le obligó á no dejarle hasta que volviese á su tierra; y viendo que habian de ir á pié como peregrinos, envió las mulas á Salamanca con la que era de D. Rafael, que no faltó con quien enviarlas.
Llegóse pues el dia de la partida, y acomodados de sus esclavinas y de todo lo necesario, se despidieron del liberal caballero, que tanto les habia favorecido y agasajado, cuyo nombre era D. Sancho de Cardona, ilustrísimo por sangre, y famoso por su persona: ofreciéronsele todos de guardar perpetuamente ellos y sus descendientes, á quien se lo dejarian mandado, la memoria de las mercedes tan singulares dél recebidas, para agradecellas siquiera, ya que no pudiesen servirles. Don Sancho los abrazó á todos, diciéndoles que de su natural condicion nacia hacer aquellas obras, ó otras que fuesen buenas á todos los que conocia ó imaginaba ser hidalgos castellanos.
Reiteráronse dos veces los abrazos, y con alegría mezclada con algun sentimiento triste se despidieron, y caminando con la comodidad que permitia la delicadeza de las dos nuevas peregrinas, en tres dias llegaron á Monserrate, y estando allí otros tantos, haciendo lo que á buenos y católicos cristianos debian, con el mismo espacio volvieron á su camino, y sin sucederles reves ni desman alguno llegaron á Santiago. Y despues de cumplir su voto con la mayor devocion que pudieron, no quisieron dejar el hábito de peregrinos hasta entrar en sus casas, á las cuales llegaron poco á poco, descansados y contentos; mas ántes que llegasen, estando á vista del lugar de Leocadia (que como se ha dicho era á una legua del de Teodosia), desde encima de un recuesto los descubrieron á entrambos, sin poder encubrir las lágrimas, que el contento de verlos les trujo á los ojos, á lo ménos á las dos desposadas, que con su vista renovaron la memoria de los pasados sucesos.
Descubríase desde la parte donde estaban un ancho valle, que los dos pueblos dividia, en el cual vieron á la sombra de un olivo un dispuesto caballero, sobre un poderoso caballo, con una blanquísima adarga en el brazo izquierdo, una gruesa y larga lanza terciada en el derecho; y mirándole con atencion, vieron que asimismo por entre unos olivares venian otros dos caballeros con las mismas armas y con el mismo donaire y apostura, y de allí á poco vieron que se juntaron todos tres, y habiendo estado un pequeño espacio juntos se apartaron, y uno de los que á lo último habian venido se apartó con el que estaba primero debajo del olivo: los cuales, poniendo las espuelas á los caballos, arremetieron el uno al otro, con muestras de ser mortales enemigos, comenzando á tirarse bravos y diestros botes de lanza, ya hurtando los golpes, ya recogiéndolos con tanta destreza, que daban bien á entender ser maestros en aquel ejercicio: el tercero los estaba mirando, sin moverse de un lugar: mas no pudiendo D. Rafael sufrir estar tan léjos, mirando aquella tan reñida y singular batalla, á todo correr bajó del recuesto, siguiéndole su hermana y su esposa, y en poco espacio se puso junto á los dos combatientes, á tiempo que ya los dos caballeros andaban algo heridos; y habiéndosele caido al uno el sombrero, y con él un casco de acero, al volver el rostro conoció D. Rafael ser su padre, y Marco Antonio conoció que el otro era el suyo. Leocadia, que con atencion habia mirado al que no se combatia, conoció que era el padre que la habia engendrado, de cuya vista todos cuatro suspensos, atónitos y fuera de sí quedaron; pero dando el sobresalto lugar al discurso de la razon, los dos cuñados, sin detenerse, se pusieron en medio de los que peleaban, diciendo á voces:
--No mas, caballeros, no mas, que los que esto os piden y suplican son vuestros propios hijos: Yo soy Marco Antonio, padre y señor mio, decia Marco Antonio: yo soy aquel por quien, á lo que imagino, están vuestras canas venerables puestas en este riguroso trance: templad la furia y arrojad la lanza, ó volvedla contra otro enemigo, que el que teneis delante ya de hoy mas ha de ser vuestro hermano.
Casi estas mismas razones decia D. Rafael á su padre, á las cuales se detuvieron los caballeros, y atentamente se pusieron á mirar á los que se las decian, y volviendo la cabeza, vieron que D. Enrique, el padre de Leocadia, se habia apeado, y estaba abrazado con el que pensaban ser peregrino; y era que Leocadia se habia llegado á él, y dándosele á conocer, le rogó que pusiese en paz á los que se combatian, contándole en breves razones, cómo D. Rafael era su esposo, y Marco Antonio lo era de Teodosia.
Oyendo esto su padre, se apeó, y la tenia abrazada, como se ha dicho; pero dejándola, acudió á ponerlos en paz, aunque no fué menester, pues ya los dos habian conocido á sus hijos, y estaban en el suelo, teniéndolos abrazados, llorando todos lágrimas de amor y de contento nacidas. Juntáronse todos, y volvieron á mirar á sus hijos, y no sabian qué decirse: atentábanles los cuerpos, por ver si eran fantásticos, que su improvisa llegada esta y otras sospechas engendraba; pero desengañados algun tanto, volvieron á las lágrimas y á los abrazos.
Y en esto asomó por el mismo valle gran cantidad de gente armada, de á pié y de á caballo, los cuales venian á defender al caballero de su lugar; pero como llegaron, y los vieron abrazados de aquellos peregrinos, y preñados los ojos de lágrimas, se apearon y admiraron, estando suspensos, hasta tanto que D. Enrique les dijo brevemente lo que Leocadia su hija les habia contado.
Todos fueron á abrazar á los peregrinos con muestras de contento tales, que no se pueden encarecer. D. Rafael de nuevo contó á todos, con la brevedad que el tiempo requeria, todo el suceso de sus amores, y de cómo venia casado con Leocadia, y su hermana Teodosia con Marco Antonio: nuevas, que de nuevo causaron nueva alegría. Luego de los mismos caballos de la gente que llegó al socorro, tomaron los que hubieron menester para los cinco peregrinos, y acordaron de irse al lugar de Marco Antonio, ofreciéndole su padre de hacer allí las bodas de todos, y con este parecer se partieron; y algunos de los que se habian hallado presentes se adelantaron á pedir albricias á los parientes y amigos de los desposados. En el camino supieron D. Rafael y Marco Antonio la causa de aquella pendencia, que fué que el padre de Teodosia y el de Leocadia habian desafiado al padre de Marco Antonio en razon de que él habia sido sabidor de los engaños de su hijo, y habiendo venido los dos, y hallándole solo, no quisieron combatirse con alguna ventaja, sino uno á uno como caballeros, cuya pendencia parara en la muerte de uno ó en la de entrambos, si ellos no hubieran llegado.
Dieron gracias á Dios los cuatro peregrinos del suceso feliz. Y otro dia, despues que llegaron, con real y espléndida magnificencia y suntuoso gasto, hizo celebrar el padre de Marco Antonio las bodas de su hijo y Teodosia, y las de D. Rafael y Leocadia. Los cuales luengos y felices años vivieron en compañía de sus esposas, dejando de sí ilustre generacion y descendencia, que hasta hoy dura en estos dos lugares, que son de los mejores de la Andalucía; y si no se nombran, es por guardar el decoro á las dos doncellas, á quien quizá las lenguas maldicientes, ó neciamente escrupulosas, les harán cargo de la lijereza de sus deseos, y del súbito mudar de trajes: á los cuales ruego que no se arrojen á vituperar semejantes libertades, hasta que miren en sí, si alguna vez han sido tocados destas que llaman flechas de Cupido, que en efeto es una fuerza, si así se puede llamar, incontrastable, que hace el apetito á la razon.
Calvete, el mozo de mulas, se quedó con la que D. Rafael habia enviado á Salamanca, y con otras muchas dádivas que los dos desposados le dieron; y los poetas de aquel tiempo tuvieron ocasion donde emplear sus plumas, exagerando la hermosura y los sucesos de las dos tan atrevidas cuanto honestas doncellas, sujeto principal deste estraño suceso.
LA SEÑORA CORNELIA.
Don Antonio de Isunza y D. Juan de Gamboa, caballeros principales, de una edad, muy discretos y grandes amigos, siendo estudiantes en Salamanca determinaron de dejar sus estudios por irse á Flándes, llevados del hervor de la sangre moza y del deseo, como decirse suele, de ver mundo, y por parecerles que el ejercicio de las armas, aunque arma y dice bien á todos, principalmente asienta y dice mejor en los bien nacidos y de ilustre sangre.
Llegaron pues á Flándes á tiempo que estaban las cosas en paz, ó en conciertos y tratos de tenerla presto. Recebieron en Ambéres cartas de sus padres, donde les escribieron el grande enojo que habian recebido, por haber dejado sus estudios sin avisárselo, para que hubieran venido con la comodidad que pedia el ser quien eran. Finalmente, conociendo la pesadumbre de sus padres, acordaron de volverse á España, pues no habia que hacer en Flándes; pero ántes de volverse quisieron ver todas las mas famosas ciudades de Italia; y habiéndolas visto todas pararon en Bolonia, y admirados de los estudios de aquella insigne universidad, quisieron en ella proseguir los suyos. Dieron noticia de su intento á sus padres, de que se holgaron infinito, y lo mostraron con proveerles magníficamente, y de modo, que mostrasen en su tratamiento quiénes eran y qué padres tenian: y desde el primero dia que salieron á las escuelas, fueron conocidos de todos por caballeros, galanes, discretos y bien criados.
Tendria D. Antonio hasta veinte y cuatro años, y D. Juan no pasaba de veinte y seis; y adornaban esta buena edad con ser muy gentiles hombres, músicos, poetas, diestros y valientes: partes que los hacian amables y bien queridos de cuantos los comunicaban.
Tuvieron luego muchos amigos así estudiantes españoles, de los muchos que en aquella universidad cursaban, como de los mismos de la ciudad y de los estranjeros: mostrábanse con todos liberales y comedidos, y muy ajenos de la arrogancia que dicen que suelen tener los españoles; y como eran mozos y alegres, no se disgustaban de tener noticia de las hermosas de la ciudad; y aunque habia muchas señoras doncellas y casadas con gran fama de ser honestas y hermosas, á todas se aventajaba la señora Cornelia Bentibolli, de la antigua y generosa familia de los Bentibollis, que un tiempo fueron señores de Bolonia.
Era Cornelia hermosísima en estremo, y estaba debajo de la guarda y amparo de Lorenzo Bentibolli, su hermano, honradísimo y valiente caballero, huérfanos de padre y madre: que aunque los dejaron solos, los dejaron ricos, y la riqueza es grande alivio de orfandad.
Era el recato de Cornelia tanto, y la solicitud de su hermano tanta en guardarla, que ni ella se dejaba ver, ni su hermano consentia que la viesen. Esta fama traia deseosos á D. Juan y á D. Antonio de vella, aunque fuera en la iglesia; pero el trabajo que en ello pusieron fué en balde, y el deseo, por la imposibilidad cuchillo de la esperanza, fué menguando; y así con solo el amor de sus estudios y el entretenimiento de algunas honestas mocedades, pasaban una vida tan alegre como honrada; pocas veces salian de noche, y si salian, iban juntos y bien armados.
Sucedió pues que habiendo de salir una noche, dijo D. Antonio á D. Juan, que él se queria quedar á rezar ciertas devociones, que se fuese, que luego le seguiria.
--No hay para qué, dijo D. Juan, que yo os aguardaré, y si no saliéremos esta noche, importa poco.
--No, por vida vuestra, replicó D. Antonio, salid á coger el aire, que yo seré luego con vos, si es que vais por donde solemos ir.
--Haced vuestro gusto, dijo D. Juan, quedáos en buenhora, y si saliéredes, las mismas estaciones andaré esta noche que las pasadas.
Fuése D. Juan, y quedóse D. Antonio. Era la noche entre escura, y la hora las once; y habiendo andado dos ó tres calles, y viéndose solo, y que no tenia con quién hablar, determinó volverse á su casa, y poniéndolo en efeto, al pasar por una calle que tenia portales sustentados en mármoles, oyó que de una puerta le ceceaban. La escuridad de la noche, y la que causaban los portales, no le dejaban atinar el ceceo. Detúvose un poco, estuvo atento, y vió entreabrir una puerta: llegóse á ella, y oyó una voz baja, que dijo:
--¿Sois por ventura Fabio?
D. Juan, por sí ó por no, respondió que sí.
--Pues tomad, respondieron de dentro, y ponedlo en cobro, y volved luego, que importa.
Alargó la mano D. Juan, y topó un bulto, y queriéndolo tomar, vió que eran menester las dos manos, y así le hubo de asir con entrambas; y apénas se le dejaron en ellas, cuando le cerraron la puerta, y él se halló cargado en la calle, y sin saber de qué. Pero casi luego comenzó á llorar una criatura, al parecer recien nacida, á cuyo lloro quedó D. Juan confuso y suspenso, sin saber qué hacerse, ni qué corte dar en aquel caso; porque en volver á llamar á la puerta, le pareció que podia correr algun peligro cuya era la criatura, y en dejarla allí, la criatura misma; pues el llevarla á su casa, no tenia en ella quien la remediase, ni él conocia en toda la ciudad persona adonde poder llevarla, pero viendo que le habian dicho que la pusiese en cobro, y que volviese luego, determinó de traerla á su casa, y dejarla en poder de una ama que los servia, y volver luego á ver si era menester su favor en alguna cosa, puesto que bien habia visto que le habian tenido por otro, y que habia sido error darle á él la criatura.
Finalmente, sin hacer mas discursos se vino á casa con ella, á tiempo que ya D. Antonio no estaba en ella: entróse en un aposento, y llamó al ama, descubrió la criatura, y vió que era la mas hermosa que jamas hubiese visto: los paños en que venia envuelta mostraban ser de ricos padres nacida: desenvolvióla el ama, y hallaron que era varon.
--Menester es, dijo D. Juan, dar de mamar á este niño, y ha de ser desta manera: que vos, ama, le habeis de quitar estas ricas mantillas, y ponerle otras mas humildes, y sin decir que yo le he traido, le habeis de llevar en casa de una partera, que las tales siempre suelen dar recado y remedio á semejantes necesidades: llevaréis dineros con que la dejeis satisfecha, y daréisle los padres que quisiéredes, para encubrir la verdad de haberlo yo traido.
Respondió el ama que así lo haria, y D. Juan con la priesa que pudo volvió á ver si le ceceaban otra vez; pero un poco ántes que llegase á la casa adonde le habian llamado, oyó gran ruido de espadas, como de mucha gente que se acuchillaba. Estuvo atento y no sintió palabra alguna: la herrería era á la sorda; y á la luz de las centellas que las piedras heridas de las espadas levantaban, casi pudo ver que eran muchos los que á uno solo acometian; confirmóse en esta verdad oyendo decir:
--¡Ah traidores, que sois muchos, y yo solo! pero con todo eso, no os ha de valer vuestra superchería.
Oyendo y viendo lo cual D. Juan, llevado de su valeroso corazon, en dos brincos se puso á su lado, y metiendo mano á la espada, y á un broquel que llevaba, dijo al que se defendia, en lengua italiana por no ser conocido por español:
--No temais, que socorro os ha venido que no os faltará hasta perder la vida; menead los puños, que traidores pueden poco, aunque sean muchos.
Á estas razones respondió uno de los contrarios:
--Mientes, que aquí no hay ningun traidor, que el querer cobrar la honra perdida, á toda demasía da licencia.
No le habló mas palabras, porque no les daba lugar á ello la priesa que se daban á herirse los enemigos, que al parecer de D. Juan debian de ser seis. Apretaron tanto á su compañero, que de dos estocadas que le dieron á un tiempo en los pechos, dieron con él en tierra. D. Juan creyó que le habian muerto, y con lijereza y valor estraño se puso delante de todos, y los hizo arredrar á fuerza de una lluvia de cuchilladas y estocadas; pero no fuera bastante su diligencia para ofender y defender, si no le ayudara la buena suerte con hacer que los vecinos de la calle sacasen lumbres á las ventanas, y á grandes voces llamasen á la justicia; lo cual visto por los contrarios, dejaron la calle y á espaldas vueltas se ausentaron.
Ya en esto se habia levantado el caido, porque las estocadas hallaron un peto como de diamante en que toparon. Habíasele caido á D. Juan el sombrero en la refriega, y buscándole, halló otro, que se puso acaso, sin mirar si era el suyo ó no. El caido se llegó á él, y le dijo:
--Señor caballero, quien quiera que seais, yo confieso que os debo la vida que tengo, la cual con lo que valgo y puedo gastaré á vuestro servicio: hacedme merced de decirme quién sois y vuestro nombre, para que yo sepa á quién tengo de mostrarme agradecido.
Á lo cual respondió D. Juan:
--No quiero ser descortés, ya que soy desinteresado: por hacer, señor, lo que me pedís y por daros gusto, solamente os digo que soy un caballero español, y estudiante en esta ciudad: si el nombre os importara saberlo, os lo dijera; mas por si acaso os quisiéredes servir de mí en otra cosa, sabed que me llamo D. Juan de Gamboa.
--Mucha merced me habeis hecho, respondió el caido; pero yo, señor D. Juan de Gamboa, no quiero deciros quién soy ni mi nombre, porque he de gustar mucho de que lo sepais de otro que de mí, y yo tendré cuidado de que os hagan sabidor dello.
Habíale preguntado primero D. Juan si estaba herido, porque le habia visto dar dos grandes estocadas; y habíale respondido, que un famoso peto que traia puesto, despues de Dios, le habia defendido; pero que con todo esto sus enemigos le acabaran, si él no se hallara á su lado. En esto vieron venir hácia ellos un bulto de gente, y D. Juan dijo:
--Si estos son los enemigos que vuelven, apercibíos, señor, y haced como quien sois.
--Á lo que yo creo no son enemigos sino amigos los que aquí vienen.
Y así fué la verdad, porque los que llegaron, que fueron ocho hombres, rodearon al caido, y hablaron con él pocas palabras, pero tan calladas y secretas, que D. Juan no las pudo oir.
Volvió luego el defendido á D. Juan, y díjole:
--Á no haber venido estos amigos, en ninguna manera, señor D. Juan, os dejara hasta que acabáredes de ponerme en salvo; pero ahora os suplico con todo encarecimiento, que os vais, y me dejeis, que me importa.
Hablando esto, se tentó la cabeza, y vió que estaba sin sombrero, y volviéndose á los que habian venido, pidió que le diesen un sombrero, que se le habia caido el suyo. Apénas lo hubo dicho, cuando D. Juan le puso el que habia hallado en la calle. Tentóle el caido, y volviéndosele á D. Juan, dijo:
--Este sombrero no es mio: por vida del señor D. Juan, que se le lleve por trofeo desta refriega, y guárdele, que creo que es conocido.
Diéronle otro sombrero al defendido, y D. Juan, por cumplir lo que le habia pedido, pasando algunos aunque breves comedimentos, le dejó sin saber quién era, y se vino á su casa, sin querer llegar á la puerta donde le habian dado la criatura, por parecerle que todo el barrio estaba despierto y alborotado con la pendencia.
Sucedió pues que volviéndose á su posada, en la mitad del camino encontró con D. Antonio de Isunza, su camarada, y conociéndose, dijo D. Antonio:
--Volved conmigo, D. Juan, hasta aquí arriba, y en el camino os contaré un estraño cuento que me ha sucedido, que no le habréis oido tal vez en toda vuestra vida.
--Como esos cuentos os podré contar yo, respondió D. Juan; pero vamos donde quereis, y contadme el vuestro.
Guió D. Antonio, y dijo: